Poema Pedagógico


Antón Semiónovich Makarenko

I PARTE

5. ASUNTOS DE IMPORTANCIA ESTATAL

Mientras nuestros colonos adoptaban una actitud casi de indiferencia respecto a las propiedades de la colonia habían fuerzas ajenas qué les concedían profunda atención.
El núcleo más importante de estas fuerzas se hallaba dislocado en la carretera principal de Járkov. Apenas había noche sin que alguien fuese desvalijado allí. Convoyes íntegros de carros campesinos eran detenidos por el disparo de un retaco, y los atracadores, sin perder tiempo en palabras, hundían las manos libres del retaco en el corpiño de las mujeres sentadas en los carros, mientras los maridos, llenos de confusión, golpeaban con sus látigos las cañas de las botas y se asombraban:
-¿Quién podía pensarlo? Escondimos el dinero en el corpiño de las mujeres porque creíamos que era el sitio más seguro, y los malditos han ido a buscarlo directamente allí.
Este tipo de asalto colectivo, por llamarlo así, casi nunca era sangriento. Los labriegos, ya recobrados del susto, acudían a la colonia después de permanecer en el lugar del robo todo el tiempo señalado por los desvalijadores y nos describían expresivamente el suceso. Yo reunía a mi ejército, lo armaba de estacas, empuñaba personalmente el revólver, nos dirigíamos a todo correr a la carretera y husmeábamos largo tiempo por el bosque. Pero sólo una vez nuestras pesquisas se vieron coronadas por el éxito: a media versta de la carretera descubrimos a un grupo de gente, agazapado tras un montón de nieve. Aunque respondieron con un disparo a los gritos de los muchachos y se dispersaron, conseguimos apresar a uno y traerlo a la colonia. No encontramos en su poder ni el retaco ni ningún objeto robado, y negaba todo lo divino y lo humano. Entregado por nosotros a los agentes de investigación criminal resultó, sin embargo, un bandido famoso, y tras él fue detenida la banda entera. El Comité Ejecutivo Provincial expresó su gratitud a la colonia Gorki.
Pero tampoco después de eso disminuyeron los asaltos en la carretera. A finales del invierno los muchachos comenzaron a encontrar ya huellas de sangrientos sucesos nocturnos. Entre los pinos veían, de pronto, un brazo asomando en la nieve. Se escarbaba la nieve y aparecía una mujer, muerta de un tiro en el rostro. En otro lugar, cerca del mismo camino, entre la maleza, un hombre vestido de cochero con el cráneo hendido. Una buena mañana, descubrimos al despertarnos que desde el lindero del bosque nos contemplaban dos ahorcados. Mientras llegó el juez estuvieron colgados un par de días, mirando con sus ojos desorbitados la vida de la colonia.
Los colonos no experimentaban ante estos sucesos pizca de temor, sino, un sincero interés. En primavera cuando se fundió la nieve, buscaban en el bosque cráneos roídos por los zorros y, ensartándolos en un palo, los traían a la colonia únicamente para asustar a Lidia Petrovna. Los educadores no tenían necesidad de ello para vivir horrorizados, y por las noches temblaban en espera que irrumpiese en la colonia una banda de saqueadores y diera comienzo la matanza. Los más asustados de todos eran los Osipov, que, según la opinión general, tenían qué perder.
A finales de febrero, nuestra carreta, que, arrastrándose a la velocidad habitual, venía de la ciudad con algunos bienes, fue detenida al anochecer cerca del mismo recodo antes de llegar a la colonia. En la carreta había cebada y azúcar en polvo, cosas que, por motivos ignorados no sedujeron a los saqueadores. En poder de Kalina Ivánovich no encontraron ningún objeto de valor, a excepción de la pipa. Esta circunstancia despertó entre los asaltan una justa ira: golpearon a Kalina Ivánovich en la cabeza y el viejo cayó en la nieve, donde permaneció mientras los salteadores se daban a la fuga. Gud, que era quien cuidaba siempre del Malish en la colonia, fue un simple testigo. Ya en la colonia, tanto Kalina Ivánovich como, Gud se desahogaron en largos relatos. Kalina Ivánovich describía el suceso con tintes dramáticos; Gud, con tintes cómicos. Pero la decisión adoptada fue unánime: enviar siempre al encuentro de nuestra carreta a un destacamento de colonos.
Así procedimos durante dos años. Estas campañas tenían en nuestro léxico un nombre militar: "Ocupar el camino"
Enviábamos a unas diez personas. A veces, yo también formaba parte del destacamento, ya que tenía un revólver. No podía confiárselo a cualquier muchacho, y, sin revólver, nuestro destacamento parecía débil. Tan sólo Zadórov recibía a veces el revólver y se lo colgaba orgullosamente sobre sus guiñapos.
Montar la guardia en la carretera era una ocupación muy interesante. Nos emplazábamos a lo largo de la carretera en una extensión de kilómetro y medio, desde el puente sobre el río hasta el mismo recodo antes de llegar a la colonia. Los muchachos, transidos de frío, daban saltos en la nieve, llamándose para no perder el contacto entre sí, y en la penumbra creciente eran como la amenaza de una muerte segura en la imaginación del viajero rezagado. De vuelta de la ciudad, los campesinos apaleaban a sus caballos y en silencio se deslizaban veloces ante aquellas figuras, que se repetían rítmicamente con el aspecto más criminal. Los dirigentes de los sovjoses y las autoridades volaban en trepidantes "tachankas" y exhibían ostensiblemente a los colonos sus escopetas de dos cañones y sus retacos; los que iban a pie deteníanse junto al puente en espera de otros peatones.
Delante de mí, los muchachos jamás se conducían mal ni asustaban a los viajeros, pero cuando yo no estaba, hacían travesuras, y muy pronto Zadórov incluso renunció al revólver y exigió obligatoriamente mi presencia. En lo sucesivo, yo salía cada vez que se formaba el destacamento, pero seguí dando el revólver a Zadórov para no privarle de un placer merecido.
Al aparecer nuestro Malish, le recibíamos gritando:
-¡Alto! ¡Manos arriba!
Pero Kalina Ivánovich se limitaba a sonreír y fumaba con particular energía su pipa.
Nuestro destacamento torcía gradualmente detrás del Malish y entraba como un alegre tropel en la colonia, interrogando a Kalina Ivánovich sobre las diversas novedades relacionadas con el capítulo de abastos.
Aquel mismo invierno emprendimos otras operaciones, no ya limitadas a la colonia, sino de importancia estatal. Un guarda forestal se presentó en la colonia y nos pidió que vigiláramos el bosque: había muchos infractores y el personal de que él disponía no era suficiente para poner coto a las talas furtivas.
La custodia de un bosque perteneciente al Estado, tarea que nos elevó mucho ante nuestros propios ojos, debía proporcionarnos un trabajo extraordinariamente ameno y, además, considerables ventajas.
Es de noche. Pronto amanecerá, pero la oscuridad es todavía completa. Me despierta un golpe en la ventana. Miro: a través del cristal advierto entre los dibujos del hielo una nariz aplastada y una cabeza de híspida cabellera.
-¿Qué pasa?
-¡Antón Semiónovich, están talando en el bosque!
Enciendo el quinqué, me visto apresuradamente y salgo después de coger el revólver y la escopeta. En la puerta me aguardan los mayores aficionados a las andanzas nocturnas: Burún y Shelaputin, un muchachito pequeño, diáfano, completamente puro.
Burún toma la escopeta de mis manos y llegamos al bosque.
-¿Dónde es?
-Escuche.
Hacemos alto. Al principio, no oigo nada; después comienzo a distinguir los sordos golpes de un hacha, que se escuchan apenas entre los imperceptibles sonidos nocturnos y los latidos de nuestros corazones. Avanzamos inclinados; las ramas de los pinos jóvenes arañan nuestros rostros, me arrancan las gafas y nos salpican de nieve. A veces, cesan los golpes del hacha, y nosotros, sin orientación, nos detenemos y aguardamos pacientes. Otra vez resuena el hacha, pero ahora más fuerte y más próxima.
Hay que acercarse imperceptiblemente para no alertar al ladrón. Burún se balancea con la agilidad de un oso tras él, avanza a saltitos el pequeño Shelaputin, arrebujándose en su klift, y yo cierro la procesión.
Por fin, estamos frente al objetivo. Nos escondemos detrás del tronco de un pino. Un árbol alto y esbelto se estremece, y junto a él surge una silueta ceñida por un cinto. La silueta golpea varias veces sin fuerza y sin decisión, hace un alto, se yergue, mira en torno suyo y vuelve a golpear con el hacha. Nosotros estamos a unos cinco, pasos. Burún mantiene la escopeta hacia arriba y me observa sin respirar. Shelaputin, oculto detrás de mí, musita colgado de mi hombro:
-¿Se puede? ¿Ya se puede?
Afirmo con la cabeza. Shelaputin tira a Burún de la manga.
Suena el disparo como una terrible explosión y se difunde largamente por los ámbitos del bosque.
El hombre del hacha se agacha instintivamente. Silencio. Nos acercamos a él. Shelaputin conoce sus obligaciones. El hacha está ya en sus manos. Burún saluda alegremente:
-¡ Ah, Musi Kárpovich, buenos días!
Da unas palmaditas en la espalda de Musi Kárpovich pero Musi Kárpovich no se halla ahora en condiciones de pronunciar una sola palabra de saludo. Le domina un pequeño temblor y se sacude mecánicamente la nieve de su manga izquierda.
Yo le pregunto:
-¿El caballo está lejos?
Musi Kárpovich sigue sin hablar y es Burún quien responde por él:
-¡Pero si el caballo está aquí! ¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¡Da la vuelta!
Solamente ahora distingo entre los pinos los morros del caballo y el arco.
Burún coge a Musi Kárpovich por un brazo:
-Haga el favor, Musi Kárpovich, de tomar asiento en la ambulancia de urgencia.
Musi Kárpovich comienza a dar, por fin, señales de vida. Quitándose el gorro, se atusa el pelo y balbucea sin mirar a nadie:
-¡Ah! ¡Dios mío, Dios mío!
Vamos hacia el trineo.
El trineo arranca lentamente y avanzamos por unas huellas profundas y blandas. Un muchachuelo como de catorce años, con un gorro enorme y botas altas, guía el caballo, moviendo tristemente las riendas. No hace más que sorberse la nariz y, en general, se le nota disgustado. Nosotros guardamos silencio.
Ya en el lindero del bosque, Burún toma las riendas en sus manos.
-¡Eh! ¿A dónde vas? Si tuvieras carga, irías allí, pero, para llevar al padre, hay que ir allá...
-¿A la colonia? -pregunta el muchacho-, y Burún, sin devolverle ya las riendas, obliga a torcer al caballo hacia nuestro camino. Está empezando a amanecer.
Musi Kárpovich, por encima de la mano de Burún hace parar súbitamente al caballo y con la otra mano se quita el gorro.
-¡Antón Semiónovich, suélteme usted! ¡Es la primera vez!... No tengo leña... ¡Déjeme marchar!
Burún, descontento, desprende de las riendas las manos de Musi Kárpovich, pero no arrea al caballo, en espera de mi decisión.
-No, eso no vale, Musi Kárpovich -digo yo-. Hay que levantar un acta; usted mismo comprende que se trata de un asunto de Estado.
-Y tampoco es verdad que sea la primera vez -dice Shelaputin, recibiendo con su timbre argentino de contralto el amanecer-. No es la primera vez, sino la tercera. Una vez sorprendimos a su Vasili y la otra...
Burún interrumpe la música del contralto argentino con su voz ronca de barítono:
-¿Qué hacemos aquí parados? Tú, Andréi, vuelve a casa, que tienes poco que pintar en este asunto. Dile a la madre que el padre ha dado un mal paso y que prepare algo de comer para enviárselo.
Andréi, atemorizado, salta del trineo y vuela al caserío. Nosotros seguimos adelante. A la entrada de la colonia nos recibe un grupo de muchachos.
-¡Oh! Y nosotros pensábamos que os habían matado allí y ya nos disponíamos a ir a salvaros.
Burún rompe a reír:
-La operación se ha efectuado con un éxito vertiginoso.
En mi habitación se reúne gran cantidad de gente. Musi Kárpovich, abrumado, está en una silla frente a mí; Burún, junto a la ventana, vigila con el revólver; Shelaputin musita a sus camaradas la historia espeluznante de la alarma nocturna. Dos muchachos han tomado asiento en mi cama y lo mismo que los restantes, sentados en los bancos, siguen con atención el levantamiento del acta.
El documento es redactado con desgarradores detalles.
-¿Tiene usted doce desatinas de tierra? ¿Tres caballos?
-¡Pero qué van a ser caballos! -gime Musi Kárpovich-. Tengo una yegüita que no pasa de dos añitos...
Tres, tres -insiste Burún, golpeando cariñosamente a Musi Kárpovich en un hombro.
Yo sigo escribiendo:
-"...el tajo del árbol mide 36 centímetros".
Musi Kárpovich alza los brazos:
-Pero, ¿qué dice usted? ¡Por Dios, Antón Semiónovich! ¡Qué va a ser tanto! ¡Ni siquiera veinticinco centímetros!
Shelaputin interrumpe su relato, señala con las manos algo parecido a medio metro y, mirando fijamente a Musi Kárpovich, dice con una risa descarada:
-¿Era así? ¿Así? ¿Verdad?
Musi Kárpovich hace un ademán como sacudiéndose de su risa y sigue dócilmente los movimientos de mi pluma.
El acta está concluida. Musi Kárpovich con un aire de persona agraviada me da la mano para despedirse y tiende igualmente la mano a Burún como al mayor de todos los chicos.
-En vano hacéis esto, muchachos. Todos tenemos que vivir.
Burún se inclina en una gentil reverencia.
-¡Naturalmente, y nosotros estamos siempre dispuestos a ayudar!
De improviso recuerda:
-¡Ah, Antón Semiónovich! ¿Y qué hacemos con árbol?
Quedamos pensativos. El árbol, en efecto, está casi talado, y de seguro mañana acabarán de talarlo y se lo llevarán. Burún no espera nuestra decisión y se dirige a la puerta. De paso, lanza al apenado Musi Kárpovich:
-Le llevaremos el caballo; no se preocupe. Muchachos, ¿quiénes vienen conmigo? Bueno, seis bastan. ¿Tiene usted mucha cuerda, Musi Kárpovich?
-Está en el trineo.
Todos se dispersan. Una hora más tarde los muchachos traen un alto pino. Es el premio a la colonia. Además, el hacha, conforme a una vieja tradición, pasa a ser propiedad nuestra. Mucha agua correrá desde entonces pero los colonos, al arreglar sus cuentas mutuas, todos hablarán así largo tiempo:
-Había tres hachas. Yo te he dado tres hachas y ahora no hay más que dos. ¿Dónde está la tercera?
-¿Qué "tercera"?
-¿Cómo qué "tercera"? La que quitamos entonces a Musi Kárpovich.
Más que las convicciones morales y que la ira, fue esta lucha verdaderamente práctica e interesante lo que originó los primeros brotes de un buen ambiente colectivo. Al reunirnos por las tardes, discutíamos, y reíamos, fantaseábamos sobre nuestras peripecias, nos sentíamos hermanados por la lucha, nos fundíamos en un todo único que se llamaba colonia Gorki.

6. LA CONQUISTA DEL TANQUE METÁLICO

Mientras tanto, nuestra colonia había comenzado a desarrollar poco a poco su historia material. La pobreza elevada al último extremo, los piojos y los pies helados nos impedían soñar con un futuro mejor. Aunque treinta años de nuestro Malish y nuestra vieja sembradora nos hacían confiar poco en el desarrollo de la agricultura, nuestros sueños se orientaron, precisamente, en esa dirección. Pero se trataba únicamente de sueños. El Malish era un motor tan poco adecuado para la agricultura, que sólo mentalmente se podía uno representar al Malish tirando de un arado. Además, en la colonia no sólo pasaban hambre los colonos: también la pasaba el Malish. Con un gran trabajo conseguíamos paja y, a veces, heno. Durante casi todo el invierno lo que hacíamos con el Malish, más que viajar, era sufrir, y a Kalina Ivánovich le dolía siempre el brazo derecho de agitar continuamente el látigo para amenazar al caballo, sin lo cual nuestro Malish se detenía por las buenas.
Y, por último, tampoco el territorio en que estaba enclavada la colonia servía para la agricultura. Era un suelo arenoso, que formaba dunas al menor vientecillo.
Todavía hoy no comprendo plenamente cómo, en las condiciones descritas, emprendimos la evidente aventura que, sin embargo, debía permitirnos levantar la cabeza.
La cosa comenzó por una anécdota.
Inesperadamente la suerte nos sonrió: recibimos una autorización para recoger leña de roble. Era preciso traerla directamente del lugar de la tala. Este lugar se hallaba en los límites de nuestro Soviet rural, pero nosotros, antes de ello, no habíamos andado nunca por allí. Nos pusimos de acuerdo con dos vecinos nuestros del caserío y nos dirigimos en sus trineos a, ese país ignoto. Mientras los conductores de los trineos daban vueltas por el lugar de la tala, cargando gruesos troncos de roble y discutiendo si la carga se sostendría o no en los trineos durante el trayecto, Kalina Ivánovich y yo reparamos en una fila de álamos que se alzaban sobre los cañaverales de un río helado.
Cruzamos por el hielo, subimos un sendero empinado y nos encontramos en el reino de la muerte. Hasta una decena de casas grandes y pequeñas, cobertizos y jatas, corrales y otras dependencias se encontraban allí, en escombros. Todos estos edificios eran iguales en su destrucción: montones de arcilla y de ladrillos, cubiertos de nieve, en lugar de las estufas; los pavimentos, las puertas, las ventanas, las escaleras habían desaparecido. Muchos tabiques y techos estaban igualmente rotos; en bastantes sitios, habían sido ya desmontados los muros de ladrillo y los cimientos. De una enorme cuadra no quedaban más que dos muros longitudinales de ladrillo, y sobre ellos, emergía, triste y estúpido, un magnífico tanque metálico que parecía haber sido pintado recientemente. Este tanque era lo único en toda la hacienda que daba la impresión de algo vivo: todo lo demás parecía ya cadáver.
Pero el cadáver era rico: a un lado se alzaba una casa de dos pisos, nueva, todavía, sin revocar, con ciertas pretensiones de estilo. En sus habitaciones, altas y espaciosas, se conservaban aún las molduras de los techos y los alféizares de mármol. En el otro extremo del patio había una cuadra nueva de hormigón. Incluso los edificios destruidos, vistos más de cerca asombraban por su construcción sólida, por su recia armazón de roble, por la seguridad musculosa de sus ensambladuras, por la elegancia de sus soportes, la precisión de sus líneas perpendiculares. El poderoso organismo no había sucumbido de enfermedad o de senectud: se trataba, de una muerte violenta, en pleno florecimiento de sus fuerzas y de su salud.
Kalina Ivánovich no hacía más que carraspear, contemplando toda esta riqueza:
-¡Fíjate en lo que hay! ¡Ahí tienes el río y el jardín y mira qué prados!...
El río rodeaba la finca por tres lados, circundando una colina bastante alta, casual en nuestra llanura. El jardín descendía hacia el río en tres terrazas: en la terraza superior había guindos; en la segunda, manzanos y perales, y, en la tercera, plantaciones íntegras de casis.
En el segundo patio funcionaba un gran molino cinco pisos. Por los trabajadores del molino supimos que la finca había pertenecido a los hermanos Trepke. Al marcharse con el ejército de Denikin, los Trepke dejaron casas llenas de objetos de valor. Todos estos bienes han sido trasladados hacía tiempo a la vecina aldea de Gonchárovka y a los caseríos próximos. El mismo camino estaban siguiendo ahora las casas.
Kalina Ivánovich estalló en un verdadero discurso:
-¡Salvajes! ¿Comprendes? ¡Son unos canallas, unos idiotas! ¡Aquí tienen tantos bienes, casas amplias, caballerizas! Y, en vez de vivir aquí, cuidando de la hacienda y bebiendo tranquilamente café, los muy miserables destrozan a hachazos un marco como este, hijos de perra. ¿Y por qué? ¡Porque tienen que hacer la comida y no quieren molestarse en cortar leña!... ¡Así se os atragante la mida, memos, idiotas! Y lo mismo que nacieron, estirarán la pata: ninguna revolución puede ayudarles... ¡Ah! ¡Miserables, malditos babiecas! ¿Qué puedes decir a esto? -Kalina Ivánovich se dirigió a uno de los trabajadores del molino-: dígame, por favor, camarada; ¿de quién depende obtener aquel tanque? El que está sobre la cuadra. De todas formas, aquí va a perderse sin ningún provecho.
-¿Aquel tanque? ¡El diablo lo sabe! Aquí manda el Soviet rural...
-¡Ah! Eso está bien -terminó Kalina Ivánovich y emprendimos el viaje de vuelta.
De regreso, Kalina Ivánovich, que marchaba tras los trineos de nuestros vecinos por el caminó apisonado en que ya se anunciaba la primavera, empezó a soñar: estaría bien conseguir aquel tanque, trasladarlo a la colonia, instalarlo en la buhardilla del lavadero y convertir así el lavadero en baño.
Por la mañana, cuando nos disponíamos a ir otra vez en busca de leña, Kalina Ivánovich me agarró de un botón:
-Escríbeme, querido, un papelito para el Soviet rural. A ellos les hace tanta falta el tanque como un bolsillo lateral a un perro, y nosotros, en cambio, podemos tener baño...
Para complacer a Kalina Ivánovich, escribí el papel. Al anochecer, volvió furioso.
-¡Vaya unos parásitos!... No consideran las cosas más que de un modo teórico, sin ponerse en lo práctico. Dicen, el diablo se los lleve, que el tanque es propiedad del Estado. ¿Has visto idiotas semejantes? Escribe, que iré al Comité Ejecutivo del distrito.
-Pero ¿a dónde vas a ir? Si está a veinte verstas... ¿Cómo piensas hacer el viaje?
-Aquí hay uno que se dispone a ir; yo le acompañaré.
El proyecto de Kalina Ivánovich de construir un baño encantó sobremanera a todos los colonos, pero nadie creía en la posibilidad de obtener el tanque.
-Vamos a organizarlo sin el tanque ese. Se puede colocar uno de madera.
-¡Bah! ¡No entiendes nada! La gente hacía tanques de hierro y eso quiere decir que comprendía por qué. Pero lo que es el tanque ese se lo arrancaré a esos parásitos y, si es preciso, con su carne...
-¿Y cómo va a traerlo usted? ¿A lomos del Malish?
-¡Ya lo trasladaremos! Si hay artesa, habrá cerdos...
Kalina Ivánovich regresó todavía más rabioso del Comité Ejecutivo del distrito y se olvidó de todas las palabras, a excepción de las denigrantes.
Durante toda la semana, bajo la risa de los colonos, estuvo corriendo tras de mí:
-Escríbeme un papel para el Comité Ejecutivo de la comarca -imploraba.
-Déjame, Kalina Ivánovich; hay asuntos más importantes que tu tanque.
-Escribe; ¿a ti qué te cuesta? ¿Es que te da lástima gastar papel? Escribe ya verás cómo lo traigo.
Y escribí el papel. Al guardárselo en el bolsillo, Kalina Ivánovich sonrió por fin.
-No es posible que rija una ley tan estúpida: se piden cosas de valor, y nadie piensa en ello. ¡No estamos en época del zar!
Kalina Ivánovich regresó del Comité Ejecutivo de comarca ya avanzada la noche y ni siquiera apareció por mi habitación o por el dormitorio. Sólo por la mañana entró en mi cuarto. Frío y altivo, aristocráticamente rígido miraba por la ventana hacia algún sitio lejano.
-No se conseguirá nada -dijo lacónico y me tendió el papel.
Atravesando el texto detallado de nuestra solicitud, había una palabra breve, enérgica y ofensivamente rotunda, escrita con tinta roja:
"D e n e g a r".
Kalina Ivánovich sufrió larga y apasionadamente. Durante un par de semanas desapareció su alegre y senil vivacidad.
Un domingo de marzo, cuando la primavera se burlaba ya cruelmente de los últimos restos de nieve, invité a algunos muchachos a dar un paseo por los alrededores. Consiguieron ropa de abrigo y nos encaminamos... a la finca de los Trepke.
¿Qué os parecería si instaláramos aquí nuestra colonia? -pregunté, soñando en voz alta.
-¿Dónde "aquí"?
-Pues en estas casas
-Pero, ¿cómo? Aquí no se puede vivir...
-Las repararemos.
Zadórov se echó a reír y, haciendo cabriolas giró por el patio.
-Tenemos todavía por reparar tres casas. En todo el invierno no hemos podido ponernos a ello.
-Pero, bueno, ¿y si, a pesar de todo, reparásemos estas casas?
-¡Oh, en ese caso si que sería una colonia! ¡Río, jardín, molino!
Trepábamos por los escombros y soñábamos: aquí los dormitorios; aquí el comedor; allí, un magnífico club; éstas serían las aulas.
Regresamos cansados y llenos de energía. En el dormitorio discutimos ruidosamente los detalles de la futura colonia. Antes de separarnos, dijo Ekaterina Grigórievna:
-¿Sabéis una cosa, muchachos? No está bien soñar cosas imposibles. Eso no es de bolcheviques...
En el dormitorio se hizo un silencio embarazoso.
Yo miré rabiosamente a Ekaterina Grigórievna y di un puñetazo sobre la mesa:
-Pues yo le digo que, dentro de un mes; la finca será nuestra. ¿Esto será de bolcheviques?
Los muchachos rompieron en una carcajada y gritaron: "¡Hurra!" También yo me eché a reír y conmigo se rió Ekaterina Grigórievna.
La noche entera se me fue redactando un informe para el Comité Ejecutivo Provincial.
Siete días más tarde me llamó el delegado provincial de Instrucción Pública.
-Habéis tenido una buena idea. Vamos a ver la finca.
Otra semana después nuestro proyecto era discutido en el Comité Ejecutivo Provincial. Resultó que las autoridades llevaban bastante tiempo sin saber qué hacer con la finca. Y yo tuve la oportunidad de describir la pobreza, la falta de perspectivas, el abandono de nuestra colonia, en la que había nacido ya una colectividad llena de vida.
El presidente del Comité Ejecutivo Provincial resolvió:
-Necesitamos un dueño para la hacienda, y aquí tenemos a unos dueños sin hacienda. Que se queden con la finca.
Y ahora tengo en mis manos la autorización para ocupar la finca de los Trepke, más unas sesenta desiatinas de tierra de labor anejas a ella y el presupuesto aprobado para los gastos de la reparación. Estoy en el -centro del dormitorio y me cuesta trabajo creer que no se trata de un sueño. Alrededor de mí, veo una multitud de colonos emocionados, un remolino de entusiasmo y de manos tendidas.
-¡Déjenos ver la autorización!
Entra Ekaterina Grigórievna. Los muchachos se abalanzan a su encuentro con borboteante fogosidad y se oye la voz cantarina de Shelaputin:
-¿Es o no de bolcheviques? ¡Conteste usted ahora!
-¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?
-¿Es de bolcheviques? ¡Mire, mire!...
El que más se alegró de todos fue Kalina Ivánovich.
-Eres un águila, porque, como se dice entre los curas, el que busca encuentra y el que llama a alguna puerta acaba consiguiendo que le den...
En el testuz -interrumpió Zadórov.
-¿Cómo en el "testuz"?. -Se volvió hacia él Kalina Ivánovich-. Ahí tienes la autorización.
Usted es el que anduvo "llamando" cuando lo del tanque y entonces le dieron en el testuz. Pero, en cambio ésta es una cosa que el Estado necesita y no nos la dan porque nosotros la hayamos suplicado...
-Tú eres joven aún para poder interpretar las escrituras -bromeó Kalina Ivánovich, ya que en aquel momento no podía enfadarse.
El primer domingo, Kalina Ivánovich, conmigo y una multitud de colonos, fue a recorrer nuestra nueva posesión. Su pipa humeaba triunfalmente a la vista de cada ladrillo de la finca de los Trepke. Dándose importancia, pasó cerca del tanque.
-¿Cuándo vamos a trasladar el tanque, Kalina Ivánovich? -preguntó en serio Burún.
-¿Y para qué vamos a trasladarlo? También aquí servirá. ¿Acaso no comprendes que la cuadra está montada según la última palabra de la técnica extranjera?

7. "NO HAY PULGA MALA"


Tardamos bastante en traducir al lenguaje de los hechos nuestro entusiasmo por la conquista de la herencia de los hermanos Trepke. Diversas causas retrasaron la entrega del dinero y de los materiales. Pero el principal obstáculo era el Kolomak, un riachuelo pequeño, aun maligno, que separaba nuestra colonia de la finca de los Trepke. Este río se condujo en abril como un representante muy respetable de los elementos naturales. Al principio, se desbordaba lento y tenaz, y después volvía con mayor lentitud aún a sus humildes riberas y dejaba a sus espaldas una nueva calamidad: un barro intransitable, por el que no podía pasar nadie.
Por eso "Trepke" como entre nosotros llamábamos a la nueva adquisición, siguió todavía mucho tiempo en ruinas. Todo este tiempo los colonos estuvieron entregándose a efusiones primaverales. Por las mañanas, después del desayuno, esperando la llamada al trabajo, se instalaban cerca del cobertizo y se calentaban al sol, ofreciendo sus vientres a los rayos solares y tirando despreciativamente sus klifts por el patio. Podían permanecer horas enteras al sol, resarciéndose de los meses invernales, en que era difícil entrar en calor hasta dentro de los dormitorios.
La llamada al trabajo les obligaba a levantarse. Entonces iban con desgana a sus puestos, pero, incluso en pleno trajín encontraban pretextos y posibilidades técnicas para seguir tomando el sol.
A principios de abril se escapó Vaska Poleschuk. No era un colono envidiable. En diciembre, me encontré con este cuadro en la delegación de Instrucción Pública: un grupo numeroso de gente rodeaba junto a una mesita a un chicuelo sucio y harapiento. La sección de deficientes le había reconocido como anormal y quería enviarle a una casa de atrasados mentales. El harapiento protestaba, llorando y gritando que él no estaba loco, que le habían llevado con artimañas a la ciudad cuando, en realidad, le habían prometido llevarle a una escuela de Krasnodar.
-¿Por qué gritas? -le pregunté yo.
-Pues, porque me toman por loco...
-Ya, lo he oído. Deja de llorar y ven conmigo.
-¿Y cómo vamos a ir?
-Montados en nuestras piernas. Ensilla.
-¡Ji, ji, ji!. .
La fisonomía del harapiento, desde luego, no era la fisonomía de una persona inteligente. Pero una energía poderosa desprendíase de él y yo me dije: "Es igual, no hay pulga mala..."
La sección de deficientes se desembarazó con alegría de su cliente y emprendimos animosos el camino a la colonia. Durante el trayecto el muchacho me refirió la historia de costumbre, que empezaba con la muerte de los padres y con la mendicidad. Se llamaba Vaska Poleschuk. Según sus palabras, sabía ya lo que era estar herido: había participado en la toma de Perekop.
Al día siguiente de llegar a la colonia enmudeció, y ni los educadores ni los muchachos conseguían hacerlo hablar. Por lo visto, semejantes fenómenos habían impelido a los peritos a considerarle loco.
Los muchachos, interesados por su mutismo, me pidieron permiso para aplicarle no sé qué método especial: era preciso asustarle y entonces rompería a hablar en el acto. Lo prohibí categóricamente. En general, lamentaba haber traído a este "mudo" a la colonia.
De repente Poleschuk empezó a hablar, a hablar sin motivo alguno. Era simplemente un maravilloso día primavera, tibio, que olía a tierra secándose y a sol. Poleschuk rompió a, hablar enérgicamente, a gritos, acompañando sus palabras de risas y de saltos. Se pasaba enteros sin separarse de mí, hablándome de los encantos de la vida en el Ejército Rojo y del jefe Zubati.
-¡Qué hombre! Tenía unos ojos azules, que parecían negros y que, cuando miraban, se sentía frío hasta en la barriga. Cuando estuvo en Perekop, incluso los nuestros tenían miedo.
-¿Por qué hablas tanto de ese Zubati? -le preguntaban los muchachos-. ¿Conoces su dirección?
-¿Qué dirección?
-La dirección para escribirle. ¿Tú la conoces?
-No; no la conozco. Pero ¿para qué escribirle? Iré a Nikoláiev y allí daré con él.
-¿Y si te echa?.
-No me echará. Fue otro quien me echó. Decía no se debía -perder tiempo con un bobo. ¿Es que yo soy bobo?
Poleschuk se pasaba el día íntegro hablándonos a todos de Zubati, de su postura, de su intrepidez y de que nunca blasfemaba.
Los muchachos le preguntaban a boca de jarro:
-¿Te dispones a largarte?
Poleschuk, pensativo, se quedaba mirándome. Meditaba largo tiempo y, cuando los muchachos se olvidaban ya de él y pasaban a tratar apasionadamente otro tema, zarandeaba de repente al que le había hecho la pregunta:
-¿Antón se enfadará?
-¿De qué?
-Si me largo.
-¿Y tú crees que no? ¡Valía la pena de perder el tiempo contigo!...
Vaska se quedaba pensativo otra vez.
Y un día, después del desayuno, Shelaputin vino corriendo hacia mí.
-Vaska no está en la colonia... Y no ha desayunado. Se ha largado. Se ha ido con Zubati.
Los muchachos me rodearon en el patio. Tenían interés por saber qué impresión me había producido la fuga de Vaska.
-A pesar de todo, Poleschuk se ha escapado...
-El olor a la primavera...
-Se habrá ido a Crimea.
-A Crimea no: a Nikoláiev...
-Si fuésemos a la estación, podríamos echarle el guante...
Y, aunque Poleschuk no era un colono envidiable, su fuga me produjo una impresión muy penosa. Me amargaba como una ofensa que, sin querer aceptar nuestro pequeño sacrificio, se hubiera marchado en busca de algo mejor. Pero, al mismo tiempo, yo sabía que la indigencia de nuestra colonia era incapaz de retener a nadie.
-¡Que se vaya al diablo! -les dije a los muchachos-. Se ha ido, y no hay más que hablar. Tenemos asuntos más importantes.
En abril Kalina Ivánovich comenzó a arar. Este acontecimiento cayó sobre nosotros de manera completamente imprevista. La comisión encargada de los asuntos relacionados con los menores de edad había detenido a un pequeño cuatrero. El delincuente había sido enviado no sé a dónde, pero con el dueño del caballo no se pudo dar. La comisión pasó una semana entre terribles tormentos: no estaba acostumbrada a tener en su poder una prueba material tan incómoda como un caballo. Un día que fue a la comisión, Kalina Ivánovich -enterado de los tormentos y de la triste vida del inocente caballo, recluido en un patio pavimentado de guijarros- empuñó las riendas del animal sin decir nada a nadie y se lo trajo a la colonia. Tras él volaron los suspiros de alivio de los miembros de la comisión.
En la colonia Kalina Ivánovich fue recibido con gritos de entusiasmo y de asombro. Gud tomó en sus manos trémulas de emoción las riendas que le entregó Kalina Ivánovich y guardó en lo más hondo de su alma el sermón del viejo:
-¡Ten cuidado! Al caballo no hay que tratarle como os tratáis aquí vosotros. Es un animal, que no sabe hablar y que no puede decir nada. Ya comprenderéis que no está en condiciones de quejarse. Pero, si le molestas y te larga una coz en la cabezota, no se te ocurra ir a Antón Semiónovich. Llores o no llores, yo, de todas formas, daré contigo y te partiré la cabeza.
Nosotros rodeábamos a aquel grupo solemne, y alguno protestó contra los espantosos peligros que se cernían sobre la cabeza de Gud. Kalina Ivánovich sonreía, resplandeciente, a través de su pipa, pronunciando un discurso tan terrorífico. El caballo era de pelaje rojizo, todavía no viejo y bastante bien cuidado.
Durante varios días Kalina Ivánovich trabajó con muchachos en el cobertizo. Con ayuda de martillos, destornilladores, de simples trozos de hierro y, en fin, con ayuda de muchos discursos didácticos, logró reconstruir los diversos restos inútiles de la vieja colonia algo que se parecía a un arado.
Y vimos un cuadro inefable: Burún y Zadórov arando. Kalina Ivánovich, que iba a su lado, les decía:
-¡Vaya parásitos! ¡No sabéis, ni, arar! Aquí tenéis un blanco, y aquí otro, y otro...
Los muchachos refunfuñaban bonachones:
-Debería enseñarnos usted, Kalina Ivánovich. Pero, seguramente, usted no ha arado nunca.
Kalina Ivánovich se quitaba la pipa de la boca y procuraba dar a su rostro una expresión feroz.
-¿Cómo? ¿Que yo no he arado nunca? Pero, ¿qué falta hace que uno mismo are? Aquí lo que hace falta es comprender. Yo comprendo que tú has hecho blancos, y tú no le comprendes.
A un lado iban Gud y Brátchenko. Gud espiaba a los labradores por si maltrataban al caballo, mientras Brátchenko se limitaba a contemplar embelesado al Pelirrojo. Se había ofrecido a Gud como ayudante voluntario en los trabajos de la cuadra.
En el cobertizo, algunos de los muchachos mayores se afanaban junto a la vieja sembradora. Sofrón Golován les imprecaba, asombrando sus almas impresionables con la erudición de cerrajero y de herrero que poseía.
Sofrón Golován estaba dotado de algunos rasgos muy notables, que le destacaban de los demás mortales: hombre de estatura gigantesca, lleno de alegría de vivir, eternamente bebido y jamás borracho, tenía acerca de todas las cosas una opinión propia que dejaba siempre estupefacta a la gente por su ignorancia. Golován era una monstruosa amalgama de kulak y de herrero: poseía dos jatas, tres caballos, dos vacas y una fragua. Pero, con todo, era un buen herrero, y sus manos parecían incomparablemente más listas que su cabeza. La fragua de Sofrón estaba en la carretera de Járkov junto a una posada, y en esta posición geográfica residía el secreto del enriquecimiento de la familia Golován.
Sofrón vino a la colonia invitado por Kalina Ivánovich. En nuestros cobertizos había aparecido algún que otro instrumental de forja. La propia fragua estaba semiderruida, pero Sofrón nos propuso traer su yunque y su hornillo, añadir algún otro instrumental y trabajar con nosotros como instructor. Incluso se comprometió a reparar la fragua por su cuenta. A mí me sorprendió tanto afán de ayudarnos.
Mi perplejidad quedó disipada con el "informe nocturno" de Kalina Ivánovich. Metiendo un papel en el cristal de mi quinqué para encender su pipa, Kalina Ivánovich me dijo:
-Ese parásito de Sofrón no viene en vano a trabajar con nosotros. Los mujiks le presionan, ¿sabes?, y tiene miedo a que le quiten la fragua. En cambio, trabajando aquí, tendrán que considerarle como si estuviera sirviendo a los Soviets.
-Y entonces, ¿qué vamos a hacer con él? -pregunté a Kalina Ivánovich...
-¿Qué vamos a hacer? ¿Quién querrá venir aquí? ¿De dónde podemos sacar una fragua? ¿Y las herramientas? Casa tampoco tenemos y, si aparece alguna covachuela, de todas formas deberemos llamar a los carpinteros. ¿Y sabes una cosa? - Kalina Ivánovich entornó párpados-. ¿A nosotros qué más nos da? "Sea bizca, sea jorobada, con tal de que sea bien dotada" ¡Da lo mismo que sea un kulak! De todas formas, trabajará como es debido.
Kalina Ivánovich, meditativo, llenaba de humo mi habitación y, de pronto, dijo, sonriendo:
-Los mujiks, esos parásitos, acabarán quitándole la fragua. ¿Y qué van a sacar con ello? De todas formas no harán nada. Más vale, entonces, que tengamos nosotros nuestra fragua, porque, pase lo que pase, Sofrón está perdido. Esperaremos un poquito y después le daremos la patada: nosotros somos una institución soviética, y tú, hijo de perra, eres una sanguijuela que bebe sangre humana, ¡je, je, je!
Habíamos recibido ya parte del dinero presupuesto para la reparación de la finca, pero era tan poco que exigía de nosotros una habilidad extraordinaria. Todo debíamos hacerlo con nuestras propias manos. Para ello, la fragua era imprescindible, así como un taller de carpintería. Teníamos los bancos. En ellos, aunque difícilmente se podía trabajar: habíamos comprado herramientas. Poco después apareció en la colonia el instructor carpintero. Bajo su dirección, los muchachos se dedicaron enérgicamente a serrar las tablas traídas de la ciudad y a ensamblar las puertas y ventanas de la nueva colonia. Por desgracia, los conocimientos profesionales de nuestros carpinteros eran tan insignificantes, que el proceso de fabricación de puertas y ventanas para la vida futura fue doloroso en los primeros tiempos. Los trabajos en la fragua -y eran muchos- tampoco nos alegraban al principio. Sofrón no se distinguía por el afán de terminar rápidamente el período de reconstrucción en el Estado soviético. Su jornal de instructor se expresaba en cifras insignificantes: los días de pago, Sofrón enviaba, ostensiblemente todo el dinero por un muchacho a alguna mujer que fabricaba aguardiente:
-Tres botellas de aguardiente -ordenaba.
Tardé en saberlo. En general, yo estaba como hipnotizado por esa relación: garfios, bisagras, argollas, pestillos. Y como yo, todo el mundo sentíase arrebatado por el trabajo en vías de franco desarrollo. Entre los muchachos se destacaban ya carpinteros y herreros; el dinero comenzó a sonarnos en los bolsillos.
Nos entusiasmaba la animación que la fragua había traído consigo. A las ocho de la mañana, resonaba ya en la colonia el alegre sonido del yunque. En la fragua había siempre risas, y junto a su amplio portón, abierto de par en par, constantemente aguardaban dos o tres aldeanos que discurrían de sus quehaceres, de los impuestos en especie de Verjola, el presidente del Comité de campesinos pobres, del forraje, de la sembradora. Herrábamos los caballos del lugar, colocábamos llantas de hierro en las ruedas, reparábamos los arados. A los campesinos pobres les cobrábamos únicamente la mitad de la tarifa, y aquí nacieron interminables discusiones acerca de la justicia y la injusticia social.
Sofrón se ofreció a construirnos una carreta. En los cobertizos de la colonia, dónde había, en cantidad inagotable, toda clase de trastos, encontramos la caja de un carro. Kalina Ivánovich trajo de la ciudad dos ejes, sobre los que estuvieron golpeando por espacio de dos días los machos y los martillos de la fragua. Por fin, Sofrón declaró que la carreta estaba ya lista, pero que faltaban las ballestas y las ruedas. No teníamos ni lo uno ni lo otro. Durante mucho tiempo yo rebusqué por la ciudad, implorando ballestas viejas, y Kalina Ivánovich emprendió un largo viaje al interior del país. Viajó una semana entera y trajo consigo dos pares de llantas nuevas y unos cuantos centenares de impresiones diversas, entre las cuales la principal era ésta:
-¡Qué gente tan inculta son esos mujiks!
Sofrón nos trajo del caserío a Kósir. Kósir tenía cuarenta años y se persignaba a cada oportunidad. Apacible y cortés, tenía siempre una animación sonriente. Hacía poco tiempo que había salido de un manicomio y temblaba mortalmente sólo de oír el nombre de su propia esposa, culpable del diagnóstico erróneo de los siquiatras provinciales. Kósir hacia ruedas de carros. Cuando le pedimos que nos hiciese cuatro ruedas, se alegró extraordinariamente. Las peculiaridades de su vida familiar y sus brillantes dotes de asceta le impulsaron a hacernos una proposición puramente práctica:
-¿Saben una cosa, camaradas? Ya que, loado sea el Señor, han llamado al viejo, ¿saben lo que voy a decirle? Que me quedaré a vivir aquí.
-Aquí no hay dónde.
-No importa, no importa; ustedes no se preocupen, yo encontraré dónde, y Nuestro Señor me ayudará. Ahora estamos en verano. Para el invierno ya los arreglaremos de algún modo. Yo me acomodaré en ese cobertizo. Me las compondré bien.
-Bueno, quédese usted.
Kósir se persignó y pasó inmediatamente a desarrollar el aspecto práctico de la cuestión:
-Conseguiremos llantas. Kalina Ivánovich no sabe encontrarlas, pero yo si sé. Los propios mujiks nos las traerán. Ya verán ustedes cómo no nos deja abandonados Nuestro Señor.
-Pero si ya no nos hacen falta más llantas.
-¿Cómo que no nos hacen falta? ¡ Dios nos libre! No les hacen falta a ustedes, a la gente sí le hacen falta ¿Cómo puede pasarse el mujik sin ruedas? Ustedes las venden y así sacan dinero; con ello saldrán ganando muchachos.
Kalina Ivánovich apoyó, riéndose, la petición de Kósir:
-¡El diablo sea con él! Que se quede. En la naturaleza, ¿sabes?, todo está tan bien dispuesto, que hasta cada hombre sirve para algo.
Kósir pasó a ser pronto el preferido de todos los colonos. Los muchachos consideraban su religiosidad como una forma especial de demencia, muy desagradable para el enfermo, pero nada peligrosa para quienes le rodean. Más aún: Kósir desempeñó un papel positivo, pues contribuyó a despertar en los muchachos un sentimiento de aversión por todo lo religioso.
Se instaló en una habitación pequeña, junto al dormitorio. Aquí se sentía bien guarecido contra los actos a agresivos de su esposa, que poseía, en efecto, un carácter verdaderamente demencial. Los muchachos experimentaban un auténtico placer defendiendo a Kósir de los vestigios de su vida pasada. La mujer de Kósir se presentaba en la colonia siempre entre gritos y maldiciones. Exigiendo el retorno del marido al hogar familiar, nos culpaba a todos nosotros -los colonos, el Poder soviético, "ese granuja" de Sofrón y yo- del hundimiento de su felicidad doméstica. Los muchachos le demostraban con ironía manifiesta que Kósir no tenía para ella ninguna utilidad como marido, que la fabricación de ruedas era algo mucho más importante que la felicidad doméstica. Mientras tanto, el propio Kósir, escondido en su habitación, esperaba, paciente, que el ataque fuera definitivamente rechazado. Y sólo cuando la voz de la esposa ofendida resonaba tras el lago y de sus maldiciones llegaban únicamente retazos sueltos "hijos de... que... os... vuestra cabeza...", Kósir aparecía en escena:
-¡Hijitos! ¡Sálvame, Jesucristo! Una mujer tan poco ordenada...
A pesar de un medio tan hostil, el taller de fabricación de ruedas comenzó a rendir beneficios. Kósir, textualmente con ayuda de una persignación, sabía hacer excelentes negocios comerciales; la gente nos traía llantas sin que nosotros las buscásemos e incluso no nos exigía el pago inmediato. Se trataba, en efecto, de un espléndido constructor de ruedas, y la fama de su trabajo había rebasado en mucho los límites de nuestro distrito.
Nuestra vida se hizo más complicada y más alegre. A pesar de todo, Kalina Ivánovich consiguió sembrar en nuestro prado unas cinco desiatinas de avena; el Pelirrojo caracoleaba en la cuadra, en el patio lucía la carreta, cuyo único defecto era su altura sin igual: se alzaba más de dos metros sobre el suelo, y el pasajero sentado en su cesta tenía siempre la impresión de que el caballo que tiraba de la carreta iba no sólo delante, sino también muy debajo.
Desarrollamos una actividad tan intensa, que comenzamos ya a sentir falta de manó de obra. Tuvimos que reparar a toda prisa un dormitorio más, y pronto nos llegaron refuerzos. Fueron de un tipo completamente nuevo.
Por aquel tiempo había sido liquidado un gran número de atamanes y de batkos, y todos los menores de edad pertenecientes a las diversas bandas de las Lévchenko y de las Marusias, cuyo papel militar y bandidesco no había rebasado las obligaciones de cocheros o de pinches, eran enviados a la colonia. Gracias, precisamente, a esta circunstancia histórica aparecieron en la colonia los nombres de Karabánov, Prijodko, Golos, Soroka, Vérshnev, Mitiaguin y otros.

8. CARÁCTER Y CULTURA


La llegada de nuevos colonos debilitó sensiblemente nuestra poco firme colectividad, y de nuevo adquirimos aspecto de una cueva de malhechores.
Nuestros primeros educandos se habían formalizado únicamente para las necesidades más imprescindibles. Los adeptos del anarquismo patrio eran todavía menos partidarios de someterse a cualquier orden. Debe hacerse constar, sin embargo, que en la colonia jamás volvieron a aparecer la franca resistencia y la grosería respecto al personal educativo. Cabe suponer que Zadórov, Burún, Taraniets y los demás supieron comunicar a los novatos la breve historia de los primeros días de la colonia Gorki. Tanto nuevos colonos como los viejos demostraron siempre convicción de que el personal educativo no era una fuerza hostil a ellos. La causa principal de esta convicción residía sin género de dudas, en el trabajo de nuestros educadores tan manifiestamente abnegado y difícil, que inspiraba respeto natural. Por esto, los colonos, salvo alguna otra rara excepción, estuvieron siempre en buenas relaciones con nosotros, aceptando la necesidad de trabajar y de estudiar en la escuela y comprendiendo con bastante claridad que todo ello se desprendía de nuestros intereses comunes. La pereza y la falta de voluntad de pasar privaciones revestían entre nosotros formas "puramente zoológicas y jamás adquirieron la forma de una protesta.
Nosotros comprendíamos que todo ese bienestar era una forma puramente externa de la disciplina y que en ella no se encerraba ninguna clase de cultura, ni siquiera la más primitiva.
La razón de que nuestros colonos siguieran viviendo en medio de nuestra indigencia y de nuestro bastante rudo trabajo, la razón de que no huyesen de la colonia no debía ser buscada únicamente, claro está, en el terreno pedagógico. El año 1921 no ofrecía nada de envidiable para la vida en la calle. Aunque nuestra provincia no figuraba entre las hambrientas, en la propia ciudad se sufrían bastantes privaciones e incluso hambre. Además, en los primeros años, no recibimos casi a auténticos niños abandonados, hechos a vagar por la calle. La mayoría de nuestros educandos procedían de familias con las que acababan de romper.
Nuestros, muchachos constituían, como término medio, una amalgama de rasgos muy brillantes de carácter y un nivel bajísimo de cultura. Precisamente estos muchachos eran los que se procuraba enviar a nuestra colonia, destinada especialmente a los educandos difíciles. En su enorme mayoría tratábase de semianalfabetos o de analfabetos totales. Casi todos estaban acostumbrados a la suciedad y a los piojos, y frente a los demás había ido formándose en ellos una actitud permanente, entre defensiva y amenazadora, de heroísmo primitivo.
Destacaban de toda esa masa algunos muchachos de nivel intelectual más elevado, como Zadórov, Burún, Vetkovski, Brátchenko y, entre los nuevos, Karabánov y Mitiaguin. Los demás asimilaban gradualmente y con extraordinaria lentitud la cultura humana, con mayor lentitud aun porque éramos pobres y pasábamos hambre.
Durante el primer año, nos abatía particularmente su continuo afán de reñir entre sí, la terrible debilidad de sus vínculos colectivos, que se rompían a cada momento y por cualquier nimiedad. Esto ocurría en grado considerable no ya por animadversión, sino por esa misma postura heroica, que no atenuaba ningún sentimiento político. Aunque bastantes muchachos habían estado en campos de clases hostiles, ninguno de ellos tenía la menor sensación de pertenecer a una u otra clase. Entre los educandos no había casi hijos de obreros. El proletariado era para ellos algo lejano e ignoto; la mayoría observaba un profundo desprecio por el trabajo campesino, desprecio que no se refería tanto al trabajo en sí como a la vida de los campesinos y a su sicología. Por lo tanto, les quedaba un amplio margen para toda clase de arbitrariedades, para la manifestación de una personalidad, que en su aislamiento llegaba al salvajismo.
El cuadro, en general, era penoso, pero, de todas suertes, los brotes de vida colectiva crecidos durante el primer invierno germinaban calladamente en nuestra sociedad, y era preciso salvarlos fuera como fuera, sin permitir que les ahogase la llegada de los refuerzos. Yo creo que mi mérito principal radica en haber sabido comprender esta importante circunstancia y haberla valorado exactamente. La defensa de esos primeros brotes fue luego un proceso tan increíblemente difícil, tan infinitamente largo y penoso, que, de haberlo sabido antes, es seguro que me hubiera intimidado y habría renunciado a la lucha. Por fortuna, me sentía siempre como en vísperas del triunfo, aunque para esto hacía falta ser un optimista incorregible.
En cada jornada de mi vida de entonces había obligatoriamente fe, alegría, y desesperación.
Todo, al parecer, marcha bien. Por la noche, los educadores han concluido su trabajo, han leído algún libro, simplemente han charlado o jugado, y, después de dar las buenas noches a los muchachos, se han retirado a sus habitaciones. Los muchachos, aparentemente tranquilos, se disponen a acostarse. En mi habitación va cesando de latir el pulso del día de trabajo. Todavía permanece con Kalina Ivánovich, dedicado, con arreglo a su costumbre, a alguna generalización; cerca de nosotros da vueltas un colono curioso; junto a la puerta, Gud y Brátchenko se disponen al ataque cotidiano contra Kalina Ivánovich por cuestiones relacionadas con el forraje, y de pronto, irrumpe gritando, algún pequeño:
-¡En el dormitorio están, matándose los muchachos!
Salgo disparado de la habitación. En el dormitorio gritos y estrépito. En un rincón dos grupos furiosos y erizados hasta el frenesí. Los gestos amenazadores y los saltos se mezclan con espantosos insultos; uno le atiza a otro, Burún arrebata a un héroe su navaja y alguien le grita desde lejos:
-¿Y tú por qué te metes? ¿Quieres que te estampe mi firma?
Sentado en su cama, entre una multitud de simpatizantes; un herido se venda silenciosamente con un trozo de sábana la mano maltrecha.
Yo nunca separaba a los que combatían, nunca me forzaba por chillar más que ellos.
A mi espalda, Kalina Ivánovich empavorecido, musita:
-¡Ay, de prisa, de prisa, querido, que si no, los parásitos se degollarán y no quedará ni uno vivo!...
Pero yo permanezco silencioso en la puerta y observando. Poco a poco los muchachos advierten mi presencia y se apaciguan. El rápido silencio hace volver en sí incluso a los más enfurecidos. Se guardan las navajas y se bajan los puños; los monólogos coléricos e injuriosos se cortan a media palabra. Pero yo sigo sin decir nada: dentro de mi hierven la ira y el odio a todo este mundo salvaje. Es el odio a la impotencia, porque sé perfectamente que hoy no será el último día de pelea.
Por fin, se establece en el dormitorio un angustioso y pesado silencio. Incluso se calman los sordos sonidos de la respiración jadeante.
Entonces estallo súbitamente yo mismo, estallo en un acceso de verdadera ira, y, penetrado de la consciente seguridad de que así debe ser, ordeno:
-¡Las navajas sobre la mesa! ¡ Y de prisa, demonio!...
La mesa va llenándose de armas: navajas, cuchillos de cocina, cogidos especialmente para la pelea, cortaplumas y puñales hechos en la fragua. El silencio, sigue pesando sobre el dormitorio. Cerca de la mesa sonríe Zadórov, el simpático y encantador Zadórov, que ahora me parece el único ser próximo a mí. Yo vuelvo a ordenar categóricamente:
-¡Los rompecabezas!
-Yo tengo uno; lo he recogido antes -dice Zadórov. Todos permanecen con la cabeza gacha.
-¡A dormir!..,
No me voy del dormitorio hasta que se acuesta el último muchacho.
Al día siguiente, los colonos procuran no recordar el escándalo de la víspera. Tampoco yo aludo a él.
Pasa un mes, otro. Durante este tiempo, focos aislados de hostilidad humean débilmente en algunos sitios, pero si intentan tomar impulso, son pronto sofocados en el seno de la propia colectividad. Hasta que, de repente, vuelve a estallar la bomba, y de nuevo los colonos enfurecidos, perdiendo todo aspecto humano, se persiguen cuchillo en alto.
Una noche comprendí que era preciso apretar la tuerca, como se dice entre nosotros. Después de una, pelea ordenó a Chóbot, uno de los caballeros más infatigables de la navaja, que se presente en mi habitación. Obedece sumisamente. Ya en la habitación, le digo:
-Tendrás que abandonar la colonia.
-¿Y a dónde voy a ir?
-Te aconsejo que vayas allí donde esté tolerado el empleo del cuchillo. Hoy porque un camarada no te cedió el sitio en el comedor, le has pinchado con el cuchillo. Busca, pues, un sitió donde las discusiones se decidan a cuchilladas.
-¿Cuándo debo marcharme?
-Mañana por la mañana.
Se aparta sombrío. Por la mañana, durante el desayuno todos los muchachos me piden que perdone a Chóbot. Ellos responden de él.
-¿Cómo respondéis?
No me comprenden.
-¿Cómo respondéis? Supongamos que, a pesar todo, empuña un cuchillo. Entonces, ¿qué vais a hacer vosotros?
-En tal caso, le expulsará usted.
-Eso quiere decir que no respondéis de ningún modo. No, se irá de la colonia.
Después del desayuno Chóbot se me acercó.
-Adiós, Antón Semiónovich -me dijo-; gracias por la lección...
-Hasta la vista y no me guardes rencor. Si la vida se te hace difícil, vuelve, pero no antes de quince días.
Al cabo de un mes regresó, pálido y flaco:
-He vuelto, como usted me dijo.
-¿No has encontrado un sitio donde se pueda discutir a cuchilladas?
Sonrió.
-¿Cómo que no lo he encontrado? Hay sitios así... Pero seguiré en la colonia y no volveré a tocar un cuchillo.
Los colonos nos acogieron cariñosamente en el dormitorio.
-¡A pesar de todo, le ha perdonado! Ya lo decíamos nosotros.

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