Poema Pedagógico


Antón Semiónovich Makarenko

III PARTE

4. "TODO VA BIEN"

Hasta bien entrada la noche nos detuvo atareados la tentativa de organizar a los muchachos de Kuriazh. Los "rabfakianos" recorrían los dormitorios y recontaban otra vez a los educandos, en su afán de formar destacamentos. También yo vagaba por los dormitorios, acompañado de Górkovski en calidad de "instrumento de medida". Necesitábamos, aunque fuese a ojo, determinar los primeros indicios de colectividad, encontrar, por lo menos, en algún sitio restos de aglutinante social. Górkovski olfateaba en el oscuro dormitorio e inquiría:
-¿A ver? ¿Qué pandilla hay aquí?
Pero en los dormitorios no había ni pandillas ni casi elementos aislados. Sólo el diablo podría saber dónde estaban metidos los kuriazhanos. A los presentes les preguntábamos quiénes ocupaban el dormitorio, cuáles eran sus amistades, quién era bueno, quién malo, pero las contestaciones no nos dejaban satisfechos. La mayoría de los kuriazhanos no conocían a sus vecinos, raras veces sabían incluso su nombre, en el mejor de los casos les llamaban por el mote -el Oreja, el Medias Suelas, el Hormiga, el Chofer- o simplemente recordaban sus rasgos externos.
-En esa cama duerme uno, picado de viruelas, y en aquella otra, uno que han traído de Valkí.
En algunos lugares advertíamos débiles indicios de aglutinante social, pero no encolaba lo que nosotros necesitábamos,.
A pesar de todo, yo tenía al anochecer una idea aproximada de la composición de Kuriazh.
Naturalmente, se trataba de verdaderos niños desamparados, pero no eran los desamparados clásicos, por decirlo así. En nuestra literatura y entre nuestra intelectualidad se ha forjado -no sé por qué- una idea acerca del niño desamparado a la manera de un héroe de Byron. El niño desamparado es, ante todo, un filósofo y, además, sumamente ingenioso, anarquista y destructivo, infractor de las leyes y enemigo irreconciliable de todos los sistemas éticos. Las personalidades atemorizadas y lloronas de la pedagogía han añadido a esta imagen un surtido completo de plumas más o menos suntuosas, arrancadas, a los rabos de la sociología, de la teoría de los reflejos y de otros parientes ricos nuestros. Estos pedagogos creían profundamente que los niños desamparados estaban organizados, que tenían jefes y disciplina, toda una estrategia del robo y normas de orden interno. Para los niños desamparados no se escatimó incluso términos científicos especiales: "La colectividad espontánea", etc...
Y la imagen, ya de por sí bella, del niño desamparado fue todavía más embellecida después por los piadosos trabajos de autores rusos y extranjeros. Todos los niños desamparados eran ladrones, borrachos, depravados, cocainómanos y sifilíticos. En toda la historia mundial solamente a Pedro I se atribuyó tantos pecados mortales. Hablando entre nosotros, todo eso, ayudaba intensamente a los calumniadores occidentales europeos a componer las anécdotas más estúpidas e indignantes acerca de nuestra vida.
Y sin embargo... en la vida no hay nada parecido.
Hay que rechazar en redondo la teoría de la existencia permanente de un núcleo de desamparados, que llena nuestras calles no sólo con sus "horrendos crímenes" y sus pintorescos atavíos, sino también con su "ideología". Los autores de infundios románticos acerca del anarquista soviético de la calle no han visto que, después de la guerra civil y del hambre, millones de niños, gracias a un enorme esfuerzo de todo el país, fueron salvados en casas infantiles. En la inmensa mayoría de los casos, todos esos niños crecieron hace ya tiempo y ahora trabajan en las instituciones y en las fábricas soviéticas. Otra cuestión es hasta qué extremo fue doloroso desde el punto de vista pedagógico el proceso de educación de estos muchachos.
En medida considerable por culpa de esos mismos románticos, el funcionamiento de las casas infantiles se desarrolló muy difícilmente, degenerando muchas veces en instituciones tipo Kuriazh. Por eso, cierta parte de los muchachos (me refiero sólo a los muchachos) se iba frecuentemente a la calle, pero no para vivir en la calle y no porque considerasen la vida callejera lo más adecuado para ellos. Estos muchachos carecían en absoluto de una ideología callejera y se marchaban con la esperanza de ir a parar a una colonia o a una casa infantil mejor. Se agolpaban en las puertas de la Protección Social de menores, de los despachos de los dirigentes de la "educación socialista", de la Ayuda a la Infancia y otras comisiones, pero por encima de todo preferían los lugares en que había esperanza de aproximarse a nuestra construcción, sorteando el paraíso del influjo pedagógico... No conseguían sin trabajo lo último. La hermandad pedagógica, obstinada y soberbia, no soltaba tan fácilmente de sus manos a las víctimas que le pertenecían, y, en general, no se imaginaba que pudiera existir una vida humana sin un baño previo de educación socialista. Esta era la causa de que la mayoría de los fugitivos se vieran obligados a comenzar por segunda vez el calvario del proceso pedagógico en alguna otra colonia, de la que, dicho sea de paso, también se podía huir. Entre las dos colonias, la biografía de esos pequeños ciudadanos transcurría, naturalmente, en la calle, y, como para el estudio de las cuestiones de principio y de moral no disponían ni de tiempo, ni de costumbre, ni de mesas-escritorio, es natural que, por ejemplo, el problema de la alimentación fuera resuelto por ellos sin moral y sin principios. También en los demás aspectos los moradores de la calle no tenían un gran empeño en que sus actos coincidieran exactamente con las tesis formales de la ciencia acerca de la moralidad; en general, los golfillos no se han sentido nunca inclinados al formalismo. Como tenían cierta noción de lógica, suponían, en el fondo de su alma, que iban por el camino recto que les permitiría llegar a ser metalúrgico o chofer y que para ello hacían falta sólo dos cosas: mantenerse lo más firmemente posible en la superficie del globo terrestre, aunque para ello fuera preciso aferrarse a los bolsos femeninos y a las carteras masculinas, e instalarse cerca de algún garaje o taller mecánico.
En nuestra literatura científica ha habido varias tentativas de crear un sistema satisfactorio de clasificación de los caracteres humanos; los que lo intentaron, hicieron todo lo posible para dejar en este sistema, entre los amorales y los defectivos, un espacio para los niños desamparados. Pero de todas las clasificaciones, yo considero la más acertada la que hicieron para su uso práctico los miembros de la comuna Dzerzhinski de Járkov.
Según la hipótesis práctica de los miembros de la comuna, todos los desamparados se dividen en tres clases. La "primera clase" son los que participan de la manera más activa en la composición de sus propios horóscopos, sin detenerse ante ningún revés; los que, movidos por su afán de llegar a ser metalúrgicos, están dispuestos a aferrarse a cualquier parte del vagón de pasajeros; los que sienten con más intensidad el gusto por el vértigo de los trenes rápidos y correo, aunque sin dejarse fascinar por los vagones-restoranes, ni por los atributos de los coches-cama, ni por la cortesía de los conductores. Hay gente que intenta difamar a estos viajeros, afirmando que andan por los ferrocarriles soñando con los aires perfumados de Crimea o las aguas de Sochi. Eso no es verdad, lo que les interesa, principalmente, son los gigantes industriales de Dniepropetrovsk, del Donetz y de Zaporozhie, los barcos de Odessa y Nikoláiev, las empresas de Járkov y de Moscú.
La "segunda clase" de desamparados, aun distinguiéndose también por muchas propiedades, no posee, sin embargo, ese ramillete de nobles cualidades morales que posee la "primera". Estos también buscan, pero sus miradas no se apartan desdeñosamente de las fábricas textiles y de cueros, están dispuestos a reconciliarse hasta con un taller de carpintería y, peor todavía son capaces de dedicarse al trabajo de cartoneros y, en fin, no se avergüenzan de recoger hierbas medicinales."
La "segunda clase" también viaja, pero prefiere el tope posterior del tranvía y desconoce la magnífica estación de Zhmérinka y las severidades de Moscú.
Los miembros de la comuna Dzerzhinski preferían siempre atraer a su institución solamente a los ciudadanos de la "primera clase". Por eso completaban sus filas, desarrollando su propaganda en los trenes rápidos. La segunda clase en la representación de los miembros de la comuna era mucho más débil.
Pero en Kuriazh no predominaba la "primera clase", ni la "segunda", sino la "tercera". En el mundo de los desamparados, como en el mundo de los sabios, hay muy pocos de "primera clase", un poco más de la "segunda" y la inmensa mayoría corresponde a la "tercera"; esta inmensa mayoría, no corre a ningún lado y, no busca nada, ofreciendo benévolamente los tiernos pétalos de sus almas infantiles a la influencia organizadora de la "educación socialista".
En Kuriazh, yo tropecé, precisamente, con la veta fundamental de la "tercera clase". Estos niños tenían también en sus breves historias tres o cuatro casas infantiles o colonias y, a veces, muchas más, hasta once, pero esto no era ya el resultado de su tendencia a un futuro mejor, sino de la tendencia del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública a la creación, tendencia tan confusa a veces, que, hasta el oído más experto era incapaz de distinguir dónde empezaba o concluía la reorganización, la completación, la liquidación, la restauración, la ampliación, la standardización, la especialización, la evacuación y la reevacuación.
Y como yo también había llegado a Kuriazh con propósitos y reorganización, debía acogerme esa misma indiferencia que era la única actitud defensiva de cada desamparado frente a los juegos pedagógicos del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública.
La obtusa indiferencia era el producto de un largo proceso educativo y, en cierta medida, demostraba el gran poder de la pedagogía.
La mayoría de los kuriazhanos oscilaba entre trece y quince años de edad, pero en sus fisonomías ya habían tenido tiempo de grabarse intensamente diversos atavismos. Ante todo, saltaba a la vista la total ausencia en ellos de todo elemento social, a pesar de que casi desde su nacimiento se habían desarrollado bajo el signo de la "educación socialista". Una primitiva ingenuidad vegetal se transparentaba en cada uno de sus movimientos, pero ésta no era la ingenuidad de un niño que reacciona simplemente a todos los fenómenos de la vida. Los kuriazhanos no conocían ninguna vida. Sus horizontes se limitaban a la lista de productos alimenticios, hacia los que eran atraídos en un reflejo sombrío y somnoliento. Abrirse paso hacia la marmita de la comida en medio de fierecillas semejantes a ellos: tal era toda su tarea. A veces, esta tarea se resolvía con más fortuna, otras veces, con menos suerte; el péndulo de su vida privada no conocía otras oscilaciones. Como acción directa, los kuriazhanos robaban solamente los objetos que estaban a su alcance o aquellos sobre los que caía toda su multitud. La voluntad de estos niños estaba aplastada hacía ya mucho tiempo por las violencias, los coscorrones y los insultos de los mayores, los llamados "tragones", que han florecido tan profusamente sobre la base de la no resistencia y de la "autodisciplina" en la educación socialista.
Al mismo tiempo, estos niños no tenían nada de idiotas. En realidad, eran muchachos corrientes, colocados por el destino en una situación increíblemente estúpida: por una parte, estaban privados de todos los bienes del desarrollo humano, por otra parte, el destino les había arrancado a las condiciones salvadoras de la sencilla lucha por la vida al asegurarles la pitanza, mala, pero diaria.
Sobre el fondo de esa masa fundamental resaltaban ciertos grupos de otro orden. En el dormitorio de Jovraj se encontraba, al parecer, el estado mayor de los "tragones"... Mis muchachos decían que eran unos quince y que el papel principal entre ellos era desempeñado por un tal Korotkov. Yo no había visto aún al propio Korotkov, y, en general, estos educandos pasaban la mayor parte del tiempo en la ciudad. Evguéniev, que había encontrado entre ellos a viejos amigos, afirmaba que todos ellos eran unos rateros vulgares y que la colonia les hacía falta tan sólo en calidad de domicilio. Pero Vitka Górkovski no estaba de acuerdo con él:
-¡Qué van a ser rateros! ¡Son hampones!...
Vitka decía que Korotkov, y Jovraj, y Perets, y Churilo, y Podnebesni, y todos los demás operaban, precisamente, en la colonia. Al principio, habían desvalijado las casas de los educadores, los talleres y los depósitos. Algo se podía robar, también entre los educandos. Para el Primero de Mayo a muchos educandos se les había entregado calzado nuevo: según Górkovski, el calzado había sido el principal objetivo de la actividad de los ladrones. Además, operaban en las aldeas y algunos incluso en la carretera. La colonia estaba situada en la carretera principal de Ajtir.
Vitka entornó de repente los ojos y se echó a reír:
-¿Y sabéis lo que han inventado ahora esos bichos? Los pequeñuelos les tienen miedo, tiemblan ante ellos; y, entonces, ellos se meten a organizadores, ¿comprendéis? En su lenguaje los pequeños son llamados "perritos". Cada uno de ellos tiene varios "perritos". Y por la mañana les dicen: ve a donde quieras, pero trae algo por la noche. Entonces, ellos roban, bien en los trenes, bien en el mercado, pero la mayoría no sirve para eso y lo que hacen es mendigar. Piden en las calles, en el puente, en Rizhov. Dicen que reúnen cada día dos o tres rublos. Churilo es quien tiene los mejores "perritos"; le traen hasta cinco rublos. Y hasta han señalado una norma: una cuarta parte para el "perrito", y el resto, para el amo. ¡Oh! No se fije usted en que no tengan nada en los dormitorios. Tienen ropa y dinero, sólo que todo está escondido. Aquí, en Podvorki, hay casas que se dedican a ello; en cuanto a Caínes, hay todos los que usted quiera. Cada noche organizan juergas allí.
El segundo grupo estaba constituido por muchachos como Záichenko y Málikov. Cuando profundicé más en la colonia, resultó que no eran tan pocos: unos treinta en total. Habían conseguido por puro milagro conservar, en medio de todas las vicisitudes de la vida, unos ojos brillantes, una encantadora agresividad juvenil y frescos talentos analíticos que les permitían reaccionar a cada fenómeno con bélico entusiasmo. Yo amo a esta categoría de la humanidad, la amo por lo bello y lo noble de sus movimientos espirituales, por su profundo sentido del honor, hasta por ser solteros convencidos y antifeministas. Desde que mi primer destacamento mixto entró en funciones, estos muchachos alzaron la nariz, aspirando con avidez el aire fresco, después se agitaron por los dormitorios, irguiendo el rabo y haciendo girar, rápidamente los talentos analíticos arriba mencionados. Aún tenían miedo a pasarse manifiestamente a mi lado, pero su apoyo estaba asegurado ya.
Vitka y yo tropezamos involuntariamente con el tercer grupo de elementos sociales, y Vitka se detuvo ante ellos como un "setter" ante la liebre, temeroso y asombrado. En un ángulo lejano del patio, apoyado contra la vieja muralla, había un pabellón aislado con una terraza de madera tallada. Vania Záichenko nos dijo, señalándonos ese edificio:
-Ahí, viven los agrónomos.
-¿Qué agrónomos? ¿ Cuántos son?
-Catorce.
-¿Catorce agrónomos? ¿Para qué tantos?
-Ellos son los que sembraron el centeno y ahora viven...
Recordé a Jalabuda y todavía dudé más:
-¿Os burláis de ellos llamándoles así?
Pero Vania puso una cara muy seria y, señalando el pabellón, agitó la cabeza con más insistencia aún:
-No, son agrónomos de verdad, vayan ustedes a verles. Ellos son los que labraron y sembraron el centeno. Y fíjese cómo ha crecido. ¡Ya está así de grande!
Vitka contempló a Vania con indignación:
-¿Son aquéllos... de la camisa azul? Pero si son educandos... ¿Por qué mientes?
-¡No miento! -chilló Vania-. ¡No miento! Y hasta título deben recibir. En cuanto lo reciban, se marcharán...
-Bien, bien, vamos a ver a vuestros agrónomos.
En el pabellón había dos dormitorios. Sobre las camas, cubiertas por mantas relativamente nuevas, había unos muchachos vestidos, en efecto, con unas camisas de satén azul, bien peinados y con cierto aire especial de virtud. Adornaban las paredes tarjetas postales, recortes de revistas y pequeños espejos en marcos de madera, todo ello cuidadosamente clavado. Los alféizares de las ventanas estaban revestidos de limpios papeles, recortados por los bordes.
Los serios muchachos respondieron secamente a mi saludo y no expresaron ninguna indignación cuando Vania Záichenko hizo, inspirado, las presentaciones:
-¡Todos éstos son agrónomos, ya os lo he dicho! ¡Y éste es el principal, Voskobóinikov!
Vitka Górkovski me miró con la misma expresión que si se nos invitara a conocer, en lugar de agrónomos, a magos o brujos, en cuya existencia Vitka no podía creer de ninguna manera,.
-Escuchadme, muchachos, no ofenderos, pero decidme: ¿por qué os llaman agrónomos?
Voskobóinikov -un joven alto, en cuyo rostro la palidez luchaba con la suficiencia, sin que las dos pudieran ocultar una inmóvil y estancada ignorancia- se levantó de la cama, metió con gran esfuerzo las manos en los estrechos bolsillos de sus pantalones y me dijo:
-Nosotros somos agrónomos. Pronto recibiremos los diplomas...
-¿Quién debe dároslos?
-¿Cómo quién? El director.
-¿Qué director?
-El director de antes.
Vitka se echó a reír.
-¿Tal vez también a mí me dará un diploma?
-No hay por qué reírse -se picó Voskobóinikov-. Si no comprendes, cállate. ¡Qué sabes tú!
Vitka se enfadó:
-Yo comprendo que aquí todos sois unos tarugos. Decidme claramente, ¿quién está aquí haciendo el tonto?
-Tal vez tú -respondió ingeniosamente Voskobóinikov, pero Vitka se sentía ya incapaz de resistir más hechicerías:
-¡Déjalo, te digo!... ¡Venga, habla!..
Nos sentamos en las camas. Superando su suficiencia y su virtud, resistiéndose y ofendiéndose, alternando sus escuetas palabras con muecas desconfiadas y despreciativas, los agrónomos revelaron ante nosotros los secretos del centeno de Jalabuda y de su propia vertiginosa carrera. Durante el otoño había trabajado en Kuriazh un representante de Jalabuda con la misión especial de sembrar centeno. Convenció a unos quince muchachos de los mayores y les retribuyó muy generosamente: les instaló en un pabellón aparte, les compró camas, ropa blanca, mantas, trajes, abrigos, pagó a cada uno cincuenta rublos y se comprometió a entregarles el diploma de agrónomo cuando terminaran el trabajo. Como todo lo convenido -las camas y lo demás- resultó cierto, los muchachos no tenían motivos para dudar de los diplomas, tanto más cuanto que todos ellos eran semianalfabetos, y, ninguno había pasado del segundo grado de la escuela primaria. La fecha de la entrega de los diplomas fue postergándose hasta la primavera. Esta circunstancia, sin embargo, no inquietó demasiado a los muchachos, aunque el representante de Jalabuda se había diluido en el éter de los combinados de la Ayuda a la Infancia, porque el director de la colonia había asumido noblemente sus compromisos. Ayer, al marcharse, les había confirmado que los diplomas estaban ya listos. Sólo faltaba traerlos a Kuriazh y entregarlos solemnemente a los agrónomos.
Yo dije a los muchachos:
-Os han engañado. Para llegar a ser agrónomos, hay que estudiar mucho, estudiar durante varios años. Hay unos institutos en los que se puede estudiar; mas para ingresar en ellos, hace falta estudiar también varios años en una escuela corriente. Y vosotros... A ver, ¿cuántos son siete por ocho?
Un muchacho moreno y agraciado, al que yo había dirigido a boca de jarro la pregunta, respondió inseguro:
-Cuarenta y ocho.
Vania Záichenko lanzó una exclamación de asombro y desorbitó sus sinceros ojitos:
-¡Huy, huy, huy con el agrónomo! ¡Cuarenta y ocho! ¡Vaya un descubrimiento, vaya un descubrimiento! ¡Pues sí que!...
-¿Y tú por qué te metes? ¿A ti qué te importa? -chilló Voskobóinikov a Vania.
-¡Pero si son cincuenta y seis! -Y Vañka palideció de la apasionada convicción-. ¡Cincuenta y seis!
-Entonces, ¿qué va a pasar? -preguntó un muchacho corpulento y anguloso, a quien todos llamaban Svatkó-. Nos habían prometido plaza en el sovjós, y ahora...
-Eso es posible -respondí yo-. Está bien trabajar en el sovjós, pero no seréis agrónomos, sino obreros.
Los agrónomos pegaron un salto de indignación sobre sus camas. Svatkó palideció de rabia:
-¿Usted cree que no encontraremos la verdad? ¡Nosotros comprendemos, lo comprendemos todo! El director nos había prevenido ya.. ¡Sí! Usted necesita ahora que le labren la tierra y, como no quiere hacerlo nadie, por eso arma todo ese lío. ¡Y hasta al camarada Jalabuda le han convencido! ¡Pero no será como usted quiere, no lo será!
Voskobóinikov hundió de nuevo las manos en los bolsillos y extendió hasta el techo su largo cuerpo.
-¿Para qué venís aquí con cuentos?... Gente enterada nos lo había advertido. ¡Hay que ver cuánto trabajamos y sembramos! ¡Y usted necesita explotarnos! ¡Ya está bien!
-¡Qué estúpidos! -pronunció tranquilamente Vitka.
-¡A ver si te doy en los morros!... ¡Gorkianos! ¿Habéis venido aquí para que otros os saquen las castañas del fuego?
Me levanté de la cama. Los agrónomos nos miraban con sus rostros obtusos y enfadados. Procuré despedirme de ellos lo más tranquilamente posible:
-Allá vosotros, muchachos. Queréis ser agrónomos, sedlo... No necesitamos por ahora vuestro trabajo. Nos arreglaremos sin vosotros.
Fuimos hacia la salida. De todas formas, Vitka, incapaz de resistir, declaró obstinadamente en el umbral:
-A pesar de todo sois unos idiotas.
Esta declaración produjo tanto descontento entre los agrónomos, que Vitka se vio obligado a salir de la terracilla en tercera velocidad.
En la habitación de los pioneros Zhorka Vólkov pasaba revista a los kuriazhanos que a trancas y barrancas habían sido promovidos a jefes. Yo había advertido a Zhorka que de esta empresa no saldría nada, que no necesitábamos a semejantes jefes. Pero Zhorka quiso convencerse prácticamente.
Los candidatos elegidos estaban sentados en los bancos y se rascaban un pie descalzo contra el otro, lo mismo que las moscas. Zhorka parecía ahora un tigre: sus ojos eran agudos y chispeantes. Los candidatos se conducían como si se les hubiera traído aquí para tomar parte en algún juego nuevo, pero las reglas de este juego parecían demasiado embrolladas y, en general, los viejos juegos eran más divertidos. Aunque trataban de sonreír delicadamente en respuesta a las ardientes explicaciones de Zhorka, sus sonrisas le causaban escasa alegría:
-Vamos a ver. ¿De qué te ríes? ¿De qué? ¿Comprendes de lo que se trata? ¡Basta de ser parásito! ¿Sabes lo que es el Poder soviético?
Los rostros de los candidatos se ponen serios y hacen unos visajes de vergüenza con sus mejillas iluminadas por una sonrisa.
-Entendedlo bien: ya que eres jefe, tu orden debe ser cumplida.
-¿Y si ellos no quieren? -pregunta, floreciendo de nuevo en una sonrisa, un muchacho rubio de frente despejada, por lo visto vago y charlatán, llamado Petrushko.
Entre los invitados se halla también Spiridón Jovraj. Su reciente conversación con Belujin y Karabánov parece haberle enternecido, pero ahora está desilusionado: se exige de él desfavorables y molestas complicaciones con los camaradas.
Aquella tarde, después de los apasionados discursos de Zhorka y de la sonriente indiferencia de los kuriazhanos, constituimos, a, pesar de todo, el Soviet de jefes, hicimos una lista de todos los habitantes de la colonia y hasta señalamos el trabajo para el día siguiente. Mientras tanto, Vólojov y Kudlati prepararon las herramientas para la salida al campo... Tanto el Soviet de jefes como las herramientas tenían un aspecto sumamente precario, y nuestro estado de ánimo al acostarnos era de cansancio y de derrota. Aunque Borovói y su ayudante habían empezado a trabajar y alrededor de los montículos de tierra de un negro vivo brillaban ya frescas astillas, la tarea general en Kuriazh seguía apareciendo confusa y carente de ese cabito salvador de que era preciso tirar para poder empezar.
Al día siguiente, por la mañana temprano, los "rabfakianos" volvieron a Járkov. Según lo acordado en el Soviet de jefes, a las seis se tocó diana. A pesar de que del muro de la catedral colgaba ya una nueva campana con buena voz, el toque no produjo ningún efecto en los muchachos de Kuriazh. El educador de guardia, Iván Denísovich Kirguísov, se asomó con un flamante brazalete rojo a unos cuantos dormitorios, pero salió malhumorado de ellos. La colonia dormía: sólo junto a la cochera se afanaba nuestro destacamento mixto de vanguardia, disponiéndose a marchar al campo. Veinte minutos más tarde salió con tres pares de caballos, que arrastraban arados y rastrillos. Kudlati subió al cabriolet y se fue a la ciudad en busca de semilla de patata. A su encuentro, venían de la ciudad unas figuras pálidas y entumecidas. A mí no me quedaban fuerzas para detenerlas y registrarlas, para hablar de los pormenores de la noche pasada. Sin ningún obstáculo se metieron en los dormitorios y, de tal modo el número de durmientes incluso aumentó.
Conforme al plan de trabajo elaborado ayer y ratificado unánimemente por el Soviet de jefes, todas las fuerzas de Kuriazh debían ser lanzadas a la limpieza de los dormitorios y del patio, al desbrozamiento del terreno para invernaderos, a la labranza de parcelas para huerta alrededor de la muralla del monasterio y a la demolición de la propia muralla. En los raros momentos de optimismo comenzaba a notar en mi una nueva y agradable sensación de fuerza. ¡Cuatrocientos colonos! Me imaginaba cómo se habría alegrado Arquímedes si le hubieran ofrecido cuatrocientos colonos. Posiblemente hubiese renunciado hasta a su punto de apoyo en su afán de mover el mundo. Sí, los doscientos ochenta muchachos de Kuriazh eran para mi un inusitado coágulo de energía después de los ciento veinte gorkianos.
No obstante, ese coágulo de energía reposaba en unas camas sucias y ni siquiera tenía prisa por desayunar. Disponíamos ya de platos y cucharas, y todo esto había sido colocado con relativo orden sobre las mesas del comedor, pero Shelaputin estuvo tañendo la campana una hora entera hasta que en el comedor aparecieron las primeras figuras. El desayuno se prolongó hasta las diez. Yo pronuncié varios discursos en el comedor, por décima vez repetí a qué destacamento pertenecía cada uno, quién era el jefe y qué trabajo correspondía a cada destacamento. Los educandos escuchaban mis discursos sin levantar la cabeza del plato. Estos miserables ni siquiera tuvieron en cuenta el hecho de que se les había condimentado una sopa muy sabrosa, con mucha grasa, y que sobre el pan había cuadraditos de mantequilla. Con un aire indiferente devoraron la sopa y la mantequilla, se guardaron trozos de pan en los bolsillos y salieron del comedor, chupándose los sucios dedos y despreciando mis miradas, llenas de una esperanza digna de Arquímedes.
Nadie se aproximó a Misha Ovcharenko, que había colocado en los peldaños del atrio de la catedral las palas, las escobas y los rastrillos comprados ayer. Misha tenía en la mano un libro de notas nuevo, también adquirido ayer, en el que debía apuntar cuántos instrumentos habían sido entregados a cada destacamento. Misha estaba como un tonto junto a su almacén, porque ni una sola persona se le acercó. Ni siquiera Vania Záichenko, jefe del décimo destacamento de kuriazhanos, integrado por sus amigos, y en el que yo confiaba principalmente, llegó en busca de las herramientas ni le vi durante el desayuno. De los jefes nuevos, únicamente Jovraj se me acercó en el comedor, se puso a mi lado y contempló con desenfado a la muchedumbre que pasaba junto a nosotros. Su destacamento -el cuarto- era el encargado de demoler la muralla del monasterio: para él, Misha había preparado unas barras. Pero Jovraj ni siquiera se acordaba del trabajo que le había sido encomendado. Con el mismo desparpajo empezó a hablar conmigo de temas que no tenían ninguna relación con la muralla del monasterio:
-Dígame, ¿es verdad que en la colonia Gorki hay chicas guapas?
Le volví la espalda y me dirigí a la salida, pero él echó a andar junto a mí y, mirándome a la cara, continuó:
-Y también dicen que tienen ustedes unas educadoras que... miel sobre hojuelas. ¡Ja, ja! ¡Será interesante verlas cuando vengan! También aquí teníamos unas mujercitas que no estaban mal... Pero, ¿sabe usted una cosa? ¡Tenían un miedo a mi mirada, que vamos! Las miraba, y ellas se ponían todas así de encarnadas. Y ¿por qué es eso, dígame usted, por qué tengo yo una mirada tan temible?
-¿Por qué no ha salido tu destacamento a trabajar?
-¡Que el diablo se lleve al destacamento, a mí qué me importa! Yo tampoco he salido...
-¿Por qué?
-No tengo ganas, ¡ja, ja, ja!
Entornó los ojos, mirando la cruz de la catedral:
-También aquí, en Podvorki, hay unas mujercitas arrebatadoras... ¡Ja, ja!... Si usted quiere, puedo presentárselas...
Desde ayer, mi cólera estaba aplastada por el peso muerto de poderosísimos frenos. Por eso, aunque dentro de mí surgía algo obstinado y brutal, en la superficie de mi alma oía solamente un chirrido sofocado y se me recalentaban las válvulas del corazón. En mi cabeza alguien dio la voz de "firme", y los sentimientos, las ideas y hasta las ideítas se apresuraron a enderezar las filas oscilantes. Ese mismo "alguien" ordenó severamente:
-"¡Deja a Jovraj! Hay que averiguar urgentemente por qué el destacamento de Vania Záichenko no ha salido al trabajo y por qué Vania no ha venido a desayunar.
Y por eso y por otras razones, dije a Jovraj:
-¡Vete al cuerno!...
Jovraj, muy sorprendido por mi trato, se apresuró a retirarse. Yo corrí al dormitorio de Záichenko.
Vania yacía sobre el jergón desnudo. Alrededor del jergón estaba toda la pandilla. Vania tenía, recostada la cabeza sobre un brazo, y aquel bracito pálido y delgado contra el fondo de la almohada sucia parecía limpio.
-¿Qué ha ocurrido? -pregunté.
La pandilla, en silencio, me dejó pasar hacia la cama. Haciendo un esfuerzo, Odariuk sonrió y dijo apenas perceptiblemente:
-Le han pegado.
-¿Quién le ha pegado?
Con una voz inesperadamente sonora Vania dijo desde la almohada:
-Alguien me ha pegado, ¿comprende?, ¿puede imaginárselo? Vinieron por la noche, me taparon con una manta y me pegaron a conciencia. ¡Me duele el pecho! La voz sonora de Vania Záichenko estaba en flagrante contradicción con su carita enflaquecida y paliducha.
Yo sabía que entre los pabellones de Kuriazh había uno que, llevaba el nombre de enfermería. Allí, entre las habitaciones vacías y sucias, había una que era la residencia de una viejecita enfermera. Envié a Málikov en su busca. En la puerta Málikov tropezó con Shelaputin:
-¡Antón Semiónovich, ha venido gente en coche y están buscándole! Junto a un Fiat grande y negro se hallaban Bréguel, la camarada Zoia y Kliámer. Bréguel sonrió majestuosamente:
-¿Ha tomado usted posesión?
-Sí.
-¿Cómo van los asuntos?
Todo ya bien.
-¿Completamente bien?
-Se puede vivir.
La camarada Zoia me miró con desconfianza. Kliámer examinaba todo a su alrededor. Probablemente quería ver a mis educadores de cien rublos. Tropezando, pasó a nuestro lado con un rápido trote senil la vieja enfermera que corría a ver a Vania Záichenko. Desde la cochera llegaban las palabras indignadas de Vólojov:
-¡Canallas, han echado a perder a la gente y a los caballos! ¡No hay un par que trabaje, no son bestias, sino prostitutas!
La camarada Zoia enrojeció, dio un salto y agitó su cabeza grande y desgarbada:
-¡Eso sí que es educación socialista!
Yo me eché a reír:
-Eso no es educación socialista. Se trata, simplemente, de un hombre que no encuentra palabras.
-¿Cómo que no las encuentra -sonrió sarcástico Kliámer-. A mí me parece que sí las encuentra.
-Sí, claro, al principio no las encontraba, pero después las ha encontrado.
Bréguel quiso decir algo, me miró fijamente y no dijo nada.

5. IDILIO


Al otro día envié a Kóval este telegrama:
"Colonia Gorki. Kóval. Apresura marcha colonia. Personal pedagógico debe llegar Kuriazh primer tren efectivos completos".
Al día siguiente, por la noche, recibí la contestación:
"Retraso debido vagones educadores salen hoy".
A las dos de la madrugada, el único cabriolet de Kuriazh trajo de la estación de Rizhov a Ekaterina Grigórievna, Lidia Petrovna, Butsái, Zhurbín y Goróvich. De los innumerables bastiones pedagógicos habíamos elegido para ellos habitaciones y habíamos arreglado mal que bien unas camas. Los colchones fueron comprados en la ciudad.
El encuentro fue alegre. Shelaputin y Toska, a pesar de sus quince años, besaban y abrazaban como chiquillos a los recién llegados, chillaban y se colgaban de su cuello, levantando los pies. Los educadores llegaron animados y frescos, y en sus rostros yo leía el parte acerca del estado de los asuntos en la colonia. Ekaterina Grigórievna confirmó brevemente:
-Allí está todo preparado. Todo recogido. Únicamente necesitamos vagones.
-¿Cómo están los muchachos?
-Los muchachos están sentados en los cajones y trepidan de impaciencia. Me parece que nuestros muchachos son muy felices. Y creo que todos nosotros lo somos. ¿Y usted?
-Yo también estoy saturado de felicidad -respondí con reserva-, pero me parece que en Kuriazh ya no queda gente feliz...
-¿Qué ha ocurrido? preguntó, inquieta, Lídochka.
-Nada terrible -repuso desdeñosamente Vólojov-. Sólo que tenemos pocas fuerzas. Y no es que sean pocas, pero hay que trabajar en el campo. Nosotros somos ahora el primero mixto, y el segundo mixto, y todos los destacamentos que usted quiera.
-¿Y los de aquí?
Los muchachos se echaron a reír.
-Ya los verá...
Piotr Ivánovich Goróvich apretó con fuerza sus bellos labios, miró atentamente a los muchachos, a las oscuras ventanas, a mí:
-¿Hay que traer rápidamente a los muchachos?
-Sí, lo antes posible -contesté yo-. La colonia tiene que correr como a un incendio. Si no, fracasaremos.
Piotr Ivánovich carraspeó:
-Sí, claro... debe usted ir a la colonia, aunque nosotros la pasemos mal en Kuriazh. Piden mucho por los vagones, no quieren hacer ningún descuento y, en general, están fastidiándonos. Tiene usted que ir por un día... Kóval ha reñido ya con todos en la estación.
Nos quedamos pensativos. Vólojov se encogió de hombros y carraspeó también como un viejo.
-En fin... Váyase usted cuanto antes. Ya nos arreglaremos; de todas formas, peor que están las cosas no van a estar. Lo que hace falta es que los nuestros no se demoren allí.
Iván Denísovich, sentado en el poyo de la ventana, sonreía tranquilamente, examinando las manecillas del reloj.
-Precisamente hay un tren dentro de dos horas. ¿Y qué me aconseja usted?
-¿Qué le aconsejo? ¡Diablos! ¡La cosa es para consejos! Naturalmente, no se puede emplear la fuerza. Ahora sois seis. Si conseguís ganaros a dos o tres destacamentos, estará muy bien. Sólo que tratad de ganároslos no por aislado, sino por grupos.
-¿Agitación, entonces? -preguntó tristemente Goróvich.
-Agitación, pero sin que ellos se den cuenta. Sobre todo, habladles de la colonia, de diferentes hechos de la construcción. Pero ¿qué os voy a decir? Por supuesto, no podréis abrirles tan rápidamente los ojos. Sin embargo, dadles a entender algo.
En mi cabeza había el caos más indignante: ideas e imágenes de lo más diverso saltaban, se retorcían, trepaban y hasta se desmayaban, y si alguna de ellas gritaba a veces con una voz alegre, yo comenzaba a sospechar seriamente que estaba ebria.
Hay una mecánica pedagógica, una física y una química, incluso una metafísica pedagógica. Podía preguntarse: ¿para qué dejaba aquí, en Kuriazh, en esta noche oscura a esos seis ascetas? Yo divagaba con ellos acerca de la agitación, y, en realidad, me decía: en la sociedad de los kuriazhanos aparecerán mañana seis personas buenas, cultas, serias. ¿No sería esto, en realidad, una cucharada de miel en un tonel de alquitrán?... Además, ¿se trataba de alquitrán? Esta era, naturalmente, una química lastimosa. Y la reacción química podía ser también lastimosa, enclenque, infinita. Si aquí hacía falta química, era otra: dinamita, nitroglicerina, en general, una explosión inesperada, terrible, convincente, para que, como flechas, saliesen disparados hacia el cielo la muralla del monasterio, y los klift, y las almas infantiles, y los "tragones", y los diplomas de agrónomo.
Hablando entre nosotros, yo mismo estaba dispuesto a meterme con mi primer destacamento mixto en algún buen tonel: fuerza explosiva teníamos bastante, palabra de honor. Recordé el año 20. Sí, entonces empezamos con más fuerza, entonces había estallidos y yo mismo me sentía llevado por entre las nubes como el Vakula de Gógol, y nada me daba miedo entonces. Pero ahora tenía llena la cabeza, de toda clase de abalorios, que, según decían, eran necesarios para adornar a la pedagogía, esta beata hipócrita. "Sea usted buena, grand'maman, permítame zurrar una vez en el aire". "Tenga la bondad -accede ella-, hágalo, pero procure que los muchachos no se molesten".
¡Qué explosiones ni qué ocho cuartos!
-Vólojov, engancha, me voy.
Una hora más tarde, de pie ante la abierta ventanilla del vagón, yo contemplaba las estrellas. El tren era de cuarta clase. No había donde sentarse.
¿No habría huido vergonzosamente de Kuriazh? ¿No me habría asustado de mis propias reservas de dinamita? Era preciso tranquilizarse. La dinamita es una cosa peligrosa: ¿para qué andar con ella, cuando existen en el mundo mis admirables gorkianos? Dentro de cuatro horas dejaré este sucio y asfixiante vagón y me hallaré en su refinada sociedad.
Llegué a la colonia en un coche de alquiler, cuando hacía ya mucho tiempo que los rayos solares habían perdido su fuerza. Los colonos corrieron a mí desde todas partes. ¿Eran colonos o emanaciones de radio? Hasta Galatenko, que antes negaba categóricamente la carrera como medio de desplazamiento, se asomó ahora por las puertas de la forja y de repente corrió por el sendero, estremeciendo la tierra y recordando a uno de los elefantes de combate del rey Darío Histaspes. Al clamor general de saludos, exclamaciones de sorpresa y preguntas impacientes también él apartó su parte:
-¿Qué tal, Antón Semiónovich, se consigue algo o no?
¿De dónde has sacado, Galatenko, una sonrisa tan viril y tan franca? ¿Dónde has conseguido este sólido músculo que pliega tan graciosamente tu párpado inferior? ¿Con qué has untado tus ojos? ¿Con brillantina, esmalte chino o agua pura de la fuente? Y aunque tu pesada lengua gira todavía lentamente, también expresa emoción. ¡Emoción, demonios!
-¿Por qué estáis tan elegantes? ¿Tenéis baile? -pregunté a los muchachos.
-¡Sí! -respondió Lápot-. ¡Un verdadero baile! Hoy es el primer día que no trabajamos y, por la noche, representaremos La pulga, nuestro último espectáculo, y nos despediremos de los mujiks... Pero, diga usted, ¿qué tal van los asuntos?
Con sus nuevos calzones y sus nuevos gorritos de terciopelo; confeccionados especialmente para impresionar a los kuriazhanos, los colonos olían a fiesta. De un lado para otro corrían diligentemente los colonos de los sextos mixtos, preparando el espectáculo. En los dormitorios, en la escuela, en los talleres, en el club, había en todos los rincones cajones clavados; cosas envueltas en arpilleras, montones de hatillos y de colchones. Todo estaba barrido y fregado, tal como corresponde a una fiesta. En mi casa reinaba el undécimo destacamento, con Shurka Zheveli a la cabeza. Todas las cosas de la abuelita habían sido embaladas también, pero los muchachos le habían dejado magnánimamente una cama plegable, y Shurka se enorgullecía de su generosidad:
-La abuelita no puede dormir como nosotros. ¿Ha visto usted? Los muchachos duermen ahora todos en la era, sobre el heno... Todavía mejor que en la cama. Y las chicas, en los carros. Pero fíjese usted: ese Nesterenko ha tomado posesión únicamente ayer y hoy presume ya: le da lástima el heno. ¡Hay que ver! Nosotros le hemos dado una colonia entera, y a él le da lástima el heno. ¿Qué le parece como hemos embalado las cosas de la abuelita? ¿Qué dice usted, abuelita?
La abuela sonríe dulcemente a los muchachos, aunque tiene sus puntos de divergencia con ellos:
-Lo habéis embalado todo muy bien, pero ¿dónde va a dormir ahora vuestro director?
-¡Ya lo sé! -grita Shurka-. En nuestro destacamento, en el once, es donde está el mejor heno, súper. Hasta Eduard Nikoláievich se enfadó al ver que dormíamos en él. ¿Es que se puede dormir sobre un heno semejante?, decía. Pero nosotros dormimos y después se lo dimos a comer al Molodiets ¡y había que ver cómo lo engullía! Le instalaremos, usted no se preocupe.
Una parte considerable de los colonos se había instalado en las casas de los educadores, formando organizaciones enteras de tutela y embalaje. En la habitación de Lídochka se había instalado el estado mayor de Kóval y Lápot. Sentado en el alféizar, Kóval, amarillo de ira y de cansancio, agitaba los puños e increpaba a los ferroviarios:
-¡Funcionarios, burócratas, Akakis! Les digo que se trata de niños y no quieren creerme. ¿Hay que presentarles las partidas de nacimiento o qué? Pero ¡si los nuestros no han visto nunca sus partidas de nacimiento! ¿Qué vas a decirle, cuando él, maldito sea, no comprende nada? A cada adulto, me dice, le corresponde un niño gratuito, pero si se trata sólo de niños... Me esfuerzo por explicarle al maldito de qué niños se trata, le digo que es una colonia de trabajo y que sólo queremos vagones de mercancías... ¡Y él lo mismo que un tronco! No hace más que darle al ábaco: carga, arriendo, amortización de tiempo... El diablo sabe de dónde ha podido sacar estas normas: si se trata de caballos y de muebles, una tarifa; si se trata de materiales para la campaña de siembra, la tarifa es distinta. Y yo le digo; pero, ¿de qué muebles habla usted? ¿Es que nos toma por unos burgueses que andan de mudanza? ¿A qué vienen los muebles?... No puedes imaginarte la insolencia de esos burócratas. ¡Qué insolencia! No hacen más que poner inconvenientes los muy sinvergüenzas. "Nos tienen completamente sin cuidado, dicen con todo cinismo, los campesinos ricos; nosotros no conocemos más que pasajeros y remitentes de mercancías. Yo le expongo las cosas, desde un punto de vista de clase, y él me dice: ya que tenemos un libro de tarifas, el punto de vista de clase nos importa un bledo.
Lápot escucha indiferente el trágico relato de Kóval acerca de los ferroviarios y mi triste informe acerca de Kuriazh, y, a la menor oportunidad, vuelve a los alegres temas locales, como si no existiese ningún Kuriazh, como si él no tuviera que dirigir dentro de unos días el Soviet de jefes en ese salvaje país. Empieza a apesadumbrarme su ligereza. Pero también mi pesadumbre es aventada por su ingenio chispeante. También yo me río a carcajadas con todos los demás y también me olvido de Kuriazh. Ahora, libre de las preocupaciones cotidianas, ha crecido y se ha desarrollado el original talento de Lápot. Es un notable coleccionista: a su alrededor giran, se entusiasman, le creen y admiran continuamente tontos, extravagantes, poseídos, anormales. Lápot sabe clasificarles, encasillarles, cuidarles y jugar con ellos. En sus manos irradian con todos los matices de la belleza y parecen ejemplares interesantísimos de la raza humana.
A Gustoiván, muchacho pálido desorientado y silencioso, le dice. Con una voz emocionada:
-Sí... hay una iglesia en el centro del patio. ¿Qué necesidad tenemos de un diácono extraño? Tú serás diácono.
Gustoiván mueve sus labios, delicadamente rosados. Antes de ingresar en la colonia, alguien vertió en su alma endeble una ración caballuna de "opio", y desde entonces no ha podido desprenderse de él. Por las noches reza en los rincones oscuros de los dormitorios, y acepta las bromas de los colonos como un dulce martirio. Kóstir no es tan confiado como él:
-¿Por qué dice usted eso, camarada Lápot? ¡Dios le perdone! ¿Cómo puede Gustoiván ser diácono, si el Señor no le ha ungido con su gracia divina?
Lápot alza su blanda nariz salpicada de pecas:
-¡Pues sí que tiene mucha importancia la gracia divina! ¡Le pondremos esta clámide, y entonces habrá que ver el diácono que será!
-La gracia divina es imprescindible -trata de convencerle Kósir con su voz atenorada y musical-. El Todopoderoso debe ungirle.
Lápot se sienta en cuclillas ante Kósir y, abriendo y cerrando sus párpados desnudos, un poco hinchados, le mira fijamente:
-Tú date cuenta, abuelo: el Todopoderoso significa el que tiene poder...
¿verdad?
-El Todopoderoso tiene poder...
-¿Y el Soviet de jefes, qué? Yo creo que si el Soviet de jefes le unge, ¡ésta sí que será unción!
-El Soviet de jefes no puede, querido; no posee la gracia divina -y Kósir, enternecido por la conversación, ladea la cabeza.
Pero Lápot coloca las manos sobre las rodillas de Kósir y con una voz íntima y cordial, trata de convencerle:
-¡Puede, Kósir, puede! ¡El Soviet de jefes puede dar tal gracia divina, que el Todopoderoso no hará más que carraspear!
El viejo y bondadoso Kósir escucha atentamente la simpática verborrea de Lápot, que siente penetrar en su alma, y está a punto de ceder. ¿Qué le han dado a él los santos y el Todopoderoso? Nada. En cambio, el Soviet de jefes ha ungido a Kósir de una verdadera gracia divina: le ha defendido de su mujer, le ha dado una habitación clara y limpia, en la habitación hay una cama, los pies de Kósir están enfundados en unas botas fuertes y bellas, confeccionadas por el primer destacamento de Gud. Quizá en el paraíso, cuando muera el viejo Kósir, habrá todavía esperanza de recibir alguna compensación de Dios, pero, en la vida terrenal, el Soviet de jefes es absolutamente insustituible para Kósir.
-¿Lápot, estás allí? -pregunta Galatenko, asomando por la ventana unos hocicos malhumorados.
-Sí. ¿Qué pasa? -responde Lápot, abandonando el tema religioso.
Galatenko se acomoda sin apresurarse en el alféizar y muestra a Lápot la copa rebosante de ira, de la cual se alza el vaho lento y enmadejado del sufrimiento humano. En los grandes ojos grises de Galatenko brillan unas lágrimas pesadas y espesas.
-Tú, Lápot, dile, dile... si no, soy capaz de darle en los hocicos...
-¿A quién?
-A Taraniets.
Galatenko me ve en la habitación y sonríe, secándose las lágrimas.
-¿Qué ha pasado, Galatenko?
-¿Es que tiene derecho? Él cree que, por ser el jefe del cuarto, sí tiene derecho; pero ¿qué tiene que ver eso? Le han dicho que haga una jaula para el Molodiets y él va y dice: para el Molodiets y para Galatenko.
-¿A quién se lo ha dicho?
-Pues a los carpinteros, a sus muchachos.
-¿Y qué más?
-Es la jaula para que el Molodiets no salte del vagón, pero ellos me han pescado y se ponen a tomarme medida y Taraniets dice: para el Molodiets a la izquierda y para Galatenko a la derecha.....
-¿El qué?
-Pues la jaula.
Lápot se rasca, pensativo, detrás de la oreja, y Galatenko espera intensa y pacientemente su decisión.
-Pero, ¿de verdad piensas saltar del vagón? ¡No puede ser!
Al otro lado de la ventana, Galatenko hace algo con los pies y él mismo se vuelve para mirar sus piernas:
-¿Por qué voy a saltar? ¿A dónde? Pero Taraniets dice: hacedle una jaula fuerte; si no, romperá el vagón.
-¿Quién lo romperá?
-Pues yo...
-¿Y tú no lo romperás?
-¿Pero cómo voy... pero si?...
-Es que Taraniets te considera muy fuerte. Tú no te molestes.
-Eso de que soy fuerte es otro cantar... Pero la jaula no tiene nada que ver con eso.
Lápot salta por la ventana y corre al taller de carpintería. Tras él se arrastra Galatenko.
De la colección de Lápot forma parte igualmente Arkadi Uzhikov. Lápot considera que Arkadi es un ejemplar extraordinariamente raro y habla de él con sincero calor:
-Tipos como Arkadi se pueden encontrar sólo una vez en la vida. No se aparta de mí a más de diez pasos: tiene miedo a los muchachos. Y duerme y come a mi lado.
-¿Te quiere?
-¡Ya lo creo! Pero me ha robado el dinero que me dio Kóval para comprar cuerda...
Lápot se echa a reír de pronto estrepitosamente y pregunta a Arkadi, que está sentado en un cajón:
-Dime, bichejo, ¿dónde lo escondiste?
Arkadi responde indiferente e inexpresivo, sin cambiar de postura y sin azorarse:
-Lo escondí en tus pantalones viejos..
-¿Y qué más?
-Y tú después lo encontraste.
-No lo encontré, amiguito, sino que te pesqué infragante, ¿verdad?
-Sí, me pescaste.
Los ojos sucios de Arkadi miran fijamente a Lápot, pero no son unos ojos humanos, sino unos malos e inexpresivos aparatos de cristal.
-Es capaz de robarle hasta a usted, Antón Semiónovich. ¡Palabra de honor que es capaz! ¿Verdad?
Uzhikov calla.
-¡Es capaz! -sigue entusiasmado Lápot, y Uzhikov observa su expresiva mímica con la misma indiferencia.
En el séquito de Lápot entra también Nitsenko. Tiene un cuello fino, largo, con una nuez prominente y una pequeña cabeza que ostenta con el estúpido orgullo de un camello. Lápot dice de él:
-De ese tonto se puede hacer toda clase de cosas: varas, cucharas, baldes, palas. ¡Y él se imagina que es un verdadero ladrón!
Me alegra que toda esa pandilla se sienta atraída por Lápot. Así me es más fácil destacarla de las filas generales de los gorkianos. Las incansables sentencias de Lápot obran sobre este grupo como un desinfectante, y, por ello, en mí se refuerza la idea de que en la colonia hay verdaderamente orden y organización. Y esta impresión es ahora una impresión viva, que -no sé por qué-, me parece, además nueva.
Todos los colonos me han preguntado por los asuntos de Kuriazh, pero yo veo que lo preguntan sólo por cortesía, como se pregunta habitualmente cuando uno encuentra a alguien: "¿Cómo está usted?" El interés vivo por Kuriazh se ha secado y está ahora perdido en lejanos vericuetos de nuestra colectividad. Hoy dominan otros temas y otros sentimientos vivos: los vagones, las jaulas para el Molodiets y para Galatenko, los domicilios de los educadores llenos de cosas confiadas al cuidado de los colonos, las noches en el heno. La pulga, la sordidez de Nesterenko, los bártulos, los cajones, los carros, los nuevos gorros de terciopelo, las caras tristes de las Marusias, las Natalkas y las Tatianas de Gonchárovka los tiernos brotes del amor condenados a ser guardados en conserva. Por la superficie de la colectividad corren anécdotas y bromas, suena la risa y centellea la burla sencilla y cordial. Exactamente del mismo modo corren las olas por el maduro mar de trigo del campo ucraniano que de lejos parece frívolo y juguetón. Y, sin embargo, con cada espiga que se balancea limpia de polvo, que se mece libre de inquietudes bajo el dulce viento, reposan tranquilas fuerzas, y lo mismo que la espiga no tiene que preocuparse de la trilla, tampoco los muchachos deben preocuparse de Kuriazh. La trilla llegará a su tiempo, y también a su tiempo llegará el trabajo en Kuriazh.
Por los tibios senderos de la colonia pisan con una gracia lenta los pies desnudos de los colonos, y los talles, ceñidos por estrechos cinturones, se cimbrean imperceptiblemente. Sus ojos sonríen con serenidad, los labios se estremecen apenas en el saludo amistoso. En el parque, en el jardín, en los bancos -que tanta pena da abandonar-, sobre el césped, a orillas del río, se instalan grupitos de amigos, muchachos expertos hablan del pasado, de la madre, de las tachankas, de los destacamentos, de los bosques y de la estepa. Sobre ellos se ciernen las copas silenciosas de los árboles, los zumbidos de las abejas, el perfume de las "reinas de las nieves" y de las acacias blancas.
En una torpe confusión yo empiezo a distinguir el idilio. Me acuden a la imaginación las figuras irónicas de pastorcitos, céfiros, amorcillos. Pero la vida, palabra de honor, es capaz de gastar bromas y, a veces, bromea con insolencia. Bajo una mata de lilas se ha instalado un pequeñuelo chato y enfurruñado, a quien llaman Mópsik, y se está allí toca que te toca un flautín. No, no debe de ser un flautín, sino una zampoña o quizá una flauta, y Mópsik tiene la misma expresión astuta de un pequeño fauno. Y en la orilla del prado las muchachas trenzan guirnaldas, y Natasha Petrenko, coronada de flores azules, me conmueve hondamente con su fabuloso encanto. Y tras la pared plumosa de un saúco sale Pan al sendero, y su bigote ceniciento se estremece en una sonrisa, mientras entorna sus profundos ojos de un azul claro:
-¡Y yo buscándote, buscándote! Me dijeron que te habías ido a la ciudad.
Bueno, ¿y qué? ¿Has convencido a esos parásitos? Los muchachos necesitan irse, y los idiotas esos están burlándose de nosotros...
-Óyeme, Kalina Ivánovich -le digo-, será mejor que te vayas a la ciudad con tu hijo mientras estén aquí los muchachos. Después de que nos vayamos, te será más difícil hacerlo.
Kalina Ivánovich, buscando su pipa, escarba en los anchos bolsillos de su chaqueta:
-Fui el primero en venir aquí y seré el último en marcharme. Los mujiks me trajeron aquí y los mujiks me llevarán, ¡parásitos! Ya me he puesto de acuerdo con ese Musi. Y trasladarme a mí no es cosa complicada. Tú habrás leído seguramente en los libros cuánto tiempo hace que existe el mundo. Pues bien, calcula el número de viejos tontos como yo que se habrán trasladado y no se ha perdido ni uno solo. Me trasladarán, ¡je, je!...
Kalina Ivánovich y yo vamos por un sendero. El viejo fuma su pipa y contempla la copa de los arbustos, la brillante superficie del Kolomak, las muchachas coronadas de flores y Mópsik con su flautín.
-Si yo supiera mentir como algunos parásitos, os diría: iré a veros a Kuriazh.
Pero yo lo digo sinceramente: no os visitaré. ¿Comprendes? El hombre está mal hecho, es una bestia delicada, no teme tanto al trabajo como a las preocupaciones. Trabaje o no, teóricamente parece un hombre, pero en la práctica no sirve más que para encolar. Cuando la gente sea más lista, hará cola de los viejos. Puede salir una cola muy buena...
Después de la noche de insomnio y de las gestiones en la ciudad, mi estado de ánimo es cristalino: siento el suave sonido del mundo y veo sus brillantes círculos. Kalina Ivánovich recuerda diversos casos de su vida, y yo soy capaz de sentir únicamente su vejez actual y de ofenderme por ella.
-Has vivido una vida interesante Kalina...
Te diré así -dice Kalina Ivánovich, deteniéndose para vaciar su pipa-. Yo no soy idiota, y comprendo de qué se trata. La vida estaba mal arreglada, si te fijas: se harta uno, hace sus necesidades, duerme y otra vez a comer, pan o carne.
-Espera, ¿y el trabajo?
-Pero, ¿a quién le hacía falta el trabajo? ¿Te das cuenta de la mecánica?
Los que necesitaban del trabajo, no trabajaban los muy parásitos, y los que no lo necesitaban para nada, trabajaban y trabajaban como bueyes.
Guardamos silencio unos instantes.
-La lástima es que haya vivido poco tiempo con los bolcheviques -continuó Kalina Ivánovich-. Ellos, los demonios, lo hacen todo a su manera y son groseros; naturalmente, a mí no me gusta la gente grosera. Sólo que con ellos la vida es hoy diferente. Te dicen... ¡je, je!... hay que hacer tal cosa, y tú, hayas comido o no, tengas que ir a un sitio o no, debes hacerla. ¿Has visto algo parecido? El trabajo lo necesitan ahora todos. Hay idiotas como yo que no comprenden nada y que cuando trabajan se olvidan hasta de comer, si la mujer no les obliga. ¿Y tú, no te acuerdas? Una vez entré en tu despacho y te pregunté: ¿has comido? Y era ya de noche. Y tú, ¡je, je!, te pusiste a pensar si habías comido o no. Te parecía haber comido, pero no estabas seguro de que no hubiera sido el día anterior. Te habías olvidado. ¡Je, je!... ¿Has visto algo parecido?
Kalina Ivánovich y yo estuvimos paseando por el parque hasta el anochecer. Y cuando hacía ya mucho tiempo que el sol se había ocultado, llegó corriendo Kostia Sarovski y, golpeándose con unas ramitas las desnudas piernas acribilladas por los mosquitos, exclamó indignado:
-¡Ya están caracterizándose y ustedes pasea que te pasea! Los muchachos dicen que vengan. ¡Qué zar tan gracioso nos ha salido! Lápot es quien hace de zar. ¡Y qué nariz!...
En el teatro se habían congregado todos nuestros amigos de la aldea y de los caseríos. La comuna Lunacharski había acudido con sus efectivos completos. Nesterenko, sentado en el trono detrás del telón, rechazaba las acusaciones de los muchachos, que le motejaban de avaro, de insensible y de ingrato. Ante un espejo, Olia Vóronova se vestía de hija del zar y decía preocupada:
-Están atormentando a mi Nesterenko...
No era la primera vez que representábamos La pulga pero ahora preparábamos el espectáculo con enorme tensión, ya que los principales maquilladores, Butsái y Goróvich, estaban en Kuriazh. Por eso, el maquillaje resultó demasiado chillón. Pero esta circunstancia no turbó a nadie: el espectáculo era solamente un pretexto para los saludos de despedida. En muchos puntos el ritual de despedida no necesitaba ningún preparativo. Las mozas de Pirogovka y de Gonchárovka volvían a la época prehistórica, porque en su idea del mundo la historia empezaba con la llegada de los irresistibles gorkianos al Kolomak: Por los rincones del cobertizo del molino, junto a las estufas, apagadas ya en marzo, en los oscuros pasillos detrás de los bastidores, en bancos casuales, en troncos, sobre diversos accesorios teatrales había muchachas sentadas, y sus pañuelos de flores caídos sobre los hombros dejaban ver sus cabecitas rubias, tristemente inclinadas. Ninguna palabra, ningún sonido celestial, ningún suspiro era ya capaz de alegrar los corazones de las muchachas. Sus deditos finos y tristes manoseaban sobre las rodillas los flecos del mantón, y hasta eso era una manifestación inútil y tardía de gracia. Junto a las muchachas estaban los colonos y fingían tener el alma embargada por la desesperación. Desde la habitación de los artistas asomaba Lápot, de vez en cuando, arrugaba irónicamente la nariz ante el pequeño cadáver del Amor y decía con una voz tierna y dolorida:
-¡Petia, querido!... Marusia puede callar también sin ti, y tú ve a prepararte. ¿Has olvidado que haces de caballo?
El pérfido Petia sustituye un insolente suspiro de alivio por otro delicado de separación y deja sola a Marusia. Menos mal que los corazones de las Marusias están organizados según el principio de las piezas de recambio. Pasarán dos meses, Marusia destornillará la imagen desgastada y herrumbrosa de Petia y, después de limpiar el corazón con el kerosén de la esperanza, atornillará una nueva pieza brillante, la imagen de Panás de Storozhevói, que también ahora despide con tristeza en el grupo de los colonos a la buena amistad que le ha unido hasta hoy a los gorkianos, pero que en el fondo de su alma trata ya mentalmente de ajustarse a las estrías del corazón de Marusia. En una palabra, todo está bien organizado en el mundo, y Petia está igualmente contento de su papel de caballo en la troica del atamán Plátov.
Comenzó la parte solemne de la velada. Después de cariñosas y cálidas palabras de despedida, de gratitud, y acerca de la unidad en el trabajo, se descorrió la cortina, y alrededor del insignificante y estúpido zar se afanaron decrépitos generales y un portero extravagante y desgarbado empezó a barrer tras ellos el polvo senil de que estaban llenos. De las puertas posteriores del cobertizo del molino salió rauda una troica de potros. Galatenko, Korito y Fedorenko, mordiendo el bocado y sacudiendo las pesadas cabezas, irrumpieron en el escenario, tirados de las bridas por Taraniets, destrozando a su paso el decorado teatral y haciendo temblar el piso de nuestro viejo tablado. Aferrándose a la cintura de Taraniets, salió el viejo atamán Plátov, cómicamente vestido. Era Oleg Ognev, estrella naciente de nuestra escena. El público ahogó las últimas chispas de tristeza y se sumergió en los abismos de la fantasía y la belleza teatral. En la primera fila, Kalina Ivánovich lloraba de risa, sacudiendo las lágrimas con un dedo arrugado y amarillento.
Súbitamente me acordé de Kuriazh.
No, ahora ya no existía la costumbre de suplicar indulgencia, y nadie podría evitarme este cáliz. De pronto me sentí terriblemente cansado y agotado.
En la habitación de los artistas, alegre y confortable, Lápot, caracterizado de zar y con la corona torcida, estaba sentado en el amplio sillón de Ekaterina Grigórievna y trataba de convencer a Galatenko de que había desempeñado genialmente el papel de caballo:
-Yo nunca he visto un caballo así en la vida, sin hablar ya del teatro.
Olia Vóronova dijo a Lápot.
-Levántate, Vañka; deja descansar a Antón Semiónovich.
Y me dormí en aquel maravilloso sillón sin esperar el final del espectáculo. Entre sueños, oí cómo los muchachos del undécimo destacamento discutían estruendosamente:
-¡Podremos con él! ¡Venga, vamos a trasladarle!
Y, por el contrario, Silanti trataba en voz baja de persuadir a los muchachos:
-Vosotros aquí, como se dice, no gritéis. Ya que se ha dormido, no molestadle, y no hay más que hablar... Fíjate qué historia.

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