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Poema Pedagógico
Antón Semiónovich Makarenko
II PARTE
1. LA
JARRA DE LECHE
Nos trasladamos a la segunda colonia un buen día tibio, casi estival.
Aún no se había marchitado el follaje de los árboles,
aún verdeaba la hierba en plena segunda juventud, refrescada por
las primeras jornadas de otoño. También la segunda colonia
era entonces como una mujer bella a los treinta años: bella para
todos, feliz y segura de su indudable encanto. El Kolomak la rodeaba casi
por todos lados, dejando un pequeño paso para la comunicación
con Gonchárovka. Sobre el Kolomak pendían bulliciosas, como
una espléndida cortina susurrante, las copas de los árboles
de nuestro parque. Aquí había muchos rinconcitos umbríos
y misteriosos, donde uno podía con gran éxito bañarse,
criar sirenas, pescar o, en último caso, secretear con un buen
amigo. Nuestros principales edificios estaban al borde de la alta ribera,
y los chicos, desvergonzados y audaces, saltaban directamente de las ventanas
al río, dejando en el poyo de la ventana su poco complicada indumentaria.
En otros lugares, allí donde se extendía el viejo jardín,
la pendiente bajaba en terrazas, y Shere conquistó antes que nadie
la gradería inferior. Aquí había siempre amplitud
y sol. El Kolomak se deslizaba ancho y apacible, pero este lugar era tan
poco adecuado para las sirenas como para la pesca y, en general, para
la poesía. En lugar de poesía aquí florecían
las coles y el casis. Los colonos acudían a este sitio exclusivamente
movidos por intenciones prácticas, bien con la pala, bien con el
azadón, y, a veces, acompañando a los colonos descendía
penosamente hasta aquí, provisto de un arado el Korshun o la Banditka.
En este mismo sitio estaba nuestro embarcadero: tres tablas que avanzaban
sobre las olas del Kolomak a unos tres metros de la orilla.
Más lejos aún, el Kolomak, torciendo hacia el Este, extendía
pródigamente ante nosotros unas cuantas hectáreas de prados
buenos y jugosos, circundados de matorrales y de sotos. Nosotros bajábamos
a la pradera directa desde nuestro nuevo jardín, y esta verde pendiente
se prestaba a las mil maravillas al descanso: en las horas de ocio, la
hierba parecía invitar a sentarse bajo la sombra de los álamos
que se alzaban en el extremo del jardín y admirar una vez más
el prado, y los sotos, y el cielo, y los tejados de Gonchárovka
recortándose en el horizonte. A Kalina Ivánovich le agradaba
mucho ese lugar, y algún que otro mediodía dominical me
arrastraba consigo allí.
A mí me encantaba hablar con Kalina Ivánovich de los mujiks,
de nuestros trabajos, de las injusticias de la vida y de nuestro porvenir.
Ante nosotros se extendía el prado y esta circunstancia desviaba
en ocasiones a Kalina Ivánovich de la buena senda filosófica.
-¿Sabes, querido? La vida es como una mujer, no esperes justicia
de ella. A aquél que, ¿comprendes?, tiene bigotes enhiestos
le dará empanadas, y bollos, y una botella pero al que ni siquiera
le crece la barba, sin hablar ya de los bigotes, la muy miserable no le
dará ni un trago de agua. Cuando yo estuve en los húsares...
¡Eh, tú, hijo de Satanás! ¿Dónde tienes
la cabeza? ¿Es que te la has comido con el pan o te la has dejado
olvidada en el tren? ¿Dónde has metido el caballo? ¡Así
te retuerzas, parásito! ¿No vez que ahí está
sembrada la col?
Kalina Ivánovich pronuncia en pie el final de este discurso, agitando
la pipa, ya lejos de mí.
A unos trescientos metros de nosotros sombrea en el césped un lomo
castaño, pero a nuestro alrededor no se ve a ningún "hijo
de Satanás". Sin embargo, Kalina Ivánovich no se equivoca
de dirección. El prado es el reino de Brátchenko. Aunque
invisible, Brátchenko está siempre aquí, y el discurso
de Kalina Ivánovich es, en realidad, como un conjuro. Después
de dos o tres breves fórmulas más, Antón se materializa,
pero, de completo acuerdo con el ambiente espiritista, no aparece junto
al caballo, sino detrás de nosotros, en el jardín.
¿Por qué grita usted, Kalina Ivánovich? ¿Dónde
diablos están las coles y dónde diablos el caballo?
Comienza una discusión especial, de la que hasta un profano absoluto
en el particular puede comprender cuánto ha envejecido Kalina Ivánovich
y qué mal se orienta en la topografía de la colonia. En
efecto, se ha olvidado del lugar donde está el campo de coles.
Los colonos dejaban envejecer tranquilamente a Kalina Ivánovich.
Hacía ya tiempo que la agricultura pertenecía indivisiblemente
a Shere, y Kalina Ivánovich sólo a título de crítico
quisquilloso intentaba, a veces, meter su vieja nariz en algunas rendijas
agrícolas. Pero Shere sabía pellizcar esta nariz con una
broma fría y cortés, y entonces Kalina Ivánovich
se rendía:
¿Qué vas a hacerle? En mis tiempos, teníamos trigo.
Ahora que prueben otros: orgullo les sobra, pero vamos a ver si les crece
el trigo.
En la administración general Kalina Ivánovich se acercaba
más a la situación del rey de Inglaterra: reinaba sin gobernar.
Todos reconocíamos su majestad administrativa y nos inclinábamos
respetuosamente ante sus sentencias pero hacíamos las cosas a nuestro
modo. Esto ni siquiera ofendía a Kalina Ivánovich, porque
no le distinguía un amor propio enfermizo y, además porque
lo que estimaba ante todo eran sus sentencias, igual que para su colega
inglés lo que más valía era el oropel.
Según la vieja tradición, Kalina Ivánovich seguía
yendo a la ciudad, y su salida era rodeada ahora de cierta solemnidad.
Kalina Ivánovich había sido siempre partidario del lujo
antiguo, y los muchachos no ignoraban su sentencia:
-¿El señor lleva faetón a la moda y caballo hambriento,
mientras que un buen amo prefiere carro no tan hermoso, pero caballo brioso.
Los colonos alfombraban de heno fresco la vieja carreta semejante a un
ataúd, y la cubrían de sacos limpios. Luego enganchaban
el mejor caballo y se acercaban a la puerta de Kalina Ivánovich.
Todas las autoridades y rangos administrativos hacen lo preciso para este
momento: Denís Kudlati, ayudante del administrador, guarda en el
bolsillo la lista de las operaciones urbanas; Aliosha Vólkov, se
encarga de la despensa, mete bajo el heno los cajones que hacen falta,
las cuerdas, las orzas y demás envases. Kalina Ivánovich
se hace esperar tres o cuatro minutos, después sale con una gabardina
limpia y bien planchada, enciende la pipa, preparada para este minuto,
inspecciona rápidamente el caballo o el carro, y a veces lanza
entre dientes, con un aire importante:
-¿¡Cuántas veces te he dicho que para ir a la ciudad
no te pongas un gorro tan roto!... ¡Vaya una gente obtusa!
Mientras Denís cambia de gorro con algún camarada Kalina
Ivánovich se encarama al asiento y ordena:
-¿¡Venga, arrea!
En la ciudad, lo que hace principalmente Kalina Ivánovich es permanecer
sentado en el despacho de algún magnate del abastecimiento, dándose
tono y tratando de mantener el honor de la fuerte y rica potencia: la
colonia Gorki. Por eso precisamente sus charlas versan más que
nada sobre cuestiones de alta política:
-Los mujiks tienen de todo. Se lo digo yo con seguridad.
Mientras tanto, Denís Kudlati, tocado con un gorro ajeno, boga
y se sumerge en el mar administrativo, que es un piso más abajo:
hace pedidos, discute con encargados oficinistas, carga cajones y sacos
en el carro sin rozar el puesto intangible de Kalina Ivánovich,
da de comer al caballo y a eso de las tres irrumpe en el despacho, todo
lleno de harina y de aserrín:
-¿Podemos marcharnos, Kalina Ivánovich.
Kalina Ivánovich florece en una sonrisa diplomática y estrecha
la mano del jefe e interroga diligente a Denís:
-¿¿Has cargado todo como es debido?
De vuelta a la colonia, el agotado Kalina Ivánovich descansa, y
Denís, después de engullir a toda prisa su comida ya fría,
pasea hasta muy entrada la noche su fisonomía mongólica
por las rutas administrativas de la colonia y se afana como una vieja.
Orgánicamente, Kudlati no podía ver tirado nada de valor;
sufría si caía paja del carro, si se extraviaba algún
candado, si la puerta del establo pendía de un gozne. Denís
sonreía pocas veces, pero jamás parecía irritado,
y sus prédicas a los despilfarradores de los valores económicos
no eran nunca fastidiosas y pesadas: tanta solidez convincente, tanta
voluntad contenida había en ellas. Kudlati sabía reprender
a los frívolos pequeñuelos que consideraban en su simplicidad
que el hecho de trepar a un árbol era la inversión más
racional de la energía humana y con un solo movimiento de sus cejas
les hacía descender del árbol.
-Me gustaría saber, hablando en propiedad, con qué razonas
-les decía-. Te falta poco para casarte, y te dedicas a escalar
sauces y a romperte los pantalones. Ven, que voy a darte otros.
-¿¿Cómo otros? -respondía el pequeño,
inundado de un sudor frío.
-¿Una especie de mono para trepar a los árboles. Pero dime,
hablando en propiedad, ¿dónde has visto a un hombre con
pantalones nuevos subiéndose a los árboles? ¿Has
visto a alguno?
Denís se hallaba profundamente penetrado de espíritu administrativo
y por eso era incapaz de reparar en el sufrimiento humano. No podía
comprender la sencilla sicología humana: si el pequeño se
había subido al árbol era precisamente por hallarse entusiasmado
con motivo de la obtención de unos pantalones nuevos. Los pantalones
y el árbol tenían una relación de causa, pero Denís
pensaba que eran cosas incompatibles.
Sin embargo, la política inflexible de Kudlati era indispensable,
ya que nuestra pobreza exigía una economía feroz. Por eso,
el Soviet de jefes le confería invariablemente el cargo de ayudante
del administrador, rechazando sin vacilar las quejas pusilánimes
de los pequeños contra las represalias de Denís -injustas
según ellos- respecto a los pantalones. Karabánov, Belujin,
Vérshnev, Burún y otros viejos colonos estimaban mucho la
energía de Kudlati, a la que ellos se sometían dócilmente
en primavera, cuando Denís ordenaba en alguna asamblea general:
-¿Mañana tenéis que entregar el calzado en el depósito;
en verano se puede. andar descalzo.
En octubre de 1923, Denís trabajó mucho. A duras penas instalamos
a diez destacamentos de colonos en los edificios que habíamos reparado
por completo. En el viejo palacio de los terratenientes -nosotros lo llamábamos
la casa blanca- instalamos los dormitorios y la escuela, y en la gran
sala, que pasó a sustituir a la terraza, dispusimos nuestro taller
de carpintería. El comedor lo dejamos en un semientresuelo de la
segunda casa, donde estaban las habitaciones del personal. No tenía
cabida para más de treinta personas, y por esta razón comíamos
en tres turnos. Los talleres de fabricación de ruedas, de costura
y de calzado se refugiaron en rincones, muy poco semejantes a naves de
trabajo. Todos en la colonia padecíamos de falta de ocio, tanto
los educandos como los educadores. Y, lo mismo que una obsesionante alusión
a nuestro posible bienestar, en el jardín se alzaba una casa de
dos pisos estilo "imperio", burlándose de nuestra imaginación
con la amplitud de espaciosas habitaciones, sus techos revestidos de molduras
y su gran terraza abierta, avanzando sobre el jardín. Si aquí
hubiera pavimentos, ventanas, puertas, escaleras, calefacción,
tendríamos unos magníficos dormitorios para ciento veinte
personas y podríamos dejar libres otros edificios para necesidades
pedagógicas de toda índole. Pero requería unos seis
mil rublos, y nosotros no los teníamos porque nuestros ingresos
corrientes se invertían en la lucha contra los obstinados restos
de la antigua miseria a la que estábamos dispuestos a no volver.
En este frente, nuestra ofensiva había aniquilado ya los klift,
los gorros en jirones, los catres plegables, los edredones de la época
del último Románov y los trapos en que los muchachos se
envolvían los pies. Hasta había comenzado a venir dos veces
al mes un peluquero y, aunque nos cobraba diez kopeks por el rapado al
cero y veinte por el corte del pelo, podíamos permitirnos el lujo
de cultivar en las cabezas de los colonos peinados de moda "a la
polaca", "a lo político", y otros frutos de la cultura
europea. Cierto que nuestros muebles estaban todavía por barnizar,
que comíamos con cucharas de madera, que nuestra ropa se hallaba
llena de remiendos, pero eso era porque invertíamos la mayor parte
de nuestros ingresos en herramientas de trabajo, en instrumentos y en
capital básico.
Nos faltaban seis mil rublos y no teníamos ninguna esperanza de
obtenerlos. En las asambleas generales de los educandos, en el Soviet
de jefes o simplemente en las conversaciones de los colonos mayores, en
los discursos de los jóvenes comunistas y muchas veces hasta en
el gorjeo de los pequeñuelos se oía con frecuencia esa cifra,
que, en todos estos casos, aparecía inasequible en absoluto por
su magnitud.
En aquel tiempo la colonia Gorki dependía del Comisariado del Pueblo
de Instrucción Pública, que nos daba pequeñas sumas
para nuestro presupuesto. De su cantidad se puede juzgar aunque no sea
más que por el hecho de que para el vestuario de cada colono destinábanse
veintiocho rublos anuales. Kalina Ivánovich se indignaba:
-¿Quién será el listo que asigna esa suma? ¡Cuánto
me gustaría verle la cara para saber cómo es, porque, después
de haber vivido sesenta años, ¿comprendes?, no he visto
todavía a hombres así, ¡parásitos!!
Tampoco yo los había visto, a pesar de ir frecuentemente por el
Comisariado. Esa cifra no era asignada por ningún organizador,
sino obtenida de una simple división entre el número de
niños desamparados y la cantidad de rublos disponibles.
La casa roja, como nosotros designábamos simplemente a la casa
"imperio" de Trepke, estaba arreglada igual que para un baile,
pero el baile llevaba mucho tiempo siendo aplazado. Incluso las primeras
parejas de bailarines -los carpinteros- no habían sido invitadas
aún.
Sin embargo, esa triste coyuntura no hacía que los colonos se sintieran
abatidos. Karabánov atribuía tal circunstancia a algo diabólico:
-Los diablos nos ayudarán, ¡ya lo verá! Tenemos suerte,
¿no ve usted que somos bastardos?... Ya lo verá: si no son
los demonios, será alguna fuerza satánica, tal vez una bruja
o algo por el estilo. Es imposible que la casa esté así
tan estúpidamente ante nuestros ojos.
Y por eso, cuando recibimos un telegrama anunciándonos que la inspectora
Bókova, de la Ayuda a la Infancia de Ucrania, visitaría
el 6 de octubre la colonia y que es preciso enviar caballos en su busca
al tren de Járkov, los círculos dirigentes de la colonia
consideraron la noticia con suma atención y muchos expusieron ideas
directamente relacionadas con la reparación de la casa roja:
-Esa viejecita puede darnos los seis mil rublos...
-¿Y cómo sabes tú que es una viejecita?
-En la Ayuda a la Infancia siempre hay viejas.
Kalina Ivánovich dudaba:
-De la Ayuda a la Infancia no recibiréis nada. Yo lo sé
ya. Nos pedirá que admitamos a tres muchachos. Y además
hay que tener en cuenta que es una mujer: teóricamente, las mujeres
son iguales a los hombres, pero, en la práctica, siguen siendo
mujeres...
El día 5, el negociado de Antón Brátchenko se dedicó
a limpiar el faetón de dos caballos y a trenzar las crines del
Pelirrojo y de Mary. Eran poco frecuentes en la colonia los visitantes
de la capital, y Antón sentía gran respeto por ellos. En
la mañana del 6 fui a la estación, llevando en el pescante
al propio Brátchenko.
En la plaza de la estación, Antón y yo, sentados en el faetón,
examinábamos atentamente a todas las viejecitas en general, a todas
las mujeres por el estilo del Comisariado de Instrucción Pública
que aparecían en la plaza, cuando de repente, oímos que
una persona poco adecuada para nosotros nos preguntaba:
-¿De dónde son esos caballos?
Antón respondió entre dientes con bastante grosería:
-Nosotros tenemos, nuestros asuntos. Ahí están los cocheros.
-¿No son ustedes de la colonia Gorki?
Antón alzó las piernas y giró en el pescante alrededor
del eje. También yo me interesé.
Teníamos ante nosotros un ser completamente inesperado: un liviano
abrigo gris a grandes cuadros, bajo el que asomaban unas piernecitas coquetonas
enfundadas en seda: y un rostro cuidado, rosáceo, con hoyuelos
de calidad superior en las mejillas y unos ojos brillantes bajo las cejas
de delicado dibujo. Emergiendo de un chal de encaje, nos contemplaban
unos esplendorosos bucles rubios. Tras ella, un mozo, y, en sus manos,
un bagaje insignificante: una caja y una maleta de buen cuero.
-¿Es usted la camarada Bókova?
-¿Ve usted? Yo he adivinado enseguida que eran ustedes de la colonia
Gorki.
Antón, al fin recobrado, movió seriamente la cabeza y examinó
con atención las bridas. Bókova saltó al carruaje,
sustituyendo el aire de la calle que nos envolvía por otro gas,
fresco y aromático. Yo me encogí todo lo que pude en el
fondo del asiento, pero me sentía muy turbado por imprevista vecindad.
Durante todo el camino la camarada Bókova gorjeó acerca
de diferentes cosas. Había oído hablar mucho de colonia
Gorki, y un deseo terrible de "ver cómo era" se había
apoderado de ella.
-¡Ah, camarada Makárenko, usted sabe qué difícil,
qué difícil es tratar con esos muchachos! Me dan mucha lástima,
y ¿sabe?, siento muchos deseos de ayudarles en algo. ¿Este
es un educando? ¡Qué chico tan simpático! ¿No
se aburren ustedes aquí? En estas casas de niños la gente
se aburre bastante, ¿sabe? Entre nosotros se habla mucho de usted.
Sólo que dicen que usted no nos estima.
-¿A quién?
-A nosotras, las damas de la educación socialista.
-No comprendo.
-Dicen que usted nos llama así: las damas de la educación
socialista.
-¡Vaya una novedad! -exclamé-. Jamás he llamado así
a nadie, pero... eso, naturalmente, está bien dicho.
Me eché a reír sinceramente. Bókova se sentía
entusiasmada por un calificativo tan feliz.
-¿Sabe? En parte, eso es justo: hay muchas damas que se dedican
a la educación socialista. Yo también soy una dama de ésas.
Pero de mí no oirá usted nada sabio ¿Está
satisfecho?
Antón no hacía más que volver la cabeza, contemplando
seriamente con los ojos desorbitados a un pasajero tan poco habitual.
-¡No hace más que mirarme! -se echó a reír
Bókova-. ¿Por qué me mira de ese modo?
Antón enrojeció y, farfullando algo ininteligible, arreó
a los caballos.
En la colonia nos acogieron los colonos, llenos de curiosidad, y Kalina
Ivánovich. Semión Karabánov, azorado, llevó
las manos al cuello, ademán que expresaba su total turbación.
Zadórov entornó un ojo y sonrió.
Presenté a Bókova a los colonos, y ellos se la llevaron
afablemente consigo para mostrarle la colonia. Kalina Ivánovich
me tiró de la manga:
-¿Y qué le damos de comer? -preguntó.
-Te juro que no lo sé -respondí, imitando el tono Kalina
Ivánovich.
-Opino que hay que darle leche, mucha leche. ¿Tú qué
piensas?
-No, Kalina Ivánovich, hay que darle algo de más consistencia...
-¿Y qué voy a hacer? ¿Matar un cerdo? ¡Eduard
Nikoláievich no nos dejará!
Kalina Ivánovich se fue a resolver el problema de la comida para
la ilustre visitante y yo corrí a reunirme con Bókova. Ya
había tenido tiempo de entablar amistad con los muchachos.
-Llamadme María Kondrátievna -les decía.
-¿María Kondrátievna? ¡Eso sí que está
bien!... Pues mire usted, María Kondrátievna, éste
es nuestro invernadero. Nosotros mismos lo hemos construido; yo también
he cavado aquí bastante. ¿Ve usted? Todavía tengo
callos.
Karabánov mostraba su, mano, que parecía una pala, a María
Kondrátievna.
-Mentira, María Kondrátievna. Esos callos son de remar.
María Kondrátievna giraba vivamente su bella cabeza rubia,
libre ya del chal de viaje, y demostraba escaso interés por el
invernadero y por otros adelantos nuestros.
Los muchachos mostraron igualmente a María Kondrátievna
la casa roja.
-¿Por qué no la termináis? -preguntó María
Kondrátievna.
-Seis mil -dijo Zadórov.
-¡Ah! ¿No tenéis dinero? ¡Pobrecitos!
-¿Y usted lo tiene? -rugió Semión-. ¡Oh, entonces!...
¿Sabe usted una cosa? Vamos a sentarnos aquí en la hierba.
María Kondrátievna se sentó graciosamente en la hierba,
al lado mismo de la casa roja. Los muchachos le describieron en vivos
colores nuestra estrechez y los futuros contornos opulentos de nuestra
vida una vez reparada la casa roja.
-Comprenda usted: ahora tenemos ochenta colonos podríamos tener
ciento veinte. ¿Comprende?
Del jardín salió Kalina Ivánovich y, tras él,
Olia Vóronova con una enorme jarra, dos tazones campesinos de barro
y medio pan de centeno. María Kondrátievna se admiró:
-¡Magnífico! ¡Qué bien organizado lo tenéis
todo! ¿Este abuelito es también de la colonia? El colmenero,
¿verdad?
-No, no soy colmenero -floreció en una sonrisa Kalina Ivánovich-
ni lo he sido nunca, pero esta leche vale más que cualquier miel.
No se la hemos comprado a una aldeana cualquiera, es de la colonia de
trabajo Gorki. Usted no ha bebido nunca una leche semejante, fría
y dulce.
María Kondrátievna batió palmas y se inclinó
sobre el tazón, en el que Kalina Ivánovich vertía
solemnemente la leche. Zadórov se apresuró a utilizar este
notable momento:
-Usted posee esos seis mil rublos sin utilidad alguna y nosotros, en cambio,
tenemos la casa sin reparar. Esto es injusto, ¿comprende?
María Kondrátievna, ahogándose del frescor de la
leche, susurró con voz de sufrimiento:
-Esto no es leche, sino una felicidad... Jamás en la vida...
-Bueno, ¿y los seis mil? -preguntó Zadórov y sonrió
con insolencia.
-¡Qué materialista es este muchacho! -exclamó María
Kondrátievna, entornando los ojos-. Necesitáis seis mil
rublos? ¿Y yo qué recibiré a cambio?
Zadórov miró impotente a su alrededor y abrió los
brazos, dispuesto a ofrecer en lugar de los seis mil rublos toda su riqueza.
Karabánov no lo pensó mucho:
-Podemos ofrecerle todo cuanto usted quiera de semejante felicidad.
-¿Qué felicidad? -refulgió María Kondrátievna
con todos los colores del arco iris.
-Leche fría.
María Kondrátievna, desfalleciendo de risa, se dejó
caer de bruces contra la hierba.
-No, no vais a embaucarme con vuestra leche. Os daré los seis mil
rublos, pero tendréis que admitir a unos cuarenta niños
más... Buenos chicos, sólo que ahora están, ¿sabes?,
un poco... negritos...
Los colonos se pusieron serios. Olia Vóronova miraba fijamente
a María Kondrátievna y movía el jarro como un péndulo.
-¿Por qué no? -dijo-. Admitiremos a esos cuarenta niños.
-Llevadme al lavabo. Quiero dormir... En cuanto a los seis mil, yo os
los daré.
-Todavía no ha estado usted en nuestros campos
-Al campo iremos mañana, ¿bueno?
María Kondrátievna pasó tres días con nosotros.
Ya al anochecer del primer día conocía a muchos colonos
de nombre y hasta muy avanzada la noche estuvo gorjeando con ellos en
los bancos del viejo jardín. Los muchachos pasearon en lancha,
la columpiaron, la llevaron a los "pasos de gigante". Únicamente
no pudo ver nuestros campos y apenas si encontró tiempo para firmar
conmigo el contrato. Según el contrato, la Ayuda a la Infancia
de Ucrania se comprometía a girarnos seis mil rublos para la reparación
de la casa roja y, a cambio, nosotros nos obligábamos, una vez
listo el edificio, a admitir a cuarenta niños desamparados.
María Kondrátievna estaba entusiasmada de la colonia.
-Esto es un paraíso -decía-. Tiene usted unos magníficos,
¿cómo decirlo?...
-¿Ángeles?
-No, ángeles no; simplemente muchachos.
Yo no acompañé a María Kondrátievna en su
viaje de regreso. Brátchenko no ocupaba el pescante y las crines
de los caballos estaban sin trenzar. En el pescante se hallaba Karabánov,
a quien -no sé por qué- Antón había cedido
el puesto. Los ojos negros de Karabánov esplendían, y todo
él estaba saturado hasta más no poder de sonrisas satánicas
que difundía por todo el patio.
-¿Habéis firmado el contrato? -me preguntó en voz
baja.
-Sí
-Eso está bien. ¡Eh, llevaré galopando a la hermosa!
Zadórov estrechó la mano a María Kondrátievna:
-Venga usted a vernos en verano. Nos lo ha prometido.
-Vendré, vendré. Alquilaré por aquí una casa
de campo.
-¿Para qué una casa de campo? Venga a nuestra casa...
María Kondrátievna saludó con la cabeza en todas
las direcciones y nos regaló a todos una mirada cariñosa
y sonriente.
A la vuelta de la estación, Karabánov se mostró preocupado
mientras desenganchaba los caballos. Con el mismo aire preocupado le escuchaba
Zadórov. Yo me acerqué a ellos.
-Ya decía yo que nos ayudaría una bruja, y así ha
resultado.
-¡Pero si ella no tiene nada de bruja!
-¿Y usted cree que las brujas tienen que montar obligatoriamente
en una escoba? ¿Y con una nariz así? No. Las verdaderas
brujas son guapas.
2. OTCHENASH
Bókova no nos defraudó: una semana más tarde recibimos
un giro de seis mil rublos. Y empezó el ajetreo de Kalina Ivánovich,
embargado por la nueva fiebre de construcción. También se
afanó el cuarto destacamento de Taraniets, cuya misión consistía
en hacer de madera húmeda, sin cepillar, buenas puertas y ventanas.
Kalina Ivánovich arremetía contra algún desconocido:
-¡Ojalá le hagan un ataúd de madera húmeda
cuando se muera! ¡Parásito!...
Había empezado el último acto de nuestros cuatro años
de lucha con las ruinas de Trepke. El deseo de acabar la casa cuanto antes
se había apoderado de todos nosotros, desde Kalina Ivánovich
hasta Shurka Zheveli. Era preciso llegar pronto a aquello con que soñábamos
intensamente desde hacía tiempo. Las fosas de cal, la maleza, los
senderos mal trazados del parque, los cascotes de ladrillo y los restos
de los materiales de construcción dispersos por todo el patio habían
comenzado ya a irritarnos. Pero nosotros no éramos más que
ochenta personas. Los Soviets dominicales de jefes, armándose de
paciencia, restaban a Shere dos o tres destacamentos mixtos para poner
en orden nuestro recinto. Y muy frecuentemente se enfadaban con Shere:
-Palabra de honor, ¡esto ya es demasiado! ¡Pero si usted no
tiene nada que hacer! ¡todo está perfecto!
Shere alcanzaba tranquilamente un arrugado libro de notas y decía
en voz baja que, por el contrario, todo estaba muy abandonado, que había
una cantidad inmensa de trabajo y que, si cedía dos destacamentos
para el patio, era sólo porque reconocía plenamente la necesidad
de efectuar también semejante trabajo, ya que, de otro modo, jamás
los hubiera cedido y los hubiese destinado a seleccionar trigo o a reparar
los invernaderos.
Los jefes gruñían disgustados, armonizando difícilmente
en su alma sentimientos tan contradictorios como la rabia contra la terquedad
de Shere y la admiración ante la firmeza de su línea.
En aquel tiempo Shere había organizado ya la rotación de
cultivos de seis hojas. Todos nos dimos cuenta repentinamente de cómo
se había ampliado nuestra economía agrícola. Entre
los colonos habían aparecido muchachos aficionados a este trabajo,
que consideraban como su futuro. Entre ellos destacábase especialmente
Olia Vóronova. La atracción que la tierra ejercía
en Karabánov, en Vólojov, en Burún, en Osadchi, era
una atracción de índole casi estética. Se habían
enamorado del trabajo agrícola, sin pensar lo más mínimo
en su provecho personal. Entregados por completo a este trabajo, no lo
relacionaban con su propio porvenir ni con otros gustos suyos. Simplemente
vivían y gozaban de la buena vida, sabían apreciar cada
de trabajo y de tensión y esperaban como una fiesta la jornada
siguiente. Estaban seguros de que todos estos días deberían
conducirles a nuevas y espléndidas conquistas sin pensar en cómo
serían. Cierto que todos ellos se preparaban para el Rabfak, pero
tampoco relacionaban ningún sueño concreto con ello y ni
siquiera sabían en qué Rabfak les gustaría ingresar.
Había también otros colonos aficionados a la agricultura,
pero éstos se mantenían en posiciones más prácticas.
Muchachos como Oprishko y Fedorenko no deseaban estudiar, no exigían
de la vida nada de particular y pensaban con bonachona modestia que tener
una finca propia, una buena jata, un caballo y una esposa, trabajar en
verano de sol a sol, recoger y ordenar todo en otoño con el cuidado
de un buen amo y comer tranquilamente en invierno varénikis y borsch,
vatrushkis y tocino, reuniéndose dos veces al mes para festejar
los cumpleaños, santos, bodas y peticiones de matrimonio propios
y de los vecinos, era un espléndido porvenir para un hombre.
Olia Vóronova seguía un camino distinto. Contemplaba nuestros
campos y los campos vecinos con la mirada inquieta o pensativa de un komsomol:
para ella, en los campos no crecían solamente varénikis,
sino también problemas.
Nuestras sesenta desiatinas, en las que Shere trabajaba tan afanosamente,
no habían sustituido para él ni para sus discípulos
los sueños de una gran hacienda, con un tractor y con surcos de
un kilómetro de longitud. Shere, que sabía hablar con los
colonos acerca de ese tema, tenía siempre en torno suyo todo un
grupo de oyentes. Además de los colonos, formaban constantemente
parte del grupo Spiridón, el secretario del Komsomol de Gonchárovka,
y Pável Pávlovich.
Pável Pávlovich Nikoláienko tenía ya veintiséis
años, pero aún no se había casado y se le consideraba
en la aldea como un solterón. Su padre, el viejo Nikoláienko,
estaba convirtiéndose ante nuestros ojos en un fuerte propietario,
que utilizaba a la chita callando como braceros a los muchachos vagabundos,
si bien, al mismo tiempo, fingía ser un campesino pobre.
Tal vez por ello Pável Pávlovich no sentía ningún
apego al hogar paterno y se pasaba la mayor parte del tiempo en la colonia,
dejándose emplear por Shere para el cumplimiento de los trabajos
más delicados del campo y desempeñando ante los colonos
casi un papel de instructor. Pável Pávlovich, hombre letrado,
sabía escuchar atenta y reflexivamente a Shere.
Tanto Pável Pávlovich. como Spiridón enfocaban continuamente
la conversación hacia el tema del campo: para ellos, la gran economía
era algo inconcebible fuera de la economía campesina. Los ojos
pardos de Olia Vóronova les seguían atentamente y se caldeaban
llenos de simpatía cuando Pável Pávlovich explicaba
en voz baja.
-A mí me parece que toda esa gente que trabaja a nuestro alrededor
no sacará nada. Para que saquen algo, hay que enseñarles.
¿Pero a quién se va a enseñar? ¿Al mujik?
¡Que se vaya al cuerno el mujik! Al mujik es difícil enseñarle.
Eduard Nikoláievich ha hecho números y nos lo ha explicado
todo. Eso está bien. ¡Así es como hay que trabajar!
Sin embargo, ese diablo de mujik no trabajará así. El quiere
lo suyo...
-Pero ¿los colonos trabajan? -Pregunta con cautela Spiridón,
hombre de boca grande e inteligente.
-Los colonos -sonríe, triste, Pável Pávlovich- son
una cosa completamente distinta, ¿comprendes?
Olia sonríe también, junta las manos como si se dispusiera
a partir una nuez y de pronto fija su mirada con aire de desafío
en las cimas de los álamos. Unas trenzas doradas se deslizan por
los hombros de Olia, y tras las trenzas se van, atentos, los ojos grises
de Pável Pávlovich.
-Los colonos no piensan dedicarse a la agricultura y sin embargo, trabajan,
mientras que los mujiks se pasan la vida en la tierra y tienen hijos y
todo...
-Bueno, ¿y qué? -pregunta sin comprender Spiridón.
-¡La cosa está clara! -replica, asombrada, Olia - Los mujiks
deben trabajar mejor en comuna.
-¿Por qué deben? -interroga cariñosamente Pável
Pávlovich.
Olia mira con enfado a Pável Pávlovich, que olvida un minuto
sus trenzas de oro y no ve más que esa mirada airada, casi masculina.
-¡Deben! ¿Comprendes lo que significa "deben"?
Esto es tan claro como dos y dos son cuatro.
Karabánov y Burún siguen la conversación. Para ellos,
el tema tiene una importancia académica, como todo diálogo
acerca de los mujiks, con los cuales han roto para siempre. Pero Karabánov,
atraído por la agudeza del tema, no puede renunciar a una interesante
gimnasia:
-Olia tiene razón: deben, es decir, hay que cojerles y obligarles.
-¿Y cómo vas a obligarles? -pregunta Pável Pávlovich.
-¡Como se pueda! -estalla Semión-. ¿De qué
modo se obliga a la gente? Por la fuerza. Dame ahora mismo a todos tus
mujiks y dentro de una semana trabajarán como angelitos y dentro
de dos me darán las gracias.
-Pero ¿cuál es tu fuerza? ¿Las bofetadas? -se interesa
Pável Pávlovich, entornando los ojos.
Semión se deja caer, riéndose, en un banco y Burún
explica con un desdén contenido:
-Las bofetadas no significan nada. La verdadera fuerza está en
el revólver.
Olia vuelve lentamente el rostro hacia él y le explica con paciencia:
-¿Cómo no comprendes que si los hombres deben hacer algo
lo harán sin tu revólver? Lo harán por sí
mismos. Sólo que hace falta hablarles como es debido, explicarles
las cosas.
El estupefacto Semión alza del banco su rostro de ojos desorbitados.
-¡Eh, eh, Olechka, hay que ver lo despistada que andas! ¡Explicar!...
¿Oyes, Burún? ¿Qué se puede explicar al que
quiere ser un kulak?
-¿Quién quiere ser kulak? -pregunta indignada Olia abriendo
mucho los ojos.
-¿Cómo quién? Todos. Todos hasta el último.
Incluso Spiridón y Pável Pávlovich.
Pável Pávlovich sonríe. Spiridón, atónito
ante el imprevisto ataque, puede decir solamente:
-¡Fíjate tú!
-¡Pues, claro, fíjate! Es komsomol únicamente porque
no tiene tierra. Pero, si le dieran de golpe veinte desiatinas, y una
vaca, y una cabrita, y un buen caballo, todo se habría terminado.
Se sentaría sobre tu cuello, Olechka, y te daría marcha.
Burún se ríe a carcajadas y confirma autoritario:
-Claro que sí. Y Pável haría lo mismo.
-¡Pero id al diablo, canallas! -se ofende, por fin Spiridón
y, rojo de indignación, aprieta los puños.
Semión da vueltas alrededor del banco, alzando tan pronto una pierna
cómo la otra, que es su manera de expresar el máximo grado
de entusiasmo. Cuesta trabajo discernir si está hablando en serio
o si se burla de los campesinos.
Enfrente del banco, está sentado en la hierba Silanti Semiónovich
Otchenash. Su cabeza parece un barril de cerveza: morros encarnados, un
bigote recortado e incoloro y sobre la cabeza ni un pelito. Ahora no es
frecuente encontrar tipos así. Pero antes erraban muchos hombres
semejantes por Rusia, filósofos duchos en la verdad humana y el
vodka.
-Semión dice bien. El mujik no aprecia la compañía
como suele decirse. Si tiene un caballo, se le antojará una yegua,
querrá tener dos caballos, y no hay más que hablar. Fíjate
qué historia.
Otchenash mueve un dedo grande y deforme y entorna inteligentemente sus
pequeños ojos bajo las cejas rubias.
-Y entonces, ¿qué? ¿Son los caballos la fuerza rige
al hombre? -pregunta, enfadado, Spiridón.
-En este caso es verdad: los caballos son los que rigen, fíjate
qué historia. Los caballos y las vacas, fíjate. Y, si el
hombre no tiene nada, únicamente servirá de guarda en un
sandiar. Fíjate qué historia.
Todos en la comuna estimaban a Silanti. También Olia Vóronova
le trataba con mucha simpatía. Y ahora se aproxima cariñosamente
hacia Silanti, y él vuelve hacia ella, como hacia el sol, su rostro
ancho, iluminado por una sonrisa.
-¿Qué dices, guapa?
-Tú, Silanti, lo ves todo a la antigua. A la antigua Pero alrededor
de ti todo es nuevo.
Silanti Semiónovich Otchenash llegó a la colonia no se sabía
de dónde. Simplemente del espacio mundial, libre de cosas y de
trabas. Trajo consigo una camisa de lienzo sobre los hombros, unos viejos
pantalones agujereados en torno a las piernas descalzas y nada más.
Y ni siquiera un palo en las manos. En este hombre libre había
algo peculiar, que encantó a todos los colonos y que les obligó
a hacerle entrar con gran entusiasmo a mi despacho.
-¡Antón Semiónovich, vea usted qué hombre ha
venido!
Silanti me miró con interés sin dejar de sonreír
a los pequeños, como un viejo conocido.
-¿Este, según se dice, es vuestro jefe?.
A mi también me agradó en el acto.
-¿Tiene usted algo que tratar con nosotros?
Silanti ordenó no sé qué en su fisonomía,
y el rostro adquirió repentinamente un aire serio, que inspiraba
confianza.
-Pues, fíjate qué historia. Yo soy un hombre trabajador
y tú tienes trabajo: no hay más de que hablar...
-¿Y usted qué sabe hacer?
-Pues, según se dice: si aquí no hay capital, el hombre
puede hacerlo todo.
Se echó a reír súbitamente con una risa franca y
alegre. Los muchachos se rieron igualmente contemplándole y yo
también me eché a reír. A los ojos de todos estaba
claro que había motivos fundados para reírse.
-¿Y usted sabe hacer de todo?
Pues se puede considerar que todo... Fíjate qué historia
-manifestó, algo confuso ya, Silanti.
-Pero qué precisamente...
Silanti comenzó a enumerar, doblando los dedos:
-Labrar, y rastrillar, y cuidar de los caballos y de toda clase de animales,
según se dice, hacer las cosas domésticas: como carpintero,
como herrero, como fumista. También soy albañil y puedo
trabajar de zapatero. Y, según se dice, sabré construir,
si es preciso, una jata y degollar un cerdo. Solamente no sé bautizar
niños; nunca he tenido ocasión.
Otra vez se echó a reír estruendosamente, limpiándose
las lágrimas: tanta risa le daban sus palabras.
-¿No ha tenido usted ocasión? ¿De veras?
-Para eso no me han llamado ninguna vez, fíjate qué historia.
Los muchachos se reían francamente a carcajadas, y Toska Soloviov
chilló, alzándose de puntillas hacia Silanti:
-¿Por qué no le han llamado nunca, por qué?
Silanti dejó de reír y, como un buen maestro, comenzó
a explicar a Toska:
-Pues, amigo, fíjate qué historia: cada vez que hay que
bautizar a alguien, creo que van a llamarme. Pero después aparece
uno más rico que yo, y no hay más que hablar.
-¿Tiene usted documentos? -pregunté a Silanti.
-Tenía un documento; lo tenía hace poco aún. Fíjate
qué historia: no tengo bolsillos y el papel se me ha perdido, ¿comprendes?
Pero, ¿para qué necesitas un documento si me tienes a mí
de cuerpo entero? Fíjate, ¡vivito ante ti!
-¿Dónde ha trabajado usted antes?
-¿Cómo dónde? Entre la gente, ya lo ves, he trabajado
entre la gente. Entre diversa gente: buena y mala, fíjate qué
historia. Estoy diciendo las cosas como son: ¿para qué ocultarlas?
Entre diversa gente.
-Dígame la verdad: ¿ha robado usted?
-A eso te contestaré claramente: no me he visto obligado. Aquello
que no he hecho, de verdad lo digo: no lo he hecho. Fíjate qué
historia.
Silanti me miraba turbado. Creo que le parecía que otra respuesta
me hubiera sido más agradable.
Se quedó a trabajar con nosotros. Intentamos mandarle como ayudante
de Shere para la ganadería, pero aquí no obtuvimos nada.
Silanti no reconocía la menor limitación en la actividad
humana: ¿por qué el hombre podría hacer una cosa
y otra no? Esta es la razón de que hiciese en la colonia todo lo
que consideraba necesario y cuando lo consideraba. Contemplaba sonriendo
a todos los jefes, y órdenes le entraban por un oído y le
salían por el otro, lo mismo que un discurso en un idioma extranjero.
En al transcurso de una jornada se las arreglaba para trabajar en la cuadra,
en el campo, en la porqueriza, en el patio y en la fragua, y asistir a
las reuniones del consejo pedagógico y del Soviet de jefes. Poseía
un talento extraordinario: determinar por medio del olfato el sitio más
peligroso de la colonia y aparecer inmediatamente en él como persona
responsable. Negando la institución de la obediencia, estaba siempre
dispuesto a responder de su trabajo y en cualquier momento se le podía
reprender y atacar por sus errores y sus reveses. En tales casos se rascaba
la calva y movía, desalentado, los brazos:
-Efectivamente, aquí, según se dice, nos hemos armado un
lío, fíjate, qué historia.
Desde el primer día, Silanti Semiónovich Otchenash participó
ampliamente en los planes de los komsomoles y era inevitable que hiciera
uso de la palabra en sus asambleas generales y en las reuniones del buró.
Pero, a veces, llegaba enojadísimo a mi despacho y, agitando un
dedo, me decía con indignación:
-¿Sabes? Voy donde están ellos
-¿Quiénes son ellos?
-Pues, ya ves, los komsomoles esos y no me dejan, según se dice:
me salen con que es una reunión cerrada. Yo les digo con buenos
modos: si vais a ocultaros de mí mocosos, os moriréis sin
saber nada. Tontos seréis, eso es y tontos os enterrarán,
y no hay más que hablar.
-Bueno, ¿y qué?
-Pues, fíjate qué historia: no sé, si comprenden
o si están borrachos, según se dice, o si no lo están.
Yo procuro explicarles: ¿de quién necesitáis ocultaros?
De Luká, de ese Sofrón, de Musi; ahí tenéis
razón. Pero, ¿cómo no me dejáis pasar a mí?
¿No me habéis reconocido o es que os habéis vuelto
tontos? Pues, fíjate qué historia: ni siquiera me oyen y
se ríen a carcajadas como niños pequeños. Yo les
hablo en serio y ellos se burlan, y no hay más que hablar.
Silanti intervenía también con el Komsomol en los asuntos
escolares.
El buen funcionamiento del Komsomol había conseguido, ante todo,
poner en pie nuestra escuela. Hasta entonces había arrastrado una
existencia bastante precaria, sin fuerzas para vencer la repulsión
por el estudio de numerosos colonos.
Esto, realmente, era comprensible. Los primeros días de la colonia
habían sido días de descanso después de las duras
jornadas de existencia errabunda, sin techo y si pan, vividas por todos
los colonos. En esos días se templaron sus nervios a la sombra
de los humildes sueños con la carrera de zapateros o de carpinteros.
La espléndida marcha de nuestra colectividad y el sonido triunfal
de las fanfarrias a orillas del Kolomak elevaron mucho la opinión
que los colonos tenían de sí mismos. Conseguimos casi sin
esfuerzo sustituir los humildes ideales zapateriles por unos signos hermosos
y conmovedores:
RABFAK
En aquel tiempo la palabra Rabfak significaba algo completamente distinto
de lo que ahora significa. Hoy día es el simple nombre de una modesta
institución de enseñanza. Entonces suponía, para
los jóvenes trabajadores, la bandera de la liberación, su
liberación del atraso y de ignorancia. Entonces era una afirmación
poderosa y ardiente de los inusitados derechos del hombre al conocimiento,
y todos nosotros, palabra de honor, sentíamos en aquella época
incluso cierta emoción ante el Rabfak.
Todo eso constituía nuestra línea práctica; en el
otoño de 1923, casi todos los colonos ardían en deseos de
estudiar en el Rabfak. Estos, afanes se habían infiltrado inadvertidamente
en la colonia ya en 1921, cuando nuestras educadoras convencieron a la
infortunada Raisa de la necesidad de ingresar en el Rabfak. Muchos estudiantes
que habían trabajado con anterioridad en los talleres ferroviarios
acudían entonces a visitarnos. Los colonos les oían hablar
con envidia sobre los días heroicos de las primeras Facultades
obreras, y esta envidia les ayudaba a aceptar más fogosamente nuestra
labor de agitación. Nosotros exhortábamos con insistencia
a los colonos a estudiar, a adquirir conocimientos, y les hablábamos
del Rabfak como del mejor camino humano. Pero, a los ojos de los colonos,
el ingreso en el Rabfak estaba relacionado con un examen tremendamente
difícil, del que, según palabras de testigos, no salían
triunfantes más que personas geniales de verdad. Nos costo bastante
convencer a los colonos de que también en nuestra escuela era posible
capacitarse para esa terrible prueba. Muchos colonos se hallaban preparados
para el ingreso el Rabfak, pero sentíanse invadidos de un miedo
cerval y decidieron permanecer un año más en la colonia
a fin preparase sobre seguro. Eso les ocurría a Burún, a
Karabánov, a Vérshnev, a Zadórov. El que más
nos maravilla con su pasión por el estudio era Burún. Muy
pocas veces había que estimularle. Con silenciosa tenacidad superaba
no sólo las sabidurías de la aritmética y de la gramática,
sino también sus facultades relativamente débiles. Cualquier
bagatela insignificante -una regla gramatical, un tipo determinado de
problema matemático- era asimilada por él con enorme intensidad,
bufando, sudando, pero jamás se dejaba llevar de la ira ni ponía
en duda el éxito. Un error extraordinariamente feliz le hacía
estar convencido hasta la médula de que la ciencia era, en realidad,
una cosa tan difícil y tan complicada, que no se podía dominarla
sin esfuerzos sobrehumanos. Del modo más maravilloso se negaba
a advertir que, otros captaban esas mismas sabidurías casi jugando,
que Zadórov no invertía en el estudio ni un minuto más
del tiempo prescrito en el horario escolar, que Karabánov soñaba
hasta en las clases con cosas fuera de lugar y rumiaba en el interior
de su alma cualquier menudencia de la colonia en vez de un problema o
un ejercicio. Y, al cabo, llegó un día en que Burún
destacó ante sus camaradas, cuando, para los muchachos, las lucecitas
de sus conocimientos, aprendidos de un modo rápido y brillante,
se hicieron demasiado modestos comparados con la sólida erudición
de Burún. El contraste más completo con Burún era
Marusia Lévchenko. Esta muchacha había traído a la
colonia un carácter absurdo e inaguantable, una histeria chillona,
desconfiada y lacrimosa. Nos dio muchísimo trabajo. Con una inconsciencia
ebria y un ímpetu morboso podía, en el transcurso de un
solo minuto, hacer añicos las mejores cosas: la amistad, la buena
fortuna, un día soleado, un dulce y un suave crepúsculo,
los sueños más bellos y las esperanzas más risueñas.
Muchas veces pensamos que el único remedio era verter despiadadamente
cubos de agua fría sobre esta criatura insoportable, siempre encendida
en un fuego insensato y estúpido.
La tenaz resistencia de la colectividad, que no tenía nada de dulce
y que, en ocasiones, era cruel, enseñó a Marusia a reprimirse,
pero entonces empezó con el mismo afán morboso a despreciarse
y a burlarse de sí misma. Marusia tenía buena memoria, era
muy lista y extraordinariamente bella: tez oscura y sonrosada, grandes
ojos negros, que siempre despedían rayos y chispas, y, sobre ellos,
una frente pura, limpia, serena, que asombraba y vencía. Pero Marusia
estaba segura de que era horrible, de que se parecía a una negrita,
que no comprendía nada y que jamás llegaría a comprender.
Con una ira reconcentrada de antemano caía sobre cualquier ejercicio
baladí.
-¡De todas formas! -decía-, no conseguiré nada! No
sé por qué insisten ustedes en que estudie. Que estudien
sus Burún. Trabajaré como criada. Si no sirvo para nada,
¿por qué me atormentan?
Natalia Márkovna Osipova, mujer sentimental de ojos de ángel
y un carácter también irresistiblemente angélico,
lloraba después de las clases a que asistía Marusia.
-Yo la quiero, deseo enseñarle, pero ella me envía al diablo
y dice que la persigo descaradamente. ¿Qué puedo hacer?
Trasladé a Marusia al grupo de Ekaterina Grigórievna, aunque
temía las consecuencias de esta medida. Ekaterina Grigórievna
sabía exigir de una manera simple y sincera.
Tres días después del comienzo de las clases, Ekaterina
Grigórievna se presentó con Marusia en mi despacho, cerró
la puerta, hizo sentar a su alumna, trémula de rabia en una silla
y me dijo:
-¡Antón Semiónovich Aquí tiene usted a Marusia.
Decida ahora mismo qué debe hacerse con ella. El molinero necesita
precisamente una criada y Marusia piensa que no sirve más que para
eso. Si usted quiere, podemos dejar que se vaya con el molinero. Pero
también hay otra salida: yo garantizo que para el próximo
otoño la prepararé de tal modo, que podrá ingresar
en el Rabfak. Tiene grandes aptitudes.
-Claro que es, mejor el Rabfak -opiné yo.
Marusia, sentada en la silla, contemplaba con ojos de odio el apacible
rostro de Ekaterina Grigórievna.
-Pero no puedo consentir que me ofenda durante las clases. Yo también
trabajo y no hay motivo para ofenderme. Si repite una vez más la
palabra "diablo" o me llama idiota, no le doy clase.
Comprendí la jugada de Ekaterina Grigórievna, pero con Marusia
se habían empleado ya todas las jugadas, y mi creación pedagógica
no daba ahora señales de la menor inspiración. Contemplé
fatigado a Marusia y dije sin menor fingimiento:
-No conseguiremos nada. Continuará diciendo diablo, y estúpida,
y tonta. Marusia no respeta a la gente, y no se le pasará tan pronto...
-Yo respeto a la gente -me interrumpió Marusia.
-No, tú no respetas a nadie. Pero ¿qué podemos hacer?
Eres nuestra educanda. Yo pienso así, Ekaterina Grigórievna;
usted es una persona mayor, experta e inteligente, y Marusia una chiquilla
de mal carácter. Vamos a no ofendernos por lo que haga. Vamos a
concederle el derecho a que la llamé idiota y hasta canalla, cosa
que, también ha ocurrido, pero usted no se ofenda. Eso se le pasará.
¿De acuerdo?
-Ekaterina Grigórievna miró sonriente a Marusia y se limitó
a decir:
-Está bien. Eso es verdad. De acuerdo.
Los ojos negros de Marusia me miraron fijamente y brillaron con lágrimas
de agravio; de pronto, se cubrió el rostro con el pañuelo
y, llorando, huyó de la habitación.
Una semana después pregunté a Ekaterina Grigórievna:
-¿Qué tal Marusia?
-Bien. Calla, pero está muy enfadada con usted.
A la noche siguiente, ya tarde, Silanti entró con Marusia en mi
despacho.
-Por la fuerza, según se dice, te la traigo, Marusia, ya lo ves,
está muy ofendida contigo, Antón Semiónovich. Habla
con ella, eso es.
Se hizo modestamente a un lado. Marusia bajó la cabeza.
-No tengo nada que decir. Si piensan ustedes que estoy loca, me es igual:
pueden seguir pensándolo.
-¿Por qué estás ofendida conmigo?
-No me tome por loca.
-Yo no te tomo por loca.
-¿Y por qué se lo ha dicho a Ekaterina Grigórievna?
-Sí, en eso me he equivocado. Pensaba que la insultarías.
Marusia sonrió:
-Pues no la insulto.
-¡Ah! ¿No la insultas? Entonces me he equivocado. No sé
por qué creí que ibas a insultarla.
El bello rostro de Marusia se iluminó con una prudente y desconfiada
alegría:
-Así hace usted siempre: primero ataca..
Silanti se aproximó a nosotros y accionó con su gorra:
-¿Y por qué te metes con ella? Vosotros, según se
dice, hay que ver cuántos sois, y ella está sola. Bien;
él se ha equivocado un poco, pero tú, eso es, no debes ofenderte.
Marusia miró rápida y alegremente a Silanti y dijo con una
voz cantarina:
-Tú, Silanti, eres tonto, aunque viejo.
Y salió corriendo del despacho. Silanti volvió a agitar
su gorra y comentó:
-¿Ves? Fíjate qué historia.
Y de repente se golpeó las rodillas con la gorra y rompió
a reír a carcajadas:
-¡Vaya una historia, maldita sea!
3. LOS DOMINANTES
Apenas habían cerrado los carpinteros las ventanas de la casa roja
cuando se precipitó sobre nosotros el invierno. Aquel año
el invierno fue simpático: abundante en nieve, benigno, sin deshielos
putrefactos, sin heladas extremas. Kudlati invirtió tres días
en distribuir entre los colonos la ropa de invierno. Los cocheros y los
que trabajaban en la porqueriza recibieron botas de fieltro y los demás
colonos, zapatos, si no brillantes por su buen estado y su corte, poseedores,
al menos, de otras muchas virtudes: buena calidad, hermosos remiendos
y una envidiable cabida, hasta el punto de que cada muchacho podía
ponerse dos pares de peales. Entonces no sabíamos aún lo
que era un abrigo y llevábamos, en su lugar, algo mitad chaleco,
mitad chaqueta guateada incluso en las mangas -herencia de la guerra imperialista-,
que los soldados de Nicolás II llamaban ingeniosamente kufaikis.
Sobre algunas cabezas aparecieron gorros que olían igualmente a
intendencia zarista, pero la mayoría de los colonos no tuvo más
remedio que seguir llevando en invierno gorros de algodón. En aquel
tiempo no podíamos calentar más el organismo de nuestros
educandos. Las camisas y los pantalones seguían siendo los mismos
en invierno: de liviana tela de algodón. Por eso, durante el invierno
se observaba en los movimientos de los colonos cierta ligereza superflua,
que les permitía hasta en las heladas más rigurosas desplazarse
de un lugar a otro con meteórica velocidad.
Son agradables los anocheceres invernales en la colonia. A las cinco se
termina el trabajo, pero hasta la cena todavía quedan tres horas.
En algunos lugares arden los quinqués de petróleo, pero
no son ellos los que aportan consigo verdadera comodidad y animación.
En los dormitorios y en las clases se comienza a encender las estufas.
Junto a cada estufa, dos montoncitos: el montoncito de la leña
y el montoncito de los muchachos, congregados aquí el uno y el
otro no tanto para la calefacción como para las cordiales charlas
vespertinas. La leña empieza primero, a medida que las ágiles
manos de los pequeños van depositándola en la estufa. Cuentan
una historia complicada, llena de divertidas aventuras y de risas, de
disparos, de persecuciones, de ardor juvenil y de solemnes triunfos. Los
pequeños entienden difícilmente su charla, porque los narradores
se interrumpen unos a otros y todos se apresuran a algún sitio,
pero el sentido, del relato es comprensible y llega al alma: en el mundo
se puede vivir una vida interesante y alegre. Y cuando agoniza el chisporroteo
de la leña, los narradores descansan en su cálido lecho
y sólo sus lenguas cansadas susurran algo quedamente. Entonces,
los colonos inician sus relatos.
En un grupo está Vetkovski. Es un viejo narrador en la colonia.
Siempre tiene oyentes.
-Hay muchas cosas interesantes en el mundo. Nosotros estamos aquí
sin ver nada, pero en el mundo hay muchachos que no pierden una. Hace
poco me he tropezado con uno así. Había estado hasta en
el Mar Caspio y se había paseado por el Cáucaso. Allí
hay un desfiladero y una roca que se llama "Pásame, Señor".
Porque, ¿comprendes? no hay otro camino; nada más que ése
por debajo de la misma roca. Uno pasa, pero otro no: las piedras caen
continuamente. Y menos mal si no le dan a uno en la coronilla que, si
le dan, cae derecho al precipicio sin que nadie pueda encontrarle luego.
Zadórov, a su lado, le escucha atentamente y con la misma atención
clava su mirada en los ojos azules de Vetkovski.
-Kostia, ¿y si fueras tú a probar? A lo mejor te
ayudaba a pasar el "Señor".
Los muchachos vuelven hacia Zadórov sus cabezas, iluminadas por
el cárdeno resplandor de la estufa.
Kostia suspira descontento:
-Tú no comprendes, Shurka, de qué se trata. Es interesante
verlo todo. Ha estado allí un chico...
Zadórov despliega su habitual sonrisa sarcástica, irresistiblemente
encantadora y dice a Kostia: -Yo a ese chico le preguntaría otra
cosa
Ya es hora de cerrar el tiro, muchachos.
-¿Qué le preguntarías? -interroga pensativamente
Kostia.
Zadórov sigue con la mirada a un ágil pequeñuelo
atareado con el cierre de la estufa.
-Le preguntaría la tabla de multiplicar. Ese bribón
anda por el mundo como un haragán y crece sin saber nada. Seguramente
ni siquiera sabe leer. "¡ Pásame Señor!"
A tontos así hay que darles, efectivamente, en la cabeza. ¡Para
ellos está colocada especialmente la roca esa!
Los muchachos se ríen.
-No, Kostia -aconseja uno-, vale más que te quedes con nosotros.
Tú no tienes nada de tonto.
Junto a otra estufa, sentado en el suelo, con las rodillas separadas y
brillándole la calva, Silanti refiere algo muy extenso:
-...Nosotros pensábamos que, según se dice, todo
marchaba bien. Pero él, menudo sinvergüenza, gemía
y besaba el muy miserable. Sin embargo, al llegar a su despacho, nos hizo
la faena, ¿comprendes? Cogió a ese lameplatos y lo dejó
marchar a la ciudad. Fíjate qué historia. Por la mañana
vemos que vienen a caballo los gendarmes eso es. Y la gente dice: van
a azotarnos. Mi hermano y yo según se dice, no éramos aficionados
a dejar que nos quitaran los pantalones, y no hay más que hablar.
Pero me daba pena la muchacha, fíjate qué historia. De todas
formas, pensé que a ella no la tocarían, eso es...
Detrás de Silanti se ven, sobre el suelo, las botas de fieltro
de Kalina Ivánovich y más arriba humea su pipa. El humo
de la pipa desciende en una espesa marejada hacia la estufa, buelle en
dos espirales rozando las orejas de un pequeñuelo de cabeza redonda
y es absorbido ansiosamente por el tiro de la estufa. Kalina Ivánovich
me guiña un ojo e interrumpe a Silanti:
-¡Je, je, je! Tú, Silanti, dilo claramente: ¿te
plancharon o no los parásitos por el sitio ese donde nacen las
piernas?
Silanti yergue la cabeza, casi se desploma de espaldas y rompe en una
carcajada:
-Eso es, me plancharon, según se dice. Kalina Ivánovich,
eso lo has dicho bien... Y todo por la muchacha, ¡maldita sea!
También junto a las demás estufas corren gorjeantes arroyuelos
de relatos, lo mismo en las clases que en las habitaciones de los educadores.
En la habitación de Lídochka estarán seguramente
Vérshnev y Karabánov. Lídochka les obsequia con té
y mermelada, pero el té no impide que Vérshnev ataque a
Semión:
-Bu-bueno, ayer es-estuviste de bro-broma, hoy ta-también,
pero hay que pen-pensar en se-serio alguna vez...
-¿En qué vas a pensar? ¿Es que tienes mujer,
vacas o riquezas? ¿En qué vas a pensar tú? ¡Vive
y espera!
-Hay que-que pensar en la-la vi-vida, simplón...
-¡Pero qué tonto eres, Nikolái, Dios mío,
qué tonto! Para ti pensar es sentarse en un sillón, abrir
mucho los ojos y ponerse a pensar... El que tiene cabeza, piensa sin más
ni más. Pero uno como tú necesita primero comer algo para
poder pensar...
-Pero ¿por qué ofende usted a Nikolái? -pregunta
Lídochka-. Déjele que piense. Tal vez descubra efectivamente
algo.
-¿Quién? ¿Nikolái? ¡Jamás
en la vida! ¿Sabe usted quién es Nikolái.? Nikolái
es un jesusito. Un "buscador de la verdad". ¿Ha visto
usted alguna vez a un tonto como él? ¡Necesita la verdad!
Piensa lustrarse las botas con ella.
Nikolái, y Semión salen de la habitación de Lídochka
tan amigos como antes, sólo que Semión canta a voz en cuello,
mientras Nikolái le abraza tiernamente y todavía trata de
convencerle:
-Ya, que-que se trata de la Re-revolución, ¿comprendes?,
todo debe ser justo.
También en mi modesto domicilio hay invitados. Conmigo vive ahora
mi madre, una viejecita, cuya vida fluye apaciblemente en los últimos
remansos crepusculares envueltos en brumas transparentes y serenas. Todos
los colonos la llaman, abuelita. Con la abuelita está Shurka Zheveli,
hermano menor del ya de por sí pequeño Mitka Zheveli. Shurka
tiene una nariz terriblemente afilada. Hace ya tiempo que vive en la colonia,
pero no sé por qué razón no crece. Lo que hace principalmente
es agudizarse en varias direcciones: tiene la nariz aguda, las orejas
agudas, la barbilla aguda y la mirada también aguda.
Shurka está siempre ocupado en trabajos especiales. En algún
lugar del jardín, tras un arbusto perdido, ha construido una pequeña
cerca, en la que guarda un par de conejos, y en el sótano donde
se almacena el carbón ha instalado a un pequeño cuervo.
En las asambleas generales, los komsomoles acusan frecuentemente a Shurka
de destinar toda su economía a fines especulativos y de que, en
general, todo eso tiene un carácter privado, pero Shurka se defiende
bien y exige con rudeza:
-A ver, demuéstralo, ¿a quién he vendido yo
algo? ¿Tú me has visto vendiendo alguna vez?
-¿Y de dónde sacas el dinero?
-¿Qué dinero?
-El que ayer gastaste en caramelos.
-¡Vaya un dinero! La abuelita me dio diez kopeks.
Contra la abuelita no se dice nada en las asambleas generales. Alrededor
de la abuelita siempre hay varios pequeñuelos dando vueltas. A
veces cumplen por su encargo pequeños cometidos en Gonchárovka,
pero procuran hacerlo de manera, que yo no me entero. Y cuando se sabe
a ciencia cierta que estoy ocupado y tardaré en volver a casa,
alrededor de la abuelita se sientan a la mesa dos o tres pequeños
a tomar el té o compota que la abuela ha hecho para mí,
pero que yo no he tenido tiempo de ingerir. La abuelita desmemoriada como
todos los ancianos, ni siquiera sabe el nombre de todos sus amigos, pero
a Shurka le distingue entre los demás, porque Shurka es un veterano
en la colonia, y porque es el más enérgico y el más
charlatán de todos.
Hoy Shurka ha venido a ver a la abuela para un asunto de excepcional importancia.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes, Shurka ¿Cómo has tardado tanto ¿Has
estado enfermo?
Shurka toma asiento en un taburete y se golpea con el gorro, blanco algún
día, las rodillas enfundadas en unos pantalones nuevos de percal.
Sobre su cabeza se yerguen unos pelillos rubios y agudos después
del antiguo corte al cero. Shurka levanta la nariz y contempla el bajo
techo.
-No, no he estado enfermo. Pero tengo malo al conejo...
La abuelita, sentada en la cama, rebusca en su principal tesoro: una caja
de madera, donde hay trozos de tela, hilos, madejas, las antiguas reservas
de la abuelita.
-¿Qué tienes malo a un conejo? ¡Pobrecillo!
¿Y tú que haces?
-No puedo hacer nada -dice Shurka seriamente y reprimiendo a duras
penas su emoción en el ojo derecho entornado.
La abuelita le mira:
-¿Y no puedes curarle?
-No tengo con qué -balbucea Shurka.
-¿Qué medicinas te hacen falta?
-Si pudiera conseguir mijo... Medio vaso de mijo sería suficiente.
-¿Quieres té, Shurka? -pregunta la abuela-. Mira,
ahí en el hornillo tienes la tetera y aquí están
los vasos. Sírveme también a mí.
Shurka deja con cuidado su gorro en el taburete y se afana torpemente
ante el alto hornillo. Mientras tanto, la abuelita, poniéndose
trabajosamente de puntillas, alcanza de un estante un saquito color de
rosa, en el que guarda el mijo.
La compañía más alegre y más ruidosa se reúne
en el cobertizo que utiliza Kósir como taller de construcción
de ruedas. Kósir duerme aquí mismo. En un ángulo
del cobertizo hay una estufa baja, de fabricación artesana, y,
sobre ella, una tetera. En otro rincón, un catre plegable, cubierto
por una manta abigarrada. El propio Kósir está sentado en
la cama y sus invitados en troncos, en herramientas, en montones de llantas.
Todos tratan insistentemente de arrancar del alma de Kósir las
abundantes reservas de opio religioso acumuladas por él a lo largo
de toda su vida.
Kósir sonríe tristemente:
-Eso no está bien, muchachos. Dios me perdone. Puede irritarse
el Señor...
Pero, mientras el Señor se dispone a irritarse, el que se irrita
es Kalina Ivánovich, que, apareciendo en las oscuridades de la
puerta, surge a la luz y agita su pipa:
-Pero ¿qué estáis haciendo aquí con
el viejo? ¿A ti qué te importa Jesucristo, dime por favor?
Como te dé, vas a tener que rezar no sólo a Jesucristo,
sino a todos los santos. Ya que el Poder soviético os ha liberado
de dioses, alégrate en silencio, pero no vengas aquí a burlarte.
-Jesucristo nos salve, Kalina Ivánovich; no permita que
se mofen de un viejo...
-Si pasa algo, ven a mí a quejarte. Con estos sinvergüenzas
no podrás pasarte sin mí. No te fíes mucho de tus
Cristos.
Los muchachos fingían asustarse de las palabras de Kalina Ivánovich
y se escapaban del cobertizo para dispersarse por los numerosos rincones
de la colonia. Ahora no teníamos ya grandes dormitorios al estilo
cuartelero: los muchachos se habían instalado en pequeñas
habitaciones con capacidad para seis u ocho personas. En estos dormitorios
cohesionaron más los destacamentos de los colonos, empezaron a
manifestarse con mayor relieve los rasgos característico de cada
grupo y se hizo más interesante trabajar con ellos. Apareció
el destacamento número once, un destacamento de pequeñuelos,
organizado gracias a la insistencia de Gueórguievski. Gueórguievski
seguía dedicándoles mucho tiempo: les mimaba, les bañaba,
jugaba con ellos y les reñía como una madre, dejando estupefactas
con su energía y su paciencia las almas, ya templadas, de los colonos.
Sólo este maravilloso trabajo de Gueórguievski atenuaba
un tanto la penosa impresión debida a la certidumbre general de
que Gueórguievski era hijo del gobernador de Irkutsk.
También había aumentado el número de educadores en
la colonia. Yo buscaba pacientemente a hombres de verdad y, mal que bien,
extraía algo de la reserva bastante desquiciada de cuadros pedagógicos.
En un huerto organizado fuera de la ciudad por el sindicato de maestros
descubrí Ivánovich Zhurbín en la efigie del guarda.
Era un hombre culto, bondadoso, disciplinado, un verdadero estoico y un
caballero. Me agradó por una cualidad especial suya: experimentaba
un verdadero amor de "gourmet" a la naturaleza humana: sabía
hablar con la pasión de un coleccionista acerca de los diversos
rasgos del carácter humano, de las inapreciables volutas de la
personalidad, de la hermosura del heroísmo humano y de los tenebrosos
misterios de la humana ruindad. Acerca de todo ello había pensado
mucho y había indagado pacientemente en la muchedumbre humana indicios
de nuevas leyes colectivas. Yo me daba cuenta de que debería perderse
infaliblemente en su pasión de aficionado, pero me sedujo la naturaleza
sincera y diáfana de este hombre, y por ello le perdoné
sus galones de capitán de Estado Mayor del regimiento 35 de Briansk,
galones que, dicho sea de paso, se había arrancado ya antes de
Octubre, sin macular su biografía con ninguna hazaña de
guardia blanco y habiendo obtenido por ello en el Ejército Rojo
el grado de jefe de compañía retirado.
El segundo era Zinovi Ivánovich Butsái. Tenía unos
veintisiete años, pero acababa de terminar sus estudios en una
escuela de Bellas Artes y nos le habían recomendado como artista.
Nosotros necesitábamos a un artista para la escuela, y para el
teatro, y para los asuntos de toda índole relacionados con el Komsomol.
Zinovi Ivánovich Butsái nos sorprendió por la extrema
manifestación de toda una serie de cualidades. Era extraordinariamente
moreno, extraordinariamente delgado y hablaba con una voz de bajo tan
extraordinariamente profunda, que era difícil conversar con él:
una especie de sonidos ultravioleta. Zinovi Ivánovich se distinguía
por una parsimonia y una inmutabilidad nunca vistas. Llegó a finales
de noviembre, y nosotros esperábamos impacientes las manifestaciones
artísticas con que debía embellecerse la colonia cuando
Zinovi Ivánovich, sin haber tomado ni siquiera una vez el lápiz,
nos dejó estupefactos con otra faceta de su naturaleza artística.
Pocos días después de su llegada, los colonos me comunicaron
que salía todos los días de su habitación, desnudo,
únicamente con un abrigo echado sobre los hombros, para bañarse
en el Kolomak. A finales de noviembre, el Kolomak comenzó a helarse
y poco tiempo después era una pista de patinar para la colonia.
Zinovi Ivánovich, con ayuda de Otchenash, perforó un boquete
especial en el hielo y cada mañana proseguía su tremendo
baño. Al cabo de cierto tiempo, cayó, enfermo y estuvo en
cama con pleuritis unos quince días. Se repuso y volvió
a zambullirse en el agua. En diciembre tuvo una bronquitis y no sé
qué más. Butsái faltaba a las clases e infringía
nuestros planes escolares. Yo acabé perdiendo la paciencia y le
rogué que se dejase de tonterías.
En respuesta, Zinovi Ivánovich carraspeó:
-Tengo derecho a bañarme siempre que lo estime pertinente.
En el Código de Trabajo eso no está prohibido. También
tengo derecho a enfermar y, por lo tanto, no puede hacérseme oficialmente
ningún reproche.
-Pero, querido Zinovi Ivánovich, yo no hablo oficialmente.
¿Por qué se atormenta así? Me da usted pena simplemente
como persona.
-Bien. En ese caso, le explicaré: tengo una salud débil,
mi organismo está hecho de cualquier modo. Vivir con un organismo
así, como usted comprenderá, es odioso. Por eso he decidido
resueltamente: o consigo templarlo y puedo vivir tranquilo con él
o que el diablo se lo lleve, que perezca. El año pasado tuve cuatro
pleuritis, y este año nada más que una, y eso que estamos
en diciembre. Pienso que no tendré más de dos. He venido
a la colonia con toda intención: aquí tengo un río
a mano.
Yo llamé a Silanti y empecé a reprenderle:
-Pero ¿qué bromas son ésas? El hombre se ha
vuelto loco y tú perforas boquetes en el hielo.
Silanti abrió los brazos con el aire de una persona que se reconoce
culpable:
-¿Sabes, Antón Semiónovich? No te enfades,
pero es imposible hacer nada. Yo he conocido a uno, que, ¿sabes?,
se le antojó ir al otro mundo. Y también quiso ahogarse.
En cuanto yo me volvía, ya estaba en el río el muy canalla.
Le saqué muchísimas veces, tantas, que llegué a cansarme
de sacarle. Y él, fíjate qué canalla era, fue entonces
y se ahorcó. Y a mí, ¿sabes?, eso ni siquiera se
me había ocurrido. Fíjate qué historia. Y a éste
no le estorbo y no hay más hablar.
Zinovi Ivánovich siguió bañándose en el boquete
del río helado hasta el mismo mes de mayo. Los colonos, que al
principio se habían reído de las pretensiones de este ser
enclenque, acabaron sintiendo respeto por él y le cuidaban pacientemente
durante sus numerosas pleuritis, bronquitis y catarros vulgares.
No obstante, transcurrían semanas enteras sin que la fiebre acompañara
el proceso de temple del organismo de Zinovi Ivánovich, y entonces
se revelaba su verdadera naturaleza artística. En torno a Zinovi
Ivánovich se formó en poco tiempo un círculo de artistas,
que obtuvo del Soviet de jefes una pequeña habitación en
la buhardilla y montó en ella un estudio.
Durante los rumorosos anocheceres invernales, en el estudio de Butsái
se desarrollaba el trabajo más ardiente y los muros de la buhardilla
vibraban de la risa de los artistas y de los mecenas invitados.
A la luz de un gran quinqué de petróleo, varios muchachos,
trabajan sobre un enorme cartón. Rascándose la cabeza de
un negror de carbón con el mango del pincel, Zinovi Ivánovich
truena como un sacristán bebido:
-Dadle más sepia a Fedorenko. Es un campesino y habéis
hecho de él una comercianta. Vañka, tú siempre pones
carmín donde hace falta y donde no.
Vañka Lápot, pelirrojo, lleno de pecas, la nariz jibosa,
responde, imitando a Zinovi Ivánovich, con una voz ronca y falsa
de bajo:
-Se nos ha ido toda la sepia en Leshi.
También en mi despacho las veladas son bulliciosas. Hace poco han
llegado de Járkov dos estudiantes con este papel:
"El Instituto Pedagógico de Járkov comisiona a las
camaradas X. Várskaia y R. Lándsberg para conocer prácticamente
la actividad pedagógica de la colonia Gorki".
Con gran curiosidad acogí a esos dos representantes de la joven
generación pedagógica. Tanto X. Várskaia como R.
Lándsberg eran envidiablemente jóvenes. Ninguna de las dos
tenía más de veinte anos. X. Várskaia era una rubita
muy mona, gordezuela, inquieta y menuda, con las mejillas de ese rosa
dulce y delicado que se ve únicamente en las acuarelas. Moviendo
sin cesar sus finas cejas casi imperceptibles y desechando con un esfuerzo
de voluntad la sonrisa que pugnaba continuamente por aparecer en su boca,
me sometió a un verdadero interrogatorio:
-¿Tiene usted gabinete paidológico?
-No lo tengo.
-¿Y cómo estudia usted la personalidad?
-¿La personalidad del niño? -pregunté yo lo
más serio posible.
-Sí, naturalmente. La personalidad de su educando.
-¿Y para qué hay que estudiarla?
-¿Cómo "para qué"? ¿Cómo
puede usted trabajar en lo que no conoce?
X. Várskaia piaba enérgicamente con expresión de
sinceridad y no hacía más que volverse hacia su amiga. R.
Lándsberg, morena, con unas maravillosas trenzas negras, bajaba
los ojos, reprimiendo, condescendiente y amable, su natural indignación.
-¿Qué dominantes abundan entre sus educandos? -inquirió
severamente a boca de jarro X. Várskaia.
-Si en la colonia no se estudian las personalidades, es superfluo
preguntar por los dominantes -observó en voz baja R. Lándsberg.
-No, ¿por qué? -repliqué en serio-. Algo puedo
decirles acerca de los dominantes. En la colonia abundan los mismos dominantes
que en ustedes...
-¿Y usted de dónde nos conoce? -interrogó
con animosidad X. Várskaia.
-Las tengo frente a mí y estamos hablando.
-Bueno, ¿y qué?
-Pues que las veo como si fueran transparentes. Para mí
es lo mismo que si estuviesen hechas de cristal. Veo lo que ocurre en
su interior.
X. Várskaia enrojeció; pero en aquel momento irrumpieron
en el despacho Karabánov, Vérshnev, Zadórov y no
recuerdo qué otros colonos.
-¿Se puede pasar o hay secretos?
-¡Cómo no! -contesté-. Aquí tenéis
a dos visitas nuestras, unas estudiantes de Járkov.
-¿Visitantes? ¡Qué bien! ¿Y cómo
se llaman?
-Xenia Románovna Várskaia.
-Rajil Semiónovna Lándsberg.
Semión Karabánov, preocupado, se llevó las manos
mejilla y se sorprendió.
-¡Ay, madre mía, qué largo de decir es eso!
Entonces ¿usted es simplemente Oxana?
-Es lo mismo -asintió Várskaia.
-¿Y usted Rajil, y nada más?
-Bueno -susurró R. Lándsberg.
-Bien, ahora se les puede dar de cenar. ¿Son ustedes estudiantes?
-Sí.
-Pues haberlo dicho: seguramente tendrán un hambre de...
¿de qué? Vérshnev y Zadórov habrían
dicho: hambre de perros. Pero digamos... digamos de gatitos.
-Efectivamente, tenemos hambre -asintió, riéndose
Oxana-. ¿Podemos también lavarnos?
-Vamos. Les entregaremos a las muchachas; allí podrán
hacer lo que les dé la gana.
Así transcurrió nuestro conocimiento. Cada tarde venían
a verme, pero un momento nada más. En todo caso, no volvió
a reanudarse la conversación acerca del estudio d personalidad:
Oxana y Rajil no tenían tiempo. Introduciéndolas en el mar
sin límites de asuntos colonísticos, de distracciones y
de conflictos, los muchachos las habían enfrentado con todo un
montón de verdaderos problemas malditos. Era difícil que
una persona viva pudiera sortear los remolinos y las pequeñas cascadas
que surgían a cada paso en la colonia, no tenía uno tiempo
de volver la cabeza, cuando ya era arrastrado sin saber a dónde.
A veces los remolinos arrastraban a la gente hasta mi despacho y la arrojaban
a la orilla. Una tarde arrojaron a un grupo interesante: Oxana, Rajil,
Silanti y Brátchenko.
Oxana traía cogido a Silanti de, una manga y no hacía más
que reírse a carcajadas:
-Venga, venga. ¿Por qué se resiste usted?
Silanti, efectivamente, se resistía.
-Está haciendo un trabajo de descomposición en la
colonia y usted ni siquiera lo ve.
-¿De qué se trata, Silanti?
Silanti se desasió, disgustado, y se acarició la calva:
-Pues mira de qué se trata: habíamos dejado, ¿sabes?,
el trineo en el patio. A Semión y a ellas, ¿sabes?, se les
ocurrió deslizarse por la colina. Pero ya que está Antón
aquí, que lo cuente él.
Antón habló:
-Comenzaron a insistir y a insistir en que querían pasear.
A Semión, claro está, le di enseguida en la cabeza con el
collar y se fue, pero éstas se pusieron a tirar del trineo. ¿Y
qué se podía hacer con ellas? Si les hubiera dado con el
sillín, se habrían echado a llorar. Entonces Silanti fue
y les dijo.
-Eso, eso, -vibraba todavía Oxana-. Que repita Silanti lo
que ha dicho.
-¿Y qué hay de malo en ello? Dije la verdad, y no
hay que hablar más. Dije que tienes ganas de casarte y que ibas
a rompernos el trineo, eso es. Fíjate qué historia.
-Eso no es todo, no es todo...
-¿Y qué más? Todo, según se dice.
-Lo que le dijo a Antón es esto: tú engánchala
al trineo y hazla correr hasta Gonchárovka; así se calmará
en el acto. ¿Dijiste eso?
-Lo mismo repetiré ahora aquí: son mozas fuertes
y no tienen nada que hacer. En cambio, a nosotros nos faltan caballos,
fíjate qué historia.
-¡Ah! -exclamó Oxana-. ¡Márchese, márchese
de aquí! ¡Fuera!
Silanti rompió a reír y se fue con Antón del despacho.
Oxana se tendió en el diván, donde hacía ya mucho
que dormitaba Rajil.
-Silanti es una personalidad interesante -dije yo-. Deberían
dedicarse a estudiarle.
Oxana se precipitó fuera del despacho, pero se detuvo en la puerta
para decirme, imitando a alguien:
-Le veo al trasluz: ¡como si fuera de cristal!
Y echó a correr, cayendo tan pronto como traspuso el umbral en
medio de un grupo de colonos; yo escuché únicamente cómo
se perdió el cascabeleo de su voz en el torbellino, para mi habitual,
de la colonia.
-Rajil, váyase usted a dormir.
-¿Qué? ¿Acaso quiero yo dormir? ¿Y
usted?
-Yo me voy.
-¡Ah! Bueno... Naturalmente...
Se frotó infantilmente el ojo izquierdo con el puñito, me
estrechó la mano y salió del despacho, rozando con su hombro
el quicio de la puerta.
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