Poema Pedagógico


Antón Semiónovich Makarenko

I PARTE

13. OSADCHI

En el invierno y en la primavera de 1922 hubo terribles explosiones en la colonia Gorki. Estas explosiones sucedíanse casi sin interrupción, y actualmente se funden en mi memoria como una madeja común de infortunios.
Sin embargo, esos días, aun con todo su dramatismo eran días de auge tanto de nuestra economía como nuestra salud. No puedo explicar ahora cómo se compaginaban lógicamente estos fenómenos, pero se compaginaban. El día corriente de la colonia era también entonces un día magnífico, lleno de trabajo, de confianza, humano sentimiento de camaradería, y siempre había risas, bromas, entusiasmo y un ambiente general sano y animoso. Pero no transcurría ni siquiera una semana que cualquier historia absurda nos lanzase a algún abismo profundo, a alguna cadena tan espantosa de acontecimientos, que casi perdíamos la noción normal de las cosas y nos transformábamos en seres enfermos, que veían el mundo a través de sus nervios excitados.
Inesperadamente apareció entre nosotros el antisemitismo. Hasta entonces no habíamos tenido judíos en la colonia. En otoño nos fue enviado el primer hebreo; después llegaron varios más, uno tras otro. Uno de ellos había trabajado antes en el Departamento de Investigaciones y sobre él recayó, en primer lugar, la ira feroz de nuestros veteranos.
En las manifestaciones de antisemitismo, yo no pude al principio ni siquiera distinguir quién era más culpable y quién menos. Los colonos recién llegados e antisemitas simplemente porque hallaban en los judíos víctimas inofensivas para el desahogo de sus instintos de granuja; los mayores, a su vez, tenían más posibilidades de burlarse y reírse de los hebreos.
El primer judío se llamaba Ostromújov.
Ostromújov empezó a ser maltratado con motivo y sin motivo. Los colonos le pegaban, se burlaban de él a cada paso, le quitaban un buen cinturón o unos zapatos en perfecto usó y le daban, a cambio, algo que no servía para nada; recurriendo a cualquier artimaña, le dejaban sin alimentos o se los hacían incomibles; le irritaban interminablemente, le injuriaban y, lo peor de todo, le mantenían en un estado continuo de miedo y de vejación. Eso es lo que hallaron en la colonia no sólo Ostromújov, sino también Schnéider, Glézer y Kráinik. Fue terriblemente difícil luchar contra ello. Todo se hacía en medio de un misterio absoluto, con mucha cautela y casi sin riesgo, porque previamente se atemorizaba de tal modo a los judíos, que ni se atrevían a quejarse. Sólo por indicios indirectos, por su aspecto de abatimiento, por su actitud silenciosa y tímida, se podía establecer alguna que otra conjetura. Además, por conductos más alejados, por conversaciones amistosas de los educadores con los muchachos más impresionables se filtraban rumores difíciles de captar.
Sin embargo, no se podía ocultar plenamente ante el personal pedagógico el ultraje continuo de todo un grupo de colonos, y llegó un instante en qué dejó de ser un secreto para nadie el desenfreno antisemita a que había llegado la colonia. Se pudo establecer, además, la lista de los ofensores. Todos ellos eran viejos conocidos nuestros -Burún, Mitiaguin, Vólojov, Prijodko-, pero dos colonos, Osadchi y Taraniets, desempeñaban el papel principal.
Hacía ya mucho tiempo que la viveza, el ingenio y la capacidad de organización habían promovido a Taraniets a la primera fila de los colonos, pero la llegada de muchachos mayores no le dejaba espacio libre. Ahora su tendencia al dominio había encontrado una válvula de escape en el atemorizamiento de los judíos y en su escarnio. Osadchi era un muchacho de dieciséis años, sombrío, tenaz fuerte y excepcionalmente salvaje. Se enorgullecía de su pasado, pero no porque hallara en él ningún atractivo, sino por tesón, porque se trataba de su pasado y a nadie le importaba su vida.
Osadchi sentía gusto por la vida y procuraba siempre celosamente que no pasara día alguno sin proporcionarle su correspondiente satisfacción. En materia de satisfacciones, Osadchi era hombre de pocas exigencias. Generalmente, se contentaba yendo de, paseo a Pirogovka, aldea próxima a la ciudad, poblada por medio-kulaks, medio-artesanos. En aquellos tiempos, Pirogovka brillaba por su abundancia de muchachas guapas y de aguardiente, y ambas cosas constituían la principal satisfacción de Osadchi. Su eterno acompañante era Galatenko, un muchacho famoso en toda la colonia por lo vago y glotón.
Osadchi se dejaba un flequillo absurdo que le impedía ver la luz del día, pero que, según todas las trazas, constituía una ventaja considerable en la lucha por la simpatía de las muchachas de Pirogovka. Bajo ese flequillo, me miraba siempre sobriamente y, al parecer, hasta con odio cuando yo trataba de inmiscuirme en su vida privada. No le dejaba ir a Pirogovka y le exigía con insistencia que se interesara más por la colonia.
Osadchi se convirtió en el inquisidor principal de judíos. Seguramente no era antisemita. Pero su impunidad y la indefensión de los hebreos le permitían brillar en la colonia con un ingenio y un heroísmo primitivos.
Era preciso emprender prudentemente la lucha franca y manifiesta contra esta banda de monstruos, porque semejante lucha implicaba la amenaza de terribles represalias, sobre todo contra los judíos. Tipos como Osadchi no se abstendrían, en caso extremo, ni siquiera de recurrir al cuchillo. Había que actuar bajo cuerda y con mucho tiento o cortando por lo sano.
Comencé por lo primero. Necesitaba aislar a Osadchi y a Taraniets. Karabánov, Mitiaguin, Prijodko y Burún me eran adictos, y yo tenía descontada su ayuda. Pero lo más que obtuve de ellos fue convencerles de que no tocaran a los hebreos.
-¿De quién hay que defenderlos? ¿De toda la colonia?
-No mientas, Semión. Tú sabes de quién.
-¡Y qué importa que lo sepa! Aunque salga en defensa no voy a tener todo el día atado a mí a ese Ostromújov. De todas formas, le pescarán y le zurrarán todavía más.
Mitiaguin me dijo francamente:
-Yo no me meto en eso, no es cosa mía; pero no les tocaré: no me hacen falta.
El que más simpatizaba conmigo era Zadórov. Sin embargo, no sabía cómo abordar la lucha directa contra tipos como Osadchi.
-Aquí hay que intervenir radicalmente, pero no sé de qué manera. Además, delante de mí todos lo ocultan como delante de usted. En mi presencia no tocan a nadie.
La situación de los judíos se hacía más y más difícil. Todos los días se les podía ver ya llenos de cardenales, pero, al interrogarles, se negaban a dar el nombre de sus apaleadores. Osadchi se paseaba cómo un gallito por la colonia y nos miraba desafiante a mí y a los educadores bajo su espléndido flequillo.
Decidí jugarme el todo por el todo y le llamé a mi despacho. Negó todo resueltamente... Sin embargo, su aspecto dejaba traslucir que negaba sólo por el bien parecer, pero que, en realidad, le tenía sin cuidado lo que yo pensara de él.
-Tú les pegas todos los días.
-Nada de eso -me respondía de mala gana.
Le amenacé con expulsarle de la colonia.
-Bueno, ¿y qué? Expúlseme usted.
Conocía muy bien el trámite difícil y penoso necesario para expulsar de la colonia a alguien. Había que gestionarlo largo tiempo en la comisión, presentar toda suerte de cuestionario y de características, enviar más de diez veces al propio Osadchi al interrogatorio e incluso a diferentes testigos.
Además, Osadchi no me interesaba por sí mismo. Toda la colonia seguía sus hazañas, y muchos estaban de acuerdo con él y le admiraban. Expulsarle de la colonia significaba conservar esas simpatías en forma de recuerdo eterno del heroico y sufrido Osadchi, que no temía nada ni obedecía a nadie, que apaleaba a los judíos y que por ello había sido "encerrado". Por otra parte, Osadchi no era el único que actuaba contra los judíos: Taraniets era menos brutal que Osadchi, pero mucho más astuto y sutil. Nunca les golpeaba y, en presencia de todos, los trataba hasta con ternura, pero por la noche les metía papeles entre los dedos de los pies y, después de encenderlos, se acostaba y se hacia el dormido. O bien, después de procurarse una maquinilla de cortar el pelo convencía a algún botarate como Fedorenko de que pelase a Schnéider media cabeza; luego, simulaba que se había estropeado la máquina, lo que le permitía burlarse del pobre chiquillo cuando iba tras él, suplicándole con los ojos llenos de lágrimas que terminara de pelarle la cabeza.
La salvación de todas esas calamidades llegó de la manera más inesperada y vergonzosa.
Una noche se abrió la puerta de mi despacho, e Ivánovich hizo entrar a Ostromújov y a Schnéider, los dos ensangrentados y escupiendo sangre, aunque sin llorar siquiera por su miedo habitual.
-¿Osadchi? -pregunté.
Iván Ivánovich me refirió que, durante la cena. Osadchi se había metido con Schnéider, responsable del comedor aquel día. Primero le obligó a cambiar su ración, luego le hizo darle otro pan y, por último, cuando Schnéider, al servirle la sopa, inclinó involuntariamente el plato y rozó la sopa con sus dedos, Osadchi se levantó de la mesa y, en presencia del responsable principal y de colonia en pleno, abofeteó a Schnéider. Schnéider tal vez se hubiera aguantado, pero el responsable principal no era hombre pusilánime y, además, nunca había habido hasta entonces entre nosotros peleas en presencia del responsable de la guardia. Iván Ivánovich ordenó a Osadchi que saliera del comedor y me comunicase lo sucedido. Osadchi iba ya hacia la puerta cuando se detuvo para decir:
-Iré a ver al director, pero antes va a pagármelas este judío.
Entonces se produjo un pequeño milagro. Ostromújov, que siempre había sido el más indefenso de los hebreos saltó inesperadamente de la mesa y se abalanzó sobre Osadchi:
-¡No te permitiré que le pegues
Todo eso terminó golpeando Osadchi a Ostromújov allí mismo, en el comedor, y cuando, al salir, descubrió a Schnéider escondido detrás de la puerta le pegó con tanta fuerza, que le saltó un diente. Osadchi se negó después a presentarse ante mí.
En mi despacho, Ostromújov y Schnéider se embadurnaban de sangre el rostro con las sucias mangas de sus klifts, pero no lloraban y, por lo visto, se despedían de la vida. Yo estaba también seguro de que, si ahora no resolvía la situación de una vez para siempre, los judíos tendrían que salvarse inmediatamente por medio de la fuga o disponerse a sufrir un verdadero tormento. Me abatía y me dejaba literalmente helado la indiferencia de todos los colonos, incluido Zadórov, en relación con la riña del comedor. Repentinamente, me sentí tan solo como en los primeros días de la colonia. Pero en los primeros días yo no esperaba ayuda ni simpatía, y la soledad era un fenómeno natural y previsto, mientras que ahora había ya tenido tiempo de sentirme mimado y habituarme a la constante colaboración de los colonos.
En mi despacho, además de los muchachos perjudicados, había algunos otos. Yo le dije a uno de ellos:
-Llama a Osadchi.
Estaba casi seguro de que Osadchi se encabritaría y no querría venir, y había decidido firmemente que, en caso de necesidad, iría yo en busca suya, aunque fuese con el revólver en la mano.
Sin embargo, Osadchi vino. Irrumpió en el despacho con la chaqueta echada por encima de los hombros y las manos en el bolsillo, derribando al pasar una silla. Con él se presentó también Taraniets. Taraniets fingía una actitud de hombre interesado: parecía decir que había acudido únicamente porque aguardaba un ameno espectáculo.
Osadchi me miró por encima del hombro.
-Bueno, ya estoy aquí... ¿Qué pasa? -preguntó.
Le mostré a Ostromújov y a Schnéider:
-¿Qué es esto?
-¿Y qué? ¡Vaya una cosa!... ¡Dos judíos! ¡Y yo que creía que iba a enseñarme usted algo interesante!
Y de pronto la base pedagógica se desmoronó estrepitosamente. Me encontré en el vacío. El pesado ábaco que había sobre mi mesa voló de repente hacia la cabeza de, Osadchi. Fallé el tiro, y el ábaco golpeó sonoramente contra la pared y cayó al suelo.
En un estado de inconsciencia total busqué en la mesa algún objeto pesado, pero así repentinamente una silla y me lancé con ella sobre Osadchi. Presa de pánico, el muchacho retrocedió hacia la puerta. No obstante, la chaqueta le resbaló por los hombros hasta el suelo, y Osadchi, enredándose en ella, se cayó.
Me recobré: alguien tiraba de mí por los hombros. Al volverme, hallé la mirada sonriente de Zadórov:
-¡No vale la pena ese bicho!
Sentado en el suelo, Osadchi sollozaba. En el apoyo de la ventana se había ocultado el pálido Taraniets. Los labios le temblaban.
-¡Tú también te burlabas de estos muchachos!
Taraniets descendió del poyo de la ventana.
-Le doy mi palabra de que no volveré a hacerlo.
-¡ Fuera de aquí!
Se marchó de puntillas.
Osadchi, por fin, se levantó del suelo. Tenía la chaqueta en una mano y con la otra se limpiaba el último resto su debilidad nerviosa: una lágrima solitaria en la sucia mejilla. Me miraba serio y tranquilo.
-Permanecerás cuatro días en la zapatería a pan y agua.
Osadchi sonrió con la boca torcida y me respondió sin pensarlo:
-Bueno.
Al segundo día de castigo me llamó:
-No lo haré más: perdóneme usted.
-Hablaremos de perdón cuando cumplas el castigo
Después de cumplir los cuatro días de castigo ya no habló más de perdón. Por el contrario, me dijo sobriamente:
-Me marcho de la colonia.
-Márchate.
-Deme usted un documento...
-¡Nada de documentos!
-Adiós.
-Que te vaya bien.

14. BUENOS VECINOS

No sabíamos a dónde se había marchado Osadchi. Unos decían que se había ido a Tashkent, porque allí todo estaba barato y se podía vivir alegremente; otros aseguraban que Osadchi tenía un tío en nuestra ciudad, y los terceros rectificaban esta versión, diciendo que no era tío, sino un conocido, cochero de oficio.
Yo no podía rehacerme después del nuevo derrumbamiento pedagógico. Los colonos me fastidiaban con sus preguntas sobre si sabía algo de Osadchi.
-¿Qué os importa a vosotros Osadchi? ¿Por qué os preocupáis tanto?
-No nos preocupamos -me respondió Karabánov-, pero sería mejor que estuviera aquí. Para usted sería mejor...
-No comprendo.
Karabánov me contempló con una mirada mefistofélica:
-Seguramente su alma no se sentirá muy tranquila...
Le chillé:
-¡Dejadme en paz con vuestra palabrería acerca del alma! ¿Qué os habéis creído? ¿Que también mi alma está a vuestra disposición?
Karabánov se alejó en silencio.
En la colonia vibraba la vida. Yo sentía su pulso sano y animoso; bajo mi ventana resonaban bromas y travesuras en las horas libres (a todos, no sé por qué, les gustaba congregarse al pie de mi ventana); nadie se quejaba. Y una vez Ekaterina Grigórievna me dijo con tal expresión, que no parecía sino que yo era un enfermo grave y ella una hermana de la caridad:
-No tiene usted por que atormentarse así. Pasará.
-Pero si yo no me atormento. Claro que pasará. ¿Qué hay por la colonia?
Yo misma no sé cómo explicarlo. La colonia está ahora bien; en ella hay un espíritu humano. Nuestros judíos son un encanto: están un poco asustados por todo, trabajan muy bien y se azoran terriblemente. ¿Sabe usted? Los mayores cuidan de ellos. Mitiaguin, como una niñera, obliga a Gléizer a lavarse, le ha cortado el pelo, hasta le ha cosido los botones.
Sí. Es decir, todo iba bien. Pero, ¡qué desorden, qué caos llenaba -mi alma pedagógica! Un pensamiento me abrumaba: ¿sería posible que yo no encontrara la clave del secreto? Parecía que ya lo tenía entre las manos, que únicamente me faltaba asirlo. Los ojos de muchos colonos brillaban ya de un modo nuevo... y, de pronto, todo se venía lamentablemente abajo. ¿Sería posible que debiese comenzar de nuevo?
Me indignaba la técnica pedagógica, tan mal organizada, y me indignaba también mi impotencia técnica. Con repugnancia y con rabia pensaba yo acerca de la ciencia pedagógica:
"¡Cuántos miles de años lleva existiendo! ¡Qué nombres, qué pensamientos brillantes: Pestalozzi, Rousseau, Natorp, Blonski! ¡Cuántos libros, cuánto papel, cuánta gloria! Y al mismo tiempo, un lugar vacío, nada que pueda corregir a un solo granuja, ningún método, ningún instrumento, ninguna lógica, nada. Pura charlatanería".
En lo que menos pensaba yo era en Osadchi. Le he incluido en la cuenta de pérdidas inevitables en toda empresa. Su marcha presuntuosa me inquietaba menos todavía. Y, además, Osadchi volvió pronto.
Sobre nuestra cabeza se abatió un nuevo escándalo, a consecuencia del cual supe, por fin, lo que quiere decir se le pongan a uno los pelos de punta.
En una apacible noche de invierno, un grupo de colonos, incluido Osadchi, riñó con los mozos de, Pirogovka. La riña degeneró en pelea. Por nuestra parte predominaban armas blancas, las navajas; por parte de ellos, las arma de fuego, los retacos. El combate terminó a nuestro a favor. Los mozos fueron desplazados del, lugar en que solían reunirse con las mozas y, después de huir vergonzosamente, se refugiaron en el edificio del Soviet rural. A eso de las tres de la madrugada, el edificio fue tomado por asalto; es decir, fueron arrancadas de él las puertas y las ventanas, y el combate derivó en una enérgica persecución. Saltando esas mismas puertas y ventanas, los mozos se dispersaron por las casas, y los colonos volvieron triunfalmente a la colonia.
Lo más terrible de todo fue que el Soviet rural quedó destrozado hasta tal punto, que al día siguiente no se pudo trabajar en él. Además de las puertas y de las ventanas, habían sido rotas las mesas y las sillas, dispersos los papeles y hechos añicos los tinteros.
Por la mañana, los bandidos se despertaron como angelitos inocentes y se fueron al trabajo. Hacia mediodía vino a verme el presidente del Soviet rural de Pirogovka y me relató los sucesos de la noche pasada.
Yo miraba con sorpresa a aquel viejecito lugareño, delgado y listo: ¿por qué seguía hablando conmigo, por qué no daba parte a la milicia, por qué no metía en la cárcel a todos estos miserables y a mí entre ellos?
Pero el presidente me refería el suceso con más tristeza que indignación y lo que, sobre todo, le preocupaba era saber si la colonia repararía las puertas y las ventanas y si yo podría ahora facilitarle dos tinteros.
Me quedé estupefacto, sin poder explicarme tan "humanitaria" actitud hacia nosotros por parte de las autoridades. Después resolví que el presidente, igual que yo, no concebía aún todo el horror del asunto: lo único que hacía era mascullar no sé qué para dar a entender que "reaccionaba" de algún modo.
Yo juzgaba por mí mismo: también estaba atascado en una especie de balbuceo.
-Claro está que lo arregláremos todo... ¿Tinteros? Puede usted llevarse éstos.
El presidente tomó los tinteros y, sujetándolos cuidadosamente con la mano izquierda, los estrechó contra su vientre. Eran unos tinteros corrientes y seguros.
-En fin, nosotros lo repararemos todo. Ahora mismo enviaré a un maestro. Sólo que deberán esperar ustedes a que traigamos los cristales de la ciudad.
El presidente me miró reconocido:
-No corre tanta prisa. Podemos esperar hasta mañana. Cuando tengan ustedes el vidrio, se puede hacer todo al mismo tiempo...
-¿Ah, sí? Entonces mañana,...
Pero ¿por qué seguía sin irse aquel botarate de presidente?
-¿Regresa usted ahora a Pirogovka? -le pregunté.
-Sí.
El presidente se volvió, sacó del bolsillo un pañuelo amarillo y se secó el bigote, completamente limpio. Se me acercó más.
-¿Comprende? Se trata de... ayer sus muchachos se apoderaron allí... ¿Sabe? La gente es joven... También estaba allí el mío... Son mozos y, para divertirse, sólo por eso, nada de otra cosa, Dios nos libre... Como los camaradas tienen, pues él también... Yo digo que con estos tiempos... cada uno tiene...
-¿ De qué se trata? -inquirí-. Perdóneme usted, pero no entiendo nada
-El retaco -Contestó a boca de jarro el presidente.
-¿El retaco?
-Sí, el retaco.
-¿Y qué?
-Pero, por Dios, si estoy contándoselo a usted: ayer, cuando anduvieron de jarana... Lo que ocurrió ayer... Los suyos se lo quitaron al mío y no sé a quién más; tal vez lo perdió alguno, porque como estaban bebidos... ¿de dónde sacarán el aguardiente?
-¿Quién estaba bebido?
-¿Quién va a ser, santo cielo?... ¿Es que puede uno saberlo? Yo no estaba allí, pero según dicen, todos los suyos estaban borrachos...
-¿Y los suyos?
El presidente titubeó:
-¡Pero si yo no estaba allí! ... Cierto que ayer era domingo. Pero no estoy hablando de eso. Es cosa de jóvenes, y ¿qué se le va a hacer? Yo a eso no me refiero... Cierto que hubo pelea, pero no mataron ni hirieron a nadie. ¿Tampoco entre los suyos, verdad? -preguntó, temeroso.
-Con los míos no he hablado aún.
-Yo no sé; he oído decir a algunos que hubo tiros, dos o tres, seguramente cuando huían, porque los suyos, como usted sabe, son gente fogosa, y los nuestros, aldeanos, mientras se mueven. . ¡Je, je, je, je!
El viejecito se reía con los ojillos entornados, dulzón, cariñoso. A los viejos así se les llama siempre "abuelos". También yo me reía mirándole, pero dentro de mí había una confusión insoportable.
-Entonces, según usted, ¿no ha ocurrido nada terrible? ¿Se han peleado y luego tan amigos?
-Eso es, eso es: tan amigos. También yo, de joven, peleaba por las muchachas. Mi hermano Yákov fue apaleado un día por los mozos hasta quedar medio muerto. Usted llame a los muchachos y hable con ellos para que la cosa no vuelva a repetirse.
Salí al zaguán,
-Llama a todos los que estuvieron ayer en Pirogovka.
-¿Y dónde están? - me preguntó un muchacho de aire despierto, que, ocupado, por lo visto, en algún asunto urgente, atravesaba, corriendo, el patio.
-¿A caso no sabes quién estuvo ayer en Pirogovka?
-¡Oh! ¡Qué listo es usted! ... Más vale que llame a Burún.
-Bueno, llámale.
Burún se presentó en el zaguán.
-¿Osadchi está en la colonia?
-Ha venido y está trabajando en el taller de carpintería.
-Dile que los nuestros han armado ayer un escándalo en Pirogovka y que el asunto es muy serio.
-Sí, los muchachos han hablado de ello.
-Pues anda: di ahora a Osadchi que se reúnan todos en mi despacho: el presidente está allí. Y que no mientan, porque la cosa puede concluir muy mal.
Mi despacho rebosaba de "pirogovianos": Osadchi, Príjodko, Chóbot, Oprishko, Galatenko, Golos, Soroka y otros que no recuerdo. Osadchi se mantenía con desenvoltura, como si no hubiera ocurrido nada entre nosotros. En presencia de un extraño yo tampoco quería recordar el pasado.
-Ayer habéis estado en Pirogovka. Os emborrachasteis, escandalizasteis, los mozos quisieron poner paz, y entonces vosotros les golpeasteis y destruisteis el Soviet rural. ¿Fue así?
-No del todo como usted lo cuenta -dijo Osadchi, adelantándose-. Es verdad que los muchachos estuvieron en Pirogovka. Yo he vivido allí tres días: usted sabe por qué... Pero no es verdad que nos emborrachásemos... Sólo Panás, el hijo del presidente, anduvo todo el día con Soroka, y Soroka, efectivamente, estaba un poquitín bebido... Y también a Golos le convidaron sus amistades. Pero los demás estábamos como es debido. Y no nos metíamos con nadie. Paseábamos como todos. Y, en esto, se acercó uno, Járchenko, y me gritó: "¡Arriba las manos!", y me apuntó con un retaco. Yo, claro, le di en los morros. Y entonces se armó todo... Están furiosos con nosotros porque las chicas nos prefieren a ellos...
-¿Y qué es lo que se armó?
-Pues nada, que nos peleamos. Si ellos no hubieran disparado, no habría pasado nada de particular. Pero Panás disparó y Járchenko también, y nosotros, naturalmente, les perseguimos. No queríamos pegarles, sino solamente quitarles los retacos, pero ellos se encerraron. Entonces, Prijodko, usted le conoce, arrimó el hombro...
-¡Arrimó el hombro! ¡Buena la habéis hecho! ¿Dónde están los retacos? ¿Cuántos tenéis?
-Dos.
Osadchi se volvió a Soroka:
-Tráelos.
Trajeron los retacos. Ordené a los muchachos que volvieran a los talleres. El presidente vacilaba, contemplaban los retacos:
-Entonces, ¿puedo llevármelos?
-¿Por qué? Su hijo no tiene derecho a llevar retaco y Járchenko tampoco. Por mi parte, yo no tengo tampoco derecho a devolverlos.
-¿Yo para qué los necesito? No me los devuelva quédese con ellos. Tal vez le sirvan para asustar a ladrones en el bosque. Yo lo que quiero, ¿comprende? que no dé usted importancia al asunto... Es cosa de jóvenes, ¿sabe?
-¿Me dice usted eso para que no me queje en ningún sitio?
-Claro, para eso.
Me eché a reír:
-¿Qué falta hace? Nosotros somos vecinos.
-Eso, eso -se alegró el abuelo-; nosotros somos vecinos... ¿Qué no puede ocurrir? Y si todo se lleva a autoridades...
Cuando se fue el presidente, yo, sentí que un gran peso se me quitaba de encima.
Hablando con propiedad, aún debía exponer toda la historia en lenguaje pedagógico. Pero los, muchachos y yo nos sentíamos tan satisfechos de que todo hubiera terminado bien, de que esta vez no nos hubiese hecho falta la pedagogía. Yo no les castigué, y ellos me dieron palabra de no volver a Pirogovka sin mi permiso y de reconciliarse con los mozos del lugar.

15. "EL NUESTRO ES EL MAS GUAPO"

En el invierno de 1922 había seis muchachas en la colonia. Por aquel entonces, Olia Vóronova había espigado y estaba verdaderamente hermosa. Los muchachos la admiraban en serio, pero Olia observaba con todos la misma actitud cariñosa e inaccesible, y solamente Burún era su amigo. Tras las amplias espaldas del muchacho, Olia no tenía miedo a nadie en la colonia y podía incluso contemplar desdeñosamente el enamoramiento de Prijodko el muchacho más fuerte, más tonto y más torpe de la colonia. Burún no estaba enamorado. Lo que le unía a Olia era una auténtica amistad juvenil, y esta circunstancia había aumentado en mucho el respeto de que los dos gozaban entre los colonos. A pesar de su belleza, Olia no destacaba en nada. Le gustaba mucho la agricultura; el trabajo en el campo, hasta el más duro, le atraía como una bella música, y soñaba:
-Cuando yo crezca, me casaré obligatoriamente con un campesino.
Quien llevaba la voz cantante entre las muchachas era Nastia Nochévnaia. La habían enviado a la colonia con un voluminoso expediente, en el que se hablaba de ella: ladrona, vendedora de objetos robados, mantenedora de una guarida de ladrones. Y por eso, nosotros mirábamos a Nastia como si fuese un milagro. Criatura excepcionalmente honesta y simpática, no tenía arriba de quince años, pero se distinguía, por su apostura, su rostro blanco, su gesto arrogante y su carácter firme. Sabía reprender a las muchachas sin arrebatarse ni chillar, sabía también llamar al orden a cualquier colono sólo con la mirada y reconvenirle de manera breve, aunque enérgica:
-¿Por qué has tirado el pan después de partirlo? ¿Te consideras rico o es que has estudiado en la universidad de los cerdos? Recógelo ahora mismo! ...
Nastia tenía una voz profunda, de pecho, en la que se transparentaba una fuerza recóndita.
Nastia hizo amistad con las educadoras, leía mucho; tenazmente, y marchaba sin la menor duda hacia el objetivo propuesto: el Rabfak. Pero el Rabfak se hallaba todavía en un horizonte lejano para Nastia, lo mismo que para los demás colonos que también aspiraban a él: Karabánov, Vérshnev, Zadórov, Vetkovski. Nuestros primogénitos eran demasiado incultos y les costaba trabajo asimilar las profundidades de la aritmética y de la cultura política elemental. Raísa Sokolova era la más instruida de todos: por eso la enviamos al Rabfak de Kiev en el otoño de 1921.
Hablando con propiedad, se trataba de una empresa desesperada, pero nuestras educadoras sentían vehementes deseos de tener a una alumna del Rabfak en la colonia. Aunque el objetivo era hermoso, Raísa reunía pocas condiciones para una causa tan noble. El verano íntegro estuvo preparándose, pero era preciso sentarla por la fuerza para que estudiara algo, porque Raísa no tenía el menor afán de instrucción.
Zadórov, Vérshnev, Karabánov -todos los que sentían la vocación del estudio- estaban muy descontentos de que Raísa fuera al Rabfak. Vérshnev, que se distinguía por la admirable capacidad de pasarse leyendo las veinticuatro horas del día, incluso cuando estaba soplando en el fuelle de la forja, infatigable buscador y amante de la verdad, profería terribles juramentos siempre que pensaba en el futuro luminoso de Raísa y me decía, tartamudeando:
-¿Cómo no-no-no lo comprenden ustedes? De todas for-for-mas, Raísa acaba-bará en la cárcel.
Karabánov se expresaba con mayor claridad:
-¡Jamás les creí capaces de tanta tontería!
Zadórov, sin sentirse cohibido por la presencia de Raísa, sonreía desdeñosamente y hacía un ademán de desesperanza:
-¡Vaya una estudiante! ¡Es igual que querer pegar a un jorobado a la pared!
Raísa sonreía coqueta y soñadora en respuesta a todos esos sarcasmos, y, aunque no deseaba ingresar en el Rabfak, se sentía contenta: le agradaba la idea de ir a Kiev.
Yo estaba de acuerdo con los muchachos. En realidad, Raísa no tenía nada de estudiante: incluso ahora, preparándose para el ingreso en el Rabfak, recibía misteriosas esquelas, de la ciudad, se marchaba a escondidas de la colonia y con el mismo misterio acudía a verla Kornéiev, un colono fracasado, que permaneció solamente tres semanas en la colonia y que estuvo robándonos de modo consciente, y regular, detenido después en la ciudad por robo, peregrino constante por los departamentos de Investigación Criminal, un ser repugnante y corrompido hasta más no poder, que fue uno de los pocos muchachos a quienes yo renuncié a la primera ojeada.
Raísa aprobó el examen de ingreso. Pero, una semana después de ese feliz acontecimiento, los muchachos supieron que también Kornéiev se había ido a Kiev.
-Ahora comenzará la verdadera ciencia -anunció Zadórov.
Corría el invierno. De vez en cuando Raísa nos escribía, pero era imposible sacar algo en limpio de sus cartas. Unas veces parecía que todo iba bien; otras veces que era muy difícil estudiar, y siempre se quejaba de falta de dinero, aunque percibía su estipendio. Cada mes le enviábamos de veinte a treinta rublos. Zadórov afirmaba que Kornéiev cenaría bien con ese dinero, y esto tenía todas las trazas de ser verdad. Principalmente eran censuradas las educadoras, a quienes se debía toda la historia del viaje a Kiev.
-Para todos, menos para ustedes, es evidente que Raísa no sirve. ¡Cómo es posible que nosotros lo veamos y ustedes no?
En enero, Raísa regresó inesperadamente con todas sus cestas y nos dijo que venía de vacaciones. Pero no traía ningún documento en el que, constase que, efectivamente, estaba de vacaciones, y por toda su conducta era visible que no pensaba volver a Kiev. El Rabfak de Kiev respondió a mi demanda que Raísa Sokolova, después de dejar de asistir a las clases, había abandonado la residencia colectiva en dirección desconocida.
El asunto estaba claro. Hay que hacer justicia a los muchachos: no se burlaban de Raísa, no aludieron al desdichado Rabfak e incluso, parecían haberse olvidado de toda esta aventura. Al principio, después de llegar la muchacha; se rieron a sus anchas de Ekaterina Grigórievna, ya de por sí muy confusa, pero en general, se comportaron como si hubiese ocurrido la cosa más corriente del mundo, algo previsto ya por ellos.
En marzo me comunicó Osipova una duda que la inquietaba: según ciertos indicios, Raísa estaba embarazada.
Yo me quedé helado. Nuestra situación era bastante complicada: ¡una educanda embarazada en una colonia infantil! Yo sentía alrededor de nuestra colonia, en la ciudad, en la delegación de Instrucción Pública, la presencia de un gran número de santurronas, que indudablemente aprovecharían la ocasión para poner el grito en el cielo: en la colonia reinaba la depravación sexual, los niños cohabitaban con las niñas. Me asustaba también propio estado de cosas en la colonia y la situación difícil de Raísa como educanda. Supliqué a Osipova que hablara francamente con ella.
Raísa negó categóricamente el embarazo e incluso se ofendió:
-¡Nada de eso! ¿Quién ha inventado semejante porquería? ¿Y desde cuándo las educadoras se dedican también a chismorrear?
La pobre Osipova sintió que, en efecto, no había obrado bien. Raísa estaba muy gruesa, y lo que parecía embarazo podía ser simplemente una obesidad anormal sobre todo porque, a simple vista, realmente, no se podía decir nada. Creímos a Raísa.
Pero no había transcurrido una semana cuando Zadórov me hizo salir un anochecer al patio para hablar conmigo a solas.
-¿Usted sabe que Raísa está embarazada?
-¿Y tú cómo lo sabes?
-¡Qué raro es usted! ¿No se ve acaso? Todos lo saben, y yo pensaba que ustedes también.
-Bueno, y si está embarazada, ¿qué?
-Pues nada... Sólo que ¿para qué lo oculta? Si está embarazada, que lo esté; pero ¿por qué hace como si no hubiese nada? Y, además, aquí tiene usted una carta de Kornéiev. ¿Ve? ... "Querida mujercita". Pero esto lo sabíamos ya nosotros.
También entre los educadores cundía la inquietud. Al cabo, toda esta historia comenzó a sacarme de quicio.
-Pero, ¿por qué os preocupáis tanto? Si está embarazada, tendrá que dar a luz. No importa que lo oculte ahora: el parto no podrá ocultarlo. En esto no hay de terrible: nacerá un niño, y nada más.
Llamé á Raísa y la pregunté:
-Dime la verdad, Raísa. ¿Estás embarazada?
-Pero, ¿por qué me importunan todos con lo mismo? ¿Qué significa eso? Están todos tan pesados, que parecen abejorros: ¡embarazada, embarazada!... No hay nada de eso, ¿comprende usted o no?
Raísa se echó a llorar.
-Mira, Raísa, si estás embarazada no debes ocultarlo. Nosotros te ayudaremos a colocarte, aunque se en nuestra colonia; también te ayudaremos económicamente. Es preciso prepararlo todo para el niño, hacer la ropita y lo demás...
-Pero si no hay nada de eso. No quiero ningún trabajo; déjenme en paz.
-Bueno, vete.
Así, pues, nadie pudo saber nada en la colonia. Podíamos haberla enviado a que la reconociera un médico, pero en esta cuestión diferían las opiniones de los pedagogos. Unos insistían en la necesidad de que la cosa fuese puesta rápidamente en claro; otros me daban la razón y decían que un reconocimiento de esa clase era muy penoso y humillante para una muchacha y que, en fin de cuentas, no hacía falta ningún reconocimiento: tarde o temprano aparecería toda la verdad. Y, además, ¿por qué apresurarse? Si Raísa estaba embarazada, sería, a lo sumo, de cinco meses. Mejor era que se tranquilizase. Así se acostumbraría a esta idea y, mientras tanto, le sería ya difícil ocultarlo.
Dejamos en paz a Raísa;
El 15 de abril se celebró en el teatro municipal una gran reunión de pedagogos, en la que yo informé acerca de la disciplina. Conseguí terminar mi informe en la primera velada, pero en torno a mis tesis se desarrolló un apasionado debate y tuvimos que aplazar la discusión del informe para el día siguiente. En el teatro se hallaban presentes casi todos nuestros educadores y algunos de los colonos de más edad. Nos quedamos a pasar la noche en la ciudad.
En aquella época, no sólo en nuestra provincia se interesaban por la colonia, y al día, siguiente el teatro estaba atestado. Entre las preguntas que se me hicieron hubo una acerca de la coeducación. Entonces la coeducación en las colonias para delincuentes, estaba prohibida por la ley, y nuestra colonia era la única en toda la Unión Soviética que hacía esa experiencia.
Respondiendo a la pregunta, recordé por un segundo a Raísa, pero incluso su posible embarazo no alteraba en absoluto mi punto de vista acerca de la coeducación y participé a la asamblea que en este terreno todo marchaba bien entre nosotros.
Durante el descanso me llamaron al vestíbulo. Tropecé con el jadeante Brátchenko: había hecho el viaje a caballo y no quería revelar el objeto de su viaje a ninguno de educadores.
-Una desgracia, Antón Semiónovich: en el dormitorio de las muchachas ha aparecido un niño muerto.
-¿Cómo un niño muerto?
-Muerto, completamente muerto. En una cesta de Raísa. Lenka estaba fregando el suelo y, no sé por qué le ocurrió mirar en la cesta, tal vez para coger algo de ella. Entonces descubrió un niño muerto.
-Pero, ¿qué dices?
-¿Cómo expresar nuestro estado de ánimo? En toda mi vida había experimentado semejante horror. Las educadoras, pálidas y sollozantes, salieron a duras penas del teatro y regresaron a la colonia en un coche de alquiler. Yo no podía hacer lo mismo: tenía que defenderme de los ataques a mi informe.
-¿Dónde está ahora el niño? -pregunté a Antón.
-Iván Ivánovich lo ha encerrado en el dormitorio.
-¿Y Raísa?
-En el despacho, vigilada por los muchachos.
Envié a Antón a la milicia con un escrito en el que notificaba el hallazgo, y me quedé para continuar la discusión acerca de la disciplina.
Sólo al anochecer llegué a la colonia. Raísa estaba mi despacho: sentada en un diván de madera, los cabellos revueltos, con el mismo delantal sucio que llevaba en el lavadero. No quiso mirarme cuando entré y bajó todavía la cabeza. En el mismo diván, se hallaba Vérshnev rodeado de libros: parecía buscar algo, porque hojeaba rápidamente volumen tras volumen sin hacer caso de nadie.
Dispuse que se levantara el candado que había en puerta del dormitorio y que la cesta en que estaba el cadáver fuese trasladada al depósito de la ropa. Ya avanzada la noche, cuando todos se retiraron a dormir, pregunté a Raísa:
-¿Por qué has hecho eso?
Ella levantó la cabeza y, mirándome torpemente, como una bestia, se arregló el delantal sobre las rodillas.
-Lo he hecho y nada más.
-¿Por qué no me hiciste caso?
De pronto rompió a llorar en silencio.
-Yo misma no lo sé.
La dejé que pasara la noche en el despacho, bajo la custodia de Vérshnev, cuya pasión por la lectura garantizaba una vigilancia perfecta. Todos temíamos que Raísa atentara contra su vida.
Por la mañana llegó el juez. Pero la instrucción de la causa exigió poco tiempo; no había a quién interrogar. Raísa relató su crimen con palabras lacónicas, aunque exactas. Había dado a luz -por la noche, en el mismo dormitorio donde descansaban cinco muchachas más. Ninguna de ellas se despertó Raísa explicó esta circunstancia como si se tratara de la cosa más sencilla:
-Procure no quejarme.
Inmediatamente después del parto, estranguló al niño con un pañuelo. Negaba la premeditación del asesinato:
-Yo no quería hacerlo, pero él empezó a llorar..
Escondió el cadáver en una de las cestas que había llevado al Rabfak, con intención de trasladarla la noche siguiente al bosque y dejarla abandonada allí. Las raposas devorarían el cadáver y nadie sabría nada. Por la mañana, fue a trabajar al lavadero, donde las muchachas lavaban su ropa. Desayunó y almorzó con todos los colonos; solamente parecía "aburrida", según la expresión de los muchachos.
El juez instructor se llevó consigo a Raísa y dispuso el traslado del cadáver al depósito de un hospital para que se le practicara la autopsia.
El personal pedagógico se hallaba desmoralizado hasta más no poder por este suceso. Todos pensaban que habían llegado los últimos días para la colonia.
Los colonos se hallaban un tanto excitados. Las muchachas tenían miedo a la oscuridad nocturna y a su propia alcoba, en la que no querían dormir sin que hubiese algún muchacho. Zadórov y Karabánov pasaron varias noches en el dormitorio, pero todo esto tuvo por única consecuencia que tanto las muchachas como los muchachos ni dormían ni siquiera se desnudaban. La ocupación preferida de los chicos en aquellos días era asustar a las muchachas: aparecían bajo sus ventanas envueltos en sábanas blancas, organizaban monstruosos conciertos por las tuberías de las estufas, se ocultaban en secreto debajo de la cama de Raísa y por la noche aullaban desde allí.
En cuanto al crimen, los muchachos lo consideraban como la cosa más simple del mundo. Al mismo tiempo ellos constituían la oposición a los educadores en versión de los posibles móviles que habían inducido a Raísa. Los pedagogos estaban seguros de que Raísa había estrangulado al niño en una crisis de pudor femenino como si la muchacha, sobreexcitada en aquel dormitorio en que descansaban sus compañeras, hubiera temido, realmente, que alguna de ellas se despertase cuando él comenzó a llorar.
Zadórov se retorcía de risa al oír esas explicaciones de los pedagogos, excesivamente inclinados a la sicología:
-¡Pero no digan ustedes absurdos! ¿Por qué hablar de pudor femenino? De antemano lo tenía pensado todo: por eso no quería confesar que iba a dar pronto a luz. Todo lo había previsto y discutido con Kornéiev. Y también lo de la cesta y lo de llevarla al bosque. En caso de hubiera obrado por vergüenza, ¿acaso habría ido tan tranquila a trabajar al día siguiente? Si dependiera de mí, fusilaría a Raísa mañana mismo. Ha sido un bicho y siempre lo será. Y ustedes salen ahora con el pudor femenino cuando ella no ha tenido nunca el menor pudor.
-En ese caso, ¿qué objetivos perseguía? ¿Por qué ha obrado así? -planteaban los pedagogos la pregunta que ellos consideraban fulminante.
-Un objetivo muy sencillo: ¿para qué quería ella un niño? Un niño origina siempre mucho trabajo, hay que darle de comer, etc. ¡Menuda falta les hace a ellos el niño, sobre todo a Kornéiev!
-¡No, hombre! Eso no puede ser...
-¿Que no puede ser? ¡Cuidado que son ustedes raros! Claro que Raísa no dirá nada, pero, si se la sondeara bien, se descubriría cada cosa...
Los muchachos eran todos de la misma opinión Zadórov. Karabánov estaba seguro de que no era la primera vez que Raísa salía con "una broma de ésas" y de antes de ir a la colonia seguramente había habido ya algo.
Tres días después del crimen, Karabánov llevó el cadáver del niño a un hospital. Regresó excitadísimo:
-¡Qué de cosas he visto allí! En unos frascos por lo menos, treinta niños pequeños. Algunos son terribles, con la cabeza así, otro tiene las piernas tan retorcidas, que no se sabe si es un ser humano o un sapo. El nuestro ¡ni comparación tiene! Es el más guapo.
Ekaterina Grigórievna movió con aire reprobatorio la cabeza, pero tampoco ella pudo reprimir una sonrisa:
-¡Qué dice usted, Semión! ¿ Cómo no le da vergüenza?
Alrededor los muchachos se reían a carcajadas, cansados ya de los rostros fúnebres y abatidos de los educadores.
Tres meses más tarde, Raísa fue juzgada. Todo el consejo pedagógico de la colonia fue citado al juicio. En el proceso reinaron la sicología y la teoría del pudor femenino. El juez nos reprochó que no hubiéramos sabido inculcar en la muchacha un buen criterio. Naturalmente, nosotros no pudimos protestar. Cuando deliberaba el tribunal me llamaron para preguntarme:
-¿Puede usted admitirla de nuevo en la colonia?
-Claro que sí.
Raísa fue condenada condicionalmente a ocho años y puesta en el acto bajo la vigilancia responsable de la colonia.
Volvió a la colonia como si no hubiera ocurrido nada. Trajo consigo unas espléndidas botinas amarillas, y en nuestras veladas refulgía entre los giros del vals, suscitando con sus botinas la envidia irresistible de nuestras lavanderas y de las mozas de Pirogovka.
Nastia Nochévnaia me dijo:
-O retiran ustedes a Raísa de la colonia o la retiramos nosotras mismas. Da asco vivir con ella en la misma habitación.
Yo me apresuré a colocarla en una fábrica de artículos de punto.
La encontré varias veces en la ciudad. En 1928 estuve en la ciudad para asuntos de la colonia y un día vi, de pronto, a Raísa tras el mostrador de un refectorio. La reconocí en el acto: había engordado, pero, al mismo tiempo, parecía más musculosa y más esbelta.
-¿Cómo estás?
-Bien. Trabajo aquí. Tengo dos hijos y un buen marido.
-¿Kornéiev?
-¡Oh, no! -sonrió-. Lo viejo está ya olvidado. Hace tiempo que le apuñalaron en la calle... ¿Y sabe usted una cosa, Antón Semiónovich?
-¿Qué?
-Gracias por haberme ayudado entonces. Tan pronto como entré en la fábrica, me despedí de todo lo viejo.

16. "HABERSUP"

En la primavera cayo sobre nosotros una nueva plaga: el tifus exantemático. El primero que enfermó fue Kostia Vetkovski.
No había médico en la colonia. Ekaterina Grigórievna que en otro tiempo había asistido a un instituto de medicina, actuaba como médico en los casos imprescindibles en que era violento llamar a algún médico y no podíamos pasarnos sin él. Su especialidad en la colonia eran la sarna y la cura de urgencia en casos de quemadura, corte o golpe, así como en casos de heladuras de las extremidades inferiores durante el invierno, frecuentes por culpa de la imperfección de nuestro calzado. Me parece que ésas eran todas las dolencias que accedían a sufrir nuestros colonos, nada caracterizados por la inclinación a perder el tiempo con médicos y medicinas.
Yo he sentido siempre profundo respeto ante los colonos por su falta de exigencias para con la medicina y personalmente aprendí mucho de ellos en este sentido. Entre nosotros era en absoluto normal no considerarse enfermo con treinta y ocho grados de fiebre, y presumíamos mutuamente de nuestra capacidad de resistencia en tales casos. Por lo demás, se trataba casi de una necesidad, ya que los médicos nos visitaban de bastante mala gana.
Por ello, cuando enfermó Kostia y llegó a tener cuarenta grados de fiebre, eso fue una novedad en nuestra vida. Acostamos a Kostia y procuramos rodearle de toda clase de atenciones. Por las noches se reunían los amigos alrededor de su cama, y, como eran muchos los que estaban en buenas relaciones con él, cada noche le rodeaba verdadera multitud. Para no dejar solo a Kostia y para no originar una situación embarazosa a los muchachos, también nosotros pasábamos junto a su lecho las horas nocturnas.
Unos tres días más tarde, Ekaterina Grigórievna comunicó alarmada su aprensión: la enfermedad se parecía mucho al tifus exantemático. Prohibí a los muchachos acercarse a la cama de Kostia, pero, de todos modos, era imposible aislarle de verdad: teníamos que estudiar en la misma habitación y reunirnos allí por la noche.
Cuando un día después, Vetkovski se agravó, le envolvimos en el edredón con que se cubría, le instalamos en el faetón y yo le conduje a la ciudad.
En la sala de admisión del hospital había unas cuarenta personas paseando, tendidas en el suelo o quejándose. El médico tardaba en aparecer. Se veía que allí habían perdido la cabeza: la hospitalización de un enfermo en aquel establecimiento no auguraba nada bueno para él. Por fin, llegó el médico. Con un gesto indolente alzó la camisa de nuestro Vetkovski, carraspeó senilmente y, sin abandonar su actitud perezosa, dijo a un practicante que tomaba notas tras él:
-Tifus. A las barracas.
En el campo, fuera de la ciudad, habían quedado después de la guerra unas veinte barracas, de madera. Erré largo tiempo entre enfermeras, enfermos y sanitarios, que sacaban camillas tapadas con sábanas. Me dijeron que el enfermo debía ser admitido por el practicante de guardia, pero nadie sabía dónde estaba ni nadie quería buscarle. Por último, perdí la paciencia y me lancé sobre la primera enfermera que vi, empleando palabras rotundas: "vergonzoso", "indignante", "inhumano". Mi cólera surtió efecto: desnudaron a Kostia y se lo llevaron no sé a dónde.
De vuelta a la colonia, me enteré de que habían caído en cama con la misma fiebre Zadórov, Osadchi y Belujin. Sin embargo, a Zadórov le encontré todavía de pie en el preciso instante en que respondía a Ekaterina Grigórievna cuando procuraba convencerle de que debía acostarse:
-¡Pero qué mujer tan extraña es usted! ¿Qué necesidad tengo de acostarme? Ahora mismo voy a la fragua, y en un segundo Sofrón me pone bueno...
-¿Cómo va a ponerle bueno Sofrón? ¿Por qué dice usted tonterías?
-Me curaré tomando lo mismo que él toma para curarse: aguardiente, pimienta, sal, aceite de lubricante y un poco de grasa para ruedas -y Zadórov se reía a carcajadas, sincero y contagioso como siempre.
-¡Fíjese, Antón Semiónovich, hasta qué punto les ha relajado usted! -me dijo Ekaterina Grigórievna-; ¡Quiere ir a ver a Sofrón para que le cure!... ¡ Acuéstese inmediatamente!
Zadórov despedía un calor terrible, y se veía que le costaba trabajo mantenerse de pie. Le así por el codo y le llevé en silencio al dormitorio. Allí estaban acostados Osadchi y Belujin. Osadchi sufría y estaba disgustado por hallarse enfermo. Yo había observado hacía ya mucho tiempo que los muchachos "belicosos" como él soportaban siempre difícilmente las enfermedades. Belujin, en cambio, estaba radiante.
En la colonia no había nadie más alegre ni más optimista que Belujin. Procedía de una vieja familia pobre. Nizhni-Taguil; en la época del hambre se marchó a casa en busca de comida; fue detenido en Moscú durante una redada y llevado a una casa de niños, de donde, tardó poco en huir para convertirse en un vagabundo; entonces le detuvieron por segunda vez y de nuevo se escapó. De carácter emprendedor, procuraba no robar, sino más bien especular, pero él mismo hablaba después de sus especulaciones con una risa bonachona: tan atrevidas, originales y desafortunadas eran siempre. Por fin, Belujin se convenció de que no servía para la especulación y resolvió trasladarse a Ucrania.
En algún tiempo Belujin había estudiado en la escuela. Sabía un poco de todo y era un muchacho desenvuelto y experto, aunque, al mismo tiempo, de una terrible y sorprendente incultura. Hay muchachos así: parece que han aprendido a leer y escribir, conocen los quebrados; y hasta tienen una noción de la regla de interés, pero todo eso lo expresan de un modo tan terriblemente desmañado, hasta hacen reír. Belujin se expresaba también en un lenguaje deslavazado, en el que, a pesar de todo, había sensatez e ingenio.
Enfermo de tifus, era de una charlatanería inagotable y, como siempre, su ingenio se duplicaba por la cómica combinación de palabras casuales:
-El tifus es la intelectualidad médica. ¿Cómo, entonces, se ha pegado a un hombre de origen obrero?- Cuando nazca el socialismo, no, permitiremos ni pisar los umbrales a este bacilo, y, si tiene que resolver un asunto urgente como, por ejemplo, recibir los víveres asignados según el racionamiento, porque, en justicia, también él tiene derecho a la vida, le diré que se dirija a mi secretario-escritor. Y como secretario pondremos a Kolka Vérshnev, que está siempre tan pegado a sus libros como un perro a sus pulgas. Kolka será un intelectual, y a él le corresponde tanto la pulga como el bacilo por el aquel de su equilibrio democrático.
-Yo seré secretario, pero ¿tú qué vas a ser bajo el socialismo? -inquiere, tartamudeando, Vérshnev.
Kolka está sentado a los pies de Belujin, como siempre, con un libro en la mano y, como siempre, desmelenado, con la camisa hecha jirones.
-Yo me dedicaré a escribir leyes acerca de cómo debes vestirte para adaptarte al estilo general de la humanidad y no al de los harapientos, porque hasta Toska Soloviov está indignado. ¡Tú qué vas a ser lector, si pareces un mono! Y, además, no todos los que andan con los monos por las ferias trabajan con un bicho tan negro. ¿Verdad, Toska?
Los muchachos se reían de Vérshnev, pero él, sin enfadarse, posaba amorosamente sobre Belujin la mirada de sus nobles ojos grises. Eran grandes amigos. Habían llegado juntos a la colonia y juntos trabajaban en la fragua, sólo que Belujin se afanaba en el yunque y Kolka prefería el fuelle, para tener una mano libre con qué sujetar algún libro.
Toska Soloviov, a quien llamábamos más frecuentemente Antón Semiónovich -éramos tocayos dobles-, tenía sólo diez años. Belujin le halló en nuestro bosque, medio muerto de hambre, ya en estado de inconsciencia. Había salido con sus padres procedente de la provincia de Samara para Ucrania; en el camino perdió a su madre, y ya no se acordaba de nada más. Toska tenía un hermoso y risueño rostro infantil, siempre vuelto hacia Belujin. Por lo visto, Toska había vivido su corta vida sin grandes impresiones, y el alegre, confiado y dicharachero Belujin, que, por temperamento, no podía temer a la vida y apreciaba el valor de todas las cosas del mundo, le sorprendió y atrajo para siempre.
Toska está a la cabecera de Belujin, y en sus ojos arden el amor y la admiración. Su risa infantil estalla aguda y sonora.
-¡Mono negro!
-¡Toska sí que será un jabato! -dice Belujin, empujándole desde la cama.
Toska se inclina, confuso, sobre el vientre de Belujin, cubierto con el edredón.
-Oye, Toska, no leas los libros como Kolka: ya vez que ha perdido el seso.
-No es él quien lee los libros, sino los libros que le leen a él -dice Zadórov desde la cama vecina.
Yo, cerca de ellos, juego al ajedrez con Karabánov me digo: "Parece que han olvidado que tienen tifus".
-A ver, llamad alguno a Ekaterina Grigórievna
Ekaterina Grigórievna llega en forma de ángel colérico.
-¿Pero qué ternuras son ésas? ¿Qué hace aquí Toska? ¿Es que vosotros os dais cuenta de algo? ¡Esto no tiene nombre!
Toska, asustado, salta de la cama y retrocede. Karabánov le ase de la mano, se encoge y, fingiéndose terriblemente asustado, se mete en un rincón:
-También yo tengo miedo...
Zadórov dice con voz ronca:
-Toska, coge también de la mano a Antón Semiónovich. ¿Por qué le habéis abandonado?
En medio de esa turba jovial Ekaterina Grigórievna mira alrededor con aire de impotencia:
-¡Lo mismo que entre los zulúes!
-Los zulúes son esos que andan sin pantalones y consumen para comer a sus conocidos -dice Belujin, dándose importancia-. Se acercan a una señorita y le dicen así: "Permítame que la acompañe". La señorita, naturalmente, se alegra: "No, ¿para qué se molesta? Yo misma me acompañaré". -"¿Cómo? No puedo permitirlo de ningún modo". Y así van con ella hasta la bocacalle y allí se la engullen. Incluso sin mostaza.
Desde un rincón apartado resuena la risa estridente de Toska. Y Ekaterina Grigórievna sonríe:
-Allí se comen a las señoritas y aquí se permite que los niños pequeños se acerquen a los enfermos de tifus. Viene a ser igual.
Vérshnev encuentra el momento oportuno para vengarse de Belujin:
Los zu-zulúes no se co-comen a las se-señoritas. Y, naturalmente, son más cu-cultos que tú. Vas a con-contagiar a To-toska.
-¿Y usted, Vérshnev, por qué está sentado en esta cama? -observaba a Ekaterina Grigórievna-. Váyase inmediatamente de aquí.
Vérshnev, confuso, empieza a recoger sus libros, esparcidos sobre la cama de Belujin.
Zadórov sale en su defensa:
-Él no es una señorita. Belujin no se lo engullirá.
Toska, qué está ya al lado de Ekaterina Grigórievna, dice pensativo:
-Matvéi no se comerá al mono negro.
Vérshnev se lleva en una mano un verdadero montón de libros y con la otra tira de Toska, que agita las piernas y se ríe. Todo este grupo se desploma sobre la cama de Vérshnev en el ángulo más alejado.
Por la mañana, un profundo carro, construido según un proyecto de Kalina Ivánovich, y que recuerda vagamente un ataúd, rebosa de gente. En el fondo, van nuestros tíficos, envueltos en edredones. Sobre los bordes del ataúd ha sido colocada una tabla, y en ella nos sentamos Brátchenko y yo. Mi estado de ánimo es pésimo, porque presiento la repetición de las idas y venidas del día en que llevé a Vetkovski. Y no tengo ninguna fe en que los muchachos vayan precisamente a curarse.
Osadchi yace en el fondo y se echa convulsivamente el edredón sobre los hombros. De la manta asoma un algodón negro-grisáceo; -a mis pies veo una bota, agujereada y rota, de Osadchi.
Belujin, colocándose el edredón sobre la cabeza, forma algo parecido a una mitra y dice:
-La gente de por aquí creerá -que somos popes y pensará: ¿a dónde llevan a tantos popes?
Zadórov sonríe en respuesta, pero, por su sonrisa, puede uno comprender lo mal que está.
En las barracas, la situación no ha cambiado. Doy con la enfermera que trabaja en la sala donde está Kostia. Difícilmente detiene su veloz carrera por el pasillo.
-¿Vetkovski? Me parece que está en esta sala...
-¿Cómo se encuentra?
-Todavía no se sabe nada.
Antón, a sus espaldas, hace restallar el látigo:
-¿Cómo que no sabe?
-¿Este chico viene con usted? -y la enfermera mira con repugnancia a Antón, todo húmedo, oloroso a estiércol y con briznas de paja adheridas a los pantalones.
-Somos de la colonia Gorki -comienzo yo prudentemente-. Aquí está nuestro educando Vetkovski. Y ahora he traído a tres más, me parece que también con tifus.
-Vaya usted a la sala de admisión.
-¡Pero si hay allí una verdadera multitud! Y, además, me gustaría que los muchachos estuviesen juntos
-No podemos consentir cualquier capricho.
Y la enfermera sigue andando, pero Antón le cierra el paso:
-¿Cómo?, ¿es que no puede usted hablar con la gente?
-Vayan a la sala, camaradas; aquí no hay de hablar.
La enfermera se enfada con Antón y yo también me enfado con él:
-Lárgate de aquí. ¡No molestes!
Sin embargo, Antón no se va a ningún sitio. Estupefacto, me mira a mí y a la enfermera, y yo me dirijo a la enfermera con el mismo acento irritado:
-Tenga la bondad de escucharme dos palabras necesito que los muchachos se repongan.
Por cada uno que se reponga pagaré dos "puds" de harina blanca. Pero desearía tratar con una sola persona. Vetkovskí está en su sala: haga de modo que los demás muchachos se queden también con usted.
La enfermera se asombra, probablemente ofendida.
-¿Qué es eso de harina blanca? ¿Se trata de un soborno? No le entiendo.
-No es un soborno, es un premio, ¿comprende? Si no está usted de acuerdo, buscaré a otra enfermera. No es un soborno: suplicamos un poco más de atención para con nuestros enfermos, tal vez también un poco de trabajo suplementario. Los muchachos están deficientemente alimentados, y no tienen parientes. Esta es la cuestión. ¿Comprende usted?
-Sin necesidad de harina, los llevaré, si usted quiere, a mi sala. ¿Cuántos son?
-He traído ahora a tres. Pero seguramente traeré a más.
-Bueno, vamos.
Antón y yo echamos a andar tras la enfermera. Antón me guiña maliciosamente un ojo, señalándome a la enfermera, pero, por lo visto, también él se halla sorprendido del giro que ha tomado el asunto. Dócilmente acepta mi falta de deseos de responder a sus muecas.
La enfermera nos lleva a una habitación en el extremo del hospital. Antón trae a nuestros enfermos.
Todos, naturalmente, tienen tifus. El practicante de guardia examina, un poco asombrado, nuestros edredones, pero la enfermera le dice con una voz convincente:
-Son de la colonia Gorki: envíelos a mi sala.
-Pero ¿en su sala hay plazas?
-Ya lo arreglaremos. Dos son dados hoy de alta, y siempre habrá un sitio donde colocar la otra cama.
Belujin se despide alegremente de nosotros:
-Traiga a más chicos: así habrá más calor.
A los dos días cumplimos su deseo: llevamos a Schnéider y a Golos, y una semana después, a tres más.
La cosa terminó, afortunadamente, ahí.
Antón visitó varias veces el hospital, informándose por la enfermera de cómo iban nuestros enfermos. El tifus no podía nada contra los colonos.
Ya nos disponíamos a ir en busca de alguno de ellos cuando un mediodía luminoso de primavera surgió del bosque una sombra, envuelta en un edredón, La sombra penetró directamente en la forja y allí maulló:
-Bien, torneros de pacotilla, ¿qué tal andáis por aquí? ¿Y tú, sigues leyendo? Fíjate, ya se te sale un hilillo cerebral por el oído...
Los muchachos se entusiasmaron: Belujin, aunque delgado y ennegrecido, seguía igual de alegre y no tenía miedo a nada en la vida.
Ekaterina Grigórievna se lanzó a reprenderle: ¿ por qué había venido andando, por qué no había esperado a que fuesen por él?
-¿Sabe usted, Ekaterina Grigórievna? Yo hubiera esperado, pero echaba muy de menos la pitanza. Cada vez que pensaba que los nuestros estaban comiendo buen pan de centeno, y kóndior, y cazuelas enteras de gachas de alforfón, era como si se extendiese por toda mi sicología una angustia tan grande... Yo no puedo contemplar como comen ese "habersup"... ¡Ja, ja, ja, ja!
-¿Qué es "habersup"?
-Es una sopa descrita por Gógol. Cuando leí la descripción me gustó muchísimo. Y en el hospital también se aficionaron a servir esa sopa, y a mí cada vez que la veía me entraba tal gana de reír que no podía contenerme. Incluso la enfermera comenzó a reñirme y a mí, después de eso, la cosa me hacía más gracia aún: me reía sin parar. Cada vez que me acuerdo... ¡"Habersup"!... Y no podía comer: en cuanto levantaba la cuchara, me moría de la risa. Y por eso me marché de allí... ¿Y vosotros, qué habéis comido hoy? ¿Seguramente gachas?
Ekaterina Grigórievna consiguió leche en alguna parte: ¡no se podía dar gachas de buenas a primeras a un enfermo!
Belujin le agradeció alegremente la atención:
-Gracias, se ha compadecido usted de un agonizante.
Pero, a pesar de todo, vertió la leche en las gachas.
Ekaterina Grigórievna hizo un ademán de impotencia.
Pronto regresaron los demás.
Antón llevó al domicilio de la enfermera un saco de harina blanca.

Más ›