Poema Pedagógico


Antón Semiónovich Makarenko

III PARTE

6. CINCO DÍAS

Al día siguiente, después de abrazar a Kalina Ivánovich, a Olia, a Nesterenko, me marché. Kóval quedó encargado de cumplir exactamente el plan de carga y salir cinco días más tarde para Járkov con la colonia.
Yo no estaba tranquilo. En mi alma había sido alterado cierto equilibrio natural y no me sentía a gusto. A eso de la una de la tarde llegué de la estación de Rizhov al monasterio de Kuriazh, tan pronto como entré por la puerta, tropecé con los llamados sucesos desagradables.
Había llegado a Kuriazh una verdadera comisión investigadora: Bréguel, Kliámer, Yúriev; un juez de instrucción y entre ellos bullía, "no sé por qué, el antiguo director de Kuriazh. Bréguel me explicó severamente:
-Aquí han empezado ya los apaleamientos.
-¿Quién apalea a quién?
-Desgraciadamente, no se sabe quién... ni por incitación de quién...
El juez, un hombre grueso, con gafas, miró a Bréguel como disculpándose y dijo en voz baja:
-Me parece que el caso está claro... Tal vez no haya habido incitación. Viejas cuentas, ¿sabe?... En realidad, la paliza ha sido ligera. Pero, de todas formas, sería interesante saber quién ha sido el autor. Ahora ha llegado el director... Quizá usted se entere de algo con más detalle y nos lo comunique.
Bréguel estaba a todas luces descontenta de la conducta del juez. Sin decirme una palabra más, subió al automóvil. Yúriev me sonrió avergonzado. La comisión se fue.
El educando Doroshko había sido apaleado por la noche eh el patio cuando, después de robar en los dormitorios media docena de zapatos relativamente nuevos, iba con ellos hacia la salida. Todas las circunstancias del suceso nocturno evidenciaban que la paliza había sido bien organizada, que se había seguido a Doroshko durante la comisión del robo: Cuando estaba ya cerca de la campana, de entre unos arbustos de acacias que crecían junto al pabellón vecino, echáronle encima una manta, le tiraron al suelo y le apalearon. Górkovski, que volvía en aquel momento de la cochera, vio en la oscuridad cómo unas cuantas figuras menudas se dispersaban por todas partes, abandonando a Doroshko, pero llevándose la manta. La busca inmediata de los culpables por los dormitorios no dio ningún resultado: todo el mundo dormía. Doroshko estaba lleno de cardenales, hubo que llevarle a la enfermería de la colonia y llamar a un médico, pero el facultativo no encontró ninguna lesión grave en su organismo. Sin embargo, Goróvich comunicó inmediatamente el hecho a Yúriev.
La comisión investigadora, dirigida por Bréguel, abordó, enérgicamente el asunto. A nuestro destacamento mixto de vanguardia se le hizo volver del campo, y sus miembros fueron sometidos a interrogatorio uno por uno. Kliámer, sobre todo, buscaba pruebas de que los apaleadores habían sido los gorkianos. No se interrogó a ningún educador; en general, se evitaba hablar con ellos y la comisión se limitaba a ordenarles que llamaran a uno u otro muchacho. De los kuriazhanos sólo Jovraj, y Perets fueron interrogados por separado, y eso seguramente porque no hacían más que gritar bajo las ventanas:
-¡Pregúntennos a nosotros! ¿Por qué les preguntan a ellos? ¡Nos matarán, y no tendremos a quién quejarnos!
En la enfermería, Doroshko, muchacho desgarbado de unos dieciséis años, me contempló atentamente con una mirada seca y me susurró:
-Hace ya tiempo que quería decirle...
-¿Quién te ha pegado?
-¿A qué han venido?... ¡Qué importancia tiene quién haya sido! Yo les digo que no han sido los suyos, y ellos quieren que sean los suyos. Pero si no hubiera sido por los suyos, me habrían matado. Pasó uno que es el jefe, y los muchachos echaron a correr...
-¿Qué muchachos?,
-No lo diré... Yo no robaba para mí... Todavía por la mañana me dijo... ése...
-¿Jovraj?
Silencio.
-¿Jovraj?
Doroshko, hundiendo el rostro en la almohada, se echó a llorar. A través de sus sollozos yo distinguía muy mal sus palabras.
-Él... sabrá... Yo pensaba que sería por última vez... yo creía...
Esperé a que se calmara y le pregunté otra vez:
-Entonces, ¿no sabes quién te ha pegado?
De pronto se sentó en la cama, se llevó las manos a la cabeza y se balanceó de izquierda a derecha, embargado por una honda pena. Después, sin quitarse las manos de la cabeza, con los ojos todavía húmedos de lágrimas, sonrió:
-No, pero no eran gorkianos. Ellos no lo habrían hecho así...
-¿Pues cómo lo habrían hecho?
-No sé cómo, pero lo habrían hecho sin la manta... Ellos no hubieran usado la manta...
-¿Por qué lloras? ¿Te duele?
-No, no me duele, sólo que... yo creía que sería la última vez... Y que usted no lo sabría...
-Eso no importa -le tranquilicé-. Reponte; todo se olvidará...
-Sí... Por favor, Antón Semiónovich, olvídelo...
Por fin, se calmó.
Comencé una investigación por cuenta propia. Goróvich y Kirguísov hacían gestos de perplejidad y se enfadaban. Iván Denísovich intentaba hasta poner cara de enfado y fruncía las cejas, pero su fisonomía estaba cubierta desde hacía ya tanto tiempo de unas capas tan poderosas de bondad, que esas muecas me hicieron únicamente reír:
-¿Por qué se enfada usted, Iván Denísovich?
-¿Cómo que por qué me enfado? Aquí van a matarse unos a otros, y yo debo saberlo. Han pegado a ese Doroshko, ¿y qué? Serán probablemente viejas cuentas.
-Yo dudo de que sean viejas cuentas. Entonces, ¿de qué se trata?
-Las cuentas son, seguramente, nuevas. Ahora bien, ¿está usted seguro de que no han sido los gorkianos?
-Pero, ¿qué dice usted? -se admiró Iván Denísovich-. ¿Para qué demonios necesitan nuestros muchachos hacer una cosa así?
Vólojov me miraba furioso:
-¿Quiénes? ¿Los nuestros? ¿A un insecto semejante? ¿Quién de nosotros es capaz de hacer eso? Si fuera a Jovraj o a Churilo o a Korotkov, yo mismo estaría dispuesto a hacerlo, aunque fuera ahora mismo, si usted me lo permitiese. Pero, ¿a ése, por haber robado unos zapatos? ¡Si roban todas las noches! Y, además, ¿cuántos zapatos quedan aún? De todas formas, antes de que venga la colonia aquí no quedará nada. ¡Que roben si quieren! Nosotros ni siquiera hacemos eso. Otra cosa es que no quieran trabajar...
Encontré a Ekaterina Grigórievna y a Lídochka en su habitación vacía. Se hallaban en un estado de desorientación completa. Lo que más las había asustado era la llegada de la comisión investigadora. Lídochka, sentada junto a la ventana, contemplaba fijamente el sucio patio. Ekaterina Grigórievna escrutaba mi rostro con obstinación.
-¿Está usted contento? -me preguntó.
-¿De qué?
-De todo: de la casa, de los muchachos, de los jefes.
Durante un minuto me quedé pensativo: ¿estaba contento? Y en realidad, ¿qué motivos particulares tenía para estar descontento? Aproximadamente todo aquello correspondía a lo que esperaba.
-Sí -contesté-, y, en general, no soy propicio a gemir.
-Pues yo gimo -dijo sin animación y sin sonrisa Ekaterina Grigórievna-; sí, gimo. No puedo comprender por qué estamos tan solos. Esto es una verdadera desgracia, un auténtico horror humano, y encima vienen a vernos unos... boyardos... se pavonean, nos desprecian.
Así, aislados, fracasaremos sin falta. Y yo no quiero... ni puedo.
Lídochka golpeó lentamente con su puñito el poyo de la ventana y empezó a decir a Ekaterina Grigórievna, reteniendo apenas los sollozos:
-Yo soy una persona pequeña, pequeña... Deseo trabajar, lo deseo ardientemente, tal vez más aún... puedo hacer una proeza... Pero soy... una persona... una persona y no un insecto.
De nuevo se volvió hacia la ventana, y yo salí a la alta e inestable terracilla, cerrando fuertemente la puerta. Cerca de la terracilla estaban Vania Záichenko y Kostia Vetkovski. Kostia se reía:
-Bueno, ¿y qué? ¿Se las zamparon?
Vania señaló la línea del horizonte con un gesto solemne de marqués y dijo:
-Se las zamparon. Encendieron unas hogueras, las asaron y se las zamparon. ¡Y tan tranquilos! ¿Sabes? Y después se tumbaron a dormir. Y durmieron. Mi destacamento trabajaba junto a ellos: estábamos sembrando sandías. Nosotros nos reíamos, y su jefe, Petrushko, se reía también... no hacía más que decir: ¡qué rica es la patata asada!
-Pero, ¿cómo? ¿Se comieron todas las patatas? ¡Si había cuarenta puds!
-¡Se las comieron! ¡las asaron y se las comieron! Del resto, una parte la escondieron en el bosque y la otra la dejaron tirada en el campo y se echaron a dormir. Ni siquiera bajaron a comer a la colonia. Petrushko decía: ¿qué falta nos hace comer? Hoy hemos sembrado patatas... Odariuk le dijo: eres un cerdo. Y se pelearon. Vuestro Misha estuvo allí al principio y les enseñó cómo había que sembrar la patata, pero después le llamó la comisión.
Vania no llevaba hoy sus viejos y rotos pantalones, sino unos calzones, y sus calzones tenían bolsillos, como se cosían solamente en la colonia Gorki. Seguramente Shelaputin o Toska habían repartido con él su guardarropa. Mientras contaba a Vetkovski lo sucedido, agitando los brazos y moviendo sus airosas piernas, Vania me miraba con los ojos entornados, y en sus pupilas fulguraban sin cesar unas cálidas lucecitas de simpática ironía infantil.
-¿Ya estás bueno, Vania? -le pregunté.
-Sí -replicó Vania, pasándose la mano por el pecho-. Ya estoy bien. Mi destacamento ha estado hoy en el "primer S" mixto. ¡Ja, ja! La "S" quiere decir sandias. Hemos trabajado con Denís, pero después le llamaron y nos quedamos solos. ¡Ya verá usted qué sandías van a salir! ¿Y cuándo llegarán los gorkianos? ¿Dentro de cinco días? ¡Qué interesante será ver cómo son todos esos gorkianos! ¡De verdad que será muy interesante!
-Vania, ¿a ti qué te parece? ¿Quién ha pegado a Doroshko?
Vania giró súbitamente hacia mí su rostro serio y clavó una mirada penetrante en mis gafas. Después alzó las mejillas, las dejó caer, las levantó de nuevo y, por fin, sacudió la cabeza, agitó un dedo junto a la oreja y sonrío:
-No lo sé.
Y se fue con el aire de un hombre atareado.
-¡Vania, espera! Tú lo sabes y debes decírmelo.
Cerca de la muralla de la catedral Vania se detuvo. Me miró desde lejos, se turbó un segundo, pero después, como un hombre, dijo con sencillez y frialdad, subrayando cada palabra:
-Le diré la verdad: yo he estado allí, pero no diré quién más. ¡Y él que no robe!
Vania y yo nos quedamos pensativos. Kostia se había ido un poco antes. Estuvimos pensando, pensando, y, por fin, le dije a Vania:
-Estás arrestado en la habitación de los pioneros. Di a Vólojov que estás arrestado hasta el toque de silencio.
Vania alzó los ojos, asintió calladamente con la cabeza y corrió a la habitación de los pioneros.
Estos cinco días se me presentan sobre el fondo de mi vida como un largo guión negro. Un guión y nada más. Ahora recuerdo con gran trabajo algunos detalles de mi actividad de entonces. Verdaderamente, no era actividad, sino más bien un movimiento interior de tal vez una potencia pura, la calma de unas fuerzas bien domadas y sujetas. Entonces me parecía que desplegaba un trabajo frenético, que me dedicaba al análisis, que resolvía algo. Pero, en realidad, no hacía más que aguardar la llegada de los gorkianos.
No obstante, algo, hacíamos.
Recuerdo que nos levantábamos puntualmente a las cinco de la mañana. De un modo sistemático y paciente nos enfurecíamos al observar la desgana absoluta de los kuriazhanos por seguir nuestro ejemplo. En aquel tiempo, el destacamento mixto de vanguardia casi no se acostaba: había trabajos inaplazables. Shere llegó un día más tarde que yo. Durante dos horas midió con una mirada aguda y ofendida los campos, los patios, los cobertizos, las plazoletas, cruzó por todo ello a paso de marcha de Suvórov, callando y royendo toda clase de porquerías del reino vegetal. Por la noche, los gorkianos, tostados, polvorientos y enflaquecidos, comenzaron a limpiar la plazoleta en que debía ser instalada nuestra enorme piara.
Se comenzó también a cavar zanjas para invernaderos y estufas. Vólojov demostró en aquellos días su gran calidad de jefe y de organizador. Se las ingeniaba para dejar en el campo a una sola persona con dos pares de caballos y enviaba a los demás a otro trabajo. Piotr Ivánovich Goróvich salía por las mañanas con una pala particularmente encantadora en la mano y, agitándola, decía a un montón de kuriazhanos curiosos:
-¡Vamos a cavar, campeadores!
Los "campeadores" torcían la cabeza y se iban a sus asuntos. En el camino se encontraban a Butsái negro como la noche, y con la misma timidez oían sus invitaciones, formuladas en las notas más bajas del registro:
-¡Vagos del demonio! ¿Es que voy a trabajar mucho tiempo para vosotros?...
Por las tardes llegaba alguno de los "rabfakianos" y se ponía a trabajar, pero a éstos yo les hacía volver rápidamente a Járkov. No se podía andar con bromas: estaban en la época de los exámenes de primavera. Nuestra primera promoción rabfakiana pasaba aquel año a instituciones de enseñanza superior.
Recuerdo que en el transcurso de aquellos cinco días se hizo, no poco y muchas cosas fueron empezadas. En torno a Borovói, que había concluido fulminantemente el local de uso especial, amplio y sin corrientes, trabajaba ahora toda una brigada de carpinteros: las cuevas, la escuela, las casas, los invernaderos... En la centralilla se afanaban tres electricistas, otros tres estaban dedicados a la exploración del subsuelo: por los vecinos de Podvorki sabíamos que aun bajo el poder monástico había existido en Kuriazh una conducción de agua. Efectivamente, en la plazoleta superior del campanario descubrimos un espacioso tanque, y desde el campanario comenzamos con bastante éxito a excavar las cañerías.
Dos días más tarde, todo el patio de Kuriazh estaba lleno de vigas y de astillas y atravesado de zanjas: había comenzado el período de reconstrucción en el sentido exacto de la palabra.
Hicimos muy poco para mejorar la situación sanitaria de los kuriazhanos, aunque, en honor a la verdad, debe decirse que también nosotros nos lavábamos raramente. Por la mañana temprano, Shelaputin y Soloviov se dirigían con los cubos a la fuente "milagrosa" al pie de la montaña, pero, mientras trepaban por las escarpadas vertientes, cayéndose y derramando el precioso líquido, nosotros corríamos a nuestros lugares de trabajo, los muchachos se iban al campo, y el cubo de agua se recalentaba sin provecho alguno en nuestra tibia habitación de los pioneros. Lo mismo iban de mal las cosas en otras esferas próximas a la cuestión sanitaria. El décimo destacamento de Vania Záichenko, tan resueltamente incorporado a nuestro bando, se había trasladado sin planes ni disposiciones a nuestra habitación y dormía en el suelo sobre las mantas que había traído consigo. A pesar de que este destacamento estaba integrado por muchachos simpáticos y buenos, llenó nuestra habitación de varias generaciones de piojos.
Desde el punto de vista de las cuestiones pedagógicas de entidad mundial, eso no suponía una gran desgracia. Sin embargo, Lídochka y Ekaterina Grigórievna nos pidieron que, en la medida de lo posible, no entráramos en sus habitaciones y, si lo hacíamos, procurásemos no utilizar los muebles y no acercarnos a las mesas, camas y otros enseres delicados. No puedo decir cómo se las arreglaban ellas mismas y el motivo de la persecución de que nos hacían víctimas, cuando, en realidad, ellas se pasaban casi el día entero en los dormitorios de los educandos, esclareciendo muchos detalles de la vida de la colectividad de Kuriazh según el programa trazado especialmente por nuestra organización del Komsomol.
Yo había planeado la reorganización básica de todos los edificios de la colonia. Las largas habitaciones del antiguo albergue del monasterio, que los kuriazhanos llamaban escuela, serían utilizadas como dormitorios. Resultaba que se podía instalar a los cuatrocientos educandos en un solo edificio. No era difícil desembarazar ese edificio de los restos de muebles escolares y llenarlo de albañiles, carpinteros, estuquistas y vidrieros, para la escuela destinaba el edificio sin puertas en que se alojaba la "primera colectividad", pero, naturalmente, la reparación era aquí imposible mientras estuviesen los muchachos.
Si hicimos gala de una actividad poco corriente, aunque esta actividad no tenía nada de pedagógica. En la colonia no existía ni un rincón en que no trabajase gente. Todo se reparaba, se pintaba, se pegaba. Incluso el comedor fue trasladado al patio y nos dedicamos resueltamente a cubrir de pintura los rostros de los santos de género masculino y femenino. Únicamente los dormitorios no fueron afectados por la idea restauradora.
En los dormitorios, continuaban hormigueando los kuriazhanos, dormían, hacían la digestión, alimentaban a sus piojos, se robaban mutuamente toda suerte de fruslerías y pensaban algo misterioso acerca de mí y de mi actividad. Yo dejé de entrar en los dormitorios y de interesarme por la vida interior de las seis "colectividades" de Kuriazh. Mis relaciones con los kuriazhanos habían adquirido un carácter preciso y severo. A las siete, a las doce y a las seis de la tarde se abría el comedor, uno de mis muchachos tañía la campana y los kuriazhanos se arrastraban a comer. Pero no les convenía, sin embargo, arrastrarse con excesiva lentitud, y no sólo porque el comedor se cerraba a una hora fija, sino también porque los que llegaban antes engullían su ración y la de los rezagados. Los retrasados me insultaban a mí, insultaban al personal de la cocina y al Poder soviético, pero no se atrevían a pasar a una protesta, más enérgica, porque el comandante -de nuestro centro nutritivo seguía siendo Misha Ovcharenko.
Yo había aprendido a observar con maligno placer las dificultades que debían superar ahora los kuriazhanos para llegar al comedor y volver a sus asuntos después de haber comido: les estorbaban el paso troncos, zanjas, serruchos, hachas, círculos de arcilla amasada y montones de cal... y sus propias almas. En estas almas, según todos los indicios, se engendraban tragedias, pero no en un sentido humorístico, sino auténticas tragedias shakesperianas. Estoy seguro de que en aquella época, muchos kuriazhanos declamaban para sus adentros: "Ser o no ser: tal es la cuestión..."
Se detenían en pequeños grupos junto a los lugares de trabajo, se miraban medrosos, y con un paso culpable y pensativo se dirigían a los dormitorios. Pero en los dormitorios no quedaba ya nada interesante. Ni siquiera había que robar. Y los kuriazhanos salían otra vez a vagar alrededor de los que trabajaban, y por una vergüenza mal interpretada ante los compañeros no se atrevían a izar la bandera blanca y a pedir permiso para trasladar cualquier cosa, aunque no fuera más que de un sitio a otro. Por delante de ellos, los gorkianos volaban en líneas rectas, rápidos como lanchas motoras, saltando ligeramente sobre toda suerte de obstáculos: su capacidad de trabajo atontaba a los kuriazhanos, y éstos se detenían de nuevo en posturas dignas de Coriolano o de Hamlet. Tal vez la situación de los kuriazhanos fuese todavía más trágica, porque a Hamlet nadie le había gritado con una alegre voz:
-¡No te metas debajo de los pies! ¡Hasta la hora de comer faltan aún dos horas!
Con la misma imperdonable alegría maligna, yo observaba cómo los corazones de los kuriazhanos se encogían y cesaban de latir al mencionarse el nombre de nuestros muchachos. Los miembros del destacamento mixto de vanguardia, se permitían, a veces, pronunciar réplicas que, naturalmente, no hubieran pronunciado en caso de haber concluido los estudios en algún instituto pedagógico superior.
-Espera, espera. Cuando vengan los nuestros, sabrás lo que significa vivir a costa ajena...
Los mayores y más desenvueltos de los kuriazhanos probaban a poner en duda la importancia de los acontecimientos inminentes y preguntaban con cierta ironía:
-Bueno, ¿y qué cosa terrible va a ocurrir?
A esa pregunta Denís Kudlati respondía:
-¿Qué va a ocurrir? Ya lo verás: te van a meter en cintura de tal modo... que hasta el día de tu boda te acordarás de ello.
Misha Ovcharenko, en general enemigo de las cosas poco claras y confusas, se expresaba todavía con mayor nitidez:
-¿Cuántos parásitos sois aquí? Doscientos ochenta. Pues serán doscientos ochenta los morros que van a hincharse. ¡Y cómo!¡Dará miedo verlos!
Jovraj escucha también esas palabras y dice entre dientes:
-¡Hincharse! Aquí no estáis en la colonia Gorki. ¡Esto es Járkov!
Misha considera tan importante la cuestión planteada, que deja el trabajo y comienza con una voz cariñosa:
-Simpático, ¿por qué me dices que esto no es la colonia Gorki, sino Járkov, etc?... Tú, amiguito, date cuenta, ¿quién te permitirá vivir a costa de la colonia? ¿A quién le haces falta, amiguito, quién te necesita?
Misha vuelve a su quehacer y, empuñando ya algún instrumento de trabajo, deja caer el acorde final:
-¿Cómo te llamas?
Jovraj sacude, sorprendido, la cabeza:
-¿Qué?
-¿Cómo te llamas? ¿Súslikov? ¿O cómo? ¿A lo mejor Ezhikov?
Jovraj enrojece de indignación y de agravio:
-¿A ti qué te importa?
-¡Dime tu apellido! ¿Es que te da reparo?
-Pues Jovraj...
-¡Ah! Jovraj... Es cierto.. ¡Y yo que me había olvidado! Veo que anda por aquí. un pelirrojo estorbando sin ningún provecho... Si tú trabajases, amiguito, entonces haría falta decir alguna vez: "Jovraj, trae esto; Jovraj, ¿terminarás pronto?; Jovraj, sostén un momento". Pero así, claro, uno puede olvidarse de tu nombre... Bueno, ve a pasear, querido, yo estoy ocupado, ¿ves?, debo, calafatear este chisme, porque vosotros no tenéis más que un barril que igual trae agua para la sopa que para el té o para lavar la vajilla. Y a ti hay que darte de comer. Si no, estirarás la pata, olerás mal, cosa que no es nada agradable, y encima habrá que hacerte el ataúd... ¡es decir, más preocupaciones!
Jovraj consigue, por fin, liberarse de Misha y se va. Misha le despide cariñosamente:
-Ve a respirar el aire fresco... Es muy útil, muy útil...
¿Quién sabe, si está convencido Jovraj de la utilidad del aire fresco y si está convencida también toda la aristocracia de Kuriazh? En los últimos días intentan, de todas maneras, aparecer menos ante nuestra vista, pero yo había conseguido ya conocer la rama de la sangre azul de los kuriazhanos. En conjunto, los muchachos no son malos; a pesar de todo, tienen su personalidad, y esto me ha gustado siempre a mí: hay a donde aferrarse. El que me gusta más es Perets; cierto que anda contoneándose a intento, y que lleva la gorra torcida y un mechón que le llega hasta las cejas, y que sabe fumar sujetando el pitillo con el labio inferior, y que puede escupir artísticamente. Pero yo veo que su rostro, deformado por la viruela, me mira con curiosidad, y esta curiosidad es la de un muchacho inteligente y vivo.
Hace poco me aproximé a su grupo un anochecer, cuando estaban sentados en las lápidas funerarias del nuevo solario destinado a los lechones; los muchachos fumaban y departían de algo sin gran entusiasmo. Yo me detuve frente a ellos y empecé a liar un pitillo con la intención de pedirles fuego. Perets me examinó con una mirada alegre y amistosa y me dijo en voz alta:
-Trabaja usted mucho, camarada director, y, sin embargo, fuma majorka. ¿Tampoco para usted ha preparado cigarrillos el Poder soviético?
Me acerqué a Perets, me incliné hacia su mano y encendí el cigarrillo. Después le dije también en voz alta y alegre con la dosis más microscópica de mandato:
-¡A ver, quítate la gorra!
La expresión de los ojos de Perets pasó de la sonrisa al asombro, pero la boca seguía sonriendo.
-¿Qué pasa?
-Que te quites la gorra, ¿es que no entiendes?
-Bueno, ya me la quitaré...
Alcé su mechón con mi mano, escruté su fisonomía, ahora un poco asustada, y dije:
-Así... Bueno...
Perets clavó inmediatamente su mirada en mí, pero yo acabé mi cigarrillo de unas cuantas chupadas, me volví rápidamente y me marché a dónde estaban los carpinteros.
En aquel momento sentí que, literalmente todos mis movimientos, hasta el débil brillo de mi cinturón, estaban saturados de un amplio deber pedagógico; era preciso agradar a esos muchachos, era preciso que sintieran penetrados sus corazones de una simpatía irresistible, fascinadora, y, al mismo tiempo, hacía falta hasta el máximo grado, que estuviesen profundamente convencidos que su simpatía me importaba un comino, que incluso se ofendieran, blasfemasen y rechinaran los dientes.
Los carpinteros terminaron su trabajo, y Borovói empezó con todas sus energías a demostrarme las ventajas del óleo bien cocido sobre el óleo cocido mal. Esta nueva cuestión me interesó tanto, que ni siquiera advertí que alguien me tiraba de la manga por detrás. Tiraron por segunda vez. Volví la cabeza. Perets estaba mirándome.
-¿Qué?
-Dígame usted, ¿por qué me ha mirado antes? ¿Eh?
-Por nada de particular... Bien, Borovói, entonces hay que conseguir verdadero óleo...
Borovói emprendió animosamente la continuación de su monografía acerca del buen óleo. Yo advertí la rabia con que Perets miraba a Borovói, esperando el final de su discurso. Por fin. Borovói levantó estrepitosamente su cajón y fuimos hacia el campanario. Junto a nosotros iba Perets, pellizcándose el labio superior. Borovói se marchó a la aldea, y yo, con las manos a la espalda, me coloqué frente a Perets:
-Bueno, ¿qué quieres?
-¿Por qué me ha mirado usted? Dígamelo.
-¿Tu apellido es Perets?
-Sí.
-¿Y te llaman Stepán?
-¿Y usted de dónde lo sabe?
-¿Eres de Sverdlovsk?
-Sí... Pero ¿usted cómo lo sabe?
-Yo lo sé todo. Sé que robas y haces bribonadas. Sólo me faltaba saber si eres inteligente o bobo.
-¿Y qué?
-Me has hecho una pregunta muy tonta acerca de los cigarrillos, tan tonta, tan tonta, ¡qué diablos! Tú perdóname...
Hasta en la oscuridad se vio cómo el rubor teñía las mejillas de Perets, cómo se inyectaban sus párpados en sangre y le invadía el calor. Dio torpemente unos pasos y volvió la cabeza.
-Bueno, a qué viene pedir perdón... Claro... Pero, ¿dónde está la tontería?
-Muy sencillo. Tú sabes que tengo mucho trabajo y no dispongo de tiempo para ir a la ciudad a comprar cigarrillos. Tú lo sabes. Y no tengo tiempo porque el Poder soviético me ha cargado de trabajo: hacer tu vida racional y feliz, tu vida, ¿comprendes?... ¿O quizá no lo comprendes? Entonces, vámonos a dormir.
-Comprendo -ronqueó Perets, arañando la tierra con la punta del zapato.
-¿Comprendes?
Le miré desdeñosamente a los ojos, a las mismas pupilas. Vi cómo las barrenas de mi voluntad y de mi pensamiento se atornillaban en esas pupilas. Perets bajó la cabeza.
-Lo comprendes, holgazán, y te atreves a ladrar contra el Poder soviético. ¡Tonto, más que tonto!
Me volví hacia la habitación de los pioneros. Perets me cerró el paso,. extendiendo la mano:
-Bueno, bueno, supongamos que soy tonto... ¿Y qué más?
-Pues que miré tu cara. Quería comprobar si eras tonto o no.
-¿Y lo ha comprobado?
-Lo he comprobado.
-¿Y qué?
-Ve a mirarte al espejo.
Me marché y ya no vi los ulteriores sufrimientos de Perets.
Los rostros de los kuriazhanos comenzaban a serme familiares. Ya había aprendido a leer en ellos alguna que otra frase mímica. Muchos me miraban con inocultable simpatía y florecían con esa sonrisa, llena de sinceridad y de turbación, con que pueden sonreír solamente los niños desamparados. Conocía ya a muchos por los apellidos y sabía distinguir algunas voces.
Alrededor mío gira con frecuencia Zoreñ, un muchacho chato hasta más no poder. En su rostro incluso las capas seculares de suciedad son incapaces de ocultar el soberbio color de sus mejillas y la gracia indolente de sus músculos visuales. Zoreñ tiene unos trece años, lleva siempre las manos a la espalda, está siempre callado y sonriente. Este chiquillo, es guapo; tiene unas pestañas curvadas y oscuras. Las alza lentamente, conecta una luz lejana en sus ojos negros y, sin apresurarse, levanta la nariz, calla y sonríe. Yo le pregunto:
-Zoreñ, dime aunque no sea más que una palabra. Tengo una curiosidad terrible por oír tu voz.
Enrojece y vuelve, ofendido, la cara, murmurando con una voz ronca:
-Ta-a...
Zoreñ tiene un amigo, tan sonrosado como él, y también apuesto y carirredondo: Mitka Nísinov, un alma bondadosa y pura. De almas así, en el viejo régimen se hacían limpiabotas y recaderos. Yo le miro y me digo: "Mitka, Mitka, ¿qué haremos de ti? ¿Cómo adornaremos tu vida sobre el fondo soviético?"
Mitka también enrojece y también vuelve la cara, pero no ronca ni pronuncia sonidos ininteligibles, sino que se limita a mover sus cejas, negras, y rectas, y los labios. Sin embargo, yo conozco la voz de Mitka: es una profunda voz de contralto, una voz mimada de mujer guapa y caprichosa, con los mismos adornos y los mismos elementos inesperados del ruiseñor. A mí me agrada oír esta voz cuando Mitka me habla de los habitantes de Kuriazh:
-Mire usted a aquél que corre... ¿A dónde diablos irá corriendo?... Volodka, mira, es Buriak... Es Buriak, ¿no le conoce? Puede beberse treinta vasos de leche... va corriendo al establo... Y ese otro que asoma por la ventana es un muchacho malo. ¡Oh, qué malo es! Es un adulador terrible; ¿sabe? Es como la manteca de pegajoso... Seguramente a usted también le tira de la levita. ¡Oh, yo sé quién le tira de la levita, palabra de honor que sí!
-Vania Záichenko -dice Zoreñ, volviendo la cabeza ofendido y... enrojece.
Mitka es listo, como un diablejo. Acompaña con una mirada cohibida la ofensa del chato Zoreñ y me ruega con los ojos que disculpe la falta de tacto de su compañero.
-No. -dice-, Vañka no. Vañka tiene su línea.
-¿Qué línea?
-Pues ésa...
Mitka se pone a dibujar algo en la tierra con el dedo gordo del pie.
-Cuenta.
-¿Qué voy a contar? En cuanto llegó a la colonia. Vañka formó ya su pandilla, ¿sabes, Volodka?... Naturalmente, les pegaron, pero, a pesar de todo, ellos seguían su línea...
Yo comprendo perfectamente la profunda filosofía de Nísinov, con la que "ni siquiera soñaron nuestros sabios".
Hay aquí muchos chicos sonrosados, guapos y no muy guapos, que no tienen la suerte de poseer su propia línea. Entre los rostros todavía ajenos para mí, sombríos y recelosos, veo cada vez mayor número de niños cuya vida fluye por líneas ajenas. Se trata de una cosa corriente en el viejo mundo: lo que suele llamarse vida forzada.
Zoreñ, y Nísinov, y el agudo y desgreñado Sóbchenko, y Vasia Gardínov, triste y serio, y Serguéi Jrabrenko, cariñoso y atezado, vagan a mi alrededor y sonríen con tristeza, frunciendo las cejas, pero no pueden pasarse francamente a mi lado. Envidian ferozmente al grupo de Vania Záichenko, siguen con angustiadas miradas los audaces vuelos de sus miembros por el nuevo sendero de la vida y... esperan.
Esperan todos. Es algo transparente, fácil de comprender. Esperan la llegada de los gorkianos, místicamente inmateriales, incomprensibles e imperceptiblemente seductores. Algo -quizá la desgracia, quizá la felicidad-, está cada hora más cerca. Incluso entre las niñas la vida adquiere diariamente más calor. Olia Lanova ha formado ya su destacamento sexto, lleno de energía. Este destacamento se afana diligente en su dormitorio, arregla algo, lava, blanquea, hasta canta por las tardes. A cada minuto pasa corriendo por allí la atareada Guliáeva y oculta ante mí su blusa arrugada y torcida. Kudlati las visita con frecuencia por las tardes y actúa francamente de Mecenas. Sin embargo, el sexto destacamento no interviene en las faenas del campo. Tiene miedo a que las tradiciones de Kuriazh, al estallar bajo la impresión de ese acto, sepulte el destacamento entre sus escombros.
También espera Korotkov. Es el centro de la tradición de Kuriazh. Admirable diplomático. En su conducta no se puede hallar un acto, una palabra, una letra, incluso un rabo de letra que permita acusarle de algo. No es más culpable que los otros: lo mismo que todos no trabaja y nada más. En el destacamento mixto de vanguardia todos los muchachos se consumen de rabia, de odio a Korotkov, del convencimiento inquebrantable de que Korotkov es nuestro enemigo principal en Kuriazh.
Más tarde supe que Vólojov, Górkovski y Zhorka Vólkov habían intentado terminar este asunto por medio de una pequeña conferencia. Una noche citaron a Korotkov a orillas del estanque y le invitaron a largarse de la colonia con viento fresco. Pero Korotkov rechazó la invitación.
-Por ahora -dijo-, no tiene para mí sentido el largarme. Seguiré aquí.
Así terminó la conferencia. Korotkov no había hablado nunca conmigo y, en general, no manifestaba ningún interés por mi persona. Pero, al verme, levantaba cortésmente su elegante gorra clara y pronunciaba con una voz jugosa y cordial de barítono:
-Buenos días, camarada director.
Su rostro agraciado de ojos oscuros, bien sombreados, me miraba atento y cortés y decía con absoluta claridad:
"Ya ve, nuestros caminos no se estorban mutuamente. Usted siga con lo suyo, que yo tengo mis puntos de vista. Mis respetos, camarada director".
Sólo después de mi conversación nocturna con Perets, al encontrarme al día siguiente durante el desayuno junto a la ventana de la cocina, Korotkov se apartó deferente mientras yo daba una orden y de pronto me preguntó con toda seriedad:
-Dígame, camarada director, ¿en la colonia Gorki hay celdas?
-No las hay -respondí con la misma seriedad.
Y él siguió tranquilamente, sin dejar de examinarme como un ejemplar raro:
-Sin embargo, dicen que usted arresta a los muchachos.
-Personalmente puedes estar tranquilo; el arresto existe sólo para mis amigos -dije con sequedad y me apresuré a dejarle, sin interesarme más por el fino juego de su fisonomía.
El 15 de mayo recibí un telegrama:
"Mañana por la noche salimos, todo en vagones. Lápot".
A la hora de la cena leí el telegrama y dije:
-Pasado mañana recibiremos a nuestros camaradas. Me gustaría mucho, muchísimo, que les recibierais amistosamente. Porque ahora vais a vivir y... a trabajar juntos.
Las niñas callaban asustadas, como pájaros que olfatean la tormenta. Muchachos de diversas categorías miraron de reojo los rostros de sus camaradas, cierto número de cabezas aumentó el orificio bucal y permaneció así durante un segundo.
En un rincón, cerca de la ventana, allí donde alrededor de las mesas había sillas en lugar de bancos, la pandilla de Korotkov se sintió, de pronto, atacada por una gran hilaridad, se reía a carcajadas y, al parecer, bromeaba.
Por la noche, en el destacamento mixto de vanguardia se discutió los pormenores de la recepción de los gorkianos y se comprobó hasta los detalles más insignificantes de la declaración especial de la célula del Komsomol. Kudlati se llevaba la mano al cogote con más frecuencia que nunca:
-Palabra de honor, que hasta da vergüenza traer a los muchachos aquí.
La puerta se abrió despacio, y Zhorka Vólkov pasó difícilmente por ella. Agarrándose a las mesas, llegó hasta un banco y se dejó caer en él, mirándonos solamente con un ojo, pero incluso este ojo parecía también una incómoda grieta en medio de un carnoso y morado cardenal.
-¿Qué ha ocurrido?
-Me han pegado -murmuró Zhorka.
-¿Quién?,
-¡Cualquiera lo sabe! Los mujiks... Venía de la estación... en el paso a nivel... han salido... al encuentro... y me han pegado...
-¡Espera! -se enfadó Vólojov-. Ya vemos que te han pegado... Pero tú di, ¿cómo ha ocurrido la cosa? ¿Ha habido antes alguna conversación o qué?
-La conversación ha sido breve -respondió Zhorka con una triste mueca-. Sólo uno dijo: "¡Ah! ¿Eres del Komsomol?..." ¡Y zas... a los morros!
-¿Y tú, qué?
-Yo también, naturalmente... Pero ellos eran cuatro.
-¿Has corrido? -preguntó Vólojov.
-No, no he corrido -respondió Zhorka.
-Entonces, ¿qué?
-Ya lo ves: sigo en el paso a nivel.
Los muchachos rompieron en una carcajada digna de los zaporogos, y únicamente Vólojov contempló con reproche la sonrisa mutilada de su amigo.

7. EL 373 BIS

Al amanecer del día 17 fui a recibir a los gorkianos a la estación de Liubotin, a treinta kilómetros de Járkov. En el sucio y mísero andén de la estación hacía calor. Por él vagaban indolentes, y aburridos aldeanos, agotados por las incomodidades del transporte, y pasaban ferroviarios desgarbados, empapados en lubrificante, haciendo crujir sus botas. Todo se había puesto hoy de acuerdo para llevar la contraria al majestuoso brocado de que se había revestido mi alma. O quizá aquello no fuera brocado, sino algo mucho más simple: "un sombrero de tres picos y una guerrera gris de campaña".
Hoy era un día de batalla general. No tenía importancia que el mozo de equipajes, un hombretón fuerte, me hubiera empujado involuntariamente y que, lejos de horrorizarse de su acto, ni siquiera hubiese reparado en mí. Tampoco tenía importancia que el empleado de guardia de la estación me hubiera informado con poco respeto y hasta con poca urbanidad de dónde podría encontrar el 373 bis. Esta gente absurda fingía no comprender que en el 373 bis llegaban el grueso de mis fuerzas, las gloriosas legiones mandadas por los mariscales Kóval y Lápot, que toda su estación de Liubotin estaba destinada a ser hoy la plaza de armas de mi ofensiva contra Kuriazh. ¿Cómo explicar a esta gente que, lo que me jugaba hoy era más sublime e importante, ¡palabra de honor!, que lo que pudo estar en juego en cualquier Austerlitz? Dudosamente el sol de Napoleón hubiera podido eclipsar mi gloria de este día. Y para Napoleón era mucho más fácil combatir que para mí. Me gustaría saber qué habría sido de Napoleón si los métodos de la "educación socialista" hubieran sido para él tan obligatorios como para mí.
Vagando por el andén, yo miraba hacia Kuriazh y recordaba que el enemigo había manifestado hoy ciertos indicios de debilidad de espíritu.
Me había levantado muy temprano, pero en la colonia ya se notaba movimiento. No sé por qué había muchos grupos junto a las ventanas de la habitación de los pioneros. Otros descendían hacia la "fuente milagrosa" en busca de agua, haciendo sonar los cubos. Junto a la puerta del campanario estaban Zoreñ y Nísinov.
-¿Cuándo llegarán los gorkianos? ¿Por la mañana? -me preguntó seriamente Mitka.
-Por la mañana. Hoy os habéis levantado temprano.
-Sí... No sé por qué, pero no tenemos sueño... ¿Vendrán por la estación de Rizhov?
-Sí. Y vosotros les recibiréis aquí.
-¿Pronto?
-Tendréis tiempo de lavaros.
-Vamos, Mitka -dijo Zoreñ, disponiéndose a realizar inmediatamente mi propuesta.
Ordené a Goróvich que, para recibir a los gorkianos y saludar a la bandera, hiciese formar en el patio a los muchachos de Kuriazh, pero sin presionarles de una manera especial.
-Simplemente invíteles.
Por fin, de entre los laberintos de la estación de Liubotin salió un espíritu del bien en forma de guarda anguloso y agitó la campana. Después de hacerlo, me reveló el misterio de esa acción simbólica:
-Es el 373 bis que pide vía libre. Dentro de veinte minutos estará aquí.
De pronto, el plan trazado para el recibimiento se complicó inesperadamente, y a partir de entonces todo se deslizó de un modo embrollado; ardiente y saturado de una alegría infantil. Antes que el 373 bis, llegó el tren suburbano de Járkov, y desde los vagones cayó sobre mí una refrescante ducha "rabfakiana-komsomoliana". Belujin tenía en la mano un ramo de flores.
-Recibiremos al quinto destacamento como si llegasen unas condesas. Yo, en mi calidad de, viejo, tengo derecho.
Entre la muchedumbre chillaba, en su exceso de sentimiento, la rubia y rizosa Oxana, y pacíficamente se calentaba al sol la serena sonrisa de Rajil. Brátchenko agitaba los brazos, como si tuviera en ellos un látigo, y no cesaba de repetir a alguien:
-¡Oh! Ahora yo soy un cosaco libre. Hoy mismo montaré en el Molodiets.
No sé quién chilló:
-¡Pero si hace ya mucho tiempo, que el tren está aquí!... en la décima vía...
-¿Qué dices?
-En la décima vía... Y hace ya mucho...
No tuvimos tiempo de quedarnos estupefactos ante la prosa inesperada de ese comunicado. Debajo de un vagón de mercancías de la tercera vía nos miraba el rostro malicioso de Lápot, y sus ojos un poco hinchados contemplaban irónicamente nuestro grupo.
-¡Mirad! -gritó Karabánov-. ¡Si Vañka está ya debajo de un vagón!
Toda la muchedumbre se abalanzó hacia Lápot, pero él se metió más todavía debajo del vagón y dijo seriamente desde allí:
-¡Guardad el turno! Y, además, besaré únicamente a Oxana y a Rajil. A los restantes les daré un apretón de manos.
Karabánov sacó a Lápot por un pie de debajo del vagón, y sus plantas desnudas se agitaron en el aire.
-¡Que el diablo os lleve! ¡Besad! -dijo Lápot, dejándose caer en el suelo y ofreciendo su mejilla salpicada de pecas.
Oxana y Rajil se dedicaron, efectivamente, al rito de los besos, y los demás lanzáronse bajo los vagones.
Durante largo tiempo Lápot estuvo agitando mi mano. En su rostro resplandecía una sincera y simple alegría desusada en él.
-¿Qué tal venís?-
-Lo mismo que a una feria -contestó Lápot-. Sólo el Molodiets escandaliza: se ha pasado toda la noche dando patadas, ha dejado el vagón hecho astillas. ¿Vamos a estar aquí parados mucho tiempo? He dispuesto que todos estén preparados. Si estuviéramos aquí mucho tiempo, podríamos lavarnos y en general...
-Ve a averiguarlo.
Lápot corrió a la estación, y yo, apretando el paso, fui hacia el tren. Estaba formado por cuarenta y cinco vagones. Desde las portezuelas abiertas de par en par y desde los ventanillos superiores me miraban los rostros magníficos de los gorkianos, riéndose, gritando, agitando sus gorros. Por un ventanillo próximo Gud sacó el cuerpo hasta la mitad de la cintura y me dijo parpadeando de emoción:
-Antón Semiónovich, padre querido, ¿está bien esto? No está bien. ¿Es una ley? No, no es una ley.
-Buenos días, Gud ¿De quién te quejas?
-Del maldito Lápot. Nos ha dicho que al que salga del vagón antes de la señal le arrancará la cabeza. Tome usted pronto el mando, que estamos ya hartos de Lápot. ¿Es que Lápot puede ser jefe? ¿Verdad que no?
A mis espaldas está ya Lápot y prosigue de buen grado en el diapasón de Gud:
-¡A ver, atrévete a salir del vagón antes de la señal! ¡A ver! ¿Te parece que me gusta tratar con bichejos como vosotros? ¡A ver! ¡Sal!
Gud replica humildemente:
-¿Tú crees que tengo tantas ganas de salir? Estoy a gusto aquí. Es una cuestión de principio.
-¡Ah! -exclama Lápot-. A ver, mándame a Sínenki.
Un minuto más tarde, tras el hombro de Gud asoman los simpáticos morritos infantiles de Sínenki. El muchacho, perplejo, parpadea con sus ojos somnolientos y abre su pequeña boca fresca y elástica:
-¡Antón Semiónovich!...
-Di "buenos días", ¡tonto! -gruñe Gud-. ¿Es que no lo sabes?
Pero Sínenki me mira fijamente, se sonroja y zumba desorientado:
-¡Antón Semiónovich!... ¿qué es eso?... ¡Pero si es Antón Semiónovich!...
Se frota los ojitos con los puños y de pronto se enfada decididamente con Gud:
-¡Y tú habías prometido despertarme! ¡Huy, cómo eres, y eso que te llamas jefe! Tú bien te has levantado. ¿Estamos ya en Kuriazh? ¿Sí? ¿Ya es Kuriazh?
Lápot se echa a reír:
-¡Qué, va a ser Kuriazh! ¡Es Liubotin! ¡Despiértate ya, basta de dormir! Da la señal.
Sínenki se pone serio de repente:
-¿La señal? ¡A la orden!
Ya consciente del todo, me sonríe y me dice cariñosamente:
-¡Buenos días, Antón Semiónovich! -- y desaparece en busca de la corneta.
Dos segundos después se asoma con la corneta, me ofrenda otra maravillosa sonrisa; se seca los labios con la mano desnuda y los aplasta, en un gesto indescriptiblemente gracioso contra la embocadura de la corneta: Por la estación se extiende nuestro viejo toque de diana.
De los vagones saltan los colonos, y yo me dedico a repartir infinitos apretones de manos. Lápot, sentado ya en el techo del vagón, nos envía indignadas muecas.
-¿Para qué habéis venido aquí? ¿Para poneros sentimentales? ¿Y cuándo pensáis lavaros y limpiar los vagones? ¿O es que pensáis entregarlos sucios? Pues sabedlo, no habrá perdón. Y poneros los calzones nuevos. ¿Dónde está el jefe de guardia?
Por la plataforma vecina asoma Taraniets. Sobre su cuerpo lleva tan sólo unos calzones arrugados y desteñidos. En su brazo desnudo rojea flamante un brazalete.
-Aquí estoy.
-¡No veo ningún orden! -vocifera Lápot-. ¿Sabes dónde está el agua? ¿Sabes cuánto tiempo vamos a estar aquí? ¿Sabes que hay que distribuir el desayuno? ¡Habla!
Taraniets trepa al techo donde se ha instalado Lápot y doblando los dedos de la mano informa que estaremos aquí cuarenta minutos, que es posible lavarse cerca de aquella torre y que Fedorenko tiene ya preparado el desayuno y se puede empezar cuando se quiera.
-¿Os habéis enterado? -pregunta Lápot a los colonos-. Pues si os habéis enterado, ¿a qué ángel esperáis?
Las piernas tostadas de los colonos son un rápido centelleo en todas las vías de Liubotin. Por los vagones se pasean las escobas, y el cuarto destacamento mixto "L", armado de cubos, echa a andar a lo largo de los vagones recogiendo la basura. Vérshnev y Osadchi sacan en brazos del último vagón a Kóval, todavía dormido, y le sientan cuidadosamente en un pequeño poste de señales.
-No se ha despertado aún -dice Lápot, poniéndose en cuclillas ante Kóval.
Kóval se cae del poste.
-Ahora sí que se ha despertado -dice Lápot, señalando el acontecimiento.
-¡Qué harto estoy de ti, pelirrojo! -exclama seriamente Koval y, saludándome, explica: ¿hay alguien que pueda obligar, a este hombre a estarse quieto? Toda la noche se la ha pasado dando brincos por los techos de los vagones, o en la locomotora, o de pronto le parecía que se habían escapado los cerdos. Si estoy cansado de algo, es de Lápot. ¿Dónde puede uno lavarse aquí?
-Nosotros ya lo sabemos -contestó Osadchi-. ¡Vamos, Kolka!
Arrastraron a Kóval hacia la torre, y Lápot dijo:
-Y aún está descontento... ¿Y usted sabe, Antón Semiónovich? Tal vez sea hoy la primera noche que Kóval ha dormido en toda esta semana.
Media hora más tarde los vagones estaban limpios, y los colonos, con brillantes calzones de color azul oscuro y blancas camisas, se sentaron a desayunar. A mí me obligaron a entrar en el vagón del estado mayor y a comer un buen trozo de María Ivánova.
Desde abajo, desde la vía, alguien dijo en voz alta:
-Lápot, el jefe de la estación ha anunciado que dentro de unos cinco minutos nos vamos.
Volví la cabeza al oír una voz conocida, los ojos enormes de Mark Sheinhaus me contemplaban con una mirada seria y en ellos seguían agitándose las mismas oleadas oscuras de pasión.
-Mark, buenos días. ¿Cómo no te he visto antes?
-Es que estaba montando la guardia junto a la bandera -respondió Mark con seriedad.
-¿Cómo vives? ¿Estás ahora contento de tu carácter?
Salté a tierra. Mark se sujetó y, aprovechando la oportunidad, susurró dramáticamente:
-Aún no estoy muy contento, Antón Semiónovich. No estoy muy contento, si he decirle la verdad...
-¿Por qué?
-Fíjese: ellos se pasan cantando todo el tiempo y tan contentos, pero yo no hago más que pensar y pensar y no puedo cantar con ellos. ¿Acaso esto es carácter?
-¿En qué piensas?
-Por qué ellos no tienen miedo y yo sí.
-¿Tienes miedo por ti?
-No, ¿por qué iba a tener miedo por mí? Por mí no tengo ningún miedo; por quien tengo miedo es por usted y por todos. Tengo miedo en general. Ellos vivían bien antes, pero ahora, en Kuriazh, quizá se viva mal. ¿Quién sabe cómo terminará todo esto?
-Pero, en cambio, van a la lucha. Y poder luchar por una vida mejor es una gran felicidad, Mark.
-Eso es lo que yo le digo: ellos son felices y por eso cantan. ¿Y por qué yo no puedo cantar y no hago más que pensar?
Casi contra mi oreja Sínenki dio estruendosamente la señal de asamblea.
"La señal del ataque" -pensé yo- y, lo mismo que todos, corrí al vagón. Al subir, vi cómo corría Mark hacia su vagón alzando libremente sus plantas desnudas y me dije: hoy este muchacho sabrá lo que es el triunfo o la derrota. Entonces será bolchevique.
Silbó la locomotora. Lápot chilló a un rezagado. El tren arrancó.
Cuarenta minutos más tarde entró lentamente en la estación de Rizhov y se detuvo en la tercera vía. En el andén estaban Ekaterina Grigórievna, Lídochka y Guliáeva. Sus rostros temblaban de alegría.
Kóval se acercó a mí:
-¿Para qué vamos a esperar? ¿ Descargamos?
Corrió en busca del jefe. Nos dijeron que para descargar era preciso llevar el tren a la primera vía, a la plataforma, pero no había con qué hacer la maniobra. La locomotora del tren había salido ya para Járkov, y ahora era preciso hacer venir una locomotora especial de maniobra. Jamás había llegado a Rizhov un tren así, y la estación no tenía su propia locomotora de maniobra.
Al principio recibimos la noticia con tranquilidad. Pero transcurrió media hora, después una hora, empezamos a hartarnos de estar al lado de los vagones. También nos inquietaba el Molodiets, que, a medida que el sol ascendía, escandalizaba más en su vagón. Durante la noche había tenido tiempo de sobra para destrozar todo el interior del vagón, y ahora la había tomado con el resto. Junto a su vagón iban y venían ya ciertos funcionarios y, manejando unos libros grasientos, calculaban algo. El jefe de la estación corría por las vías como si fueran pistas de carreras y exigía que los muchachos no salieran de los vagones y no anduviesen por las vías, ya que a cada minuto pasaban trenes de pasajeros, suburbanos y de mercancías.
-¿Pero cuándo va a venir la locomotora? -le asediaba Taraniets.
-¡Yo no sé más que usted! -respondió, enfadado, el jefe de la estación-. A lo mejor, viene mañana.
-¿Mañana? ¡Oh! En tal caso, yo sé más...
-¿Más qué? ¿Más qué?
-Más que usted.
-¿Cómo sabe más que yo?
-Pues sabiendo: si no hay locomotora, nosotros mismos haremos rodar el tren hasta la primera vía.
El jefe se encogió de hombros y se fue corriendo. Entonces Taraniets comenzó a asediarme a mí:
-Lo haremos rodar, Antón Semiónovich; ya lo verá. Yo lo sé. Los vagones pueden deslizarse con facilidad, incluso cargados. Y nosotros tocamos a tres por vagón. Vamos a hablar con el jefe.
-¡Déjame, Taraniets, eso son tonterías! hasta Karabánov se quedó perplejo:
-¡Hay que ver lo que se le ha ocurrido! Hacer rodar el tren. ¿No ves que hay que llevarlo hasta el semáforo, hasta las mismas agujas?
Sin embargo, Taraniets insistía, y muchos colonos eran de la misma opinión que él. Lápot propuso:
-¿Para qué discutir? Vamos a dar la señal de trabajo y haremos la prueba. Si podemos, bien, si no podemos, nada se pierde. Pasaremos la noche en el tren.
-¿Y el jefe? -preguntó Karabánov, cuyos ojos refulgían ya.
-¡El jefe! -respondió Lápot-. El jefe tiene dos manos y una garganta. Que manotee y grite. Así será más divertido.
-No -dije yo-, así no se puede. En las agujas puede alcanzarnos algún tren. ¡Y menudo lío!...
-¡Eso es verdad! ¡Hay que cerrar el paso!
-¡Dejadlo, muchachos!
Pero los muchachos me rodeaban ya en tropel, los de atrás, subidos a las plataformas y a los techos, trataban a coro de convencerme. No me pedían más que una cosa: desplazar el tren unos dos metros.
-Solamente dos metros y stop. ¿A quién le importa eso? ¡No hacemos mal a nadie! Solamente dos metros, y luego usted decidirá.
Acabé cediendo. El mismo Sínenki dio la llamada de trabajo, y los colonos, que habían estudiado hacía ya tiempo los detalles de la tarea, se colocaron junto a los largueros de los vagones. Las niñas chillaban cerca de los vagones delanteros. Lápot salió al andén y agitó su gorro.
-¡Espera, espera! -gritó Taraniets--. Ahora mismo voy por el jefe; si no, va a creerse que sabe más que yo.
El jefe corrió al andén y levantó las manos:
-¿Qué hacéis? pero, ¿qué hacéis?
-Dos metros explicó Taraniets
-¡Por nada mundo, por nada del mundo!... ¿Cómo es posible? ¿Cómo se puede hacer eso?
-¡Pero si no son más que dos metros! -gritó Kóval-. ¿Es que no comprende usted o qué?
El jefe fijó torpemente sus ojos en Kóval y se olvidó de bajar las manos. Los muchachos se reían a carcajadas junto a los vagones. Lápot alzó de nuevo la mano con el gorro, todos arrimaron el hombro a los largueros, clavaron los pies descalzos en la arena y, mordiéndose los labios, miraron a Lápot. Éste agitó el gorro, y el jefe, imitando su movimiento, sacudió la cabeza y abrió la boca. Alguien de los de atrás gritó:
-¡Empujad!
Durante unos segundos me pareció que no íbamos a conseguir nada: el tren permanecía inmóvil, pero, al mirar las ruedas, observé de pronto que giraban lentamente y un segundo después vi el movimiento del tren. Sin embargo, Lápot vociferó algo, y los muchachos se detuvieron. El jefe de la estación me miró, se secó la calva y me regaló una dulce sonrisa senil y desdentada:
-¡Empujad, y que Dios os ayude! Pero tened cuidado con no atropellar a nadie.
Movió la cabeza y rompió a reír estrepitosamente:
-¡Qué hijos de Satanás! Pero, ¿qué se les puede hacer? ¡Venga, venga!
-¿Y el semáforo?
-Estad tranquilos.
-¡Preparaos! -gritó Taraniets, y Lápot levantó de nuevo su gorro.
Medio minuto más tarde el tren rodaba ya hacia el semáforo, como empujado por una potente locomotora. Parecía que los muchachos marchaban tranquilamente junto a los vagones sin hacer otra cosa que aferrarse a los largueros. En las plataformas de los frenos habían aparecido -no sé por qué milagro- unos muchachos destinados a detener el tren en el momento oportuno.
Después de sacar el tren hasta las agujas de salida, era precisó llevarlo por la segunda vía hasta el extremo opuesto de la estación y, una vez allí, hacerlo pasar a la primera vía. En el momento en que el tren, pasaba por delante del andén y yo aspiraba con todo el pecho el aire salado del zafarrancho, desde el andén me llamó alguien:
-¡Camarada Makárenko!
Volví la cabeza. En el andén estaban Bréguel, Jalabuda y la camarada Zoia. Bréguel se erguía en el andén con un amplio vestido gris y me hizo recordar el monumento de Catalina la Grande: tal era la majestad de su figura..
Y con la misma majestuosidad me interrogó desde su pedestal:
-Camarada Makárenko, -¿ésos son sus educandos?
Con aire culpable alcé los ojos hacia Bréguel, pero en aquel instante cayó sobre mi cabeza toda una sentencia catalinesca:
-Responderá usted muy seriamente de cada pierna seccionada.
En la voz de Bréguel había tal cantidad de hierro y de madera, que cualquier soberana hubiera podido envidiarla. Para completar el parecido, su mano con el índice enhiesto señaló una de las ruedas de nuestro tren.
Me dispuse a objetar que nuestros muchachos ponían cuidado y que yo confiaba en un feliz desenlace, pero la camarada Zoia impidió este honrado impulso de mi docilidad: se acercó de un salto al mismo extremo del andén y tableteó allí como una ametralladora, sacudiendo su enorme cabeza al compás de su discurso:
-Decían que el camarada Makárenko quería mucho a sus educandos... ¡Habría que mostrar a todo el mundo cómo les quiere!
Sentí que una bola se me subía a la garganta. Pero, al mismo tiempo, tuve la impresión de haber dicho de un modo muy reservado y cortés:
-¡Oh, camarada Zoia, la han engañado vilmente! Soy un hombre tan sin entrañas, que he preferido siempre el sentido común al amor más ardiente.
La camarada Zoia habría saltado seguramente sobre mí desde lo alto del andén, y allí hubiera concluido tal vez mi poema antipedagógico si Jalabuda no hubiese dicho sencillamente, como un obrero:
-¡Qué bien hacen rodar el tren esos bribones! ¡Mírales, malditos sean!... ¡Mira, mira, Bréguel!.
Y de repente vimos a Jalabuda marchando junto a Vaska Alexéiev, que había perdido a sus padres y protectores. Cambió algunas palabras con Vaska, y aún no había tenido tiempo de desvanecerse nuestra ira cuando también Jalabuda se puso a empujar el vagón. Miré rápidamente a la petrificada majestad del monumento de Catalina, salté sobre el charco de hiel desprendido de la camarada Zoia y corrí también a los vagones.
Veinte minutos más tarde, los muchachos sacaban al Molodiets del semidestrozado vagón, y Antón Brátchenko salía a galope hacia Kuriazh, dejando en pos durante mucho tiempo un reguero de polvo y la nerviosa conmoción de los perros de Rizhov.
Después de dejar un destacamento mixto al mando de Osadchi, formamos rápidamente en la pequeña plaza de la estación. Bréguel y su amiga subieron al automóvil, y yo sentí la voluptuosidad de hacer verdear otra vez sus rostros con el sonido de las cornetas y el trueno de los tambores de nuestro saludo a la bandera cuando la enseña, en su funda de seda, fue llevada lentamente a su sitio por delante de nuestras solemnes filas. También yo ocupé mi puesto. Kóval dio la voz de mando, y la columna de los gorkianos, rodeada de una muchedumbre de chiquillos lugareños, se puso en marcha hacia Kuriazh. El automóvil de Bréguel alcanzó a la columna, y, al llegar a mi altura, Bréguel me dijo:
-¡Suba usted!
Yo me encogí de hombros, sorprendido, y me llevé la mano al corazón.
Hacía calor, y en torno nuestro reinaba una absoluta quietud. El camino iba por un prado y un puente tendido sobre un estrecho y anónimo riachuelo íbamos en filas de a seis: por delante cuatro cornetas y ocho tambores, tras ellos el jefe de guardia Taraniets y yo, y a continuación la brigada de escolta de la bandera. La enseña iba enfundada, y sus flecos dorados pendían del brillante pico del astil y se agitaban sobre la cabeza de Lápot. Dividida en el centro por cuatro filas de muchachas de faldas azules, la formación de los colonos refulgía detrás de Lápot con la frescura de sus blancas camisas y el joven ritmo de sus pies descalzos.
Saliendo a veces de las filas por un minuto, yo veía el aire serio y apuesto que habían adquirido de pronto las figuras de los colonos. Aunque íbamos por un prado solitario, observaban con todo rigor la formación, y cuando a causa de los desniveles del terreno perdían el paso, se apresuraban cuidadosamente a recuperarlo. Sólo resonaban los tambores, haciendo nacer allá lejos, en las murallas, de Kuriazh, un eco seco y preciso: Hoy la marcha de los tambores no adormecía ni equilibraba el juego de la conciencia. Por el contrario, según íbamos aproximándonos a Kuriazh, el redoble de los tambores parecía más enérgico y apremiante, y uno sentía el deseo de subordinar a su severo orden no sólo el paso, sino también cada movimiento del corazón.
La columna entró en Podvorki. Tras los cercados y las empalizadas estaban los habitantes; y los perros de presa, descendientes de los antiguos mastines del monasterio, que antaño guardaran tesoros, daban saltos, sujetos por sus cadenas. En esta aldea no sólo los perros, sino también los hombres habían sido alimentados en los jugosos pastos de la historia monástica. Eran engendrados, criados y educados a costa de las monedas obtenidas de la salvación del alma, de la curación de males, de las lágrimas de la Santísima Virgen y de las plumas de las alas del arcángel Gabriel. En Podvorki quedaba mucha gente así: antiguos curas y frailes, seminaristas, cocheros y otros paniaguados, cocineros monásticos, jardineros y prostitutas.
Y por eso, al atravesar la aldea, yo sentía con agudeza las miradas hostiles y los susurros de los grupos congregados tras las empalizadas, adivinando exactamente los pensamientos, las palabras y los piadosos votos que nos dedicaban.
Aquí, en las calles de Podvorki, comprendí claramente la gran significación histórica de nuestra marcha, aunque ésta expresaba únicamente uno de los fenómenos moleculares de nuestra época. De repente, la imagen de la colonia Gorki perdió para mí sus formas determinadas y su tinte pedagógico. Ya no existían los meandros del Kolomak, ni las sólidas construcciones de la vieja finca de los Trepke, ni los doscientos arbustos de rosas, ni la porqueriza de hormigón. También se habían secado y perdido por el camino los enrevesados problemas pedagógicos. Quedaban tan sólo hombres puros, hombres de una nueva experiencia y de una nueva posición humana sobre las llanuras de la tierra. Y de pronto comprendí que nuestra colonia estaba cumpliendo ahora una tarea, aunque pequeña, de importancia política, una tarea verdaderamente socialista.
Desfilando por las calles de Podvorki, nos parecía atravesar un país enemigo, donde se habían agrupado, en una convulsión aún viva, los viejos hombres, los viejos intereses y los viejos y ávidos tentáculos. Y entre las murallas del monasterio, que ya se divisaban delante de nosotros, había verdaderos montones de ideas y de prejuicios que yo detestaba: el baboso idealismo intelectual, el formalismo torpe y vulgar, las baratas lágrimas mujeriles y la pasmosa ignorancia burocrática. Me imaginé las enormes superficies de ese infinito muladar: cuántos años, cuántos miles de kilómetros habíamos pasado por él, y todavía apestaba delante de nosotros y nos rodeaba por todas partes, a derecha e izquierda. Por eso parecía tan limitada en el espacio la pequeña columna de los gorkianos, que ahora no tenía nada material: ni comunicaciones, ni base, ni parientes. Trepke había sido abandonado para siempre; Kuriazh no había sido conquistado aún.
Las filas de los tambores empezaron a subir: la puerta del monasterio estaba ya ante nosotros. De la puerta salió corriendo en calzones Vania Záichenko, se quedó petrificado un segundo y luego corrió como una flecha hacia nosotros. Yo llegué a asustarme un poco: ¿qué habría ocurrido? Pero Vania se detuvo bruscamente ante mí y, llevándose un dedo a la mejilla, me imploró con lágrimas en los ojos:
-Antón Semiónovich, yo iré con ustedes. No quiero estar allí.
-Ven con nosotros.
Vania se puso a mi lado, cogió aplicadamente el paso irguiendo la cabeza. Después, captando mi mirada atenta, se enjugó una lágrima y sonrió cariñosamente, exhalando, aliviado, su emoción.
Los tambores retumbaron estruendosamente en el túnel del campanario. La misa infinita de los kuriazhanos estaba formada en varias filas, y delante de ella Goróvich se puso firme y al alzó la mano para saludar a la bandera.

8. EL HOPAK

La formación de los gorkianos y la muchedumbre de los de Kuriazh estaban frente a frente, a unos siete u ocho metros de distancia. Las filas de los kuriazhanos, formadas rápidamente por Piotr Ivánovich, resultaron de mala calidad. En cuanto nuestra columna hizo alto, estas filas se mezclaron y se extendieron desde la puerta, hasta la catedral, doblándose en los extremos y amenazándonos seriamente con un envolvimiento por los flancos e incluso con un cerco completo.
Tanto los kuriazhanos como los de Gorki callaban; los primeros por cierta estupefacción; los segundos por la disciplina obligatoria en las filas cuando se lleva la bandera. Hasta entonces los kuriazhanos habían visto a los colonos únicamente en el destacamento mixto de vanguardia, siempre en traje de faena, bastante agotados, cubiertos de polvo y sin lavar. Ahora, ante ellos se extendían unas filas rigurosas de rostros tranquilos y atentos, con cinturones de brillantes hebillas y unos graciosos y cortos calzones sobre las piernas tostadas.
En una tensión sobrehumana, yo quería captar y fijar mi conciencia, aprovechando hasta las partículas más fraccionales de un segundo, el tono fundamental en la expresión de la muchedumbre de Kuriazh, pero no pude. Ya no era aquélla la muchedumbre obtusa y uniforme de mi primer día en Kuriazh. Recorriendo los grupos con la vista, yo encontraba nuevas y nuevas expresiones, a veces completamente inesperadas. Sólo unos cuantos nos contemplaban con una mirada tranquila, indiferente, y neutral. La mayoría de los pequeños manifestaban, francamente su admiración, igual que si se tratase de un juguete que quisieran coger en sus manos y cuyo encanto no despertaba en ellos envidia ni hería su amor propio. Nísinov y Zoreñ se habían abrazado y, las cabezas un poco ladeadas, miraban a los gorkianos y soñaban con algo, tal vez con los tiempos, en que también ellos formarían en estas cautivadoras filas y, lo mismo que ellos ahora, les admirarían, soñadores, otros muchachos. Había muchos rostros que miraban con esa atención inesperada y seria, en la que los músculos agitados del rostro se estremecen y los ojos buscan rápidamente el viraje cómodo. La vida se manifestaba violentamente en esos rostros; en una décima parte de segundo, estos rostros dejaban ya leer algo de lo que ocurría en su interior, expresando bien la aprobación, bien el placer, bien la duda, bien la envidia. En cambio, se diluía lentamente la expresión maligna de otras caras, expresión preparada de antemano, expresión de burla y de desprecio. Al oír todavía desde lejos nuestros tambores, esos muchachos se habían metido las manos en los bolsillos y doblado sus talles en actitudes perezosas y condescendientes. Muchos de ellos fueron desalojados inmediatamente de sus posiciones por los torsos y los bíceps espléndidos de las primeras filas de los gorkianos -Fedorenko, Korito, Nechitailo-, frente a los cuales sus propias figuras parecían blandengues. Otros se turbaron un poco más tarde, al hacerse demasiado claro que, de los ciento veinte gorkianos, ni al más pequeño se le podía ofender con impunidad. Y el más pequeño, Vañka Sínenki, estaba ahora delante de todos, apoyando la corneta en la rodilla y, disparando miradas con la misma libertad que si fuera un príncipe viajero y no un niño desamparado de ayer y tras él permaneciese, respetuosamente mudo, un espléndido séquito que le hubiera proporcionado su papaíto el rey.
Este examen silencioso no duró más que unos segundos. Mi obligación era hacer desaparecer en el acto tanto los siete metros de distancia entre los dos campos como su examen recíproco.
-¡Camaradas! -exclamé-. A partir de este momento, todos nosotros, cuatrocientas personas, constituimos una colectividad llamada colonia de trabajo Gorki. Cada uno de vosotros debe tenerlo siempre presente, debe saber que es un gorkiano, debe considerar a otro gorkiano como a su compañero más querido y su primer amigo, está obligado a respetarle, a defenderle, a ayudarle en todo si necesita ayuda y a corregirle si se equivoca. Nuestra disciplina será rigurosa. La disciplina nos es necesaria porque lo que tenemos que hacer es mucho y difícil. Y lo haremos mal si entre nosotros no hay disciplina.
También hablé de las tareas que habíamos de resolver, de cómo debíamos enriquecernos, estudiar, abrir camino para nosotros y para los futuros gorkianos; de que debíamos vivir dignamente como verdaderos proletarios y salir de la colonia como verdaderos komsomoles para luego poder asimismo construir y fortalecer el Estado proletario.
Me sorprendió la inesperada atención con que los kuriazhanos escuchaban mis palabras. Los gorkianos, por el contrario, escuchaban algo distraídos, quizá porque mis palabras ya no les descubrían nada nuevo, porque hacía tiempo que todo lo que yo decía estaba grabado en cada partícula de su cerebro.
Pero, ¿por qué aún hacía dos semanas estos mismos kuriazhanos no ponían oído a los llamamientos, mucho más fogosos y convincentes, que les dirigía yo? ¡Qué ciencia tan difícil la pedagogía! Era imposible admitir que escuchasen ahora sólo porque a mis espaldas estuviera la legión de los gorkianos o porque en el flanco derecho de esta legión se encontrase, austera e inmóvil, la bandera en su funda de raso.
Y admitirlo era imposible, ya que eso estaba en contradicción con todos los axiomas y teoremas de la pedagogía.
Al terminar mi arenga, manifesté que, dentro de media hora, se celebraría una reunión general de la colonia Gorki; en esta media hora, los colonos deberían trabar conocimiento entre sí, estrecharse las manos y acudir juntos a la reunión. Y ahora, como era de rigor, debíamos guardar nuestra bandera bajo techado...
-¡Rompan filas!
Mi esperanza de que los gorkianos se acercarían a los de Kuriazh y les estrecharían la mano no se vieron justificadas. Lo mismo que una carga de perdigones se dispersaron y corrieron hacia los dormitorios, clubs y talleres. Los kuriazhanos no se ofendieron por la desatención y echaron también a correr tras ellos. Sólo Korotkov, en medio de su pandilla, permanecía en su sitio y hablaba de algo con ellos. Junto al muro de la catedral, sentadas en las lápidas funerarias, estaban Bréguel y la camarada Zoia. Yo me acerqué.
-Sus muchachos están vestidos bastante coquetonamente -dijo Bréguel.
-¿Y tienen ya preparados los dormitorios? -preguntó la camarada Zoia.
Nos pasaremos sin los dormitorios -respondí yo y me apresuré a interesarme por un nuevo fenómeno.
Rodeado por los colonos del destacamento de Stupitsin, nuestro ganado porcino, lento y pesado, franqueaba la puerta del monasterio. Había sido distribuido en tres grupos: por delante las hembras, tras ellas las crías y, cerrando el cortejo, los padres. Vólojov, todo sonriente, los recibía con su estado mayor, y Denís Kudlati estaba ya rascando amorosamente detrás de la oreja a nuestro favorito, un lechón de cinco meses, llamado Chamberlain en memoria del famoso ultimátum de este político.
La piara se dirigió a las empalizadas dispuestas para ella, y por la puerta entraron Stupitsin, Shere y Jalabuda, absortos en una entretenida conversación. Jalabuda agitaba una mano y con la otra estrechaba contra su corazón al más pequeño y sonrosado de los lechoncitos.
-¡Oh, qué cerdos tienen! -exclamó Jalabuda, acercándose a nuestro grupo-. Si la gente es igual a los cerdos, la cosa marchará, os lo aseguro.
Bréguel se levantó de la lápida funeraria y dijo severa:
-Seguramente, el camarada Makárenko, a pesar de todo, consagra su atención principal a los muchachos.
-Lo dudo -replicó Zoia-; para los cerdos se ha preparado ya sitio, y los niños se pasarán sin dormitorios...
Bréguel se interesó de pronto por tan original situación:
-Sí, Zoia, tiene razón. Es interesante oír la respuesta del camarada Makárenko, no del Makárenko ganadero sino del pedagogo Makárenko.
Me sorprendió mucho la franca hostilidad de esas palabras, pero no quise responder aquel día con la misma franqueza brutal:
-Permítanme que conteste con una respuesta colectiva a las dos preguntas.
-Como guste.
-Los colonos son aquí los dueños y los cerdos están bajo su tutela.
-¿Y usted quién es? -me preguntó Bréguel, mirando a un lado.
-Si ustedes lo admiten, yo me encuentro más próximo a los dueños.
-Pero, ¿usted tiene el dormitorio asegurado?
-También yo me paso sin dormitorio:
Bréguel se encogió, contrariada, de hombros y propuso secamente a la camarada Zoia:
-Dejemos esta conversación. Al camarada Makárenko le gustan las situaciones agudas.
Jalabuda se echó a reír sonoramente.
-¿Y qué hay de malo en eso? Hace bien... ¡ja!... ¡Situaciones agudas! ¿Qué falta le hacen las situaciones romas?
Yo sonreí involuntariamente, y por eso Zoia se lanzó de nuevo contra mí:
-No sé qué situación es ésta, aguda o roma, cuando hay que educar a la gente a la manera de los cerdos.
La camarada Zoia puso en movimiento no sé qué iracundos motores, y sus ojos saltones comenzaron a horadar mi ser a una velocidad de veinte mil revoluciones por segundo. Yo llegué a asustarme. Pero en aquel instante llegó corriendo con su corneta Sínenki, sonrosado y nervioso, y balbuceó aproximadamente con la misma rapidez:
-Allí... Lápot ha dicho... y Kóval dice: espera. Pero Lápot se enfada y dice: haz como yo te he dicho... Y encima va y dice: si te haces el remolón... y también los muchachos... ¡Huy qué dormitorios, huy, huy, huy! Y los muchachos dicen: no se puede tolerar, y Kóval dice que tiene que hablar con usted...
-Comprendo lo que dicen los muchachos y lo que dice Kóval, pero no puedo comprender en absoluto qué es lo que tú quieres de mí.
Sínenki se avergonzó:
-Yo no quiero nada... Pero Lápot dice...
-¿Qué?
-Kóval dice que hay que hablar con usted...
-Pero, ¿qué es lo que dice Lápot? Eso es muy importante, camarada Sínenki.
A Sínenki le agradó tanto mi pregunta, que ni siquiera la escuchó:
-¿Eh?
-¿Qué ha dicho Lápot?
-¡Ah!... Ha dicho: toca a asamblea.
-Eso es lo que debías haber dicho desde el principio.
-Pero si se lo he dicho.
La camarada Zoia cogió con dos dedos las mejillas coloradas de Sínenki y transformó sus labios en un pequeño lacito sonrosado:
-¡Qué niño tan encantador!
Sínenki, descontento, se soltó de las manos cariñosas de Zoia, se secó la boca con la manga de la camisa y parpadeó, ofendido, en dirección de Zoia.
-¡Niño!... ¡Fíjate!... ¿Y si yo hiciera eso? No tengo nada de niño... Soy colono...
Jalabuda levantó ligeramente en brazos a Sínenki con su corneta.
-¡Tienes razón, palabra que tienes razón, y, sin embargo, eres un lechoncillo!
Sínenki aceptó con placer la nueva expresión y no protestó. Zoia lo señaló también.
-Me parece que el calificativo de lechoncillo es el más honroso para ellos.
-¡Déjalo! -exclamó, disgustado, Jalabuda y volvió a depositar a Sínenki en el suelo.
Una discusión estaba pronta a estallar, pero llegó Kóval y, tras él, Lápot.
Kóval se turbaba como un aldeano ante las autoridades, y a espaldas de Bréguel me guiñaba los ojos, invitándome a apartarme un poco para hablar con él. Pero Lápot no se cohibía ante los jefes:
-Kóval, ¿comprende?, creía que aquí le esperaban colchones de plumas. Y yo pienso que no debe aplazarse nada. Ahora tocamos a asamblea y leemos nuestra declaración.
Kóval enrojeció por la necesidad de hablar ante los superiores y, para colmo "femeninos", a los que siempre había considerado en el fondo de su alma como de segunda clase, pero no renunció a exponer su punto de vista:
-¿Qué falta me hacen los colchones de plumas? ¡No digas tonterías!... Lo que yo quiero saber es cómo vamos a obligarles a aceptar nuestra declaración. ¿Cómo vas a obligarles? ¿Agarrándoles por el cuello o por el pecho? Kóval miró temerosamente a Bréguel, pero el verdadero peligro acechaba por otro lado.
-¿Cómo por el pecho? -preguntó inquieta la camarada Zoia.
-No, es una manera de hablar -enrojeció más aún Kóval-. Para qué necesito yo su pecho, ¡malditos sean! Mañana iré al Comité local; que me manden a la aldea...
-Pero usted ha dicho: "Les obligaremos". ¿Cómo piensa obligarles?
Kóval, irritado, perdió instantáneamente el respeto a los jefes y hasta fue a caer en el extremo opuesto:
-¡Qué se vayan al...! ¡Qué demonios! Aquí hay que trabajar y no charlar como mujerucas... ¡Marchaos todos a paseo!...
Y se fue rápidamente al club, arrancando del piso de Kuriazh con sus botas polvorientas restos de las aceras enlosadas del monasterio.
Lápot se encogió de hombros y dijo a Zoia:
-Puedo explicarle qué es eso de obligar. Obligar significa... ¡pues significa obligar!
-¿Ves, ves? -preguntó a Bréguel, dando saltitos, la camarada Zoia-. ¿Qué dices ahora?
-Sínenki, toca la llamada -ordené.
Sínenki arrancó la corneta de entre las manos de Jalabuda, la apuntó hacia las cruces de la catedral y rasgó el silencio con un staccato preciso de reto y de alarma. La camarada Zoia se llevó las manos a las orejas:
-¡Dios mío, cornetas!... ¡Jefes!... ¡Qué cuartel!
-Eso no tiene importancia -replicó Lápot-; en cambio; ya lo ve, usted ha comprendido de qué se trata.
-Un timbre sería mucho mejor -objetó suavemente Bréguel.
-¿Cómo? ¡Un timbre! El timbre es un estúpido que dice siempre lo mismo. En cambio, ésta es una señal inteligente: reunión general. Y hay otras que significan "reunión de jefes" y "silencio" y otra de "alarma". ¡Oh! Si Vañka toca a alarma, hasta los muertos correrán a sofocar el incendio y usted correrá también.
De las esquinas de los pabellones, de los cobertizos, de detrás de las murallas del monasterio aparecían grupos de colonos que iban al club. Los pequeños echaban muchas veces a correr, pero eran inmediatamente frenados por diversas impresiones casuales. Los muchachos de la colonia Gorki y los kuriazhanos se habían mezclado ya y charlaban entre sí acerca de no sé qué temas que, según todos los indicios, tenían un carácter de enseñanzas morales. No obstante, la mayoría de los kuriazhanos se mantenía al margen.
El club, frió y desierto, se llenó de una abigarrada muchedumbre, pero las camisas blancas de los gorkianos se aproximaron más hacia el altar. Yo observé que eso se hacía por indicación de Taraniets, que a todo evento, concentraba las fuerzas.
La debilidad numérica del grupo de chique de los gorkianos saltaba a la vista. De las cuatrocientas personas de la reunión, ellos eran unos cincuenta: los destacamentos segundo, tercero y décimo estaban ocupados en la instalación del ganado, y Osadchi tenía en Rizhov a unos veinte colonos, sin contar a los "rabfakianos". Además, nuestras muchachas no entraban en la cuenta. Las muchachas de Kuriazh las habían recibido muy cariñosamente, de un modo casi conmovedor, con besos e interminables conversaciones, y les habían dado albergue en su dormitorio, que no en vano Olia Lanova había arreglado con tanto afán.
Antes de abrir la reunión, Zhorka Vólkov me preguntó en un susurro:
-Entonces, ¿andarse sin rodeos?
-Sin rodeos -contesté.
Zhorka salió al altar y se dispuso a leer lo que todos nosotros llamábamos en broma "declaración". Era un acuerdo de la organización del Komsomol de los gorkianos, en el que Zhorka, Vólojov, Kudlati, Zheveli y Górkovski habían depositado un sinnúmero de iniciativas, de ingenio, de amplio impulso ruso y de escrupulosa aritmética, añadiendo a ello una dosis moderada de nuestra pimienta gorkiana, de sano cariño a los camaradas y de cariñosa crueldad camaraderil.
Hasta aquel instante, la "declaración" había sido considerada como un documento secreto, a pesar de que en la discusión de su texto habían participado muchas personas: el documento había sido discutido varías veces en la reunión de los miembros del Buró en Kuriazh, y, durante mi viaje a la colonia, fue examinado y comprobado una vez más con Kóval y el activo del Komsomol.
Zhorka pronunció unas breves palabras de exordio:
-¡Camaradas colonos! Seamos sinceros: cualquiera sabe por dónde hay que comenzar. Pero voy a leeros la decisión de la célula del Komsomol y en el acto comprenderéis por dónde hay que empezar y cómo va a desarrollarse todo. Ahora no trabajáis, no sois ni komsomoles ni pioneros, ni el diablo sabe qué sois, todo está sucio, y ¿qué sois en realidad? ¿Desde qué punto de vista se os puede considerar? Sólo desde éste: sois una base alimenticia para las chinches, los piojos, las cucarachas, las pulgas y demás canallas.
-¿Acaso tenemos nosotros la culpa? -gritó alguien.
-Claro que la tenéis vosotros -respondió inmediatamente Zhorka-. Vosotros sois los culpables y lo sois en todos los terrenos. ¿Qué derecho tenéis a ser unos parásitos, unos vagos y unos desvalidos? No tenéis ningún derecho. Y al mismo tiempo, ¡menuda suciedad! ¿Qué derecho tiene un hombre a vivir entre esta porquería? Nosotros lavamos todas las semanas a los cerdos con jabón, deberíais verlo. ¿Y vosotros creéis que hay algún cerdo al que no le guste lavarse o que nos diga: "Váyase usted a paseo con su jabón"? Nada de eso; nos saludan y dicen: "Gracias". Mientras que vosotros hace dos meses que no veis el jabón...
-Pero si no nos lo dan -replicó profundamente ofendido alguien de la muchedumbre.
El rostro redondo de Zhorka, en el que aún no se habían borrado las huellas amoratadas del encuentro nocturno con el enemigo de clase, frunció el ceño y se puso serio:
-¿Y quién debe dártelo? Aquí tú eres el dueño. Tú mismo debes saber lo que debe hacerse y cómo.
-¿Y en vuestra colonia quién es el dueño? ¿Tal vez Makárenko? -preguntó uno, escondiéndose inmediatamente entre la muchedumbre.
Las cabezas se volvieron hacia el lugar de donde había partido la pregunta, pero en aquel lugar las cabezas también estaban vueltas y únicamente algunos rostros sonreían satisfechos en el centro.
Zhorka sonrió ampliamente:
-¡Vaya tontería! Nosotros confiamos en Antón Semiónovich porque es nuestro amigo y actuamos juntos. Y el que ha hecho esa pregunta es un buen tonto. Pero que no se preocupe; nosotros enseñaremos también a tontos como ése, que no hacen más que mirar alrededor y preguntar: ¿dónde está mi dueño?
En el club estalló una carcajada general: Zhorka había remedado con mucho acierto la estúpida fisonomía de un tonto en busca de dueño.
Zhorka continuó:
-En el País Soviético el dueño es el proletariado y el obrero. Y vosotros coméis a costa del Estado lo emporcáis todo, y tenéis la misma conciencia política que un gallo.
Yo empezaba ya a temer que Zhorka irritase demasiado a los de Kuriazh. No habría estado mal un poco más de afecto en el tono. Y en aquel momento la misma voz inapresable de antes gritó:
-¡Veremos cómo vais a emporcarlo vosotros!
Por el club corrió una ola de risas contenidas y de sonrisas satisfechas, llenas de comprensión.
-Puedes mirar, si te gusta dijo Zhorka serio y afable -. Hasta puedo ponerte un sillón junto al excusado para que puedas sentarte tranquilamente y mirar. Incluso te vendrá bien, porque no sabes ni hacer tus necesidades. Se trata, claro está, de una calificación modesta, pero, en fin, cada uno debe conocerla.
Los kuriazhanos, aun enrojeciendo, no pudieron renunciar a la risa. Sujetándose mutuamente, se tambaleaban de gusto. Las niñas lanzaban gritos, volviéndose hacia la estufa ofendidas contra el orador. Solo los gorkianos retenían delicadamente la sonrisa y miraban con orgullo a Zhorka.
Los kuriazhanos dejaron de reír, y sus miradas, fijas en Zhorka, se hicieron más cálidas y comprensivas, como si, efectivamente, hubieran escuchado de labios de Zhorka un programa útil y aceptable.
El programa tiene una gran significación en la vida del hombre, hasta el homúnculo más insignificante, si no ve ante sí tan sólo un simple espacio de tierra con colinas, valles, pantanos y montículos, sino, aunque no sea más que una perspectiva modesta -senderos o caminos con curvas, puentecillos, arbolado y postes-inmediatamente comienza a distribuir su actividad en determinadas etapas, enfoca con más alegría el futuro y la propia naturaleza aparece más ordenada a sus ojos: éste es el lado izquierdo, aquél el derecho, este se halla más cerca del camino y aquél más lejos.
Nosotros confiábamos conscientemente en la gran significación de toda perspectiva, incluso de una perspectiva en la que no hubiese rosquillas y ni siquiera un gramo de azúcar. Precisamente en este espíritu había sido redactada la declaración de la célula del Komsomol, que Zhorka comenzó, por fin, a leer ante la asamblea:
"Decisión de la célula de las Juventudes Comunistas
Leninistas de la colonia de trabajo Gorki
del 15 de mayo de 1926.

1) Considerar disueltos todos los viejos destacamentos de gorkianos y los nuevos destacamentos de Kuriazh y organizar inmediatamente veinte destacamentos nuevos integrados por... (Zhorka leyó una lista de los colonos con su distribución en destacamentos y los nombres de los jefes por separado).
2) Secretario del Soviet de jefes sigue siendo el camarada Lápot: administrador, Denís Kudlati y encargado del almacén, Alexéi Vólkov.
3) Se invita al Soviet de jefes a poner en práctica todo lo indicado en esta decisión, a entregar la colonia en perfecto orden a los representantes del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública y del Comité Ejecutivo Regional el día del primer haz, que debe ser celebrado como es de rigor.
4) Inmediatamente, es decir, antes del anochecer del 17 de mayo, recoger toda la ropa, interior y exterior, de los educandos de la antigua colonia de Kuriazh, toda la ropa de cama, las mantas, colchones, toallas y demás prendas, comprendida hasta la ropa de propiedad particular, y entregarla hoy mismo a la cámara de desinfección y después a la sección de costura para su reparación.
5) Entregar a todos los educandos y colonos camisetas y calzones confeccionados por las niñas de la vieja colonia, y entregar la segunda muda una semana después, cuando, la primera haya sido dada al lavadero.
6) Todos los educandos, a excepción de las niñas, deben cortarse el pelo al cero y recibir un gorrito de terciopelo.
7) Todos los educandos deben bañarse hoy donde puedan, poniéndose el lavadero a disposición de las niñas.
8) Los destacamentos no deben dormir en los dormitorios, sino en el patio, bajo los matorrales, o donde puedan, donde haya dispuesto su jefe, hasta que se termine la reparación de la antigua escuela y la instalación de los nuevos dormitorios en ella.
9) Dormir empleando las mantas, las almohadas y los colchones traídos por los viejos gorkianos, y repartir sin discusión el número que corresponda a cada destacamento, independientemente de su cantidad.
10) No debe haber ninguna queja ni lamento de que no hay en qué dormir, sino encontrar salidas racionales a la situación.
11) Comer en dos turnos por destacamentos enteros sin permitirse pasar de un destacamento a otro.
12) Prestar la mayor atención a la limpieza.
13) Cerrar hasta el 1 de agosto todos los talleres, exceptuando el de confección, dedicándose los educandos a los siguientes trabajos:
Demoler la muralla del monasterio y construir con los ladrillos una porqueriza para trescientos cerdos.
Pintar todas las ventanas, puertas, barandas y camas de la colonia.
Trabajar en el campo y en la huerta;
Reparar todos los muebles.
Proceder a la limpieza general del patio y de la vertiente de la montaña en todas direcciones, trazar senderos, plantar flores y hacer invernaderos.
Confeccionar a todos los colonos un buen par de trajes y adquirir calzado para el invierno. En verano, andar descalzos.
Limpiar el estanque y bañarse.
Plantar un nuevo jardín en la vertiente meridional de la montaña.
Preparar tornos, materiales y herramientas en los talleres para trabajar a partir de agosto".
A pesar de su sencillez exterior, la declaración produjo gran impresión en todos. Hasta nosotros, sus autores, nos sentimos impresionados por su definición estricta y su exigencia práctica. Además, cosa que más tarde fue señalada especialmente por los kuriazhanos, la declaración evidenció de repente a todos que nuestra inactividad anterior a la llegada de los gorkianos ocultaba firmes designios y una preparación oculta, teniendo muy en cuenta diversos fenómenos reales.
Los komsomoles habían constituido admirablemente los nuevos destacamentos. El genio de Zhorka, de Górkovski y de Zheveli les permitió distribuir a los kuriazhanos en los destacamentos con farmacéutica exactitud, teniendo en cuenta los vínculos de la amistad y los abismos del odio, los caracteres, los gustos, las tendencias y las desviaciones. No en vano el destacamento mixto de vanguardia había estado recorriendo los dormitorios durante dos semanas.
Con la misma atención concienzuda habían sido distribuidos los gorkianos: los fuertes y los débiles, los enérgicos y los blandos, los austeros y los alegres, los hombres verdaderos y los aproximados, todos hallaron su puesto según diversas consideraciones.
Ni hasta para muchos gorkianos las líneas enérgicas de la declaración fueron una novedad, los muchachos de Kuriazh oyeron leer la declaración a Zhorka en un estado de estupefacción completa. Durante la lectura, algunos interrogaban en voz baja a su vecino sobre una palabra mal oída, alguien, sorprendido, se ponía de puntillas y miraba a su alrededor, hasta se oyó un "¡oh!" en el lugar más fuerte de la declaración, pero cuando Zhorka terminó la lectura, un silencio absoluto se hizo en la sala y, en medio de este silencio, comenzaron a alzarse algunos tímidos conatos de preguntas apenas perceptibles: ¿Qué hacer? ¿A dónde ir? ¿Someterse, protestar, alborotar? ¿Aplaudir, reír o atacar?
Zhorka dobló modestamente la hoja de papel. Lápot paseó por la muchedumbre la mirada irónica y alerta de sus ojos un poco hinchados y extendió, sarcástico, los labios:
-A mí esto no me gusta. Yo soy un viejo gorkiano. Antes tenía mi cama, mi manta, mi colchón. Y ahora debo dormir bajo una mata. ¿Y dónde está la mata? Kudlati, tú que eres mi jefe, dime dónde está mi mata.
-Hace ya tiempo que te la he elegido.
-Y en esa mata, ¿crece por lo menos algo? ¿A lo mejor crecen cerezas o manzanas? tampoco estarían mal unos ruiseñores... ¿hay ruiseñores, Kudlati?
-Por ahora no hay ruiseñores, pero sí gorriones.
-¿Gorriones? Personalmente, los gorriones me agradan poco. Cantan mal, además, no son nada cuidadosos. ¡Si me pusieras por lo menos, un jilguero!
-Bien, te pondré un jilguero -rió Kudlati.
-Y además... -Lápot miró alrededor con aire de sufrimiento-. Nuestro destacamento es el tercero... Dame la lista... Sí... el tercero... Gorkianos viejos hay uno, dos, tres... ocho. Es decir, ocho mantas, ocho almohadas y ocho colchones, pero en el destacamento hay veintidós muchachos. Esto me gusta poco. ¿Quiénes hay? A ver, Stegni. ¿Dónde está Stegni? Levanta la mano. ¡A ver, ven aquí! ¡Ven, ven, no tengas miedo!
Se acercó al altar un muchacho que no se había lavado ni peinado desde la Edad de Piedra, con los cabellos completamente descoloridos y un rostro, en el que los colores, la huella tostada del sol y la porquería se habían transformado hacía tiempo en una complicadísima composición, ya toda cubierta de grietas. Stegni, confuso, se balanceó sobre sus pies negros en el altar y clavó en la muchedumbre unos ojos inexpresivos, enseñando sus dientes grandes y esplendorosamente blancos.
-Entonces, ¿es contigo con quien debo dormir debajo de la misma manta? Dime, ¿tú sueles dar muchas patadas por las noches?
Stegni bufó de risa y babeó, quiso secarse la boca con el puño, pero se avergonzó de su puño negro y se secó la boca con el larguísimo de su camisa semipodrida.
-No
-Bien... Y dime, camarada Stegni, ¿qué haremos si empieza a llover?
-¿Escaparnos?, ¡ji, ji!...
-¿A dónde?
Stegni pensó un poco y dijo:
-¡Quién lo sabe!
Lápot contempló, preocupado, a Denís:
-Denís, ¿a dónde tenemos que huir en caso de lluvia?
Denís se adelantó y entornó pícaramente los ojos a la manera ucraniana, contemplando a la asamblea:
-No sé lo que pensarán acerca de ello los demás compañeros jefes, y en la declaración, hablando en plata, se ha pasado por alto este punto. Pero yo os diré que, en casos de lluvia o de otra cosa por el estilo, el tercer destacamento no debe temer nada. Tenemos cerca el río, y yo os llevaré a él. Porque, efectivamente, si nos metemos en el río, la lluvia no nos hará nada y, si se sumerge uno, no nos caerá encima ni una gota de agua. La cosa no será terrible, y, desde el punto de vista de la higiene, saldremos ganando.
Denís contempló inocentemente a Lápot y se apartó. De pronto Lápot se enfadó y gritó a Stegni, absorto en la contemplación de los grandiosos acontecimientos.
-¿Te das cuenta o no?
-Me doy cuenta -respondió alegremente Stegni.
-Pues ten cuidado: dormiremos juntos debajo de mi mata, ¡maldito seas! Pero antes te lavaré en ese mismo río y te esquilaré las lanas de la cabeza. ¿Comprendes?
-Claro que comprendo -sonrió Stegni.
Lápot abandonó su máscara de broma y, acercándose más al extremo del tablado, preguntó:
-Entonces, ¿todo está claro?
-¡Todo! -gritaron en diversos sitios.
-Pues si está claro, hablaremos francamente: esta decisión, desde luego, no es muy agradable. Pero, a pesar de todo, nuestra asamblea general tiene que aceptarla. No hay más remedio.
De repente alzó la mano en un ademán de desesperado y dijo con una voz en la que resonaban inesperados y amargos sollozos:
-¡Pon el acuerdo a votación, Zhorka!
Los muchachos se echaron a reír. Zhorka extendió la mano:
-Pongo el acuerdo a votación: ¡los que estén a favor, que levanten la mano!
Se alzó un bosque de manos.. Examiné atentamente las filas de toda mi mole. En favor votaron todos, incluido el grupo de Korotkov, que estaba cerca de la puerta. Las niñas alzaban sus manos con solemnidad conmovedora y sonreían ladeando un poco la cabeza. Me sorprendió mucho que también votase a favor del grupo de Korotkov. El propio Korotkov, apoyado contra la pared, mantenía pacientemente la mano en alto, contemplando con sus bellos ojos el grupo que nosotros formábamos en la escena.
La solemnidad del instante, fue interrumpida por la aparición de Borovói. Irrumpió en la sala en un estado demasiado alegre, tropezó con la puerta y chillando estruendosamente, tiró de su acordeón:
-¡Ah! ¿Han llegado los dueños? Esperad... ahora... os voy a tocar una diana... conozco una diana que...
Korotkov puso la mano sobre el hombro de Borovói y le dio a entender algo con los ojos. Borovói irguió la cabeza, abrió la boca y se calló, pero siguió enarbolando agresivamente el acordeón: a cada minuto podía esperarse la música más tenaz.
Zhorka anunció el resultado de la votación:
-En favor de la propuesta de la célula del Komsomol, 354 votos. En contra, ninguno. Consideramos, pues, que la propuesta ha sido aprobada por unanimidad.
Los gorkianos, sonriéndose y mirándose mutuamente, se pusieron a aplaudir; los de Kuriazh, inflamados por una especie de arrebato, corearon esa forma de expresión desacostumbrada para ellos, y, quizás por primera vez desde la fundación del monasterio, bajo sus bóvedas resonaron los sonidos ligeros y alegres de los aplausos de una colectividad humana. Los pequeños aplaudieron largo tiempo, separando los dedos, bien alzando las manos sobre la cabeza, bien poniéndolas junto a la oreja, y así estuvieron hasta que Zadórov apareció en el altar.
Yo no había advertido su llegada. Por lo visto, había traído algo de Rizhov, porque tenía el rostro y el traje manchados de blanco. Ahora, como siempre, producía en mí una impresión de pureza inmaculada y de simple y franca alegría. También ahora ofreció en primer lugar a la atención de los reunidos su cautivadora sonrisa.
-Amigos, quiero deciros dos palabras. Escuchad: yo, fui el primer gorkiano, el más antiguo y, en otro tiempo, el peor. Seguramente Antón Semiónovich se acordará bien de ello. Pero ahora soy ya estudiante del primer curso del Instituto Tecnológico. Por eso escuchadme: habéis aprobado una buena decisión, magnífica, palabra de honor, sólo que muy difícil de cumplir. ¡Es preciso reconocer que muy difícil!
Giró la cabeza, indicando la dificultad de la tarea. En la sala resonaron risas de simpatía.
-Pero es lo mismo. Ya que la habéis aprobado, no hay más que hablar. Eso hay que tenerlo en cuenta. Tal vez alguno esté pensando ahora: siempre se puede aprobar, que luego ya veremos. El que piensa eso, no es una persona; es peor que un bicho, es un bichejo, ¿comprendéis? Según nuestra ley, aquel que no cumple las decisiones de la asamblea general no tiene más que un camino: ¡fuera, a la calle!
Zadórov apretó con fuerza los labios, súbitamente palidecidos, y alzó el puño sobre la cabeza.
-¡Echarle! -repitió bruscamente, haciendo caer el puño.
La multitud quedó suspensa, esperando nuevos borrones, pero a través de la muchedumbre ya se abría paso Karabánov, también manchado, aunque de algo negro, y, en medio del asombrado silencio, preguntó:
-¿A quién hay que echar? ¡Ahora mismo!
-Es en general -respondió, inalterable, Lápot.
-Puedo hacerlo en general y como queráis. Pero, ¿qué os pasa que estáis todos cariacontecidos, igual que un pope en la feria?
-No nos pasa nada -respondió alguien.
-Entonces, ¿a qué vienen esas caras? ¿Y dónde está la música?
-¡Pero si está aquí, aquí! -gritó, entusiasmado, Borovói y volvió a tirar de su acordeón.
-¡Oh! ¡Hasta música! ¡Formad un círculo! ¡Venga, muchachas, basta de calentarse junto a la estufa! ¿Quién baila el hopak? ¡Natalka, corazoncito! ¡ Mirad, muchachos, qué Natalka tenemos!
Los muchachos fijaron con alegre decisión su mirada en los ojos claros y pícaros de Natasha Petrenko, en sus trenzas y en su dientecito oblicuo en medio de una sonrisa azorada.
-Entonces, ¿encarga usted un hopak, camarada? -preguntó Borovói con la sonrisa rebuscada de un maestro y de nuevo tiró de su acordeón.
-¿Y tú qué quieres tocar?
-Puedo tocar el vals, y el pasodoble, y todo...
-El pasodoble, padrecito, tócalo después; ahora dale al hopak.
Borovói sonrió condescendiente a la simplicidad coreográfica de Karabánov, pensó un poco ladeando la cabeza, extendió de pronto su instrumento y empezó a tocar un baile especial, nervioso y trepidante. Karabánov agitó los brazos y, sin pensarlo más, se lanzó de un salto al desenfrenado e impetuoso baile en cuclillas. Las pestañas de Natasha estremeciéronse de repente sobre su rostro arrebolado y luego descendieron. Sin mirar a nadie, de un modo imperceptible, se apartó del círculo humano, agitando levemente su modesta falda plegada de los días de fiesta. Semión golpeó el piso con sus tacones y se puso a girar alrededor de Natasha con una sonrisa insolente, extendiendo por todo el club el conciso y menudo taconeo de sus pies ágiles y locuaces. Natasha alzó las pestañas y miró a Semión con esa mirada luminosa que se emplea únicamente en el hopak y que, traducida, quiere decir: "Eres guapo, muchacho, y bailas bien, pero ¡ten cuidado!..."
Borovói añadió pimienta a la música. Semión añadió fuego, Natasha añadió alegría: su falda ya no giraba lentamente, sino que volaba en un remolino de pliegues y de bordes alrededor de las piernas de la muchacha. Los kuriazhanos ensancharon el círculo, se limpiaron precipitadamente la nariz con las mangas y, vociferaron no sé qué. Las olas, y el traqueteo, y el ímpetu del hopak se extendieron por todo el club, elevando hasta las altas bóvedas del techo el ritmo brioso del acordeón.
Entonces, desde las profundidades de la multitud se extendieron dos manos, que separaron implacablemente a la masa muchachil, y Perets, en jarras, se colocó en medio del torbellino del baile, sacudiendo una pierna y guiñando un ojo a Natasha. La dulce y delicada Natasha paseó por Perets la mirada altiva de sus ojos un poquitín entornados, estremeció levemente un hombro limpio y bordado, ante sus mismas narices y, de repente, le sonrió con sencilla cordialidad, como un camarada, inteligente y comprensiva como un Komsomol que acabase de tender a Perets su mano de ayuda.
Perets no resistió esa mirada. En el transcurso interminable de un segundo miró inquieto en torno suyo, hizo volar en su interior no sé qué torres y bastiones, y, dando un salto, golpeó el suelo con su vieja gorra y se lanzó al torbellino. Semión descubrió sus dientes. Natasha, balanceándose todavía con más rapidez, desfiló ante los kuriazhanos. Mientras tanto, Perets bailaba algo suyo, un baile bufonesco, burlón, ingeniosamente mordaz, en el que había un leve matiz del hampa.
Yo miré a mi alrededor. Los ojos profundos de Korotkov se habían entornado seriamente, unas sombras apenas perceptibles habían corrido, desde su blanca frente hasta su boca inquieta. Tosió, miró en torno suyo y, reparando en mi atenta mirada, comenzó de repente a abrirse paso hacia mí. Todavía separado por alguien me tendió la mano y me dijo con voz ronca:
-¡Antón Semiónovich! Todavía no le he saludado hoy.
-¡Buenos días! -le dije sonriendo, y mirándole con fijeza. Korotkov volvió el rostro hacia el baile, se obligó de nuevo a mirarme y quiso decir con una voz alegre, pero lo dijo con la misma voz ronca de antes:
-¡Qué bien bailan los canallas!...

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