Poema Pedagógico


Antón Semiónovich Makarenko

II PARTE

9. EL CUARTO DESTACAMENTO MIXTO

A fines de Julio empezó a funcionar el cuarto destacamento mixto, compuesto por cincuenta personas al mando de Burún. Burún era el jefe reconocido del cuarto mixto, y ninguno de los colonos aspiraba a ese papel difícil, aunque honroso.
El cuarto destacamento mixto trabaja "de sol a sol". Los muchachos dicen frecuentemente que trabajan "sin señal", porque, para el cuarto mixto no se da señal ni de salir al trabajo ni de terminarlo. El cuarto destacamento mixto de Burún trabaja ahora en la trilla.
A las cuatro de la madrugada, después de la diana y el desayuno, el cuarto mixto forma a lo largo del parterre, frente a la entrada principal de la casa blanca. En el flanco derecho de la fila de los colonos forman todos los educadores. Hablando en propiedad, los educadores no están obligados a participar en el trabajo del cuarto mixto, a excepción de los dos designados como responsables de guardia, pero hace ya mucho que se considera de buen tono en la colonia trabajar en el cuarto mixto, y por ello, nadie que se respete, pierde la ocasión de ser incluido en el cuarto destacamento mixto. En el flanco derecho se sitúan Shere, y Kalina Ivánovich, y Silanti Otchenash, y Oxana, y Rajil, y las dos lavanderas, y Spiridón, el secretario, y el mecánico del molino, que está de vacaciones, y Kósir, el instructor del taller de ruedas, y nuestro jardinero, el sombrío y pelirrojo Miziak, y su mujer, la hermosa Nádenka, y la, mujer de Zhurbín, y no recuerdo quién más: yo ni siquiera conozco a todos.
También entre los colonos hay muchos voluntarios: los miembros libres de los destacamentos noveno y décimo, del segundo destacamento de cocheros, del tercer destacamento de vaqueros, todos están aquí.
Únicamente María Kondrátievna Bókova, aunque se ha molestado en levantarse temprano y se ha presentado en la colonia con un viejo delantal de percal, no forma en las filas. Sentada en un peldaño de la terracilla, está hablando con Burún. Desde hace tiempo, María Kondrátievna no me invita a tomar té ni a probar sus helados, pero no me trata menos cariñosamente que a los demás, y yo no estoy ofendido con ella. Incluso me gusta más que antes: sus ojos son ahora más serios y severos y sus bromas, más cordiales. Durante este tiempo, María Kondrátievna ha conocido a bastantes muchachos y muchachas, se ha hecho amiga de Silanti, ha visto lo que son algunos pesados caracteres de la colonia. María Kondrátievna es una mujer buena y simpática, pero a pesar de ello, le digo en voz baja:
-María Kondrátievna, forme usted. Todos se alegrarán de verla en las filas de los trabajadores.
María Kondrátievna sonríe al alba matutina, corrige con sus deditos sonrosados un bucle caprichoso, también color de rosa, y con una voz vagamente ronca, que le sale de lo más hondo de su pecho, responde:
-Gracias. ¿Y qué voy a hacer hoy... moler? ¿Sí?
-Moler no, trillar -rectifica Burún-. Usted llevará la cuenta del grano.
-¿Y podré hacerlo bien?
-Yo le enseñaré cómo.
-¿No me habrá dado usted un trabajo excesivamente fácil?
Burún sonríe:
-Todo nuestro trabajo es igual. Por la noche, cuando se sirva la cena del cuarto destacamento, ya me dirá.
-¡Dios mío, qué bien! ¡La cena por la noche, después del trabajo!
Veo la emoción de María Kondrátievna y, sonriendo, vuelvo la cabeza. María Kondrátievna, ya en el flanco derecho, se ríe de algo con su risa musical, y Kalina Ivánovich le estrecha la mano con una galantería barata y se ríe también como un fauno calificado.
Salen corriendo, y se ponen a redoblar ocho tambores, mientras forman a la derecha. Cuatro cornetas se adelantan, cimbreando sus flexibles talles juveniles, y se preparan. Los colonos se yerguen, se ponen serios.
-¡Firmes, bajo la bandera!
En las filas se alzan ligeros, saludando, los desnudos brazos. Bajo el estruendo de los tambores y el saludo argentino de las cornetas, la responsable de la guardia en la colonia, Nastia Nochévnaia, con su mejor vestido y un brazalete rojo, coloca en el flanco derecho la sedeña bandera de la colonia, guardada por dos frías bayonetas.
-¡Derecha, de a cuatro, march!...
Algo se embrolla en las filas de los mayores, de pronto chilla y me mira asustada María Kondrátievna, pero la marcha de los tambores ordena la columna. El cuarto destacamento mixto sale a trabajar.
Burún alcanza de una carrera al destacamento, da unos brincos, intentando ponerse al paso, y conduce el destacamento allí donde desde hace ya tiempo se alza en toda su belleza la esbelta hacina de trigo levantada por Silanti y unas cuantas hacinas, más pequeñas y no tan esbeltas, de centeno, de avena, de cebada y de ese magnífico centeno, que ni los propios campesinos han podido reconocer y han tomado por cebada. Estas hacinas han sido preparadas por Karabánov, Chóbot, Fedorenko, y es preciso reconocer que, a pesar de todos sus sudores y esfuerzos, no han podido superar a Silanti.
Junto a una locomóvil, alquilada en la aldea vecina, esperan la llegada del cuarto destacamento mixto maquinistas serios y manchados de grasa. La trilladora es de nuestra propiedad, comprada a plazos en primavera, nuevecita, como toda nuestra vida.
Burún distribuye rápidamente sus brigadas. Todo lo tiene calculado desde el día anterior, no en vano, es un viejo jefe del cuarto destacamento mixto. Sobre una hacina de avena -la última que se trille- ondea nuestra bandera.
A la hora de comer se termina con el trigo. La plazoleta superior de la trilladora mecánica es el lugar más concurrido y más alegre. Aquí brillan los ojos de las muchachas, cubiertas del polvo gris-dorado del trigo; de los muchachos, sólo está Lápot. Incansable, no endereza la espalda ni da paz a la lengua. En el lugar más importante, en el más responsable, se divisa la calva de Silanti y sus bigotes caídos, nevados del mismo polvo.
Lápot la toma ahora con Oxana.
-Los colonos os han dicho en broma que esto es trigo. ¿Acaso esto es trigo? Son guisantes.
Oxana recoge una gavilla de trigo, todavía atada, y la coloca sobre la cabeza de Lápot, pero su ocurrencia no disminuye la hilaridad general producida por las palabras de Lápot.
A mí me gusta la trilla. Sobre todo; al anochecer, En el monótono batir de las, máquinas se empieza ya a sentir la música; el oído se ha acostumbrado ya y la original frase musical, infinitamente variada a cada momento y, a pesar de ello, parecida a la anterior. Y esta música es un fondo tan apropiado para ese movimiento complejo, ya cansino, pero continuo y tenaz; como obedeciendo a un fantástico exorcismo, se alzan las gavillas de la hacina descabezada y, después de un breve roce con las manos de los colonos en su camino hacia la muerte, se desploman repentinamente en las entrañas de la máquina ávida e insaciable, dejando en pos de sí un torbellino de partículas desmenuzadas, de gemidos de corpúsculos voladores, arrancados, a un organismo vivo. Y entre el torbellino y el ruido, en el ajetreo de la muerte de muchas y muchas gavillas tambaleándose de fatiga y de excitación, burlándose del cansancio, se inclinan, corren, se doblan bajo la pesada carga, se ríen y hacen travesuras los colonos, envueltos en polvo de trigo y bañados ya en el frescor del sereno crepúsculo estival. Los muchachos añaden a la sinfonía general, al uniforme tema del golpear de las máquinas, a las estridentes disonancias de la plazoleta superior la música triunfal, jubilosa y optimista del alegre cansancio humano. Ya es difícil distinguir los detalles, es difícil apartarse de este movimiento vertiginoso, que parece desencadenado por la propia naturaleza. Apenas se reconoce a los colonos en las figuras grises y doradas, semejantes a un negativo fotográfico. Rubios, castaños, morenos, ahora todos se parecen entre sí. Es difícil admitir que la figura espectral que está desde por la mañana con un block de notas en la mano debajo mismo de los torbellinos más espesos es María Kondrátievna; es difícil reconocer en su acompañante -una sombra desgarbada, cómica, arrugada- a Eduard Nikoláievich, y sólo por su voz adivino yo quién es cuando pregunta con su deferente cortesía de siempre:
-Camarada Bókova, ¿cuánta cebada tenemos ahora?
María Kondrátievna vuelve su block de notas hacia el poniente:
-Ya tenemos cuatrocientos puds -responde con una voz de discante, tan cansada, que yo empiezo a sentir verdaderamente pena de ella.
Feliz Lápot, que, en medio del mayor cansancio, puede bromear.
-¡Galatenko! -grita por toda la era-. ¡Galatenko!
Galatenko lleva sobre su cabeza una brazada de paja como de dos puds en lo alto de una horquilla y contesta tambaleándose, por debajo de ella:
-¿Qué se te ha ocurrido?
-Ven un momento, me haces falta...
Galatenko siente veneración por Lápot. Le quiere por su ingenio, por su animoso carácter y por su cariño, le quiere porque solamente Lápot aprecia a Galatenko y asegura a todos que Galatenko jamás ha sido vago.
Galatenko deja caer la paja junto a la locomóvil y corre a la trilladora. Apoyándose en la horquilla y dichoso, en el fondo, de poder descansar un poco en medio del ajetreo general, empieza su conversación con Lápot:
-¿Para qué me has llamado?
-Óyeme, amigo -se inclina desde arriba Lápot, y todos los que les rodean se ponen a seguir la conversación, seguros de que no terminará bien.
-Te escucho...
-Ve a nuestro dormitorio...
-Bueno, ¿qué?
-Ahí, bajo mi almohada...
-¿Qué?
-Bajo mi almohada, te digo...
-¿Bajo tu almohada?
-Allí, bajo mi almohada encontrarás...
-Ya te he entendido que bajo la almohada...
-Allí hay unas manos de repuesto.
-¿Y qué hacer con ellas? -pregunta Galatenko.
-Tráelas aquí corriendo, porque éstas ya no sirven para nada -contesta Lápot, mostrando sus manos bajo la risa general.
-¡Ah! -dice, Galatenko.
Comprende que todos se ríen de las palabras de Lápot y quizá de él. Se ha esforzado por no decir nada tonto o ridículo, y le parece que no lo ha dicho: únicamente ha hablado Lápot. Pero, todos se ríen todavía con más fuerza, la trilladora golpea vacía y Burún empieza a enfurecerse ya:
-¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué os habéis detenido. Siempre tú, Galatenko...
-Pero si yo no hago nada...
Todos se callan, porque Lápot, con la voz más seria, con un magnífico juego de cansancio, de preocupación y de amistosa confianza hacia Burún, le dice:
-¿Comprendes? Estas manos ya no funcionan. Deja que Galatenko me traiga las manos de repuesto.
Burún capta inmediatamente el tono y dice a Galatenko con un leve reproche:
-Pues, claro, tráeselas. ¿Es que cuesta trabajo? ¡Cuidado que eres perezoso, Galatenko!
Ya no suena la sinfonía de la trilla. Ahora resuena en el ambiente una alta y sonora cacofonía de carcajadas y de gemidos. Hasta Shere se ríe, hasta los maquinistas han abandonado la máquina y ríen a carcajadas con las manos puestas en las sucias rodillas. Galatenko da media vuelta, camino de los dormitorios. Silanti clava la mirada en su espalda:
-Fíjate, hermano, qué historia...
Galatenko se detiene y piensa algo. Karabánov le grita desde lo alto de un montón de paja:
-¿Qué haces ahí parado? Ve.
Pero Galatenko abre la boca hasta las orejas. Ha comprendido de qué se trata. Sin apresurarse, vuelve, a su faena y sonríe. En la paja, los muchachos le preguntan:
-¿A dónde has ido?
-A ese Lápot, ¿comprendes?, se le ha ocurrido pedirme que le trajera las manos de repuesto.
-Bueno, y ¿qué?
-Pero ¡si no tiene ninguna mano de repuesto! Todo es mentira.
Burún ordena:
-¡Basta de manos de repuesto! ¡Seguid el trabajo!
-Bien, seguiremos trabajando -dice Lápot-, ya nos arreglaremos con éstas de algún modo.
A las nueve, Shere detiene la máquina y se acerca a Burún:
-Los muchachos se caen de cansancio, y aún tenemos para media hora.
-No importa -responde Burún-. Terminaremos.
Lápot vocifera desde lo alto:
-¡Camaradas gorkianos! Todavía nos queda trabajo para media hora. Pero temo que en media hora nos cansemos demasiado. Yo no estoy de acuerdo.
-¿Y qué es lo que quieres? -pregunta Burún, poniéndose en guardia.
-¡Protesto! En media hora estiraremos la pata; ¿Verdad, Galatenko?
-Claro que es verdad. Media hora es mucho.
Lápot alza el puño.
-Nada de media hora. Hay que terminar todo esto, todo este montón, en quince minutos. Nada de media hora.
-¡Es verdad! -vocifera también Galatenko-. En eso tiene razón.
Bajo una nueva explosión de risa, Shere conecta la máquina. Veinte minutos más, y el trabajo está terminado. Y en el acto se apodera de todos nosotros el deseo de tendernos en la paja y de dormir. Pero Burún ordena:
-¡A formar!
Corren a la primera fila los tambores y los cornetas, que hace ya tiempo están esperando su momento. El cuarto destacamento mixto escolta la bandera hasta el lugar que ocupa en la casa blanca. Yo sigo todavía en la era, y de la casa blanca llegan los sonidos del saludo familiar. En la oscuridad se me acerca una figura desconocida con un largo palo en la mano.
-¿Quién es?
-Soy yo, Antón Semiónovich. He venido a hablar con usted acerca de la trilladora. Soy del caserío de Volovi, y mi apellido es Volovik...
-Bien, vámonos a la jata.
También nosotros nos dirigimos a la casa blanca. Volovik, que, por lo visto, es un hombre viejo, arrastra los pies en la oscuridad.
-Está bien lo que hacéis. Lo mismo hacia antes la gente...
-¿Qué es lo que está bien?
-Pues eso: que trilláis con procesión, como debe ser.
-¡Pero qué va a ser eso, procesión! Es solamente una bandera. Además, no tenemos pope.
Volovik se adelanta un poco y acciona con el palo en el aire:
-El pope no tiene importancia. Lo importante es que la gente lo celebra como si se tratara de una fiesta. ¿Sabes? Recoger el trigo es la fiesta de las fiestas, pero entre nosotros la gente se ha olvidado de ello.
Frente a la casa blanca hay bullicio. A pesar del cansancio, los colonos se han ido al río, y la fatiga ha desaparecido con el baño. En el jardín la gente está alegre y locuaz en torno a las mesas, y María Kondrátievna tiene ganas de llorar por diferentes motivos: el cansancio, el amor a los colonos, el hecho de haber restablecido en su vida la justa ley humana, de haber probado también ella los encantos de una colectividad libre y laboriosa.
-¿Ha sido fácil su trabajo? -le pregunta Burún.
-No lo sé -responde María Kondrátievna-. Seguramente ha sido difícil, pero no se trata de eso. Un trabajo así, de todas formas es una felicidad.
A la hora de la cena, se me acercó Silanti y secreteó
-Mire, me han dicho, eso, que le diga que, ¿sabe?, el domingo vendrán a verle, como se dice, con motivo de Olia. Fíjate qué historia.
-¿De parte de Nikoláienko?
-De parte de Pável Ivánovich, es decir, del viejo. Con que tú, Antón Semiónovich, como suele decirse, procura lucirte. Aquí se acostumbra los rushnikí y el pan y la sal, y no hay más que hablar.
-Querido Silanti, organízalo tú todo.
-Bien, yo lo organizaré, como se dice, fíjate qué historia, hermano: hay costumbre, ¿sabes?, de beber samogón en una oportunidad así.
-Samogón es imposible, Silanti, pero puedes comprar dos botellas de vino dulce.

10. LA BODA

El domingo llegaron los emisarios de Pável Ivánovich Nikoláienko. Era gente conocida: Kuzmá Petróvich Mogarich y Osip Ivánovich Stomuja. Todos en la colonia conocían a Kuzmá Petróvich, porque vivía cerca de nosotros, al otro lado del río. Era un hombre locuaz, aunque poco serio. Tenía un campo arenoso y lleno de hierbas, y, como no lo trabajaba casi, allí crecía toda suerte de inmundicia, en su, mayoría por iniciativa propia. Una infinidad de senderos atravesaban ese campo, porque se hallaba en el camino de todos. El rostro de Kuzmá Petróvich tenía cierto parecido con su campo: en él no nacía nada razonable, y también se hubiera dicho que cada breña de su barba sucia y negruzca surgía por iniciativa propia, sin tener en cuenta los intereses del dueño; también su rostro estaba surcado por numerosísimos senderos: arrugas, pliegues, surcos. La única diferencia que había entre Kuzmá Petróvich y su campo era que en el campo no se alzaba una nariz tan fina y tan larga.
Osip Ivánovich Stomuja se distinguía, al contrario, por su belleza. En toda Gonchárovka no había un hombre tan gallardo y tan apuesto como Osip Ivánovich. Tenía unos bigotes largos y pelirrojos y unos ojos bien dibujados; insolentes como los de una escultura; vestía un traje, entre civil y militar y siempre se mostraba correcto y atildado. Osip tenía muchos familiares entre los campesinos pudientes, pero -no sé por qué- él carecía de tierra y se ganaba la vida con la caza. Vivía en la misma orilla del río, en una jata solitaria, que parecía escapada de la aldea.
Aunque aguardábamos a los forasteros, nos encontraron poco preparados, y además, ¡cualquiera sabía cómo era preciso prepararse para una ceremonia tan insólita! No obstante, cuando entraron en mi despacho, en él reinaba un tono solemne, serio e imponente. Estábamos sólo Kalina Ivánovich y yo. Los emisarios entraron, nos estrecharon la mano y tomaron asiento en el diván. Yo no sabía cómo empezar. Y me alegré cuando Osip Ivánovich arrancó sin más exordios:
-Antes, en asuntos de esta índole se empezaba hablando de los cazadores, de que habían ido de caza y habían visto una loba y que la tal loba había resultado una hermosa doncella... Pero yo, aunque cazador, opino que eso no sirve ahora.
-Tiene usted razón -asentí.
Kuzmá Petróvich, sentado en el diván, agitó los pies y sacudió la barbita:
-Eso son tonterías; así opino yo.
-No es que sean tonterías, sino que no son tiempos adecuados para ello -corrigió Stomuja.
-Los tiempos cambian -comenzó Kalina Ivánovich en tono doctrinal-. Hay veces en que el pueblo es ignorante, paro aún le parece poco y se mete en el cuerpo toda suerte de supersticiones, y después vive como un asno cualquiera, teniendo miedo de todo: de los truenos, y de la luna, y del gato. Ahora tenemos Poder soviético, ¡je, je!, y quizá sólo a un destacamento-barrera se le puede tener miedo, que todo lo demás no es terrible..., Stomuja interrumpió a Kalina Ivánovich, olvidando, por lo visto, de que no nos habíamos reunido para mantener una conversación científica:
-Diremos simplemente que nos han enviado Pável Ivánovich, a quien ustedes conocen, y su esposa Evdokía Stepánovna. Usted es como un padre en la colonia. Así, pues, ¿no querrá dar a su... ¿cómo decirlo?... a su hija aproximada Olia Vóronova para su hijo Pável Pávlovich, hoy presidente del Soviet rural?
-Le rogamos que nos responda -pió también Kuzmá Petróvich-. Si está usted de acuerdo, como el padre de él está conforme, dennos los rushnikí y el pan, y, si no está de acuerdo, le rogamos que no se ofenda por haberle molestado.
-¡Je, je, je! Me parece que es poco eso de pedir que no se ofenda - dijo Kalina Ivánovich-. Según vuestra estúpida ley, os correspondería llevaros a casa una calabaza.
-La calabaza no nos hace falta -sonrió Osip Ivánovich- y, además, ahora no es tiempo de calabazas.
-Eso es verdad -asintió Kalina Ivánovich-. Pero antes, las muchachas, sea por tontería, sea por orgullo, tenían a intento la despensa llena de calabazas. Y si no venían los novios, la muy parásita se hacía papilla de calabaza. La papilla de calabaza es muy buena, sobre todo si es con mijo...
-¿Cuál será su contestación paterna? -preguntó Osip Ivánovich.
Yo respondí:
-Gracias a usted, a Pável Ivánovich y a Evdokía Stepánovna por el honor. Pero yo no soy el padre y no tengo tal autoridad. Naturalmente, hay que preguntar a Olia, y después para todos los detalles tendrá que decidir el Soviet de jefes.
-En eso nosotros no somos quiénes para enseñarles a ustedes. Háganlo según corresponde a las nuevas costumbres -accedió simplemente Osip Ivánovich.
Salí del despacho. En la habitación contigua encontré al responsable de la guardia de la colonia y le pedí que tocase a reunión de jefes. En la colonia se sentía una fiebre y una agitación desusadas. Nastia corrió a mí y me preguntó riéndose:
-¿Dónde debemos guardar estos rushnikí? Allí no los podemos llevar -,dijo señalando el despachó.
-Esperad con vuestros rushnikí. Aún no nos hemos puesto de acuerdo. Vosotros estad por aquí cerca, que yo os llamaré.
-¿Y quién los atará?
-¿Atar qué?
-¡Hay que ponérselos a esos... casamenteros, o como se llamen!
Cerca de mí, Toska Soloviov sujetaba bajo el brazo un gran pan de trigo; en las manos tenía un salero y lo sacudía, contemplando cómo saltaban las gruesas partículas de sal. También llegó corriendo Silanti.
-¿Qué haces aquí con el pan y la sal? Eso hay que ponerlo en una bandeja...
Y se inclinó, ocultando la risa.
-¡Qué desesperación de muchachos!... ¿Y los entremeses dónde están?
Entró Ekaterina Grigórievna y yo me alegré al verla llegar:
-Ayúdeme usted en este asunto.
-Pero si llevo ya mucho tiempo buscándoles. Desde por la mañana están dando vueltas con este pan por la colonia. Venid conmigo. Arreglaremos este asunto; no se preocupe usted. Estaremos donde las niñas. Allí pueden ir a buscarnos.
Llenaron mi despacho jefes de piernas desnudas.
Conservo la relación dé los jefes de aquella época feliz.
Eran:
Jefe del primer destacamento, zapateros: Gud.
Jefe del segundo destacamento, cocheros: Brátchenko.
Jefe del tercer destacamento, vaqueros: Oprishko.
Jefe del cuarto destacamento, carpinteros: Taraniets.
Jefe del quinto destacamento, niñas: Nochévnaia.
Jefe del sexto destacamento, herreros: Belujin.
Jefe del séptimo destacamento: Vetkovski.
Jefe del octavo destacamento: Karabánov
Jefe del noveno destacamento, molino: Osadchi.
Jefe del décimo destacamento, porqueriza: Stupitsin.
Jefe del undécimo destacamento, pequeños: Gueórguievski.
Secretario del Soviet de jefes: Kolka Vérshnev.
Encargado del molino: Kudlati.
Encargado del depósito: Aliosha Vólkov.
Ayudante de agrónomo: Olia Vóronova.
A decir la verdad, en el Soviet de jefes se reunió mucha más gente; con pleno e indiscutible derecho se congregaron allí los miembros del Komsomol, Zadórov, Zhorka Vólkov, Vólojov, Burún; los veteranos de blancas canas, Prijodko, Soroka, Golos, Chóbot, Ovcharenko, - Fedorenko, Korito; en el suelo se instalaron los pequeños, los aficionados, y, entre ellos, obligatoriamente Mitka, Vitka, Toska y Vañka Shelaputin. Siempre asistían al Soviet los educadores, Kalina Ivánovich y Silanti Semiónovich. Por eso, en el Soviet faltaban eternamente sillas: la gente se acomodaba en los alféizares de las ventanas, se recostaba contra la pared, miraba por la ventana desde fuera.
Kolka Vérshnev abrió la reunión. Los casamenteros habían perdido todo su aspecto solemne, apretujados en el diván por una decena de colonos y entremezclados con sus piernas y sus brazos desnudos.
Yo comuniqué a los jefes la llegada de los casamenteros. No era ninguna novedad para el Soviet de jefes. Hacía ya mucho tiempo que todos habían reparado en la amistad de Pável Pávlovich y Olga. Sólo para cumplir una formalidad Vérshnev preguntó a Olga:
-¿Quieres casarte con Pável?
Olga se sonrojó un poco y repuso:
-¡Hombre, claro!
Lápot. infló los labios:
-Nadie lo hace así. Deberías haberte negado, y entonces nosotros hubiéramos procurado convencerte. Así es aburrido.
Kalina Ivánovich intervino:
-Aburrido o no, pero hay que tratar del asunto. Vosotros debéis decirnos claramente cómo van a vivir, de qué van a disponer, etc.
Osip lvánovich se atusó los bigotes:
-Entonces, si estáis de acuerdo celebraremos la boda, los esponsales, y después la pareja se irá con los viejos; es decir, vivir juntos y los bienes en común.
-¿Y para quién han construido, entonces, la jata nueva? -preguntó Karabánov.
-Esa jata será para Mijaíl.
-¡Pero si Pável es el mayor!
-Claro que es el mayor, pero es el viejo quien lo decidido así. Porque Pável se casa con una de la colonia.
-Bueno, y ¿qué importa que sea de la colonia?
Masculló, hostil, Kóval.
Osip lvánovich tardó en encontrar palabras. Con una fina vocecilla tatareó Kuzmá Petróvich:
-Pável Ivánovich dice que el amo ama necesita, y el ama que se lleva Mijaíl tiene padre, pues se casa con la hija de Serguéi Grechani. Y la vuestra, por lo tanto, será la nuera en casa del padre de Pável Pávlovich. Y el mismo Pável Pávlovich ha dado su conformidad.
Karabánov hizo un ademán evasivo:
-Por ese camino, podremos llegar a hablar de calabazas. ¿Qué nos importa a nosotros que Pável Pávlovich haya dado su conformidad? Si es así, es un, pingajo, y no hay más que hablar. En esas condiciones, el Soviet de jefes no puede casar a Olga. Si es para que vaya como jornalera del viejo diablo...
-Semión... -frunció Kolka el entrecejo.
-Bueno, bueno, retiro lo del diablo. Eso es una cosa. Y después, ¿de qué esponsales habéis hablado?
-Pues de los que corresponde. No ha habido ningún caso de boda sin popes. En nuestra aldea jamás lo han habido.
-Pues lo habrá - terció Kóval.
Kuzmá Petróvich se rascó la barba.
-¡Quién sabe si lo habrá o no! Entre nosotros eso no se considera bien; es como si vivieran juntos sin casarse, por la iglesia.
El Soviet guardó silencio. Todos pensaban lo mismo: no habría boda. Yo incluso temía que, si fracasaban las gestiones, los muchachos despidieran a los casamenteros sin honores especiales.
-Olga, ¿te casarás con pope? -preguntó Kolka.
-¿Qué dices? ¿Has desayunado mal? ¿Te has olvidado que soy del Komsomol?
-De los popes, ni hablar -dije yo a los casamenteros-; piensen alguna otra cosa. Ustedes sabían a dónde venían. ¿Cómo ha podido ocurrírseles que nosotros aceptaríamos una boda por la iglesia?
Silanti se levantó de su sitio y alzó un dedo: señal de que iba a hacer uso de la palabra.
-Silanti, ¿vas a hablar? - le preguntó Kolka.
-Quiero preguntar una cosa.
-Bueno; pregunta.
Este Kuzmá es, como se dice un hombre soñador. Pero que nos diga Osip lvánovich, ¿para qué narices nos hacen falta aquí los popes? Valdría más que nos cebaras, eso, un cerdo.
-¡Así se hundan! -rompió a reír Stomuja- Si encuentro a algún pope cuando voy de caza me vuelvo escapado a casa.
-Entonces, es a Kuzmá a quien le hacen falta los melenudos, como se dice.
Kuzmá Petróvich sonrió:
-¡Ji, ji! No se trata de que me hagan falta, porque, en realidad, ¿qué provecho se saca con ellos? Eso se entiende por sí solo. Pero ¿sabes?, es que nuestros abuelos y tatarabuelos lo hacían así y, además, Pável Ivánóvich dice que, como nos llevamos a una muchacha pobre, es decir, sin eso, sin dote, pues...
Kalina Ivánovich golpeó la mesa con el puño:
-Pero ¿qué estás diciendo? ¿Quién te ha dado derecho a maullar cosa semejante? ¿Quién es el rico que ha venido aquí a presumir? ¿Tú crees que, como tú y tu Pável Ivánovich habéis levantado una jata, ya podéis despreciar a todo el mundo? El parásito ese, por tener una mesa y dos bancos y una pelliza en el arca, se cree ya un millonario.
Kuzmá Petróvich chilló, asustado:
-¿Pero es que nosotros hemos presumido aquí? Hemos hablado de la dote, sin intención de molestar.
-¿Es que tú sabes a dónde has venido o no lo sabes? Aquí es el Poder soviético o ¿tú no sabes tal vez lo que es, el Poder soviético? El Poder soviético puede dar una dote que todos tus hediondos abuelos se darán tres vueltas en el ataúd, los parásitos.
-Pero si nosotros... - objetaba débilmente Kuzmá Petróvich.
Los muchachos se reían a carcajadas y aplaudían a Kalina lvánovich.
Kalina Ivánovich estaba verdaderamente sulfurado.
-Que el Soviet de jefes examine bien esta cuestión. Es un hecho que han venido a pedirnos novia y debemos pensar si casamos o no a nuestra hija Olga con un harapiento como ese Nikoláienko, que sólo come patatas y cebolla y cultiva malezas el muy parásito en lugar de trigo. Nosotros somos gente rica; tenemos que pensarlo bien.
El entusiasmo general del Soviet de jefes y de todos los asistentes a la reunión demostró que no había ningún problema. Se invitó a los casamenteros a salir del despacho por algún tiempo, y el Soviet de jefes empezó a deliberar acerca de lo que se debía dar como dote a Olga.
Los muchachos, afectados en lo más vivo por todo lo anterior, asignaron una dote a Olga que, desde todos los puntos de vista, era completamente excepcional. Se llamó a Shere; temíase que protestara contra algunas entregas. Pero Shere, sin pensarlo un instante, dijo severamente:
-Eso está bien. Aunque nos sea gravoso, tenemos que dotar espléndidamente a Vóronova, mejor que a todas las novias de la comarca. Hay que dar una lección a los kulaks.
Por eso si, durante la discusión de la dote, hubo objeciones, fueron del siguiente género:
-¿Qué estás diciendo? ¡Un potrito! hay que darle un caballo y no un potrito.
Una hora más tarde, los casamenteros, que habían estado respirando aire fresco, fueron convocados al Soviet y Kolka Vérshnev se levantó y, tartamudeando un poco, pronunció este imponente discurso:
-El Soviet de jefes ha, decidido casar a Olga con Pável. Pável pasará a vivir en una jata aparte, y el padre le cederá lo que buenamente pueda. Nada de popes; el matrimonio será inscrito en el Registro Civil. El primer día de la boda lo celebraremos aquí, y después vosotros haréis lo que os de la gana. A Olga, para que organice su economía, se le da:
Una vaca con un ternero de raza.
Una yegua con un potrillo.
Cinco ovejas.
Un cerdo de raza inglesa...
Kolka tuvo tiempo de enronquecer mientras acababa de leer la larguísima relación de la dote de Olga. Allí había herramientas de trabajo; y semillas, y reservas de forraje, ropa, muebles y hasta una máquina de coser. Kolka terminó así:
-Nosotros ayudaremos a Olga siempre que haga falta, y ellos están obligados, en caso necesario, a ayudar a la colonia sin negativa de ningún género. A Pável se le confiere el título de colono.
Los asustados casamenteros parpadeaban y parecían en vísperas de tomar la extremaunción. Sin preocuparse ya de si era oportuno o no, entraron corriendo los muchachos y, entre risas, ataron los rushnikí a los casamenteros, y los muchachos, con Toska a la cabeza, les ofrecieron en una bandeja, cubierta por un rushnik, el pan y la sal. Los casamenteros, desorientados, tomaron torpemente el pan sin saber qué hacer con él. Toska sacó la bandeja de debajo del brazo de Kuzmá Petróvich y le dijo alegremente:
-¡Eh! Eso devuélvalo; si no, tendré lío con el molinero. La bandeja es de él.
Las muchachas extendieron un mantel sobre mi mesa y colocaron en ella tres botellas de Kagor y unos quince vasos. Kalina Ivánovich escanció a todos y levantó su vaso:
-Bien, que viva y sea obediente.
-¿A quién debe obedecer? -preguntó Osip Ivánovich.
-Pues ya se sabe: al Soviet de jefes y, en general, al Poder soviético.
Todos brindamos, bebimos el vino y tomamos bocadillos de salchichón.
Kuzmá Petróvich hacía reverencias:
-Bueno, gracias por lo bien que se han hecho las cosas. Entonces, vamos a felicitar a Pável Ivánovich y a Evdokía Stepánovna.
-Felicítales, felicítales -asintió Kalina Ivánovich. Osip Ivánovich nos estrechó las manos:
-Y vosotros... vamos, sois gente de verdad... ¡A nosotros nos falta mucho para poder compararnos con vosotros!
Los casamenteros, suaves y modestos como colegiales, salieron del despacho y se dirigieron a la aldea. Nosotros les seguíamos con la mirada. De pronto, Kalina Ivánovich entornó alegremente los ojos y se encogió, descontento, de hombros:
-¡No, así no vale! ¿Por que se van como unos idiotas? Alcánzales, Petró, y diles que vayan a mi casa, y tú, Antón, engancha dentro de una hora y acércate.
Una hora más tarde, los muchachos, entre risas, acomodaron en el carruaje a los casamenteros, todavía atados con los rushnikí, aunque habiendo perdido ya otros muchos indicios de su rango de embajadores oficiales y, entre ellos, la palabra articulada. Cierto, Kuzmá Petróvich no se había olvidado del pan, que estrechaba amorosamente contra su pecho. El Molodiéts tiró del pesado carruaje, como si llevara una plumita, por el camino de arena.
Kalina Ivánovich escupió:
-Ha enviado intencionadamente a los más pobres el muy parásito.
-¿Quién?
-Pues ese Nikoláienko. Quería demostrarnos que a tal novia, tales casamenteros.
-Aquí no se trata de eso -intervino Silanti-. Aquí fíjate qué historia, otros casamenteros no habrían aceptado la boda sin pope, y ésos, ¿qué más les da?, se ríen de los popes, son así... Y el viejo diablo les ha dicho, ¿sabes?, así: vosotros exigid que sea con pope, pero, en caso de que no, que se vaya el pope al cuerno. Fíjate qué historia.
La boda fue señalada, para mediados de agosto; funcionaban las comisiones, se ensayaba un espectáculo. Había muchas preocupaciones, y todavía más gastos, y Kalina Ivánovich incluso andaba, triste:
-Si tuviéramos que casar así a todas nuestras muchachas, valdría más, Antón Semiónovich, que nos cogieras a los muchachos y a mí, viejo memo, y nos mandaras a pedir limosna... Pero no se puede hacer de otro modo...
El día de la boda, la colonia fue rodeada de centinelas desde por la mañana: tuvimos que dedicar a ellos dos destacamentos. Sólo a setenta personas enviamos invitaciones impresas. En ellas se leía:

"El Soviet de jefes de la colonia, de trabajo Máximo Gorki le invita a asistir a la comida y al espectáculo que se celebrará por la noche con motivo de la salida de la colonia de la educanda Olga Vóronova y de su boda con el camarada N. Nikoláienko.
El Soviet de jefes".

A las dos de la tarde todo está dispuesto en la colonia. Se han instalado las mesas engalanadas en el jardín, en torno al surtidor. El ornato de este lugar es un regalo del círculo de Zinovi Ivánovich: sobre finas cañas, que rodean el comedor por todas partes, allí donde han penetrado difícilmente las manos de los colonos y donde ahora penetra la vista con tanta facilidad, penden finas y verdes guirnaldas, hechas de tiernos brotes de abedul. Sobre las mesas, floreros con ramos de "reinas de las nieves".
Hoy se puede ver con serena alegría cómo ha crecido y se ha engalanado la colonia. En el parque, amplios senderos, espolvoreados de arena, subrayan la verde riqueza de las tres terrazas, en las que cada árbol, cada grupo de matorrales, cada línea del parterre -fruto de largas reflexiones nocturnas- están regados por el sudor del trabajo de los destacamentos mixtos, están ornados como de piedras preciosas por la solicitud y el amor de la colectividad. Las alturas y las hondonadas de la orilla del río han tenido que plegarse a una disciplina severa, aunque amplia y cariñosa: bien una docena de peldaños de madera, bien una pasarela de abedul, bien una alfombra rectangular de flores, bien unos estrechos y tortuosos senderos, bien la plataforma de la ribera espolvoreada de arena, todo ello demuestra de nuevo hasta qué punto el hombre es más inteligente que la naturaleza y superior a ella, incluso un hombre así, con los pies descalzos. Y en los amplios patios de este dueño descalzo, sobre el lugar de las profundas heridas que le dejaron por toda herencia, él, hijastro de la vieja humanidad, también ha puesto en todas partes su mano de artista. Ya en el otoño, los colonos plantaron aquí doscientos arbustos de rosas y un número incontable de asters, de, claveles, de girofleas, de geranios intensamente rojos, de campánulas azules y otras flores desconocidas y no bautizadas. A los lados del patio se extendieron auténticas carreteras uniendo y delimitando el emplazamiento de las distintas casas; cuadrados y triángulos de césped rellenaron y rejuvenecieron los pasos libres, convirtiéndose aquí y allá en verdes divanes.
La colonia es ahora hermosa y confortable, todo en ella tiene sentido, y yo, al verla, me enorgullezco de mi participación en el embellecimiento de la tierra. Pero yo también tengo mis caprichos estéticos: ni las flores, ni los senderos, ni los rincones umbríos son capaces de eclipsar por un momento a estos muchachos de calzones azules y blancas camisas. Corren, se pasean tranquilamente entre los invitados, se afanan alrededor de las mesas, montan la guardia, conteniendo a los cientos de curiosos que han llegado para ver esta insólita boda: son los gorkianos, esbeltos y bien proporcionados, con el talle ágil y flexible, muchachos de cuerpos musculosos y sanos que ignoran la medicina y rostros frescos de labios encendidos. Estos rostros son un producto de la colonia. Los muchachos nos llegan de la calle con el rostro completamente distinto.
Cada uno de ellos tiene su propio camino, y también tiene su camino la colonia Gorki. Yo siento en mis manos el comienzo de muchos de esos caminos, pero ¡qué difícil es entrever en la bruma inmediata el futuro de su rumbo, su continuación, su fin! En la bruma bailan y giran elementos espontáneos, todavía no domeñados por el hombre, todavía no bautizados en el plan y en las matemáticas. Y nuestra marcha en medio de esos elementos espontáneos tiene igualmente su propia estética, pero la estética de las flores y de los parques ya no me emociona.
No me emociona. además, porque se me acerca María Kondrátievna y me dice:
-¿Qué le ocurre, papaíto, que está tan solo y tan triste?
-¡Cómo no voy a estar triste, si todos, incluso usted me han abandonado!
-Me alegro de servirle de consuelo. Hasta le he buscado intencionadamente y no he querido ver sin usted la exposición de la dote de Olga. Vamos.
En dos aulas ha sido reunido todo el ajuar de Olga. Ante la exposición se agrupan los invitados; las mujeres, envidiosas y enfadadas, contraen los labios y me asaetean con una mirada atenta y hostil. Han despreciado altivamente a nuestra novia y han casado a sus hijos con muchachas del caserío, y ahora resulta que tenían bajo las narices a las novias más pudientes. Yo reconozco su derecho a tratarme con indignación.
Bókova dice:
-¿Pero qué va a hacer usted si los casamenteros empiezan a acudir en tropel a la colonia?
-Estoy asegurado -respondo-; nuestras novias son muy exigentes.
De pronto llega corriendo un pequeño, terriblemente asustado:
-¡Ya vienen!
En el patio resuena ya, apremiante, el toque de asamblea general. A la entrada se extiende la fila de los colonos con la bandera y la sección de los tambores, como corresponde. Tras el molino aparece nuestro coche: los caballos adornados con cintas rojas; en el pescante, Brátchenko, también adornado con un lazo. Saludamos a los recién casados. Antón tira de las riendas y Olga se arroja alegremente a mi cuello. Está emocionada, y me dice riendo y llorando al mismo tiempo:
-Mire, no me abandone ahora; si no, empezaré ya a tener miedo.
Comenzamos un pequeño mitin. María Kondrátievna me conmueve inesperadamente: en nombre del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, regala a los recién casados una biblioteca agrícola. Dos colonos traen todo un montón de libros sobre unas parihuelas adornadas de flores.
Después del mitin, colocamos a la joven pareja bajo la bandera, y todos, formados, la escoltamos hasta las mesas. Se ha asignado a los recién casados el puesto de honor y tras ellos sitúase la brigada de la bandera. El colono de guardia releva solícitamente a los centinelas. Veinte colonos, con delantales de nítida blancura, empiezan a servir la comida. El destacamento mixto especial de Taraniets vigila atentamente el nivel de los bolsillos de los invitados y, sin hacer ruido, arroja al Kolomak unas cuantas botellas de samogón, requisadas con habilidad de prestidigitadores y cortesía de anfitriones.
Yo estoy sentado junto a la joven pareja; al otro lado están Pável Ivánovich y Evdokía Stepánovna. Pável Ivánovich, un hombre severo, con una barbita al estilo de San Nicolás el Milagroso, suspira pesadamente: quizá le fastidia tener que dotar al hijo, quizá le aburre contemplar la botella de cerveza, ya que Taraniets acaba de quitarle el samogón.
Los colonos son hoy maravillosos, y yo no me canso de admirarles. Alegres, hospitalarios, afables e irónicos de un modo especial. Incluso el undécimo destacamento, que está en el otro extremo de la mesa, entabla largas y animosas conversaciones con los cinco invitados adscritos a su grupo. Yo los contemplo un poco preocupado: ¿no se manifestarán con excesiva sinceridad? Me acerco. Shelaputin, que conserva todavía su voz de discante, escancia cerveza a Kósir y le dice:
-A usted, como fueron los popes quienes le casaron, así le ha resultado de mal.
-Si quiere, podemos recasarle - sugiere Toska.
Kósir sonríe:
-Es tarde para recasarme, hijitos.
Kósir se santigua y bebe cerveza. Toska se ríe a carcajadas.
-Ahora le dolerá a usted la tripa...
-Dios me libre, ¿por qué?
-Por haberse santiguado.
Al lado está un campesino, con una barba de color paja, toda enmarañada: un invitado de Pável Ivánovich. Es la primera vez que, visita la colonia y todo le sorprende:
-Muchachos, ¿y es verdad que vosotros sois aquí los amos?
-¿Pues quién si no? -responde Shurka.
-¿Y para qué queréis esta hacienda?
Toska Soloviov se vuelve hacia él con todo el cuerpo:
-¿Es que no sabe usted para qué? Sin esto, seríamos braceros; y así no lo somos.
-¿Y tú qué vas a ser, por ejemplo?
-¡Oh! -exclama Toska, levantando una empanada por encima de la oreja. Yo seré ingeniero. Así lo dice también Antón Semiónovich. En cuanto a Shelaputin, será piloto.
Toska, mira burlonamente a su amigo Shelaputin. Lo hace porque su futuro de piloto no ha sido aún reconocido por nadie en la colonia. Shelaputin mastica enérgicamente:
-Sí, yo seré piloto.
-Y para las faenas del campo, por ejemplo; no tenéis aficionados?
-¡Cómo no! Tenemos. Sólo que los nuestros no serán campesinos como vosotros -y Toska lanza una rápida mirada a su interlocutor.
-¿Ah, sí? ¿De qué manera hay que entender eso: no como vosotros?
-Pues distintos. Tendremos tractores. ¿Usted ha visto algún tractor?
-No, no he tenido oportunidad.
-Pues nosotros los hemos visto. Hay por allí un sovjós, al que nosotros hemos llevado cerdos. Allí hay un tractor, así como un escarabajo...
La larga hilera de invitados está bien encuadrada por nuestros destacamentos.
Distingo netamente los límites de cada destacamento y veo sus centros, donde ahora es mayor el bullicio. La máxima alegría reina en el noveno destacamento, porque allí está Lápot, alrededor del cual se ríen a carcajadas colonos e invitados. Hoy Lápot, puesto, previamente de acuerdo con su amigo Taraniets, ha hecho una jugada grande y complicada al grupo de la, dirección del molino, que está sentado en las mesas del noveno, destacamento y que, según la orden del Soviet de jefes, se halla confiado a él. Son el molinero, fuerte y peludo, el contable, delgado y largo, y el mecánico, un hombre modesto. Para Taraniets, en otro tiempo carterista, no ofrecida dificultad alguna extraer del bolsillo del molinero una botella de samogón y sustituirla por otra, llena de agua corriente del Kolomak.
Ya sentados ante la mesa, el molinero y el contable titubearon durante mucho tiempo, sin quitar la vista del destacamento mixto de Taraniets. Pero Lápot les guiñó un ojo, tranquilizándoles:
-Sois de la casa, yo lo arreglaré. Y luego inclina hacia sí la cabeza de Taraniets cuando pasa a su lado y le susurra algo. Taraniets asiente con la cabeza.
Lápot aconseja, confidencial:
-Vertedlo en los vasos debajo de la mesa y teñidlo con cerveza. Así no se notará.
Después de unos cuantos ejercicios acrobáticos de bajo de la mesa, frente a los sedientos aparecen vasos llenos de una cerveza sospechosamente blanca, sus felices poseedores preparan nerviosos los entremeses bajo la atenta mirada del noveno destacamento, pendiente de ellos. Por fin, todo está listo y el molinero guiña, pícaro, un ojo a Lápot, levantando el vaso hacia la barba. El contable y el mecánico miran todavía prudentemente a derecha e izquierda, pero alrededor todo está tranquilo. Taraniets se aburre al pie de un álamo. Lapot siente que los ojos comienzan a echarle llamas y los oculta con sus párpados.
El molinero dice en voz baja:
-Bueno, ¡felicidades para todos!
El noveno, destacamento, inclinado la cabeza, observa cómo los tres invitados vacían los vasos. Ya en los últimos tragos se nota cierta inseguridad. El molinero deposita el vaso vacío sobre la mesa y mira receloso a Lápot, pero el muchacho mastica aburrido, y piensa en algo muy remoto. El contable y el mecánico tratan por todos los medios de demostrar que no ha ocurrido nada de particular e incluso ensartan en el tenedor los entremeses preparados.
El experto molinero examina la botella bajo la mesa, pero alguien le agarra cariñosamente la mano. El molinero levanta la cabeza y contempla el rostro pecoso y astuto de Taraniets.
-Pero ¿cómo no le da a usted vergüenza? - dice Taraniets y es tal su sinceridad, que hasta se sonroja -. Se había advertido que no se podía traer samogón, y usted, que es de la casa... Y, además, han bebido ya ¿Quién ha bebido con usted?
-¡El diablo lo sabe! -responde, desconcertado, el molinero-. Yo no comprendo si hemos bebido o no.
-¿Cómo que no lo comprende? A ver, ¡écheme usted el aliento!... ¿Qué hay que comprender? Huele usted lo mismo que un barril. No sé cómo no le da vergüenza: venir a la colonia con esas cosas...
-¿Qué pasa? -se interesa desde lejos Kalina Ivánovich.
-Samogón -dice Taraniets, mostrando la botella.
Kalina Ivánovich mira terriblemente al molinero. El noveno destacamento se encuentra hace ya tiempo presa de un ataque de risa, seguramente porque Lápot está contando algo muy cómico acerca de Galatenko. Los muchachos han dejado caer la cabeza sobre la mesa y ya no pueden resistir nada más cómico.
Aquí sobra alegría hasta el final de la comida, porque Lápot pregunta de vez en cuando al molinero:
-¿Qué, es poco?, ¿Y no hay más? ¡Qué pena!... ¿Y era bueno? ¿Regular?... ¡Qué lástima que ese Fiódor sea tan exigente! ¿Por qué eres así, Fiódor? ¡Si es gente de casa!
-Está prohibido -dice seriamente Taraniets-. Fíjate, apenas pueden sostenerse.
Lápot tiene todavía por delante un amplio programa. Todavía levantará cuidadosamente de la mesa al molinero y le musitará al oído:
-Venga; vamos a llevarle por el jardín; si no, se notará mucho...
El octavo destacamento de Karabánov está hoy de guardia, pero el propio Karabánov no hace más que aparecer alrededor de las mesas, allí donde arde en una hoguera la filosofía excitada por la boda extraordinaria. Aquí están Kóval, Spiridón, Kalina Ivánovich, Zadórov, Vérshnev, Vólojov y el presidente de la comuna, Lunacharski, el inteligente Nestrenko, con su barbita pelirroja de macho cabrío.
La comuna del otro lado del río no prospera, no puede cultivar los campos, no sabe calcular y distribuir los deberes y los derechos, no sabe domeñar el díscolo carácter de las mujeres y no es capaz de organizar la paciencia en el presente y la fe en el día de mañana. Nesterenko resume tristemente:
-Es preciso traer gente nueva... ¿dónde podemos encontrarla?
Kalina Ivánovich responde calurosamente:
-No tienes razón, camarada Nesterenko, no tienes razón... Los nuevos, parásitos, no sabrán hacer nada como es debido. Al contrario, es preciso aumentar el número de los viejos...
Hay más bullicio en las mesas. Han sido servidas las manzanas y las peras de nuestros jardines, y en el horizonte han aparecido toneles con helado, el orgullo de la guardia de hoy.
Detrás de la casa suena un acordeón, y un estridente cántico femenil -uno de los castigos del ritual de bodas- nos echa a perder el día. Media docena de mujeres giran y patean ante un acordeonista borracho, de rostro avinagrado, y se acercan poco a poco hacia nosotros.
-Han venido por la dote -dice Taraniets.
Una mujer huesuda, con la cara sonrosada, empieza a patear, por lo visto en honor mío, echando los codos hacia delante y arrastrando por la arena sus zapatos grandes y desgarbados.
-Padrecito querido, padrecito querido, despide, a la hija, dótala.
En sus manos aparecen no sé de dónde una botella de samogón y una copa afiligranada de color marrón oscuro. Con ímpetu de borracha la mujer llena la copa, regando la tierra y su vestido. Taraniets se interpone entre ella y yo:
-Ya está bien.
Taraniets retira sin dificultad de sus manos la botella, pero la mujer, olvidándose de mí, se lanza ávidamente hacia Olga y dice con un alegre estribillo de borracha:
-¡Olga Petrovna, guapísima! Te has dejado las trenzas sueltas... Eso no puede ser, eso no puede ser... Mañana te pondremos una cofia y andarás con ella.
-No me la pondré -dice Olga con inesperada severidad.
-¿Qué piensas hacer, entonces? ¿Vas a andar con las trenzas sueltas?
-Pues claro.
Las mujeres se ponen a chillar, a decir algo, avanzando hacia Olga. Vólojov, irritado y furioso, las dispersa y pregunta a quemarropa, a la que lleva la voz cantante.
-Y si no se la pone ¿qué?
-¡Pues que no se la ponga, que no se la ponga! Vosotros sabréis mejor lo que hay que hacer. De todas formas, no han recibido la bendición nupcial.
Los hombres intervienen diplomáticos y separan en diversas direcciones a las mujeres ebrias, que no dejan de reírse a carcajadas. Olga y yo salimos del parque.
-No les tengo miedo -dice Olga-, pero me costará trabajo.
Los muchachos pasan cerca de nosotros, llevando muebles y hatillos de ropa. Hoy representamos La boda, de Gógol, y antes del espectáculo Zhurbín dará una conferencia acerca de las bodas en los diferentes pueblos.
Todavía falta mucho, muchísimo para que acabe la fiesta.

11. LÍRICA

Poco después de la boda de Olga se abatió sobre nosotros una calamidad que esperábamos desde hacía tiempo: era preciso despedir a los que se iban a estudiar al Rabfak. Aunque acerca del Rabfak se hablaba ya en los tiempos del "más guapo" y para el Rabfak los muchachos se preparaban cotidianamente, aunque nuestra máxima ilusión era tener "rabfakianos" propios, y aunque todo esto era un motivo de alegría y de satisfacción, cuando llegó el día de la despedida todos sintieron que se les oprimía el corazón, que los ojos se les llenaban de lágrimas, y una sensación como de miedo embargó a los colonos: la colonia existía, trabajaba, se reía, y ahora de pronto empezaban a irse, se dispersaban, y parecía que esto no lo esperaba nadie. También yo me desperté aquel día con un sentimiento de inquietud y la sensación de perder algo.
Después del desayuno, todos se pusieron trajes limpios, se colocó en el jardín las mesas engalanadas, en mi despacho la brigada de la bandera quitaba la funda a la enseña y los tambores se ajustaban los instrumentos a la cintura. Pero tampoco esos indicios de fiesta pudieron apagar los destellos de tristeza; los ojos azules de Lídochka estaban llorosos desde por la mañana; las muchachas lloraban a lágrima viva tendidas en sus camas, y Ekaterina Grigórievna las consolaba sin éxito, porque ella misma apenas podía reprimir su emoción. Los muchachos estaban serios y silenciosos. Lápot parecía el hombre más aburrido del mundo; los pequeñuelos, distribuidos en inusitadas líneas rigurosas, como gorriones montados en alambres, no emplearon nunca el pañuelo para sonarse tanto como aquel día. Sentados muy formalitos en bancos y empalizadas, con las manos entre las rodillas, examinaban los objetos situados bastante por encima de su habitual campo de vista: los techos, las cimas de los árboles, el cielo..
Yo comparto su perplejidad infantil, yo comprendo su tristeza, la tristeza de los hombres que creen en la justicia. Estoy de acuerdo con Toska Soloviov: ¿por qué razón no estará ya mañana en la colonia Matvéi Belujin? ¿Acaso es imposible organizar más racionalmente la vida, de manera que Matvéi no tenga que irse a ningún sitio, de manera que Toska no deba sufrir un gran dolor, injusto e irremediable? ¿ Y acaso no tiene Matvéi otro amigo que Toska y acaso se marcha únicamente Matvéi? Se marchan: Burún, Karabánov, Zadórov, Kráinik, Vérshnev, Golos, Nastia Nochévnaia y cada uno de ellos tiene decenas de amigos, y Matvéi, Burún, Semión son hombres de verdad, a los que es tan dulce imitar y sin los que será preciso comenzar de nuevo la vida.
No eran sólo esos sentimientos los que deprimían a la colonia. Tanto para mí como para cada colono estaba claro que la colonia había sido puesta en el tajo y que sobre ella se había alzado una pesada hacha para decapitarla.
Los propios "rabfakianos" tenían el mismo aspecto que si se les preparase a ser sacrificados "a los múltiples dioses de la necesidad y del destino". Karabánov no se separaba de mí y decía sonriendo:
-La vida está organizada de tal modo que nada sale bien. Ir al Rabfak, si se piensa en ello, es una felicidad, es, puede decirse, un sueño, el mirlo blanco, el diablo sabe qué. Pero, en realidad, tal vez no sea así, y tal vez nuestra felicidad se termina hoy, aquí mismo, ¡porque me da tanta, tanta pena dejar la colonia!... Si no me viera nadie, levantaría la cabeza y aullaría... ¡Cómo aullaría!... Tal vez entonces me sentiría mejor... No hay verdad en el mundo.
Desde un rincón de mi despacho Vérshnev nos lanza una mirada rabiosa:
-La única verdad es la gente.
-Habló el buey y dijo mu -se ríe Karabánov-. ¿Y tú qué?... ¿Has buscado ya la verdad entre los gatos?
-N-n-no, no se trata de eso... sino de que la gente debe ser buena; si no, que se vaya al dia-diablo to-toda ver-dad. Si hay un canalla, ¿comprendes?, igual estorbará en el socialismo. Hoy lo he comprendido.
Yo contemplé, atentamente a Nikolái:
-¿Porqué hoy?
Hoy la gente se v-ve como en un espejo. Yo no sé; antes siempre había trabajo... y cada día era igual... de trabajo todo lo demás. Y hoy, no sé por qué, pero se ve, Gorki ha escrito la verdad. Yo antes no lo comprendía, es decir, lo comprendía, pero no le daba importancia: ser hombre. Esto no lo consigue un canalla cualquiera. Y es justo: hay gente y hay hombres.
Con esas palabras disimulaban los "rabfakianos" sus heridas recientes al abandonar la colonia. Pero ellos sufrían menos que nosotros, porque tenían en perspectiva el radiante Rabfak y nosotros no teníamos en perspectiva nada radiante.
La víspera, de noche, se reunieron los pedagogos en la terracilla de mi casa. Unos sentados, otros de pie, pensativos y turbados, tenían necesidad de estar juntos, apoyados los unos en los otros. La colonia dormía, había silencio, un aire quieto y tibio, el cielo estaba estrellado. El mundo me parecía un delicioso jarabe terriblemente complejo; sabroso, agradable, pero no se sabía de qué estaba hecho, no se sabía qué inmundicias había diluidas en él. En tales momentos, escarabajos filosóficos atacan al hombre, y el hombre quiere comprender lo antes posible las cosas y los problemas incomprensibles. Y si mañana os abandonan "para siempre" vuestros amigos, a los que vosotros habéis extraído con cierto trabajo de la nada social, en tal caso el hombre contempla también el apacible firmamento y calla, y por un instante le parece que los tilos, los fresnos, los álamos próximos le dictan en voz baja soluciones justas de los problemas.
Así también nosotros, en grupo impotente, cada uno por aislado y todos en común, guardábamos silencio y reflexionábamos, escuchando el susurro de los árboles y mirando fijamente a las estrellas. Así se conducen los salvajes después de una partida fracasada de caza.
Yo pensaba al mismo tiempo que los demás. Aquella noche, la noche de mi primera y verdadera promoción, pensé en muchas tonterías. A nadie se lo dije entonces; incluso a mis colegas les parecía que sólo ellos estaban emocionados y que, yo seguía en mi puesto como un roble, fuerte e inconmovible. A ellos, seguramente, les daba vergüenza dar señales de debilidad en mi presencia.
Yo pensaba que mi vida era injusta, la vida de un forzado. Que yo había sacrificado el mejor trozo de mi vida sólo para que media docena de "delincuentes" pudieran ingresar en el Rabfak; que en el Rabfak y en la gran ciudad serían sometidos a nuevas influencias que yo no podría dirigir y que ¡quién sabe cómo terminaría todo eso! ¿Quizá mi trabajo y mi sacrificio eran simplemente un coágulo de energía innecesaria, gastada en vano?
También pensaba en otra cosa: ¿por qué tal injusticia? Yo había hecho una buena obra, algo mil veces más difícil y más digno que cantar una romanza en la velada de algún club, incluso más difícil que desempeñar un papel en una buena obra, aunque fuera en el Teatro de Arte de Moscú... ¿Por qué allí centenares de personas aplauden a los artistas, por qué los artistas se van a dormir a su casa con la sensación del interés y de la gratitud humana, mientras que yo permanezco angustiado de noche, a oscuras, en una colonia perdida en los campos? ¿Por qué no me aplauden aunque no sean más que los habitantes de Gonchárovka? Incluso peor: yo volvía continuamente, alarmado, a la idea de que, había invertido mil rublos en "dotar" a los "rabfakianos" y de que semejante dispendio no estaba previsto en ningún capítulo del presupuesto, que el inspector de la sección de hacienda, cuando le consulté con ese motivo, me contempló con una mirada seca y condenatoria y me dijo:
-Si lo desea, puede usted gastarlos, pero tenga en cuenta, que tiene asegurado el descuento de su salario.
Sonreí, recordando ese diálogo. En mí mente comenzó a funcionar en el acto toda una institución: en un despacho alguien componía una ardiente filípica contra el inspector, y, en la habitación contigua, otro decía en voz alta con un tono despreocupado: "¡Ríete de eso!" y al lado, inclinándose sobre las mesas, la servicial banda cerebral calculaba durante cuántos meses tendrían que descontarme del sueldo los mil rublos. Esta institución funcionaba a conciencia, a pesar de que en mi mente, funcionaban, además, otras instituciones. En el edificio vecino se celebraba una sesión solemne: en la escena nuestros educadores y los "rabfakianos", una orquesta de cien voces ejecutaba La Internacional, un sabio pedagogo pronunciaba un discurso.
De nuevo pude sonreír: ¿qué cosas buenas podría decir el sabio pedagogo? ¿Acaso había visto él a Karabánov, salteador de caminos, con un revólver en la mano, o al ratero Burún en el alféizar de una ventana ajena, a Burún, cuyos amigos cayeron a tiros en esos mismos alféizares? No, él no los había visto.
-¿En qué piensa usted todo el tiempo? -me pregunta Ekaterina Grigónevn -. ¿En qué piensa y por qué sonríe?
-Estoy celebrando una sesión solemne -respondo yo.
-Ya se ve. Y, sin embargo, díganos, ¿qué vamos a hacer ahora sin núcleo?
-¡Ah! Ahí tiene usted una sección más de la futura ciencia pedagógica, la sección del núcleo.
-¿Qué sección?
-Me refiero al núcleo. Si hay colectividad, habrá núcleo.
-Según como sea el núcleo.
-El que necesitemos. Hay que tener una opinión más elevada de nuestra colectividad, Ekaterina Grigórievna. Nosotros nos inquietamos aquí pensando en el núcleo y, mientras tanto, la colectividad ha destacado ya a un núcleo, y usted ni siquiera lo ha advertido. El buen núcleo se multiplica por la división; apúntelo en su libro de notas para la futura ciencia acerca de la educación.
-Bueno, lo apuntaré -accede, condescendiente, Ekaterina Grigórievna.
Al día siguiente, el grupo de los educadores no expresaba para nada sus sentimientos, y la solemnidad transcurrió en medio de una severidad oficial. Yo no quise profundizar ese estado de ánimo y representé, lo mismo que en la escena, el papel de un hombre alegre que festeja el logro de sus mejores deseos.
A mediodía almorzamos ante las mesas engalanadas y, para nuestra sorpresa, nos reímos mucho. Lápot mostraba por gestos lo que sería de nuestros "rabfakianos" dentro de siete u ocho años. Representaba cómo moría de tuberculosis el ingeniero Zadórov, y cómo, junto a su cama, los médicos Burún y Vérshnev se repartían, los honorarios, cómo el músico Kráinik exigía el pago inmediato de la marcha fúnebre y, en caso contrario, se negaba a tocar. Pero en nuestra risa y en las bromas de Lápot resaltaba en primer plano no una alegría verdadera, sino una voluntad bien gobernada.
A las tres de la tarde formamos y sacamos la bandera. Los "rabfakianos" ocuparon el flanco derecho. De la cochera salió Antón montado en el Molodiets, y los muchachos cargaron en el carro las cestas de los que se iban. Se dio la voz de mandó, batieron los tambores, y la columna se puso en marcha, camino de la estación. Media hora más tarde salíamos de las movedizas arenas del Kolomak y pisamos, con un suspiro de alivio, la hierba firme y menuda del amplio camino, por el que antaño marcharon los tártaros y los zaporogos. Los tambores enderezaron la espalda, y, en sus manos, los palillos batieron con más viveza y más gracia.
-¡Derechos, la cabeza alta! -exigí con severidad.
Karabánov volvió la cabeza sin perder el paso y manifestó un raro talento: con una simple sonrisa me demostró simultáneamente orgullo, y alegría, y amor, y seguridad en sí mismo, en su bella vida futura. Zadórov, que marchaba a su lado, comprendió inmediatamente su movimiento y tímido como siempre, se apresuró a ocultar su emoción; tan sólo disparó la mirada de sus ojos vivos por el horizonte y alzó la cabeza hacia la cima de la bandera. De pronto, Karabánov empezó a cantar con su voz alta y arrogante:

Tiéndete, tapiz bajito,
ponte, cosaco, cerquita.

Las filas corearon alegremente la canción. Me pareció estar en la plaza en un desfile del Primero de Mayo. Intuí con exactitud que tanto yo como todos los colonos sentíamos lo mismo: todo había cobrado de repente importancia, se había subrayado lo principal: la colonia Gorki despedía a sus primeros estudiantes. En su honor flameaba la bandera roja de seda, y batían los tambores, y la columna se mecía gallardamente en la marcha, y el sol, sonrosado de alegría, nos cedía el camino, inclinándose hacia el Oeste, como si cantara con nosotros la bella y aguda canción, que parecía hablar de un cosaco enamorado, pero que, en realidad, hablaba del destacamento de los "rabfakianos", que iban a Járkov, cumpliendo la orden dictada ayer por el Soviet de jefes, del "séptimo destacamento mixto al, mando de Alexandr Zadórov". Los muchachos cantaban con deleite y me miraban de reojo: estaban contentos de que yo compartiera su alegría.
Detrás de nosotros hacía ya tiempo que se levantaban unos remolinos de polvo y pronto reconocimos al, jinete: era Olia Vóronova.
Saltó del caballo y me invitó:
-Monte usted. Es una buena silla, cosaca. A poco llego tarde.
-Yo no tengo nada de gran capitán -respondí-. Que monte Lápot; él es ahora el secretario del Soviet de jefes.
-Eso está bien -asintió Lápot y, encaramándose al caballo, se puso a la cabeza de la columna, irguiendo el talle y retorciéndose el inexistente bigote.
Me vi obligado a ordenar "en su lugar descanso" porque Olga tenía gana de hablar y Lápot hacía reír con exceso a los colonos.
En la estación, todo transcurrió con una tristeza solemne y, al mismo tiempo, con una alegría algo descabellada. Desde el vagón, los estudiantes contemplaban con orgullo nuestras filas y al público emocionado por nuestra llegada.
Después del segundo toque de campana, Lápot, pronunció un pequeño discurso:
-Cuidado, hijitos, con dejarnos mal. Tú, Shurka, tírales bien de las riendas. Y no os olvidéis de entregar este vagón al museo. Y que digan en la inscripción: "En esté vagón marchó al Rabfak Semión Karabánov".
Volvimos a través de los prados, siguiendo estrechos senderos, arroyos, zanjas, que era preciso atravesar de un salto. Por eso nos distribuíamos en grupos de amigos, y entre las sombras del crepúsculo desnudábamos en voz baja nuestros pensamientos más íntimos y los exhibíamos sin ninguna fanfarronería los unos a los otros.
-Yo -decía Gud- no quiero ir a ningún Rabfak. Seré zapatero y haré buenas botas. ¿Acaso esto es peor que ir al Rabfak? No, no es peor. Pero es una lástima que se hayan ido los muchachos. ¿Verdad que es una lástima?
El torcido, patizambo y serio Kudlati miró severamente a Gud:
-Tú serás malo hasta como zapatero. La semana pasada me echaste un remiendo a las botas, y a la noche ya se me había caído. Francamente, un zapatero así es peor que un doctor. Y un buen zapatero puede ser mejor que un doctor.
Por la noche reinaba en la colonia un silencio abrumador. Antes del toque de silencio, Osadchi, jefe de guardia de aquel día, se presentó en mi despacho, trayendo borracho a Gud. Dicho sea de paso, más que borracho estaba tierno y lírico. Sin reparar en la indignación general, permanecía ante mí y hablaba en voz baja, mirando a mi tintero:
-He bebido porque era necesario. Yo soy zapatero, pero ¿tengo alma? La tengo. Si se han ido tantos muchachos, el diablo sabe a dónde, y Zadórov se ha ido también con ellos, ¿puedo yo soportarlo tranquilamente? ¡No, no puedo! Por eso he bebido con el dinero que he ganado. ¿Eché al molinero un par de suelas? Se las eché. Y he bebido con mi dinero. ¿He matado a alguien? ¿He ofendido a alguien? ¿Me he metido con alguna muchacha? No, no me he metido con ninguna. Y él grita: ¡Vamos al despacho de Antón! Bueno, vamos. ¿Y quién es Antón?... Ese es usted, Antón Semiónovich. ¿Quién es? ¿Una fiera? No, no es una fiera. ¿Tal vez es un hombre quisquilloso? No, no es un hombre, quisquilloso. ¿Y entonces qué? He venido; aquí me tienen. Ante usted está el mal zapatero. Gud.
-¿Puedes escuchar lo que voy a decirte?
-Puedo. Puedo escuchar lo que me diga.
-Pues bien, escúchame. Hacer botas es una cosa buena, necesaria. Serás un buen zapatero y llegarás a dirigir una fábrica de calzado sólo en caso de que no bebas.
-Bueno, y ¿si se va tanta gente?
-De todas formas..
-Entonces, según usted ¿no debía haber bebido?
-No.
-¿Y ya no puedo corregirlo? -Gud inclinó profundamente la cabeza-. Entonces, castígueme usted.
-Vete a dormir. Por esta vez no te castigaré.
-¡Ya os lo decía yo! -lanzó Gud a los que le rodeaban y, después de pasear una mirada despreciativa sobre todos ellos, saludó al estilo de la colonia:
-A la orden, ir a dormir.
Lápot le tomó del brazo y le condujo cuidadosamente al dormitorio, como si fuera un concentrado de la tristeza de la colonia.
Media hora más tarde, Kudlati comenzó en mi despacho la distribución del calzado para el otoño. Sacaba amorosamente de la caja los, zapatos nuevos y los repartía entre los destacamentos de colonos según una lista hecha por él. En la puerta resonaban con frecuencia gritos.
-¿Cuándo vas a cambiarlos? Estos me aprietan.
Kudlati respondía, respondía y, por fin, se enfadó:
-Os he dicho veinte veces que hoy no los cambio. Mañana los cambiaré. ¡Qué burros!
Junto a mi mesa, Lápot entorna, fatigado, los ojos y dice a Kudlati:
-Camaradas, observad la cortesía, entre comprador y vendedor.

12. OTOÑO

De nuevo se avecinaba el invierno. En octubre cubrimos las numerosas burtas, llenas de remolacha, y Lápot propuso en el Soviet de jefes:
-Hemos decidido: suspirar con alivio.
Las burtas -eran unas zanjas largas y profundas, de veinte metros cada una. Shere había preparado más de diez zanjas de éstas para el invierno y todavía aseguraba que eran pocas, que se debía, gastar la remolacha con mucha prudencia.
Había que depositar la remolacha en esas zanjas con el mismo cuidado que si fueran aparatos ópticos. Shere sabía estar desde por la mañana hasta por la noche encima del destacamento mixto y repetir machaconamente:
-Por favor, camaradas, no tiradla así: os lo ruego encarecidamente. Tened en cuenta que, si dais un golpe fuerte a una remolacha, el lugar del golpe quedará lesionado. Después comenzará a pudrirse y acabará pudriéndose toda la burta. Por favor, camaradas, más cuidado.
Los muchachos, hartos del trabajo uniforme y, sobre todo, del trabajo "remolachero", no pierden la ocasión de aprovechar el tema señalado por Shere para distraerse y descansar un poco. Eligen la remolacha más redondita del montón, la más simpática y sonrosada, la rodean con todo su destacamento mixto, y el jefe del destacamento, un muchacho por el estilo de Mitka o de Vitka, alza las manos, separando los dedos, y dice en voz alta:
-Apartaos, no respiréis. ¿Quién tiene las manos limpias?
Aparece una camilla. El jefe del destacamento mixto levanta delicadamente la remolacha, pero ya resuena una exclamación de alarma:
-¿Qué haces? Pero, ¿qué haces?
Todos se detiene asustados y después asienten con la cabeza cuando la misma voz dice:
-¡Hay que tener más cuidado!
El primer mono de trabajo que encuentran al alcance de las manos es enrollado en forma de pequeña almohada suave y blanda; la almohada se coloca en la camilla, sobre ella descansa y, efectivamente, comienza a emocionar una pequeña remolacha sonrosada, redondita, entrada en carnes. Para disimular un poco su sonrisa, Shere muerde el tallo de una hierba. Los muchachos levantan la camilla y Mitka susurra:
-¡Cuidado, cuidado, camaradas! Tened en cuenta el peligro de la lesión; os lo ruego encarecidamente...
En la voz de Mitka se nota un remoto parecido con la voz de Shere, y por eso Eduard Nikoláievich no arroja el tallo.
Habíamos terminado la labranza de la tierra para la siembra de otoño. En aquella época únicamente empezábamos a soñar con el tractor, y con el arado tirado por un par de caballos no podíamos labrar más de media, hectárea al día. Por eso, Shere observaba, sumamente preocupado, el trabajo del primero y del segundo destacamento mixto. En estos destacamentos trabajaban los muchachos más antiguos de la colonia, y sus jefes eran colonos tan fuertes, como Fedorenko, Korito, Chóbot. Por desgracia, estos camaradas, que estaban dotados de una fuerza no inferior a la de un par de caballos y que conocían en todos sus por menores el trabajo de la labranza, aplicaban equivocadamente los métodos de la labranza a todas las demás ramas de la vida. Tanto en la colectividad como en sus amistades y en la esfera personal eran aficionados a los surcos directos y profundos y a los tajos brillantes y poderosos. Del mismo modo, el trabajo del pensamiento, entre ellos, no transcurría en las celdillas cerebrales, sino en algún otro lugar: en los músculos de sus brazos de hierro, en la caja blindada del pecho, en las caderas de un aguante monumental. En la colonia resistían firmemente a las tentaciones, del Rabfak y eludían con silencioso desprecio toda conversación sobre temas científicos. Pero de algo estaban completamente seguros, y ninguno de los colonos sabía girar la cabeza de un modo tan benévolo y orgulloso y ninguno empleaba expresiones tan seguras y tan parcas.
Estos colonos, como elementos activos de los destacamentos mixtos primero y segundo, gozaban de gran estimación entre todos, pero nuestros guasones no siempre podían abstenerse de dirigirles alguna pulla.
Aquel otoño, el primero y el segundo destacamentos se embrollaron con motivo de la emulación. Entonces, la emulación no era todavía un indicio general de trabajo soviético, y yo incluso fui sometido a tormento en la delegación del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública por culpa de la emulación. Para justificarme, puedo decir tan sólo que la emulación comenzó inesperadamente en nuestra colonia y al margen de mi voluntad.
El primer destacamento mixto trabajaba desde las seis de la mañana hasta las doce del día y el segundo, desde las doce del día hasta las seis de la tarde. Los destacamentos mixtos eran formados por una semana. A la semana siguiente cambiaba siempre un poco la combinación de fuerzas en los destacamentos mixtos, aunque la especialización desempeñaba cierto papel.
Todos los días, antes de que el destacamento mixto terminara el trabajo, salía al campo nuestro ayudante de agrónomo Aliosha Vólkov y medía la cantidad de metros cuadrados que había labrado el destacamento mixto.
Los destacamentos mixtos trabajaban bien en la labranza, pero había oscilaciones, que dependían de la tierra, de los caballos, de la pendiente del terreno, del tiempo y de otras causas, en realidad objetivas. Aliosha Vólkov anotaba con tiza, en un tablero; utilizado para los avisos de toda índole:

19 de octubre 1 mixto de Korito...............2.850 m2
19 de octubre 1 mixto de Vetkovski.........2.300 m2
19 de octubre 2 mixto de Fedorenko........2.410 m2
19 de octubre 2 mixto de Nechitailo.........2.270 m2

Y ocurrió espontáneamente que los muchachos se dejaron arrebatar por la comparación de los frutos de su trabajo, y cada destacamento mixto quiso superar a sus antecesores. Se puso de manifiesto que los mejores jefes, los que tenían mayores posibilidades de quedar vencedores, eran Fedorenko y Korito. Aunque buenos amigos desde hacía tiempo, eso no impedía que cada uno siguiera celosamente los éxitos del otro y encontrase toda suerte de fallos en el trabajo del amigo. En este terreno, a Fedorenko le ocurrió un drama, que demostró a todos que también él tenía sus nervios. Durante cierto tiempo, Fedorenko estuvo marchando a la cabeza de los demás destacamentos mixtos, y en el tablero de Vólkov repetíanse día tras día cifras que oscilaban entre 2.500 y 2.600. El destacamento mixto de Korito trataba de alcanzar esos límites, pero siempre se quedaba atrás en unos cuarenta o cincuenta metros cuadrados.
-No te molestes, compadre se burlaba Fedorenko de su amigo-; ya se ve que eres un labrador novato...
A finales de octubre enfermó Zorka, y Shere mandó al campo sólo un par de caballos. Para mayor efecto, pidió al Soviet de jefes que incluyera a Fedorenko en el destacamento mixto de Korito.
Al principio, Fedorenko no captó todo el dramatismo de la situación, porque la enfermedad de Zorka y la necesidad de acabar pronto la labranza con un solo par de caballos le abatían profundamente. Se dedicó con afán al trabajo, y únicamente se recobró cuando Aliosha Vólkov apuntó en su tablero:

24 de octubre 2 mixto de Korito............2.730 m2

El orgulloso Korito celebraba la victoria, y Lápot decía irónicamente a todos:
-¡Pero qué comparación puede haber entre Fedorenko y Korito! Korito es un agrónomo perfecto. ¡Cómo va Fedorenko a compararse con él!
Los muchachos manteaban a Korito y gritaban "hurra", -mientras Fedorenko, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones, palidecía de envidia y vociferaba:
-¿Que Korito es un agrónomo? ¡En mi vida he visto un agrónomo parecido!
Los muchachos no dejaban en paz a Fedorenko y le hacían preguntas inocentes:
-¿Reconoces que ha ganado Korito?
Sin embargo, Fedorenko acabó cayendo en la cuenta. En el Soviet de jefes dijo:
-¿Dé qué presume Korito? La semana que viene tendremos otra vez un par de caballos. Incluid en el primer mixto a Korito y os daré tres mil metros.
El Soviet de jefes se entusiasmó con el ardid de Fedorenko y cumplió su ruego, Korito exclamó, moviendo la cabeza:
-¡Qué diablo tan astuto es ese Fedorenko!
-¡Ten cuidado! -le dijo Fedorenko-. Yo he trabajado a conciencia en tu destacamento; prueba ahora tú a simular...
Todavía antes de comenzar el trabajo, Korito reconoció lo difícil de su situación:
-¡Qué se le va a hacer! Fedorenko es Fedorenko y, además, estamos en el campo. Y si los muchachos dicen que le he hecho una faena a Fedorenko, que he trabajado de cualquier modo, eso tampoco estará bien.
Tanto Fedorenko cómo Korito se reían al ir al trabajo por la mañana. Fedorenko colocó un enorme palo en el arado y se lo enseñó a su amigo:
-¿Ves este palo? No pienso estar muy tierno contigo en el campo.
Al principio, Korito enrojeció de pensar en la seriedad de la situación y después, de la risa.
Cuando Aliosha regresó del campo y empezó a rebuscar en sus bolsillos un pedazo de tiza, fue recibido por toda la colonia.
-¿Qué tal? -le preguntaban, impacientes, los muchachos.
Aliosha, en silencio, escribía lentamente en el tablero:

28 de octubre 1 mixto de Fedorenko............3.010 m2

-¡Oh! ¡Mira Fedorenko! ¡Tres mil!
Fedorenko y Korito volvieron del campo. Los muchachos aclamaron a Fedorenko como, un triunfador, y Lápot observó:
-Si yo siempre he dicho: ¡Korito no puede ni compararse con Fedorenko! ¡Fedorenko es un verdadero agrónomo!
Fedorenko contemplaba, desconfiado, a Lápot, pero tenía miedo a decir algo acerca de su pérfida política, porque la cosa no ocurría en el campo, sino en el patio, y las manos de Fedorenko no estrechaban las manceras del firme y vibrante arado.
-¿Cómo te has dejado adelantar, Korito? -preguntó Lápot.
Es que la cosa no se ha hecho como es debido, camaradas colonos. Debo deciros que Fedorenko ha ido al campo con un palo; eso es lo que ha hecho.
-Con un palo -confirmó Fedorenko-. ¿No ves que tenía que limpiar el arado?...
-Y me dijo: no pienso estar muy tierno contigo.
-¿Y para qué iba a estar tierno contigo? Lo mismo diré ahora: ¿por qué iba a tratarte con ternura? No eres una mocita...
-¿Y cuántas veces te ha dado con el palo? -interrogaron los muchachos.
-Como me asusté al ver el palo, he trabajado bien y no me ha dado ni una vez. Pero tú, Fedorenko, tampoco has limpiado el arado con el palo ese.
-Es que era un palo de reserva. Allí encontré otro... un palito más cómodo.
-Si no te ha dado ni una vez, no se puede -hacer nada. -Explicó Lápot-. Tú, Korito, has llevado una política errónea. ¿Sabes? Debías haber trabajado sin prisa y haber regañado con el jefe. Entonces, él te habría dado con el palo, y la cosa hubiera sido distinta: el Soviet de jefes, el Buró, la asamblea general, ¡huy, huy, huy!
-No se me ha ocurrido -respondió Korito.
Y así venció Fedorenko, gracias a su obstinación y su astucia.
El otoño tocaba a su fin, abundante, bien preparado, seguro. Echábamos un poco de menos a los colonos que se habían ido a Járkov, pero los días de trabajo y los hombres vivos seguían aportando a nuestras veladas buenas dosis de risas y de ánimos, y hasta Ekaterina Grigórievna reconoció:
-¿Sabe? Nuestra colectividad es un encanto. Parece que no hubiera ocurrido nada.
Ahora yo comprendía mejor aún que antes que, en realidad, no tenía por qué ocurrir nada. El éxito de nuestros "rabfakianos" en los exámenes de Járkov y la continua sensación de que, incluso habitando en otra ciudad y siendo estudiantes, no habían dejado de ser colonos del séptimo destacamento mixto, añadieron en gran cantidad a la colonia cierta risueña esperanza. Zadórov, el jefe del séptimo, destacamento mixto nos enviaba regularmente partes semanales, que nosotros leíamos en las reuniones bajo aprobatorios y agradables rumores. Los informes de Zadórov eran detallados, con indicación de la asignatura en que cojeaba cada uno y, de paso, añadía consideraciones no oficiales:

"Semión se dispone a enamorarse de una muchacha de Chernigov. Escribidle que no haga el tonto. Vérshnev no hace más que rezongar, diciendo que en el Rabfak no se estudia ninguna medicina y que la gramática le tiene ya harto. Escribidle para que no se de importancia".

En otra carta, Zadórov escribía:

"Vienen a vernos con frecuencia Oxana y Rajil. Les damos tocino, y ellas nos ayudan también en algunas cosas, ya que, si no la gramática de Kolka y la aritmética de Golos flojean. Así, pues, pedimos que el Soviet de jefes las incluya en el séptimo destacamento mixto; son muchachas disciplinadas".

Y Zadórov nos escribía también:

"Oxana y Rajil no tienen zapatos ni dinero para comprarlos. Nosotros hemos reparado nuestros zapatos, pero tenemos que andar mucho y todo por piedra. El dinero que nos envió Antón Semiónovich ha sido gastado ya, porque tuvimos que comprar libros y una caja de dibujo para mí. A Oxana y a Rajil hay que comprarles zapatos; en la cooperativa cuestan siete rublos. No nos dan mal de comer; la lástima es que no es más que una vez al día, y el tocino nos lo hemos comido ya. Semión come mucho tocino. Escribidle que coma menos tocino en caso de que nos enviéis más".

Los muchachos, arrebatados de alegría, decidieron en la asamblea general: enviar dinero, mandar más tocino, incluir a Oxana y a Rajil en el séptimo destacamento mixto, enviarles las insignias de la colonia y no escribir nada a Semión a propósito del tocino; ya que allí tenían jefe, que él lo racionase, como correspondía a un jefe; escribir a Vérshnev que no hiciera el tonto y a Semión, con motivo de la chernigoviana, que tuviese cuidado y no se llenara de chernigovianas la cabeza. Y si era preciso, que la muchacha escribiese al Soviet de jefes.
Lápot sabía convertir las asambleas generales en reuniones prácticas, rápidas y alegres, sabía proponer fórmulas admirables para la correspondencia con los "rabfakianos". La idea de que la muchacha de Chernígov se dirigiera al Soviet de jefes fue del agrado de todos en el futuro adquirió hasta, cierto desarrollo.
La vida del séptimo destacamento mixto en Járkov modificó de raíz el ambiente de nuestra escuela. Ahora todos estaban convencidos de que el Rabfak era una cosa real y de que cada uno podía llegar a él en caso de desearlo. Por eso, a partir del otoño observamos un notable incremento en el estudio. Brátchenko, Gueórguievski, Osadchi, Schnéider, Gléizer y Marusia Lévchenko tendían manifiestamente al Rabfak.
Marusia había abandonado por completo su histeria y durante aquel tiempo había cobrado un cariño extraordinario por Ekaterina Grigórievna; siempre la acompañaba, le ayudaba cuando estaba de guardia, la seguía continuamente con una ardiente mirada. A mí me agradaba que Marusia se hubiera vuelto tan atildada en su atavío y que hubiese empezado a elevar cuellos altos y severos y blusas viejas arregladas con mucho gusto. A nuestros ojos Marusia estaba convirtiéndose en una mujer de gran belleza.
También en los grupos de los pequeños empezó a cundir el aroma del Rabfak aún lejano, y los diligentes chiquillos preguntaban muchas veces con anhelo hacia que Rabfak les convendría más encaminar sus pasos.
Natasha Petrenko se había lanzado con particular avidez al estudio. Le faltaba poco para cumplir dieciséis años, pero no sabía leer ni escribir. Desde los primeros días del estudio se pusieron de manifiesto sus sorprendentes aptitudes, y yo le planteé la tarea de terminar durante el invierno el primero y el segundo cursos. Natasha me lo agradeció con un simple movimiento de sus pestañas y me dijo lacónicamente:
-¿Y por qué no?
Había dejado ya de llamarme "tío"' y se había acostumbrado sensiblemente a la colectividad. Todos la estimaban por el indescriptible encanto de su ser, por su eterna sonrisa luminosa y confiada, por su dientecito oblicuo y la gracia de su mímica. Como antes, seguía siendo amiga de Chóbot, y como antes, Chóbot, silencioso y taciturno, seguía protegiendo de los enemigos a este ser precioso. Pero la situación de Chóbot era cada día más embarazosa, porque Natasha no tenía ningún enemigo y gradualmente iba entablando amistades tanto entre las chicas como entre los muchachos. Hasta Lápot trataba a Natasha de un modo nuevo: sin burlas y sin travesuras, atento, cariñoso y solícito. Por eso, Chóbot tenía que esperar mucho tiempo a que Natasha se quedara sola para hablar con ella o, mejor dicho, para callar acerca de no se sabía qué asuntos rigurosamente confidenciales.
Yo comencé a discernir en la actitud de Chóbot un principio de alarma y no me sorprendí cuando Chóbot entró un anochecer en mi despacho y me dijo:
-Antón Semiónovich, déjeme usted ir a ver a mi hermano.
-¿Es que tienes un hermano?
-Claro que sí. Tiene una finca cerca de Bogodújovo. He recibido carta suya.
Chóbot me tendió la carta. Decía así:

"Respecto a lo que me escribes acerca de tu situación, ven a mi casa, querido hermano Mikola Fiódorovich, y quédate a vivir aquí sin pensarlo más, porque mi jata es grande y tengo una hacienda como nadie. Me sentiré a gusto por haber encontrado a mi hermano, ya que te has enamorado de una muchacha, tráela sin titubear".

-Por eso quiero ir y echar una ojeada.
-¿Has hablado con Natasha?
-Sí.
-¿Y qué?
-Natasha entiende poco. Pero yo tengo que ir, porque desde que me marché de casa no he vuelto a ver a mi hermano.
-Pues bien, ve y mira. ¿Seguramente tu hermano es un kulak?
-No, kulak no es, porque no tenía más que un Caballo, pero ahora no sé cómo está.
Chóbot se fue a principios de diciembre y tardó en volver mucho tiempo. Parecía que Natasha no había advertido su marcha; conservaba, su alegría reservada y seguía estudiando con él mismo afán. Yo veía que durante el invierno podría acabar tres cursos.
La nueva actitud de los colonos en la escuela cambió, la fisonomía de la colonia. La colonia se hizo más culta y más próxima a una sociedad escolar normal. Ningún colono ponía ya en duda la importancia y la necesidad del estudio. Este nuevo estado de ánimo se incrementaba porque todos pensábamos en Máximo Gorki. En una de sus cartas a los colonos Gorki escribía:

"Me gustaría que los colonos leyeran mi Infancia en algún anochecer de otoño. Entonces verían que yo soy un hombre absolutamente igual a ellos, sólo que desde mis años de juventud supe ser perseverante en mi deseo de estudiar y no me arredró ninguna clase de trabajo. Creía que, efectivamente, el estudio y el trabajo podían con todo".

Hacía ya mucho tiempo que los colonos mantenían correspondencia con Gorki. Nuestra primera carta, enviada a la escueta dirección "Sorrento, Máximo Gorki", le había sido entregada, para nuestra sorpresa, y Gorki nos respondió inmediatamente con una carta afable y atenta, que leímos y releíamos durante toda una semana hasta dejarla casi en jirones. Desde entonces, nuestra correspondencia transcurría regularmente. Los colonos escribían a Gorki por destacamentos, me traían las cartas para que yo las retocase, pero a mí me parecía que no era preciso ningún retoque, que cuanto más naturales fueran las cartas, con más agrado las leería Gorki. Por eso, mi trabajo como corrector de estilo se limitaba a observaciones de este género:
-¡Qué papel tan malo habéis elegido!
-¿Y por qué no habéis firmado?
Cuando llegaba alguna carta de Italia, antes de que cayera en mi poder tenía que pasar por las manos de cada colono. Los muchachos se asombraban de que el propio Gorki hubiera escrito la dirección en el sobre y la contemplaban con una mirada condenatoria la efigie del rey en el sello:
-¿Cómo pueden esos italianos aguantar tanto tiempo? ¿Qué falta hace... un rey?
La carta podía ser abierta únicamente por mí, y yo la leía en voz alta primero una vez y luego otra, y después se la entregaba al secretario del Soviet de jefes y la leían todos los que lo deseaban y cuantas veces querían. Para ello, Lápot exigía que se observase una sola condición:
-No manchéis la carta con los dedos. Tenéis ojos y podéis leer con ellos, ¿para qué necesitáis los dedos?
Los muchachos sabían encontrar en cada línea escrita por Gorki todo un sistema de filosofía, tanto más importante porque aquellas líneas no podían ser puestas, en duda. Los libros eran otra cosa. Con los libros se podía discutir, se les podía negar en caso de que hicieran afirmaciones erróneas. Pero ahora no se trataba de un libro, sino de una carta viva del propio Máximo Gorki.
Cierto, al principio los muchachos trataban a Gorki con cierta veneración casi religiosa, le consideraban un ser superior a todos los hombres, e imitarle les parecía casi un sacrilegio. Los colonos no creían que en Infancia se describieran hechos de su vida:
-¡Pero si es un escritor! ¿Ha visto acaso pocas vidas humanas? Habrá descrito lo que ha visto, pero él, de pequeño, no era probablemente -igual que todos.
Me costó gran trabajo persuadir a, los colonos de que Gorki escribía la verdad en su carta; que también un hombre de talento necesita trabajar y estudiar mucho. Los rasgos humanos del hombre vivo, por ejemplo de ese mismo Aliosha, cuya vida se parecía tanto a la vida de muchos colonos, iban haciéndose poco a poco próximos y comprensibles para nosotros sin ningún esfuerzo. Y entonces fue cuando los muchachos quisieron con particular afán ver a Gorki, entonces fue cuando comenzaron a soñar con su visita a la colonia, pero sin creer jamás plenamente que eso pudiera ocurrir algún día.
-¡Cómo que va a venir a la colonia! Tú crees que eres el mejor de todos. Gorki tiene miles como tú. No; miles no, decenas de miles...
-¿Cómo?, ¿tú crees que escribe a todos?
-¿Y tú crees que no? Escribirá unas veinte cartas al día. Calcula cuántas cartas salen al mes. Seiscientas cartas. ¿Ves?
Con ese motivo, los muchachos, emprendieron una verdadera investigación y se presentaron especialmente en mi despacho para preguntarme cuántas cartas diarias escribía Gorki.
-Yo creo que una o dos cartas y, además, no todos los días.
-¡Es imposible! ¡Más! ¡Muchas más!...
-Nada de eso. Tened en cuenta que escribe libros, y para esto hace falta tiempo. ¿Y cuánta gente le visita? ¿Y tú crees que no necesita descansar?
-Entonces, según usted, resulta que, como nos ha escrito, eso significa que somos conocidos de Gorki.
-No somos conocidos -repliqué yo- sino gorkianos. Es nuestro padrino. Y cuanto más le escribamos y si, además, llegamos a conocernos personalmente, acabaremos siendo amigos. Y Gorki tiene pocos amigos como nosotros.
Por fin, la animación de la imagen de Gorki llegó a lo normal en la colonia, y sólo entonces comencé a advertir no veneración ante un gran hombre, no admiración por un escritor ilustre, sino auténtico amor vivo a Gorki y una verdadera gratitud de los gorkianos hacia este hombre lejano, un tanto incomprensible, extraordinario, pero, a pesar de todo, verdaderamente vivo.
Para los colonos era muy difícil manifestar su amor. No sabían escribir cartas que lo expresaran, incluso se azoraban al hablar de ello, porque se habían acostumbrado severamente a no patentizar ningún sentimiento. Sólo Gud y su destacamento hallaron una salida. En una carta a Gorki le pidieron la medida de su pie para hacerle unas botas altas. El primer destacamento estaba seguro de que Gorki accedería sin falta a su petición, porque las botas eran, sin duda, una cosa de valor: en nuestra zapatería se encargaban botas contadísimas personas, y éste era un asunto bastante complicado: había que ir muchas veces al mercado y encontrar el cuero necesario, había que comprar suelas, y plantillas, y forros. Además, se precisaba un buen zapatero para que las botas no apretasen, para que fueran bonitas. A Gorki las botas le vendrían siempre bien y, además, le sería agradable calzar unas botas confeccionadas por los colonos y no por cualquier zapatero italiano.
Un zapatero conocido de la ciudad, considerado un gran especialista en su oficio, confirmó la opinión de los muchachos un día que vino a la colonia a moler un saco de harina:
-Los italianos y los franceses no llevan botas como nosotros ni saben hacerlas -dijo-. Pero, ¿qué botas pensáis hacerle a Gorki? Hay que saber cómo le gustan: qué tacón y qué caña... Si la quiere suave, hay que hacerla de una manera, pero suele haber gente que prefiere la caña dura. Y luego el material: yo creo que hay que hacerle botas de tafilete con la caña de piel de becerro. Y otra cuestión es la altura.
Gud se quedó estupefacto ante lo complicado de la cuestión y acudió a consultar conmigo:
-¡Menuda vergüenza si nos salen mal las botas! ¡Qué vergüenza seria! ¿Y de qué hacerlas, de cabritilla o de charol? ¿Y quién va a conseguir el charol? ¿Yo? ¿Tal vez Kalina Ivánovich? Él dice: pero ¿qué ilusiones son ésas? ¡Hacerle unas botas a Gorki! Kalina Ivánovich dice que a Gorki le hace las botas el zapatero del rey de Italia.
Kalina Ivánovich intervino en la conversación:
-¿Acaso no te he dicho la verdad? Todavía no existe la casa Gud y Compañía. No sois capaces de hacer unas botas elegantes. Botas buenas son las que se ponen sobre el calcetín sin levantar callo. ¿Y vosotros cómo las hacéis? Se pone uno tres peales y todavía hacen daño, parásitos. ¡Estaría bien que le levantaseis callos a Gorki! Gud andaba triste y hasta enflaqueció a causa de todas esas cavilaciones.
Un mes más tarde nos llegó la respuesta. Gorki escribía:

"No necesito botas altas. Vivo casi en una aldea y aquí se puede andar sin necesidad de botas".

Kalina Ivánovich encendió la pipa y enderezó la cabeza con un aire importante:
-Es un hombre inteligente y comprende, que vale más andar sin botas altas que ponerse las que tú hubieras hecho, porque hasta Silanti maldice la vida con tus botas, y eso que él está acostumbrado a todo...
Gud decía, parpadeando:
-Claro, ¿acaso se puede hacer buenas botas, si el zapatero está aquí y el cliente en Italia? No importa, Kalina Ivánovich, todavía hay tiempo. ¡Si viene a vernos, ya verá qué botas le fabricamos!...
El otoño transcurría apaciblemente.
Fue un acontecimiento la llegada de Liubov Savélievna Dzhurínskaia, inspector del Comisariado del Pueblo de instrucción Pública. Venia de Járkov exclusivamente para ver la colonia y yo la recibí como solía recibir a los inspectores: con la cautela de un lobo que tiene la costumbre de sentirse acosado. Con ella llegó a la colonia María Kondrátievna, sonrosada, y feliz.
-Aquí tiene usted a este salvaje -me presentó María Kondrátievna-. También yo pensaba antes que era un hombre interesante, pero no es más que un asceta. Con él me da miedo: comienza a atormentarme la conciencia.
-Dzhurínskaia cogió a Bókova por los hombros y la dijo:
-Vete de aquí; nos pasaremos sin tu frivolidad.
-Como queráis -asintieron cariñosamente los hoyuelos de María Kondrátievna-. Aquí encontraré gente que sepa apreciar mi frivolidad. ¿Dónde están ahora sus muchachos? ¿En el río?
-¡María Kondrátievna! -gritaba ya, desde el río la voz de contralto de Shelaputin-. ¡Venga aquí, tenemos una montaña de hielo!
-¿Y cabremos los dos? -preguntó María Kondrátievna ya camino del río.
-¡Cabremos y aún habrá sitio para Kolka! Pero usted lleva falda y, si se cae, no será muy cómodo.
-No importa, yo sé caerme respondió María Kondrátievna, disparando una mirada a Dzhurínskaia
Se precipitó hacia la montaña de hielo del Kolomak, y Dzhurínskaia, después de seguirla con una mirada cariñosa, exclamó:
-¡Qué ser tan extraño! Está aquí como en su casa.
-Incluso peor -respondí yo-. Pronto le impondré trabajos extraordinarios por su conducta demasiado bulliciosa.
-Me ha recordado usted mis obligaciones directas. He venido precisamente a hablar con usted acerca del sistema de la disciplina. Es decir, ¿usted no niega que impone castigo? Me refiero a los trabajos extraordinarios. Además, también se dice que practica usted el arresto y que deja a los muchachos a pan y agua.
Dzhurínskaia era una mujer alta, con un rostro puro y unos ojos jóvenes y límpidos. No, sé porqué sentí el deseo de tratarla sin ninguna, diplomacia:
-A pan y agua no les dejo, pero a veces les castigo sin comer. Y también les impongo trabajos extraordinarios. Y naturalmente, puedo arrestarles, pero no en una celda, sino en mi despacho. Está usted bien informada
-Pero todo eso está prohibido.
-Por la ley no está prohibido, y yo no leo lo que escriben diversos chupatintas.
-¿No lee usted literatura paidológica? ¿Está usted hablando en serio?
-Hace ya tres años que no la leo.
-Pero, ¿cómo no le da vergüenza? Y, en general, ¿lee usted?
-En general, leo y no me da vergüenza, téngalo en cuenta. Y me dan mucha pena los que leen literatura paidológica.
-Tendré que disuadirle a usted de eso. Debemos regirnos por una pedagogía soviética.
Decidí poner término a la discusión y dije a Liubov Savélievna:
-¿Sabe usted una cosa? No pienso discutir. Estoy profundamente convencido de que aquí, en la colonia, aplicamos la más auténtica pedagogía soviética, más aún, de que aquí damos una educación comunista. A usted puede convencerla bien la experiencia, bien una investigación seria, una monografía. Y en un diálogo de paso, estas cosas no se resuelven. ¿Va usted a pasar mucho tiempo con nosotros?
-Dos días.
-Perfectamente. Tiene usted a su disposición diversos medios. Mire, hable con los colonos, puede comer con ellos, trabajar, descansar. Haga usted las conclusiones que desee. Incluso puede destituirme, si lo estima pertinente. Puede escribir las conclusiones más extensas y prescribirme el método que sea de su agrado. Es su derecho. Pero yo obraré como crea necesario y como sepa. No sé educar sin castigos. Todavía necesito aprender ese arte.
Liubov Savélievna no pasó con nosotros dos días, sino cuatro, y, durante este tiempo, yo no la vi casi. Los muchachos decían de ella:
-¡Oh, es una mujer muy lista! Todo lo entiende.
Un día, durante su estancia en la colonia, Vetkovski se presentó en mi despacho:
-Antón Semiónovich, me marcho de la colonia...
-¿A dónde?
-Algo encontraré. Esto ha perdido todo interés. Al Rabfak no pienso ir y carpintero no quiero ser. Iré a ver mundo.
-¿Y después qué?
-Después ya veré. Usted deme sólo un documento.
-Bueno. Por la noche se reunirá el Soviet de jefes. Que ellos decidan.
En el Soviet de jefes, Vetkovski se mantuvo hostil y trató de limitarse a responder con evasivas:
-No me gusta esto. ¿Y quién puede obligarme? Iré a donde quiera. Y es asunto mío lo que haga. A lo mejor, robo.
Kudlati se indignó:
-¿Cómo que no es asunto nuestro? ¿Tú vas a robar y crees que eso no es asunto nuestro? Y si yo ahora, por semejantes palabras, te diera en los hocicos, ¿seguirás creyendo que no es asunto nuestro?
Liubov Savélievna palideció, quiso decir algo, pero no tuvo tiempo. Los colonos, enardecidos, empezaron a gritar a Vetkovski. Vólojov se situó frente a Kostia:
-Hay que enviarte a un hospital. Nada más. ¡Mírale, quiere documentos!... Di la verdad. ¿Has encontrado algún trabajo?
El más acalorado de todos era Gud:
-¿Es que hay verjas en la colonia? No las hay. Ya que eres un bandido así, lárgate con viento fresco. ¿Crees que vamos a enganchar al Molodiets y a correr detrás de ti? No. Vete a donde quieras. ¿Para qué has venido a la colonia?
Lápot cortó el debate:
-Basta de hablar. La cosa está clara, Kostia: no te daremos ningún documento.
Kostia inclinó la cabeza y barbotó:
-Ni falta que me hace; me iré sin él. Dadme diez rublos para el camino.
-¿Se los damos? -preguntó Lápot.
Todos callaron. Dzhurínskaia era toda oídos y hasta había cerrado los ojos, recostando la cabeza en el respaldo del diván. Kóval dijo:
-También se ha dirigido al Komsomol para lo mismo. Nosotros le hemos echado del Komsomol. Pero creo que se le deben dar los diez rublos para el camino.
-Esto está bien -dijo alguien-. Por diez rublos no vamos a arruinarnos.
Yo saqué la cartera.
-Le daré veinte rublos. Firma el recibo.
En medio del silencio general. Kostia firmó el recibo, se guardó el dinero en el bolsillo y se puso la gorra.
-Hasta la vista, camaradas.
No le respondió nadie. Solamente Lápot dio un salto y le gritó, ya desde la puerta:
-¡Eh, tú, siervo de Dios! ¡Cuando se te acaben los veinte rublos, no tengas reparo y vuelve a la colonia! ¡Ya los pagarás con tu trabajo!
Los jefes se dispersaban de mal humor. Liubov Savélievna, ya recobrada, exclamó:
-¡Qué horror! Habría que hablar con el chico...
Después se quedó pensativa y dijo:
-¡Pero qué fuerza tan terrible es su Soviet de jefes! ¡Que gente!...
Debía, marcharse al día siguiente por la mañana. Antón llegó con el trineo. En el trineo había paja sucia y no sé qué papeles. Liubov Savélievna se acomodó en el trineo, y yo pregunté a Antón:
-¿Por qué hay tanta porquería en el trineo?
-No he tenido tiempo -masculló Antón, enrojeciendo.
-Estás arrestado hasta que vuelva de la ciudad.
-A la orden -dijo Antón y se apartó del trineo-. ¿En el despacho?
-Sí.
Antón, vejado por mi seriedad, se dirigió lentamente al despacho, y, nosotros salimos en silencio de la colonia. Sólo al llegar a la estación Liubov Savélievna me cogió del brazo y me dijo:
-Basta de dárselas de hombre feroz. Tiene usted una excelente colectividad. Es algo milagroso. Estoy completamente estupefacta... Pero dígame, ¿está usted seguro que ese... Antón cumplirá ahora el castigo?
Miré, asombrado, a Dzhurínskaia:
-Antón es un hombre de una gran dignidad. Claro que lo cumple. Pero, en realidad, son unas... auténticas fierecillas.
-Eso no es razonable. ¿Lo dice usted por Kostia? Estoy segura de que volverá. ¡Y esto es maravilloso! Tiene usted unos muchachos admirables, y Kostia es el mejor de todos... Yo suspiré sin responder nada.

13. MUECAS DE AMOR Y DE POESÍA

Llegó el año 1925. Comenzó de un modo bastante desagradable.
En el Soviet de jefes, Oprishko declaró que deseaba casarse, pero que el viejo Lukashenko no le daría a Marusia por esposa más que si la colonia le dotaba igual que a Olga Vóronova; en este caso, Lukashenko le admitiría en la casa y los dos se encargarían juntos de la hacienda.
En el Soviet de jefes, Oprishko observó una actitud desagradable de heredero de Lukashenko y de hombre de posición.
Los jefes guardaban silencio, no sabiendo cómo interpretar toda esa historia. Por fin, Lápot, contemplando a Oprishko a través de la punta de un lápiz que tenía casualmente en la mano, le preguntó en voz baja:
-Bien, Dmitró, ¿y tú qué piensas? Supongamos que te dedicas a la hacienda con Lukashenko. ¿Eso quiere decir que vas a ser un campesino?
Oprishko miró a Lápot un poco por encima del hombro y sonrió sarcásticamente:
-Supongamos que sea como dices tú: un campesino.
-¿Y tú cómo supones?
-Ya veremos.
-Bien -cortó Lápot-. ¿Quién desea hablar?
Tomó la palabra Vólojov, jefe del sexto destacamento:
-Hace falta que los muchachos piensen en su destino, eso es verdad. No vamos a estarnos en la colonia hasta la vejez. Y, además, ¿qué oficio tenemos? Los que están en el destacamento sexto, o en el cuarto, o en el noveno, ésos menos mal; pueden salir de la colonia como herreros, carpinteros, molineros... Pero de los destacamentos agrícolas no se sale con ningún oficio. Así, que, si quiere ser campesino, que lo sea. Pero la conducta, de Oprishko es un poco sospechosa. ¿Tú eres miembro del Komsomol?
-¿Y qué importa que sea miembro del Komsomol?
-Yo opino -prosiguió Vólojov- que no estaría mal hablar antes de esto en el Komsomol. El Soviet de jefes necesita conocer la opinión del komsomol sobre este asunto.
-El Buró del Komsomol tiene ya su opinión -replicó Kóval-. La colonia Gorki no existe para criar kulaks. Y Lukashenko es un kulak...
-¿Por qué es un kulak? -objetó Oprishko-. El hecho de que tenga la casa techada de hierro no quiere decir nada.
-¿Tiene dos caballos'?
-Sí dos.
-¿Tiene jornalero?
-No.
-¿Y Serioga?
-A Serioga lo tiene porque estaba en una casa de niños y se lo dio el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública. Eso se llama patrocinio.
-Es lo mismo -dijo Kóval-. Del Comisariado o no, de todas formas es un jornalero.
-Pero si se lo han dado...
-Pues tú no lo admitas si eres un hombre decente.
Oprishko no esperaba tal giro del asunto y preguntó perplejo:
-Pero ¿por qué? ¿A Olga, la habéis dotado?
Kóval respondió:
-En primer lugar, lo de Olga es, distinto. Olga se casó con un hombre afecto a nosotros, y ahora los dos se disponen a ingresar en la comuna, y nuestros bienes serán allí de provecho. En segundo lugar Olga no era como tú. Y, en tercer lugar, nosotros no debemos criar kulaks.
-¿Y qué voy a hacer yo ahora?
-Haz lo que quieras.
-No, así no está bien -intervino Stupitsin-. Si se quieren, que se casen. Incluso podemos dotar a Oprishko, pero que no vaya a vivir a casa de Lukashenko sino que ingrese en la comuna. Ahora será Olga quien mande allí.
-El padre no dejará marchar a Marusia.
-Pues que se vaya ella sin, su permiso.
-No podrá.
-Entonces es que te quiere poco y... además es otra kulak.
-¿Y a ti qué te importa si me quiere o no?
-Pues ya ves, me importa. Eso significa que se casa contigo por interés. Si te quisiera...
-Ella quizás me quiere, pero obedece a su padre. Y no puede ingresar en la comuna.
-Pues si no puede, no tienes, por qué dar la lata al Soviet de jefes -respondió groseramente Kudlati-. Tú lo que quieres es arrimarte a un kulak, y a Lukashenko le hace falta un yerno rico, en la casa. Pero ¿a nosotros qué nos importa eso? Se levanta la sesión...
Lápot abrió la boca de oreja a oreja en una sonrisa de satisfacción:
Se levanta la sesión con motivo de débil enamoramiento de Marusia.
Oprishko salió aplanado del Soviet. Andaba por la colonia más sombrío que una nube; se metía con los pequeños, y al día siguiente se embriagó y alborotó en el dormitorio.
El Soviet de jefes se reunió para juzgar a Oprishko por la borrachera.
Todos estaban sombríos, y Oprishko, no menos sombrío, se recostaba contra la pared. Lápot, dijo:
-Aunque eres jefe, ahora se trata de un asunto personal. Por eso sal al centro.
Entre nosotros existía esa costumbre: el culpable debía colocarse en el centro de la habitación.
Oprishko paseó una mira da taciturna por el rostro, del presidente Y masculló:
-No he robado nada y no me pondré en él centro.
-Te pondremos nosotros -dijo Lápot en voz baja.
Oprishko recorrió con la vista al Soviet y comprendió que, efectivamente, los muchachos serían más fuertes que él. Se apartó de la pared y avanzó hasta el centro de la habitación.
-Bueno.
-Ponte firme -exigió Lápot.
Oprishko se encogió de hombros y sonrió sarcásticamente, pero bajó los brazos y se puso firme.
-Y ahora explica cómo te has atrevido a emborracharte y a alborotar en el dormitorio siendo miembro del Komsomol, jefe y colono. Habla.
Oprishko había sido siempre, un hombre de dos estilos: si la situación le era favorable, no escatimaba los gestos temerarios, la audacia y el "yo me río de todo", pero, en realidad, nunca había dejado de ser un diplomático cauteloso y astuto. Los colonos lo sabían muy bien, y por eso la docilidad de Oprishko en el Soviet de jefes no sorprendió a nadie. Zhorka Vólkov, jefe del séptimo destacamento recientemente elegido en lugar de Vetkovski, hizo un ademán despectivo mirando a Oprishko y dijo:
-Ya se ha disfrazado de angelito. Y mañana se las dará otra vez de valiente.
-Déjale que hable -gruñó Osadchi.
-¿Y qué voy a decir? Soy culpable y nada más.
-No, tú habla. ¿Cómo te has atrevido?
Oprishko dio a sus ojos un brillo bien intencionado y se encogió de hombros:
-¿Es que hace falta atreverse para eso? He bebido porque: sentía pena y, cuando un hombre está bebido: no responde de sus actos.
-Mientes -dijo Antón-. Tú responderás. Te equivocas si crees que no vas a responder. Hay que echarle de la colonia, y se acabó. Y echar a todo el que beba... ¡Sin contemplaciones!
-Pero se perderá. -dijo Gueórguievski abriendo los ojos-. Se perderá en la calle.
-¡Que se pierda!
-Pero ¡si ha bebido porque tenía pena! ¿Cómo sois tan exigentes? El hombre tiene una pena, y vosotros le dais la lata con el Soviet de jefes. -Osadchi examinaba con franca ironía el rostro fingidamente bonachón de Oprishko.
-Y Lukashenko no le admitirá si no lleva algo a la casa -intervino Taraniets.
-¿Y a nosotros qué nos importa eso? -gritó Antón-. Si no le admite, que se busque Oprishko otro kulak...
-¿Por qué hemos de expulsarle? -comenzó tímidamente Gueórguievski-. Es un colono viejo; cierto que ha procedido mal, pero puede corregirse. Y hay que tener en cuenta que Marusia y él están enamorados. Hay que ayudarles de algún modo...
-¿Acaso es un niño desamparado? -intervino sorprendido, Lápot-. ¿De qué tiene que corregirse? Es un colono.
Tomó la palabra Schnéider, el nuevo jefe del octavo de destacamento, que había sustituido a Karabánov en este heroico grupo. En el octavo destacamento había titanes como Fedorenko y Korito. Dirigidos por Karabánov, habían limado perfectamente uno contra otro sus personalidades angulosas, y Karabánov sabía dispararles como de un tirador para cualquier tarea, y ellos poseían el talento de sacar adelante el trabajo más difícil con el orgullo de unos zaporogos y la bandera de la colonia muy en alto. Al principio Schnéider había sido una cosa extraña en el destacamento. Había llegado pequeño, débil, morenito, con el pelo rizado. Después de la vieja historia de Osadchi, el antisemitismo no había vuelto nunca a levantar cabeza en la colonia, pero la actitud con relación a Schnéider había continuado siendo irónica durante mucho tiempo. Efectivamente, Schnéider combinaba a veces de un modo muy cómico las palabras y las expresiones rusas y trabajaba de un modo cómico y torpón en el campo. Pero, pasaba el tiempo, y gradualmente fueron estableciéndose nuevas relaciones en el octavo destacamento: Schnéider había pasado a ser el favorito del destacamento; los caballeros de Karabánov se enorgullecían de él. Schnéider era muy inteligente y poseía una profunda y delicada organización espiritual. Con sus grandes ojos negros, sabía verter una serena luz sobre el malentendido más difícil de desembrollar del destacamento, sabía decir la palabra precisa. Y aunque casi no había crecido durante su permanencia en la colonia, estaba mucho más fuerte y había echado músculos; así que no le daba vergüenza andar con camiseta sin mangas durante el verano y nadie reparaba en él cuando se le confiaban las vibrantes manceras del arado. El octavo destacamento le había elegido jefe por unanimidad, y Kóval y yo interpretamos este hecho de la manera siguiente:
-Nosotros mismos sacaremos adelante al destacamento, pero Schnéider nos dará realce.
Sin, embargo, Schnéider, ya al día siguiente de su designación como jefe, demostró que no había cursado en vano la escuela de Karabánov: reveló intenciones no sólo de realzar, sino también de dirigir; y Fedorenko, acostumbrado a los rayos y truenos de Karabánov, empezó a habituarse con la misma facilidad a la reprimenda tranquila y amistosa de que a veces le hacía objeto el nuevo jefe.
-Si Oprishko fuera de los nuevos -dijo Schnéider-, podríamos haberle perdonado. Pero ahora no podemos perdonarle de ningún modo. Oprishko ha demostrado que la colectividad le importa un bledo. ¿Vosotros creéis que lo ha demostrado por última vez? Todos saben que no. Yo no quiero que Oprishko, sufra. ¿Qué falta nos hace eso? Pero que viva algún tiempo fuera de nuestra colectividad, y entonces comprenderá. Y también hay que demostrar a los demás que no toleraremos salidas propias de un kulak. El octavo destacamento exige la expulsión.
La exigencia del octavo destacamento era una razón de peso: en el octavo destacamento casi no había novatos. Los jefes me miraban. y lápot me ofreció la palabra:
-La cosa está clara, Antón Semiónovich, diga usted su opinión.
-Expulsar -pronuncié yo lacónicamente
Oprishko comprendió que no había salvación y renunció a la fingida reserva diplomática.
-¿Expulsarme? ¿Y a dónde voy a ir? ¿A robar? ¿Vosotros creéis que no hay quien os ajuste las cuentas? Iré a Járkov...
En el Soviet de jefes se echaron a reír.
-¡Eso sí que está bien ve a Járkov, allí te darán una notita, y volverás a la colonia y vivirás entre nosotros con plenos poderes. ¡Qué bien vas a estar, qué bien!
Oprishko comprendió que había dicho una tontería y guardó silencio.
-Entonces, sólo Gueórguievski está en contra -dijo Lápot, recorriendo con la vista el Soviet-, ¡Jefe de guardia!
-Presente -se irguió severamente Gueórguievski.
-Ponga a Oprishko fuera de la colonia.
-A la orden -respondió Gueórguievski con el saludo habitual y, haciendo un movimiento de cabeza, invitó a Oprishko a seguirle.
A los dos días nos enteramos de que Oprishko vivía en casa de Lukashenko. Ignorábamos en qué condiciones se habían puesto de acuerdo, pero los muchachos afirmaban que era Marusia quien resolvía todas las cuestiones.
Pasó el invierno. En marzo los muchachos se pasearon por los hielos del Kolomak y tomaron los baños primaverales, porque las viejas fuerzas espontáneas les empujaban al agua en calzones y camisetas desde yolas de construcción propia, pedazos de hielo y ramas de árboles. También hubo las consabidas gripes.
Pero pasaron las gripes, se dispersaron, las nieblas, y pronto Kudlati empezó a encontrar ropa de abrigo abandonada en medio del patio y a armar el escándalo de todas las primaveras, amenazando con entregar los calzones y las camisetas dos semanas antes de la fecha establecida por el calendario.

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