I
PARTE
1.
CONVERSACIÓN CON EL DELEGADO PROVINCIAL DE INSTRUCCIÓN
PÚBLICA
En Septiembre de 1920 me llamó el delegado provincial de
Instrucción Pública.
Escúchame hermano -me dijo- he oído que andas chillando
por ahí... por que han instalado tu escuela de trabajo...
en el local del Consejo Provincial de Economía.
-¿Cómo no voy a chillar? La cosa no es para chillar
solamente: es para aullar. ¿Qué escuela de trabajo
es ésa? Toda ahumada, sucia... ¿Acaso se parece
eso a una escuela?
-Sí... Para tu gusto, haría falta construir un edificio
nuevo, colocar nuevos pupitres, y entonces tú te dedicarías
a la enseñanza. El quid no está, hermano, en los
edificios; lo importante es educar al hombre nuevo, pero vosotros
los pedagogos, no hacéis más que sabotearlo todo:
el edificio no os gusta y las mesas no son como deben ser. Os
falta eso... ¿sabes qué?... El fuego revolucionario.
¡No necesitáis la raya en los pantalones!
-¡Yo no llevo raya en los pantalones!
-Bueno, tú no la llevas... ¡Intelectuales asquerosos!
No hago más que buscar y rebuscar. La cosa tiene mucha
importancia. ¡Hay tantos ladronzuelos de esos, que es imposible
ir por la calle! Además, ya se meten en las casas. Me dicen
que éste es un asunto nuestro, de Instrucción Pública...
¿Qué te parece?
-¿Qué va a perecerme?
-Pues eso, precisamente, que no quiere nadie: que todos se defienden
con uñas y dientes, que todos dicen: "Nos degollarán".
Naturalmente, os gustaría tener un despachito, libros...
¡Tú te has puesto hasta gafas!...
Me eché a reír:
-¡Vaya, también las gafas le molestan!
-Es lo que yo digo: que sólo queréis leer; Pero,
si se os da un ser vivo, entonces salís con ésas:
"Me degollará" ¡Intelectuales!
El delegado provincial de Instrucción Pública me
acribillaba enojado con sus pequeños ojos negros, y, bajo
los bigotes a lo Nietzsche, su boca expelía insultos contra
nuestra casta pedagógica. Pero este delegado provincial.
Instrucción Pública no tenía razón.
-Usted escúcheme...
-¡Qué "escúcheme" ni que "escúcheme"!
¿Qué puedes decirme? Me dirás: ¡si
fuera esto como en Norteamérica! Hace poco leí un
librito acerca de eso... alguien me lo dio intencionadamente.
Reformadores... O, ¿cómo es? Espera... ¡Ah!
Reformatorios. Pero eso no existe todavía en nuestro país.
-No, usted escúcheme.
-Bien, le escucho.
-También antes de la Revolución se hacía
entrar en vereda a esos vagabundos. Entonces había colonias
de delincuentes menores de edad...
-Esto no es lo mismo, ¿sabes?... lo de antes no sirve.
-Precisamente. Y esto quiere decir que el hombre nuevo debe ser
forjado de un modo nuevo.
-De un modo nuevo; en eso tienes razón. Pero nadie sabe
cómo...
-¿Y tú lo sabes?
-Yo tampoco.
-Pues yo tengo en la delegación provincial de Instrucción
Pública gente que sabe...
-Sin embargo, no quieren poner manos a la obra...
-No quieren los infames; en eso tienes razón.
-Y si yo me pongo a ello, me harán imposible la vida. Haga
lo que haga, dirán que no es así.
-Estás en lo justo; lo dirán esos sinvergüenzas.
-Y usted les creerá a ellos y no a mí.
-No les creeré. Les diré: debíais haberlo
hecho vosotros mismos.
-Bueno; ¿y si, en realidad, me armo un lío?
El delegado provincial de Instrucción Pública dio
un puñetazo sobre la mesa.
-Pero, ¿por qué vas a armarte un lío?...
Bien, pues te armas un lío. ¿Qué es lo que
quieres de mí? ¿Acaso yo no lo comprendo o qué?
Ármate todos los líos que quieras, pero hay que
obrar. Después veremos. Lo más importante es ¿sabes?...
no una colonia de menores, sino una escuela de educación
social. ¡Necesitamos, ¿comprendes?, forjar un hombre
nuestro! Y tú eres quien debe hacerlo. De cualquier forma,
todos, tenemos que aprender. Y, por lo tanto, tú también
aprenderás. Me gusta que me hayas dicho francamente: no
sé. Eso está bien.
-¿Y sitio hay? Porque, a pesar de todo, hacen falta edificios.
-Hay sitio, hermano. Un sitio magnífico. Precisamente allí
había antes una colonia de menores. No está lejos,
a unas seis verstas. Se está bien allí. Hay bosque,
campo... Podrás criar vacas...
-¿Y gente?
-¿Gente? Enseguida la saco del bolsillo. ¿Tal vez
necesitas también, un automóvil?
-¿Dinero?...
-Dinero hay. Toma.
De un cajón de la mesa sacó un paquete.
-Ciento cincuenta millones. Para toda clase de gastos de organización.
Reparaciones, los muebles que precises...
-¿Y para las vacas?
-Para las vacas tendrás que esperar; allí no hay
cristales. Y luego haces el presupuesto para un año.
-No está bien así. Sería mejor ver antes
el sitio.
-Yo lo he visto ya. ¿Es que tú vas a ver mejor que
yo? Ve. No hay más que hablar.
-Bien, de acuerdo -asentí aliviado, porque en aquel momento
no había nada más terrible para mí que las
habitaciones del Consejo Provincial de Economía-.
¡Eres un valiente! -resumió el delegado provincial
de Instrucción Pública-. ¡Manos a la obra!
¡La causa es sagrada!
2.
PRINCIPIO SIN GLORIA DE LA COLONIA GORKI
A seis kilómetros de Poltava, sobre unas colinas arenosas,
extendíase un bosque de pinos como de doscientas hectáreas,
y por el lindero del bosque corría la carretera de Járkov,
en la que brillaban, monótonos y pulcros, los guijarros.
En el bosque había un prado de unas cuarenta hectáreas.
En uno de sus ángulos se alzaban cinco cajas geométricas
de ladrillos, que constituían todas juntas un cuadrilátero
perfecto. Esta era la nueva colonia para menores.
La plazoleta arenosa del patio descendía hacia el extenso
claro del bosque, hacia los juncos de un pequeño lago en
cuya orilla opuesta se hallaban las cercas y las jatas* (*Casas
campesinas en Ucrania (N. de la Edit.)) de un caserío de
kulaks. Más allá del caserío se perfilaba
en el cielo una hilera de viejos abedules y dos o tres tejados
de bálago. Eso era todo.
Antes de la Revolución, aquí había una colonia
de menores. En 1917 la colonia se disolvió, dejando en
pos de sí muy pocas huellas pedagógicas. A juzgar
por estas huellas, conservadas en unos viejos y rotos cuadernos-diarios,
los principales pedagogos eran celadores, probablemente suboficiales
retirados, cuyas obligaciones consistían en vigilar cada
paso de sus educandos, tanto durante el trabajo como durante el
recreo, y en dormir por las noches junto a ellos en la habitación
contigua. De lo que contaban campesinos de la vecindad deducíase
que la pedagogía de esos celadores no brillaba por ninguna
complicación especial. Exteriormente se expresaba por un
instrumento simple como el palo.
Los rastros materiales de la antigua colonia eran todavía
más insignificantes. Los vecinos más inmediatos
de la colonia habían trasladado y llevado a sus depósitos
propios todo lo traducible a unidades materiales: los talleres,
almacenes, los muebles. Entre otros bienes había sido trasladado
también hasta el huerto de árboles frutales. Sin
embargo, nada de toda esta historia recordaba a los vándalos.
El huerto no había sido talado, sino excavado y replantado
en algún otro lugar; tampoco los cristales de las casas
habían sido rotos, sino sacados con precaución;
las puertas, no arrancadas por ninguna hacha colérica,
habían sido cuidadosamente desprendidas de sus goznes y
los hornos desmontados ladrillo a ladrillo. Sólo el aparador,
en el antiguo domicilio del director, permanecía en su
sitio.
-¿Por qué sigue aquí el armario? -pregunté
a un vecino, Luká Semiónovich Verjola, que había
venido desde el caserío para ver a los nuevos amos.
Pues porque, como usted ve, puede decirse que este armario no
sirve para nuestra gente. Usted mismo juzgará que no vale
la pena de desmontarlo. En las jatas no entrará, tanto
por lo alto como por lo ancho...
En los rincones de los cobertizos se amontonaba la chatarra, pero
no había cosas útiles. Siguiendo las huellas recientes,
conseguí recuperar algunos objetos de valor, sustraídos
en los últimos días. Eran una vieja sembradora corriente,
ocho bancos de carpintería, que apenas se tenían
en pie, un caballo merino de treinta años de edad, que
en otros tiempos fuera kirgís, y una campana de cobre.
En la colonia encontré ya a Kalina Ivánovich, el
administrador. Me acogió con esta pregunta:
-¿Usted es el encargado de la parte pedagógica?
Pronto reparé en que Kalina Ivánovich hablaba con
acento ucraniano, aunque no reconocía la lengua ucraniana
como una cuestión de principio. En su léxico abundaban
las palabras ucranianas, y siempre pronunciaba la letra "g"
al modo meridional. Pero yo no sé por qué en la
palabra "pedagógica" acentuaba con tanta fuerza
esa literaria "g" rusa, que en él resultaba hasta
exagerada.
-¿Usted es el encargado de la parte pedagógica?
-¿Por qué? Yo soy el director de la colonia...
-No -objetó quitándose la pipa de la boca-. Usted
será el encargado de la parte pedagógica y yo el
encargado de la administración.
Imaginaos el Pan de Vrúbel, ya completamente calvo, sólo
con un resto de pelo sobre las orejas. Afeitad a este Pan la barba
y cortadle los bigotes como a un arcipreste. Ponedle una pipa
entre los dientes. Y ya no será Pan, sino Kalina Ivánovich
Serdiuk. Era un hombre extraordinariamente complicado para un
trabajo tan simple como la administración de una colonia
infantil. Tenía a sus espaldas, por lo menos, cincuenta
años de diferente actividad. Pero únicamente dos
épocas constituían su orgullo: en su juventud había
sido húsar del regimiento de Kexholm de guardias de corps
de Su Majestad y en el año 18, durante la ofensiva de los
alemanes, había dirigido la evacuación de la ciudad
de Mírgorod.
Kalina Ivánovich fue el primer objeto de mi actividad pedagógica.
Era una gran dificultad para mí su abundancia en las convicciones
más diversas. Con el mismo placer denostaba contra los
burgueses, los bolcheviques, los rusos, los hebreos, nuestro desaliño
y la meticulosidad alemana. Pero sus ojos azules brillaban con
tanto amor a la vida, tan sensible y dinámico, que no escatimé
para él una pequeña cantidad de energía pedagógica.
Y comencé a educarle desde el primer día, desde
nuestra primera conversación:
-¿Cómo es posible camarada Serdiuk, que la colonia
no tenga director? Alguien debe responder de todo.
Kalina Ivánovich se quitó otra vez la pipa y se
inclinó cortésmente hacia mi rostro:
-Entonces ¿usted desea ser el director de la colonia ¿Y
que yo sea, en cierto modo, su subordinado?
-No, eso no es obligatorio. Si usted, quiere, yo seré su
subordinado.
-Yo no he estudiado pedagogía y lo que no me incumbe, no
me incumbe. Usted es joven aún, y quiere que yo, un viejo,
sea el chico de los recados. Esto tampoco está bien. Sin
embargo, para ser el director de la colonia me falta cultura,
y además, ¿qué necesidad tengo?
Kalina Ivánovich se apartó con enojo de mí.
Se había disgustado. Anduvo triste todo el día,
y al anochecer se presentó en mi cuarto ya completamente
abatido.
-Aquí le he puesto una camita y una mesilla. Lo que he
podido encontrar...
-Gracias.
-No hago más que pensar qué vamos a hacer con esta
colonia. Y he decidido que, naturalmente, vale más que
sea usted el director de la colonia y yo una especie de subordinado
suyo.
-No regañaremos, Kalina Ivánovich.
-También yo lo creo así. La cosa no es tan difícil
y nosotros, cumpliremos nuestro deber. Y usted, como hombre culto,
será una especie de director de la colonia.
Nos pusimos a trabajar. Con ayuda de palos conseguimos levantar
el viejo caballo de treinta años. Kalina Ivánovich
se encaramó a algo semejante a una carreta, amablemente
cedida por un vecino, y todo este sistema puso rumbo a la ciudad
a una velocidad de dos kilómetros por hora. Comenzaba el
período de organización.
Para este período había sido planteada una tarea
muy en su punto: la concentración de los valores materiales
imprescindibles para la educación del hombre nuevo. Por
espacio de dos meses, Kalina Ivánovich y yo nos pasamos
días enteros en la ciudad. Kalina Ivánovich iba
en coche y yo a pie. Él creía que ir a pie rebajaba
su dignidad, y a mí me era imposible resignarme con el
ritmo que podía proporcionar el caballo ex kirguiz.
En el transcurso de dos meses logramos, con ayuda de los especialistas
rurales, poner más o menos en orden uno de los cuarteles
de la antigua colonia: colocamos cristales, reparamos las estufas,
pusimos puertas nuevas. En el dominio de la política exterior
obtuvimos un solo éxito, aunque, en cambio, verdaderamente
notable: a fuerza de solicitudes logramos de la Comisión
de Abastecimiento del Primer Ejército de Reserva ciento
cincuenta puds de harina de centeno. Pero no tuvimos la suerte
de poder "concentrar" otros valores materiales.
Comparando todo eso con mis ideales en el terreno de la cultura
material, vi que, aunque tuviera cien veces más, me faltaría
tanto como ahora para llegar al ideal. A consecuencia de ello
tuve que declarar terminado el período de organización.
Kalina Ivánovich, aprobó mi punto de vista:
-¿Y qué podemos reunir si ellos, los parásitos
se dedican a hacer encendedores? Han arruinado al pueblo y ahora
dicen: "Organízate como puedas". Tendremos que
hacer lo mismo que Ilyá Múromets.
-¿Lo mismo que Ilyá Múromets?
-Sí. Hubo en otro tiempo un Ilyá Múromets,
tal vez tú lo sepas, y los parásitos esos han declarado
que era un paladín. Pero yo considero que no era más
que un pobretón y un vago. En verano, ¿comprendes?,
viajaba en trineo...
-Pues bien: seremos como Ilyá Múromets. Después
de todo eso no es tan malo. ¿Y dónde está
el bandido Solovéi?
-Bandidos, hermano, hay todos los que quieras...
Llegaron a la colonia dos educadoras: Ekaterina Grigórievna
y Lidia Petrovna. En mis búsquedas de pedagogos, yo había
llegado casi a la desesperación completa; nadie quería
consagrarse a la educación del hombre nuevo en nuestro
bosque, porque todo el mundo temía a los golfos y nadie
confiaba en el fausto final de nuestra empresa. Y sólo
en una conferencia de maestros rurales, en que me vi obligado
a hacer uso de la palabra, encontré a dos personas vivas.
Me alegró que fueran mujeres. Yo creía que la "ennoblecedora
influencia femenina" completaría afortunadamente nuestro
conjunto de fuerzas.
Lidia Petrovna era todavía muy joven, una chiquilla. Acababa
de salir del liceo, y aún no había perdido la costumbre
de los cuidados maternos. El delegado provincial de Instrucción
Pública me preguntó al firmar su nombramiento:
-¿Para qué quieres a esa muchachita? Si no sabe
nada...
-Así la he buscado precisamente. De vez en cuando se me
ocurre que los conocimientos no tienen ahora tanta importancia.
Esta Lídochka es un ser purísimo, y yo cuento con
ella como con una especie de vacuna.
-¿No te pasarás de listo? En fin, de acuerdo...
En cambio, Ekaterina Grigórievna era un experto lobo pedagógico.
No había nacido mucho antes que Lídochka pero Lídochka
se reclinaba en su hombro igual que niña juntó a
su madre. En el rostro serio y hermoso Ekaterina Grigórievna
resaltaban unas cejas negras, casi varoniles. Sabía llevar
con aseo subrayado vestidos conservaba por verdadero milagro y
Kalina Ivánovich, al conocerla, se expresó acertadamente:
-Con una mujer así hay que tener mucho cuidado...
En fin, todo estaba dispuesto.
El 4 de diciembre llegaron a la colonia los primeros seis educandos
y me hicieron entrega de un sobre fabuloso, sellado con cinco
enormes lacres... Este sobre contenía "expedientes".
Cuatro eran enviados a la colonia por asalto a mano armada de
una casa y tenían dieciocho años de edad: los otros
dos, más jóvenes, eran acusados de robo. Nuestros
educandos estaban espléndidamente vestidos: pantalones
de montar, botas elegantes. Sus peinados eran de última
moda. En ellos no había absolutamente nada de niños
abandonados. Los apellidos de estos primeros educandos eran Zadórov,
Burún, Vólojov, Bendiuk, Gud y Taraniets.
Los recibimos afablemente. Desde por la mañana se estaba
condimentando una comida especialmente sabrosa. La cocinera deslumbraba
con su cofia de impoluto blancor. En el dormitorio, mesas engalanadas
ocuparon el espacio libre entre las camas. No teníamos
manteles, pero sábana nuevas hicieron con buen éxito
sus veces. Aquí se congregaron todos los participantes
de la colonia naciente. También acudió Kalina Ivánovich,
que, con motivo de la solemnidad, había cambiado la sucia
chaqueta gris que vestía a diario por una cazadora de terciopelo
verde.
Yo pronuncié un discurso acerca de la nueva vida de trabajo,
acerca de la necesidad de olvidar el pasado y marchar adelante
y adelante. Los educandos oían mi discurso con poca atención,
susurraban algo entre sí, mirando con sonrisas sarcásticas
y despreciativas los catres plegables, recubiertos de edredones
que no tenían nada de nuevos, y las ventanas y las puertas
sin pintar. En pleno discurso Zadórov dijo de pronto en
voz alta a uno de sus camaradas:
-¡Por culpa tuya nos hemos metido en este lío!
Dedicamos el resto del día a planear nuestra vida futura.
Pero los educandos escuchaban con cortés negligencia mis
propuestas: sólo querían librarse de mí lo
antes posible.
Por la mañana, Lidia Petrovna, toda agitada, vino mi cuarto
y me dijo:
-No sé cómo hablar con ellos... Les digo que hay
que ir al lago, por agua, y uno de ellos, con el pelo todo planchado,
que estaba calzándose, me acerca de repente una bota a
la cara y me dice: "¡Mire usted qué botas tan
estrechas me ha hecho el zapatero!"
Durante los primeros días ni siquiera nos ofendían:
simplemente no reparaban en nuestra presencia. Al anochecer se
iban tranquilamente de la colonia y volvían por la mañana,
escuchando con discreta sonrisa mis reconvenciones, inflamadas
por el espíritu de la educación socialista. Una
semana más tarde, Bendiuk fue detenido en la colonia por
un agente de investigación: se le acusaba de asesinato
y robo nocturno. Lídochka, mortalmente asustada por este
acontecimiento, lloraba, en su habitación y no salía
más que para preguntarnos a todos:
-Pero, ¿qué es eso? ¿Cómo ha podido
matar?
Ekaterina Grigórievna, sonriendo seriamente, fruncía
el entrecejo:
-No sé, Antón Semiónovich; de verdad que
no lo sé... Tal vez tengamos que marcharnos sin más
ni más... No sé qué tono hay que emplear
aquí...
El bosque desierto en torno a nuestra colonia, las cajas vacías
de los edificios, los diez catres plegables en lugar de camas,
el hacha y la pala como herramientas y la media docena de educandos
que negaban categóricamente no sólo nuestra pedagogía,
sino la cultura humana íntegra, todo eso, a decir verdad,
no se ajustaba en absoluto a nuestra precedente experiencia escolar.
En las largas veladas invernales, la colonia era angustiante.
Dos quinqués la alumbraban, uno en el dormitorio y el otro
en mi habitación. Las educadoras y Kalina Ivánovich
tenían velones, invención de la época de
Kii, Schek y Joriv. El cristal de mi quinqué estaba roto
por la parte superior, y el resto se hallaba todo ahumado, porque
Kalina Ivánovich, al encender su pipa, recurría
frecuentemente al fuego de mi lámpara, metiendo para ello
medio periódico en el cristal.
Aquel año las nevascas comenzaron pronto, y todo patio
de la colonia se llenó de montones de nieve. No tenemos
a nadie para limpiar los senderos. Pedí a los educandos
que lo hicieran ellos, y Zadórov me contestó:
-Podemos limpiar los senderos, pero sólo cuando pase el
invierno: si no, los limpiaremos nosotros, y otra vez nevará.
¿Comprende?
Sonrió amablemente y se dirigió, hacia un camarada
olvidando mi existencia. Zadórov procedía de una
familia de intelectuales: se notaba en el acto. Hablaba correctamente,
su rostro se distinguía por ese aspecto lustroso que no
tienen más que los niños bien alimentados. Vólojov
era de otro género: boca ancha, nariz ancha, los ojos muy
separados, todo ello acompañado de una peculiar movilidad
de facciones; el rostro de un bandido. Vólojov llevaba
siempre las manos metidas en los bolsillos del pantalón
de montar, y ahora se acercó a mí en esa actitud:
-Bueno, ya le hemos contestado...
Salí del dormitorio, transformando mi cólera en
una especie de piedra pesada dentro del pecho. Pero era preciso
limpiar los senderos, y la cólera petrificada exigía
acción. Fui en busca de Kalina Ivánovich:
-Vamos a limpiar la nieve.
-¿Qué dices? ¿Es que yo he venido aquí
de peón? ¿Y los ruiseñores-bandidos qué?
-dijo, señalando los dormitorios.
-No quieren.
-¡Ah, parásitos! Bueno, vamos.
Kalina Ivánovich y yo estábamos terminando de limpiar
el primer sendero cuando en él aparecieron Vólojov
y Taraniets, que iban como siempre, a la ciudad.
-¡Eso está bien! -exclamó alegremente Taraniets.
-Hace tiempo que debían haberlo hecho -le sostuvo Vólojov.
Kalina Ivánovich les cerró el paso:
-¿Qué es eso de que "está bien"?
Tú, canalla, te has negado a trabajar, ¿y piensas
que voy a hacerlo yo por ti? Por aquí no pasas, parásito.
Métete en la nieve, que, si no, te daré con la pala...
Kalina Ivánovich alzó la pala, pero un segundo después
su pala volaba hasta un lejano montón de nieve, su pipa
iba a parar a otro lado, y el estupefacto Kalina Ivánovich
pudo solamente acompañar con la mirada a los jóvenes
y oír cómo le gritaban, ya desde lejos:
-¡Tendrás que ir tú solito en busca de la
pala!...
Entre risas se marcharon a la ciudad.
-¡Me iré al diablo! ¡Yo aquí no trabajo!
-exclamó Kalina Ivánovich y se fue a su habitación,
dejando abandonada la pala en el montón de nieve.
Nuestra vida se hizo siniestra y angustiosa. Cada noche se oían
gritos en la carretera principal de Járkov:
-¡Socorro!
Los aldeanos desvalijados acudían a nosotros y con voces
trágicas imploraban nuestra ayuda.
Conseguí del delegado provincial un revólver para
defenderme de los caballeros salteadores, pero le oculté
la situación en la colonia. Aún no había
perdido la esperanza de encontrar la manera de llegar a un acuerdo
con los educandos.
Para mí y para mis compañeros, los primeros meses
de nuestra colonia no fueron sólo meses de desesperación
y de tensión impotente: también fueron meses de
busca de la verdad. En toda mi vida había leído
yo tanta literatura pedagógica como en el invierno de 1920.
Esto ocurría en la época de Wrángel y de
la guerra contra Polonia. Wrángel andaba por allí
cerca, alrededor de Novomírgorod; muy próximos a
nosotros, en Cherkasy, combatían los polacos; toda Ucrania
estaba plagada batkos* (*Jefes de bandas blancas en Ucrania (N.
de la Edit.)); mucha gente a nuestro alrededor se hallaba fascinada
por las bandas de Petliura. Pero nosotros, en nuestro bosque,
con la cabeza entre las manos, tratábamos de olvidar el
fragor de los grandes acontecimientos y leía libros de
pedagogía.
El fruto principal que yo obtenía de mis lecturas era una
firme y honda convicción de que no poseía ninguna
ciencia ni ninguna teoría, de que era preciso deducir la
teoría de todo el conjunto de fenómenos reales que
transcurrían ante mis ojos. Al principio, yo ni siquiera
lo comprendía, pero veía, simplemente, que no necesitaba
fórmulas librescas, que de todas suertes, no podría
aplicar a mi trabajo, sino un análisis inmediato y una
acción también inmediata.
Con todo mi ser sentía que debía apresurarme, que
era imposible esperar ni un solo día más. La colonia
estaba adquiriendo crecientemente el carácter de una cueva
de bandidos. En la actitud de los educandos frente a los educadores
se incrementaba más y más el tono permanente de
burla y de granujería. Ya habían empezado a referir
anécdotas escabrosas en presencia de las educadoras, exigían
groseramente la comida, arrojaban los platos por el aire, jugaban
de manera ostensible con sus navajas y, chanceándose, inquirían
los bienes que poseía cada uno.
-Siempre puede ser útil... ¡en un momento de apuro!
Se negaban resueltamente a cortar leña para las estufas
y un día destrozaron, en presencia de Kalina Ivánovich,
el tejado de madera del cobertizo. Lo hicieron entre risas y bromas:
-¡Para lo que vamos a vivir aquí nos basta!
Kalina Ivánovich desprendía millones de chispas
de su pipa y hacia gestos de desesperación:
-¿Qué vas a decirles a esos parásitos? ¡Gomosos
indecentes! ¿Y de dónde habrán sacado que
se puede destrozar las dependencias? Por una cosa así habría
que meter en la cárcel a sus padres. ¡Parásitos!
Y sucedió que no pude mantenerme más tiempo en la
cuerda pedagógica.
Una mañana de invierno pedí a Zadórov que
cortase leña para la cocina. Y escuché la habitual
contestación descarada y alegre:
-¡Ve a cortarla tú mismo: sois muchos aquí!
Era la primera vez que me tuteaban.
Colérico y ofendido, llevado a la desesperación
y al frenesí por todos los meses precedentes, me lancé
sobre Zadórov y le abofeteé. Le abofeteé
con tanta fuerza, que vaciló y fue a caer contra la estufa.
Le golpeé por segunda vez y, agarrándole por el
cuello y levantándole, le pegué una vez más.
De pronto, vi que se había asustado terriblemente. Pálido,
temblándole las manos, se puso precipitadamente la gorra,
después se la quitó y luego volvió a ponérsela.
Y probablemente yo hubiera seguido golpeándole, pero el
muchacho, gimiendo, balbuceó:
-Perdóneme, Antón Semiónovich.
Mi ira era tan frenética y tan incontenible, que yo me
daba cuenta de que, si alguien decía una sola palabra contra
mí, me arrojaría sobre todos para matar, para exterminar
a aquel tropel de bandidos. En mis manos apareció un atizador
de hierro. Los cinco educandos permanecían inmóviles
junto a sus camas. Burún se arreglaba precipitadamente
algo en el traje.
Me volví a ellos y les conminé, golpeando con el
atizador el respaldo de una cama:
-O vais todos inmediatamente al bosque a trabajar o ahora mismo
os marcháis fuera de la colonia con mil demonios.
Y salí del dormitorio.
En el cobertizo donde guardábamos las herramientas empuñé
un hacha y contemplé, ceñudo, cómo los educandos
se repartían las hachas y los serruchos. Por mi no pasó
la idea de que era mejor no ir al bosque aquel día, no
poner las hachas en manos de los educandos, pero ya era tarde:
se habían repartido todas las herramientas. Daba igual.
Yo me sentía dispuesto a todo: había resuelto no
entregar gratuitamente mi vida. Además, tenía el
revólver en el bolsillo.
Nos fuimos al bosque. Kalina Ivánovich me dio alcance y,
terriblemente agitado, susurró:
-¿Qué pasa? Dime, por favor: ¿cómo
están hoy tan amables?
Yo contemplé distraído los ojos azules del Pan y
respondí:
-Mal van las cosas, hermano... Por primera vez en mi vida he pegado
a un hombre.
-Pero, ¿qué has hecho? -se sorprendió Kalina
Ivánovich-. ¿Y si se quejan?
-Eso es lo de menos...
Para mi asombro, todo transcurrió bien. Estuve trabajando
con los muchachos hasta la hora de comer. Cortábamos pinos
torcidos. En general, los muchachos parecían sombríos,
pero el aire puro y helado, el hermoso bosque, que ornaban enormes
caperuzas de nieve, la amistosa colaboración del hacha
y el serrucho hicieron su obra.
En un alto, fumamos confusos de mi reserva de majorka*(*Tabaco
ordinario (N. de la Edit.)), y Zadórov, echando humo hacia
las copas de los pinos, lanzó de repente una carcajada:
-¡Menudo! ¡Ja, ja, ja, ja!
Era agradable ver su rostro sonrosado, que agita risa, y yo no
pude dejar de sonreír:
-¿A qué te refieres? ¿Al trabajo?
-También al trabajo, pero ¡hay que ver cómo
me ha zumbado usted!
Era natural que Zadórov, un mocetón robusto y grandote,
se riese. Yo mismo me sorprendía de haberme atrevido a
tocar a tal gigante.
Lanzó otra carcajada, y, sin dejar de reírse, empuñó
el hacha y se fue hacía un árbol.
-¡Vaya una historia! ¡Ja, ja, ja, ja!
Almorzamos juntos con apetito, bromeando, pero no aludimos más
al suceso de la mañana. Yo, sin embargo, me sentía
violento, aunque estaba dispuesto a no bajar tono y seguí
dando órdenes con la misma firmeza después de la
comida. Vólojov sonreía, pero Zadórov se
aproximó a mí con una expresión de lo más
seria:
-¡No somos tan malos, Antón Semiónovich! Todo
saldrá bien; Nosotros comprendemos...
3.
CARACTERÍSTICA DE LAS NECESIDADES PRIMORDIALES
Al día siguiente dije a los educandos:
-¡El dormitorio debe estar limpio! Es preciso designar responsables
de dormitorio. A la ciudad se puede ir únicamente con mi
autorización. El que se marche sin permiso, que no vuelva,
porque no le admitiré.
-¡Oh, oh! -dijo Vólojov-. Puede que sea algo menos.
-Elegid, muchachos, qué os conviene más. Yo no puedo
actuar de otra manera. En la colonia tiene que haber disciplina.
Si no os gusta, marchaos cada uno a donde queráis. Pero
el que se quede aquí, observará la disciplina. Como
gustéis. Aquí no habrá ninguna cueva con
ladrones.
Zadórov me tendió la mano:
-¡Venga la mano! ¡Tiene usted razón! Tú;
Vólojov cállate. Todavía eres demasiado tonto
para estos asuntos. Más nos conviene estar aquí,
que ir a la cárcel.
-¿Y es obligatorio asistir a la escuela? -preguntó
Vólojov.
-Obligatorio.
-¿Y si yo no quiero estudiar?... ¿Qué falta
me hace? ...
-Es obligatorio asistir a las clases. Quieras o no quieras, será
igual. ¿Ves? Zadórov acaba de llamarte tonto. Esto
quiere decir que debes aprender a ser listo.
Vólojov movió burlón la cabeza, repitiendo
unas palabras de no sé qué anécdota ucraniana:
-¡Eso si que es un salto!
En el terreno de la disciplina, el incidente con Zadórov
había señalado un viraje. Y, en honor a la verdad,
yo no me sentía atormentado por ningún remordimiento
de conciencia. Sí, había abofeteado a un educando.
Yo experimentaba toda la incongruencia pedagógica, toda
la ilegalidad jurídica de aquel hecho, pero, al mismo tiempo,
comprendía que la pureza de mis manos pedagógicas
era asunto secundario en comparación con la tarea planteada
ante mí. Estaba resueltamente decidido a ser dictador,
si no salía adelante con ningún otro sistema. Al
cabo de cierto tiempo tuve un choque serio con Vólojov,
que, estando de guardia, no había arreglado el dormitorio
y se negó a hacerlo después de una observación
mía. Mirándole enfadado, le dije:
-¡No me saques de quicio! ¡Arregla el dormitorio!
-¿Y si no lo arreglo? ¿Me abofeteará usted?
No tiene derecho...
Le agarré por el cuello y, acercándole hacia mí,
barboté muy cerca de su rostro con absoluta sinceridad:
-¡Óyeme! Te prevengo por última vez; ¡no
te abofetearé, sino que te dejaré baldado! Después,
si quieres, te quejas, y yo iré a la cárcel. Eso
a ti no te importa.
Vólojov se desprendió de mis manos y me dijo con
lágrimas en los ojos:
-No vale la pena de ir a la cárcel por una tontería
así. Arreglaré la habitación, ¡y que
el diablo se lo lleve usted!
Troné:
-¿Qué manera de hablar es ésa?
-¿Cómo quiere que hable con usted?... ¡Váyase
al...!
-¿Qué? ¡Atrévete!...
Vólojov rompió a reír e hizo un ademán
evasivo.
-¡Vaya un hombre, fíjate!... ¡Arreglaré
la habitación, la arreglaré, no chille usted!
Sin embargo, es preciso señalar que yo no pensaba ni por
un minuto haber hallado en la violencia un medio todopoderoso
de pedagogía. El incidente con Zadórov me había
costado más caro que al mismo Zadórov. Tenía
miedo a lanzarme por el camino de la menor resistencia. Lidia
Petrovna fue quien me condenó con más franqueza
y más insistencia entre las educadoras. Al anochecer de
aquel mismo día, con el rostro apoyado en los pequeños
puños, me dijo machacona:
-Entonces, ¿ha encontrado usted ya el método? ¿Como
en el seminario?
-Déjeme, Lídochka.
-No, conteste: ¿tenemos que andar a bofetadas? ¿Y
yo también puedo? ¿O sólo usted?
-Lídochka, ya le contestaré más tarde. Por
ahora ni yo mismo lo sé. Espere un poco.
-Bueno, esperaré.
Ekaterina Grigórievna, anduvo varios días con el
entrecejo fruncido y, al hablar conmigo, adoptaba un tono cortésmente
oficial. Sólo cinco días después me preguntó
con una sonrisa seria:
-Bueno, ¿cómo se encuentra?
-Igual. Me encuentro muy bien.
-¿Sabe usted qué es lo más triste de toda
esta historia?
-¿Lo más triste?
-Sí. Lo más desagradable es que los muchachos refieren
su hazaña con admiración. Están incluso dispuestos
a enamorarse de usted, y Zadórov el primero de todos. ¿Cómo
explicarlo? No lo comprendo. ¿La costumbre de la esclavitud?
Después de reflexionar un poco, contesté a Ekaterina
Grigórievna:
-No, aquí no se trata de esclavitud. Aquí hay una
cosa distinta. Analícelo usted bien: Zadórov, más
fuerte que yo, podía haberme mutilado de un golpe. Considere
usted, además, que no tiene miedo a nada, como tampoco
tiene miedo a nada Burún y los demás. En toda esta
historia ellos no ven los golpes, sino la ira, el estallido humano.
Comprenden muy bien que igualmente podía no haber pegado
a Zadórov, que podía haberle devuelto como incorregible
a la comisión, que podía ocasionarles muchos disgustos
graves. Pero yo no hice eso y procedí de una manera peligrosa
para mí, aunque humana y no formal. Y, por lo visto, la
colonia, a pesar de todo, les hace falta. La cosa es bastante
complicada. Además, ellos ven que nosotros trabajamos mucho
para su servicio. A pesar de todo, son personas. Y éste
es un hecho de suma importancia.
-Tal vez -me respondió, pensativa, Ekaterina Grigórievna.
Sin embargo, no disponemos de mucho tiempo para meditar. Una semana
más tarde, en febrero de 1921, traje en un carromato a
quince muchachos auténticamente abandonados y harapientos.
Nos vimos obligados a trabajar mucho para lavarles, vestirles
de algún modo, curarles la sarna. En marzo teníamos
en la colonia a unos treinta chicos. En su mayoría, estaban
muy descuidados, en estado salvaje y absolutamente inadecuados
para la realización del sueño de la educación
socialista. De momento no había en ellos esa capacidad
peculiar de creación, que según se dice, asemeja
el modo de razonar de los niños al de los sabios.
En la colonia aumentó también el número de
educadores. Para marzo contábamos ya con un verdadero consejo
pedagógico. La pareja Natalia Márkovna e Iván
Ivánovich Osipov trajo, en medio del asombro de toda la
colonia, un ajuar bastante considerable: divanes, sillas, armarios,
una gran cantidad de ropa y de vajilla. Nuestros colonos, carentes
hasta de lo más indispensable, contemplaban con extraordinario
interés cómo era descargada de los carros toda esa
riqueza a la puerta de la habitación en que debían
vivir los Osipov.
El interés de los colonos por los bienes de los Osipov
no era, ni mucho menos, un interés académico, y
a mí me asustaba mucho la idea de que todo ese magnífico
transporte hiciera el viaje de vuelta hacia los mercados urbanos.
Una semana más tarde, cuando llegó el ama de llaves,
el interés especial por las riquezas de los Osipov se entibió
un poco. El ama de llaves era una viejecita muy buena, parlanchina
y tonta. Su ajuar, aunque cedía en mucho al de los Osipov,
se componía de cosas muy apetitosas. Había allí
mucha harina, tarros de mermelada y no sé que muchas bolsas
cuidadosamente atadas y numerosos sacos de viaje, a través
de los cuales la mirada de los colonos discernía diversos
objetos de valor.
El ama de llaves arregló su habitación con el gusto
y el confort de una persona entrada en años: dispuso sus
cajas y los demás bártulos en despensas, rinconcitos
y huecos, dispuestos para ello por la propia naturaleza, y entabló
rápida amistad con dos o tres muchachos. Esta amistad descansaba
sobre principios semejantes a los de un tratado: ellos le traían
la leña y le encenderían el samovar y ella, como
pago, les convidaría a tomar té y a hablar acerca
de la vida. En realidad, el ama de llaves no tenía nada
que hacer en la colonia. A mí me asombraba que nos la hubieran
mandado.
En la colonia no necesitábamos ninguna ama de llaves. Nosotros
éramos increíblemente pobres.
Aparte unas cuantas habitaciones destinadas al personal, de todos
los locales de la colonia habíamos conseguido reparar únicamente
un vasto dormitorio con dos estufas. En esta habitación
habían sido colocados treinta catres plegables y tres grandes
mesas, en las que comían y escribían los muchachos.
Otro gran dormitorio, el comedor, dos aulas y la oficina esperaban
el momento de la reparación.
Teníamos juego y medio de sábanas y nos faltaba
en absoluto otra clase de ropa. Nuestra actitud ante el problema
de la ropa se expresaba casi exclusivamente en las diversas demandas
dirigidas a la delegación de Instrucción Pública
y a otras instituciones.
El delegado de Instrucción Pública que había
inaugurado tan enérgicamente la colonia estaba ahora en
otra parte. Su sucesor se interesaba poco por la colonia: tenía
asuntos más importantes que nosotros.
La atmósfera reinante en la delegación de Instrucción
Pública no favorecía en absoluto nuestros afanes
de riqueza. En aquel tiempo, la delegación era un conglomerado
de muchísimas habitaciones, grandes y pequeñas,
y de muchísima gente, pero los verdaderos exponentes de
la obra pedagógica no eran aquí las habitaciones
ni la gente, sino, las mesitas. Vacilantes y deterioradas, bien
de escritorio, bien de tocador o de juego, en otro tiempo negras
o rojas estas mesitas, rodeadas de sillas semejantes, simbolizaban
las diversas secciones, de lo que daban fe los rótulos
colgados en las paredes sobre cada mesita. Una gran mayoría
de las mesas estaba siempre vacía, porque la magnitud complementaria
-el hombre- era esencialmente no tanto encargado de la sección
como contable del distribuidor provincial. Si de pronto alguna
figura humana aparecía detrás de cualquier mesita,
los visitantes se precipitaban de todas partes y abalanzábanse
sobre ella. En tal caso, el diálogo se reducía a
poner en claro de qué sección se trataba y de si
era ésa la sección a que debía dirigirse
el visitante, y, si era a otra, por qué y a cuál
precisamente; y, si, en efecto, era otra, ¿por qué
el camarada sentado el sábado último ante aquella
mesita dijo que era ésta, precisamente, la sección
indicada? Después de resolver todas estas cuestiones, el
encargado de la sección levaba anclas y desaparecía
con rapidez cósmica.
Nuestros pasos inexpertos alrededor de las mesitas no nos llevaron
a ningún resultado positivo. Por ello, en el invierno del
año 21, la colonia se parecía muy poco a una institución
educativa. Las chaquetas destrozadas, a las que cuadraba mucho
mejor el nombre de klift, según el argot bandidesco, apenas
cubrían la piel humana; muy raramente aparecían
bajo el klift los restos de alguna camisa, que se caía
en jirones de puro rota. Nuestros primeros educandos, que habían
llegado bien vestidos, se distinguieron poco tiempo de la masa
general: la tala de leña, los trabajos en la cocina y en
el lavadero hacían su obra, aunque pedagógica, fatal
para la ropa. En marzo todos nuestros colonos estaban vestidos
de tal modo, que hubiera podido envidiarles cualquier artista
que interpretase el papel de molinero en la ópera Rusalca.
Muy pocos colonos tenían zapatos: la mayoría usaba
peales sujetos con cuerdas. Pero, incluso con esta clase de calzado,
sufríamos continuas crisis.
Nuestra comida se llamaba kondior, sopa aguada de mijo. La demás
comida era puramente casual. En aquel tiempo existía gran
cantidad de normas de alimentación: había normas
corrientes, normas superiores, normas para débiles y para
fuertes, normas para atrasados mentales, para sanatorios, para
hospitales. Por medio de una activa diplomacia conseguíamos,
a veces, convencer, rogar, engañar, ganarnos la simpatía
con nuestro aspecto lamentable, intimidar agitando la amenaza
de una rebelión de los colonos y entonces se nos pasaba,
por ejemplo, a la norma sanatorio. En el racionamiento de sanatorio
había leche, grasas en abundancia y pan blanco. Esto, claro
está, no lo recibíamos, pero se nos daba en gran
cantidad algunos elementos del kondior y pan de centeno. Al cabo
de un mes o dos, experimentábamos una derrota diplomática
de y nuevo descendíamos a la categoría de simples
mortales, y otra vez comenzábamos a poner en práctica
la línea cautelosa y oblicua de la diplomacia secreta y
abierta. A veces, conseguíamos ejercer una presión
tan intensa, que hasta lográbamos carne, embutidos, caramelos,
pero nuestra existencia se hacía aún más
triste al demostrarse que a ese lujo no tenían ningún
derecho los defectuosos morales, sino solamente los defectuosos
intelectuales.
De vez en cuando, conseguíamos hacer incursiones desde
la esfera de la pedagogía estricta hasta algunas esferas
vecinas, como, por ejemplo, el Comité Provincial de Abastos
o la Comisión especial de abastecimiento del Primer Ejército
de Reserva. En la delegación de Instrucción Pública
se nos prohibía rigurosamente tales actos de "guerrillerismo",
y por eso teníamos que efectuar estas incursiones en secreto.
Para ello era imprescindible armarse de un papel, donde constaran
estas simples y expresivas palabras:
"La colonia de delincuentes menores de edad le ruega ordenar
la entrega de cien puds de harina para la alimentación
de los educandos".
En la propia colonia no empleábamos términos como
ese de "delincuentes", y nuestra colonia nunca se llamó
así. En aquel tiempo se nos llamaba defectuosos morales.
Sin embargo, para el mundo exterior ese nombre era poco adecuado,
ya que olía excesivamente a negociado de educación.
Yo me colocaba con mi papelito en algún lugar del pasillo
del negociado correspondiente, a la puerta del despacho. Por esta
puerta pasaba muchísima gente. A veces, el despacho se
abarrotaba de tal modo, que podía entrar todo el que quisiera.
Entonces había que abrirse paso hacia el jefe por entre
los visitantes y deslizar en silencio el papel bajo su mano.
Los jefes de los negociados en abastos se orientaban con mucha
dificultad en las argucias de la clasificación pedagógica
y no siempre caían en la cuenta de que los "delincuentes
menores de edad" tenían algo que ver con la instrucción.
A su vez, el tinte emocional de ese mismo término "delincuentes
menores de edad" era bastante expresivo. Por eso, raramente
los jefes nos miraban con severidad y nos decían:
-¿Para qué han venido ustedes aquí? Diríjanse
a su delegación de Instrucción Pública.
Lo más frecuente era que el jefe dijera después
de reflexionar:
-¿Quién les abastece a ustedes? ¿El negociado
de prisiones?
-No, el negociado de prisiones no, porque, ¿sabe usted?
son niños..
-¿Pues quién entonces?
-Por ahora no está decidido.
-¿Cómo que "no está decidido"?...
Es extraño...
El jefe apuntaba algo en su block de notas y nos invitaba a volver
dentro de una semana.
-En tal caso, denos usted de momento aunque no sean más
que veinte puds.
-Veinte puds no puedo darles; reciban por ahora cinco y, mientras
tanto, ya pondré en claro este asunto.
Cinco puds era poco y, además, la conversación entablada
no correspondía a nuestros propósitos, en los que
no entraba, claro está, ningún esclarecimiento.
Lo único aceptable para la colonia Gorki era que el jefe,
sin preguntar nada, tomara en silencio nuestro papel y escribiera
en un ángulo: "Entréguese".
En este caso, yo, a riesgo de romperme las narices, volaba a la
colonia:
-¡Kalina Ivánovich!... Tenemos una orden... ¡Cien
puds! Busca gente y ve corriendo, que, si no, pueden darse cuenta...
Kalina Ivánovich examinaba radiante el papelito:
-¿Cien puds? ¡Vaya contigo! ¿Y de dónde?
-¿Acaso no lo ves?... Comité Provincial de Abastos
de la sección jurídica provincial...
-¡Cualquiera lo entiende!... Pero, además, nos es
igual: ¡aunque venga del diablo, con tal de que nos salga
bien, je, je, je!
La necesidad primordial del hombre es la comida. Por eso, la cuestión
de la ropa no nos angustiaba tanto como la cuestión de
los víveres. Nuestros educandos tenían siempre hambre,
y esto complicaba sensiblemente su reeducación moral. Con
ayuda de medios privados conseguían calmar los colonos
sólo cierta parte, no grande, de su apetito.
Uno de los aspectos fundamentales de la industria privada de la
alimentación era la pesca. Durante el invierno, la cosa
era muy difícil. El método más sencillo consistía
en vaciar las redes en forma de pirámides tetraédricas
tendidas por los vecinos del caserío en el riachuelo próximo
y en nuestro lago. El sentido de auto conservación y la
sensatez económica inherente al hombre hacían abstenerse
a nuestros muchachos del robo de las redes, pero, entre los colonos
hubo uno que infringió esa regla de oro.
Fue Taraniets. Tenía dieciséis años, descendía
de una vieja familia de ladrones y era esbelto, picado de viruelas,
alegre, ingenioso, organizador magnífico y hombre emprendedor.
Pero no sabía respetar los intereses colectivos. Un día
robó varias redes en la orilla del río y se las
trajo a la colonia. Tras él se presentaron también
los dueños de las redes y el asunto concluyó en
un gran escándalo. Después de este incidente, los
vecinos del caserío comenzaron a tener cuidado de sus redes,
y nuestros cazadores raras veces lograban atrapar algo. Pero al
cabo de cierto tiempo Taraniets y otros colonos se hicieron con
sus propias redes, regaladas por "un conocido de la ciudad".
Gracias a estas redes propias, la pesca empezó a desarrollarse
rápidamente. Al principio, el pescado era consumido en
un pequeño círculo de personas, pero, a finales
del invierno, Taraniets decidió, sin ninguna prudencia,
incluirme a mí también en el círculo.
Un día trajo a mi habitación un plato de pescado
frito.
- Este pescado es para usted.
- No lo acepto.
- ¿Por qué?
- Porque no está bien lo que hacéis. Hay que dar
el pescado a todos los colonos.
- ¿A santo de qué? -enrojeció de rabia Taraniets-.
¿A santo de qué? Yo he conseguido las redes, yo
soy quien pesca, quien se moja en el río, ¿y encima
tengo que dar a todos?
- Pues, entonces, llévate tu pescado: yo no he conseguido
nada ni me he mojado.
- Pero si es un regalo que le hacemos...
- No, no estoy de acuerdo. A mí esto no me gusta. Y, además,
no es justo.
- ¿En qué está aquí la injusticia?
- Pues en que tú no has comprado las redes. Te las han
regalado, ¿no es verdad?
- Sí, me las han regalado.
- ¿A quién? ¿A ti o a toda la colonia?
- ¿Por qué a "toda la colonia"? A mí...
- Sin embargo, yo pienso que también a mí y a la
colonia. ¿Y las sartenes de quiénes son? ¿Tuyas?
No. Son de todos. Y el aceite que habéis pedido a la cocinera
¿de quién es? De todos. ¿Y la leña,
y el horno, y los cubos? ¿Qué puedes decir? Y si
yo te quito las redes, se habrá concluido todo. Pero lo
más importante es que eso que hacéis no es de camaradas.
No importa que las redes sean tuyas. Tú hazlo por los camaradas.
Todos pueden pescar.
- Está bien -accedió Taraniets-, que sea así.
Pero, de todas maneras, tome usted el pescado.
Tomé el pescado. A partir de entonces la pesca pasó
a ser un trabajo que se hacía por turno, y el producto
se entregaba a la cocina.
El segundo método de obtención privada de víveres
eran los viajes al mercado de la ciudad. Cada día, Kalina
Ivánovich enganchaba al Malish, el caballo kirguiz, y se
iba a buscar los víveres o a recorrer las instituciones.
Se le sumaban dos o tres colonos que tenían necesidad de
la ciudad para algún asunto: el hospital, los interrogatorios
en la comisión o, simplemente, para ayudar a Kalina Ivánovich
a cuidar del Ma1ish. Todos estos felices mortales solían
regresar ahítos de la ciudad y siempre traían algo
para los compañeros. No hubo un solo caso de alguien que
fuera "pescado" en la plaza. Los resultados de estas
campañas tenían una apariencia legal: "Una
conocida me lo ha dado"... "Me encontré a un
amigo"... Yo me esforzaba por no agraviar al colono con turbias
sospechas y siempre daba crédito a sus explicaciones. Pero,
además, ¿a dónde podía llevarme la
desconfianza? Los colonos, sucios y hambrientos, correteando en
busca de comida, me parecían un objetivo ingrato para la
prédica de cualquier mercancía moral con un motivo
tan baladí como el robo en el mercado de una rosquilla
o de un par de suelas.
Nuestra extraordinaria pobreza tenía, sin embargo un aspecto
bueno, que después ya no existió jamás. Igual
de pobres y de hambrientos éramos también nosotros,
los educadores. Entonces casi no percibíamos salario, nos
contentábamos con el mismo kondior y andábamos casi
tan andrajosos. Durante todo el invierno yo anduve sin suelas,
las botas, siempre con algún trozo de peal fuera. Sólo
Ekaterina Grigórievna lucía vestidos limpios y planchados.
4.
OPERACIONES DE CARÁCTER INTERNO
En febrero desapareció de mi cajón un fajo entero
de billetes: aproximadamente mi salario de seis meses.
Por aquel tiempo en mi habitación estaban la oficina, la
sala de los maestros, la contaduría y la caja, porque yo
compaginaba en mi persona todas esas obligaciones. El fajo de
billetes nuevecitos había desaparecido de mi cajón
cerrado sin la menor huella de fractura. Por la noche hablé
de ello con los muchachos y les pedí que me fuera reintegrado
el dinero. Yo no estaba en condiciones de demostrar que había
sido robado, y podrían acusarme libremente de malversación.
Los muchachos me oyeron sombríos, y se dispersaron. Después
de la reunión, dos de ellos -Taraniets y Gud- se me acercaron
en el patio oscuro cuando me dirigía a mi habitación.
Gud era un adolescente pequeño y ágil.
-Nosotros sabemos quién ha cogido el dinero -susurró
Taraniets-, sólo que no podemos decirlo delante de todos:
no sabemos dónde lo ha escondido. Y si declaramos lo que
sabemos, el ladrón alzará el vuelo, llevándose
el dinero.
-¿Quién ha cogido el dinero?
-Uno de aquí.
Gud miraba con el entrecejo fruncido a Taraniets. Por lo visto,
no aprobaba plenamente su política.
-¡Hay que zumbarle! -gruñó-. ¿A qué
viene perder el tiempo hablando aquí?
-¿Y quién va a zumbarle? -preguntó Taraniets,
volviéndose hacia él-. ¿Tú? Te hará
picadillo.
-Vosotros decidme quién ha cogido el dinero. Yo hablaré
con él -les propuse.
-No, eso no podemos hacerlo.
-Taraniets insistía en el secreto. Yo me encogí
de hombros:
-Bueno, como queráis.
-Me fui a dormir.
Por la mañana, Gud encontró el dinero en la cuadra.
Alguien lo había arrojado por el estrecho ventanuco de
la caballeriza, y los billetes se habían esparcido por
todo el local. Temblando de alegría, Gud vino corriendo
a mí en las dos manos traía los billetes arrugados
y en desorden.
Gud bailaba de alegría por la colonia; todos los muchachos,
resplandecientes, irrumpían en mi habitación para
verme. Sólo Taraniets andaba presumiendo con la cabeza
erguida. Ni a él ni a Gud les interrogué acerca
de su conducta después de nuestro diálogo.
Dos días después alguien descerrajó la puerta
de la cueva y se llevó unas cuantas libras de tocino, que
constituían toda nuestra riqueza en grasas. También
desapareció el candado. Al día siguiente alguien
rompió la ventana de la despensa, y desaparecieron los
caramelos que guardábamos para las fiestas de la Revolución
de Febrero y varias latas de lubrificantes para ruedas, que eran
como oro para nosotros.
Kalina Ivánovich llegó a adelgazar aquellos días:
aproximaba su rostro pálido a cada colono y, echándole
a los ojos el humo de la majorka, trataba de convencerle:
-¡Pero pensadlo un poco! Todo es para vosotros hijos de
perra. ¡Os robáis a vosotros mismos, parásitos!
Taraniets sabía más que nadie, pero observaba una
actitud evasiva. Por lo visto, no entraba en sus cálculos
esclarecer este asunto. Los colonos hablaban mucho de robos, aunque
entre ellos prevalecía un interés puramente deportivo.
No admitían en absoluto la idea de que los robados fueran,
precisamente, ellos mismos.
En el dormitorio yo gritaba, iracundo:
-Pero ¿qué sois? ¿Sois personas o?...
-Somos ladronzuelos -sonó una voz desde un lejano.
-¡Ladronazos!
-¡Qué vais a ser ladronazos! ¡Sois rateros
vulgares! ¡Os robáis a vosotros mismos! Ahora, por
ejemplo, no tendréis tocino, ¡y que el diablo os
lleve! Y pasaréis las fiestas sin caramelos: Nadie nos
dará más. ¡Fastidiaos!
-Pero, ¿qué podemos hacer, Antón Semiónovich?
Nosotros no sabemos quién los ha cogido. Ni usted lo sabe,
ni tampoco nosotros.
Yo, dicho sea de paso, había comprendido desde el principio
que mis palabras eran superfluas. Robaba alguno de los mayores
temido por todos los demás.
Al día siguiente fui en compañía de dos muchachos
a gestionar una nueva ración de tocino. Tuvimos que ir
vario días, pero logramos la nueva ración. También
nos dieron caramelos, aunque nos reprendieron mucho por no haber
sabido conservarlos. Por las noches referíamos prolijamente
nuestras andanzas. Al fin, trajimos el tocino a la colonia lo
guardamos en la cueva. La primera noche fue también robado.
A mí incluso me alegró esta circunstancia. Esperaba
que ahora hablaría el interés colectivo, común,
y que él obligaría a todos a tomar con más
afán la cuestión de los robos. Efectivamente, todos
los muchachos se apenaron, pero no hubo entre ellos excitación
alguna, y, una vez disipada la primera impresión, el interés
deportivo volvió a apoderarse de todos: ¿quién
podría obrar con tanta habilidad?
Unos días más tarde desapareció de la cuadra
la collera del caballo, lo que nos impedía incluso ir a
la ciudad. Nos vimos obligados al principio a pedir prestada una
collera en el caserío.
Los robos sucedíanse ahora a diario. Cada mañana
se descubría que en uno o en otro lugar faltaba algo: un
hacha, un serrucho, vajilla, sábanas, los arreos, las riendas,
víveres. Probé a no dormir de noche y a vigilar,
armado de mi revólver, en el patio, pero, naturalmente,
no pude resistir más de dos o tres noches. Pedí
a Osipov que montase él la guardia una noche; sin embargo,
tuvo tanto miedo, que no volví a hablarle de ello.
Yo sospechaba de bastantes muchachos, entre ellos también
de Taraniets y de Gud. Pero no tenía ninguna prueba y me
veía obligado a guardar en secreto mis sospechas.
Zadórov, riéndose a carcajadas bromeaba:
-¿Y usted creía, Antón Semiónovich,
que, por tratarse de una colonia de trabajo, aquí no habría
más que trabajar y trabajar, sin ninguna diversión?
¡Espérese, que aún las verá más
gordas! ¿Y qué hará usted al que pesque?
-Le meteré en la cárcel.
-Eso no es nada. Yo pensaba que le pegaría.
Una noche salió vestido al patio.
-Voy a acompañarle.
-Ten cuidado, no sea que los ladrones se metan contigo.
-No, ellos saben que hoy monta usted la guardia no saldrán
a robar. Además ¿qué hay de particular en
esto?
-Confiesa, Zadórov, que les tienes miedo.
-¿A quiénes? ¿A los ladrones? Claro que les
tengo miedo, pero no se trata de eso: es que delatar no está
bien. ¿No cree usted lo mismo, Antón Semiónovich?
-¡Pero si están robándonos!
-¡A mí qué van a robarme! Yo no tengo aquí
nada mío.
-Pero si todos vivís aquí.
-¿Qué vida es ésta, Antón Semiónovich?
¿Acaso puede llamarse vida a esto? No sacará usted
nada en limpio de la colonia. Está esforzándose
en vano. Ya verá como, después de saquear la colonia,
los ladrones se escaparán. Vale más que contrate
a dos buenos guardas y que les dé fusiles.
-No, no contrataré a ningún guarda ni les daré
fusiles.
-¿Por qué? -se sorprendió Zadórov.
-A los guardas hay que pagarles, y nosotros somos bastante pobres,
pero lo principal es que vosotros debéis ser aquí
los amos.
La idea de que eran precisos guardas pertenecía también
a otros muchos colonos. En el dormitorio se había entablado
una verdadera discusión con tal motivo.
Antón Brátchenko, el mejor representante de la segunda
partida de colonos, demostraba:
-Cuando haya un guarda, nadie saldrá a robar. Y si sale,
se le puede meter, en salva sea la parte, una descarga de sal.
Después de andar un mes con sal, ya no tendrá ganas
de robar.
Le refutaba Kostia Vetkovski, un apuesto muchacho, cuya especialidad
"en la libertad" eran los registros con mandatos falsos.
Durante estos registros ejecutaba papeles secundarios; los principales
pertenecían a los mayores. El propio Kostia -este hecho
figuraba en su expediente- jamás había robado nada,
atraído exclusivamente por el lado estético de la
operación. Su actitud respecto a los ladrones había
sido siempre despectiva. Ya hacía algún tiempo que
yo había advertido la naturaleza delicada y compleja de
este muchacho. Lo que, sobre todo, me sorprendía en él
era lo bien que se llevaba con los muchachos menos sociables y
su autoridad, unánimemente reconocida, en las cuestiones
políticas.
-¡Antón Semiónovich tiene razón! -decía
Kostia- ¡Ni hablar de guardas! Por ahora no nos damos cuenta
pero, dentro de poco, todos comprenderemos que en la colonia no
se debe robar. Incluso muchos lo comprenden ya ahora. Pronto vigilaremos
nosotros mismos. ¿Verdad Burún? - preguntó,
volviéndose inesperadamente hacia Burún.
-¿Y qué? Si hay que vigilar, vigilaremos -repuso
Burún.
En febrero nuestra ama de llaves dejó de trabajar en la
colonia: yo había conseguido su traslado a un hospital.
Un domingo el Malish se acercó al umbral de su casa, todos
los amigos y participantes de sus tés filosóficos
comenzaron a instalar cuidadosamente los múltiples sacos
y maletines en el trineo. La buena viejecita, balanceándose
apaciblemente en lo alto de su tesoro, salió al encuentro
de su nueva vida a la rapidez habitual de dos kilómetros
por hora.
El Malish regresó tarde, pero con él volvió
también la viejecita, que, entre gritos y sollozos, irrumpió
en mi habitación: había sido desvalijada por completo.
Sus amigos ayudantes no habían colocado sólo en
el trineo todos su sacos, maletines y bártulos, sino, además,
en otro sitio: el robo era insolente. Desperté en el acto
a Kalina Ivánovich a Zadórov y a Taraniets y procedimos
a un registro general en toda la colonia. Lo robado era tanto,
que seguramente no habrían tenido tiempo de ocultarlo bien.
Entre los matorrales, en las buhardillas de los cobertizos, bajo
las escaleras de la terracilla, simplemente debajo de las camas
y detrás de los armarios dimos con todos los tesoros del
ama de llaves. La viejecita era, efectivamente, muy rica: encontramos
una docena aproximada de manteles nuevos, muchas sábanas
y toallas, cucharas de plata, unos jarritos, un brazalete, pendientes
y muchas menudencias.
La viejecita lloraba en mi despacho. Mientras tanto la habitación
se iba llenando de detenidos: sus antiguos amigos y simpatizantes.
Al principio, los muchachos negaban, pero yo les chillé
y se despejó el horizonte. Los amigos de la viejecita habían
sido los principales desvalijadores. Ellos se habían limitado
a llevarse algún recuerdo, como una servilleta, un azucarero.
Se puso en claro que el protagonista de todo este suceso era Burún.
El descubrimiento sorprendió a muchos y, en primer lugar,
a mí. Desde el primer día Burún me había
parecido el más firme de todos los muchachos. Siempre serio
y afable sin exceso, era quien estudiaba con más aplicación
e interés en la escuela. El volumen y la envergadura de
su actividad me dejaron estupefacto. Burún había
escondido fardos enteros de bienes de la viejecita. Estaba fuera
de duda que los restantes robos producidos en la colonia eran
también obra de sus manos.
¡Por fin había llegado hasta el verdadero mal! Sometí
a Burún al juicio de un tribunal popular, el primer juicio
en la historia de nuestra colonia.
En el dormitorio, sobre las camas y las mesas, se instalaron los
jueces negros y harapientos. Un débil quinqué alumbraba
los rostros agitados de los colonos y la cara pálida de
Burún, pesadote y lento, con el cuello grueso, parecido
a MacKinley, el presidente de los Estados Unidos.
Con acentos vigorosos y coléricos describí a los
muchachos el delito: robar a una anciana, cuya única felicidad
residía en esos pobres trapos, robarla, aunque nadie en
colonia trataba con más cariño que ella a los muchachos,
robarla cuando pedía ayuda, significaba no tener realmente
nada de humano, significaba no ser ni siquiera un reptil, sino
un reptilillo. El ser humano debía respetarse, debía
de ser fuerte y altivo y no arrebatar a las viejecillas débiles
sus últimos trapos.
Bien porque mi discurso produjo gran impresión en los colonos,
bien porque estaban ya rabiosos contra Burún sin necesidad
de discursos, el caso es que todos cayeron unánime y apasionadamente
sobre él. El pequeño y melenudo Brátchenko
tendió los dos brazos hacia Burún.
-Y qué? ¿Tú qué dices a eso? Hay que
meterte en barrotes, encerrarte en la cárcel. Por culpa
tuya hemos pasado hambre y tú eres quien robó el
dinero de Antón Semiónovich.
Burún protestó de repente.
-¿El dinero de Antón Semiónovich? ¡A
ver: demuéstralo¡
-¡Claro que lo demostraré!
-Demuéstralo.
-¿Lo niegas? ¿Dices que no fuiste tú?
-¿Yo?
-Claro que tú.
-¿Que fui yo quien cogió el dinero de Antón
Semiónovich? ¿Quién puede demostrarlo?
Resonó atrás la voz de Taraniets:
-Yo lo demostraré.
Burún quedó atónito. Se volvió hacia
Taraniets con intención de decir algo, pero después
se encogió de hombros:
-Bueno, aunque sea así. ¿Es que no lo he devuelto?
En respuesta los muchachos rompieron a reír inesperadamente.
Les gustaba este atractivo diálogo. Taraniets tenía
un aire de héroe. Dio un paso adelante.
-Pero no hay que expulsarle de aquí. A cualquiera puede
sucederle. Lo que sí hay que hacer es darle en los morros
como es debido.
Todos guardaban silencio. Burún paseó lentamente
su mirada por el rostro picado de viruelas de Taraniets.
-¡No has crecido todavía bastante para darme en los
morros! ¿Por qué te esfuerzas? De todas formas tú
no serás nunca el director de la colonia. Si es preciso,
Antón me abofeteará; pero ¿tú qué
tienes que ver con eso?
Vetkovski saltó de su asiento:
-¿Cómo? Muchachos ¿tenemos que ver con eso
nosotros o no?
-Claro que sí -gritaron los muchachos-. Nosotros te hincharemos
los morros mejor que Antón.
Alguno se había lanzado ya contra él. Brátchenko
vociferaba, agitando las manos junto al mismo rostro de Burún.
-¡Azotarte, eso es lo que deberíamos hacer: azotarte!
Zadórov me susurró al oído:
-Lléveselo usted de aquí: si no, le pegarán.
Aparté a Brátchenko de Burún. Zadórov
apartó a dos o tres más. Difícilmente sofocamos
el escándalo.
-¡Que hable Burún! ¡Que hable! -Gritó
Brátchenko.
Burún bajó la cabeza:
-No tengo nada que decir. Todos tenéis razón. Dejadme
con Antón Semiónovich; que él me castigue
como sabe.
Silencio. Fui hacia la puerta, temiendo verter el mar de ira feroz
que me llenaba hasta los bordes. Los colonos se apartaron a un
lado y a otro, dejándonos pasar a mí y a Burún.
Atravesamos en silencio el patio oscuro, entre los montones de
nieve: yo delante, él detrás.
Mi estado de ánimo era pésimo. Burún me parecía
el último detritus que podía producir el basurero
humano. No sabía qué hacer con él. Había
llegado a la colonia por su participación en una banda
de ladrones, cuyos miembros mayores de edad habían sido
fusilados casi todos. Tenía diecisiete años.
Burún permanecía sin decir palabra junto a la puerta.
Yo, sentado a la mesa, me contenía a duras penas para terminar
la conversación arrojando contra él algún
objeto pesado.
Por fin, Burún alzó la cabeza, me miró con
fijeza a los ojos y despacio, recalcando cada palabra, conteniendo
difícilmente las lágrimas, habló:
-Yo... jamás... volveré a robar.
-¡Mientes! ¡Eso se lo has prometido ya a la comisión!
-¡Una cosa es la comisión y otra es usted! ¡Castígueme
como quiera, pero no me eche de la colonia!
-¿Y qué es lo que te interesa en la colonia?
-Aquí estoy a gusto. Aquí se estudia. Yo quiero
estudiar. Y si he robado es porque siempre tengo hambre.
-Bueno. Permanecerás tres días bajo cerrojo, a pan
y agua. Y ni tocar a Taraniets.
-Está bien.
Burún pasó tres días en la pequeña
habitación contigua al dormitorio, donde, en la antigua
colonia, vivían los celadores. No le encerré porque
me dio palabra de que no saldría sin mi permiso. El primer
día le envié, efectivamente, pan y agua. El segundo
sentí lástima y dispuse le llevaran la comida. Burún
quiso renunciar altivamente, pero yo le chillé:
-¿Es que encima vas a hacer paripés?
Sonriendo, se encogió de hombros y tomó la cuchara.
Burún cumplió su palabra: nunca volvió a
robar nada ni en la colonia ni en otro lugar.