Poema Pedagógico


Antón Semiónovich Makarenko

III PARTE

1. CLAVOS

A los dos días tenía yo que hacerme cargo de la colonia de Kuriazh, y hoy era preciso disponer algo en el Soviet de jefes, decir algo para que los colonos pudieran organizar, en mi ausencia, la dificilísima operación de recoger toda nuestra economía y trasladarla a Kuriazh.
En la colonia, el temor y la esperanza, el nerviosismo y los ojos brillantes, los caballos, los carros y las olas tumultuosas de pequeñeces, de olvidadas "nota bene" y de perdidas correas formaban un nudo tan complicado, que yo no creía que los muchachos fueran capaces de deshacerlo.
Había transcurrido solamente una noche desde el instante en que recibimos el contrato de la cesión de Kuriazh, pero todo en la colonia hablaba ya de la marcha: el estado de ánimo, el ardor, el ritmo. Los muchachos no tenían miedo a Kuriazh, quizá por no haberlo visto en todo su esplendor. En cambio, ante mi mirada mental Kuriazh se alzaba como un espectro fabuloso y terrible, capaz de agarrarme del cuello con todas sus fuerzas, a pesar de que su muerte había sido oficialmente registrada, hacía ya mucho tiempo.
El Soviet de jefes resolvió que marcharan conmigo a Kuriazh únicamente nueve colonos y un educador. Yo pedí que fueran más. Quise demostrar que con fuerzas tan escasas no podríamos hacer nada, que únicamente minaríamos el prestigio de la colonia Gorki, que en Kuriazh había sido despedido todo el personal, que allí había mucha gente irritada con nosotros.
Me contestó Kudlati, sonriendo irónico y cariñoso:
-En realidad, es lo mismo que vayan diez o veinte: de cualquier forma, no harán nada. Cuando vayamos todos, será ya otra cosa: entonces tomaremos Kuriazh por asalto. Tenga usted en cuenta que ellos son trescientos. Aquí hay que prepararlo todo bien. Sólo cerdos debemos transportar 320. Y, además, fíjese: o en Járkov se han vuelto locos o están haciéndolo a propósito, pero el caso es que cada día nos envían chicos nuevos.
También a mí me abrumaban los nuevos. Diluyendo nuestra colectividad, no nos dejaban mantener la colonia Gorki en su pureza y su fuerza primitivas. Y nuestro pequeño destacamento tenía que hacer frente a una multitud de trescientas personas.
Disponiéndome a la lucha contra Kuriazh, yo confiaba de un solo golpe relámpago: era preciso imponerse a los de Kuriazh de manera fulminante. Todo postergamiento, toda esperanza fundada en la evolución, todo plan basado "en la penetración paulatina" haría de nuestra operación un asunto dudoso. Yo sabía que "penetrarían paulatinamente" no sólo nuestras formas, nuestras tradiciones, nuestro ambiente, sino también las tradiciones de la anarquía de Kuriazh. Los sabios de Járkov, al insistir en la "penetración paulatina", seguían aferrados, hablando sinceramente, a sus viejos métodos de trabajo artesano: los buenos muchachos influirían saludablemente en los malos. Pero yo sabía ya que, en una colectividad de formas orgánicas blandengues, los muchachos de la mejor calidad se transforman fácilmente en fierecillas salvajes. Sin embargo, no divergía públicamente del criterio de los "sabios", calculando con matemática exactitud que el golpe decisivo terminaría antes de que comenzasen las diversas y graduales ingerencias. Pero los nuevos me estorbaban. El inteligente Kudlati comprendía que era preciso prepararles para el traslado a Kuriazh con el mismo cuidado que toda nuestra economía.
Por ello, al salir para Kuriazh, al frente de un "destacamento mixto de vanguardia", yo no podía dejar de pensar en la colonia con gran inquietud. Aunque Kalina Ivánovich había prometido tener en sus manos las riendas de la administración hasta el último instante, se encontraba abatido y abrumado ante la idea de la separación inminente, que lo único que podía hacer era dar vueltas entre los muchachos, recordando con gran trabajo diversos detalles y olvidándolos en el acto, embargado por su amargo dolor senil. Los colonos escuchaban atentos y cariñosos las disposiciones de Kalina Ivánovich, respondían con un saludó recalcado y un animoso "a la orden", pero en cuanto ocupaban sus puestos de trabajo, se desprendían rápidamente del molesto sentimiento de lástima hacia el viejo y organizaban las cosas a su entender.
Dejé a Kóval al frente de la colonia. A lo que más temía Kóval era a ser engañado por la comuna Lunacharski, que heredaba de nosotros la finca, los campos sembrados y el molino. Los representantes de la comuna iban y venían ya entre las distintas piezas del mecanismo de la colonia, y hacía ya mucho tiempo que la pelirroja barba del presidente Nesterenko contemplaba desconfiadamente a Kóval. Olia Vóronova no veía con buenos ojos los duelos diplomáticos de estos dos hombres y trataba de convencer a Nesterenko:
-Nesterenko, vete a casa. ¿Qué temes? Aquí no hay ningún bribón. ¡Te digo que te vayas a casa!
Nesterenko sonríe astutamente con los ojos, y señala a Kóval, rojo e irritado:
-Oliechka, ¿tú conoces a este hombre? Es un kulak, un kulak por naturaleza...
Kóval se turba, enrojece más aún y pronuncia con dificultad, pero con obstinación:
-¿Y tú qué creías? ¡Hay que ver cuánto trabajo han invertido aquí los muchachos! ¿Y Yo debo regalártelo? ¿Por qué? ¿Porque eres de la comuna Lunacharski? ¡Tenéis la tripa llena y todavía os hacéis los pobretones!... ¡Pagad!...
-Pero tú piénsalo: ¿cómo voy a pagarte?
-¿Y por qué tengo que pensar yo en eso? En qué pensabas tú cuando yo te preguntaba: ¿sembramos? Tú entonces te las dabas de gran señor: ¡sembrad! Pues bien, ¡paga ahora! Por el trigo y por el centeno, y por la remolacha...
Ladeando un poco la cabeza, Nesterenko desata su bolsa de tabaco, busca algo en el fondo y sonríe con aire culpable:
-Eso es justo, tienes razón... las semillas, claro está... Pero, ¿por qué quieres que pague el trabajo? Los muchachos podían, ¿cómo decirlo?, haber trabajado para la sociedad...
Kóval salta furiosamente de la silla y, ya en la salida, se vuelve arrebatado, como si tuviera fiebre:
-¿Y por qué razón, vagos del demonio? ¿Es que estáis enfermos? ¡Decís que sois de la comuna y abrís la boca para engullir el trabajo de unos niños!... ¡Si no pagáis, se lo daré a los de Gonchárovka!
Olia Vóronova despide a Nesterenko, y un cuarto de hora más tarde cuchichea en el jardín con Kóval, armonizando gracias a un talento netamente femenil sus contradictorias simpatías por la colonia y por la comuna. La colonia es para Olia, lo mismo que una madre y en la comuna, ella es quien domina manifiestamente, venciendo a los hombres con sus amplios conocimientos agronómicos, heredados de Shere, y ganando a las mujeres con una prédica tenaz y sarcástica acerca de la emancipación femenina y utilizando, para casos y coyunturas difíciles, una especie de grupo de choque, compuesto por veinte muchachas y muchachos que la siguen como si fuese la Doncella de Orleáns. Olia conquistaba a la gente con su cultura, su energía, su fe animosa, y Kóval, viéndola, se jactaba:
-¡Obra nuestra!
Olia se sentía orgullosa del valioso regalo que la colonia Gorki legaba a la comuna Lunacharski en forma de hacienda ordenada, con un cultivo alternado de seis hojas y, sin embargo, este regalo era para nosotros una catástrofe económica. En ningún lugar se siente la enorme significación del trabajo invertido como en la agricultura. Nosotros sabíamos perfectamente lo que era extirpar las malas hierbas, organizar la rotación de cultivos, reparar, hacer cada pieza, conservar y mantener limpio cada pequeño elemento de este proceso lento, largo e invisible. Nuestra verdadera riqueza estaba en algo muy profundo, en el entretejido de las raíces de las plantas, en los establos habituales y elaborados filosóficamente, en el corazón de estas ruedas, de estas varas, de estos timones y estas aspas, tan simples a primera vista. Y ahora, cuando había que abandonar muchas de estas cosas y arrancar otras muchas a la armonía general y embutirías en la estrechez de sofocantes vagones de mercancías, se comprendía por qué una verdosa tristeza envolvía a Shere, por qué en sus movimientos había aparecido algo que recordaba a la víctima de un incendio.
Sin embargo, la tristeza no impedía a Eduard Nikoláievich preparar metódico y tranquilo sus bienes para el viaje, y yo, al marchar a Járkov con el destacamento mixto, rehuía sin dolor su mustia figura. En torno nuestro, los colonos, excesivamente ruidosos y alegres, giraban como elfos.
Finalizaban las horas más felices de mi vida. Ahora deploro a veces por qué no me detuve entonces con reconcentrada atención, por qué no me obligué a contemplar intensamente aquella vida magnífica, por qué no grabé en mi memoria para siempre las luces, y las líneas, y los colores de cada minuto, de cada movimiento, de cada palabra.
Entonces me parecía que ciento veinte colonos no eran simplemente ciento veinte niños desamparados que habían hallado albergue y trabajo. No, eran centenares de esfuerzos éticos, centenares de energías musicalmente armónicas, centenares de lluvias bienhechoras, que hasta la propia naturaleza, esta mujer enfática y soberbia, espera con impaciencia y alegría.
En aquellos días era difícil ver a algún colono que anduviera tranquilamente. Todos habían adquirido la costumbre de correr de un lado para otro, de saltar como golondrinas, con el mismo diligente gorjeo, con la misma disciplina clara y feliz y la misma belleza de movimientos. Hubo un instante en que yo incluso pequé y me dije: para la gente dichosa no es necesario ningún poder; lo sustituirá este instinto tan alegre, tan nuevo, tan humano, cuando cada hombre sepa exactamente qué debe hacer, cómo hacerlo y para qué hacerlo. Así pensaba yo a veces. Sin embargo, la réplica de algún Aliosha Vólkov, que volvía, descontento, su rostro con manchas hacia el lugar de la alarma, me hacía descender rápidamente de las alturas anarquistas:
-¿Qué estás haciendo, pedazo de atún? ¿Qué clavos utilizas para cerrar ese cajón? ¿Es que tú crees que los clavos de tres pulgadas están tirados por la calle?
Enérgico y acalorado, el pequeñuelo deja caer, en un gesto impotente, el martillo y se rasca con él, perplejo, el talón desnudo:
-¿Cómo? ¿Pues cuántas pulgadas deben tener?
-Para eso existen los clavos viejos, ¿comprendes?, los clavos usados. ¡Espera!... ¿Y de dónde has sacado éstos?
Es decir... ¡ha comenzado! Vólkov ya ha caído sobre el pequeñuelo y analiza iracundo su ser, que de pronto ha resultado en contradicción con la idea de los clavos nuevos de tres pulgadas.
¡Sí! ¡Aún hay tragedias en el mundo!
¡Hay muchos que no saben qué son los clavos usados!
Por medio de diversos e ingeniosos métodos hay que arrancarlos de tablas viejas, de cosas rotas y muertas, y de ahí salen reumáticamente torcidos, herrumbrosos, con las cabecitas deformes, con las puntas estropeadas, a veces doblados en dos, en tres, frecuentemente en forma de tirabuzón o de nudos, que no podría hacer a propósito ni el cerrajero de más talento. Hay que enderezarlos con el martillo sobre un pedazo de raíl, sentado en cuclillas y dándose con frecuencia en los dedos y no en el clavo. Y, después, al emplear de nuevo estos clavos viejos, se doblan, se rompen y no penetran donde hace falta. Quizá por eso los muchachos de la colonia aborrecen los clavos viejos y realizan sospechosos negocios con los nuevos, sentando el comienzo de procesos judiciales y profanando la causa grande y alegre de la marcha a Kuriazh.
¿Ahora bien, se trataba solamente de los clavos? Todas estas mesas sin barnizar, estos bancos de los modelos más diversos, esta enorme cantidad de diferentes banquetas, de viejas ruedas, de hormas de calzado, de cepilladoras desgastadas, de libros rotos, todo este poso de la vida quieta y de los intereses económicos hería nuestra bizarra cruzada... Pero daba lástima abandonarlo.
¡Y los muchachos nuevos! Empezaban a dolerme los ojos cuando veía sus figuras mal cortadas, extrañas. ¿No sería mejor dejarles aquí, cedérselos a alguna casa pobre de niños, deslizando en forma de soborno un par de lechones o unas cuantas decenas de kilos de patatas? Yo no hacía más que revisar su composición y seleccionarlos por grupos, clasificándoles desde el punto de vista de su valor humano y social. En aquel tiempo poseía ya una mirada bastante experta, que al primer golpe de vista, orientándome por indicios externos, por inapreciables muecas de la fisonomía, por la voz, por la manera de andar y aun por otros pequeños detalles de los individuos, quizá hasta por el olor, me permitía predecir de manera relativamente exacta qué producción saldría, en cada caso concreto, de esta materia prima.
He aquí, por ejemplo, a Oleg Ognev. ¿Llevarle a Kuriazh o dejarle aquí? No, a éste no se le puede abandonar. Es de una calidad rara e interesante. Oleg Ognev es un aventurero, un viajero y un descarado, según todas las probabilidades descendiente de los antiguos normandos y, lo mismo que ellos, alto, largo y rubio. Tal vez entre él y sus antepasados, los varegos, ha habido unas cuantas generaciones de buenos intelectuales rusos, porque Oleg tiene una frente alta y despejada y una boca inteligente, que se extiende de oreja a oreja y que armoniza a las mil maravillas con sus ojos grises y animosos. Oleg fue detenido por no sé qué negocio con unos giros postales y llegó a la colonia en compañía de dos milicianos. Oleg Ognev, alegre y bonachón, caminaba entre ellos, examinando con curiosidad su incierto futuro. Libre, por fin, de sus guardianes, Oleg escuchó serio y cortés mis primeras instrucciones, habló afectuosamente con los viejos colonos, contempló alegre y sorprendido a los pequeños y, deteniéndose en medio del patio, separó sus finas piernas y se echó a reír:
-Entonces, ¿ésta es la colonia Máximo Gorki? ¡Fíjate! Bueno, pues hay que probar...
Le destinaron al octavo destacamento, y Fedorenko, al verle, entornó, desconfiado, un ojo:
-Tú, seguramente, para el trabajo... no serás muy fogoso, ¿verdad? Y la chaquetita que llevas no es muy apropiada... ¿sabes?...
Oleg examinó sonriente su elegante chaqueta, alzando alternativamente sus faldones, y escrutó con alegría el rostro del jefe.
-Esto, ¿sabes?, no tiene importancia, camarada jefe. La chaqueta no me estorbará. ¿Quieres que te la regale?
Fedorenko se echo a reír a carcajadas y, con él, rompieron también en una carcajada los demás titanes del octavo destacamento.
-Venga, déjame ver cómo resulta.
Hasta el anochecer anduvo Fedorenko sin quitarse la chaqueta de Oleg, haciendo reír a los colonos con aquel "chic" nunca visto entre nosotros, pero a la noche devolvió la prenda a su dueño y le dijo severamente:
-Escóndela lo más lejos posible y ponte esta camiseta. Mañana pasearás detrás de la sembradora.
Después de contemplar con sorpresa a su jefe, Oleg echó una mirada sarcástica a la chaqueta:
-Entonces, ¿esta clámide no corresponde al lugar? A la mañana siguiente apareció con la camiseta, mascullando irónicamente para sí:
-¡Proletario! ¡Habrá que pasear detrás de la sembradora!... Es un asunto nuevo.
En el asunto nuevo las cosas no le salían bien a Oleg. La sembradora, por causas ignotas, no le obedecía, y él iba tristemente en pos de ella, tropezando en los desniveles del terreno y saltando sin cesar a la pata coja en el inútil afán de sacarse una espina. No sabía manejar la reja de la sembradora, y cada tres minutos gritaba al que iba delante:
-Señor, detenga usted sus bestias, que aquí se ha producido una pequeña avería...
Fedorenko pasó a Oleg a otro trabajo; le encargó que fuese con el rastrillo, pero a la media hora Oleg alcanzó a Fedorenko y le dijo cortésmente:
-Camarada jefe, ¿sabe usted una cosa? Se ha sentado.
-¿Quién se ha sentado?
-La yegua. Fíjese: se ha sentado y, ¿sabe?, no se mueve. Hable usted con ella, por favor.
Fedorenko corre hacia donde está Mary, tumbada a sus anchas, y se indigna:
-¡Diablos!... ¿Qué has hecho? ¡Todo lo has embrollado! ¿Qué hace aquí este tirante?
Oleg intenta sinceramente enmendar el entuerto:
-¿Sabe? ¡Es que hay una de moscas!... Se ha sentado y no se mueve, cuando hay que trabajar, ¿verdad?
A través de la collera, que le sale por las orejas, Mary mira rabiosamente a Oleg. También se enfada Fedorenko:
-Está sentada... ¿Es que una yegua puede estar sentada? ¡Azúzala!
Oleg agarra las riendas y vocifera:
-¡Arre!
Fedorenko se ríe.
-¿Por qué gritas "arre"? ¿Es que eres cochero?
-Sabe, camarada jefe...
-Parece que te han dado cuerda con lo de camarada jefe.
-¿Pues cómo hay que decir?
-¡Cómo va a ser!... ¿Es que yo no tengo nombre?
-¡Ah!... Mire, camarada Fedorenko, yo, claro está, no soy cochero, pero, créame, es la primera vez en mi vida que trato íntimamente con Mary. He tenido conocidas que también se llamaban Mary... pero con ellas era otra cosa, porque, ¿sabe?... aquí hay que manejar tirantes, colleras...
Fedorenko contempla ferozmente con sus ojos serenos y fuertes la figura entre elegante y destartalada del varego y escupe.
-¡Deja en paz la lengua y cuida del tiro!
Al anochecer, Fedorenko abre, desalentado, los brazos y pronuncia sin apresurarse la sentencia:
-¿Para qué diablos sirve? Comer pasteles, cortejar a las señoritas... Me parece que no nos conviene. Por eso digo que no hace falta llevarle a Kuriazh.
El jefe del octavo me mira preocupado y serio, esperando que sancione su veredicto. Yo comprendo que el proyecto pertenece a todo el octavo destacamento, que, como es sabido, se distingue por sus convicciones macizas y por sus exigencias respecto al individuo. Pero, respondo a Fedorenko.
-A Ognev le llevaremos a Kuriazh. Tú explica a la gente del destacamento que es preciso hacer de él un trabajador. Si vosotros no lo conseguís, nadie lo conseguirá, y Ognev se convertirá en un enemigo del Poder soviético, en un golfo. ¿Comprendes?
-Comprendo -dice Fedorenko.
-Explícalo en el destacamento.
-Bueno, habrá que explicarlo -asiente, convencido, Fedorenko y se lleva la mano a la nuca, ese lugar sagrado en que nosotros, los eslavos, guardamos los problemas malditos.
Así, pues, Oleg Ognev viene con nosotros. ¿Y Uzhikov? Respondo categóricamente y con rabia: Arkadi Uzhikov no debe venir y, en general, ¡al diablo con él! En cualquier otra producción, si un hombre recibiese una materia prima tan inservible, exigiría la convocatoria de decenas de comisiones, levantaría decenas de actas, haría que interviniera en este asunto el Comisariado del Pueblo del interior y todo género de controles y, en caso extremo, escribiría una carta a Pravda, pero acabaría dando con el culpable. Nadie puede obligar a hacer locomotoras de cubos viejos o conservas de mondas de patata. Y yo no debo hacer locomotoras ni conservas, sino hombres verdaderamente soviéticos. ¿Y de qué? ¿De Arkadi Uzhikov?
Arkadi Uzhikov vagabundeaba desde pequeño por los caminos del mundo, y las ruedas de hierro de todos los carros de la historia y de la geografía han pasado por él. Era todavía pequeño cuando su padre abandonó a la familia. Los penates de Arkadi se vieron embellecidos por un nuevo padre, que había sido algo en la barraca de feria del gobierno de Denikin. Con este gobierno, el nuevo papá de Uzhikov y toda su familia decidieron abandonar los límites del país e instalarse en el extranjero. El voluble destino, por causas ignotas, les deparó un lugar tan poco apropiado como Jerusalén. En esta ciudad, Uzhikov perdió a todos sus parientes, muertos no tanto de las enfermedades como de la ingratitud humana, y quedó en la inacostumbrada compañía de árabes y otras minorías nacionales. Con el transcurso del tiempo, el auténtico padre de Uzhikov, que, por aquel entonces, había conseguido captar satisfactoriamente los secretos de la "nueva política económica" y que por ello había pasado a ser miembro de cierto combinado, resolvió, de pronto, modificar su actitud respecto a su descendencia. Buscó a su desdichado hijo y logró aprovechar con tanto acierto la situación internacional, que Arkadi fue metido en un barco, provisto de un acompañante y llevado hasta el puerto de Odessa, donde cayó en los paternos brazos. Pero ya dos meses más tarde el padre se horrorizó al conocer algunas brillantes consecuencias de la educación adquirida por su hijo en el extranjero. En Arkadi se conjugaban a las mil maravillas el impulso ruso y la fantasía morisca, y, en fin de cuentas, el viejo Uzhikov fue escrupulosamente desvalijado. Arkadi se llevó al mercado no sólo las joyas de familia -los relojes, las cucharas y los portavasos de plata-, no sólo los trajes y la ropa blanca, sino incluso algunos muebles, y, para colmo, utilizó hábilmente el talonario de cheques del padre al descubrir en su joven firma un profundo parecido familiar con la enrevesada rúbrica del viejo Uzhikov.
Los mismos brazos poderosos que habían sacado a Arkadi de las cercanías del sepulcro del Señor se pusieron por segunda vez en acción. En plena efervescencia de nuestros preparativos de marcha, Uzhikov padre, con refinamiento europeo y la seriedad de una gran empresa, todavía no muy viejo, tomó asiento frente a mí y me expuso circunstanciadamente la biografía de Arkadi, terminando su relato con un leve temblor en la voz:
-¡Sólo usted puede devolverme a mi hijo!
Yo contemplé al hijo, sentado en el diván, y me gustó tan poco, que sentí deseos de devolvérselo inmediatamente a su atribulado padre. Pero, con el hijo, el padre traía unos papeles, y yo no sentí fuerzas para discutir con ello. Arkadi se quedó en la colonia.
Era alto, flaco y desgarbado. A un lado y otro de su cabeza, intensamente pelirroja, sobresalían unas enormes orejas de un rosado traslúcido; su rostro sin cejas, espolvoreado de grandes pecas, parecía tender siempre hacia abajo; la nariz, gruesa y colgante, pendía como si pesara más que el resto de sus facciones. Arkadi miraba constantemente de reojo. Sus ojos turbios, eternamente empapados de un líquido amarillento, producían intensa repugnancia. Añadid a ello una boca babosa, que nunca se cerraba, y una expresión eternamente inmóvil y lúgubre.
Yo estaba seguro de que los colonos le pegarían en los rincones oscuros, que le empujarían al verle, que se negarían a dormir en la misma habitación que él y a comer en la misma mesa, que le odiarían con ese saludable odio humano que yo conseguía sofocar en mí mismo únicamente merced a un esfuerzo pedagógico.
Desde el primer día, Uzhikov comenzó robando a los compañeros y haciéndose aguas menores en la cama. Mitka Zheveli vino a verme y me preguntó en serio, frunciendo sus negras cejas:
-Antón Semiónovich, respóndame usted por las buenas, ¿para qué vamos a llevarnos a uno así? Fíjese usted: de Jerusalén a Odessa, de Odessa a Járkov, de Járkov aquí y ahora a Kuriazh. ¿Para qué vamos a llevarlo?, ¿Es que no hay otras cargas? No, usted dígame...
Yo guardo silencio. Mitka aguarda pacientemente mi respuesta y frunce las cejas, mirando al sonriente Lápot; después comienza otra vez:
-No he visto nunca a nadie como él. Se le debía dar... eso... estricnina... o hacer una bolita de pan... llenarla de alfileres y echársela.
-¡No la cogería! -se ríe Lápot.
-¿Quién? ¿Uzhikov no la cogería? ¡Vamos a tirársela a propósito, y ya verás cómo se la come!... ¡Tú no sabes lo glotón que es! ¡Cómo traga! ¡Puf, no puedo ni recordarlo!...
Mitka se estremece de asco. Lápot le contempla con un gesto de sufrimiento. En mi fuero interno estoy de acuerdo con él y me digo: "¿Qué hacer?... ¡Pero Uzhikov ha venido con tales papelitos!..."
Sentados en el diván de madera, los muchachos se quedan pensativos. Por la puerta del despacho asoma el morrito limpio y sonriente de Vaska Alexéiev, y, en un instante, Mitka irradia de alegría:
-¡De ésos deme usted aunque sea un centenar!... ¡Vaska, ven aquí!
Vaska se cubre de rubor y ofrece precavidamente a Mitka una sonrisa tímida y una mirada fija y cariñosa, se inclina sobre sus rodillas y expresa de pronto sus sentimientos con un sonido indescriptible, en el que se mezclan y confunden el suspiro, el gemido y la risa.
Vaska Alexéiev llegó a la colonia por deseo propio, lloroso y aturdido ante las bribonadas de la vida. Llegó en el preciso momento en que estaba celebrándose una reunión del Soviet de jefes, una tarde de tormenta y de lluvia. Las condiciones meteorológicas, que, al parecer, debían de haber sido en absoluto desfavorables, fueron, sin embargo, el origen de la fortuna de Vaska. De haber hecho buen tiempo, quizá no se le hubiera dejado entrar en la colonia. Pero, como llovía, el jefe del destacamento mixto de guardia le introdujo en el despacho y preguntó:
-¿Qué hacemos con éste? Estaba llorando al lado de la puerta y no cesaba de llover.
Los jefes interrumpieron el debate de los asuntos cotidianos y clavaron la mirada en el recién llegado. Por todos los medios a su alcance -las mangas, los dedos, los puños, la gorra, los faldones de la chaqueta-, Vaska borró rápidamente de su rostro la expresión de pena y, parpadeando con los ojos húmedos, miró a Lápot, en quien reconoció en el acto al presidente. Tenía un rostro agraciado, rubicundo, calzaba unas buenas botas de becerro, y sólo una vieja y destartalada chaqueta de paño desentonaba de su aspecto decente. Tendría unos trece años.
-¿Qué quieres? -le preguntó Lápot con severidad.
-Entrar en la colonia -repuso seriamente el pequeño.
-¿Por qué?
-El padre nos ha abandonado y la madre me ha dicho: ve a donde quieras...
-¿Cómo? Una madre no puede decir semejante cosa.
-Es que mi madre... no es mi madre.
Sólo por un instante Lápot quedó perplejo ante la nueva circunstancia.
-Espera... ¿Cómo dices?... ¡Ah, sí, no es tu madre! Entonces, tu padre es quien debe recogerte. Está obligado, ¿comprendes?...
En los ojos del muchacho brillaron otra vez unas lágrimas amargas y otra vez se ocupó afanosamente de su eliminación, disponiéndose a hablar. Los ojos agudos de los jefes sonreían, viendo los desusados modales del solicitante. Por fin, el solicitante confesó con un suspiro involuntario:
-Es que mi padre... tampoco es mi padre.
Durante un instante todos quedaron silenciosos en el Soviet. Luego estallaron, de pronto, en una estruendosa carcajada. A Lápot incluso se le saltaron las lágrimas de la violencia de su risa:
-¡En menudo lío te has metido, hermano!... ¿Cómo puede ser eso?
El solicitante refirió sencillamente, sin coquetería, clavando la vista en el alegre rostro de Lápot, que le llamaban Vaska y que su apellido era Alexéiev. Su padre, cochero de oficio, había abandonado a la familia, marchándose no se sabía a dónde, y la madre se había casado con un sastre. Luego, la madre comenzó a toser y murió un año después. Entonces, el sastre "fue y se casó con otra". Y ahora, "por Pascua", se había ido a Kongrad y había escrito desde allí que no pensaba volver. "Vivid como queráis", decía.
-Tendremos que admitirle -expuso Kudlati-. Aunque, a lo mejor, estás mintiéndonos. ¿Ea? ¿Quién te ha dicho, que vengas aquí?
-¿Quién? Pues... un hombre... que vive allí... él es quien me ha dicho: allí viven unos muchachos y siembran trigo.
Así admitimos en la colonia a Vaska Alexéiev. Tardó poco tiempo en ser el favorito de todos, y ni siquiera se planteaba entre nosotros la cuestión de si hacía falta o no llevarlo a Kuriazh. Tampoco se planteaba esta cuestión porque era el Soviet de jefes quien había admitido a Vaska, y, por lo tanto, al muchacho podía considerársele, con pleno derecho, como un "príncipe de la sangre".
Entre los nuevos colonos figuraban igualmente Mark Sheinhaus y Vera Berezóvskaia.
A Mark Sheinhaus nos lo envió la Comisión de Odessa encargada de los asuntos de los menores de edad, por robo, como se indicaba en la hoja de ruta. Llegó con un miliciano, pero, a la primera ojeada, yo comprendí que la comisión se había equivocado: una persona con aquellos ojos era incapaz de robar. No intentaré describir los ojos de Mark. En la vida no se encuentran casi nunca ojos así. Sólo es posible hallarlos en los cuadros de artistas como Nésterov, Kaulbach, Rafael, en las imágenes de los santos y, preferentemente, en los rostros de las madonas. Era casi imposible comprender por qué tales ojos habían aparecido en la fisonomía de un pobre judío de Odessa. Y, a juzgar por todos los indicios, Mark era pobre: su escuálido cuerpo de dieciséis años estaba apenas cubierto, en los pies llevaba unos restos indecentes de zapatos, pero su rostro era puro y limpio y su cabellera rizosa aparecía peinada. Mark tenía unas pestañas tan espesas, que, al moverlas, parecían hacer viento.
Yo le pregunté:
-Aquí se dice que has robado. ¿Es verdad?
El dolor negro y santo de los enormes ojos de Mark fluyó de pronto en una corriente apenas perceptible. Mark alzó pesadamente las pestañas e inclinó su rostro triste, delgaducho y pálido:
-Claro que es verdad... Yo... he robado...
-¿Por hambre?
-No, no se puede decir que haya sido por eso. Yo no he robado por hambre.
Mark seguía mirándome de un modo serio, triste, penetrante y sereno.
Yo sentí vergüenza: ¿para qué atormentar a un chiquillo cansado y triste?
Traté de sonreírle lo más cariñosamente posible y le dije:
-No debo recordártelo. Has robado, y, ¡qué le vamos a hacer! Al hombre suelen ocurrirle diversas desgracias. Hay que olvidarlas... ¿Has estudiado en algún sitio?
-Sí, he estudiado. He concluido cinco grados y quiero seguir estudiando.
-¡Eso está muy bien! ¡Magnífico... Te incluiré en el cuarto destacamento de Taraniets. Toma esta nota y busca al jefe del cuarto, Taraniets. Él hará todo lo que haga falta.
Mark cogió el papel, pero, sin ir hacia la puerta, se quedó indeciso junto a la mesa:
-Camarada director, quiero decirle una cosa. Debo decírsela, porque, cuando venía hacia aquí, no hacía más que pensar en cómo se la diría, y ahora ya no puedo más...
Mark sonrió con tristeza, y me clavó la mirada de sus ojos implorantes.
-¿De qué se, trata? Habla...
Yo he estado ya en una colonia, y no puedo decir que allí se estuviera mal. Pero me di cuenta del carácter que se me estaba formando. A mi padre le mataron los de Denikin, yo soy Komsomol, y estaba formándoseme un carácter excesivamente blando. Yo comprendía que eso era muy malo. Yo debía tener un carácter bolchevique, y eso comenzó a atormentarme mucho. Dígame, ¿no volverá a enviarme a Odessa si le digo la verdad?
Mark iluminó desconfiadamente mi rostro con sus ojos maravillosos y grandes.
-Cualquiera que sea la verdad que vayas a decirme, no te enviaré a ningún sitio.
-¡Gracias, camarada director, muchas gracias! Estaba seguro de que usted me contestaría así y por eso me decidí. Me decidí después de leer en el periódico Visti un artículo acerca de su colonia titulado: La forja del hombre nuevo. Entonces comprendí a dónde debía ir, y empecé a solicitarlo. Pero por mucho que lo solicitaba, no conseguía nada. "Es una colonia para delincuentes -me dijeron-, ¿qué necesidad tienes de ir allí?" Entonces me escapé de aquella colonia y me fui derecho a un tranvía. Y todo ocurrió tan de prisa, que usted no puede ni imaginárselo: no hice más que meter la mano en el primer bolsillo cuando en el acto me pescaron y quisieron pegarme. Después me llevaron a la comisión.
-¿Y la comisión creyó que habías robado?
-¿Por qué no iba a creerlo? Son gente justiciera, había testigos y hasta un acta; todo estaba en orden. Y, además, yo dije que ya antes había hurgado en los bolsillos.
Rompí a reír francamente. Me alegraba que mi desconfianza respecto al veredicto de la comisión hubiera resultado fundada. Mark, ya tranquilo, fue a instalarse en el cuarto destacamento.
Un carácter completamente distinto era el de Vera Berezóvskaia.
La cosa ocurrió en el invierno. Había ido yo a la estación para despedir a María Kondrátievna Bókova y enviar por mediación suya una carta urgente a Járkov. Encontré a María Kondrátievna en el andén, discutiendo acaloradamente con un vigilante ferroviario. El vigilante sujetaba de la mano a una muchacha como de dieciséis años, que llevaba unos chanclos en los pies desnudos y sobre los hombros una corta capa, pasada de moda, probablemente regalo de alguna buena viejecita. La cabeza destocada de la muchacha tenía un aspecto terrible: los revueltos cabellos rubios habían dejado ya de ser rubios; por un lado, detrás de la oreja, se alzaban como un cojín bien aplastado, y sobre, los ojos y la frente caían en oscuros y pegajosos mechones: Tratando de desprenderse de la mano del vigilante, la muchacha sonreía. Era muy guapa. Pero en sus ojos vivos y rientes yo tuve tiempo de captar los destellos opacos de la impotente desesperación de una débil fierecilla. La sonrisa era su única forma de defenderse, su pequeña diplomacia.
El vigilante decía a María Kondrátievna:
-A usted le es fácil razonar, camarada, pero ¡hay que ver lo que tenemos que sufrir nosotros con ellos! ¿Tú estuviste la semana pasada en el tren? Borracha, ¿verdad?
-¿Cuándo he estado yo borracha? No hace más que inventar -y la muchacha sonrió ya de un modo encantador al vigilante y, arrancando, de pronto, su mano se la acercó rápidamente a los labios, como si le doliera mucho. Después dijo con suave coquetería-: ya ve usted, me he soltado.
El vigilante hizo un movimiento hacia ella, pero la muchacha, retrocedió tres o cuatro pasos y se echó a reír estrepitosamente, sin hacer caso de la multitud congregada a nuestro alrededor.
María Kondrátievna miró, turbada, en torno suyo. Entonces me vio:
-¡Querido Antón Semiónovich!...
Me llevó aparte y empezó a susurrarme con pasión:
-¡Fíjese usted, qué horror! ¿Es posible esto? Pero si es una mujer guapísima... Y no es porque sea guapísima... es que no se puede consentir esto...
-María Kondrátievna, ¿qué quiere usted?
-¿Cómo qué? No finja, por favor, ¡ave de rapiña!
-¡Vaya, hombre!
-Sí, ave de rapiña... No hace usted más que pensar en su conveniencia, en sus cálculos, ¿verdad? Y esto no le conviene, ¿verdad? Con ésta que se entiendan los vigilantes, ¿eh?
-Pero óigame, si es una prostituta... ¿quiere usted que la lleve a una colectividad de muchachos?
-¡Deje sus consideraciones, desgraciado... pedagogo!
Palidecí del ultraje y dije furioso:
-Bueno, ¡ahora mismo vendrá conmigo a la colonia!
María Kondrátievna me cogió de los hombros:
-Querido Makárenko, simpático, ¡gracias, gracias!...
Se precipitó hacia la muchacha, la agarró por los hombros y empezó a cuchichearle algo en secreto. El vigilante gritó enfadado a los curiosos:
-¿Qué hacéis aquí, papamoscas? ¿Es que esto es un cinematógrafo? ¡Cada uno a lo suyo!
Después, el vigilante escupió, se encogió de hombros y se fue.
María Kondrátievna se acercó a mí con la muchacha, todavía sonriente.
-Le presento a Vera Berezóvskaia. Está de acuerdo con ir a la colonia. Vera, éste es su director. Tenga en cuenta que es una persona muy buena y que usted estará muy bien allí.
Vera me sonrió igualmente:
-¡Iré!... ¿Por qué no?
Nos despedimos de María Kondrátievna y nos acomodamos en el trineo.
-Te helarás -dije a la muchacha y saqué una manta de debajo del asiento.
Vera se arropó en ella y me preguntó alegremente.
-¿Y yo qué voy a hacer en la colonia?
-Estudiarás y trabajarás.
Vera permaneció callada mucho tiempo. Después dijo con una voz caprichosa de "mujer consentida":
-¡Oh, Dios mío!... Yo no pienso estudiar, y no me venga usted con cuentos...
Nos envolvió una noche nublada, oscura, inquietante. Íbamos por un sendero en medio del campo, balanceándonos violentamente en los baches. Yo dije en voz baja a Vera, de modo que no lo oyese Soroka, sentado en el pescante:
-En la colonia todos estudian, lo mismo las muchachas que los muchachos, y tú también estudiarás. Y estudiarás bien. Y para ti empezará una buena vida.
Se apretó contra mí y repitió en voz alta:
-Una buena vida... ¡Oh, qué oscuridad!... Tengo miedo... ¿A dónde me lleva?
-Cállate.
Calló. Entramos en el bosque. Soroka insultaba a alguien a media voz: seguramente al inventor de la noche y del angosto camino forestal.
Vera susurró:
-Le diré una cosa... ¿Sabe usted qué?
-Habla.
-¿Sabe qué?... Estoy embarazada...
Pasados unos minutos, le pregunté:
-¿No es una invención tuya?
-No... ¿Para qué iba a inventarío?... Palabra que es verdad.
A lo lejos brillaron las luces de la colonia. De nuevo cuchicheamos. Yo dije a Vera:
-Te haremos un aborto. ¿De cuántos meses?
-De dos.
-Se te hará.
-Van a reírse de mí.
-¿Quiénes?
-Los suyos... los muchachos...
-Nadie se enterará de nada.
-Se enterarán...
-No. Lo sabremos tú y yo. Y nadie más.
Vera se rió con desparpajo:
-Sí hombre... ¡Me lo voy a creer!
Guardé silencio. Al subir la pendiente que conducía a la colonia, fuimos al paso. Soroka bajó del trineo y echó a andar junto al hocico del caballo, silbando una canción. De pronto, Vera se inclinó sobre mis rodillas y rompió a llorar amargamente.
-¿Qué le pasa? -me preguntó Soroka.
-Está apenada -le respondí.
-Seguro que tiene parientes -adivinó Soroka-. No hay nada peor que tener parientes.
Subió al pescante y agitó él látigo:
-Al trote, camarada Mary, al trote. ¡Así!
Entramos en el patio de la colonia.
Tres días más tarde María Kondrátievna volvió de Járkov. No le dije nada de la tragedia de Vera. Y una semana después explicamos a los colonos que Vera debía ingresar en una clínica: estaba mal de los riñones. Regresó de la clínica dócil y triste y me preguntó en voz baja:
-¿Qué hago ahora?
Yo reflexioné un poco y le respondí modestamente:
-Ahora iremos viviendo.
Por su mirada ligeramente perpleja, comprendí que, para ella, vivir era lo más difícil e incomprensible.
Naturalmente, Vera Berezóvskaia viene con nosotros a Kuriazh. Resulta que vienen todos, hasta los veinte novatos que el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública me ha enviado en los últimos días con una indiferencia absoluta por mis planes estratégicos. ¡Qué bien estaría que fueran conmigo a Kuriazh sólo los once viejos y probados destacamentos gorkianos! Estos destacamentos se han templado en la lucha de nuestros seis años de historia. Tienen muchas ideas, tradiciones, experiencia, ideales y costumbres comunes. Con ellos no hay por qué tener miedo. ¡Qué bien si no tuviera a estos novatos, que, aunque parecen haberse disuelto en los destacamentos, surgen a cada paso ante mí y me turban siempre que los veo: andan, hablan y miran de otro modo, todavía tienen unos rostros desagradables; de "tercera categoría".
Es igual. Mis once destacamentos tienen un aspecto metálico. ¡Pero qué catástrofe si estos once pequeños destacamentos pereciesen en Kuriazh! En vísperas de la salida del destacamento mixto de vanguardia me sentía angustiado y confuso. En el tren de la tarde llegó Dzhurínskaia, se encerró conmigo en el despacho y me dijo:
-Antón Semiónovich, tengo miedo. Todavía no es tarde. Podemos renunciar.
-¿Qué ha ocurrido, Liubov Savélievna?
-Ayer he estado en Kuriazh. ¡Es horrible! No puedo soportar tales impresiones. Usted lo sabe, he estado en la cárcel, en el frente, y jamás he sufrido como ahora.
-Pero, ¿por qué?...
-No sé, no puedo explicarlo... Pero usted imagínese el cuadro: trescientos chiquillos completamente embrutecidos, depravados, rabiosos... es una descomposición animal, biológica... ni siquiera una anarquía... ¡Y qué miseria, qué hedor, cuántos piojos!... No debe usted ir. Hemos tenido una idea muy estúpida.
-¡Pero permítame! Si Kuriazh le produce una impresión tan abrumadora, razón de más para hacer algo.
Liubov Savélievna suspiró pesadamente:
-¡Ah! Acerca de lo que hay que hacer, se podría hablar mucho. Claro que debemos hacer algo. Es nuestra obligación. Pero no hay que sacrificar su colectividad. Usted no conoce su valor, Antón Semiónovich. Hay que cuidarla, desarrollarla, mimarla. No se puede poner en peligro la colonia por un capricho cualquiera.
-¿Por un capricho de quién?
-No sé de quién -replicó, cansada, Liubov Savélievna-. No me refiero a usted: usted ocupa una posición completamente especial. Pero quiero decirle una cosa: tiene usted muchos más enemigos de lo que cree;
-Bueno, ¿y qué?
-Hay gente que vería con gusto que usted fracasara en Kuriazh.
-Lo sé.
-¿Ve usted? Venga, ¡vamos a obrar en serio! ¡Vamos a renunciar! Aún no es difícil.
Sólo pude sonreír a la propuesta de Dzhurínskaia:
-Es usted nuestra amiga. Su atención y su cariño valen más que el oro para nosotros. Pero... ¡Perdóneme! Ahora ocupa usted la vieja posición pedagógica.
-No lo comprendo.
-La lucha contra Kuriazh es necesaria no sólo para los muchachos de allí y para mis enemigos, sino también para nosotros, para cada colono. Esta lucha tiene una significación real. Mézclese usted entre los colonos, escúchelos y verá que la retirada es ya imposible.
Al día siguiente, el destacamento mixto de vanguardia salió para Járkov. En el mismo vagón que nosotros marchó también Liubov Savélievna.

2. EL DESTACAMENTO MIXTO DE VANGUARDIA


A la cabeza del destacamento mixto de vanguardia iba Vólojov. Vólojov era sumamente parco en palabras y gestos, pero sabía expresar muy bien su actitud frente a los acontecimientos o el hombre, y esta actitud estaba siempre saturada de una ironía un poco indolente y de una inalterable seguridad en sí mismo. Estas cualidades en formas primitivas existen en cada granuja redomado, pero, pulidas por la colectividad, dan a la personalidad un brillo noble y reservado y permiten el juego hábil de una fuerza invencible y serena. En la lucha hacen falta jefes así, porque poseen una audacia absoluta y frenos de la mejor calidad. Lo que más me tranquilizaba era la circunstancia de que Vólojov ni siquiera pensaba en Kuriazh y en sus pobladores. A veces, provocado por la charla incesante de los muchachos, Vólojov replicaba con aspereza.
-¡Dejad ya en paz a los de Kuriazh! Ya lo veréis: serán de la misma pasta que todos.
Esta circunstancia no impidió, sin embargo, que Vólojov prestara un cuidado extraordinario a la composición del destacamento mixto de vanguardia. Minuciosamente, en silencio sopesaba cada candidatura y decidía tajante:
-¡No!... ¡Peso ligero!
El destacamento mixto de vanguardia fue constituido con mucha habilidad.
Estaba compuesto exclusivamente por komsomoles, pero, al mismo tiempo, unificaba a los representantes de todas las principales ideas y de los hábitos particulares de la colonia. Formaban parte del destacamento mixto de vanguardia:
1) Vitka Bogoiavlenski*(*"Bogoiavlenski" en ruso significa "presentado por Dios". (N. de la Edit.)), a quien el Soviet de jefes, no deseando entrar en liza con un apellido tan antipático, se lo cambió por otro, de una elegancia nunca vista: Górkovski. Górkovski era delgado, feo y listo como un foxterrier. Perfectamente disciplinado, estaba siempre dispuesto a actuar, de todo tenía una opinión propia y juzgaba a la gente con rapidez y decisión. El principal talento de Górkovski consistía en ver al trasluz a cada muchacho y apreciar sin error su verdadera naturaleza. Al mismo tiempo, Vitka no diluía nunca su atención, y la idea que se formaba de cada persona sintetizábase en el acto por él en imágenes colectivas, en conocimientos de grupos, líneas, diferencias y fenómenos típicos.
2) Mitka Zheveli, nuestro viejo conocido, el representante más afortunado y apuesto del verdadero espíritu gorkiano. Mitka había tenido una infancia feliz, y ahora era un joven maravillosamente esbelto, con una cabeza airosa, en la que resaltaba la mirada viva y brillante de sus ojos un poco rasgados. En la colonia había siempre muchos pequeños que trataban de imitar a Mitka en la manera de expresarse enérgicamente, con gestos inesperados y breves, y en el atildamiento y la pulcritud de su indumentaria, y en la manera de andar, y hasta en su convencido, alegre y bonachón patriotismo de gorkiano. Mitka veía en nuestro traslado a Kuriazh un asunto de gran significación política, estaba seguro de que habíamos encontrado formas acertadas de "organización de los muchachos" y de que, para el provecho de la República proletaria debía ser extendido nuestro hallazgo.
3) Mijaíl Ovcharenko, un muchacho bastante simplote, aunque excelente trabajador, sumamente expansivo respecto a la colonia y a sus intereses. Tenía una biografía muy confusa, en la que él mismo se orientaba con gran trabajo. Había estado en casi todas las ciudades de la Unión Soviética, pero sus andanzas no le habían servido ni para adquirir conocimientos ni para desarrollarse. Desde el primer día se enamoró de la colonia, y en su hoja de servicios no había casi ninguna falta. Servía para muchas clases de trabajo, pero no se había calificado en ninguna rama, porque no soportaba la permanencia en ningún lugar de trabajo durante mucho tiempo. En cambio, poseía un indiscutible talento de administrador, la capacidad de organizar el trabajo del destacamento, la carga y el transporte siempre con rapidez y acierto, salpicando el trabajo de refunfuñamientos y sentencias que no se hacían insoportables, porque despedían invariablemente el hálito agradable de su tontería bien intencionada y de su inextinguible bondad. Misha Ovcharenko era el más fuerte de todos en la colonia, incluso más fuerte que Silanti, y me parece que Vólojov, al elegir a Misha, había tenido principalmente en cuenta esa propiedad.
4) Denís Kudlati, la figura de mayor relieve de la colonia en la época de la ofensiva contra Kuriazh. Muchos colonos se cubrían de un sudor frío cuando Denís pedía la palabra en alguna asamblea general y mencionaba sus nombres. Sabía de un modo fundamental y brillante pulverizar a un hombre y exigir con las palabras más convincentes su expulsión de la colonia. Lo más terrible de todo era que Denís poseía verdadera inteligencia y su argumentación solía ser abrumadoramente maciza. Respecto a la colonia, observaba una actitud profunda y seria, convencido de que era una cosa útil, bien fundida y organizada. En su imaginación, se asemejaba, probablemente, a un carro bien engrasado y ajustado, en el que se podía recorrer con toda tranquilidad y sin prisa mil verstas y, después de andar media hora a su alrededor con el martillo y la aceitera, recorrer otras mil verstas. Kudlati parecía un kulak típico, y en nuestro teatro desempeñaba sólo papeles de kulak, lo cual no impedía que fuese el primer organizador de nuestro Komsomol y su miembro más activo. Al modo gorkiano, era parco en palabras, observaba una actitud silenciosa y hostil respecto a los oradores y soportaba los discursos largos con verdadero sufrimiento físico.
5) Evguéniev había sido elegido por el jefe en calidad de cebo imprescindible para el hampa. Era un buen Komsomol y un camarada fuerte y alegre, pero en su manera de hablar y en sus modales vibraban aún los recuerdos de los tiempos tumultuosos de la calle y del reformatorio y, como era un buen artista, no le costaba trabajo hablar con una persona en su dialecto, de ser necesario.
6) Zhorka Vólkov, la mano derecha de Kóval en el Komsomol, había ingresado en nuestro destacamento como comisario político y artífice de la nueva Constitución. Zhorka era un activista político por temperamento: apasionado, seguro y tenaz. Al enviarle, Kóval dijo:
-Zhorka sabrá tirar de los nervios políticos a esos miserables. Los malditos se creen que viven en la época del imperialismo. Bueno, y si la cosa llega a las manos, Zhorka tampoco se echará para atrás.
7 y 8) Toska Soloviov y Vañka Shelaputin iban como representantes de la joven generación. Los dos, dicho sea de paso, lucían peinados de moda, sólo que Toska era rubio y Vañka moreno. Toska tenía una carita juvenil, fresca y graciosa, y Vañka un rostro astuto, chato y expresivo.
Por último, en el noveno lugar iba el colono... Kostia Vetkovski. Su vuelta a la colonia había ocurrido de la manera más rápida y prosaica. Tres días antes de nuestra partida, Kostia llega a la colonia: flaco, verdoso y avergonzado. Fue acogido con reserva, y sólo Lápot dijo:
-Bueno, ¿y cómo está la roca "Pásame, Señor?
Kostia sonrió con dignidad:
-¡Que se vaya al diablo! No he estado allí.
-¡Qué lástima! -exclamó Lápot--. ¡En vano te ha esperado la maldita!
Vólojov entornó los ojos, mirando amistosamente a Kostia:
-¿Entonces te has atiborrado de cosas interesantes hasta hartarte?
Kostia respondió sin ruborizarse
-Sí, me he atiborrado.
-¿Y de postre qué quieres?
Kostia se echó a reír estrepitosamente:
-Pues ya lo ves, esperaré al Soviet de jefes. Son maestros en lo dulce y en lo amargo...
-Ahora no podemos perder el tiempo con tu menú replicó desabrido Vólojov-. ¿Sabes una cosa? Aliosha Vólkov tiene un pie malo; tú irás en su puesto. Lápot, ¿a ti qué te parece?
-Creo que sirve.
-¿Y el Soviet? -preguntó Kostia.
-Ahora nos hallamos en estado de guerra; podemos prescindir del Soviet.
De esta manera tan inesperada para nosotros y para él, sin trámites y sin psicología, fue a parar Kostia al destacamento mixto de vanguardia. Al día siguiente vestía el traje de colono.
Con nosotros viene también Iván Denísovich Kirguísov, un nuevo educador, a quien yo he atraído intencionalmente del ascetismo pedagógico de Pirogovka en lugar del dimisionario Iván Ivánovich. Para un observador poco perspicaz, Iván Denísovich puede parecer un vulgar maestro de aldea, pero, en realidad, Iván Denísovich es ese héroe positivo que está buscando insistentemente desde hace tiempo la literatura rusa. Iván Denísovich tiene treinta años, es bondadoso, inteligente, tranquilo y posee una rara capacidad de trabajo. De la última cualidad no pueden alabarse los héroes de la literatura rusa, tanto los positivos como los negativos. Iván Denísovich sabe hacerlo todo y siempre está haciendo algo, pero desde lejos parece que aún se le puede encargar algo más. Sólo al acercaros, comenzáis a advertir que no es posible encomendarle ningún nuevo trabajo, pero vuestra lengua, que ya está dispuesta a hablar, no sabe detenerse rápidamente y entonces pronunciáis, enrojeciendo y tartamudeando un poco:
-Iván Denísovich, hay... que... embalar el gabinete de física...
Iván Denísovich levanta la cabeza de algún cajón o cuaderno y sonríe:
-¿El gabinete?... Bueno... Buscaré a algunos muchachos y lo embalaremos...
Vosotros os alejáis avergonzados de allí, mientras Iván Denísovich, olvidando en el acto vuestra monstruosidad, dice cariñosamente a alguien:
-Ve, palomo, y tráeme a unos cuantos muchachos...
Llegamos a Járkov por la mañana. En la estación nos recibió, tan resplandeciente como la mañana de mayo y como nuestro animoso estado de ánimo, el inspector Yúriev, del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública. Nos daba palmaditas en la espalda y no dejaba de decirnos:
-¡Vaya con los gorkianos!... ¡Muy bien, muy bien... ¿Y Liubov Savélievna está también aquí? ¡Magnífico! ¿Saben ustedes una cosa?... Yo tengo un automóvil, vamos a buscar a Jalabuda, y nos marchamos directamente a Kuriazh. ¿Usted también vendrá, Liubov Savélievna? ¡Magnífico! Y los muchachos que vayan en tren hasta Rizhov. La colonia está cerca: a unos dos kilómetros. Pueden ir por el prado. Sólo que hay que darles a ustedes de comer, ¿eh? O tal vez les den de comer en Kuriazh. ¿Usted qué piensa?
Los muchachos me miraban expectantes a mí y contemplaban irónicos a Yúriev. Sus tentáculos combativos, electrizados al máximo, palpaban ansiosos el primer objeto de Járkov: Yúriev.
Yo dije:
-Mire usted, nuestro destacamento mixto de vanguardia es; por decirlo así, el primer escalón de los gorkianos. Ya que nosotros vamos en automóvil, que vayan ellos también. Me parece que se puede alquilar dos automóviles.
Yúriev saltó de entusiasmo:
-¡Magnífico, palabra de honor! ¡Cómo son!... ¡Todo a su manera!... ¡Qué encanto! ¿Sabe usted una cosa? Alquilaré los coches: por cuenta del Comisariado. ¿Sabe? Yo iré con ellos... con los "muchachos"...
-Vamos -dijo Vólojov, enseñando los dientes.
-¡Magnífico, magnífico!... Entonces, vamos... ¡Vamos a alquilar los coches!
Vólojov ordenó.
-Ve tú, Toska;
Toska, saludó y pió "a la orden", Yúriev contempló a Toska con los ojos resplandecientes de entusiasmo y, frotándose las manos, hizo una pirueta:
-¡Pero qué se puede decir! ¡Qué se puede decir!...
Corrió a la plaza, volviendo la cabeza hacia Toska, que, naturalmente, no podía olvidar tan pronto su gravedad de miembro del destacamento mixto de vanguardia e ir corriendo por la estación.
Los muchachos se miraron, Górkovski me preguntó en voz baja:
-¿Quién es... ese tipo tan raro?...
Una hora más tarde, tres automóviles alquilados por nosotros subían a toda marcha la pendiente de Kuriazh y hacían alto cerca de un costado, medió derruido, de la catedral. Unas cuantas figuras, desgreñadas y sucias, se dirigieron indolentes hacia los coches, arrastrando por la tierra sus pantalones largos y rotos, y contemplaron sin mucha curiosidad a los gorkianos, esbeltos como pajes y severos como jueces.
Dos educadores se aproximaron a nosotros y, disimulando apenas su animosidad, cambiaron una mirada entre sí.
-¿Dónde les instalaremos? A ustedes podemos ponerles unas camas en la habitación de los maestros, y los muchachos pueden ir a los dormitorios.
-Eso no tiene importancia. Ya nos instalaremos en algún sitio. ¿Dónde está el director?
El director está en la ciudad. Pero hay un tipo con unos pantalones de color gris claro, ornados de manchas redondas y grasientas, que, con cierto trabajo y con alusiones a la irregularidad del turno, accede, de todas formas, a presentarse como responsable de guardia y a mostrarnos la colonia. Yo no tengo nada que ver en ella. Yúriev se interesa también poco por las impresiones visuales. Dzhurínskaia calla entristecida, y los muchachos, sin esperar al "cicerone" oficial, han corrido ya a examinar las riquezas de la colonia: tras ellos, despacio, ha echado a andar Iván Denísovich.
Jalabuda señala con el bastón diversos puntos del horizonte, evocando algunos detalles de su propia actividad organizadora, enumerando los elementos de los bienes inmuebles de Kuriazh y reduciéndolo todo a un denominador común: el centeno. Los muchachos regresan con una mueca de asombro en el rostro. Kudlati me contempla con una expresión, que parece querer decir: "¿Cómo ha podido usted, Antón Semiónovich, meterse en una historia tan estúpida?" Los ojos de Mitka Zheveli brillan furiosamente. Con las manos metidas en los bolsillos, mira todo por encima del hombro, y Dzhurínskaia capta perfectamente este movimiento despreciativo:
-¿Qué, muchacho? ¿Se está mal aquí?
Mitka no contesta nada. De repente, Vólojov se echa a reír:
-Me parece que no podremos pasarnos sin bofetadas.
-¿Cómo? -inquiere, palideciendo, Liubov Savélievna.
-Tendremos que agarrar por las agallas a esta gentuza -explica Vólojov, y de pronto, sujetando con dos dedos por el cuello a un chiquillo mugriento y delgado, vestido con un largo klift, aunque descalzo y sin gorro, le hace acercarse a Dzhurínskaia.
-Mire usted sus orejas.
El chicuelo mugriento se vuelve dócilmente. Sus orejas son, en efecto, notables. Lo de menos es que estén negras y que la suciedad haya tenido tiempo de acharolarse en los diversos roces cotidianos; es que, además, se hallan adornadas por una tumultuosa invasión de pupas sangrientas, de costras y de granos en vías de cicatrización.
-¿Por qué tienes así las orejas? -pregunta Dzhurínskaia.
El chicuelo mugriento sonríe cohibido, se frota una pierna contra la otra, y vemos que tiene las piernas por el mismo estilo.
-Es sarna -responde con una voz ronca el chicuelo mugriento.
-¿Cuántos días te faltan para morirte? -se interesa Toska.
-¿Por qué para morirme? ¡Quia! ¡Como yo hay muchísimos, y todavía no se ha muerto nadie!
No se ve -ignoro la razón- a los colonos. Por el club cochambroso, por las escaleras salpicadas de escupitajos, por los senderos llenos de excrementos vagan unas cuantas figuras aburridas. En los dormitorios desmantelados y hediondos, donde ni siquiera el sol puede abrirse paso a través de los cristales emporcados por las moscas, tampoco hay nadie.
-¿Dónde están los colonos? -pregunto al educador de guardia.
El de guardia vuelve orgullosamente la cabeza y dice entre dientes.
-Esa pregunta es superflua.
Junto a nosotros, marcha, sin rezagarse, un muchacho carirredondo, como de quince años.
-Bueno, ¿qué tal vivís? -le pregunto yo.
El muchacho levanta hacia mí sus inteligentes morritos, sucios como todos los morros de Kuriazh.
-¿Cómo vivimos? ¡Esto qué va a ser vida! Pero dicen que pronto las cosas irán mejor, ¿es verdad?
-¿Quién lo dice?
-Los muchachos. Dicen que pronto será otra cosa. Pero también dicen que nos pegarán con varas por cualquier cosa que hagamos.
-¿Pegaros? ¿Y por qué?
-Dicen que pegarán a los ladrones. Aquí hay muchos.
-Dime, ¿y tú por qué no te lavas?
-¡Pero si no hay con qué! ¡No hay agua! La central eléctrica está estropeada y la bomba no funciona. Tampoco hay toallas, ni jabón...
-¿Es que no os dan?
-Antes nos daban... Pero ahora lo han robado todo. Aquí lo roban todo. Ahora ya no hay nada ni en el almacén.
-¿Por qué?
-Una noche saltaron el cerrojo de la despensa y robaron todo lo que había. El director quiso disparar...
-¿Y qué?
-Nada... no disparó. Decía: ¡dispararé! Y los muchachos le dijeron: ¡dispara! Pero él no disparó. Lo único que hizo fue llamar a la milicia...
-¿Y la milicia qué hizo?
-No lo sé.
-¿Y tú también te llevaste algo del almacén?
-No, yo no me llevé nada. Quería coger unos pantalones, pero los que había eran grandes y sólo me llevé dos llaves que estaban tiradas en el suelo.
-¿Y hace mucho que ocurrió eso?
-En el invierno.
-Bien... ¿Y cómo te llamas?
-Piotr Málikov..
Vamos hacia la escuela, Yúriev escucha en silencio nuestra conversación. Rezagándose, marcha Jalabuda, rodeado de gorkianos: los muchachos tienen un olfato sorprendente para descubrir a la gente divertida. Jalabuda yergue su rostro rematado por una barba pelirroja y habla de la buena cosecha a los muchachos. Tras él se arrastra, arañando la tierra, un bastón grueso y nudoso.
Por fin entramos en la escuela. Es el antiguo albergue anejo al monasterio, reconstruido por el Comité de Ayuda a la Infancia. El único edificio de la colonia donde no hay dormitorios: un pasillo larguísimo y, a un lado y otro, clases largas y estrechas. ¿Por qué ha sido instalada aquí la escuela? Estas habitaciones sirven únicamente para dormitorios.
Una de las clases, llena de carteles de malos dibujos infantiles, nos es presentada como el rincón de los pioneros. Probablemente, es mantenida tan sólo para las comisiones de revisión y por decencia política: tenemos que esperar, por lo menos, media hora hasta que aparece la llave y es abierta la habitación.
Nos sentamos a descansar en un banco. Mis muchachos se han quedado silenciosos. Vitka susurra cautelosamente tras de mi hombro:
-Antón Semiónovich, hay que dormir en esta habitación. Todos juntos. Pero nada de camas. Están llenas de piojos, ¿sabe?...
Por encima de las rodillas de Vitka se inclina hacia mí Zheveli:
-Y aquí hay muchachos que no están mal. Sólo que no quieren a sus educadores. Y trabajar, no trabajarán sin...
-¿Sin qué?
-No trabajarán si no se les arma antes un buen escándalo.
Comenzamos a discutir el orden de la cesión. De la ciudad llega en un coche de punto el director. Contemplo su rostro obtuso e incoloro, y me digo: realmente, ni siquiera se le puede llevar a los tribunales. ¿Quién ha colocado en el puesto sagrado de director a este ser lamentable?
El director emplea un tono belicoso y nos dice que es preciso entregar la colonia lo antes posible, que él no puede responder de nada.
Yúriev le pregunta:
-¿Cómo que no responde usted de nada?
-Es que los muchachos están muy excitados. Puede ocurrir toda clase de excesos. Tengan ustedes en cuenta que disponen hasta de armas.
-¿Y por qué se hallan tan excitados? -¿No tendrán ustedes la culpa de ello?
-Yo no necesito excitarles. Ellos mismos comprenden a qué huele todo esto. ¿Ustedes creen que ellos no lo saben? ¡Ellos lo saben todo!
-¿Qué es lo que saben?
-Lo que les espera -replica expresivamente el director y con un gesto todavía más expresivo se vuelve hacia la ventana, demostrando así que incluso nuestro aspecto no augura nada bueno para los educandos.
Vitka me susurra al oído:
-¡Qué bicho, pero qué bicho!..
-Calla, Vitka -le tranquilizo yo-. Cualesquiera que sean los excesos que puedan producirse aquí, los responsables de ellos seréis vosotros, independientemente de que ocurran antes o después de la toma de posesión. Y a propósito, también yo solicito que sean aceleradas lo más posible todas las formalidades.
Acordamos que la entrega debe efectuarse mañana, a las dos de la tarde. Todo el personal -sólo de educadores, cuarenta personas- es despedido y en el plazo de tres días tiene que abandonar las habitaciones que ocupa. Para la entrega de las herramientas y los materiales de trabajo se fija un plazo suplementario de cinco días.
-¿Y cuándo vendrá su administrador?
-No tenemos administrador. Designaremos para la recepción a uno de nuestros educandos.
-No pienso hacer la entrega a ningún educando -dice, ya engallándose, el director.
Comienza a irritarme toda esta concentración de estupidez. En realidad, ¿qué es lo que tiene que entregar?
-¿Sabe usted una cosa? -le digo-. Para mí es igual si hay o no acta. Para mí lo que tiene importancia es que dentro de tres días no quede aquí ni uno solo de ustedes.
-¡Ah! ¿Eso es para que no estorbemos?
-¡Exactamente!
El director, ofendido, se levanta de un salto y corre a la puerta. Tras él corre el educador de guardia. Ya en la puerta, el director se desahoga:
-¡Nosotros no les estorbaremos, pero les estorbarán otros!
Los muchachos se ríen a carcajadas. Dzhurínskaia suspira. Yúriev observa algo, turbado, en el alféizar de la ventana. Sólo Jalabuda examina inalterablemente los carteles de la pared.
-Bueno, ¿y si nos fuéramos? -propone Yúriev-. Mañana volveremos, ¿eh, Liubov Savélievna? Dzhurínskaia me mira tristemente.
-No vengan ustedes -suplicó.
-¿Cómo no vamos a venir?
-¿Qué necesidad tienen? A mí no me ayudarán en nada, y no haremos más que perder el tiempo hablando.
Un poco ofendido, Yúriev se despide. Liubov Savélievna nos estrecha fuertemente la mano a mí y a los muchachos y pregunta:
-¿No tienen ustedes miedo? ¿No?
Se marchan a la ciudad.
Nosotros salimos fuera. Por lo visto, es la hora del reparto de la comida, porque de la cocina a los dormitorios van muchachos con cazuelas de borsch. Kostia Vetkovski me tira de la manga y se ríe a carcajadas: Mitka y Vitka han detenido a dos muchachos que llevan una cazuela.
-¿Acaso se puede hacer eso? -pregunta Mitka con acento de reproche-.¡Cómo sois! ¿Es que no lo entiendes o es que eres un caníbal?...
Yo tardo en comprender de qué se trata. Kostia agarra con dos dedos por una manga a uno de los muchachos de Kuriazh. El chico lleva debajo del otro brazo un pan, al que ha sido arrancada la mitad de la corteza. Kostia sacude por la manga al turbado muchacho: toda la manga está empapada en borsch y cubierta hasta el hombro de trocitos de col y de remolacha.
-¡Miren! -Kostia se desternilla de risa. Tampoco nosotros podemos contenernos: el muchacho aprieta en el puño un pedazo de carne.
-¿Y el otro?
-¡También! -responde Mitka, riéndose a carcajadas-. Se dedican a pescar la carne del borsch... mientras lo llevan... ¿Cómo no te da vergüenza, idiota? ¡Debías haberte arremangado, por lo menos!
-¡Huy, qué difícil va a ser esto, Antón Semiónovich! -exclama Kostia.
Mis muchachos se dispersan en direcciones desconocidas. El dulce día de mayo envuelve el monte del monasterio, pero el monte no le responde con la misma sonrisa afable. En mi imaginación, el mundo es dividido por una superficie transparente y horizontal en dos partes: arriba, un cielo saturado de brillo azul, un aire saludable, sol, vuelos de pájaros y crestas de nubes altas y serenas. De los bordes del cielo, que descienden hacia la tierra cuelgan lejanos grupos de jatas, agradables sotos y la alegre sierpe del río perdiéndose a lo lejos. Bajo el sol, extiéndese, engalanados como para una fiesta, campos negros, verdes y rojos. Nadie sabe si todo eso está bien o mal, pero es grato contemplarlo, es dulce y sencillo, y uno siente el deseo de convertirse en una parte de este diáfano día de mayo.
Y, mientras tanto, a mis pies está la tierra emporcada de Kuriazh, los viejos muros, saturados de olores a sudor, a incienso y a chinches, los pecados seculares de los popes y la miseria purulenta de los niños desamparados. No, esto, naturalmente, no es el mundo real. Esto parece inventado por alguien.
Vago por la colonia. Nadie se me acerca, pero el número de colonos parece mayor. Me observan de lejos. Entro en los dormitorios. Hay muchos, y no me imagino dónde, por fin, no los habrá, cuántas decenas de casas, de casitas y de alas estarán llenas de dormitorios. En ellos hay ahora muchos colonos. Están sentados en montones apelmazados de trapos o en las tablas rasas y en los bordes de hierro de las camas. Están sentados y con las manos entre las rodillas de los pantalones harapientos digieren la comida. Alguno se dedica al exterminio de sus piojos; en los rincones, hay grupos de jugadores de cartas; en otros rincones, algunos colonos terminan de comer un borsch frío en cazuelas ahumadas. Nadie me hace el menor caso. Yo no existo en este mundo.
En uno de los dormitorios pregunto a un grupo de muchachos que, para mi gran sorpresa, están viendo las ilustraciones de una vieja revista:
-Muchachos, explicadme, ¿dónde han ido a parar vuestras almohadas?
Todos levantan sus rostros hacia mí. Un mozalbete de nariz aguda ofrece libremente a mi mirada una fisonomía irónica:
-¿Las almohadas? ¿Usted es el camarada Makárenko? ¿Sí? ¿Antón Semiónovich?
-Sí.
-¿El que anda inspeccionando por aquí?,
-El mismo.
-Mañana desde las dos de la tarde...
-Sí, desde las dos de la tarde -le interrumpo-, pero tú no has respondido a mi pregunta: ¿dónde están vuestras almohadas?
-Vamos a contárselo, ¿bueno?
El muchacho sacude afablemente la cabeza y se aparta, haciéndome sitio en el jergón sucio y remendado. Yo me siento.
-¿Cómo te llamas? -le pregunto.
-Vania Záichenko.
-¿Sabes leer?
-El año pasado estudié en el cuarto grado, pero este invierno... seguramente, usted lo sabe... no hemos tenido clases.
-Bueno, ¿pero dónde están las sábanas y las almohadas?
Con los grises ojos brillantes de malicia, Vania examina rápidamente a sus camaradas y se instala sobre la mesa. Un zapato, amarillo y deteriorado, se apoya en mi rodilla. Los demás se sientan, apretándose, en la cama. Entre ellos reconozco, de repente, el rostro redondo de Málikov.
-¿También tú estás aquí?
-¡Claro!... Es nuestra pandilla. Este es Timka Odariuk, y éste es Ilyá... ¡Ilyá Fonárenko!
Timka es pelirrojo, con la cara llena de pecas, los ojos sin pestañas y una sonrisa libre de prejuicios. Ilyá, tiene una boca gruesa, es pálido, con la cara llena de granos, pero los ojos son auténticos ojos: ojos castaños, que ciñen unos músculos prietos y elásticos. Vania Záichenko mira al dormitorio vacío por encima de las cabezas de sus camaradas y empieza con una voz apagada de conspirador:
-Usted pregunta dónde están las almohadas, ¿eh? Y yo le contesto francamente que no hay almohadas: ¡nada más!
Súbitamente estalla en una risa sonora y agita las manos separando los dedos. Los demás se ríen también.
-Aquí nos divertimos mucho -dice Záichenko-. Todo tiene mucha gracia. No hay almohadas... Al principio, las había, pero después... ¡puf!... ¡desaparecieron! Se ríe otra vez.
-El pelirrojo se acostó encima de la almohada y despertó sin ella... ¡puf!... ¡había desaparecido!
Záichenko mira a Odariuk con sus ojos pequeños y pillos. Al reírse, se echa hacia atrás y empuja con más fuerza mi rodilla con su pie.
-Antón Semiónovich, usted dígame: para que haya almohadas, hay qué apuntarlo todo, ¿verdad? Hay que contarlas y tenerlas apuntadas, ¿verdad? Y cuándo se han entregado y a quién, ¿verdad? Pero en nuestra colonia nadie lleva cuenta no ya de las almohadas, sino ni siquiera de la gente... ¡Nadie!... Y nadie cuenta nada... ¡Nadie!
-¿Cómo puede ser eso?
-Pues muy sencillo: siéndolo. ¿Usted cree que alguien ha apuntado que aquí vive Ilyá Fonárenko? Nadie, y nadie lo sabe tampoco. Y a mí tampoco me conoce nadie. ¡Oh! Si usted supiera... Aquí hay muchos que hacen así: viven un poco en la colonia, luego se van y después vuelven otra vez. Fíjese: ¿usted cree que Timka ha sido traído aquí por alguien? Nadie le ha traído. El mismo ha venido y aquí está.
-Entonces, ¿es que se encuentra bien aquí?
-No, ha venido hace cosa de un par de semanas.
Se fugó de la colonia de Bogodújovo. ¿Sabe usted? Quería ir a la colonia Gorki.
-¿Es que en Bogodújovo están enterados?
-¡Oh! ¡Allí están enterados de todo! ¡Y de qué manera!
-¿Y por qué ha venido él solo?
-Es que, naturalmente, cada uno tiene sus gustos. Hay muchos chicos a los que no les gusta la severidad. Según dicen, en su colonia hay una severidad que, si suena la corneta, se debe echar a correr y levantarse en un dos por tres. ¿Ve usted? Y, además, trabajar. Los muchachos de aquí tampoco quieren eso...
-Se escaparán -dijo Málikov.
-¿Los kuriazhanos?
-Sí. Se irán a los cuatro vientos. Dicen así: "¡Como si no supiéramos nosotros lo que busca Makárenko!. Él lo que quiere es ganarse condecoraciones, pero a nosotros nos tocará trabajar". Se escaparán todos.
-¿A dónde?
-¿Acaso hay pocos sitios? Se irán a la colonia que quieran.
-¿Y vosotros?
-Nosotros somos una pandilla -se apresuró a decir alegremente Záichenko-. Nuestra pandilla se compone de cuatro personas. ¿Sabe una cosa? Nosotros no robamos. No nos gusta. Sólo Timka... Pero bueno, no lo hace para él, eso jamás, sino para todos...
Timka se sonroja bonachón en la cama y trata de mirarme a través de sus párpados, entornados por la vergüenza.
-Bueno, pandilla, hasta la vista -digo yo-. ¡De ahora en adelante vamos a vivir juntos!
Todos me responden: "Hasta la vista" y sonríen.
Sigo adelante. Es decir, cuatro están ya de mi parte. Pero además de ellos hay aún doscientos setenta y seis, tal vez más. Probablemente, Záichenko tiene razón: aquí no se ha contado ni se ha registrado a la gente. De pronto me horrorizo ante esa cifra terrible y no contada. ¿Cómo he podido lanzarme con tanta ligereza a esta empresa francamente desesperada? ¿Cómo he podido poner en peligro, además de mi buena estrella, la vida de toda una colectividad? Mientras esa cifra de "280" se me aparecía en forma de tres números escritos en un papel, mi fuerza me parecía poderosa, pero hoy, cuando esos doscientos ochenta rodean como un nauseabundo campamento a mi insignificante destacamento de muchachos, algo comienza a enfriárseme muy cerca del diafragma, y hasta en las piernas empiezo a sentir una debilidad desagradable y molesta.
En medio del patio se me aproximaron tres muchachos como de diecisiete años, con el pelo cortado y buenos zapatos. Uno llevaba una chaqueta marrón relativamente nueva, pero, debajo de la chaqueta, se veía una camisa toda arrugada y sucia de comida; otro llevaba un abrigo de cuero y el tercero, una camisa blanca y pulcra. El poseedor de la chaqueta hundió las manos en los bolsillos del pantalón, ladeó un poco la cabeza y de repente se puso a silbar una conocida melodía de Odessa, mostrándome a propósito sus dientes bellos y blancos. Observé que tenía los ojos grandes y turbios, a los que daban sombra unas pobladas y rojizas cejas. Los otros dos permanecían juntos, cada uno con un brazo echado por el hombro del otro, y fumaban sendos cigarrillos que hacían pasar rápidamente con la lengua de comisura a comisura de la boca. A nuestro grupo se acercaron unas cuantas figuras más.
El pelirrojo entornó un ojo y dijo en voz alta:
-¿Es Makárenko, verdad?
Me detuve frente a él y respondí con tranquilidad, procurando por todos los medios no expresar nada en mi rostro:
-Sí, ése es mi apellido. ¿Y tú cómo te llamas?
Sin responder, el pelirrojo se puso a silbar de nuevo, mirándome fijamente con un ojo entornado y balanceando un pie. De pronto se volvió bruscamente de espaldas, encogióse de hombros y, sin dejar de silbar, se fue, separando mucho las piernas y hundiendo todavía más las manos en los bolsillos del pantalón. Sus amigos le siguieron, abrazados como antes y cantando a voz en cuello:

Ha paseado el chiquillo,
Ha paseado por ciudades...

Las figuras que nos rodean siguen examinándome. Una susurra a otra:
-Es el nuevo director...
-Da lo mismo uno que otro responde también en voz baja la segunda figura.
-¿Está usted pensando por dónde empezar, camarada Makárenko?
Vuelvo la cabeza: una mujer joven de ojos negros me sonríe. Es extraordinario ver aquí una blusa impecablemente blanca y una severa corbata negra.
-Soy Guliáeva.
La conozco. Es la instructora del taller de costura y el único miembro del partido en Kuriazh. Da gusto mirarla. Guliáeva ha empezado a engordar, pero tiene un talle aún flexible, unos bucles negros, y brillantes, también jóvenes, y de ella se desprende una gran fuerza espiritual, todavía no gastada. Yo le contesto alegremente:
-Venga, vamos a empezar juntos.
-¡Oh, no! Yo seré un mal ayudante. No sé.
-La enseñare.
-Bien... He venido a invitarle a que visite usted a las muchachas; todavía no las ha visto. Le esperan... Incluso le esperan ansiosamente. Yo puedo enorgullecerme un poco: las niñas han estado aquí bajo mi influencia, y entre ellas hay hasta tres Komsomolas. Vamos.
Nos dirigimos al edificio central, un pabellón de dos pisos. Ha procedido usted muy bien -dice Guliáeva- al exigir el cese de todo el personal. Eche usted a todos, hasta el último, sin tener consideraciones con nadie... Y a mí écheme también.
-No, respecto a usted ya hemos llegado a un acuerdo. Precisamente cuento con su ayuda.
-Bueno, pero tenga cuidado, no vaya a lamentarlo después.
El dormitorio de las niñas es muy grande. En él hay sesenta camas. Me admiró: cada cama tiene su manta, cierto que vieja y gastada. Debajo de las mantas hay sábanas. Y hasta almohadas.
Las niñas nos esperaban, efectivamente. Visten unos trajecitos de percal viejos y remendados. La mayor de ellas tiene quince años.
Yo las saludo:
-¡Buenas tardes, niñas!
-Os he traído a Antón Semiónovich, ya que deseabais conocerle.
En voz baja las niñas responden al saludo y poco a poco se aproximan a nosotros, arreglando de paso sus camas. No sé por qué, siento de pronto una gran compasión por estas niñas y unos terribles deseos de proporcionarles aunque no sea más que una pequeña alegría. Se sientan en las camas alrededor de nosotros y me miran tímidamente. Yo no acabo de comprender por qué me dan tanta lástima. Quizá porque están pálidas, porque tienen los labios exangües y miran con recelo o quizá porque tienen el traje remendado. Y pienso rápidamente: es imposible tolerar que las niñas vistan semejantes andrajos; esto puede imprimir en ellas una gran amargura para toda la vida.
-Decidme, niñas, cómo vivís -les pido.
Las niñas callan, me miran y sonríen tan sólo con los labios. De pronto veo claramente que sólo sus labios saben sonreír, que, en realidad, estas niñas no tienen ni idea de lo que es una verdadera sonrisa viva. Examino lentamente todos los rostros y, trasladando la mirada a Guliáeva, digo:
-Soy una persona experta, pero aquí hay algo que no comprendo.
Guliáeva enarca las cejas:
-¿Qué?
De repente, una niña morena sentada frente a mí, con una falda muy cortita de color rosa, bajo la que asoman sus rodillas, dice, mirándome con sus ojos extáticos:
-Venga usted cuanto antes con sus gorkianos, porque aquí es muy peligroso vivir.
Y yo comprendo inmediatamente de qué se trata: en el rostro de esta muchacha morenita, en sus ojos inmóviles, en las involuntarias convulsiones de su boca hay una inequívoca expresión de miedo, de auténtico temor.
-Están asustadas -digo a Guliáeva.
-Su vida es muy dura, Antón Semiónovich, durísima...
A Guliáeva se le enrojecen los ojos. Rápidamente se aparta hacia la ventana.
Yo pregunto resueltamente a las niñas:
-¿A qué tenéis miedo? ¡Decídmelo!
Al principio de un modo tímido, ayudándose e interrumpiéndose mutuamente, después, con sinceridad y terribles pormenores, las niñas me cuentan su vida.
Sólo en el dormitorio se sienten relativamente seguras. Tienen miedo a salir al patio, porque los muchachos las persiguen; las pellizcan, les dicen tonterías, las acechan cuando van al excusado y abren la puerta. Frecuentemente, las niñas pasan hambre, ya que no les dejan comida en el comedor. Los muchachos arramblan con toda la comida y se la llevan a los dormitorios. Eso está prohibido y el personal de la cocina trata de impedirlo, pero los muchachos, sin hacer ningún caso, se llevan las cazuelas y el pan y las muchachas no pueden hacer otro tanto. Llegan al comedor y esperan, luego les dicen que ya no queda nada, porque los muchachos se han llevado todo. A veces les dan un poco de pan. Mas permanecer en el comedor es también peligroso, porque suelen entrar los muchachos, las maltratan, las llaman prostitutas y cosas todavía peores, quieren enseñarlas toda suerte de palabrotas. Además, exigen de ellas la entrega de diversas cosas para venderlas, pero, como las niñas no se las dan, los muchachos corren al dormitorio, se apoderan de una manta, o una almohada u otro objeto y se lo llevan a la ciudad para venderlo. Las niñas se atreven a lavar su ropa solamente de noche, pero ahora incluso de noche es peligroso: los muchachos las acechan en el lavadero y hacen cosas imposibles de contar. Valia Gorodkova y Mania Vasilenko fueron a lavar, y después volvieron y se pasaron llorando toda la noche y por la mañana huyeron de la colonia no se sabe a donde. Una muchacha se quejó al director, y cuando, al día siguiente, fue al excusado la atraparon y le untaron la cara con... eso mismo... del excusado. Ahora algunos muchachos dicen que van a cambiar las cosas, pero otros afirman que, de todas maneras, no se conseguirá nada, porque los gorkianos son muy pocos y les obligarán a marcharse.
Guliáeva escuchaba a las niñas, sin apartar la vista de mí. Yo sonreí no tanto a ella como a las lágrimas que acababa de verter.
Las muchachas acabaron su triste relato, y una de ellas a la que todas llamaban Smena, me preguntó seriamente:
-Dígame usted, ¿es que una cosa así es posible bajo el Poder soviético?
Yo le respondí:
-Lo que me habéis contado es una gran iniquidad, y bajo el Poder soviético no debe haber iniquidades semejantes. Dentro de algunos días, todo cambiará para vosotras. Viviréis felices, nadie os ofenderá y tiraremos esos trajes.
-¿Dentro de algunos días? -interrogó, pensativa, una niña rubia, sentada en el poyo de la ventana.
-Exactamente dentro de diez días -respondí.
Vagué por la colonia hasta el anochecer, dominado por los pensamientos más sombríos.
En cada metro cuadrado de este antiquísimo espacio circular, encerrado entre murallas de una toesa de espesor y tres siglos de edad, con una catedral desvencijada en medio, surgían, como una triunfante maleza en la tierra emporcada, los problemas pedagógicos. En la vieja y tambaleante cochera, llena de estiércol hasta el techo, en la cuadra, especie de asilo para una decena de solteronas de la raza vacuna, en todo el patio, en la reja rota del jardín hacía tiempo desaparecido, en todo el espacio circundante sobresalían los tallos secos de la "educación socialista". Y en los dormitorios de los colonos y, todavía más cerca de nosotros, en las habitaciones vacías del personal, en los llamados clubs, en la cocina, en el comedor, se mecían sobre esos tallos unos frutos gordos y venenosos que yo debía tragarme en el transcurso de los próximos días.
Con los pensamientos se me despertó la ira. Empecé a reconocer en mí la cólera del año 1920. Repentinamente surgió a mi espalda el demonio tentador de odio desenfrenado. Quería ahora mismo, inmediatamente, sin moverme del sitio; agarrar a alguien por el cuello, meterle de narices en los charcos y en los montones hediondos, exigir las acciones más elementales... No, no de la pedagogía, ni de las teorías de la educación socialista, ni del deber revolucionario, ni del énfasis comunista, no, no, nada de eso, sino del más corriente sentido común, de la vulgar y despreciada honradez pequeñoburguesa. La furia apagó en mí el temor al fracaso. Los ataques de indecisión, aparecidos momentáneamente, iban siendo exterminados sin piedad por la promesa que había hecho a las niñas. Estas decenas de niñas atemorizadas, pálidas y silenciosas, a las que había garantizado tan insensatamente una vida humana para dentro de diez días, pasaron a ser de pronto en mi alma representantes de mi propia conciencia.
Gradualmente iba oscureciendo. En la colonia no había luz eléctrica. Desde las murallas del monasterio se arrastraba hacia la catedral una penumbra sombría y compacta. Por todos los agujeros, pasos y rincones husmeaban los muchachos, apoderándose desorganizadamente de la cena y disponiéndose a pasar la noche. Ni risas, ni canciones, ni voces alegres. A veces llegaban hasta mí sordos gruñidos, el habitual e indolente altercado. Por las escaleras medio rotas, que conducían a un dormitorio, trepaban dos borrachos, blasfemando aburridos. Desde la penumbra, Kostia Vetkovski y Vólojov les contemplaban con silencioso desprecio.

3. LA PROSA DE KURIAZH


Al día siguiente, a las dos de la tarde, el director de Kuriazh firmó altanero el acta de la cesión y el despido de todo el personal. Después se instaló en un coche de punto y se fue. Contemplando su nuca que se alejaba, envidié la fortuna luminosa de este hombre: ahora era libre como un gorrión, nadie lanzaría en su persecución ni siquiera una piedra.
Yo no tengo alas semejantes, y por eso me muevo pesadamente entre los personajes terrenales de Kuriazh y siento cómo se me extiende la hiel.
El sol de mayo ilumina a Vañka Shelaputin, que refulge igual que un brillante con su confusión y su sonrisa. Lo mismo que él quiere refulgir también la campana de cobre suspendida del muro de la catedral. Pero la campana está sucia y es vieja, y sólo puede reflejar opacamente los rayos del sol. Y, además, está rota, y, por mucho que se esfuerce Vañka, no se puede extraer de ella nada sensato. Y, sin embargo, Vañka necesita tocar a asamblea general.
El sentimiento desagradable, pesado, hormigueante de la responsabilidad es absurdo por naturaleza. Se aferra a cada bagatela, intenta sinuosamente penetrar en el más pequeño resquicio y se queda allí, todo tembloroso de inquietud y de ira. Mientras Shelaputin toca a asamblea, este sentimiento queda suspendido de la campana: ¿cómo puede tolerarse que unos sonidos tan indignos se expandan sobre la colonia?
Cerca de mí, Vitka Górkovski escruta atentamente mi rostro. Traslada su mirada al campanario, junto a la puerta del monasterio, y súbitamente sus pupilas se oscurecen y dilatan; una docena de diablillos asoma afanosamente por ella. Vitka se ríe silenciosamente, irguiendo la cabeza, enrojece un poco y dice con voz ronca:
-Ahora mismo vamos a organizarles, ¡palabra de honor!
Va rápidamente hacia el campanario y, de paso, celebra una conferencia relámpago con Vólojov. Mientras tanto; Vañka hace toser por segunda vez a la vieja campana y dice riéndose:
-¿Es que no comprenden o qué? Llamo, llamo, y ellos como si nada...
El club es también una antigua iglesia. Altos ventanales con rejas, polvo y dos estufas de hierro. En el semicírculo donde antes se hallaba el altar hay ahora una mesita anémica sobre unas tablas agujereadas. La sentencia china que afirma: "Vale más estar sentado que de pie" no ha sido reconocida en Kuriazh: es que los kuriazhanos no se hallan tampoco dispuestos a hacerlo. De vez en cuando, una cabeza despeinada asoma por la puerta y se oculta inmediatamente; por el patio vagan grupos de tres o cuatro muchachos aburridos en espera de la comida, que, por encontrarnos en el interregno, hoy se dará más tarde. Pero todos ésos no son más que la plebe: las verdaderas fuerzas motrices de la civilización de Kuriazh se esconden en lugares ignotos.
No se ve a los educadores. Ahora ya comprendo de qué se trata. Hemos pasado la noche no muy bien sobre las duras mesas de la habitación de los pioneros, y los muchachos me han relatado emocionantes historias de la vida en Kuriazh.
Los cuarenta educadores tenían en Kuriazh cuarenta habitaciones. Hace año y medio llenaron triunfalmente esas habitaciones de diversos objetos de cultura: mantelerías bordadas y camas turcas de modelo provinciano. También poseían otros valores más portátiles y adecuados para el paso de un dueño a otro. Y esos valores, precisamente, comenzaron a pasar a manos de los educandos de Kuriazh por el procedimiento más simple, conocido ya en la antigua Roma bajo el nombre de robo con fractura. Esta forma clásica de adquisición se extendió tanto en Kuriazh, que los educadores, uno tras otros se apresuraron a trasladar a la ciudad los últimos objetos de cultura, en sus habitaciones quedó un mobiliario extraordinariamente modesto, si puede considerarse como tal un número de Izvestia extendido en el suelo y que servía de lecho a los pedagogos durante sus guardias.
Ahora bien, como los educadores de Kuriazh estaban acostumbrados a temblar no sólo por sus bienes, sino también por su vida, en poco tiempo las cuarenta habitaciones destinadas a los educadores adquirieron una fisonomía de verdaderos bastiones, entre cuyos muros el personal pedagógico pasaba honradamente las horas de la guardia. Ni antes ni después de ello yo he visto en mi vida medios defensivos como los que había en las ventanas, puertas y otras rendijas de las habitaciones de los educadores de Kuriazh. Enormes ganchos, gruesas barras de hierro, cerrojos forjados ucranianos, cerrojos rusos de medio pud cada uno y candados pendían en racimos de los marcos y de las contraventanas.
Desde la llegada del destacamento mixto de vanguardia yo no había visto a ninguno de los educadores. Por ello, el propio cese tenía más bien un carácter simbólico; yo veía también sus habitaciones como signos convencionales, ya que sólo las botellas de vodka y las chinches recordaban que en ellas había vivido gente.
De paso vi a un tal Lozhkin, hombre de edad y aspecto muy indeterminados. Intentó demostrarme su potencia pedagógica y quedarse en la colonia Gorki "para, bajo su dirección, seguir conduciendo a la juventud hacia el progreso". Durante media hora estuvo dando vueltas a mi alrededor y divagando sobre distintas sutilezas pedagógicas.
-¡Esto es el caos, el caos más completo! Ya ve, han tocado ustedes, y ellos no acuden. ¿Por qué? Yo le digo que es preciso enfocar pedagógicamente las cosas. Tienen razón quienes aseguran que hace falta una conducta condicionada, pero ¿qué conducta condicionada puede haber si, usted perdone, ellos roban sin que se lo impida nadie? Yo sé, tratarles, y ellos acuden siempre a mí y me respetan, pero a pesar de todo... estuve dos días en casa de mi suegra cuando cayó enferma, y ellos rompieron los cristales y me robaron todo, absolutamente todo. Me quedé tal como mi madre me parió, a excepción de esta guerrera. ¿Y por qué, puede preguntarse? Bueno, roba al que te trata mal, mas ¿para qué robas al que te trata bien? Yo le digo: es preciso enfocar pedagógicamente las cosas. Yo reúno a los muchachos, hablo con ellos una vez, dos, tres, ¿comprende usted? Consigo interesarles, y la cosa va bien. Les planteo problemas. En un bolsillo hay siete kopeks más que en el otro, y, juntos, suman veintitrés kopeks: ¿cuántos hay en cada bolsillo? Ingenioso, ¿verdad?
Y Lozhkin me guiña pícaramente los ojos.
-Bueno, ¿y qué? -pregunto yo, por cortesía.
-No, usted dígame: ¿cuántos?
-¿Cómo, cuántos?
-Dígame: ¿cuántos hay en cada bolsillo? -insiste Lozhkin.
-Pero... ¿Usted quiere que se lo diga yo?
-Pues claro... Dígame: ¿cuántos kopeks hay en cada bolsillo?
Yo me indigno:
-Óigame, camarada Lozhkin, ¿ha estudiado usted en alguna parte?
-¡Cómo no! Pero más que nada soy un autodidacta. Durante toda mi vida no he hecho, en realidad, más que instruirme por mí mismo. Yo, naturalmente, no he tenido ocasión de estudiar en institutos pedagógicos. Y le diré que aquí había gente con instrucción superior, uno hasta había terminado unos cursos de taquigrafía, otro había estudiado derecho, pero cuando se les planteaba un problemita así... O este otro: dos hermanos han recibido una herencia...
-Entonces, ¿se trata del mismo taquígrafo que escribió aquella consigna en la pared?
-Sí, el mismo, el mismo... Durante todo el tiempo quiso organizar un círculo de taquigrafía, pero, cuando le robaron, dijo: "No quiero trabajar en medio de tanta incultura", y no organizó el grupo. Únicamente se limitó a cumplir sus funciones de pedagogo...
En el club, cerca de la estufa, pendía un pedazo de cartón, y en él estaba escrito:
LA TAQUIGRAFÍA ES EL CAMINO DEL SOCIALISMO

Lozhkin estuvo hablándome largo tiempo, después se evaporó de un modo invisible, y sólo recuerdo que Vólojov dijo entre dientes en calidad de último adiós:
-¡Qué pelmazo!
En el club nos esperaban cosas desagradables y ofensivas. Los kuriazhanos no acudieron a la reunión. Los ojos de Vólojov contemplaban con angustia los muros altos y desnudos del club. Kudlati, verde de rabia, con los pómulos tirantes. refunfuñaba algo incomprensible. Mitka sonreía entre confuso y despreciativo, y sólo Misha Ovcharenko tenía una bonachona placidez y continuaba un tema iniciado hacía tiempo:
-Lo más importante es que hace falta arar... Y sembrar. ¡Porque fijaos, estamos en mayo, los caballos no hacen nada, todo está parado!...
-Y en los dormitorios no hay nadie; todos se han ido a la ciudad -dijo Vólojov y lanzó un juramento fuerte y claro sin cohibirse por mi presencia.
-Mientras no se reúnan, no hay que darles de comer -propuso Kudlati.
-No -dije yo.
-¿Cómo "no"? -gritó Kudlati-. En realidad, ¿qué hacemos aquí? El campo está lleno de maleza, ni siquiera ha sido labrado, ¿qué quiere decir esto? ¡Y ellos se dedican a comer! Entonces, camarada Makárenko, ¿libertad para los holgazanes o qué?
Vólojov se humedeció los labios secos y febriles, se encogió de hombros como si tuviera escalofríos, y dijo:
-Antón Semiónovich, vamos a nuestra habitación, allí hablaremos.
-¿Y la comida?
-Que esperen, el diablo no se los llevará. Y, además, es igual: están en la ciudad.
En la habitación de los pioneros, cuando todos hubimos tomado asiento en los bancos, Vólojov pronunció el siguiente discurso:
-¿Hay que labrar? ¿Hay que sembrar? ¡Pero qué diablos vamos a sembrar cuando ellos no tienen absolutamente nada, ni siquiera patatas! ¡Que se vayan al cuerno! Nosotros mismos sembraríamos, pero no hay nada de nada. Y después... toda esta porquería, este hedor. Si vienen los nuestros, va a ser una vergüenza. Un hombre aseado no tiene donde dar un paso. ¿Y los dormitorios, los colchones, las camas, las almohadas? ¿Y los trajes? Todos andan descalzos. ¿Y la ropa interior, dónde está? Ni platos, ni cucharas, fijaos, no hay nada. ¿Por dónde empezar? Y, sin embargo, hay que empezar por algo.
Los muchachos me contemplaban en una ardiente espera, como si yo supiese por dónde empezar.
Los muchachos de Kuriazh no me preocupaban tanto como los infinitos detalles del trabajo puramente material, y estos detalles formaban una masa tan compleja y tan confusa, que en ella podían perderse los trescientos kuriazhanos.
Según lo acordado con la Comisión de Ayuda a la Infancia, yo tenía que recibir veinte mil rublos para la reparación, de Kuriazh, pero ahora veía ya claramente que esta suma no significaba nada en comparación con las necesidades efectivas. Mis muchachos tenían razón en su lista de las cosas que faltaban. La miseria extraordinaria de Kuriazh se puso plenamente de manifiesto cuando Kudlati empezó a hacerse cargo de sus bienes. En vano se preocupaba el director por el hecho de que el acta de cesión tuviese al pie firmas indignas de un documento tan solemne. El director era simplemente un sinvergüenza; el acta resultó muy breve. En los talleres había algún que otro torno y en la cochera unos caballejos vulgares, y nada más: ni instrumentos, ni materiales, ni herramientas agrícolas. En una porqueriza lastimosa, anegada en lodo y en basura, se refocilaba media docena de cerdos. Al verlos, los muchachos no pudieron contener la risa: tan escasamente se parecían esos animales ágiles y vivarachos, de cabeza grande sobre finas patas, a nuestros cerdos de raza inglesa. En un rincón perdido del patio, Kudlati desenterró un arado y se alegró lo mismo que si hubiera encontrado a alguien de la familia. Ya antes había descubierto un rastrillo en un montón de ladrillos viejos. En la escuela hallamos tan sólo patas sueltas de sillas y de mesas y restos de pizarras, fenómeno completamente natural, ya que todo invierno tiene su fin y cada amo puede dejar para la primavera cierta reserva de combustible.
Era preciso comprar, hacer, construir todo. En primer lugar hacía falta construir excusados. En la metodología del proceso pedagógico no se dice nada de los excusados, y probablemente por eso la gente prescindía en Kuriazh con tanta ligereza de ese útil y vital instituto.
El monasterio de Kuriazh había sido construido sobre una montaña, bastante abrupta por todos lados. Sólo en su vertiente meridional no tenía muros, y desde aquí, se divisaban, a través del pantanoso estanque monástico, los tejados de bálago de la aldea de Podvorki. El paisaje era soportable en todos los aspectos, un paisaje ucraniano decente, que haría estremecer el corazón de cualquier lírico, amante de las jatas blancas y de los jardincillos de cerezos. Los kuriazhanos retribuían con la más negra de las ingratitudes a los vecinos de Podvorki la posibilidad de admirar ese bello paisaje ofreciendo a sus miradas únicamente filas enteras de indígenas en cuclillas sobre la montaña escarpada, absortos en la última transformación de los millones asignados por el presupuesto de Estado para la educación socialista en un producto del que ya no se podía hacer nada.
Este problema preocupaba extraordinariamente a mis muchachos. Misha Ovcharenko llegaba al máximo de seriedad y de convencimiento cuando se lamentaba:
-Pero ¿esto qué es, en realidad? ¿Qué vamos a hacer? ¿Ir a Járkov o qué? ¿Y cómo ir?
Por eso, ya al final de nuestra reunión, en la puerta de la habitación de los pioneros aparecieron dos carpinteros de Podvorki, y el que parecía el jefe, un hombre con aspecto de soldado y una gorra de color caqui, apoyó, diligente, mis disposiciones:
-Claro, ¿cómo puede ser eso?... Ya que el hombre come, no puede pasarse sin... Y respecto a las tablas, allí, en Rizhov, hay un depósito. Usted pierda cuidado, aquí me conocen todos, deme la suma asignada y haremos una construcción como no la tenían ni los frailes. Claro que, si quiere que resulte más barata, emplearemos madera terciada o restos de tablas, pero entonces será una construcción ligera. Yo le aconsejo hacerla de tablas de pulgada y media o de dos. Así resultará mejor y será más cómodo para la salud: el viento no le sopla a uno, en invierno está al resguardo y en verano no aplana el calor.
Me pareció sentir por primera vez en mi vida verdadero enternecimiento al contemplar a este hombre magnífico, artífice y organizador del invierno y del verano, de los vientos y del sol. Hasta su apellido era agradable: Borovói. Le di un puñado de billetes, y me alegré una vez más al oír las órdenes que daba a su ayudante, un mozo sonrosado y mofletudo:
-Yo, Vania, iré por la madera y tú comienza. Corre por la pala y tráete también la mía. Entre unas cosas y otras, iremos haciéndolo... Y alguno nos enseñará dónde y cómo...
Kirguísov y Kudlati, sonriendo, fueron a indicar el sitio, y Borovói, después de envolver el dinero en un trapito, me apoyó moralmente una vez más.
-¡Lo haremos camarada director, esté usted seguro!
Yo estaba seguro. Nos sentimos más animados después de terminar esta torpe y lenta etapa preparatoria y pasamos al trabajo pedagógico en Kuriazh.
La segunda cuestión que resolvimos satisfactoriamente aquella tarde fue también una cuestión relacionada con la vida material: los platos y las cucharas. En el refectorio abovedado, en cuyas paredes asomaban a través del estuco los ojos negros y serios de santos y vírgenes, así como algún que otro dedo en acción de bendecir, había mesas, bancos, pero los kuriazhanos no sabían lo que era la vajilla. Después de mucho trabajo y de numerosas filigranas diplomáticas en la cochera, Vólojov consiguió, por fin, instalar a Evguéniev en un viejo cabriolet y enviarle a la ciudad con el encargo de comprar cuatrocientos pares de platos y la misma cantidad de cucharas de madera.
Cuando el cabriolet de Evguéniev salió a la carretera, fue acogido por aclamaciones entusiásticas, abrazos y apretones de manos de una verdadera muchedumbre. Los muchachos olieron inmediatamente la afluencia de un viento conocido y jubiloso y corrieron a su encuentro. También corrí yo, y en el acto caí entre las garras de Karabánov, que desde hacía algún tiempo había adquirido la costumbre de demostrar su fuerza en mi caja torácica.
El séptimo destacamento mixto, al mando de Zadórov, había llegado con sus efectivos completos, y en mi conciencia la multitud de los misteriosos y terribles kuriazhanos se convirtió de pronto en un insignificante problemita, al que ni siquiera Lozhkin hubiese prestado atención.
Era una gran satisfacción hallar en un minuto difícil a todos mis "rabfakianos": al pesado y sólido Burún, a Semión Karabánov, sobre cuya ardiente y negra pasión era tan agradable discernir el delicado ornamento impuesto por la ciencia, a Antón Brátchenko, cuya alma espaciosa sabía también ahora amoldarse al estrecho marco de la causa veterinaria, al alegre y noble Matvéi Belujin, al serio Osadchi, saturado de acero a Vérshnev, intelectual y buscador de la verdad, y a la inteligente Marusia Lévchenko, con sus ojos negros, y a Nastia Nochévaia y a Gueórguievski, el "hijo del gobernador de Irkutsk", y a Schnéider, y a Kráinik. y a Golos y, en fin, a mi predilecto y ahijado, el jefe del séptimo destacamento mixto Alexandr Zadórov. Los mayores del séptimo mixto terminaban ya el Rabfak, y nosotros no poníamos en duda que igualmente en el instituto estudiarían bien. Dicho sea de paso, para nosotros eran más colonos que estudiantes, y ahora no podíamos perder mucho tiempo en calcular sus éxitos en el estudio. Después de los primeros saludos, nos reunimos otra vez en la habitación de los pioneros.
Karabánov se instaló detrás de la mesa, se arrellanó más en su silla y dijo:
-Sabemos, Antón Semiónovich, que aquí la cosa está clara: ¡o volver con gloria o no volver más! ¡Por eso hemos venido!
Referimos a los "rabfakianos" nuestro primer día de Kuriazh. Los muchachos arrugaron el ceño, cambiaron entre sí unas miradas inquietas y se agitaron en las sillas crujientes. Zadórov contempló pensativo la ventana y entornó los ojos:
-No, claro... ahora no se puede con la fuerza: ¡son muchos!
Burún encogió sus hombros poderosos y sonrió:
-¿Comprendes, Sashka? No es que sean muchos. El hecho de que sean muchos no tiene importancia. No es eso, sino que... ¡cualquiera sabe por dónde empezar! Tú dices que son muchos; pero, ¿dónde están? ¿Dónde? Y si no están... ¿por dónde empezar? Hay que... reunirles... congregarles de algún modo. ¿Y cómo se les reúne?
Entró Guliáeva, escuchó nuestra conversación, respondió con una sonrisa a la mirada suspicaz de Karabánov y dijo:
-¡A todos no conseguiréis reunirlos por nada del mundo! ¡Por nada!...
-¡Ya lo veremos! -se enfadó Semión-. ¿Qué es eso de "por nada"? ¡Les reuniremos! No importa que no sean los doscientos ochenta, pero ciento ochenta vendrán. Y después veremos. ¿Qué hacemos aquí sentados?
Acordamos el siguiente plan de acción. Ahora servir la comida. Los muchachos estaban hambrientos y aguardaban la comida en los dormitorios. ¡Que el diablo se las lleve, pero que coman! Y, durante la comida, todos debían recorrer los dormitorios y hacer agitación. Había que decir a los canallas: ¡acudid a la reunión! ¿Sois gente o qué? ¡Acudid! ¡Es en vuestro interés, estúpidos! Comienza una vida nueva, y vosotros os escondéis como cucarachas por los rincones. Y, si se insolentaban, no había que meterse con ellos. Lo mejor de todo era decirles: aquí, cerca de una cazuela de borsch, te sientes un héroe, pero acude a la reunión y di lo que quieras. Nada más. Y después de la comida, tocar a asamblea.
Junto a la puerta de la cocina se habían sentado unas cuantas decenas de kuriazhanos en espera del reparto de la comida. Mishka Ovcharenko, de pie en la puerta, sermoneaba al pelirrojo que ayer se había interesado por mi apellido.
-Al que no trabaja no le corresponde ninguna clase de comida, y tú me dices que sí le corresponde. No te corresponde nada, ¿comprendes, amigo? Debes comprenderlo bien, si eres un hombre inteligente. Yo quizá te dé de comer, pero eso será solamente en virtud de mí buena voluntad, porque tú no te has ganado la comida, ¿comprendes? Cada hombre debe ganarse la vida, y tú, querido amigo, eres un holgazán, y por eso no te corresponde nada. Puedo darte una limosna, pero nada más.
El pelirrojo contemplaba a Misha con un ojo de fiera ofendida. Con el otro no veía, y en general, desde el día de ayer habían ocurrido grandes cambios en la fisonomía del pelirrojo: algunos detalles de este rostro habían aumentado considerablemente de volumen y adquirido un tinte azulenco; la mejilla derecha y el labio superior estaban manchados de sangre. Todo ello me permitió dirigir a Misha Ovcharenko una pregunta seria:
-¿Qué es esto? ¿Quién le ha pintarrajeado?
Pero Misha sonrió dignamente y puso en duda el buen planteamiento de la pregunta:
-¿Por qué razón me lo pregunta, Antón Semiónovich? Esos hocicos no son míos, sino de ese mismo Jovraj. Yo cumplo mi deber, y acerca de ello puedo informarle en detalle como a nuestro director, Vólojov me dijo: ponte en la puerta y que nadie entre en la cocina. Yo me puse y aquí estoy. ¿Es que yo le he perseguido, he ido a buscarle a su dormitorio o me he metido con él? Que lo diga el propio Jovraj: andan por aquí sin tener nada que hacer, y a lo mejor, por pura tontería, ha tropezado con algo.
Jovraj gimió de repente, señalando a Misha con la cabeza, y expuso su punto de vista:
-¡Está bien! Pensáis matarnos de hambre, bueno. Pero, ¿tienes derecho a darme en los morros? ¿Tú no me conoces? Bien, ¡ya me conocerás!...
Por aquel tiempo aún no habíamos elaborado las tesis acerca del agresor, y me vi obligado a reflexionar. Semejantes casos embrollados aparecían también en la historia y siempre eran resueltos con mucho trabajo. Recordé las palabras de Napoleón después del asesinato del príncipe de Enghien: "Esto podría haber sido un crimen, pero no ha sido un error".
Prudentemente seguí una línea intermedia:
-¿Qué derecho tenías a pegarle?
Sin dejar de sonreír. Misha me tendió una navaja.
-Vea usted: una navaja. ¿De dónde la he cogido? ¿Quizá se la he robado a Jovraj? Aquí se ha hablado mucho. Vólojov me dijo: que no entre nadie en la cocina. Yo no me he movido de este sitio, pero él se presentó con una navaja y me dijo: déjame pasar. Yo, naturalmente, no le dejé, Antón Semiónovich, y, entonces, él volvió a insistir y trató de colarse. Bueno, yo le empujé. Así, ligeramente, con cortesía, y él, como un tonto, se, puso a agitar la navaja. No puede comprender que hay un orden establecido. Igual que un cafre...
-Pero tú, a pesar de todo, le has pegado... hasta hacerle sangre... ¿Han sido tus puños?
Misha contempló sus puños y se turbó,:
-Claro que han sido mis puños. ¿Dónde quiere usted que los meta? Sólo que yo no me moví del sitio. Tal como me dijo Vólojov, así hice, sin moverme del sitio. Y él, claro, empezó a agitar su navaja como un cafre...
-¿Y tú no agitabas nada?
-¿Y quién puede prohibirme agitar los brazos? Si estoy de centinela, puedo cambiar de postura, y, si la mano no me hace falta en este lado, puedo trasladarla a otro. Y él fue y chocó con ella. ¿Quién tiene la culpa? Tú, Jovraj, debes ver por dónde vas. ¿Y si hubiera sido un tren?... Tú, por ejemplo, ves que viene un tren; entonces, debes apartarte y mirar. Pero si te pones en medio con tu navaja, el tren, naturalmente, no tiene por dónde torcer y sólo quedará de ti un charco de sangre. Si la máquina está en movimiento, debes acercarte con cuidado, ¡ya no eres un niño!
Misha explicaba todo eso a Jovraj con una voz bondadosa, hasta un poco tierna, accionando inteligente y persuasivamente con la mano derecha para demostrar cómo podía llegar el tren y dónde tenía que estar Jovraj. Jovraj le escuchaba con atención seria y reconcentrada; la sangre de sus mejillas empezaba ya a secarse bajo la acción del sol de mayo. Un grupo de "rabfakianos" escuchaba seriamente el discurso de Misha Ovcharenko, rindiendo tributo a la difícil posición de Misha y a la modesta sabiduría de sus tesis.
Mientras hablábamos, el número de kuriazhanos fue aumentando. Yo veía, por sus rostros, el entusiasmo que despertaban en ellos los severos silogismos de Misha, que a sus ojos eran aún más justos porque procedían del vencedor. Observé con satisfacción que podía leer algo en los rostros de mis nuevos educandos. Sobre todo, me interesaron los indicios, apenas perceptibles, de una alegría maligna que, como los signos de un telegrama borroso, empezaban a surgir en sus caras sucias y manchadas de borsch. Sólo en la cara de Vania Záichenko, que estaba al frente de su pandilla, esa alegría malévola aparecía escrita con letras claras y brillantes, como en un cartel de fiesta. Vania metió las manos en la cintura de su pantaloncillo, abrió sus desnudas piernas y se puso a observar el rostro de Jovraj con una atención aguda y reidora. De pronto, pateó sin moverse del sitio y cantó más bien que dijo, echando hacia atrás su flexible talle juvenil:
-¡Jovraj!... ¿Resulta que no te gusta que te den en los morros? ¿No te gusta, verdad?
-¡Cállate, insecto! -profirió Jovraj con una voz sombría e inexpresiva.
-¡Ah!... ¡No le gusta! -insistió Vania, señalando a Jovraj con el dedo-. ¡Le han dado en los morros, y nada más!
Jovraj se lanzó hacia Záichenko, pero Karabánov tuvo tiempo de poner la mano en su hombro, y el hombro de Jovraj se hundió profundamente, torciendo toda su enchaquetada figura de hombre de la ciudad. Vania, dicho sea de paso, no se asustó. Lo único que hizo fue acercarse más a Misha Ovcharenko. Jovraj torció la cabeza hacia Semión, ladeó la boca y se desprendió de su brazo. Semión le sonrió bonachonamente. Los desagradables ojos claros de Jovraj describieron un círculo y de nuevo tropezaron con la mirada de Vania, atenta y alegre. Por lo visto, Jovraj estaba hecho un lío: su fracaso y su soledad, y la sangre ya seca de su mejilla, y las sentencias que acababa de pronunciar Misha, y la sonrisa de Karabánov exigían cierto tiempo para su análisis, y por eso le era tan difícil quitar la vista de la odiosa insignificancia de Vania y apagar su mirada, habitualmente invencible, insolente y destructora. Pero Vania reaccionó ante esa mirada fija con la todopoderosa fisonomía del sarcasmo:
-¡Qué miedo tan terrible me das!... ¡Hoy no dormiré!... ¡Qué susto! ¡Qué espanto!
Tanto los gorkianos como los de Kuriazh estallaron en una carcajada. Jovraj silabeó:
-¡Canalla! -y se aprestó a dar un salto especial, propio del hampa.
Yo le, llamé:
-¡Jovraj!
-¿Qué quiere? -preguntó él por encima del hombro.
-¡Acércate!
No se apresuraba a cumplir mi orden, examinando mis botas y, según su costumbre, rebuscando algo en sus bolsillos. Al frío férreo de mi voluntad añadí un poco de carbono:
-¡Acércate más, te digo!
En torno nuestro; todo quedó en silencio, y sólo Petka Málikov susurró asustado:
-¡Oh!
Jovraj se acercó a mí, inflando los labios y tratando de confundirme con su mirada fija. Cuando estuvo a dos pasos de mí, se detuvo y balanceó el pie, igual que ayer.
-¡Firme!
-¿Qué es eso de firme? -gruñó Jovraj; sin embargo, se irguió y sacó las manos de los bolsillos, pero colocó coquetamente la derecha sobre la cadera con los dedos extendidos hacia adelante.
Karabánov le quitó la mano de la cadera:
-Nene, si te han dicho "firme", no hay por qué bailar el hopak. ¡Más alta la cabeza!
Jovraj movió las cejas, pero yo vi que ya estaba a punto.
-Ahora, -le dije- eres un gorkiano. Debes respetar a los camaradas. No te meterás, más con los pequeños, ¿verdad?
Jovraj parpadeó afanosamente y sonrió con una parte insignificante del labio inferior. En mi pregunta había más amenaza que ternura, y yo advertí que Jovraj había tomado ya buena nota de esta circunstancia.
-Bien -me respondió lacónicamente.
-No se dice bien, sino a la orden -resonó la voz atenorada de Belujin.
Matvéi, sin ceremonias, hizo dar media vuelta a Jovraj agarrándole por los hombros, pegó unas palmadas sobre sus manos caídas a lo largo de las costuras, le obligó a saludar, levantando el brazo con agilidad y precisión, y martilleó:
-¡A la orden! ¡No meterse con los pequeños! ¡Repítelo!
Jovraj abrió la boca.
-¿Pero por qué, muchachos, la habéis tomado conmigo? ¿Qué he hecho yo? Nada de particular... Él me ha dado en los morros, esto es lo que ha sucedido. Pero yo, nada...
Los kuriazhanos, fascinados por todo lo que estaba ocurriendo, se acercaron más aún. Karabánov abrazó por los hombros a Jovraj y le dijo ardorosamente:
-¡Amigo! ¡Querido mío, pero si tú eres un hombre inteligente! Misha está de guardia, no defiende sus intereses propios, sino los intereses comunes. Vamos al robledal, y yo te explicaré...
En medio de un circulo de aficionados a los problemas éticos, se alejaron hacia el robledal.
Vólojov, dio orden de servir la comida. El rostro bigotudo del cocinero, coronado por un gorro blanco, que llevaba ya tiempo asomando tras la espalda de Misha; cabeceó en una mirada amistosa a Vólojov y se ocultó. Vania Záichenko se puso a tirar de las mangas a toda su pandilla y murmuró intensamente:
-¿Comprendéis?
-¿Comprendéis? ¡Se ha puesto un gorro blanco! ¿Cómo hay que interpretar eso? ¡Timka! ¿Te das cuenta?
Timka, enrojeciendo, bajó los ojos y explicó:
-Ese gorro es suyo. Yo lo sé.
A las cinco se celebró la asamblea general. Bien porque la agitación de los "rabfakianos" ayudó, bien por otra causa, el caso es que en el club se congregaron bastantes kuriazhanos. Y cuando Vólojov colocó en la puerta a Misha Ovcharenko, y Osadchi y Shelaputin se pusieron a hacer la lista de los asistentes, comenzando por el recuento, indispensable en la causa pedagógica, de los objetos a educar, en la puerta empezaron a atropellarse los rezagados y a preguntar con inquietud:
-¿Y al que no se ha apuntado, le darán de cenar?
La antigua nave de la iglesia era incapaz de contener esta masa de mineral humano. Desde el altar, yo contemplaba el amontonamiento de haraposos, asombrándome de su volumen y de su mísera expresividad. En raros puntos de la muchedumbre resaltaban rostros vivos e interesantes, se oían voces humanas y una franca risa infantil. Las niñas se apiñaban junto a la estufa próxima a la salida, y entre ellas reinaba un asustadizo silencio. En el mar negro-sucio de los klift; de las pelambreras hirsutas y de los olores a herrumbre había -redondas manchas sin vida- rostros apáticos, primitivos, con la boca abierta, la mirada áspera y los músculos como de estopa.
Yo les hablé brevemente de la colonia Gorki, de su vida y su trabajo. Brevemente expuse nuestras tareas: limpieza, trabajo, estudio, nueva vida, nueva felicidad humana. Les hablé de que vivían en un país feliz, donde no había ni señores ni capitalistas, donde el hombre podía, crecer y desarrollarse libremente en un trabajo placentero. Me cansé pronto, no sostenido por la viva atención de los oyentes. Parecía qué me dirigía a los armarios, a los toneles, a los cajones. Expliqué que los educandos debían organizarse por destacamentos a razón de veinte muchachos en cada uno, y pedí que designaran a catorce muchachos en calidad de jefes. Ellos permanecían callados. Pedí que hicieran preguntas. También callaron. Kudlati subió al altar y dijo:
-Hablando francamente, ¿cómo no os da vergüenza? Coméis pan, patatas, borsch, ¿y quién está obligado a daros todo esto? ¿Quién está obligado? ¿Y si yo no os doy de comer mañana? Entonces, ¿qué pasará?.
Tampoco a esa pregunta respondió nadie. En general, "el pueblo callaba".
Kudlati se enfadó:
-En tal caso, propongo que a partir de mañana se trabaje seis horas. Hay que sembrar, ¡demonios! ¿Trabajaréis?
Alguien gritó de desde un rincón lejano:
-¡Trabajaremos!
Toda la muchedumbre, sin apresurarse, volvió la cabeza hacia el sitio de dónde había partido la voz, y la línea de fisonomías inexpresivas se enderezó de nuevo.
Miré a Zadórov. Se echó a reír en respuesta a mi turbación y puso una mano sobre mi hombro:
-¡No importa, Antón Semiónovich, esto pasará!

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