Poema Pedagógico


Antón Semiónovich Makarenko

I PARTE

9. "AUN QUEDAN CABALLEROS EN UCRANIA"

Un domingo se embriagó Osadchi. Le trajeron a mi presencia porque estaba escandalizando en el dormitorio. Sentado en mi habitación, no cesaba de proferir tonterías de borracho ofendido. Era inútil hablar con él. Le dejé allí y le ordené que se acostara. Dócilmente se quedó dormido.
Pero, al entrar en el dormitorio, noté olor a alcohol. Numerosos muchachos rehuían evidentemente hablar conmigo. No quise complicar las cosas buscando a los culpables y me limité a decir:
-No es sólo Osadchi quien está borracho. Otros han bebido también.
Algunos días más tarde hubo nuevos casos de embriaguez en la colonia. Parte de los muchachos ebrios evitaban encontrarse conmigo; otros, arrepentidos en medio de su borrachera, acudían, por el contrario, a mí y, entre lágrimas, charlaban hasta por los codos y me juraban afecto.
No me ocultaron que les habían invitado en el caserío.
Por la noche hablamos en el dormitorio acerca del daño que produce la embriaguez, y los culpables prometieron no reincidir. Yo, fingiéndome completamente satisfecho del desenlace, ni siquiera castigué a nadie. Tenía ya cierta experiencia, y sabía muy bien que, en la lucha contra la embriaguez, no había que atacar a los colonos, sino a algún otro. Dicho sea de paso, ese otro no andaba lejos.
Estábamos rodeados de un mar de samogón*(*Especie de aguardiente hecho de trigo, remolacha, etc., por procedimientos rudimentarios. (N. de la Edit.)). En la propia colonia había casos frecuentes de embriaguez entre los empleados y los campesinos. Al mismo tiempo, supe que Golován enviaba a los muchachos por samogón. El propio Golován no lo negó:
-¿Y qué hay de particular en ello?
Kalina Ivánovich, que no bebía nunca, empezó a gritarle:
-¿No comprendes, parásito, lo que significa el Poder soviético? ¿Crees que el Poder soviético existe para que tú te atiborres de samogón?
Girando con torpeza en la silla chirriante y endeble, Golován argüía:
-¿Y qué hay en ello de particular? ¿Quién es el que no bebe? Pregunte usted... Todos tienen algún alambique y beben todo lo que les da la gana ¡Qué el Poder soviético no beba entonces!...
-¿Qué Poder soviético?
-Pues todo. Y en la ciudad se bebe y los ucranianos también.
-¿Usted sabe quién vende aquí samogón? -le pregunté.
-¡Cualquiera lo sabe! Yo jamás lo he comprado. Cuando me hace falta, mando a alguien por él. ¿Por qué quiere saberlo usted? ¿Piensa confiscar los aparatos de fabricar samogón?
-Pues ¿qué piensa usted? Claro que los confiscaré...
-¡Je! Cuántos quitó la milicia, y ya ve usted: no ha conseguido nada.
Al día siguiente obtuve en la ciudad un mandato que me autorizaba a luchar implacablemente contra el samogón en todo el territorio de nuestro Soviet rural. Por la noche celebré un consejo con Kalina Ivánovich. El viejo se sentía escéptico:
-No te, metas en este asunto sucio. Aquí hay montado todo un negocio: el presidente, Grechani, es de ellos, ¿comprendes? Y en los caseríos, mírese a donde se mire, todos son Grechani y nada más que Grechani. Gente, que ¿sabes?, no ara con caballos, sino con bueyes. Y date cuenta: tienen Gonchárovka así -y Kalina Ivánovich mostró el puño cerrado- ¡La tienen bien sujeta los parásitos y no hay nada que hacer!
-No comprendo, Kalina Ivánovich. ¿Qué tiene ver el samogón con eso?
-¡Qué hombre más raro eres! ¡Parece mentira que tengas ilustración! Todo, el poder está en sus manos, vale que no te metas con ellos, porque, si no, te harán imposible la vida. ¿Comprendes?
En el dormitorio previne a los colonos:
-Muchachos, os digo sinceramente que no permitiré beber a ninguno. Y expulsaré del caserío a esa banda de fabricantes de samogón. ¿Quién quiere ayudarme?
La mayoría de los muchachos se quedaron perplejos, pero otros se me ofrecieron con fervor. A Karabánov le brillaron los grandes ojos negros.
-Eso está muy bien. Muy bien. Es preciso meter un poco en cintura a esos mujiks.
Invité en calidad de ayudantes a tres muchachos: Zadórov, Vólojov y Taraniets. Avanzada la noche del sábado, nos pusimos a elaborar el plan. En torno a mi mesilla de noche, los muchachos permanecían inclinados sobre un plano del caserío, trazado por mí, y Taraniets, las manos hundidas en sus greñas pelirrojas, husmeaba el papel con su nariz salpicada de pecas.
Atacaremos una jata -dijo-, y en las otras esconderán el samogón. Tres personas son pocas.
-¿Es que hay samogón en tantas jatas?
-En casi todas: en la de Musi Grechani lo fabrican, y en la de Andréi Kárpovich, y en la del propio presidente Serguéi Grechani. Los Verjolas se dedican también todos a fabricarlo y las mujeres lo venden en la ciudad. Necesitamos más muchachos; si no, ¿sabe?, nos hincharán los morros y no conseguiremos nada.
Sentado silenciosamente en una esquina, Vólojov bostezaba.
-¡Qué van a poder con nosotros! Únicamente con Karabánov nos basta. Y nadie se atreverá a tocarnos ni con un solo dedo. Yo conozco bien a esos mujiks. Nos tienen miedo.
Vólojov participaba en la operación sin entusiasmo. Todavía entonces me trataba con frialdad:
la disciplina le era odiosa. Pero estaba entregado fielmente a Zadórov y le seguía sin comprobar ninguna cuestión de principio.
Zadórov, como siempre, sonreía tranquilo y seguro. Sabía hacerlo todo sin desgastar su personalidad y sin pulverizar ni un solo gramo de su ser. Y también yo, igual que siempre, no confiaba en nadie como en Zadórov: lo mismo ahora, sin perder su personalidad, sería capaz de efectuar cualquier proeza si la vida le llamaba a ella.
-Y Zadórov dijo a Taraniets:
-No le des vueltas, Fiódor; di claramente por qué jata debemos empezar y a dónde hay que ir después. Lo demás, mañana se verá. Eso sí, hay que llevar a Karabánov: sabe hablar con los mujiks, porque él mismo lo es. Y ahora vamos a dormir, que mañana debemos salir antes de que estén todos borrachos en los caseríos, ¿De acuerdo, Gritskó?
-Sí -resplandeció Vólojov.
Nos separamos. Por el patio paseaban Lídochka y Ekaterina Grigórievna.
-Los muchachos -dijo Lídochka- dicen que -van ustedes en busca de samogón. ¿Qué falta le hace a usted eso? ¿Es tal vez un trabajo pedagógico? ¿Qué pensarán de nosotros?
-Se trata, precisamente, de un trabajo pedagógico. Venga usted mañana con nosotros.
-¿Cree que tengo miedo? Iré. Sólo que ése no es un trabajo pedagógico...
-Entonces, ¿viene usted?
-Sí.
Ekaterina Grigórievna me llamó aparte:
-Pero, ¿a santo de qué lleva usted a esa niña?
-No le haga caso -gritó Lidia Petrovna-; iré pesar de todo.
De tal manera, formamos una comisión de cinco personas.
A las siete de la mañana llamamos a la puerta de Andréi Kárpovich Grechani, nuestro vecino más inmediato. La llamada sirvió de señal para una compleja obertura canina que se prolongó alrededor de cinco minutos.
Únicamente después de la obertura comenzó la representación en regla.
Se inició con la salida a escena del abuelo Andréi Grechani, un viejecillo pequeño, con la cabeza monda, conservaba una barbita cuidadosamente recortada. El abuelo Andréi nos preguntó secamente:
-Qué desean ustedes?
-En su casa hay un aparato de fabricar samogón y nosotros venimos a destrozarlo -contesté yo-; aquí está la orden de la milicia provincial.
-¿Un aparato de fabricar samogón? -repitió, perplejo, el abuelo Andréi, haciendo correr una aguda mirada por nuestras caras y por la abigarrada vestimenta de colonos.
Pero en aquel momento se inmiscuyó en fortíssimo la orquesta canina. Karabánov, a espaldas del abuelo, consiguió aproximarse al plano posterior y tumbar; por medio de un palo que llevaba previsoramente, a un perro melenudo y Pelirrojo, que respondió al atentado con estruendoso solo dos octavas más alto de la corriente voz canina.
Nos lanzamos por la brecha, ahuyentando a los perros. Vólojov les gritó, con una voz imperiosa de bajo, y los perros se dispersaron por los rincones del patio, matizando los acontecimientos ulteriores con una música poco expresiva de ladridos en que se sentía la ofensa. Karabánov estaba ya en la jata y, cuando entramos en ella con el abuelo nos mostró triunfalmente lo que buscábamos: el aparato de fabricar samogón.
-¡Aquí está!
El abuelo Andréi daba vueltas por la jata. Su chaqueta nueva de lustrina brillaba lo mismo que en la ópera.
-¿Habéis hecho samogón ayer? -interrogó Zadórov.
Sí, ayer -contestó el abuelo Andréi, rascándose, confuso, la barbita y viendo cómo Taraniets sacaba de debajo de un banco que había en el ángulo delantero un cuarterón lleno de néctar color rosáceo-malva.
De improviso el abuelo Andréi se enfureció y se lanzó sobre Taraniets, calculando justamente que lo más fácil sería agarrarle en la angosta esquina, escombrada por los bancos, la mesa y los iconos. Y, en efecto, consiguió sujetar a Taraniets, pero Zadórov tomó con toda tranquilidad el cuarterón por encima de la cabeza del abuelo, y al anciano no le quedó más que la sonrisa injuriosamente abierta y encantadora de Taraniets.
-¿Qué pasa, abuelo?
-¿Cómo no os da vergüenza? -gritó colérico el abuelo- No tenéis conciencia. Andáis robando por las jatas. ¡Y hasta traéis a una muchacha con vosotros! ¿Cuándo dejaréis de dar guerra? ¿Cuándo os tragará, por fin la tierra?
-¡Eh, abuelo! Pero si resulta que es usted poeta -dijo, gesticulando animadamente, Karabánov y, apoyándose en el palo, quedó inmóvil ante el abuelo en una actitud expectante y teatral.
-¡Fuera de mi jata! -gritó el abuelo Andréi, y, empuñando una enorme horquilla que había junto al horno, golpeó torpemente en un hombro a Vólojov.
Vólojov se echó a reír y volvió a poner la enorme horquilla junto al horno, haciendo ver al abuelo un nuevo detalle del suceso:
-Vale más que mire usted hacia allí.
El abuelo volvió la vista y vio a Taraniets, que descendía del horno con otro cuarterón en las manos, sin perder su franca y encantadora sonrisa. El abuelo Andréi se desplomó en un banco, bajó la cabeza e hizo un ademán de impotencia.
Lídochka se sentó a su lado.
-¡Andréi Kárpovich! -comenzó a hablarle cariñosamente- Usted sabe que la ley prohíbe fabricar aguardiente. ¡Hay que ver cuánto trigo se pierde así! ¡Con el hambre que hay alrededor!
-Hambre pasa el vago. El que trabaja, no tiene hambre.
-¿Y usted abuelo, ha trabajado? -preguntó con voz sonora y jovial Taraniets, sentándose en el horno- A lo mejor es Stepán Nechiporenko quien ha trabajado.
-¿Stepán?,
-Sí, Stepán. Y usted le ha echado de su casa sin pagarle ni darle ropa, y ahora él pide que le admitan en la colonia.
-Taraniets chascó alegremente la lengua mirando al abuelo y saltó del horno.
-¿Que hacemos con todo esto? -inquirió Zadórov
-Romperlo en el patio.
-¿Y el aparato?
-El aparato también.
El abuelo no salió al lugar de la ejecución: se quedó en la jata, escuchando las digresiones económicas, sicológicas y sociales que Lidia Petrovna había comenzado a desarrollar ante él con tanto éxito. Los perros, llenos de indignación, representaban los intereses del amo desde los rincones del patio en que se habían guarecido. Sólo cuando ya nos íbamos, algunos de ellos expresaron una protesta tardía y sin objeto.
Zadórov hizo salir previsoramente a Lídochka de la jata:
-Venga con nosotros, porque, si no, el abuelo hará salchichas de usted...
Lídochka salió, animada por la conversación que había mantenido con el abuelo Andréi:
-¿Sabéis? ¡Lo ha, comprendido todo! Está de acuerdo con que hacer samogón es un crimen.
Le respondió una carcajada de los muchachos. Karabánov miró irónicamente a Lídochka:
-¿Conque de acuerdo? ¡Qué formidable! Si hubiera estado usted hablando más tiempo con él habría roto personalmente el aparato, ¿verdad?
-Dé las gracias a que su mujer no estaba en casa -dijo Taraniets-. Ha ido a la iglesia de Gonchárovka. En cambio, tendremos que oír a la de Verjola.
Luká Semiónovich Verjola visitaba frecuentemente la colonia por diversos asuntos y también nosotros solíamos dirigirnos a él en busca de cosas que nos hacían falta: bien una collera, bien una carreta; bien un tonel. Luká Semiónovich era un diplomático de talento, ubicuo, hablador y servicial. Muy apuesto, sabía cuidar su barba rizada, de un rojo brillante. Tenía tres hijos: el mayor, Iván, era irresistible en diez kilómetros a la redonda, porque tocaba un acordeón vienés de tres filas y lucía gorras de un color verde despampanante.
Luká Semiónovich nos recibió afablemente:
-¡Ah, queridos vecinos! ¡ Pasen ustedes, pasen ustedes! Ya he oído, ya he oído que están buscando ustedes aparatos. Muy bien, muy bien. Siéntense. Joven, siéntese usted aquí, en el banco. ¿Y qué hay de nuevo? ¿Han encontrado albañiles para la finca de los Trepke? Porque, si no, yo, que pienso ir mañana a Brigadírovka, podría traerles a alguno de allí. Hay allí unos albañiles que... Pero ¿por qué no se sienta, joven? Yo no tengo ningún aparato; no me dedico a eso. No se puede. ¿Cómo podría yo?... Una vez que el Poder soviético ha dicho que no se puede, yo comprendo que no debe ser... Mujer, no seas tacaña: ¡se trata de unos visitantes de calidad!...
En la mesa apareció una fuente llena de nata hasta los bordes y una montaña de empanadas de requesón. Luká Semiónovich invitaba sin implorar, ni adular. Nos arrullaba con su voz agradable de bajo; sus modales eran los de un señor hospitalario. Yo observé que los corazones de los colonos se estremecían a la vista de la nata. Vólojov y Taraniets no podían quitar los ojos del rico convite. Zadórov, de pie en la puerta, sonreía, sonrojándose y comprendiendo lo desesperado de la situación. Karabánov, que se había sentado junto a mí, susurro, aprovechando un momento oportuno:
-¡Menudo hijo de perra!... ¿Qué vamos a hacerle? No tenemos más remedio que comer. Yo no puedo resistir: ¡Palabra que no puedo!
Luká Semiónovich ofreció una silla a Zadórov.
-¡Coman, queridos vecinos, coman! Podríamos seguir también un poco de aguardiente, pero como vienen ustedes para un asunto así...
Zadórov se sentó frente a mí, bajó la vista y se metió media empanada en la boca, llenándose de nata la barbilla. Taraniets tenía unos bigotes de nata, que le llegaban hasta las mismas orejas. Vólojov engullía empanadilla tras empanadilla, sin manifestar la menor emoción.
Sirve más empanadillas -ordenó Luká Semiónovich a su mujer-. Toca algo, Iván...
-Ahora hay servicio en la iglesia -objetó la mujer.
-Eso no tiene, importancia-, repuso Luká Semiónovich-; para unos visitantes como éstos se puede tocar.
El apuesto Iván, apacible y silencioso; empezó a tocar Brilla la luna. Karabánov se desternillaba de risa.
-¡Vaya unos visitantes!...
Después del agasajo, la conversación se animó. Luká Semiónovich apoyaba con gran entusiasmo nuestros planes relativos a la hacienda de los Trepke y estaba dispuesto a acudir en nuestra ayuda con todos sus recursos.
No vale la pena de que estén ustedes aquí, en el bosque. Trasládense lo antes posible; allí hace falta el ojo del amo. Y aprovechen también el molino. La fábrica esa no saber dirigir el asunto. Los mujiks se quejan, se quejan mucho. Hay que moler harina blanca para las empanadillas de Pascua, pero uno se pasa un mes entero yendo hasta allí, y nada. Al mujik le gustan las empanadillas. Sin embargo, ¿cómo va a hacerlas cuando falta la harina blanca, que es lo más importante?
-Tenemos poca fuerza para el molino -repliqué yo.
-¿Por qué poca? La gente le ayudará... No sabe usted cuánto le aprecia la gente de aquí. Todos están diciendo siempre: ,"Ése sí que es un hombre bueno..."
En aquel momento lírico apareció Taraniets en la puerta, y en la jata resonó el chillido del ama asustada. Taraniets tenía en sus manos la mitad de un magnífico alambique, su parte más vital, el serpentín. Nosotros ni siquiera habíamos advertido la ausencia de Taraniets.
Lo he encontrado en la buhardilla -explicó Taraniets-. También hay allí samogón. Tibio aún.
Luká Semiónovich se mesó la barba y dejó de sonreír, nada más que por un brevísimo instante. En el acto se recobró y, acercándose a Taraniets se detuvo, sonriente, ante él. Después se rascó detrás de la oreja y me guiñó un ojo.
-Este muchacho dará fruto. Bueno, si es así, yo no puedo decir nada... Y ni siquiera me ofendo. La ley es la ley. ¿Qué van a hacer ustedes con el aparato? ¿Romperlo? Iván, ayúdales...
Pero la Verjolija no compartía la lealtad de su cuerdo esposo y, arrancando el serpentín de las manos de Taraniets, clamó:
-Pero, ¿quién os va a permitir que lo rompáis? ¡Cuando vosotros hagáis uno, podréis romperlo!¡Harapientos del demonio! ¡Como no os marchéis, voy a daros en la cabeza!...
El monólogo de la Verjolija fue interminablemente largo. Lídochka, que hasta entonces había permanecido silenciosa en el ángulo delantero, intentó entablar un apacible debate acerca del daño que produce el samogón, pero la Verjolija poseía unos espléndidos pulmones. Ya habían sido rotas las botellas de samogón; ya Karabánov, armado de una palanca de hierro, concluía en medio del patio de destrozar el aparato; ya se despedía afablemente de nosotros Luká Semiónovich y nos suplicaba que volviéramos a visitarle, asegurándonos que no se sentía ofendido, ya Zadórov había estrechado la mano de Iván y ya Iván había comenzado a tocar algo, y todavía la Verjolija, chillona y gimiente, seguía encontrando nuevos matices para pintar nuestro proceder y augurar nuestro triste sino. Desde los patios contiguos nos miraban mujeres inmóviles; ladraban y aullaban los perros, saltando por los alambres tendidos en los patios, y los dueños de las casas movían la cabeza, mientras limpiaban sus cuadras.
Nosotros saltamos a la calle, y Karabánov se dejó caer contra una valla próxima.
-¡Ay, no puedo, no puedo! ¡Vaya unos invitados! ¿Cómo decía la mujer? ¡Que se os hinche la barriga de la nata! ¿Cómo tienes tú la tripa, Vólojov?
Aquel día acabamos con seis aparatos de fabricar samogón. Por nuestra parte no hubo bajas. Únicamente, al salir de la última jata nos tropezamos con Serguéi Petróvich Grechani el presidente del Soviet rural. El presidente se parecía al cosaco Mamái, cabellos negros untados de aceite y pegados al cráneo y un bigotillo ensortijado. A pesar de su juventud, era el campesino más ordenado del distrito y se le tenía por un hombre muy cabal. Todavía desde lejos nos gritó:
-¡ Espérenme!
Le esperamos.
-¡Buenos días! ¡Felicidades!... Permítame que me interese, ¿en qué mandato se basa semejante intervención arbitraria? ¿Por qué rompen ustedes los aparatos de la gente? ¿Qué derecho tienen a ello?
Afiló más aún sus bigotes y escrutó nuestras sospechosas fisonomías.
Yo le tendí en silencio el mandato de la "intervención arbitraria" Estuvo dándole vueltas largo rato y me lo devolvió descontento.
-Esto, claro está, es una autorización, pero la gente se molesta. Si una colonia cualquiera se dedica a hacer esto no se podrá asegurar al Poder soviético que este asunto concluirá bien. Yo mismo lucho contra el samogón.
-Pero también usted tiene un aparato -dijo en voz baja Taraniets, permitiendo a sus penetrantes ojillos escrutar con descaro el rostro del presidente. El presidente miró con ferocidad al andrajoso Taraniets.
-¡Tú! ¡Tú a callar! ¿Quién eres tú? ¿De la colonia? Llevaremos este asunto hasta lo más alto, y entonces verá por qué cualquier criminal puede injuriar libremente a los presidentes de los organismos locales. Nos separamos.
Nuestra expedición había sido provechosa. Al otro día Zadórov anunciaba en la fragua a nuestros clientes:
-El domingo próximo lo haremos mejor aún. Ese día saldrá toda la colonia, los cincuenta que somos.
Los aldeanos asentían con la cabeza y expresaban su conformidad:
-Eso, desde luego, está bien. Porque el trigo se desperdicia y, ya que se trata de una cosa prohibida, está bien.
En la colonia se dejó de beber, pero apareció un nuevo mal: los naipes. Empezamos a advertir que en el comedor era frecuente que uno u otro colono comiera sin pan, que la limpieza o cualquier otro trabajo desagradable no fuese ejecutado por el que debía hacerlo, sino por otro.
-¿Por qué limpias hoy tú en vez de Ivanov?
-Me lo ha pedido.
El trabajó a petición se convirtió en un fenómeno corriente y hasta llegaron a formarse grupos concretos de "peticionarios". Aumentaba también el número de colonos que renunciaban a la comida y cedían su ración a algún camarada.
En una colonia infantil no puede haber mayor desgracia que los naipes. Los naipes sacan al colono de la esfera común de consumo y le obligan a buscar recursos complementarios, pero la única vía para ellos es el robo. Por eso me apresuré a lanzarme al ataque contra este nuevo enemigo.
Ovcharenko, un muchacho alegre y enérgico, ya habituado a la colonia, huyó de ella. No conseguí poner en claro los motivos de su fuga. Al día siguiente, le encontré en el mercado de la ciudad; pero, a pesar de todos mis esfuerzos para convencerle, se negó a volver a la colonia. Le noté lleno de confusión al hablar conmigo.
Una deuda de juego era considerada como una deuda de honor entre nuestros educandos. Negarse a pagar semejante deuda implicaba no sólo el apaleamiento y otros medios coercitivos, sino también el desprecio general.
De regreso a la colonia, pregunté por la noche a los muchachos:
-¿Por qué ha escapado Ovcharenko?
-¿Cómo vamos a saberlo?
-Vosotros lo sabéis.
Silencio.
Aquella misma noche, con ayuda de Kalina Ivánovich efectué un registro general. Sus resultados me dejaron estupefacto: debajo de las almohadas, en los cofres, en las cajas, en los bolsillos de algunos colonos hallé verdadero depósitos de azúcar. El más rico era Burún: en su cofre, que él mismo se había construido con mi permiso en el taller de carpintería, aparecieron más de treinta libras, Pero más interesante aún era lo que se encontró en poder de Mitiaguin. Debajo de su almohada se le hallaron dentro de un viejo gorro de piel unos cincuenta rublos en monedas de cobre y plata.
Burún; muy compungido, confesó sinceramente:
-Lo he ganado jugando a las cartas.
-¿A los colonos?
-Sí.
Mitiaguin respondió:
-Yo no diré nada.
El depósito principal de azúcar, de prendas ajenas, de blusas, de pañuelos, de bolsillos, estaba en la habitación donde vivían nuestras tres muchachas: Olia, Raísa y Marusia. Las muchachas se negaron a decir quién era el dueño de tales reservas. Olia y Marusia lloraban, Raísa había optado por enmudecer.
En la colonia teníamos, efectivamente, a tres muchachas. La comisión nos las había enviado por robos domiciliarios. Una de ellas, Olia Vóronova, debía de haber caído, probablemente por casualidad, en una historia desagradable, caso frecuente entre las criadas menores de edad. Marusia Lévchenko y Raísa Sokolova, muy desenvueltas y depravadas, blasfemaban e intervenían en las borracheras de los muchachos y en las partidas de cartas, que transcurrían principalmente en su habitación. Marusia, que se distinguía por un carácter insoportablemente histérico, ofendía con frecuencia y hasta pegaba a sus compañeras de colonia. Al menor pretexto, siempre andaba peleando también con los muchachos. Ella misma se tenía por "un caso perdido", y cada vez que le hacíamos una observación o le dábamos un consejo nos contestaba monótonamente:
-¿Por qué se molesta, usted? Yo soy un caso perdido.
Muy gorda, sucia, reidora, indolente, Raísa distaba mucho de ser tonta y poseía alguna instrucción. Por haber estudiado en el liceo, nuestras educadoras la habían convencido de que debía prepararse para el ingreso e Rabfak (Facultad obrera). Su padre -un zapatero de nuestra ciudad- había sido degollado dos años atrás en compañía de borrachos; la madre bebía y mendigaba. Raísa afirmaba que esa mujer no era su madre, que ella había sido abandonada de niña en casa de los Sokolov, pero los muchachos decían que Raísa fantaseaba:
-Pronto dirá que su padre fue un príncipe.
Marusia y Raísa observaban una actitud de independencia frente a los muchachos y gozaban de cierto respeto por su parte como antiguas y expertas ladronas. Precisamente por ello Mitiaguin y otros les confiaban importantes detalles de sus tenebrosas operaciones.
Con la llegada de Mitiaguin, los elementos, del hampa representados en la colonia habían aumentado en cantidad y en calidad.
Mitiaguin era un ladrón calificado, hábil, listo, afortunado y valiente. Además de todo eso, le caracterizaba una extraordinaria simpatía. Tenía unos diecisiete años, tal vez más.
Su rostro poseía una "marca especial": unas cejas de blancura brillante, formadas por unos mechones completamente canosos y espesos. Según él, esta marca estorbaba frecuentemente el éxito de sus empresas. De todas maneras, ni siquiera se le ocurría pensar que pudiese dedicarse a otra cosa que al robo. La misma noche de su llegada a la colonia se explayó conmigo de manera franca y amistosa:
-Los muchachos hablan bien de usted, Antón Semiónovich.
-Bueno, ¿y qué?
-Eso es magnífico. Si los muchachos se encariñan con usted, les será más fácil.
-Entonces tú también tendrás que tomarme cariño.
-No. Yo no pienso estar mucho tiempo en la colonia.
-¿Por qué?
-Porque es igual. De todas maneras, seré ladrón.
-De eso puede uno desacostumbrarse.
-Sí, se puede, pero a mí me parece que no hay necesidad.
-Tú presumes, Mitiaguin.
-Ni pizca. Robar es interesante y divertido. Sólo que hay que saberlo hacer y, además, no se debe robar a todo el mundo. Hay muchos miserables, a los que nos ordena robar el propio Dios. Pero hay también otra gente a quien no se debe robar.
En eso tienes razón -dije a Mitiaguin-, pero el mal mayor no es para el robado, sino para el ladrón.
-¿Y en qué consiste el mal?
-Pues en que, una vez acostumbrado a robar, te deshabitúas del trabajo, todo se te da fácilmente, te familiarizas con la bebida, y te quedas estancado, te conviertes en un golfo y nada más. Después la cárcel y, más adelante, quién sabe...
-¡Como si los que están en la cárcel no fueran gente! En libertad viven muchos que son peores que los que están en la cárcel. Eso no se puede saber.
-¿Has oído hablar de la Revolución de Octubre?
-¡Claro que he oído hablar! Yo mismo he ido detrás la Guardia Roja.
-Pues bien: la gente no va a vivir ahora como se vive en la cárcel.
-¡Quién lo sabe! -arguyó, pensativo, Mitiaguin-. De todas formas, queda mucha basura. Recuperarán lo suyo de una manera u otra. ¡Fíjese usted en la gente que hay alrededor de la colonia! ¡Menuda es!
Cuando disolví la organización de juego de la colonia Mitiaguin se negó a declarar la procedencia del gorro lleno de dinero.
-¿Lo has robado?
Sonrió:
-¡Qué ingenuo es usted, Antón Semiónovich!... Claro que no lo he comprado. Todavía hay muchos tontos en el mundo. Este dinero lo llevaron los tontos a un sitio y se lo dieron con toda clase de reverencias a unos granujas barrigudos. ¿Por qué iba a limitarme yo a contemplarlo? ¿No era mejor que lo cogiese para mí? Y eso es lo que hice. Lo malo es que en su colonia no tenemos donde guardarlo. Jamás creí que haría usted registros...
-Bien. Tomo el dinero para la colonia. Ahora mismo levantaremos un acta. Por ahora no se trata de ti.
Hablaré a los muchachos acerca de los robos:
-Prohíbo enérgicamente las partidas de cartas. No jugaréis más a los naipes. Jugar a los naipes significará robar al compañero.
-Que no jueguen.
-Juegan porque son tontos. Hay en la colonia muchos chicos que pasan hambre, que no comen pan ni azúcar. Por culpa de estos mismos naipes, Ovcharenko se fue de la colonia. Ahora anda por ahí llorando, está echándose a perder en el mercado...
-Sí, con Ovcharenko la cosa no estuvo bien -aprobó Mitiaguin.
Yo proseguí:
-Resulta que en la colonia no hay quien defienda al compañero débil. Por eso soy yo quien asume la defensa. No puedo permitir que los muchachos pasen hambre y pierdan la salud sólo por no haberles llegado a tiempo algún naipe estúpido. No lo toleraré. Por lo tanto, elegid. No me gusta registrar vuestros dormitorios, pero, cuando he encontrado en la ciudad a Ovcharenko, cuando he visto cómo llora y está a punto de perderse, he decidido no gastar ceremonias con vosotros. Y, si queréis, vamos a ponernos de acuerdo para no jugar más. ¿Podéis darme vuestra palabra de honor? Sólo me temo que no estéis muy fuertes en cuestiones de honor. Burún me dio su palabra...
Burún dio un salto adelante:
-No es verdad Antón Semiónovich; vergüenza debería darle decir cosas que no son ciertas. Si también usted va a andar con mentiras... entonces nosotros... Yo no le di ninguna palabra acerca de las cartas...
-Bueno, perdóname. La culpa fue mía. Entonces no comprendí que hacía falta que me dieses palabra de no jugar, palabra de no beber...
-Yo no bebo.
-Bien, asunto concluido. ¿Y ahora cómo vamos a hacer?
Avanza lentamente Karabánov. Es irresistiblemente original y gracioso y, como siempre, posa un poco. De él emana una fuerza bovina criada en las estepas, que Karabánov parece contener deliberadamente.
-Muchachos, la cosa está clara. No hay que engañar a los compañeros. Aunque os enfadéis, aunque os pongáis como os pongáis, yo estoy en contra de los naipes. Así, pues, sabedlo bien: no descubriré nada, pero, de los naipes sí hablaré. Y, si me apuráis mucho, pondré en juego las manos. Porque yo vi a Ovcharenko cuando se iba y puede decirse que entonces empujamos a la tumba a un compañero: vosotros mismos sabéis que Ovcharenko no tiene talento de ladrón. Los que le ganaron son Burún y Raísa. Creo que ellos deben ir a buscarle y no volver sin él. -Burún asintió calurosamente:
-¿Para qué diablos me hace falta Raísa? Yo mismo lo encontraré.
Todos los muchachos rompieron a hablar al mismo tiempo: había unanimidad en el acuerdo. Burún confiscó por su propia mano todos los naipes y los arrojó a un cubo. Kalina Ivánovich recogió alegremente el azúcar:
-Muchas gracias. Habéis hecho economías.
Mitiaguin me acompañó cuando salía del dormitorio
-¿Debo marcharme de la colonia?
Le respondí tristemente:
-No, ¿para qué? Sigue un poco más.
-De todas formas, robaré.
-Que el diablo te lleve, roba. No soy yo quien va a perderse, Sino tú.
Asustado, se separó.
A la mañana siguiente Burún fue a la ciudad en busca de Ovcharenko. Los muchachos arrastraban tras él a Raísa. Karabánov relinchaba por toda la colonia y palmoteaba a Burún en los hombros:
-¡Eh! ¡Aún quedan caballeros en Ucrania!
Zadórov reíase en la puerta de la fragua. Se dirigió amistosamente, como siempre:
-Son unos sinvergüenzas, pero se puede vivir con ellos.
-¿Y tú quién eres? -le preguntó ferozmente Karabánov.
-Ex atracador, descendiente de atracadores, y en la actualidad herrero de la colonia de trabajo Máximo Gorki, Alexandr Zadórov -dijo, poniéndose firme.
-¡En su lugar de descanso! -repuso Karabánov, y pasó, contoneándose, a lo largo de la fragua.
Al caer la tarde, Burún trajo a Ovcharenko, hambriento y feliz.

10. LOS "ASCETAS DE LA EDUCACIÓN SOCIALISTA"

Los "ascetas de la educación socialista" eran cinco, yo incluido. Nos llamó así un camarada. Nosotros mismos no nos llamamos nunca de tal modo. Al contrario, ni siquiera pensábamos que estuviésemos realizando una hazaña. No lo pensábamos cuando la colonia daba tan sólo sus primeros pasos ni lo pensamos más tarde; al cumplir la colonia el octavo aniversario de su nacimiento.
Al hablarse de ascetismo, no se tenía únicamente en cuenta al personal de la colonia Gorki y por eso nosotros considerábamos en nuestro fuero interno esas palabras como una frase halada, imprescindible para el mantenimiento de la moral de los trabajadores de las casas y de las colonias de niños.
Entonces había mucho heroísmo en la vida soviética y en la lucha revolucionaria, y nuestro trabajo era excesivamente modesto, tanto en sus expresiones como en sus éxitos.
Nosotros, personas de lo más corriente, teníamos una infinidad de diversos defectos. Y, hablando con propiedad, no conocíamos nuestra profesión: nuestra jornada de trabajo estaba llena de errores, de movimientos inseguros, de ideas confusas. Y por delante teníamos unas tinieblas infinitas, en las que discerníamos difícilmente, a retazos, los contornos de nuestra futura vida pedagógica.
Se podía decir todo lo que se quisiera acerca de cada uno de nuestros pasos: hasta tal punto eran casuales. No existía nada indiscutible en nuestro trabajo. Pero cuando empezábamos a discutir, la cosa era peor aún; de nuestros debates, ignoro por qué causa, no nacía la verdad.
Teníamos únicamente dos cosas fuera de toda duda: nuestra firme resolución de no abandonar la causa, de llevarla hasta el final, aunque el final fuese triste. Y había, además, ese "vivir cotidiano" entre nosotros, en la colonia y alrededor de nosotros.
Cuando los Osipov llegaron a la colonia, observaban una actitud de repulsión hacia los colonos. Según nuestras reglas, el educador de guardia estaba obligado a comer con los educandos; Tanto Iván Ivánovich como su mujer me manifestaron decididamente que ellos no comerían en la misma mesa que los colonos, porque les era imposible dominar su repugnancia.
Yo les dije:
-Más tarde veremos.
Durante su guardia nocturna en el dormitorio, Iván Ivánovich no se sentaba jamás en la cama de ningún educando. Pero no había otro sitio donde sentarse. Por eso se pasaba de pie toda su guardia. Iván Ivánovich y su mujer me decían:
-¿Cómo puede usted sentarse en esa cama llena de piojos?
Yo les replicaba:
-Eso no tiene importancia. Ya se arreglará todo, acabaremos de alguna manera con los piojos...
A los tres meses, Iván Ivánovich, además de comer con apetito en la misma mesa que los colonos, había perdido la costumbre de traer consigo su propia cuchara. Lo que hacía era tomar una cualquiera del montón general de la mesa, aunque, para tranquilidad de su conciencia, pasaba un dedo por encima.
Y por las noches, en el dormitorio, Iván Ivánovich, incorporado al círculo juvenil más fogoso y sentado en alguna cama, jugaba al "ladrón y el confidente". Este juego era muy sencillo. Todos los que participaban en él recibían un billete con una inscripción: "ladrón", "confidente", "juez", "verdugo", etc. El confidente anunciaba la suerte que le había caído y, armándose de un zurriago, procuraba averiguar quién era el ladrón. Todos le tendían la mano y él debía indicar por medió de un golpe la mano del ratero. Por lo común, el señalado era el juez o el fiscal, y estos honestos ciudadanos, ofendidos por la sospecha, golpeaban la mano extendida del confidente según la tarifa fijada para el pago de las ofensas. Si a la otra vez el confidente daba, a pesar de todo, con el ladrón, sus sufrimientos concluían, pero comenzaban los del ladrón. El juez podía condenarle a "cinco calientes" o a "diez calientes" o a "cinco frías". El verdugo empuñaba entonces el zurriago, y comenzaba la ejecución.
Como los papeles de los participantes en el juego cambiaban cada vez, y el ladrón, a la vuelta siguiente se vertía en juez o en verdugo, el encanto principal de la distracción estribaba en esa alternativa del sufrimiento y la venganza. Cuando le tocaba ser confidente o ladrón, el juez implacable o el verdugo feroz recibía al céntuplo del juez y del verdugo en funciones, que entonces le recordaban todas las condenas y todos los castigos.
Ekaterina Grigórievna y Lidia Petrovna jugaban también a esa distracción con los muchachos, pero los muchachos se conducían como unos caballeros: en caso de robo, la condena no pasaba de tres o cuatro "frías". Durante la ejecución, el verdugo ponía los morritos más tiernos limitaba a acariciar con el zurriago la suave palma femenina.
Cuando jugaban conmigo, los muchachos tenían interés, sobre todo, por conocer mi capacidad de resistencia, y ésta era la causa de que a mí no me quedara otro remedio que recurrir a las bravatas. En calidad de juez, condenaba a los ladrones a tales castigos, que hasta los propios verdugos horrorizábanse, y cuando me tocaba ejecutar la sentencia, obligaba a la víctima a perder el sentimiento de la propia dignidad y a gritar:
-¡Antón Semiónovich, así no se puede!
Pero también yo cobraba: siempre volvía a mi habitación con la mano izquierda hinchada; se consideraba vergonzoso cambiar de mano y, además, la derecha me hacía falta para escribir.
El pusilánime. Iván Ivánovich seguía una táctica femenina, y, al principio, los muchachos le trataban con delicadeza. Un día advertí a Iván Ivánovich que tal política era falsa: nuestros muchachos tenían que crecer resistentes y valerosos. No debía intimidarles ningún peligro y menos aún los sufrimientos físicos. Iván Ivánovich no se mostró de acuerdo conmigo.
Una velada coincidí con el en el mismo grupo, y haciendo de juez, le condené a "doce calientes" y en otra vuelta, actuando en calidad de verdugo, batí implacablemente su mano con el zurriago. Enfadado, se vengó de mí. Uno de mis "adictos" no pudo dejar sin castigo semejante conducta de Iván Ivánovich y le zurró hasta hacerle cambiar de mano.
A la noche siguiente, Iván Ivánovich quiso rehuir su participación en "este bárbaro juego", pero le abochornó la ironía general de los colonos, y en lo sucesivo soportó ya dignamente la prueba, sin adular cuando le tocaba ser juez y sin abatirse cuando tenía que hacer de ladrón o de confidente.
Frecuentemente los Osipov se me quejaban de que llevaban muchos piojos a su casa.
-No hay que luchar contra los piojos en la casa -les decía yo-, sino en los dormitorios...
Y, efectivamente, luchamos. Con gran esfuerzo conseguimos dos juegos de ropa de cama y dos mudas. Las mudas eran "remiendo sobre remiendo", como dicen los ucranianos, pero, hirviéndolas, quedaba en ellas una cantidad mínima de insectos. Si no logramos exterminarlos rápidamente del todo, fue por la continua afluencia de educandos nuevos, por la relación con los aldeanos y otras causas.
Oficialmente el trabajo de - los pedagogos se distribuía de este modo: guardia principal, guardia durante el trabajo y guardia nocturna. Además, los educadores daban clase todas las mañanas en la escuela.
La guardia principal era un auténtico suplicio, duraba desde las cinco de la mañana hasta el toque de queda. El encargado de la guardia principal era quien dirigía toda la actividad del día, controlaba la distribución de la comida, cuidaba del cumplimiento de los trabajos, resolvía todos los conflictos, ponía paz entre los alborotadores, convencía a los que protestaban, formulaba el pedido de productos, vigilaba la despensa de Kalina Ivánovich y tenía cuidado de la limpieza de la ropa de cama y, en general, de toda la ropa. Sobre el encargado de la guardia principal se acumuló tanto trabajo, que ya a principios del segundo año comenzaron a ayudarle los colonos mayores, distinguidos por un brazalete rojo en el brazo izquierdo.
El educador encargado de la guardia en el trabajo participaba sencillamente en las labores de la colonia, por lo general allí donde se concentraban más colonos o donde había mayor número de educandos nuevos. La participación de los educadores en el trabajo era una participación real, porque, en nuestras condiciones, otra cosa habría sido imposible. Los educadores trabajaban en los talleres, en la tala, en el campo y en la huerta, en la reparación.
La guardia nocturna se convirtió muy pronto en una simple formalidad: por la noche se reunían en los dormitorios todos los educadores, tanto los que estaban de guardia como los que se hallaban libres. Tampoco era ésta una hazaña. No teníamos otro sitio donde ir, salvo los dormitorios de los colonos. Nuestras habitaciones desoladas eran confortables y, además, la luz de nuestros quinqués las hacía un poco terroríficas. Por el contrario, en los dormitorios nos esperaban impacientes después del té de la tarde los morritos conocidos y los ojos vivos y alegres de los colonos, con una reserva enorme de relatos de toda índole, de historias inverosímiles y de hechos reales, preguntas de todo genero -sobre temas actuales, filosóficos, políticos, literarios- y una gran variedad de juegos, comenzando por "el ratón y el gato" y terminando por "el ladrón y el confidente". También aquí se examinaban los hechos diversos de nuestra vida, semejantes a los ya descritos, se ponía verdes a los vecinos del caserío, se proyectaban los detalles de la reparación y de nuestra futura vida feliz en la segunda colonia.
A veces, Mitiaguin nos refería cuentos. Era un maravilloso narrador. Sabía contar sus cuentos, empleando elementos de ficción teatral y una mímica expresiva. Mitiaguin quería a los pequeños, a los que sus narraciones causaban un placer especial. En ellas faltaba casi por completo el elemento mágico: únicamente figuraban mujiks listos y mujiks tontos, nobles bobalicones y operarios astutos, ladrones valientes y afortunados y policías ineptos; soldados audaces y vencedores y popes obtusos y lentos.
Por las noches organizábamos frecuentemente en los dormitorios lecturas en voz alta. Desde el primer día formamos una biblioteca, para la que yo compraba los libros o los pedía en las casas particulares. A finales del invierno teníamos casi todos los clásicos y mucha literatura política y agrícola. En los depósitos abandonados de la Delegación Provincial de Instrucción Pública encontramos numerosos libritos de divulgación sobre diversas ramas del saber.
Eran muchos los colonos aficionados a la lectura, pero no todos, ni mucho menos, sabían asimilarla. Por eso instauramos la costumbre de las lecturas en voz alta, en las que participaban habitualmente todos los muchachos. Leía yo o Zadórov, que poseía una espléndida dicción. En el transcurso del primer invierno leíamos muchas obras de Pushkin, de Korolenko, de Mamin-Sibiriak, de Veresáiev y, en particular, de Gorki.
Gorki producía en nuestro medio una impresión muy fuerte, aunque de doble carácter. Karabánov, Taraniets, Vólojov y otros educandos sentían más directamente el romanticismo de Gorki, pero se negaban en redondo a tener en cuenta el análisis gorkiano. Con los ojos encendidos oían Makar Chudrá, estallaban en exclamaciones de admiración, agitaban los puños ante la figura de Ignat Gordéiev y se aburrían con la tragedia del Abuelo Arjip y Lionka. A Karabánov le gustaba, en particular, la escena en que el viejo Gordéiev contempla la destrucción de su Boyárina por los hielos. Semión tensaba todos los músculos de su rostro y decía con una voz de trágico:
-¡Ese sí que es un hombre! ¡Si todo el mundo fuera así!
Con el mismo entusiasmo escuchaba la historia de muerte de Ilyá en Los tres.
-¡Vaya un tipo! ¡Eso sí que es morir: darse con la cabeza contra una piedra!
Mitiaguin, Zadórov y Burún se burlaban, condescendientes, del entusiasmo de nuestros románticos y les herían en lo vivo.
-Oís como pasmados y no comprendéis nada.
-¿Que yo no comprendo nada?
-Claro que no. ¿Qué hay de bueno en eso de darse con la cabeza contra una piedra? Ese Ilyá es un tonto y un guiñapo. Porque una mujer le pone mala cara enseguida se echa a llorar. Yo en su puesto hubiera estrangulado a un comerciante más. Con todos hay que hacer lo mismo, y con tu Gordéiev también.
Ambas, partes coincidían únicamente en la apreciación del Luká de Bajos fondos. Karabánov movía la cabeza:
-Estos viejecitos son venenosos. No hacen más que zumbar y zumbar, y luego desaparecen como por encanto. También yo conozco a gente así.
-Ese Luká es un diablo listo -decía Mitiaguin-. Es feliz, lo comprende todo, siempre se sale con la suya, bien con astucia, bien robando, bien fingiendo bondad. Y así vive.
Las obras de Gorki, Infancia y Por el mundo, impresionaron profundamente a todos. Los muchachos escucharon la lectura, conteniendo el aliento y pidiendo continuásemos aunque fuera "hasta las doce". Al principio, no me habían creído cuando yo les conté la historia de la vida real de Gorki. Tal historia les había dejado estupefactos y me preguntaban llenos de interés:
-Entonces, ¿resulta que Gorki es como nosotros? ¡Esto sí que es formidable!
Esta circunstancia despertó en ellos una honda y alegre emoción.
La vida de Máximo Gorki pasó a formar parte de nuestra vida. Algunos de sus episodios llegaron a ser entre nosotros elementos de comparación, base para los apodos, motivos para las discusiones, escalas para la medición de la calidad humana.
Cuando a tres kilómetros de nosotros fue instalada una colonia de niños que llevaba el nombre de V. Korolenko, nuestros muchachos no les envidiaron mucho tiempo.
-A esos pequeños les cae muy bien el nombre de Korolenko -dijo Zadórov-. En cambio, nosotros somos los de Gorki.
Kalina Ivánovich era de la misma opinión:
-Yo he visto a ese Korolenko y hasta he hablado con él: una persona muy decente. Pero vosotros, tanto teórica como prácticamente, sois unos harapientos.
Comenzamos a llamarnos colonia Gorki sin que nos autorizase ninguna disposición oficial. Poco a poco en la ciudad se acostumbraron a que nos llamásemos así y no protestaron contra nuestros nuevos timbres y estampillas, que llevaban el nombre del escritor. Desgraciadamente, tardamos en establecer contacto con Máximo Gorki: nadie en la ciudad conocía su dirección. Sólo en 1925 leímos en un semanario ilustrado un artículo acerca de la vida de Gorki en Italia; en el artículo se citaba la trascripción italiana de su nombre: Massimo Gorky. Entonces enviamos al azar nuestra primera carta a una dirección idealmente lacónica: "Italia. Massimo Gorky".
Tanto los mayores como los pequeños se sentían entusiasmados por los relatos y la biografía de Gorki, a pesar de que la mayoría de los pequeños eran analfabetos.
En la colonia teníamos a doce niños de diez años para arriba. Eran unos arrapiezos vivos y, hábiles, ladronzuelos de menudencias y eternamente sucios hasta más no poder. Siempre llegaban a la colonia en mal estado: anémicos, escrofulosos, comidos por la sarna. Ekaterina Grigórievna, nuestra enfermera y hermana voluntaria de la caridad, se afanaba incansablemente con ellos. Los pequeños estaban siempre pegados a ella, a pesar de su seriedad. Ekaterina Grigórievna sabía reprenderles de un modo maternal, conocía todas sus debilidades, no creía en sus palabras (yo jamás me vi libre de este defecto), no pasaba por alto ninguna falta y se indignaba manifiestamente ante cualquier iniquidad.
Pero, en cambio, sabía admirablemente hablarles con las palabras más simples, con el sentimiento más humano acerca de su madre, de la vida de lo que cada uno de ellos sería -marino o jefe del Ejército Rojo o ingeniero-; sabía comprender toda la hondura de la terrible ofensa que la vida maldita y estúpida había causado a los pequeños. Además, sabía sobrealimentarlos: infringía a la chita callando todas las normas y reglas de abastecimiento y triunfaba fácilmente con una palabra afable sobre la feroz meticulosidad de Kalina Ivánovich.
Los colonos mayores, que veían ese vínculo entre Ekaterina Grigórievna y los pequeños, no lo estorbaban y con un aire protector y bonachón cumplían siempre pequeños ruegos de Ekaterina Grigórievna: cuidar de que el pequeño se bañase debidamente, que se enjabonara bien, que no fumase, que no desgarrara su traje, que no se pelease con Petka, etc.
Gracias en gran parte a Ekaterina Grigórievna, muchachos mayores de nuestra colonia quisieron siempre a los pequeños, les trataron siempre como hermanos mayores: con cariño, con rigor y con solicitud.

11. LA SEMBRADORA TRIUNFAL

Cada día era más evidente que la vida en la primera colonia estaba llena de dificultades para nosotros. Nuestras miradas se volvían con más y más frecuencia a la segunda colonia, allí donde, a orillas del Kolomak, los jardines crecían opulentos en primavera y brillaba lustrosa la grasienta tierra negra.
No obstante, la reparación de la segunda colonia avanzaba con extraordinaria lentitud. Los carpinteros, cobraban una miseria por su trabajo, eran capaces de construir jatas aldeanas, pero les intimidaba cualquier techumbre un poco complicada. Nos era imposible conseguir cristales a ningún precio y, además, carecíamos de dinero. A pesar de todo, dos o tres edificios grandes quedaron reparados ya para finales del verano, aunque no podía vivir en ellos por la falta de cristales. Conseguí reparar también algunos pequeños pabellones, pero allí vivían los carpinteros, los albañiles, los fumistas, los guardas. No valía la pena trasladar a los muchachos, porque, sin talleres y sin una tierra aneja, no tenían nada que hacer.
Los colonos iban todos los días a la segunda colonia. Una gran parte de los trabajos eran ejecutados por ellos mismos. Durante el verano, unos diez muchachos, alojados en chozas, trabajaron en el jardín y enviaron a la primera colonia carros enteros de manzanas y de peras. Gracias a ellos, el jardín de los Trepke adquirió un aspecto bastante digno.
Los vecinos de la aldea Gonchárovka estaban muy disgustados por la aparición entre las ruinas de la finca de unos nuevos amos, que, para colmo, eran tan poco honorables, harapientos y sospechosos. El documento que nos daba derecho a sesenta desiatinas de tierra resultó, con gran sorpresa mía, un papel inútil: toda la tierra de los Trepke, incluido nuestro sector, era cultivada ya desde el año 17 por los campesinos. En la ciudad sonrieron al ver nuestra indecisión:
-Si tenéis el documento, esto quiere decir que la tierra es vuestra: no os falta más que poneros a trabajar.
Sin embargo, Serguéi Petróvich Grechani, el presidente del Soviet rural, era de otra opinión:
Ustedes comprenden lo que significa que el campesino laborioso haya recibido la tierra según todas las reglas de la ley. Esto quiere decir que seguirá arando. Y los que se dedican a escribir diversos papelitos y documentos no hacen más que descargar una puñalada por la espalda contra los trabajadores. De modo que más vale que se olvide usted de ese papel.
El camino de los peatones hacia la segunda colonia pasaba por el Kolomak. Era preciso cruzar el río. Habíamos organizado en el Kolomak nuestra propia barca, y siempre había allí algún colono encargado de ella. Yendo a la segunda colonia con carga o a caballo, había que dar un rodeo por el puente de Gonchárovka. En la aldea nos recibían con bastante hostilidad. Al ver nuestro pobre atuendo, los mozos se burlaban:
-¡Eh, harapientos! ¡Cuidado con llenarnos de piojos el puente! En vano os metéis aquí. De todas formas os echaremos de Trepke.
No nos instalamos en Gonchárovka como vecinos pacíficos, sino como conquistadores indeseados. Y, si no hubiéramos sostenido el tono en esta posición militar, si hubiésemos mostrado incapaces de combatir, habríamos acabado perdiendo, sin duda, la tierra y la colonia. Los campesinos comprendían que la discusión debía ser resuelta en el campo y no en las oficinas. Llevaban ya tres años trabajando la tierra de los Trepke, es decir, contaban un precedente que les servía de base para sus protestas. Tenían, pues, que prolongar, fuera como fuera, tal precedente. Toda su esperanza de éxito residía en esa política.
También para nosotros la única salida estaba en iniciar lo antes posible el trabajo práctico en la tierra.
En verano llegaron los agrimensores para deslindar la tierra, pero tuvieron miedo a salir al campo con los instrumentos y se limitaron a señalarnos en el mapa las zanjas, los hoyos y los matorrales que debían servirnos de referencia para nuestra tierra. Con el acta de los agrimensores en el bolsillo, me dirigí a Gonchárovka, acompañado de algunos muchachos mayores.
Nuestro viejo conocido Luká Semiónovich Verjola presidía ahora del Soviet rural. Nos recibió muy amablemente y nos invitó a tomar asiento, pero ni siquiera miró el acta.
-Queridos camaradas, nada puedo hacer. Hace mucho tiempo que los mujiks trabajan la tierra, y yo no voy a agraviarles. Pidan ustedes tierras en otro lugar.
Cuando los campesinos empezaron a labrar nuestros campos, coloqué un aviso diciendo que la colonia no pagaría nada por la labranza de la tierra que nos pertenecía.
Yo mismo no confiaba en el valor de las medidas que tomaba, y no confiaba porque a mi conciencia le repugnaba la idea de que había que quitar esa tierra a los campesinos laboriosos, que la necesitaban como el aire.
Pero a los pocos días, Zadórov, en compañía de un muchacho desconocido, se me acercó una tarde en el dormitorio. Zadórov se hallaba en un estado visible de excitación.
-¡Escúchele, escúchele!
Karabánov, haciéndole coro, daba unos pasos de hopak*(*Baile popular Ucraniano (N. de la Edit.)) y vociferaba por todo el dormitorio:
-¡Oh! ¡Que me traigan a Verjola!
Los colonos nos rodearon.
El muchacho resultó ser un komsomol de Gonchárovka.
-¿Hay en Gonchárovka muchos miembros de las Juventudes Comunistas?
-Somos únicamente tres.
-¿Únicamente tres?
-¿Sabe usted? La situación es difícil para nosotros -explicó el joven-. La aldea está llena de kulaks; predominan los caseríos ricos. Los muchachos me envían para decirles a ustedes que apresuren su traslado; entonces las cosas marcharán bien, ¡ya lo creo! Sus muchachos son unos águilas. ¡Ah, ¡si nosotros tuviéramos unos muchachos así!
-Pero el asunto de la tierra marcha mal.
-Por eso he venido. Tomen, ustedes la tierra por la fuerza. No hagan caso a ese diablo Pelirrojo de Luká ¿Sabe usted de quién es la tierra que les ha sido asignada?
-¿De quién?
-¡Dilo, dilo, Spiridón!
Spiridón comenzó a doblar los dedos:
-De Andréi Kárpovich Grechani
-¿Del abuelo Andréi? Pero si aquí también tiene tierra...
-Sí, así es... De Piotr Grechani, de Onopri Grechani de Serguéi Stomuja, el que vive junto a la iglesia, de Yavtuj Stomuja, del propio Luká Semiónovich. En total, seis personas.
-Pero, ¿qué me dice? ¿Cómo ha podido ocurrir eso? ¿Y dónde está su Comité de campesinos pobres?
-Nuestro Comité es pequeño. Y la cosa ha ocurrido así: la tierra quedó aneja a la hacienda. Se disponían hacer algo, pero, como el Soviet rural estaba en sus manos se repartieron la tierra.
-¡Bueno, ahora la cosa va a ser más divertida! -gritó Karabánov-. ¡Agárrate, Luká!
Un día de principios de septiembre yo volvía de la ciudad. Serían, más o menos, las dos de la tarde. Nuestra carreta de tres pisos avanzaba lentamente. En tono adormecedor hablaba Antón acerca del carácter del Pelirrojo y mientras tanto, yo pensaba en los diversos problemas de la colonia.
De pronto Brátchenko enmudeció, miró fijamente a lo largo del camino, se incorporó en su asiento, fustigó al caballo y, en medio de un estrépito enorme, nos lanzamos por el empedrado. Antón castigaba al Pelirrojo, cosa que no hacía nunca, y me gritaba algo. Por fin pude entender de qué se trataba:
-¡Los nuestros... con una sembradora!
En el recodo; ya antes de llegar a la colonia, faltó poco para que tropezáramos con una sembradora que volaba vertiginosamente, emitiendo un raro sonido de hoja. Dos caballitos bayos, horrorizados por el estrépito del carro, tan poco frecuente para ellos, corrían como locos. La sembradora salió ruidosamente del empedrado, susurró por la arena y de nuevo empezó a trepidar, ya por el camino de la colonia. Antón saltó de la carreta y echó a correr detrás de la sembradora, abandonando las riendas en mi mano. Sobre la sembradora, aferrándose a los cabos las riendas tirantes, Karabánov y Prijodko se mantenían de milagro, Antón detuvo difícilmente a aquel extraño vehículo. Karabánov, ahogándose de entusiasmo y de fatiga nos relató lo ocurrido.
-Estábamos ordenando los ladrillos en el patio cuando, de pronto, vimos que salían dándose importancia cinco personas y la sembradora. Entonces nos dirigimos a ellos y les ordenamos: "¡Fuera de aquí!" Nosotros éramos cuatro: estaba también Chóbot y... ¿quién más?
-Soroka - contestó Prijodko.
-Eso, Soroka. "Largaos -les dije-, porque, de todas formas, no vais a sembrar nada". Y uno negro como gitano que estaba allí... usted le conoce... fue y le soltó un latigazo a Chóbot. Por supuesto, Chóbot le dio en los dientes. De repente vimos que Burún venía corriendo con un palo. Yo sujeté al caballo por las riendas y el presidente me cogió del pecho....
-¿Qué presidente?
-¡Cuál va a ser! El nuestro, el pelirrojo, Luká Semiónovich. Pero Prijodko le golpeó por detrás y le tiró de hocicos contra la tierra. Entonces yo le dije a Prijodko: "Súbete a la sembradora y andando". Al pasar por Gonchárovka, unos mozos nos salieron al encuentro. ¿Qué íbamos a hacer? Yo arreé a los caballos, que nos llevaron al galope hasta el puente y de allí pasamos ya a la carretera... Tres de los nuestros han quedado allí. Seguramente les han dado una buena paliza... Karabánov vibraba en el entusiasmo de la victoria. Prijodko, inmutable, liaba un cigarrillo y sonreía. Yo me imaginé los capítulos siguientes de esta amena historia: la investigación, los interrogatorios, los viajes...
-¡Que el diablo os lleve! ¡De nuevo nos habéis metido en un lío!
Karabánov se desanimó increíblemente al ver mi disgusto:
-¡Pero si han empezado ellos...
-Bien, bien, vamos a la colonia: allí veremos.
En la colonia nos recibió Burún. Lucía en la frente un cardenal enorme, y los muchachos se reían alrededor de él. Junto a un tonel de agua se lavaban Soroka y Chóbot.
Karabánov asió de los hombros a Burún:
-¿Qué? ¿Te has escapado? ¡Eres un valiente!
-Ellos se lanzaron al principio detrás de la sembradora, pero después, al comprender que no conseguirían nada, optaron por lanzarse detrás de nosotros. ¡Oh, cómo hemos corrido!
-¿Y dónde están ellos?
-Nosotros hemos pasado el río en la lancha y ellos se han quedado en la otra orilla, insultándonos. Allí les hemos dejado.
-¿Ha quedado algún chico en la colonia? -pregunté yo.
-Los pequeños: Toska y dos más. No les tocarán.
Una hora más tarde, Luká Semiónovich se presentó en la colonia con dos campesinos. Los muchachos les recibieron afablemente:
-¿Qué? ¿Vienen por la sembradora?
En mi despacho no podía uno moverse por la aglomeración de ciudadanos. interesados. La situación era embarazosa.
Luká Semiónovich tomó asiento frente a la mesa y comenzó:
-Llame usted a los muchachos que me han pegado a mí y a dos personas más.
-Mire, Luká Semiónovich -repliqué yo-, si le han pegado, vaya a quejarse donde quiera. Yo ahora no pienso llamar a nadie. Dígame qué más necesita y para qué ha venido a la colonia.
-Entonces, ¿usted se niega a llamarles?
-Me, niego.
-¡Ah! Entonces se niega. Si es así, hablaremos otro sitio.
-De acuerdo.
-¿Quién devolverá la sembradora?
-¿A quién?
-A su dueño, aquí presente.
Señaló a un hombre con cara de gitano, moreno, desmelenado y sombrío.
-¿La sembradora es suya?
-Sí.
-Pues mire usted: voy a mandarla a la milicia como capturada durante el trabajo arbitrario en una tierra ajena y le ruego que me diga su apellido.
-¿Mi apellido? Grechani, Onopri, Pero, ¿qué es eso de tierra ajena?, Es mi tierra. Mía y de nadie más...
-Bueno, de eso no hay por qué hablar aquí. Aquí vamos a levantar un acta acerca de la ocupación arbitraria de una tierra ajena y del apaleamiento de los educandos que trabajaban en ella...
Burún dio un paso adelante:
-Ese es el que a poco me mata.
-Pero, ¿a quién le haces tú falta? ¿Matarte a ti? ¡Ojalá te hundas!
Durante mucho tiempo estuvimos hablando en ese tono. Ya me había olvidado yo de que era la hora de comer y de cenar, ya habían tocado a silencio en la colonia, nosotros seguíamos con los aldeanos y, bien pacíficamente, bien amenazadores y excitados, bien irónicos y astutos, dialogábamos con ellos.
Yo me mantenía firme: no devolvía la sembradora y exigía que se levantase un acta. Por fortuna los aldeanos no tenían la menor huella de la pelea, mientras que colonos exhibían sus cardenales y arañazos. Zadórov fue quien decidió el asunto. Golpeó la mesa con la palma de la mano y pronunció el siguiente discurso:
-Vamos a dejar de discutir. La tierra es nuestra, y os irá mejor sin meteros con nosotros. No os dejaremos trabajar en nuestro campo. Somos cincuenta muchachos de cuidado.
Luká Semiónovich reflexionó largo tiempo. Por fin se atusó la barba y carraspeó:
-Bien... ¡Que el diablo os lleve! Pagadnos aunque no sea más que por la labranza.
-No -repliqué yo fríamente-. Ya les previne que no pagaríamos nada.
Volvió a hacerse el silencio.
-En tal caso, devolvednos la sembradora.
-Firme usted el acta de los agrimensores.
-Bueno... Démela.
En otoño, a pesar de todo, sembramos centeno en la segunda colonia. Todos hicimos de agrónomos. Kalina Ivánovich entendía poco de agricultura y los restantes entendían menos aún, pero todos tenían deseos de trabajar tras el arado y la sembradora, a excepción de Brátchenko, que sufría y se enrabiaba, maldiciendo la tierra, y el centeno, y nuestro entusiasmo.
-Les parece poco el trigo. ¡ Además, quieren centeno!
En octubre ocho desiatinas verdeaban con sus brotes brillantes. Kalina Ivánovich señaló orgullosamente con su bastón de punta de goma algún lugar del horizonte, hacia el Este:
¿Sabes? Tenemos que sembrar lentejas. La lenteja es una cosa buena.
El Pelirrojo y la Banditka trabajaban en los sembrados de primavera, y Zadórov volvía por la noche rendido y polvoriento.
-Que se vaya al diablo ese trajín de campesinos. Yo me vuelvo a la fragua.
La nieve nos sorprendió a medio trabajo. Por ser la primera vez, se podía resistir.

12. BRATCKENKO Y EL COMISARIO REGIONAL DE ABASTOS


El desarrollo de nuestra hacienda seguía un camino lleno de milagros y de sufrimientos. De milagro consiguió Kalina Ivanovich, a fuerza de súplicas, una vaca vieja, que, según las palabras del propio Kalina Ivánovich, era "estéril por naturaleza"; de milagro también obtuvo en una institución ultra bien organizada, distante de nosotros, una yegua negra, no más joven que la vaca, barriguda, epiléptica y perezosa; de milagro aparecieron bajo nuestros cobertizos carros, carretas y hasta un faetón. El faetón debía ser tirado por dos caballos y, para nuestros gustos de entonces, era bonito y cómodo, pero ningún milagro ayudó a encontrar el correspondiente par de caballos.
El jefe de nuestra cochera, Antón Brátchenko, que había pasado a ocupar ese puesto al trasladarse Gud al taller de zapatería y que era un muchacho sumamente enérgico y orgulloso, pasó muchos momentos desagradables desde el pescante de ese magnífico carruaje, que arrastraban el alto y esquelético Pelirrojo y la yegua negra, zamba y rechoncha, bautizada por Antón con el nombre injusto de Banditka. A cada, paso, la Banditka pegaba un tropezón y a veces se caía, en cuyo caso era necesario volver a poner en pie nuestro fabuloso cortejo en plena ciudad bajo pullas de los cocheros y los vagabundos. Antón, que soportaba difícilmente las burlas, entablaba terribles batallas con los espectadores inoportunos, lo que contribuía más al descrédito del transporte de la colonia Gorki.
Antón Brátchenko, extraordinariamente aficionado a toda clase de lucha, sabía mantener un duelo verbal con cualquier enemigo. Para ello disponía de una reserva considerable de palabrotas, comparaciones ofensivas y recursos mímicos.
Antón no era un muchacho abandonado. Su padre trabajaba de panadero en la ciudad; también tenía madre y él era el único vástago de esa familia honorable. Pero desde la edad más temprana, Antón había sentido aversión por sus penates. Entabló las más amplias relaciones con los golfos y los rateros de la ciudad. Volvía a la casa únicamente de noche. Se distinguió en algunas aventuras audaces y divertidas, fue conducido varias veces a la cárcel y, por último, cayó en la colonia. Tenía sólo quince años. Era un muchacho guapo, esbelto, con el pelo rizado, ojos azules. Extraordinariamente sociable, no podía permanecer solo ni un minuto. Había aprendido a leer en algún sitio y se sabía de memoria todos los libros de aventuras, pero no experimentaba el menor deseo de estudiar y tuve que sentarle violentamente ante el pupitre. Al principió desaparecía con frecuencia de la colonia, pero regresaba a los dos o tres días sin sentirse culpable. Él mismo trataba de vencer en sí su tendencia a la vida vagabunda y me pedía:
-Por favor. Antón Semiónovich, tráteme usted con más severidad, si no, me convertiré obligatoriamente en un vagabundo.
En la colonia no robó nunca nada y le gustaba defender la verdad, pero era absolutamente incapaz de comprender la lógica de la disciplina que aceptaba sólo en tanto estaba de acuerdo con una u otra tesis en cada caso particular. No reconocía la necesidad de cumplir las reglas de la colonia y no lo ocultaba. A mí me temía un poco, pero jamás escuchaba hasta el fin mis reconvenciones: me interrumpía con un fogoso discurso, en el que siempre acusaba a sus numerosos enemigos de diferentes acciones injustas -de adularme, de murmurar, de ser descuidados-, amenazaba con el látigo en dirección de los enemigos ausentes y, dando un portazo, abandonaba, disgustado, mi despacho. Con los educadores era increíblemente grosero, pero en su grosería había siempre algo simpático, y por eso nuestros educadores no se sentían ofendidos. En su tono no había nunca nada insolente, ni siquiera hostil; dominaba siempre en él una nota profundamente humana y apasionada, jamás se enfadaba por motivos egoístas.
La conducta de Antón en la colonia se determinó pronto por su afición a los caballos y al trabajo de cochero. Era difícil comprender el origen de esta pasión. Por su desarrollo, Antón dejaba atrás a muchos colonos. Hablaba un correcto lenguaje urbano, en el que sólo por presunción intercalaba algún que otro ucranismo. Procuraba ir bien arreglado, leía mucho y le gustaba hablar de libros. Y, sin embargo, todo eso no le impedía pasarse el día y la noche en la cuadra, limpiar el estiércol, enganchar y desenganchar continuamente a los caballos, limpiar la retranca y las riendas, trenzar un látigo, hacer viajes con cualquier tiempo a la ciudad o a la segunda colonia y vivir permanentemente medio hambriento, porque jamás llegaba a tiempo ni a la comida ni a la cena y, si, por olvido, no le guardaban su ración, ni siquiera se acordaba de ella.
Antón alternaba su actividad de cochero con interminables disputas. Discutía con Kalina Ivánovich, con los herreros, con los encargados de la despensa y obligatoriamente con todos los que aspiraban a salir de viaje. Cumplía la orden de enganchar para ir a algún sitio únicamente después de un gran escándalo, esmaltado de acusaciones contra el trato cruel de que se hacía víctima a los caballos recordando que un día el Pelirrojo o el Malish habían vuelto con el cuello rozado y exigiendo, al mismo tiempo forraje y hierro para las herraduras. A veces, era imposible salir de la colonia, por el simple motivo de que no se encontraba a Antón ni a los caballos y no había la menor traza de dónde podían estar. Después de largas indagaciones, en las que participaba media colonia, aparecían, en la finca de los Trepke o en algún prado vecino.
Rodeaba siempre a Antón un séquito constituido dos o tres muchachos, que estaban tan enamoraos de Antón como él lo estaba de los caballos. Brátchenko hacía observar una disciplina muy rigurosa, y por ello en la cuadra reinaba siempre un orden ejemplar: los carros se hallaban perfectamente alineados, los arneses colgaban en sus lugares, sobre las cabezas de los caballos pendían urracas disecadas, los caballos estaban limpios, peinadas las crines y las colas trenzadas.
Una noche de junio; ya tarde, vinieron corriendo a avisarme:
-Kósir está enfermo, se muere.
-¿Cómo que se muere?
-Se muere: está caliente y apenas respira.
Ekaterina Grigórievna confirmó que Kósir sufría un ataque al corazón y que era preciso traer sin tardar un médico. Yo envié en busca de Antón. Vino predispuesto a oponerse a cualquier orden mía.
-Antón; engancha inmediatamente; hay qué ir ciudad...
Antón no me dejó concluir:
-¡No iré á ningún sitio ni daré caballos! ... Todo el día han estado haciéndolos correr. Todavía no se han enfriado.. . ¡No iré!
-Hay que ir en busca de un doctor, ¿comprendes?
-¡Me río yo de sus enfermos! También está enfermo el Pelirrojo, pero a él no le traen ningún doctor.
Me enfurecí:
-¡Entrega ahora mismo la cuadra a Oprishko! ¡contigo es imposible trabajar!
-¡Pues claro que sí! ¡Valiente cosa! Vamos a ver como se arreglan ustedes con Oprishko. Usted se cree todo lo que le dicen: "Está enfermo, se muere". Y ningún cuidado de los caballos: es igual, que revienten... Pues bien que revienten, pero, de cualquier forma, yo no daré caballos.
-¿Me has oído? Ya no eres el jefe de la cochera. Entrega la cuadra a Oprishko. ¡Ahora mismo!
-¡Pues claro que sí!... Que la entregue el que sea, que yo no quiero vivir en la colonia.
-Si no quieres es igual: nadie te retiene, aquí...
Con los ojos anegados en lágrimas, Antón metió la mano en un profundo bolsillo, sacó de él un manojo de llaves y lo depositó sobre la mesa. En la habitación entró Oprishko, el brazo derecho de Antón, y miró, sorprendido a su lloroso jefe. Brátchenko le contempló despectivamente y quiso decir algo, pero se secó en silencio la nariz con la manga y se fue.
De la colonia se marchó aquella misma noche, sin pasar siquiera por el dormitorio. Cuando nuestra gente iba a la ciudad en busca del doctor le vieron en la carretera. Ni siquiera pidió que le llevasen y respondió a la invitación de subir con un ademán desdeñoso.
Dos días más tarde, Oprishko, lloroso y con la cara ensangrentada, irrumpió en mi habitación. No había tenido yo tiempo de interrogarle qué había pasado cuando, toda agitada, llegó corriendo Lidia Petrovna, que aquel día se hallaba de guardia en la colonia.
-Antón Semiónovich, vaya usted a la cuadra: allí está Brátchenko. Y yo, francamente, no comprendo qué es lo que hace..
Camino de la cuadra, encontramos al segundo cochero, el enorme Fedorenko, que lloraba a todo llorar.
-¿Qué pasa?
-Pero, ¿cómo... se puede hacer así? Ha tomado las bridas y, ¡zas!, en los morros...
-¿Quién? ¿Brátchenko?
-Sí, Brátchenko...
En la cuadra encontré a Brátchenko y a otro cochero más en plena faena. Me saludó secamente, pero, al ver detrás de mí a Oprishko, olvidó que yo estaba delante y se abalanzó sobre él:
-Es mejor que ni siquiera entres, porque, de todas maneras, te daré con el sillín. ¡Vaya con el paseante! ¡Jinete! ¡Mire usted lo que ha hecho con el Pelirrojo!
Antón agarró con una mano la linterna y con la otra me arrastró hacia el Pelirrojo. El caballo tenía, efectivamente, una terrible rozadura en las cruces, pero sobre la herida había ya un trapito blanco, y Antón lo alzó cuidadosamente y luego volvió a colocarlo donde estaba.
-Le he puesto xeroformo -me dijo seriamente.
-Pero, vamos a ver, ¿qué derecho tenías tú a venir sin permiso a la cuadra, a castigar a nadie, a pelearte?
-¿Usted cree que ya no le pegaré más? Mejor será no aparezca ante mi vista: de todas maneras le golpearé.
En la puerta de la cuadra, un tropel de colonos se reía a carcajadas; No me sentí con fuerzas para reprender a Antón: se hallaba demasiado seguro de que él y los caballos estaban en lo justo.
-Escúchame, Antón: por haber pegado a los muchachos pasarás castigado está tarde en mi habitación.
-Pero ¿cuándo voy a poder? ...
-¡Basta de hablar! -le grité.
-Bueno. Encima estate sentado...
Pasó la tarde en mi habitación, leyendo enfadado un libro.
El invierno de 1922 trajo días difíciles para Antón y para mí. El campo de avena sembrado por Kalina Ivánovich en un terreno arenoso y sin abonar casi no nos produjo grano ni paja. Prados no teníamos aún. En enero se, acabó el forraje. Al principio, nos arreglamos de algún modo, suplicando bien en la ciudad, bien a los vecinos, pero la gente dejó pronto de ayudarnos. ¡Cuántas veces Kalina Ivánovich y yo traspusimos el umbral de las oficinas de Abastos! Fue en vano: no sacamos nada.
Por fin, llegó la catástrofe. Brátchenko me comunicó con lágrimas en los ojos que los caballos llevaban ya días sin comer. Yo callé. Llorando y profiriendo juramentos, el muchacho limpiaba la cuadra: ya no tenía otro trabajo. Los caballos estaban tumbados, y Antón insistía sobre todo, en ello.
Al día siguiente, Kalina Ivánovich regresó, furioso y perplejo, de la ciudad.
-¿Qué vas a hacerle? No dan nada... ¿Qué hacer?
De pie junto a la puerta, Antón callaba.
Kalina Ivánovich hizo un ademán de impotencia y miró a Brátchenko.
-¿Qué hacer? ¿Ir a robar acaso? Las bestias no saben hablar...
Antón abrió bruscamente la puerta y salió corriendo de la habitación. Una hora más tarde me dijeron que se había marchado de la colonia.
-¿A dónde?
-¡Quién lo sabe! ... No, ha dicho nada a nadie.
Al día siguiente se presentó en la colonia acompañado de un aldeano con un carro de paja. El campesino vestía una chaqueta nueva y se tocaba con un buen gorro. Las ruedas del carro golpeaban rítmicamente, y los caballos tenían un aspecto muy lozano. El campesino tomó a Kalina Ivánovich por el encargado.
-Ese muchacho me ha dicho en la carretera que aquí se recibe el impuesto en especie.
-¿Qué muchacho?
-Ese que estaba aquí... Hemos venido juntos...
Desde la cuadra, Antón me hacía unas señas incomprensibles.
Kalina Ivánovich sonrió confuso sin dejar de fumar su pipa y me llevó aparte:
-¿Qué podemos hacer? Vamos a aceptar este carro, y después veremos.
Yo me había dado ya cuenta de qué se trataba.
-¿Cuánto hay aquí?
-Unos veinte puds. No lo he pesado.
Antón apareció en el lugar de la acción y objetó:
-Usted mismo me ha dicho por el camino que diecisiete y ahora sale con que veinte. Diecisiete puds.
-Descárguelos usted y pase a la oficina por el recibo.
En la oficina, es decir, en un pequeño despachito que por aquel entonces me había improvisado entre los locales de la colonia, yo escribí con una mano criminal en papel timbrado que el ciudadano Onufri Vats había entregado a cuenta del impuesto en especie diecisiete puds, de paja de avena. Firmé después y estampé el sello.
Onufri Vats se inclino profundamente y nos agradeció no sé qué.
Se fue. Brátchenko trabajaba alegremente con toda su compañía en la cuadra; incluso se le oía cantar. Kalina Ivánovich se frotaba las manos y sonreía con un aire culpable.
-¡Diablos! Te va a caer el pelo por una broma así pero, ¡qué vas a hacerle! ¡No se puede dejar morir así a los animales! De todas formas, son del Estado...
-¿Y por qué se ha ido tan contento ese tipo? -pregunté a Kalina Ivánovich.
-¿Y tú qué crees? Si no hubiera sido por nosotros habría tenido que ir a la ciudad y hacer cola encima, mientras que aquí el parásito ha dicho que son diecisiete sin haberlo comprobado nadie, y quizá no haya más de quince.
A los dos días entró en el patio una carreta cargada de heno.
-El impuesto en especie. Vats lo ha entregado aquí...
-¿Y usted cómo se llama?
-Yo también soy Vats. Stepán Vats.
-Ahora mismo.
Fui en busca de Kalina Ivánovich para pedirle consejo. En el zaguán tropecé con Antón.
-¿Ves? Tú has indicado el camino, y ahora...
-Recíbalo, Antón Semiónovich; ya nos justificaremos.
Era imposible aceptarlo, pero tampoco podía uno negarse. ¿Por qué, preguntarían, se admitía el impuesto a un Vats y a otro no?
-Anda, recibe tú el heno, mientras yo extiendo el recibo.
Y todavía recibimos dos carros más de forraje y cuarenta puds de avena.
Yo esperaba medio muerto el castigo. Antón me contemplaba atentamente y sonreía apenas con la comisura de labios. Pero había dejado de luchar contra todos los consumidores del transporte, cumplía gustosamente cualquier disposición y trabajaba en la cuadra como un titán.
Por fin, recibí una nota breve, aunque enérgica:
"Comunique inmediatamente con qué autorización recibe la colonia el impuesto en especie.
El comisario regional de Abastos Aguéiev".
No hablé de la nota ni con Kalina Ivánovich. Y no contesté a ella. ¿Qué podía contestar?
En abril entró velozmente en la colonia una tachanka tirada por un par de caballos negros, y Brátchenko, asustado, irrumpió en mi despacho.
-Viene hacia aquí -anunció jadeante.
-¿Quién?
-Debe ser con motivo de la paja... Viene enfadado.
El muchacho se sentó detrás de la estufa y guardó silencio. El comisario de Abastos era como todos los comisarios, joven, bien plantado, con cazadora de cuero y revólver.
-¿Es usted el director?
-Sí.
-¿Ha recibido mi nota?
-Sí.
-¿Por qué no me ha contestado? ¿Qué es esto de que deba venir yo mismo? ¿Quién le ha autorizado a recibir impuesto?
-Lo hemos recibido sin autorización.
El comisario saltó de la silla y empezó a chillar:
-¿Cómo sin autorización? ¿Sabe usted a qué huele esto? Ahora mismo será detenido, ¿lo sabe?
Yo lo sabía
-Termine de una vez, -pedí al comisario con voz sorda-. No trato de justificarme ni de rehuir nada. Y no grite. Haga lo que crea pertinente.
El comisario recorría en diagonal mi pobre despacho.
-¡El diablo sabe qué es esto! -refunfuñaba, hablando consigo mismo y resoplando como un caballo.
Antón había salido de su escondite, y ahora observaba al enojado comisario. De pronto zumbó en voz baja, lo mismo que un abejorro:
-Nadie habría reparado en el impuesto ni en nada si tuviese a sus caballos cuatro días sin comer. Si sus caballos negros se hubieran pasado cuatro días leyendo periódicos. ¿habrían entrado con tanto brío en la colonia?
Aguéiev se detuvo asombrado:
-¿Y tú quién eres? ¿ Qué necesitas aquí?
-Es nuestro responsable de la cuadra. Más o menos una persona interesada en el asunto -contesté yo.
El comisario volvió a ir y venir por la habitación y de improviso se detuvo frente a Antón:
-¿Lo tenéis, por lo menos, anotado? El diablo sabe que...
Antón saltó hacia mi mesa y balbuceó inquieto:
-¿Está anotado, Antón Semiónovich?
Aguéiev y yo nos echamos a reír.
-Está anotado.
-¿De dónde ha sacado usted a un muchacho tan majo?
-Los hacemos, nosotros mismos -sonreí.
Brátchenko alzó los ojos hacia el comisario y le preguntó entre serio y afable:
-¿Quiere usted que eche de comer a sus caballos?
-Bien, échales de comer.

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