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Poema Pedagógico
Antón Semiónovich Makarenko
I PARTE
9. "AUN
QUEDAN CABALLEROS EN UCRANIA"
Un domingo se embriagó Osadchi. Le trajeron a mi presencia porque
estaba escandalizando en el dormitorio. Sentado en mi habitación,
no cesaba de proferir tonterías de borracho ofendido. Era inútil
hablar con él. Le dejé allí y le ordené que
se acostara. Dócilmente se quedó dormido.
Pero, al entrar en el dormitorio, noté olor a alcohol. Numerosos
muchachos rehuían evidentemente hablar conmigo. No quise complicar
las cosas buscando a los culpables y me limité a decir:
-No es sólo Osadchi quien está borracho. Otros han bebido
también.
Algunos días más tarde hubo nuevos casos de embriaguez en
la colonia. Parte de los muchachos ebrios evitaban encontrarse conmigo;
otros, arrepentidos en medio de su borrachera, acudían, por el
contrario, a mí y, entre lágrimas, charlaban hasta por los
codos y me juraban afecto.
No me ocultaron que les habían invitado en el caserío.
Por la noche hablamos en el dormitorio acerca del daño que produce
la embriaguez, y los culpables prometieron no reincidir. Yo, fingiéndome
completamente satisfecho del desenlace, ni siquiera castigué a
nadie. Tenía ya cierta experiencia, y sabía muy bien que,
en la lucha contra la embriaguez, no había que atacar a los colonos,
sino a algún otro. Dicho sea de paso, ese otro no andaba lejos.
Estábamos rodeados de un mar de samogón*(*Especie de aguardiente
hecho de trigo, remolacha, etc., por procedimientos rudimentarios. (N.
de la Edit.)). En la propia colonia había casos frecuentes de embriaguez
entre los empleados y los campesinos. Al mismo tiempo, supe que Golován
enviaba a los muchachos por samogón. El propio Golován no
lo negó:
-¿Y qué hay de particular en ello?
Kalina Ivánovich, que no bebía nunca, empezó a gritarle:
-¿No comprendes, parásito, lo que significa el Poder soviético?
¿Crees que el Poder soviético existe para que tú
te atiborres de samogón?
Girando con torpeza en la silla chirriante y endeble, Golován argüía:
-¿Y qué hay en ello de particular? ¿Quién
es el que no bebe? Pregunte usted... Todos tienen algún alambique
y beben todo lo que les da la gana ¡Qué el Poder soviético
no beba entonces!...
-¿Qué Poder soviético?
-Pues todo. Y en la ciudad se bebe y los ucranianos también.
-¿Usted sabe quién vende aquí samogón? -le
pregunté.
-¡Cualquiera lo sabe! Yo jamás lo he comprado. Cuando me
hace falta, mando a alguien por él. ¿Por qué quiere
saberlo usted? ¿Piensa confiscar los aparatos de fabricar samogón?
-Pues ¿qué piensa usted? Claro que los confiscaré...
-¡Je! Cuántos quitó la milicia, y ya ve usted: no
ha conseguido nada.
Al día siguiente obtuve en la ciudad un mandato que me autorizaba
a luchar implacablemente contra el samogón en todo el territorio
de nuestro Soviet rural. Por la noche celebré un consejo con Kalina
Ivánovich. El viejo se sentía escéptico:
-No te, metas en este asunto sucio. Aquí hay montado todo un negocio:
el presidente, Grechani, es de ellos, ¿comprendes? Y en los caseríos,
mírese a donde se mire, todos son Grechani y nada más que
Grechani. Gente, que ¿sabes?, no ara con caballos, sino con bueyes.
Y date cuenta: tienen Gonchárovka así -y Kalina Ivánovich
mostró el puño cerrado- ¡La tienen bien sujeta los
parásitos y no hay nada que hacer!
-No comprendo, Kalina Ivánovich. ¿Qué tiene ver el
samogón con eso?
-¡Qué hombre más raro eres! ¡Parece mentira
que tengas ilustración! Todo, el poder está en sus manos,
vale que no te metas con ellos, porque, si no, te harán imposible
la vida. ¿Comprendes?
En el dormitorio previne a los colonos:
-Muchachos, os digo sinceramente que no permitiré beber a ninguno.
Y expulsaré del caserío a esa banda de fabricantes de samogón.
¿Quién quiere ayudarme?
La mayoría de los muchachos se quedaron perplejos, pero otros se
me ofrecieron con fervor. A Karabánov le brillaron los grandes
ojos negros.
-Eso está muy bien. Muy bien. Es preciso meter un poco en cintura
a esos mujiks.
Invité en calidad de ayudantes a tres muchachos: Zadórov,
Vólojov y Taraniets. Avanzada la noche del sábado, nos pusimos
a elaborar el plan. En torno a mi mesilla de noche, los muchachos permanecían
inclinados sobre un plano del caserío, trazado por mí, y
Taraniets, las manos hundidas en sus greñas pelirrojas, husmeaba
el papel con su nariz salpicada de pecas.
Atacaremos una jata -dijo-, y en las otras esconderán el samogón.
Tres personas son pocas.
-¿Es que hay samogón en tantas jatas?
-En casi todas: en la de Musi Grechani lo fabrican, y en la de Andréi
Kárpovich, y en la del propio presidente Serguéi Grechani.
Los Verjolas se dedican también todos a fabricarlo y las mujeres
lo venden en la ciudad. Necesitamos más muchachos; si no, ¿sabe?,
nos hincharán los morros y no conseguiremos nada.
Sentado silenciosamente en una esquina, Vólojov bostezaba.
-¡Qué van a poder con nosotros! Únicamente con Karabánov
nos basta. Y nadie se atreverá a tocarnos ni con un solo dedo.
Yo conozco bien a esos mujiks. Nos tienen miedo.
Vólojov participaba en la operación sin entusiasmo. Todavía
entonces me trataba con frialdad:
la disciplina le era odiosa. Pero estaba entregado fielmente a Zadórov
y le seguía sin comprobar ninguna cuestión de principio.
Zadórov, como siempre, sonreía tranquilo y seguro. Sabía
hacerlo todo sin desgastar su personalidad y sin pulverizar ni un solo
gramo de su ser. Y también yo, igual que siempre, no confiaba en
nadie como en Zadórov: lo mismo ahora, sin perder su personalidad,
sería capaz de efectuar cualquier proeza si la vida le llamaba
a ella.
-Y Zadórov dijo a Taraniets:
-No le des vueltas, Fiódor; di claramente por qué jata debemos
empezar y a dónde hay que ir después. Lo demás, mañana
se verá. Eso sí, hay que llevar a Karabánov: sabe
hablar con los mujiks, porque él mismo lo es. Y ahora vamos a dormir,
que mañana debemos salir antes de que estén todos borrachos
en los caseríos, ¿De acuerdo, Gritskó?
-Sí -resplandeció Vólojov.
Nos separamos. Por el patio paseaban Lídochka y Ekaterina Grigórievna.
-Los muchachos -dijo Lídochka- dicen que -van ustedes en busca
de samogón. ¿Qué falta le hace a usted eso? ¿Es
tal vez un trabajo pedagógico? ¿Qué pensarán
de nosotros?
-Se trata, precisamente, de un trabajo pedagógico. Venga usted
mañana con nosotros.
-¿Cree que tengo miedo? Iré. Sólo que ése
no es un trabajo pedagógico...
-Entonces, ¿viene usted?
-Sí.
Ekaterina Grigórievna me llamó aparte:
-Pero, ¿a santo de qué lleva usted a esa niña?
-No le haga caso -gritó Lidia Petrovna-; iré pesar de todo.
De tal manera, formamos una comisión de cinco personas.
A las siete de la mañana llamamos a la puerta de Andréi
Kárpovich Grechani, nuestro vecino más inmediato. La llamada
sirvió de señal para una compleja obertura canina que se
prolongó alrededor de cinco minutos.
Únicamente después de la obertura comenzó la representación
en regla.
Se inició con la salida a escena del abuelo Andréi Grechani,
un viejecillo pequeño, con la cabeza monda, conservaba una barbita
cuidadosamente recortada. El abuelo Andréi nos preguntó
secamente:
-Qué desean ustedes?
-En su casa hay un aparato de fabricar samogón y nosotros venimos
a destrozarlo -contesté yo-; aquí está la orden de
la milicia provincial.
-¿Un aparato de fabricar samogón? -repitió, perplejo,
el abuelo Andréi, haciendo correr una aguda mirada por nuestras
caras y por la abigarrada vestimenta de colonos.
Pero en aquel momento se inmiscuyó en fortíssimo la orquesta
canina. Karabánov, a espaldas del abuelo, consiguió aproximarse
al plano posterior y tumbar; por medio de un palo que llevaba previsoramente,
a un perro melenudo y Pelirrojo, que respondió al atentado con
estruendoso solo dos octavas más alto de la corriente voz canina.
Nos lanzamos por la brecha, ahuyentando a los perros. Vólojov les
gritó, con una voz imperiosa de bajo, y los perros se dispersaron
por los rincones del patio, matizando los acontecimientos ulteriores con
una música poco expresiva de ladridos en que se sentía la
ofensa. Karabánov estaba ya en la jata y, cuando entramos en ella
con el abuelo nos mostró triunfalmente lo que buscábamos:
el aparato de fabricar samogón.
-¡Aquí está!
El abuelo Andréi daba vueltas por la jata. Su chaqueta nueva de
lustrina brillaba lo mismo que en la ópera.
-¿Habéis hecho samogón ayer? -interrogó Zadórov.
Sí, ayer -contestó el abuelo Andréi, rascándose,
confuso, la barbita y viendo cómo Taraniets sacaba de debajo de
un banco que había en el ángulo delantero un cuarterón
lleno de néctar color rosáceo-malva.
De improviso el abuelo Andréi se enfureció y se lanzó
sobre Taraniets, calculando justamente que lo más fácil
sería agarrarle en la angosta esquina, escombrada por los bancos,
la mesa y los iconos. Y, en efecto, consiguió sujetar a Taraniets,
pero Zadórov tomó con toda tranquilidad el cuarterón
por encima de la cabeza del abuelo, y al anciano no le quedó más
que la sonrisa injuriosamente abierta y encantadora de Taraniets.
-¿Qué pasa, abuelo?
-¿Cómo no os da vergüenza? -gritó colérico
el abuelo- No tenéis conciencia. Andáis robando por las
jatas. ¡Y hasta traéis a una muchacha con vosotros! ¿Cuándo
dejaréis de dar guerra? ¿Cuándo os tragará,
por fin la tierra?
-¡Eh, abuelo! Pero si resulta que es usted poeta -dijo, gesticulando
animadamente, Karabánov y, apoyándose en el palo, quedó
inmóvil ante el abuelo en una actitud expectante y teatral.
-¡Fuera de mi jata! -gritó el abuelo Andréi, y, empuñando
una enorme horquilla que había junto al horno, golpeó torpemente
en un hombro a Vólojov.
Vólojov se echó a reír y volvió a poner la
enorme horquilla junto al horno, haciendo ver al abuelo un nuevo detalle
del suceso:
-Vale más que mire usted hacia allí.
El abuelo volvió la vista y vio a Taraniets, que descendía
del horno con otro cuarterón en las manos, sin perder su franca
y encantadora sonrisa. El abuelo Andréi se desplomó en un
banco, bajó la cabeza e hizo un ademán de impotencia.
Lídochka se sentó a su lado.
-¡Andréi Kárpovich! -comenzó a hablarle cariñosamente-
Usted sabe que la ley prohíbe fabricar aguardiente. ¡Hay
que ver cuánto trigo se pierde así! ¡Con el hambre
que hay alrededor!
-Hambre pasa el vago. El que trabaja, no tiene hambre.
-¿Y usted abuelo, ha trabajado? -preguntó con voz sonora
y jovial Taraniets, sentándose en el horno- A lo mejor es Stepán
Nechiporenko quien ha trabajado.
-¿Stepán?,
-Sí, Stepán. Y usted le ha echado de su casa sin pagarle
ni darle ropa, y ahora él pide que le admitan en la colonia.
-Taraniets chascó alegremente la lengua mirando al abuelo y saltó
del horno.
-¿Que hacemos con todo esto? -inquirió Zadórov
-Romperlo en el patio.
-¿Y el aparato?
-El aparato también.
El abuelo no salió al lugar de la ejecución: se quedó
en la jata, escuchando las digresiones económicas, sicológicas
y sociales que Lidia Petrovna había comenzado a desarrollar ante
él con tanto éxito. Los perros, llenos de indignación,
representaban los intereses del amo desde los rincones del patio en que
se habían guarecido. Sólo cuando ya nos íbamos, algunos
de ellos expresaron una protesta tardía y sin objeto.
Zadórov hizo salir previsoramente a Lídochka de la jata:
-Venga con nosotros, porque, si no, el abuelo hará salchichas de
usted...
Lídochka salió, animada por la conversación que había
mantenido con el abuelo Andréi:
-¿Sabéis? ¡Lo ha, comprendido todo! Está de
acuerdo con que hacer samogón es un crimen.
Le respondió una carcajada de los muchachos. Karabánov miró
irónicamente a Lídochka:
-¿Conque de acuerdo? ¡Qué formidable! Si hubiera estado
usted hablando más tiempo con él habría roto personalmente
el aparato, ¿verdad?
-Dé las gracias a que su mujer no estaba en casa -dijo Taraniets-.
Ha ido a la iglesia de Gonchárovka. En cambio, tendremos que oír
a la de Verjola.
Luká Semiónovich Verjola visitaba frecuentemente la colonia
por diversos asuntos y también nosotros solíamos dirigirnos
a él en busca de cosas que nos hacían falta: bien una collera,
bien una carreta; bien un tonel. Luká Semiónovich era un
diplomático de talento, ubicuo, hablador y servicial. Muy apuesto,
sabía cuidar su barba rizada, de un rojo brillante. Tenía
tres hijos: el mayor, Iván, era irresistible en diez kilómetros
a la redonda, porque tocaba un acordeón vienés de tres filas
y lucía gorras de un color verde despampanante.
Luká Semiónovich nos recibió afablemente:
-¡Ah, queridos vecinos! ¡ Pasen ustedes, pasen ustedes! Ya
he oído, ya he oído que están buscando ustedes aparatos.
Muy bien, muy bien. Siéntense. Joven, siéntese usted aquí,
en el banco. ¿Y qué hay de nuevo? ¿Han encontrado
albañiles para la finca de los Trepke? Porque, si no, yo, que pienso
ir mañana a Brigadírovka, podría traerles a alguno
de allí. Hay allí unos albañiles que... Pero ¿por
qué no se sienta, joven? Yo no tengo ningún aparato; no
me dedico a eso. No se puede. ¿Cómo podría yo?...
Una vez que el Poder soviético ha dicho que no se puede, yo comprendo
que no debe ser... Mujer, no seas tacaña: ¡se trata de unos
visitantes de calidad!...
En la mesa apareció una fuente llena de nata hasta los bordes y
una montaña de empanadas de requesón. Luká Semiónovich
invitaba sin implorar, ni adular. Nos arrullaba con su voz agradable de
bajo; sus modales eran los de un señor hospitalario. Yo observé
que los corazones de los colonos se estremecían a la vista de la
nata. Vólojov y Taraniets no podían quitar los ojos del
rico convite. Zadórov, de pie en la puerta, sonreía, sonrojándose
y comprendiendo lo desesperado de la situación. Karabánov,
que se había sentado junto a mí, susurro, aprovechando un
momento oportuno:
-¡Menudo hijo de perra!... ¿Qué vamos a hacerle? No
tenemos más remedio que comer. Yo no puedo resistir: ¡Palabra
que no puedo!
Luká Semiónovich ofreció una silla a Zadórov.
-¡Coman, queridos vecinos, coman! Podríamos seguir también
un poco de aguardiente, pero como vienen ustedes para un asunto así...
Zadórov se sentó frente a mí, bajó la vista
y se metió media empanada en la boca, llenándose de nata
la barbilla. Taraniets tenía unos bigotes de nata, que le llegaban
hasta las mismas orejas. Vólojov engullía empanadilla tras
empanadilla, sin manifestar la menor emoción.
Sirve más empanadillas -ordenó Luká Semiónovich
a su mujer-. Toca algo, Iván...
-Ahora hay servicio en la iglesia -objetó la mujer.
-Eso no tiene, importancia-, repuso Luká Semiónovich-; para
unos visitantes como éstos se puede tocar.
El apuesto Iván, apacible y silencioso; empezó a tocar Brilla
la luna. Karabánov se desternillaba de risa.
-¡Vaya unos visitantes!...
Después del agasajo, la conversación se animó. Luká
Semiónovich apoyaba con gran entusiasmo nuestros planes relativos
a la hacienda de los Trepke y estaba dispuesto a acudir en nuestra ayuda
con todos sus recursos.
No vale la pena de que estén ustedes aquí, en el bosque.
Trasládense lo antes posible; allí hace falta el ojo del
amo. Y aprovechen también el molino. La fábrica esa no saber
dirigir el asunto. Los mujiks se quejan, se quejan mucho. Hay que moler
harina blanca para las empanadillas de Pascua, pero uno se pasa un mes
entero yendo hasta allí, y nada. Al mujik le gustan las empanadillas.
Sin embargo, ¿cómo va a hacerlas cuando falta la harina
blanca, que es lo más importante?
-Tenemos poca fuerza para el molino -repliqué yo.
-¿Por qué poca? La gente le ayudará... No sabe usted
cuánto le aprecia la gente de aquí. Todos están diciendo
siempre: ,"Ése sí que es un hombre bueno..."
En aquel momento lírico apareció Taraniets en la puerta,
y en la jata resonó el chillido del ama asustada. Taraniets tenía
en sus manos la mitad de un magnífico alambique, su parte más
vital, el serpentín. Nosotros ni siquiera habíamos advertido
la ausencia de Taraniets.
Lo he encontrado en la buhardilla -explicó Taraniets-. También
hay allí samogón. Tibio aún.
Luká Semiónovich se mesó la barba y dejó de
sonreír, nada más que por un brevísimo instante.
En el acto se recobró y, acercándose a Taraniets se detuvo,
sonriente, ante él. Después se rascó detrás
de la oreja y me guiñó un ojo.
-Este muchacho dará fruto. Bueno, si es así, yo no puedo
decir nada... Y ni siquiera me ofendo. La ley es la ley. ¿Qué
van a hacer ustedes con el aparato? ¿Romperlo? Iván, ayúdales...
Pero la Verjolija no compartía la lealtad de su cuerdo esposo y,
arrancando el serpentín de las manos de Taraniets, clamó:
-Pero, ¿quién os va a permitir que lo rompáis? ¡Cuando
vosotros hagáis uno, podréis romperlo!¡Harapientos
del demonio! ¡Como no os marchéis, voy a daros en la cabeza!...
El monólogo de la Verjolija fue interminablemente largo. Lídochka,
que hasta entonces había permanecido silenciosa en el ángulo
delantero, intentó entablar un apacible debate acerca del daño
que produce el samogón, pero la Verjolija poseía unos espléndidos
pulmones. Ya habían sido rotas las botellas de samogón;
ya Karabánov, armado de una palanca de hierro, concluía
en medio del patio de destrozar el aparato; ya se despedía afablemente
de nosotros Luká Semiónovich y nos suplicaba que volviéramos
a visitarle, asegurándonos que no se sentía ofendido, ya
Zadórov había estrechado la mano de Iván y ya Iván
había comenzado a tocar algo, y todavía la Verjolija, chillona
y gimiente, seguía encontrando nuevos matices para pintar nuestro
proceder y augurar nuestro triste sino. Desde los patios contiguos nos
miraban mujeres inmóviles; ladraban y aullaban los perros, saltando
por los alambres tendidos en los patios, y los dueños de las casas
movían la cabeza, mientras limpiaban sus cuadras.
Nosotros saltamos a la calle, y Karabánov se dejó caer contra
una valla próxima.
-¡Ay, no puedo, no puedo! ¡Vaya unos invitados! ¿Cómo
decía la mujer? ¡Que se os hinche la barriga de la nata!
¿Cómo tienes tú la tripa, Vólojov?
Aquel día acabamos con seis aparatos de fabricar samogón.
Por nuestra parte no hubo bajas. Únicamente, al salir de la última
jata nos tropezamos con Serguéi Petróvich Grechani el presidente
del Soviet rural. El presidente se parecía al cosaco Mamái,
cabellos negros untados de aceite y pegados al cráneo y un bigotillo
ensortijado. A pesar de su juventud, era el campesino más ordenado
del distrito y se le tenía por un hombre muy cabal. Todavía
desde lejos nos gritó:
-¡ Espérenme!
Le esperamos.
-¡Buenos días! ¡Felicidades!... Permítame que
me interese, ¿en qué mandato se basa semejante intervención
arbitraria? ¿Por qué rompen ustedes los aparatos de la gente?
¿Qué derecho tienen a ello?
Afiló más aún sus bigotes y escrutó nuestras
sospechosas fisonomías.
Yo le tendí en silencio el mandato de la "intervención
arbitraria" Estuvo dándole vueltas largo rato y me lo devolvió
descontento.
-Esto, claro está, es una autorización, pero la gente se
molesta. Si una colonia cualquiera se dedica a hacer esto no se podrá
asegurar al Poder soviético que este asunto concluirá bien.
Yo mismo lucho contra el samogón.
-Pero también usted tiene un aparato -dijo en voz baja Taraniets,
permitiendo a sus penetrantes ojillos escrutar con descaro el rostro del
presidente. El presidente miró con ferocidad al andrajoso Taraniets.
-¡Tú! ¡Tú a callar! ¿Quién eres
tú? ¿De la colonia? Llevaremos este asunto hasta lo más
alto, y entonces verá por qué cualquier criminal puede injuriar
libremente a los presidentes de los organismos locales. Nos separamos.
Nuestra expedición había sido provechosa. Al otro día
Zadórov anunciaba en la fragua a nuestros clientes:
-El domingo próximo lo haremos mejor aún. Ese día
saldrá toda la colonia, los cincuenta que somos.
Los aldeanos asentían con la cabeza y expresaban su conformidad:
-Eso, desde luego, está bien. Porque el trigo se desperdicia y,
ya que se trata de una cosa prohibida, está bien.
En la colonia se dejó de beber, pero apareció un nuevo mal:
los naipes. Empezamos a advertir que en el comedor era frecuente que uno
u otro colono comiera sin pan, que la limpieza o cualquier otro trabajo
desagradable no fuese ejecutado por el que debía hacerlo, sino
por otro.
-¿Por qué limpias hoy tú en vez de Ivanov?
-Me lo ha pedido.
El trabajó a petición se convirtió en un fenómeno
corriente y hasta llegaron a formarse grupos concretos de "peticionarios".
Aumentaba también el número de colonos que renunciaban a
la comida y cedían su ración a algún camarada.
En una colonia infantil no puede haber mayor desgracia que los naipes.
Los naipes sacan al colono de la esfera común de consumo y le obligan
a buscar recursos complementarios, pero la única vía para
ellos es el robo. Por eso me apresuré a lanzarme al ataque contra
este nuevo enemigo.
Ovcharenko, un muchacho alegre y enérgico, ya habituado a la colonia,
huyó de ella. No conseguí poner en claro los motivos de
su fuga. Al día siguiente, le encontré en el mercado de
la ciudad; pero, a pesar de todos mis esfuerzos para convencerle, se negó
a volver a la colonia. Le noté lleno de confusión al hablar
conmigo.
Una deuda de juego era considerada como una deuda de honor entre nuestros
educandos. Negarse a pagar semejante deuda implicaba no sólo el
apaleamiento y otros medios coercitivos, sino también el desprecio
general.
De regreso a la colonia, pregunté por la noche a los muchachos:
-¿Por qué ha escapado Ovcharenko?
-¿Cómo vamos a saberlo?
-Vosotros lo sabéis.
Silencio.
Aquella misma noche, con ayuda de Kalina Ivánovich efectué
un registro general. Sus resultados me dejaron estupefacto: debajo de
las almohadas, en los cofres, en las cajas, en los bolsillos de algunos
colonos hallé verdadero depósitos de azúcar. El más
rico era Burún: en su cofre, que él mismo se había
construido con mi permiso en el taller de carpintería, aparecieron
más de treinta libras, Pero más interesante aún era
lo que se encontró en poder de Mitiaguin. Debajo de su almohada
se le hallaron dentro de un viejo gorro de piel unos cincuenta rublos
en monedas de cobre y plata.
Burún; muy compungido, confesó sinceramente:
-Lo he ganado jugando a las cartas.
-¿A los colonos?
-Sí.
Mitiaguin respondió:
-Yo no diré nada.
El depósito principal de azúcar, de prendas ajenas, de blusas,
de pañuelos, de bolsillos, estaba en la habitación donde
vivían nuestras tres muchachas: Olia, Raísa y Marusia. Las
muchachas se negaron a decir quién era el dueño de tales
reservas. Olia y Marusia lloraban, Raísa había optado por
enmudecer.
En la colonia teníamos, efectivamente, a tres muchachas. La comisión
nos las había enviado por robos domiciliarios. Una de ellas, Olia
Vóronova, debía de haber caído, probablemente por
casualidad, en una historia desagradable, caso frecuente entre las criadas
menores de edad. Marusia Lévchenko y Raísa Sokolova, muy
desenvueltas y depravadas, blasfemaban e intervenían en las borracheras
de los muchachos y en las partidas de cartas, que transcurrían
principalmente en su habitación. Marusia, que se distinguía
por un carácter insoportablemente histérico, ofendía
con frecuencia y hasta pegaba a sus compañeras de colonia. Al menor
pretexto, siempre andaba peleando también con los muchachos. Ella
misma se tenía por "un caso perdido", y cada vez que
le hacíamos una observación o le dábamos un consejo
nos contestaba monótonamente:
-¿Por qué se molesta, usted? Yo soy un caso perdido.
Muy gorda, sucia, reidora, indolente, Raísa distaba mucho de ser
tonta y poseía alguna instrucción. Por haber estudiado en
el liceo, nuestras educadoras la habían convencido de que debía
prepararse para el ingreso e Rabfak (Facultad obrera). Su padre -un zapatero
de nuestra ciudad- había sido degollado dos años atrás
en compañía de borrachos; la madre bebía y mendigaba.
Raísa afirmaba que esa mujer no era su madre, que ella había
sido abandonada de niña en casa de los Sokolov, pero los muchachos
decían que Raísa fantaseaba:
-Pronto dirá que su padre fue un príncipe.
Marusia y Raísa observaban una actitud de independencia frente
a los muchachos y gozaban de cierto respeto por su parte como antiguas
y expertas ladronas. Precisamente por ello Mitiaguin y otros les confiaban
importantes detalles de sus tenebrosas operaciones.
Con la llegada de Mitiaguin, los elementos, del hampa representados en
la colonia habían aumentado en cantidad y en calidad.
Mitiaguin era un ladrón calificado, hábil, listo, afortunado
y valiente. Además de todo eso, le caracterizaba una extraordinaria
simpatía. Tenía unos diecisiete años, tal vez más.
Su rostro poseía una "marca especial": unas cejas de
blancura brillante, formadas por unos mechones completamente canosos y
espesos. Según él, esta marca estorbaba frecuentemente el
éxito de sus empresas. De todas maneras, ni siquiera se le ocurría
pensar que pudiese dedicarse a otra cosa que al robo. La misma noche de
su llegada a la colonia se explayó conmigo de manera franca y amistosa:
-Los muchachos hablan bien de usted, Antón Semiónovich.
-Bueno, ¿y qué?
-Eso es magnífico. Si los muchachos se encariñan con usted,
les será más fácil.
-Entonces tú también tendrás que tomarme cariño.
-No. Yo no pienso estar mucho tiempo en la colonia.
-¿Por qué?
-Porque es igual. De todas maneras, seré ladrón.
-De eso puede uno desacostumbrarse.
-Sí, se puede, pero a mí me parece que no hay necesidad.
-Tú presumes, Mitiaguin.
-Ni pizca. Robar es interesante y divertido. Sólo que hay que saberlo
hacer y, además, no se debe robar a todo el mundo. Hay muchos miserables,
a los que nos ordena robar el propio Dios. Pero hay también otra
gente a quien no se debe robar.
En eso tienes razón -dije a Mitiaguin-, pero el mal mayor no es
para el robado, sino para el ladrón.
-¿Y en qué consiste el mal?
-Pues en que, una vez acostumbrado a robar, te deshabitúas del
trabajo, todo se te da fácilmente, te familiarizas con la bebida,
y te quedas estancado, te conviertes en un golfo y nada más. Después
la cárcel y, más adelante, quién sabe...
-¡Como si los que están en la cárcel no fueran gente!
En libertad viven muchos que son peores que los que están en la
cárcel. Eso no se puede saber.
-¿Has oído hablar de la Revolución de Octubre?
-¡Claro que he oído hablar! Yo mismo he ido detrás
la Guardia Roja.
-Pues bien: la gente no va a vivir ahora como se vive en la cárcel.
-¡Quién lo sabe! -arguyó, pensativo, Mitiaguin-. De
todas formas, queda mucha basura. Recuperarán lo suyo de una manera
u otra. ¡Fíjese usted en la gente que hay alrededor de la
colonia! ¡Menuda es!
Cuando disolví la organización de juego de la colonia Mitiaguin
se negó a declarar la procedencia del gorro lleno de dinero.
-¿Lo has robado?
Sonrió:
-¡Qué ingenuo es usted, Antón Semiónovich!...
Claro que no lo he comprado. Todavía hay muchos tontos en el mundo.
Este dinero lo llevaron los tontos a un sitio y se lo dieron con toda
clase de reverencias a unos granujas barrigudos. ¿Por qué
iba a limitarme yo a contemplarlo? ¿No era mejor que lo cogiese
para mí? Y eso es lo que hice. Lo malo es que en su colonia no
tenemos donde guardarlo. Jamás creí que haría usted
registros...
-Bien. Tomo el dinero para la colonia. Ahora mismo levantaremos un acta.
Por ahora no se trata de ti.
Hablaré a los muchachos acerca de los robos:
-Prohíbo enérgicamente las partidas de cartas. No jugaréis
más a los naipes. Jugar a los naipes significará robar al
compañero.
-Que no jueguen.
-Juegan porque son tontos. Hay en la colonia muchos chicos que pasan hambre,
que no comen pan ni azúcar. Por culpa de estos mismos naipes, Ovcharenko
se fue de la colonia. Ahora anda por ahí llorando, está
echándose a perder en el mercado...
-Sí, con Ovcharenko la cosa no estuvo bien -aprobó Mitiaguin.
Yo proseguí:
-Resulta que en la colonia no hay quien defienda al compañero débil.
Por eso soy yo quien asume la defensa. No puedo permitir que los muchachos
pasen hambre y pierdan la salud sólo por no haberles llegado a
tiempo algún naipe estúpido. No lo toleraré. Por
lo tanto, elegid. No me gusta registrar vuestros dormitorios, pero, cuando
he encontrado en la ciudad a Ovcharenko, cuando he visto cómo llora
y está a punto de perderse, he decidido no gastar ceremonias con
vosotros. Y, si queréis, vamos a ponernos de acuerdo para no jugar
más. ¿Podéis darme vuestra palabra de honor? Sólo
me temo que no estéis muy fuertes en cuestiones de honor. Burún
me dio su palabra...
Burún dio un salto adelante:
-No es verdad Antón Semiónovich; vergüenza debería
darle decir cosas que no son ciertas. Si también usted va a andar
con mentiras... entonces nosotros... Yo no le di ninguna palabra acerca
de las cartas...
-Bueno, perdóname. La culpa fue mía. Entonces no comprendí
que hacía falta que me dieses palabra de no jugar, palabra de no
beber...
-Yo no bebo.
-Bien, asunto concluido. ¿Y ahora cómo vamos a hacer?
Avanza lentamente Karabánov. Es irresistiblemente original y gracioso
y, como siempre, posa un poco. De él emana una fuerza bovina criada
en las estepas, que Karabánov parece contener deliberadamente.
-Muchachos, la cosa está clara. No hay que engañar a los
compañeros. Aunque os enfadéis, aunque os pongáis
como os pongáis, yo estoy en contra de los naipes. Así,
pues, sabedlo bien: no descubriré nada, pero, de los naipes sí
hablaré. Y, si me apuráis mucho, pondré en juego
las manos. Porque yo vi a Ovcharenko cuando se iba y puede decirse que
entonces empujamos a la tumba a un compañero: vosotros mismos sabéis
que Ovcharenko no tiene talento de ladrón. Los que le ganaron son
Burún y Raísa. Creo que ellos deben ir a buscarle y no volver
sin él. -Burún asintió calurosamente:
-¿Para qué diablos me hace falta Raísa? Yo mismo
lo encontraré.
Todos los muchachos rompieron a hablar al mismo tiempo: había unanimidad
en el acuerdo. Burún confiscó por su propia mano todos los
naipes y los arrojó a un cubo. Kalina Ivánovich recogió
alegremente el azúcar:
-Muchas gracias. Habéis hecho economías.
Mitiaguin me acompañó cuando salía del dormitorio
-¿Debo marcharme de la colonia?
Le respondí tristemente:
-No, ¿para qué? Sigue un poco más.
-De todas formas, robaré.
-Que el diablo te lleve, roba. No soy yo quien va a perderse, Sino tú.
Asustado, se separó.
A la mañana siguiente Burún fue a la ciudad en busca de
Ovcharenko. Los muchachos arrastraban tras él a Raísa. Karabánov
relinchaba por toda la colonia y palmoteaba a Burún en los hombros:
-¡Eh! ¡Aún quedan caballeros en Ucrania!
Zadórov reíase en la puerta de la fragua. Se dirigió
amistosamente, como siempre:
-Son unos sinvergüenzas, pero se puede vivir con ellos.
-¿Y tú quién eres? -le preguntó ferozmente
Karabánov.
-Ex atracador, descendiente de atracadores, y en la actualidad herrero
de la colonia de trabajo Máximo Gorki, Alexandr Zadórov
-dijo, poniéndose firme.
-¡En su lugar de descanso! -repuso Karabánov, y pasó,
contoneándose, a lo largo de la fragua.
Al caer la tarde, Burún trajo a Ovcharenko, hambriento y feliz.
10. LOS
"ASCETAS DE LA EDUCACIÓN SOCIALISTA"
Los "ascetas de la educación socialista" eran cinco,
yo incluido. Nos llamó así un camarada. Nosotros mismos
no nos llamamos nunca de tal modo. Al contrario, ni siquiera pensábamos
que estuviésemos realizando una hazaña. No lo pensábamos
cuando la colonia daba tan sólo sus primeros pasos ni lo pensamos
más tarde; al cumplir la colonia el octavo aniversario de su nacimiento.
Al hablarse de ascetismo, no se tenía únicamente en cuenta
al personal de la colonia Gorki y por eso nosotros considerábamos
en nuestro fuero interno esas palabras como una frase halada, imprescindible
para el mantenimiento de la moral de los trabajadores de las casas y de
las colonias de niños.
Entonces había mucho heroísmo en la vida soviética
y en la lucha revolucionaria, y nuestro trabajo era excesivamente modesto,
tanto en sus expresiones como en sus éxitos.
Nosotros, personas de lo más corriente, teníamos una infinidad
de diversos defectos. Y, hablando con propiedad, no conocíamos
nuestra profesión: nuestra jornada de trabajo estaba llena de errores,
de movimientos inseguros, de ideas confusas. Y por delante teníamos
unas tinieblas infinitas, en las que discerníamos difícilmente,
a retazos, los contornos de nuestra futura vida pedagógica.
Se podía decir todo lo que se quisiera acerca de cada uno de nuestros
pasos: hasta tal punto eran casuales. No existía nada indiscutible
en nuestro trabajo. Pero cuando empezábamos a discutir, la cosa
era peor aún; de nuestros debates, ignoro por qué causa,
no nacía la verdad.
Teníamos únicamente dos cosas fuera de toda duda: nuestra
firme resolución de no abandonar la causa, de llevarla hasta el
final, aunque el final fuese triste. Y había, además, ese
"vivir cotidiano" entre nosotros, en la colonia y alrededor
de nosotros.
Cuando los Osipov llegaron a la colonia, observaban una actitud de repulsión
hacia los colonos. Según nuestras reglas, el educador de guardia
estaba obligado a comer con los educandos; Tanto Iván Ivánovich
como su mujer me manifestaron decididamente que ellos no comerían
en la misma mesa que los colonos, porque les era imposible dominar su
repugnancia.
Yo les dije:
-Más tarde veremos.
Durante su guardia nocturna en el dormitorio, Iván Ivánovich
no se sentaba jamás en la cama de ningún educando. Pero
no había otro sitio donde sentarse. Por eso se pasaba de pie toda
su guardia. Iván Ivánovich y su mujer me decían:
-¿Cómo puede usted sentarse en esa cama llena de piojos?
Yo les replicaba:
-Eso no tiene importancia. Ya se arreglará todo, acabaremos de
alguna manera con los piojos...
A los tres meses, Iván Ivánovich, además de comer
con apetito en la misma mesa que los colonos, había perdido la
costumbre de traer consigo su propia cuchara. Lo que hacía era
tomar una cualquiera del montón general de la mesa, aunque, para
tranquilidad de su conciencia, pasaba un dedo por encima.
Y por las noches, en el dormitorio, Iván Ivánovich, incorporado
al círculo juvenil más fogoso y sentado en alguna cama,
jugaba al "ladrón y el confidente". Este juego era muy
sencillo. Todos los que participaban en él recibían un billete
con una inscripción: "ladrón", "confidente",
"juez", "verdugo", etc. El confidente anunciaba la
suerte que le había caído y, armándose de un zurriago,
procuraba averiguar quién era el ladrón. Todos le tendían
la mano y él debía indicar por medió de un golpe
la mano del ratero. Por lo común, el señalado era el juez
o el fiscal, y estos honestos ciudadanos, ofendidos por la sospecha, golpeaban
la mano extendida del confidente según la tarifa fijada para el
pago de las ofensas. Si a la otra vez el confidente daba, a pesar de todo,
con el ladrón, sus sufrimientos concluían, pero comenzaban
los del ladrón. El juez podía condenarle a "cinco calientes"
o a "diez calientes" o a "cinco frías". El
verdugo empuñaba entonces el zurriago, y comenzaba la ejecución.
Como los papeles de los participantes en el juego cambiaban cada vez,
y el ladrón, a la vuelta siguiente se vertía en juez o en
verdugo, el encanto principal de la distracción estribaba en esa
alternativa del sufrimiento y la venganza. Cuando le tocaba ser confidente
o ladrón, el juez implacable o el verdugo feroz recibía
al céntuplo del juez y del verdugo en funciones, que entonces le
recordaban todas las condenas y todos los castigos.
Ekaterina Grigórievna y Lidia Petrovna jugaban también a
esa distracción con los muchachos, pero los muchachos se conducían
como unos caballeros: en caso de robo, la condena no pasaba de tres o
cuatro "frías". Durante la ejecución, el verdugo
ponía los morritos más tiernos limitaba a acariciar con
el zurriago la suave palma femenina.
Cuando jugaban conmigo, los muchachos tenían interés, sobre
todo, por conocer mi capacidad de resistencia, y ésta era la causa
de que a mí no me quedara otro remedio que recurrir a las bravatas.
En calidad de juez, condenaba a los ladrones a tales castigos, que hasta
los propios verdugos horrorizábanse, y cuando me tocaba ejecutar
la sentencia, obligaba a la víctima a perder el sentimiento de
la propia dignidad y a gritar:
-¡Antón Semiónovich, así no se puede!
Pero también yo cobraba: siempre volvía a mi habitación
con la mano izquierda hinchada; se consideraba vergonzoso cambiar de mano
y, además, la derecha me hacía falta para escribir.
El pusilánime. Iván Ivánovich seguía una táctica
femenina, y, al principio, los muchachos le trataban con delicadeza. Un
día advertí a Iván Ivánovich que tal política
era falsa: nuestros muchachos tenían que crecer resistentes y valerosos.
No debía intimidarles ningún peligro y menos aún
los sufrimientos físicos. Iván Ivánovich no se mostró
de acuerdo conmigo.
Una velada coincidí con el en el mismo grupo, y haciendo de juez,
le condené a "doce calientes" y en otra vuelta, actuando
en calidad de verdugo, batí implacablemente su mano con el zurriago.
Enfadado, se vengó de mí. Uno de mis "adictos"
no pudo dejar sin castigo semejante conducta de Iván Ivánovich
y le zurró hasta hacerle cambiar de mano.
A la noche siguiente, Iván Ivánovich quiso rehuir su participación
en "este bárbaro juego", pero le abochornó la
ironía general de los colonos, y en lo sucesivo soportó
ya dignamente la prueba, sin adular cuando le tocaba ser juez y sin abatirse
cuando tenía que hacer de ladrón o de confidente.
Frecuentemente los Osipov se me quejaban de que llevaban muchos piojos
a su casa.
-No hay que luchar contra los piojos en la casa -les decía yo-,
sino en los dormitorios...
Y, efectivamente, luchamos. Con gran esfuerzo conseguimos dos juegos de
ropa de cama y dos mudas. Las mudas eran "remiendo sobre remiendo",
como dicen los ucranianos, pero, hirviéndolas, quedaba en ellas
una cantidad mínima de insectos. Si no logramos exterminarlos rápidamente
del todo, fue por la continua afluencia de educandos nuevos, por la relación
con los aldeanos y otras causas.
Oficialmente el trabajo de - los pedagogos se distribuía de este
modo: guardia principal, guardia durante el trabajo y guardia nocturna.
Además, los educadores daban clase todas las mañanas en
la escuela.
La guardia principal era un auténtico suplicio, duraba desde las
cinco de la mañana hasta el toque de queda. El encargado de la
guardia principal era quien dirigía toda la actividad del día,
controlaba la distribución de la comida, cuidaba del cumplimiento
de los trabajos, resolvía todos los conflictos, ponía paz
entre los alborotadores, convencía a los que protestaban, formulaba
el pedido de productos, vigilaba la despensa de Kalina Ivánovich
y tenía cuidado de la limpieza de la ropa de cama y, en general,
de toda la ropa. Sobre el encargado de la guardia principal se acumuló
tanto trabajo, que ya a principios del segundo año comenzaron a
ayudarle los colonos mayores, distinguidos por un brazalete rojo en el
brazo izquierdo.
El educador encargado de la guardia en el trabajo participaba sencillamente
en las labores de la colonia, por lo general allí donde se concentraban
más colonos o donde había mayor número de educandos
nuevos. La participación de los educadores en el trabajo era una
participación real, porque, en nuestras condiciones, otra cosa
habría sido imposible. Los educadores trabajaban en los talleres,
en la tala, en el campo y en la huerta, en la reparación.
La guardia nocturna se convirtió muy pronto en una simple formalidad:
por la noche se reunían en los dormitorios todos los educadores,
tanto los que estaban de guardia como los que se hallaban libres. Tampoco
era ésta una hazaña. No teníamos otro sitio donde
ir, salvo los dormitorios de los colonos. Nuestras habitaciones desoladas
eran confortables y, además, la luz de nuestros quinqués
las hacía un poco terroríficas. Por el contrario, en los
dormitorios nos esperaban impacientes después del té de
la tarde los morritos conocidos y los ojos vivos y alegres de los colonos,
con una reserva enorme de relatos de toda índole, de historias
inverosímiles y de hechos reales, preguntas de todo genero -sobre
temas actuales, filosóficos, políticos, literarios- y una
gran variedad de juegos, comenzando por "el ratón y el gato"
y terminando por "el ladrón y el confidente". También
aquí se examinaban los hechos diversos de nuestra vida, semejantes
a los ya descritos, se ponía verdes a los vecinos del caserío,
se proyectaban los detalles de la reparación y de nuestra futura
vida feliz en la segunda colonia.
A veces, Mitiaguin nos refería cuentos. Era un maravilloso narrador.
Sabía contar sus cuentos, empleando elementos de ficción
teatral y una mímica expresiva. Mitiaguin quería a los pequeños,
a los que sus narraciones causaban un placer especial. En ellas faltaba
casi por completo el elemento mágico: únicamente figuraban
mujiks listos y mujiks tontos, nobles bobalicones y operarios astutos,
ladrones valientes y afortunados y policías ineptos; soldados audaces
y vencedores y popes obtusos y lentos.
Por las noches organizábamos frecuentemente en los dormitorios
lecturas en voz alta. Desde el primer día formamos una biblioteca,
para la que yo compraba los libros o los pedía en las casas particulares.
A finales del invierno teníamos casi todos los clásicos
y mucha literatura política y agrícola. En los depósitos
abandonados de la Delegación Provincial de Instrucción Pública
encontramos numerosos libritos de divulgación sobre diversas ramas
del saber.
Eran muchos los colonos aficionados a la lectura, pero no todos, ni mucho
menos, sabían asimilarla. Por eso instauramos la costumbre de las
lecturas en voz alta, en las que participaban habitualmente todos los
muchachos. Leía yo o Zadórov, que poseía una espléndida
dicción. En el transcurso del primer invierno leíamos muchas
obras de Pushkin, de Korolenko, de Mamin-Sibiriak, de Veresáiev
y, en particular, de Gorki.
Gorki producía en nuestro medio una impresión muy fuerte,
aunque de doble carácter. Karabánov, Taraniets, Vólojov
y otros educandos sentían más directamente el romanticismo
de Gorki, pero se negaban en redondo a tener en cuenta el análisis
gorkiano. Con los ojos encendidos oían Makar Chudrá, estallaban
en exclamaciones de admiración, agitaban los puños ante
la figura de Ignat Gordéiev y se aburrían con la tragedia
del Abuelo Arjip y Lionka. A Karabánov le gustaba, en particular,
la escena en que el viejo Gordéiev contempla la destrucción
de su Boyárina por los hielos. Semión tensaba todos los
músculos de su rostro y decía con una voz de trágico:
-¡Ese sí que es un hombre! ¡Si todo el mundo fuera
así!
Con el mismo entusiasmo escuchaba la historia de muerte de Ilyá
en Los tres.
-¡Vaya un tipo! ¡Eso sí que es morir: darse con la
cabeza contra una piedra!
Mitiaguin, Zadórov y Burún se burlaban, condescendientes,
del entusiasmo de nuestros románticos y les herían en lo
vivo.
-Oís como pasmados y no comprendéis nada.
-¿Que yo no comprendo nada?
-Claro que no. ¿Qué hay de bueno en eso de darse con la
cabeza contra una piedra? Ese Ilyá es un tonto y un guiñapo.
Porque una mujer le pone mala cara enseguida se echa a llorar. Yo en su
puesto hubiera estrangulado a un comerciante más. Con todos hay
que hacer lo mismo, y con tu Gordéiev también.
Ambas, partes coincidían únicamente en la apreciación
del Luká de Bajos fondos. Karabánov movía la cabeza:
-Estos viejecitos son venenosos. No hacen más que zumbar y zumbar,
y luego desaparecen como por encanto. También yo conozco a gente
así.
-Ese Luká es un diablo listo -decía Mitiaguin-. Es feliz,
lo comprende todo, siempre se sale con la suya, bien con astucia, bien
robando, bien fingiendo bondad. Y así vive.
Las obras de Gorki, Infancia y Por el mundo, impresionaron profundamente
a todos. Los muchachos escucharon la lectura, conteniendo el aliento y
pidiendo continuásemos aunque fuera "hasta las doce".
Al principio, no me habían creído cuando yo les conté
la historia de la vida real de Gorki. Tal historia les había dejado
estupefactos y me preguntaban llenos de interés:
-Entonces, ¿resulta que Gorki es como nosotros? ¡Esto sí
que es formidable!
Esta circunstancia despertó en ellos una honda y alegre emoción.
La vida de Máximo Gorki pasó a formar parte de nuestra vida.
Algunos de sus episodios llegaron a ser entre nosotros elementos de comparación,
base para los apodos, motivos para las discusiones, escalas para la medición
de la calidad humana.
Cuando a tres kilómetros de nosotros fue instalada una colonia
de niños que llevaba el nombre de V. Korolenko, nuestros muchachos
no les envidiaron mucho tiempo.
-A esos pequeños les cae muy bien el nombre de Korolenko -dijo
Zadórov-. En cambio, nosotros somos los de Gorki.
Kalina Ivánovich era de la misma opinión:
-Yo he visto a ese Korolenko y hasta he hablado con él: una persona
muy decente. Pero vosotros, tanto teórica como prácticamente,
sois unos harapientos.
Comenzamos a llamarnos colonia Gorki sin que nos autorizase ninguna disposición
oficial. Poco a poco en la ciudad se acostumbraron a que nos llamásemos
así y no protestaron contra nuestros nuevos timbres y estampillas,
que llevaban el nombre del escritor. Desgraciadamente, tardamos en establecer
contacto con Máximo Gorki: nadie en la ciudad conocía su
dirección. Sólo en 1925 leímos en un semanario ilustrado
un artículo acerca de la vida de Gorki en Italia; en el artículo
se citaba la trascripción italiana de su nombre: Massimo Gorky.
Entonces enviamos al azar nuestra primera carta a una dirección
idealmente lacónica: "Italia. Massimo Gorky".
Tanto los mayores como los pequeños se sentían entusiasmados
por los relatos y la biografía de Gorki, a pesar de que la mayoría
de los pequeños eran analfabetos.
En la colonia teníamos a doce niños de diez años
para arriba. Eran unos arrapiezos vivos y, hábiles, ladronzuelos
de menudencias y eternamente sucios hasta más no poder. Siempre
llegaban a la colonia en mal estado: anémicos, escrofulosos, comidos
por la sarna. Ekaterina Grigórievna, nuestra enfermera y hermana
voluntaria de la caridad, se afanaba incansablemente con ellos. Los pequeños
estaban siempre pegados a ella, a pesar de su seriedad. Ekaterina Grigórievna
sabía reprenderles de un modo maternal, conocía todas sus
debilidades, no creía en sus palabras (yo jamás me vi libre
de este defecto), no pasaba por alto ninguna falta y se indignaba manifiestamente
ante cualquier iniquidad.
Pero, en cambio, sabía admirablemente hablarles con las palabras
más simples, con el sentimiento más humano acerca de su
madre, de la vida de lo que cada uno de ellos sería -marino o jefe
del Ejército Rojo o ingeniero-; sabía comprender toda la
hondura de la terrible ofensa que la vida maldita y estúpida había
causado a los pequeños. Además, sabía sobrealimentarlos:
infringía a la chita callando todas las normas y reglas de abastecimiento
y triunfaba fácilmente con una palabra afable sobre la feroz meticulosidad
de Kalina Ivánovich.
Los colonos mayores, que veían ese vínculo entre Ekaterina
Grigórievna y los pequeños, no lo estorbaban y con un aire
protector y bonachón cumplían siempre pequeños ruegos
de Ekaterina Grigórievna: cuidar de que el pequeño se bañase
debidamente, que se enjabonara bien, que no fumase, que no desgarrara
su traje, que no se pelease con Petka, etc.
Gracias en gran parte a Ekaterina Grigórievna, muchachos mayores
de nuestra colonia quisieron siempre a los pequeños, les trataron
siempre como hermanos mayores: con cariño, con rigor y con solicitud.
11. LA
SEMBRADORA TRIUNFAL
Cada día era más evidente que la vida en la primera colonia
estaba llena de dificultades para nosotros. Nuestras miradas se volvían
con más y más frecuencia a la segunda colonia, allí
donde, a orillas del Kolomak, los jardines crecían opulentos en
primavera y brillaba lustrosa la grasienta tierra negra.
No obstante, la reparación de la segunda colonia avanzaba con extraordinaria
lentitud. Los carpinteros, cobraban una miseria por su trabajo, eran capaces
de construir jatas aldeanas, pero les intimidaba cualquier techumbre un
poco complicada. Nos era imposible conseguir cristales a ningún
precio y, además, carecíamos de dinero. A pesar de todo,
dos o tres edificios grandes quedaron reparados ya para finales del verano,
aunque no podía vivir en ellos por la falta de cristales. Conseguí
reparar también algunos pequeños pabellones, pero allí
vivían los carpinteros, los albañiles, los fumistas, los
guardas. No valía la pena trasladar a los muchachos, porque, sin
talleres y sin una tierra aneja, no tenían nada que hacer.
Los colonos iban todos los días a la segunda colonia. Una gran
parte de los trabajos eran ejecutados por ellos mismos. Durante el verano,
unos diez muchachos, alojados en chozas, trabajaron en el jardín
y enviaron a la primera colonia carros enteros de manzanas y de peras.
Gracias a ellos, el jardín de los Trepke adquirió un aspecto
bastante digno.
Los vecinos de la aldea Gonchárovka estaban muy disgustados por
la aparición entre las ruinas de la finca de unos nuevos amos,
que, para colmo, eran tan poco honorables, harapientos y sospechosos.
El documento que nos daba derecho a sesenta desiatinas de tierra resultó,
con gran sorpresa mía, un papel inútil: toda la tierra de
los Trepke, incluido nuestro sector, era cultivada ya desde el año
17 por los campesinos. En la ciudad sonrieron al ver nuestra indecisión:
-Si tenéis el documento, esto quiere decir que la tierra es vuestra:
no os falta más que poneros a trabajar.
Sin embargo, Serguéi Petróvich Grechani, el presidente del
Soviet rural, era de otra opinión:
Ustedes comprenden lo que significa que el campesino laborioso haya recibido
la tierra según todas las reglas de la ley. Esto quiere decir que
seguirá arando. Y los que se dedican a escribir diversos papelitos
y documentos no hacen más que descargar una puñalada por
la espalda contra los trabajadores. De modo que más vale que se
olvide usted de ese papel.
El camino de los peatones hacia la segunda colonia pasaba por el Kolomak.
Era preciso cruzar el río. Habíamos organizado en el Kolomak
nuestra propia barca, y siempre había allí algún
colono encargado de ella. Yendo a la segunda colonia con carga o a caballo,
había que dar un rodeo por el puente de Gonchárovka. En
la aldea nos recibían con bastante hostilidad. Al ver nuestro pobre
atuendo, los mozos se burlaban:
-¡Eh, harapientos! ¡Cuidado con llenarnos de piojos el puente!
En vano os metéis aquí. De todas formas os echaremos de
Trepke.
No nos instalamos en Gonchárovka como vecinos pacíficos,
sino como conquistadores indeseados. Y, si no hubiéramos sostenido
el tono en esta posición militar, si hubiésemos mostrado
incapaces de combatir, habríamos acabado perdiendo, sin duda, la
tierra y la colonia. Los campesinos comprendían que la discusión
debía ser resuelta en el campo y no en las oficinas. Llevaban ya
tres años trabajando la tierra de los Trepke, es decir, contaban
un precedente que les servía de base para sus protestas. Tenían,
pues, que prolongar, fuera como fuera, tal precedente. Toda su esperanza
de éxito residía en esa política.
También para nosotros la única salida estaba en iniciar
lo antes posible el trabajo práctico en la tierra.
En verano llegaron los agrimensores para deslindar la tierra, pero tuvieron
miedo a salir al campo con los instrumentos y se limitaron a señalarnos
en el mapa las zanjas, los hoyos y los matorrales que debían servirnos
de referencia para nuestra tierra. Con el acta de los agrimensores en
el bolsillo, me dirigí a Gonchárovka, acompañado
de algunos muchachos mayores.
Nuestro viejo conocido Luká Semiónovich Verjola presidía
ahora del Soviet rural. Nos recibió muy amablemente y nos invitó
a tomar asiento, pero ni siquiera miró el acta.
-Queridos camaradas, nada puedo hacer. Hace mucho tiempo que los mujiks
trabajan la tierra, y yo no voy a agraviarles. Pidan ustedes tierras en
otro lugar.
Cuando los campesinos empezaron a labrar nuestros campos, coloqué
un aviso diciendo que la colonia no pagaría nada por la labranza
de la tierra que nos pertenecía.
Yo mismo no confiaba en el valor de las medidas que tomaba, y no confiaba
porque a mi conciencia le repugnaba la idea de que había que quitar
esa tierra a los campesinos laboriosos, que la necesitaban como el aire.
Pero a los pocos días, Zadórov, en compañía
de un muchacho desconocido, se me acercó una tarde en el dormitorio.
Zadórov se hallaba en un estado visible de excitación.
-¡Escúchele, escúchele!
Karabánov, haciéndole coro, daba unos pasos de hopak*(*Baile
popular Ucraniano (N. de la Edit.)) y vociferaba por todo el dormitorio:
-¡Oh! ¡Que me traigan a Verjola!
Los colonos nos rodearon.
El muchacho resultó ser un komsomol de Gonchárovka.
-¿Hay en Gonchárovka muchos miembros de las Juventudes Comunistas?
-Somos únicamente tres.
-¿Únicamente tres?
-¿Sabe usted? La situación es difícil para nosotros
-explicó el joven-. La aldea está llena de kulaks; predominan
los caseríos ricos. Los muchachos me envían para decirles
a ustedes que apresuren su traslado; entonces las cosas marcharán
bien, ¡ya lo creo! Sus muchachos son unos águilas. ¡Ah,
¡si nosotros tuviéramos unos muchachos así!
-Pero el asunto de la tierra marcha mal.
-Por eso he venido. Tomen, ustedes la tierra por la fuerza. No hagan caso
a ese diablo Pelirrojo de Luká ¿Sabe usted de quién
es la tierra que les ha sido asignada?
-¿De quién?
-¡Dilo, dilo, Spiridón!
Spiridón comenzó a doblar los dedos:
-De Andréi Kárpovich Grechani
-¿Del abuelo Andréi? Pero si aquí también
tiene tierra...
-Sí, así es... De Piotr Grechani, de Onopri Grechani de
Serguéi Stomuja, el que vive junto a la iglesia, de Yavtuj Stomuja,
del propio Luká Semiónovich. En total, seis personas.
-Pero, ¿qué me dice? ¿Cómo ha podido ocurrir
eso? ¿Y dónde está su Comité de campesinos
pobres?
-Nuestro Comité es pequeño. Y la cosa ha ocurrido así:
la tierra quedó aneja a la hacienda. Se disponían hacer
algo, pero, como el Soviet rural estaba en sus manos se repartieron la
tierra.
-¡Bueno, ahora la cosa va a ser más divertida! -gritó
Karabánov-. ¡Agárrate, Luká!
Un día de principios de septiembre yo volvía de la ciudad.
Serían, más o menos, las dos de la tarde. Nuestra carreta
de tres pisos avanzaba lentamente. En tono adormecedor hablaba Antón
acerca del carácter del Pelirrojo y mientras tanto, yo pensaba
en los diversos problemas de la colonia.
De pronto Brátchenko enmudeció, miró fijamente a
lo largo del camino, se incorporó en su asiento, fustigó
al caballo y, en medio de un estrépito enorme, nos lanzamos por
el empedrado. Antón castigaba al Pelirrojo, cosa que no hacía
nunca, y me gritaba algo. Por fin pude entender de qué se trataba:
-¡Los nuestros... con una sembradora!
En el recodo; ya antes de llegar a la colonia, faltó poco para
que tropezáramos con una sembradora que volaba vertiginosamente,
emitiendo un raro sonido de hoja. Dos caballitos bayos, horrorizados por
el estrépito del carro, tan poco frecuente para ellos, corrían
como locos. La sembradora salió ruidosamente del empedrado, susurró
por la arena y de nuevo empezó a trepidar, ya por el camino de
la colonia. Antón saltó de la carreta y echó a correr
detrás de la sembradora, abandonando las riendas en mi mano. Sobre
la sembradora, aferrándose a los cabos las riendas tirantes, Karabánov
y Prijodko se mantenían de milagro, Antón detuvo difícilmente
a aquel extraño vehículo. Karabánov, ahogándose
de entusiasmo y de fatiga nos relató lo ocurrido.
-Estábamos ordenando los ladrillos en el patio cuando, de pronto,
vimos que salían dándose importancia cinco personas y la
sembradora. Entonces nos dirigimos a ellos y les ordenamos: "¡Fuera
de aquí!" Nosotros éramos cuatro: estaba también
Chóbot y... ¿quién más?
-Soroka - contestó Prijodko.
-Eso, Soroka. "Largaos -les dije-, porque, de todas formas, no vais
a sembrar nada". Y uno negro como gitano que estaba allí...
usted le conoce... fue y le soltó un latigazo a Chóbot.
Por supuesto, Chóbot le dio en los dientes. De repente vimos que
Burún venía corriendo con un palo. Yo sujeté al caballo
por las riendas y el presidente me cogió del pecho....
-¿Qué presidente?
-¡Cuál va a ser! El nuestro, el pelirrojo, Luká Semiónovich.
Pero Prijodko le golpeó por detrás y le tiró de hocicos
contra la tierra. Entonces yo le dije a Prijodko: "Súbete
a la sembradora y andando". Al pasar por Gonchárovka, unos
mozos nos salieron al encuentro. ¿Qué íbamos a hacer?
Yo arreé a los caballos, que nos llevaron al galope hasta el puente
y de allí pasamos ya a la carretera... Tres de los nuestros han
quedado allí. Seguramente les han dado una buena paliza... Karabánov
vibraba en el entusiasmo de la victoria. Prijodko, inmutable, liaba un
cigarrillo y sonreía. Yo me imaginé los capítulos
siguientes de esta amena historia: la investigación, los interrogatorios,
los viajes...
-¡Que el diablo os lleve! ¡De nuevo nos habéis metido
en un lío!
Karabánov se desanimó increíblemente al ver mi disgusto:
-¡Pero si han empezado ellos...
-Bien, bien, vamos a la colonia: allí veremos.
En la colonia nos recibió Burún. Lucía en la frente
un cardenal enorme, y los muchachos se reían alrededor de él.
Junto a un tonel de agua se lavaban Soroka y Chóbot.
Karabánov asió de los hombros a Burún:
-¿Qué? ¿Te has escapado? ¡Eres un valiente!
-Ellos se lanzaron al principio detrás de la sembradora, pero después,
al comprender que no conseguirían nada, optaron por lanzarse detrás
de nosotros. ¡Oh, cómo hemos corrido!
-¿Y dónde están ellos?
-Nosotros hemos pasado el río en la lancha y ellos se han quedado
en la otra orilla, insultándonos. Allí les hemos dejado.
-¿Ha quedado algún chico en la colonia? -pregunté
yo.
-Los pequeños: Toska y dos más. No les tocarán.
Una hora más tarde, Luká Semiónovich se presentó
en la colonia con dos campesinos. Los muchachos les recibieron afablemente:
-¿Qué? ¿Vienen por la sembradora?
En mi despacho no podía uno moverse por la aglomeración
de ciudadanos. interesados. La situación era embarazosa.
Luká Semiónovich tomó asiento frente a la mesa y
comenzó:
-Llame usted a los muchachos que me han pegado a mí y a dos personas
más.
-Mire, Luká Semiónovich -repliqué yo-, si le han
pegado, vaya a quejarse donde quiera. Yo ahora no pienso llamar a nadie.
Dígame qué más necesita y para qué ha venido
a la colonia.
-Entonces, ¿usted se niega a llamarles?
-Me, niego.
-¡Ah! Entonces se niega. Si es así, hablaremos otro sitio.
-De acuerdo.
-¿Quién devolverá la sembradora?
-¿A quién?
-A su dueño, aquí presente.
Señaló a un hombre con cara de gitano, moreno, desmelenado
y sombrío.
-¿La sembradora es suya?
-Sí.
-Pues mire usted: voy a mandarla a la milicia como capturada durante el
trabajo arbitrario en una tierra ajena y le ruego que me diga su apellido.
-¿Mi apellido? Grechani, Onopri, Pero, ¿qué es eso
de tierra ajena?, Es mi tierra. Mía y de nadie más...
-Bueno, de eso no hay por qué hablar aquí. Aquí vamos
a levantar un acta acerca de la ocupación arbitraria de una tierra
ajena y del apaleamiento de los educandos que trabajaban en ella...
Burún dio un paso adelante:
-Ese es el que a poco me mata.
-Pero, ¿a quién le haces tú falta? ¿Matarte
a ti? ¡Ojalá te hundas!
Durante mucho tiempo estuvimos hablando en ese tono. Ya me había
olvidado yo de que era la hora de comer y de cenar, ya habían tocado
a silencio en la colonia, nosotros seguíamos con los aldeanos y,
bien pacíficamente, bien amenazadores y excitados, bien irónicos
y astutos, dialogábamos con ellos.
Yo me mantenía firme: no devolvía la sembradora y exigía
que se levantase un acta. Por fortuna los aldeanos no tenían la
menor huella de la pelea, mientras que colonos exhibían sus cardenales
y arañazos. Zadórov fue quien decidió el asunto.
Golpeó la mesa con la palma de la mano y pronunció el siguiente
discurso:
-Vamos a dejar de discutir. La tierra es nuestra, y os irá mejor
sin meteros con nosotros. No os dejaremos trabajar en nuestro campo. Somos
cincuenta muchachos de cuidado.
Luká Semiónovich reflexionó largo tiempo. Por fin
se atusó la barba y carraspeó:
-Bien... ¡Que el diablo os lleve! Pagadnos aunque no sea más
que por la labranza.
-No -repliqué yo fríamente-. Ya les previne que no pagaríamos
nada.
Volvió a hacerse el silencio.
-En tal caso, devolvednos la sembradora.
-Firme usted el acta de los agrimensores.
-Bueno... Démela.
En otoño, a pesar de todo, sembramos centeno en la segunda colonia.
Todos hicimos de agrónomos. Kalina Ivánovich entendía
poco de agricultura y los restantes entendían menos aún,
pero todos tenían deseos de trabajar tras el arado y la sembradora,
a excepción de Brátchenko, que sufría y se enrabiaba,
maldiciendo la tierra, y el centeno, y nuestro entusiasmo.
-Les parece poco el trigo. ¡ Además, quieren centeno!
En octubre ocho desiatinas verdeaban con sus brotes brillantes. Kalina
Ivánovich señaló orgullosamente con su bastón
de punta de goma algún lugar del horizonte, hacia el Este:
¿Sabes? Tenemos que sembrar lentejas. La lenteja es una cosa buena.
El Pelirrojo y la Banditka trabajaban en los sembrados de primavera, y
Zadórov volvía por la noche rendido y polvoriento.
-Que se vaya al diablo ese trajín de campesinos. Yo me vuelvo a
la fragua.
La nieve nos sorprendió a medio trabajo. Por ser la primera vez,
se podía resistir.
12. BRATCKENKO Y EL COMISARIO REGIONAL DE ABASTOS
El desarrollo de nuestra hacienda seguía un camino lleno de milagros
y de sufrimientos. De milagro consiguió Kalina Ivanovich, a fuerza
de súplicas, una vaca vieja, que, según las palabras del
propio Kalina Ivánovich, era "estéril por naturaleza";
de milagro también obtuvo en una institución ultra bien
organizada, distante de nosotros, una yegua negra, no más joven
que la vaca, barriguda, epiléptica y perezosa; de milagro aparecieron
bajo nuestros cobertizos carros, carretas y hasta un faetón. El
faetón debía ser tirado por dos caballos y, para nuestros
gustos de entonces, era bonito y cómodo, pero ningún milagro
ayudó a encontrar el correspondiente par de caballos.
El jefe de nuestra cochera, Antón Brátchenko, que había
pasado a ocupar ese puesto al trasladarse Gud al taller de zapatería
y que era un muchacho sumamente enérgico y orgulloso, pasó
muchos momentos desagradables desde el pescante de ese magnífico
carruaje, que arrastraban el alto y esquelético Pelirrojo y la
yegua negra, zamba y rechoncha, bautizada por Antón con el nombre
injusto de Banditka. A cada, paso, la Banditka pegaba un tropezón
y a veces se caía, en cuyo caso era necesario volver a poner en
pie nuestro fabuloso cortejo en plena ciudad bajo pullas de los cocheros
y los vagabundos. Antón, que soportaba difícilmente las
burlas, entablaba terribles batallas con los espectadores inoportunos,
lo que contribuía más al descrédito del transporte
de la colonia Gorki.
Antón Brátchenko, extraordinariamente aficionado a toda
clase de lucha, sabía mantener un duelo verbal con cualquier enemigo.
Para ello disponía de una reserva considerable de palabrotas, comparaciones
ofensivas y recursos mímicos.
Antón no era un muchacho abandonado. Su padre trabajaba de panadero
en la ciudad; también tenía madre y él era el único
vástago de esa familia honorable. Pero desde la edad más
temprana, Antón había sentido aversión por sus penates.
Entabló las más amplias relaciones con los golfos y los
rateros de la ciudad. Volvía a la casa únicamente de noche.
Se distinguió en algunas aventuras audaces y divertidas, fue conducido
varias veces a la cárcel y, por último, cayó en la
colonia. Tenía sólo quince años. Era un muchacho
guapo, esbelto, con el pelo rizado, ojos azules. Extraordinariamente sociable,
no podía permanecer solo ni un minuto. Había aprendido a
leer en algún sitio y se sabía de memoria todos los libros
de aventuras, pero no experimentaba el menor deseo de estudiar y tuve
que sentarle violentamente ante el pupitre. Al principió desaparecía
con frecuencia de la colonia, pero regresaba a los dos o tres días
sin sentirse culpable. Él mismo trataba de vencer en sí
su tendencia a la vida vagabunda y me pedía:
-Por favor. Antón Semiónovich, tráteme usted con
más severidad, si no, me convertiré obligatoriamente en
un vagabundo.
En la colonia no robó nunca nada y le gustaba defender la verdad,
pero era absolutamente incapaz de comprender la lógica de la disciplina
que aceptaba sólo en tanto estaba de acuerdo con una u otra tesis
en cada caso particular. No reconocía la necesidad de cumplir las
reglas de la colonia y no lo ocultaba. A mí me temía un
poco, pero jamás escuchaba hasta el fin mis reconvenciones: me
interrumpía con un fogoso discurso, en el que siempre acusaba a
sus numerosos enemigos de diferentes acciones injustas -de adularme, de
murmurar, de ser descuidados-, amenazaba con el látigo en dirección
de los enemigos ausentes y, dando un portazo, abandonaba, disgustado,
mi despacho. Con los educadores era increíblemente grosero, pero
en su grosería había siempre algo simpático, y por
eso nuestros educadores no se sentían ofendidos. En su tono no
había nunca nada insolente, ni siquiera hostil; dominaba siempre
en él una nota profundamente humana y apasionada, jamás
se enfadaba por motivos egoístas.
La conducta de Antón en la colonia se determinó pronto por
su afición a los caballos y al trabajo de cochero. Era difícil
comprender el origen de esta pasión. Por su desarrollo, Antón
dejaba atrás a muchos colonos. Hablaba un correcto lenguaje urbano,
en el que sólo por presunción intercalaba algún que
otro ucranismo. Procuraba ir bien arreglado, leía mucho y le gustaba
hablar de libros. Y, sin embargo, todo eso no le impedía pasarse
el día y la noche en la cuadra, limpiar el estiércol, enganchar
y desenganchar continuamente a los caballos, limpiar la retranca y las
riendas, trenzar un látigo, hacer viajes con cualquier tiempo a
la ciudad o a la segunda colonia y vivir permanentemente medio hambriento,
porque jamás llegaba a tiempo ni a la comida ni a la cena y, si,
por olvido, no le guardaban su ración, ni siquiera se acordaba
de ella.
Antón alternaba su actividad de cochero con interminables disputas.
Discutía con Kalina Ivánovich, con los herreros, con los
encargados de la despensa y obligatoriamente con todos los que aspiraban
a salir de viaje. Cumplía la orden de enganchar para ir a algún
sitio únicamente después de un gran escándalo, esmaltado
de acusaciones contra el trato cruel de que se hacía víctima
a los caballos recordando que un día el Pelirrojo o el Malish habían
vuelto con el cuello rozado y exigiendo, al mismo tiempo forraje y hierro
para las herraduras. A veces, era imposible salir de la colonia, por el
simple motivo de que no se encontraba a Antón ni a los caballos
y no había la menor traza de dónde podían estar.
Después de largas indagaciones, en las que participaba media colonia,
aparecían, en la finca de los Trepke o en algún prado vecino.
Rodeaba siempre a Antón un séquito constituido dos o tres
muchachos, que estaban tan enamoraos de Antón como él lo
estaba de los caballos. Brátchenko hacía observar una disciplina
muy rigurosa, y por ello en la cuadra reinaba siempre un orden ejemplar:
los carros se hallaban perfectamente alineados, los arneses colgaban en
sus lugares, sobre las cabezas de los caballos pendían urracas
disecadas, los caballos estaban limpios, peinadas las crines y las colas
trenzadas.
Una noche de junio; ya tarde, vinieron corriendo a avisarme:
-Kósir está enfermo, se muere.
-¿Cómo que se muere?
-Se muere: está caliente y apenas respira.
Ekaterina Grigórievna confirmó que Kósir sufría
un ataque al corazón y que era preciso traer sin tardar un médico.
Yo envié en busca de Antón. Vino predispuesto a oponerse
a cualquier orden mía.
-Antón; engancha inmediatamente; hay qué ir ciudad...
Antón no me dejó concluir:
-¡No iré á ningún sitio ni daré caballos!
... Todo el día han estado haciéndolos correr. Todavía
no se han enfriado.. . ¡No iré!
-Hay que ir en busca de un doctor, ¿comprendes?
-¡Me río yo de sus enfermos! También está enfermo
el Pelirrojo, pero a él no le traen ningún doctor.
Me enfurecí:
-¡Entrega ahora mismo la cuadra a Oprishko! ¡contigo es imposible
trabajar!
-¡Pues claro que sí! ¡Valiente cosa! Vamos a ver como
se arreglan ustedes con Oprishko. Usted se cree todo lo que le dicen:
"Está enfermo, se muere". Y ningún cuidado de
los caballos: es igual, que revienten... Pues bien que revienten, pero,
de cualquier forma, yo no daré caballos.
-¿Me has oído? Ya no eres el jefe de la cochera. Entrega
la cuadra a Oprishko. ¡Ahora mismo!
-¡Pues claro que sí!... Que la entregue el que sea, que yo
no quiero vivir en la colonia.
-Si no quieres es igual: nadie te retiene, aquí...
Con los ojos anegados en lágrimas, Antón metió la
mano en un profundo bolsillo, sacó de él un manojo de llaves
y lo depositó sobre la mesa. En la habitación entró
Oprishko, el brazo derecho de Antón, y miró, sorprendido
a su lloroso jefe. Brátchenko le contempló despectivamente
y quiso decir algo, pero se secó en silencio la nariz con la manga
y se fue.
De la colonia se marchó aquella misma noche, sin pasar siquiera
por el dormitorio. Cuando nuestra gente iba a la ciudad en busca del doctor
le vieron en la carretera. Ni siquiera pidió que le llevasen y
respondió a la invitación de subir con un ademán
desdeñoso.
Dos días más tarde, Oprishko, lloroso y con la cara ensangrentada,
irrumpió en mi habitación. No había tenido yo tiempo
de interrogarle qué había pasado cuando, toda agitada, llegó
corriendo Lidia Petrovna, que aquel día se hallaba de guardia en
la colonia.
-Antón Semiónovich, vaya usted a la cuadra: allí
está Brátchenko. Y yo, francamente, no comprendo qué
es lo que hace..
Camino de la cuadra, encontramos al segundo cochero, el enorme Fedorenko,
que lloraba a todo llorar.
-¿Qué pasa?
-Pero, ¿cómo... se puede hacer así? Ha tomado las
bridas y, ¡zas!, en los morros...
-¿Quién? ¿Brátchenko?
-Sí, Brátchenko...
En la cuadra encontré a Brátchenko y a otro cochero más
en plena faena. Me saludó secamente, pero, al ver detrás
de mí a Oprishko, olvidó que yo estaba delante y se abalanzó
sobre él:
-Es mejor que ni siquiera entres, porque, de todas maneras, te daré
con el sillín. ¡Vaya con el paseante! ¡Jinete! ¡Mire
usted lo que ha hecho con el Pelirrojo!
Antón agarró con una mano la linterna y con la otra me arrastró
hacia el Pelirrojo. El caballo tenía, efectivamente, una terrible
rozadura en las cruces, pero sobre la herida había ya un trapito
blanco, y Antón lo alzó cuidadosamente y luego volvió
a colocarlo donde estaba.
-Le he puesto xeroformo -me dijo seriamente.
-Pero, vamos a ver, ¿qué derecho tenías tú
a venir sin permiso a la cuadra, a castigar a nadie, a pelearte?
-¿Usted cree que ya no le pegaré más? Mejor será
no aparezca ante mi vista: de todas maneras le golpearé.
En la puerta de la cuadra, un tropel de colonos se reía a carcajadas;
No me sentí con fuerzas para reprender a Antón: se hallaba
demasiado seguro de que él y los caballos estaban en lo justo.
-Escúchame, Antón: por haber pegado a los muchachos pasarás
castigado está tarde en mi habitación.
-Pero ¿cuándo voy a poder? ...
-¡Basta de hablar! -le grité.
-Bueno. Encima estate sentado...
Pasó la tarde en mi habitación, leyendo enfadado un libro.
El invierno de 1922 trajo días difíciles para Antón
y para mí. El campo de avena sembrado por Kalina Ivánovich
en un terreno arenoso y sin abonar casi no nos produjo grano ni paja.
Prados no teníamos aún. En enero se, acabó el forraje.
Al principio, nos arreglamos de algún modo, suplicando bien en
la ciudad, bien a los vecinos, pero la gente dejó pronto de ayudarnos.
¡Cuántas veces Kalina Ivánovich y yo traspusimos el
umbral de las oficinas de Abastos! Fue en vano: no sacamos nada.
Por fin, llegó la catástrofe. Brátchenko me comunicó
con lágrimas en los ojos que los caballos llevaban ya días
sin comer. Yo callé. Llorando y profiriendo juramentos, el muchacho
limpiaba la cuadra: ya no tenía otro trabajo. Los caballos estaban
tumbados, y Antón insistía sobre todo, en ello.
Al día siguiente, Kalina Ivánovich regresó, furioso
y perplejo, de la ciudad.
-¿Qué vas a hacerle? No dan nada... ¿Qué hacer?
De pie junto a la puerta, Antón callaba.
Kalina Ivánovich hizo un ademán de impotencia y miró
a Brátchenko.
-¿Qué hacer? ¿Ir a robar acaso? Las bestias no saben
hablar...
Antón abrió bruscamente la puerta y salió corriendo
de la habitación. Una hora más tarde me dijeron que se había
marchado de la colonia.
-¿A dónde?
-¡Quién lo sabe! ... No, ha dicho nada a nadie.
Al día siguiente se presentó en la colonia acompañado
de un aldeano con un carro de paja. El campesino vestía una chaqueta
nueva y se tocaba con un buen gorro. Las ruedas del carro golpeaban rítmicamente,
y los caballos tenían un aspecto muy lozano. El campesino tomó
a Kalina Ivánovich por el encargado.
-Ese muchacho me ha dicho en la carretera que aquí se recibe el
impuesto en especie.
-¿Qué muchacho?
-Ese que estaba aquí... Hemos venido juntos...
Desde la cuadra, Antón me hacía unas señas incomprensibles.
Kalina Ivánovich sonrió confuso sin dejar de fumar su pipa
y me llevó aparte:
-¿Qué podemos hacer? Vamos a aceptar este carro, y después
veremos.
Yo me había dado ya cuenta de qué se trataba.
-¿Cuánto hay aquí?
-Unos veinte puds. No lo he pesado.
Antón apareció en el lugar de la acción y objetó:
-Usted mismo me ha dicho por el camino que diecisiete y ahora sale con
que veinte. Diecisiete puds.
-Descárguelos usted y pase a la oficina por el recibo.
En la oficina, es decir, en un pequeño despachito que por aquel
entonces me había improvisado entre los locales de la colonia,
yo escribí con una mano criminal en papel timbrado que el ciudadano
Onufri Vats había entregado a cuenta del impuesto en especie diecisiete
puds, de paja de avena. Firmé después y estampé el
sello.
Onufri Vats se inclino profundamente y nos agradeció no sé
qué.
Se fue. Brátchenko trabajaba alegremente con toda su compañía
en la cuadra; incluso se le oía cantar. Kalina Ivánovich
se frotaba las manos y sonreía con un aire culpable.
-¡Diablos! Te va a caer el pelo por una broma así pero, ¡qué
vas a hacerle! ¡No se puede dejar morir así a los animales!
De todas formas, son del Estado...
-¿Y por qué se ha ido tan contento ese tipo? -pregunté
a Kalina Ivánovich.
-¿Y tú qué crees? Si no hubiera sido por nosotros
habría tenido que ir a la ciudad y hacer cola encima, mientras
que aquí el parásito ha dicho que son diecisiete sin haberlo
comprobado nadie, y quizá no haya más de quince.
A los dos días entró en el patio una carreta cargada de
heno.
-El impuesto en especie. Vats lo ha entregado aquí...
-¿Y usted cómo se llama?
-Yo también soy Vats. Stepán Vats.
-Ahora mismo.
Fui en busca de Kalina Ivánovich para pedirle consejo. En el zaguán
tropecé con Antón.
-¿Ves? Tú has indicado el camino, y ahora...
-Recíbalo, Antón Semiónovich; ya nos justificaremos.
Era imposible aceptarlo, pero tampoco podía uno negarse. ¿Por
qué, preguntarían, se admitía el impuesto a un Vats
y a otro no?
-Anda, recibe tú el heno, mientras yo extiendo el recibo.
Y todavía recibimos dos carros más de forraje y cuarenta
puds de avena.
Yo esperaba medio muerto el castigo. Antón me contemplaba atentamente
y sonreía apenas con la comisura de labios. Pero había dejado
de luchar contra todos los consumidores del transporte, cumplía
gustosamente cualquier disposición y trabajaba en la cuadra como
un titán.
Por fin, recibí una nota breve, aunque enérgica:
"Comunique inmediatamente con qué autorización recibe
la colonia el impuesto en especie.
El comisario regional de Abastos Aguéiev".
No hablé de la nota ni con Kalina Ivánovich. Y no contesté
a ella. ¿Qué podía contestar?
En abril entró velozmente en la colonia una tachanka tirada por
un par de caballos negros, y Brátchenko, asustado, irrumpió
en mi despacho.
-Viene hacia aquí -anunció jadeante.
-¿Quién?
-Debe ser con motivo de la paja... Viene enfadado.
El muchacho se sentó detrás de la estufa y guardó
silencio. El comisario de Abastos era como todos los comisarios, joven,
bien plantado, con cazadora de cuero y revólver.
-¿Es usted el director?
-Sí.
-¿Ha recibido mi nota?
-Sí.
-¿Por qué no me ha contestado? ¿Qué es esto
de que deba venir yo mismo? ¿Quién le ha autorizado a recibir
impuesto?
-Lo hemos recibido sin autorización.
El comisario saltó de la silla y empezó a chillar:
-¿Cómo sin autorización? ¿Sabe usted a qué
huele esto? Ahora mismo será detenido, ¿lo sabe?
Yo lo sabía
-Termine de una vez, -pedí al comisario con voz sorda-. No trato
de justificarme ni de rehuir nada. Y no grite. Haga lo que crea pertinente.
El comisario recorría en diagonal mi pobre despacho.
-¡El diablo sabe qué es esto! -refunfuñaba, hablando
consigo mismo y resoplando como un caballo.
Antón había salido de su escondite, y ahora observaba al
enojado comisario. De pronto zumbó en voz baja, lo mismo que un
abejorro:
-Nadie habría reparado en el impuesto ni en nada si tuviese a sus
caballos cuatro días sin comer. Si sus caballos negros se hubieran
pasado cuatro días leyendo periódicos. ¿habrían
entrado con tanto brío en la colonia?
Aguéiev se detuvo asombrado:
-¿Y tú quién eres? ¿ Qué necesitas
aquí?
-Es nuestro responsable de la cuadra. Más o menos una persona interesada
en el asunto -contesté yo.
El comisario volvió a ir y venir por la habitación y de
improviso se detuvo frente a Antón:
-¿Lo tenéis, por lo menos, anotado? El diablo sabe que...
Antón saltó hacia mi mesa y balbuceó inquieto:
-¿Está anotado, Antón Semiónovich?
Aguéiev y yo nos echamos a reír.
-Está anotado.
-¿De dónde ha sacado usted a un muchacho tan majo?
-Los hacemos, nosotros mismos -sonreí.
Brátchenko alzó los ojos hacia el comisario y le preguntó
entre serio y afable:
-¿Quiere usted que eche de comer a sus caballos?
-Bien, échales de comer.
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