Poema Pedagógico


Antón Semiónovich Makarenko

II PARTE

4. EL TEATRO

Lo relatado en el capítulo anterior no constituía más que una parte insignificante de nuestras veladas invernales. Ahora nos da hasta un poco de vergüenza confesar que casi todo el tiempo libre lo sacrificábamos al teatro.
En la segunda colonia conquistamos un verdadero teatro. Es difícil describir el entusiasmo que se apoderó de nosotros cuando obtuvimos el derecho a utilizar el cobertizo del molino.
Nuestro teatro tenía cabida para seiscientos espectadores. Esto quiere decir que podíamos atender varias aldeas. La significación del círculo de aficionados al teatro fue en aumento, y del mismo modo aumentaba lo que se exigía de él.
Cierto, nuestro teatro no era muy cómodo. Kalina Ivánovich llegaba a considerar estas incomodidades tan insuperables, que propuso transformar el teatro en cochera.
-Si colocas un carro, nada le pasará por el frío, ya que un carro no necesita estufa. En cambio, para el público sí que hacen falta estufas.
-Bueno, pues pondremos estufas.
-Ayudarán como un apretón de manos al pobre. ¿No has visto que allí el techo es de hierro, sin ninguna cobertura? Si encendemos las estufas, lo único que haremos será dar calor al reino de los cielos y a los querubines y serafines, pero no al público. Y además, ¿qué estufas vas a poner? Aquí, por lo menos, haría falta instalar estufas de hierro, pero ¿quién te dará permiso? Esas estufas no producen más que incendios; tan pronto como empezase el espectáculo, habría que empezar también a echar agua.
Nosotros no estábamos de acuerdo con Kalina Ivánovich, sobre todo porque Silanti decía:
-Pues fíjate qué historia: una representación de balde y, encima, un incendio sin más consecuencias. Nadie se ofenderá por ello.
Colocamos las estufas de hierro y las encendíamos sólo durante las representaciones. Jamás fueron capaces de caldear la atmósfera teatral; todo su calor se esfumaba inmediatamente por el techo de hierro. Y por eso, aunque las propias estufas se caldeaban hasta el rojo vivo, el público prefería seguir embutido en sus abrigos y sus pellizas, preocupándose únicamente de que no se le quemara por casualidad el lado vuelto hacia la estufa.
Sólo una vez hubo fuego en nuestro teatro, y, además, no fue por culpa de ninguna estufa, sino por una lámpara que se cayó en el escenario. Hubo pánico en aquella ocasión, aunque un pánico especial: el público permaneció en sus sitios, pero todos los colonos se lanzaron al escenario arrebatados por un entusiasmo no fingido.
-¡Qué idiotas sóis! -les chilló Karabánov-. ¿Es que no habéis visto nunca fuego?
Construimos un verdadero escenario: espacioso, alto, con un complicado sistema de bastidores y una concha para el apuntador. Tras el escenario quedó un gran espacio libre, pero no podíamos utilizarlo. Para que los artistas pudieran soportar la temperatura, acotamos en este espacio una pequeña habitación, instalamos en ella una estufa, y allí nos pintábamos y vestíamos, observando mal que bien el turno y la diferencia de sexos. En el espacio restante -entre bastidores y en la propia escena- hacía el mismo frío que al aire libre.
En la sala colocamos una decena de filas de bancos de madera, inmenso espacio de localidades teatrales, inusitado campo cultural, en el que no hacía falta más que sembrar y segar.
Nuestra actividad escénica en la segunda colonia se desenvolvió rápidamente a lo largo de tres inviernos, su ritmo y su impulso no cedieron jamás, y, en fin, sus proporciones fueron tan grandiosas, que yo mismo doy ahora crédito con dificultad a lo que estoy escribiendo.
Durante la temporada de invierno estrenábamos cuarenta obras. Debe decirse que nunca corríamos en pos de alguna piececita de alivio, tipo club de aficionados. No representábamos más que obras serias y largas, de cuatro o cinco actos, repitiendo por lo común el repertorio de los teatros de la capital. Se trataba de una audacia incomparable, pero, palabra de honor, no era una chapuza.
Y a partir del tercer espectáculo, nuestra fama teatral rebasó en mucho los límites de Gonchárovka. Venían a vernos campesinos de Pirogovka, de Grabílovka, de Bábichevka, de Gontsov, de Vatsiv, de Storozhevoie, de los caseríos de Volovi, de Chumatski, de Ozer; venían obreros de las barriadas suburbanas, ferroviarios de la estación y de la fábrica de locomotoras, y pronto comenzó a acudir también gente de la ciudad: maestros, empleados del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, militares, empleados soviéticos, trabajadores de las cooperativas, administradores, simples muchachas y muchachos, conocidos de los colonos y conocidos de los conocidos. A finales del primer invierno, ya desde la hora del almuerzo empezaba a instalarse todos los sábados en torno al cobertizo teatral el campamento de los que venían de lejos. Hombres bigotudos con pellizas y zamarras de piel, desenganchaban los caballos, los cubrían con mantas, y hacían sonar sus cubos junto al pozo, mientras sus acompañantas, envueltas hasta los ojos, daban saltitos alrededor del trineo para desentumecer las piernas heladas durante el camino y corrían al dormitorio de nuestras muchachas, cimbreándose sobre los altos taconcitos claveteados de hierro, a fin de entrar en calor y prolongar la amistad recientemente entablada. Muchos extraían de entre la paja paquetes y atadijos. Al ponerse en camino para la lejana expedición teatral, tomaban consigo comida: empanadas, tartas, tocino cortado en forma de cruz espirales de diversos embutidos. Una parte considerable de sus reservas estaba destinada a agasajar a los colonos, y hubo días de verdaderos banquetes hasta que el Buró del Komsomol prohibió categóricamente que se aceptase cualquier regalo de los espectadores forasteros.
Los sábados, las estufas de la sala de espectáculos se encendían a las dos de la tarde, de modo que los forasteros pudieran entrar allí en calor. Pero, a medida que se estrechaban las relaciones, mayor era la penetración de los visitantes en los edificios de la colonia. Hasta en el comedor se podía ver a grupos de invitados particularmente agradables y conocidos de todos, por decirlo así, a quienes los responsables de la guardia de aquel día estimaban posible invitar.
Para la caja de la escuela, los espectáculos eran una carga bastante onerosa. Los trajes, las pelucas, toda clase de requisitos venían a costarnos unos cuarenta o cincuenta rublos. Quiere, pues, decirse que al mes eso sumaba alrededor de doscientos rublos. Era un gasto excesivo, pero ni una sola vez renunciamos a nuestro orgullo y jamás percibimos un kopek en pago del espectáculo. Contábamos, sobre todo, con la juventud, y la juventud campesina - en especial, las muchachas - jamás tenía dinero para sus gastos.
Al principio, la entrada al teatro era libre. Sin embargo, la sala perdió pronto su capacidad de contener a todos los que deseaban entrar en ella, y entonces introdujimos los billetes, que se distribuían previamente entre las células del Komsomol, los Soviets rurales y nuestros representantes plenipotenciarios especiales en cada lugar.
Para nosotros fue una sorpresa la terrible afición de los campesinos al teatro. Por culpa de los billetes había continuamente malentendidos y rencillas entre las diversas aldeas. Venían a vernos secretarios agitados, que nos hablaban con bastante fogosidad:
-¿Por qué no nos habéis dado más que treinta localidades para mañana?
Zhorka Vólkov, el encargado de los billetes teatrales, movía sarcástico la cabeza ante el rostro del secretario:
-Porque incluso esas localidades son muchas para vosotros.
-¿Muchas? Vosotros, burócratas, que os pasáis aquí sentados todo el día, ¿sabéis que son muchas?
-Nosotros estamos aquí sentados, pero vemos que las popesas utilizan nuestros billetes.
-¿Las popesas? ¿Qué popesas?
-Las vuestras: pelirrojas, con los morros abultados.
Al reconocer a su popesa, el secretario baja de tono, aunque sin rendirse:
-Bueno, dos popesas... Pero ¿por qué nos habéis quitado veinte billetes? Antes nos dabais cincuenta y ahora treinta.
-Habéis perdido nuestra confianza -contesta, mordaz, Zhorka-. Dos popesas; pero no hemos contado las sacristanas, las tenderas, las mujeres de los kulaks. De manera que vosotros os estáis corrompiendo y nosotros tenemos que hacer cuentas?
-Me gustaría saber qué hijo de perra os ha ido el cuento.
-Tampoco contamos a los... hijos de perra. Con treinta billetes tenéis de sobra.
El secretario, como gato escaldado, corre a la aldea para investigar la corrupción descubierta, pero su sitio es ocupado rápidamente por otro que viene a protestar:
-¿Qué hacéis, camaradas? Tenemos cincuenta komsomoles, y nos habéis mandado quince billetes.
-Según datos del sexto destacamento "P", la vez pasada vinieron de vuestro lugar solamente quince kosomoles no bebidos, y, además, cuatro de ellos eran unas mujeres viejas. Todos los demás estaban borrachos.
-Nada de eso. No es cierto que estuvieran borrachos. Nuestros muchachos trabajan en una fábrica de aguardiente y, claro, huelen...
-Comprobamos que les olía la boca; no hay por echar la culpa a la fábrica...
-Yo os demostraré que siempre huelen así. Lo que pasa es que vosotros, sois injustos y andáis con cuentos. ¡Eso son desviaciones!
-¡Déjalo! Los nuestros saben perfectamente cuándo se trata de la fábrica y cuándo se trata de un borracho.
-Venga, dame, por lo menos, cinco billetes más, ¿cómo no os da vergüenza?... Repartís las localidades entre diversas señoritas de la ciudad y entre vuestros conocidos y dejáis a los komsomoles para lo último...
Comprendimos de pronto que el teatro no era una diversión o un juego nuestro, sino nuestra obligación, un inevitable impuesto social, cuyo pago no podíamos eludir.
El Buró del Komsomol meditó profundamente acerca de ello. El círculo de aficionados al teatro, por sí solo, no podía soportar sobre sus hombros semejante carga. Era imposible concebir que transcurriera un sábado sin espectáculo y, además, cada semana había que dar algún estreno. Repetir una obra significaba arriar la bandera, ofrecer a, nuestros vecinos inmediatos, espectadores fijos, una velada fallida. En el círculo de aficionados comenzaron las historias de toda índole.
Hasta Karabánov clamaba:
-Pero, vamos a ver, ¿es que yo me he contratado como actor o qué? La semana pasada hice de sacerdote, ésta he hecho de general, y ahora me dicen que haga de guerrillero. ¿Es que soy de hierro? Me paso cada noche ensayando hasta las dos de la madrugada, y el sábado hay que mover las mesas y clavar los decorados...
Kóval, apoyando las manos en la mesa, gritaba:
-¿Quieres que te pongamos una otomana de bajo de un peral para que descanses un poco? No hay más remedio que trabajar.
-Si no hay más remedio, organizadlo de manera que trabajen todos.
-Y la organizaremos.
-Organizadlo.
-Vamos a convocar al Soviet de jefes.
En el Soviet de jefes, el Buró propuso: nada de círculos de aficionados, todos debían trabajar.
Al Soviet le gustaba siempre concretar sus decisiones en forma de orden. Esta la formalizó así:

§ 5

Por decisión del Soviet de jefes, considerar el trabajo teatral como un trabajo obligatorio para cada colono, y por ello para la presentación del espectáculo Aventuras de la tribu de los Nichevokaos se designan los siguientes destacamentos mixtos...
Seguía la enumeración de los destacamentos mixtos, como si se tratase de escardar la remolacha o aporcar la patata y no de las cumbres del arte. La profanación del arte comenzó por la aparición, en lugar del círculo de aficionados, del sexto destacamento "A" mixto, mandado por Vérshnev y compuesto por veintiocho personas... para el espectáculo en cuestión.
Y el destacamento mixto quería decir: lista exacta y ningún retraso, parte nocturno con indicación de los retrasa y demás, la orden del jefe, el habitual "a la orden" a guisa de respuesta con el correspondiente saludo y, en caso de incumplimiento, la necesidad de justificarse ante el Soviet de jefes o en la asamblea general por infracción de la disciplina de la colonia y, en el mejor caso, conversación conmigo y unas cuantas tareas fuera de turno o arresto domiciliario el primer día de fiesta.
Se trataba, efectivamente, de una reforma. Hay que tener en cuenta que el círculo de aficionados es siempre, una organización voluntaria, con tendencia a cierto liberalismo excesivo, a la fluctuación del personal. Además, el círculo adolece en todo momento de una lucha de gustos y de aspiraciones. Esto se observa particularmente en la elección de la obra y en el reparto de los papeles. También en nuestro círculo empezaba a despuntar a veces el principio personalista.
La decisión del Buró y del Soviet de jefes fue aceptada por la sociedad colonística como algo que se comprendía por sí solo sin el menor género de dudas. El teatro era considerado en la colonia igual que la agricultura, que la reparación de la hacienda, que el orden y la limpieza de edificios. Desde el punto de vista de los intereses de la colonia, comenzó a ser indiferente la participación de uno u otro colono en los espectáculos: cada cual debía hacer que se exigía de él.
Habitualmente yo informaba en el Soviet dominical de jefes acerca de la obra que se representaría el sábado siguiente e indicaba qué, colonos hacían falta como artistas. Todos ellos eran incluidos inmediatamente en el sexto "A" mixto y a uno de ellos se le designaba jefe. Los demás colonos no eran distribuidos en destacamentos teatrales mixtos; que llevaban siempre el número seis y que funcionaban hasta el final de la representación. Funcionaban los siguientes destacamentos mixtos:
Sexto "A": artistas.
Sexto "P": público.
Sexto "G": guardarropa
Sexto Caliente: calefacción
Sexto "D": decorados.
Sexto "T": tramoya.
Sexto "I"': iluminación y efectos luminosos.
Sexto "L": limpieza.
Sexto "S": sonidos.
Sexto "C": cortina.
Si se tiene en cuenta que durante mucho tiempo no hubo en la colonia más de ochenta personas, será evidente para todos que ningún colono podía quedar libre y que, si la obra elegida tenía numerosos personajes, nos faltaban literalmente fuerzas. Por supuesto, el Soviet de jefes, al formar los destacamentos mixtos, procuraba basarse en los gustos y las inclinaciones individuales de cada uno, pero eso no se conseguía siempre. Lo más frecuente era que el colono manifestase:
-¿Por, qué me habéis incluido en el sexto "A"? Yo nunca he hecho de artista.
Le respondían:
-Pero ¿qué palabras de mujik son ésas? El hombre tiene siempre que hacer algo por primera vez.
En el transcurso de la semana todos los destacamentos mixtos y, en particular, sus jefes danzaban por la colonia e incluso por la ciudad como "gatos escaldados". Entre nosotros no existía la moda de tomar en consideración ninguna, disculpa, y por ello los jefes de los destacamentos lo pasaban, a veces, muy mal. Por fortuna, en la ciudad teníamos amigos, muchos de los cuales veían nuestra causa con simpatía. Esta era la razón de que, por ejemplo, siempre consiguiéramos buenos trajes para cualquier obra, pero, si no los conseguíamos, el sexto "G" mixto sabía confeccionar el vestuario de cualquier época y en cualquier cantidad sobre la base de los diversos materiales y objetos que había en la colonia. Para ello se consideraba que no sólo los objetos de la colonia, sino también los de sus empleados estaban plenamente a disposición de nuestros destacamentos teatrales. Por ejemplo, el sexto "T" mixto estuvo siempre convencido de que podía ostentar el nombre de destacamento de requisa porque requisaba todo lo necesario en el domicilio de nuestros empleados. A medida que nuestra empresa fue desarrollándose, en la colonia se formaron también ciertos depósitos permanentes. Con frecuencia representábamos obras donde sonaban disparos y, en general, obras de carácter militar, y para ellas constituimos todo un arsenal, aparte de una verdadera colección de uniformes militares, charreteras y condecoraciones. Gradualmente fueron destacándose entre la colectividad diversos especialistas, no solamente actores, sino también de otro carácter: teníamos notables ametralladores, que, por medio de aparatos de su invención, simulaban el más auténtico tiroteo de ametralladoras; teníamos artilleros, profetas Elías, a quienes le salían bien los truenos y los relámpagos.
Disponíamos de una semana para aprender cada obra. Al principio, intentamos proceder como es costumbre entre la gente: copiábamos los papeles y nos esforzábamos por aprenderlos. Después renunciamos a esta empresa; no teníamos tiempo para copiar los papeles ni para estudiar. Debe considerarse que teníamos, además, nuestro trabajo corriente en la colonia y en la escuela; antes que nada era preciso estudiar las lecciones. Renunciando a todo convencionalismo teatral, empezamos a actuar con apuntador e hicimos bien. Los colonos aprendieron a captar con extraordinaria habilidad las palabras del apuntador; incluso nos permitimos el lujo de luchar contra las libertades y las improvisaciones en la escena. Sin embargo, para que el espectáculo se deslizase como era debido, yo tuve que sumar a mis obligaciones de director de escena la función de apuntador porque el apuntador, además, de indicar el texto tenía que dirigir la representación: indicar la mise en scène corregir los errores, señalar los disparos, los besos y las muertes.
Actores no nos faltaban. Entre los colonos había muchos hombres capaces. Los principales actores eran: Piotr Ivánovich Goróvich, Karabánov, Vetkovski, Butsái, Vérsh Zadórov, Marusia Lévchenkó, Kudlati, Kóval, Gléizer, Lápot.
Procurábamos elegir piezas con muchos personajes porque abundaban los colonos deseosos de actuar en el teatro y nosotros teníamos interés por aumentar el número de los que supieran mantenerse en escena. Yo atribuía gran importancia al teatro, ya que, gracias a él, mejoraba mucho el lenguaje de los colonos y, en general, se ampliaba sensiblemente nuestro horizonte. Pero, a veces, nos faltaban actores, y en este caso invitábamos a alguno de nuestros empleados. Una vez incluso lanzamos a Silanti al escenario. En el ensayo demostró escasa aptitudes de actor. No obstante, como tenía que decir una sola frase ("El tren viene con tres horas de retraso"), no había un riesgo especial. La realidad superó todas nuestras esperanzas. Silanti salió a su tiempo, normalmente, pero habló así:
-El tren, ¿sabes?, viene con tres horas de retraso, fíjate qué historia.
La réplica produjo tremenda impresión en el público, pero eso no fue lo malo; todavía mayor impresión causó entre la multitud de refugiados que aguardaban el tren en la estación. Los refugiados, totalmente vencidos por la risa, comenzaron a dar vueltas en el escenario sin hacer ningún caso a mis llamadas desde la concha del apuntador, sobre todo porque yo también resulté ser una persona impresionable. Silanti contempló un minuto toda aquella iniquidad y después se enfadó:
-Os hablan, imbéciles, como es debido: el tren, ¿sabéis?, viene con tres horas de retraso... ¿De qué os reís?
Los refugiados escucharon con entusiasmo las palabras de Silanti y después huyeron empavorecidos de la escena.
Yo, una vez rehecho susurré,:
-¡Vete a todos los diablos! ¡Silanti, vete al infierno!
-Pues ya ves qué historia...
Coloqué el libro de canto, que era la señal para que se corriese la cortina.
Lo difícil era, conseguir actrices. De las muchachas sólo podían trabajar, y no muy bien, Lévchenko y Nastia Nochévnaia y, del personal, Lídochka. Ninguna de ellas había nacido para la escena; se azoraban muchísimo, se negaban categóricamente al beso y al abrazo, aunque lo exigiera la obra. Por otra parte, no podíamos renunciar a los papeles amorosos. En busca de actrices, probamos a todas las mujeres, hermanas, tías y demás parientes de nuestros empleados y de los trabajadores del molino, suplicábamos a nuestras conocidas de la ciudad y a duras penas conseguíamos representar las obras. Por eso, Oxana y Rajil intervinieron en los ensayos ya al día siguiente de su llegada a la colonia, admirándonos por su manifiesta aptitud para dejarse besar sin la más leve turbación.
Una vez logramos convencer a una espectadora incidental, conocida de un trabajador del molino, que había venido de la ciudad a pasar una temporada. Resultó una auténtica perla: hermosa, voz aterciopelada, ojos, andar, en fin, todo lo preciso para interpretar el papel de dama corrompida en no recuerdo qué obra revolucionaria. Durante los ensayos nos derretíamos de gusto pensando en el estreno sensacional. El espectáculo comenzó con gran entusiasmo, pero en el primer entreacto se presentó entre bastidores el marido de la perla, un telegrafista ferroviario, que dijo a su mujer ante toda la compañía:
-No puedo permitir que trabajes en esta obra. Vámonos a casa.
La perla se asustó:
-¿Cómo voy a marcharme? - musitó -. ¿Y la obra?
-¡A mí qué me importa la obra! ¡Vámonos! No puedo tolerar que todos te besen y te arrastren por la escena.
-¿Pero... como es posible?
-En un solo acto te han besado unas diez veces. ¿Qué quiere decir esto?
Al principio, nosotros nos quedamos estupefactos. Después tratamos de convencer al celoso.
-Pero, camarada, si, un beso en la escena es una nimiedad - dijo Karabánov.
-Ya he visto si es una nimiedad o no. ¿Es que soy ciego? Vengo de la primera fila...
Yo dije a Lápot:
-Tú, que eres un hombre desenvuelto, convéncele de algún modo.
Lápot se puso honradamente a ello. Asió al celoso por un botón, le hizo sentarse en un banco y gorjeó dulcemente:
-¡Qué hombre tan raro es usted! ¡Una cosa tan útil, tan cultural! Si su mujer, para una cosa así, se besa con alguien, de eso no puede salir más que provecho.
-No sé para quien será el provecho; desde luego, para mí no -insistía el telegrafista.
-Es provecho para todos.
-Entonces, lo mejor, según usted, es que todos besen a mi mujer.
-¡Qué raro es usted! Eso siempre será mejor que si la besa un pichón cualquiera.
-¿Qué pichón?
-Suele ocurrir... Y, además, fíjese: es aquí mismo, ante todos, y usted mismo lo ve. Sería mucho peor que fuese bajo un matorral cualquiera sin que usted se enterara.
-¡Nada de eso!
-¿Cómo que nada de eso? ¡Con lo bien que sabe besar su mujer! ¿Usted cree que un talento así va a perderse? Vale más que lo haga en escena...
El marido aceptó mal que bien los argumentos de Lápot y, rechinando los dientes, permitió que su mujer concluyera el espectáculo, a condición únicamente que los besos no fueran "de verdad". Se fue ofendido. La perla estaba disgustada. Nosotros temíamos que el espectáculo se viniese abajo. En la primera fila estaba sentado el marido, hipnotizando a todos, lo mismo que una serpiente. El segundo acto transcurrió como una misa de difuntos, pero en el tercer acto vimos con alegría general que el marido había desaparecido de la primera fila. Yo no podía suponer dónde se habría metido. La cosa se puso en claro únicamente después de espectáculo.
-Le aconsejé que se marchase -explicó modestamente Karabánov-. Al principio, no quería, pero terminó accediendo.
-¿Cómo lo has conseguido?
Karabánov lanzó un relámpago con los ojos, hizo una mueca diabólica y silabeó:
-Le dije: vale más que procedamos honradamente. Hoy todo irá bien, pero, como no se vaya usted enseguida le ponemos los cuernos, palabra de colono. En nuestra colonia hay muchachos ante los que no resistirá su mujer.
-¿Y qué? -se interesaron alegremente los colonos.
-Nada. Me dijo solamente: "¡Acuérdese de que me ha dado su palabra!" y se fue a la última fila.
Ensayábamos todos los días y, además, la obra entera.
En general, dormíamos poco. Debe tenerse, en cuenta que muchos de nuestros actores ni siquiera sabían moverse en el escenario, por lo que era preciso enseñarle de memoria la mise en scène, desde los movimientos aislados de una mano o de un pie hasta la postura de la cabeza, hasta cada gesto o cada mirada. A esto prestaba yo atención, confiando en que el texto sería asegurado sin falta por el apuntador. Para el sábado por la noche se consideraba dominada la obra.
Hay que decir, sin embargo, que no trabajábamos mal del todo: muchos visitantes de la ciudad se sentían satisfechos de nuestros espectáculos. Procurábamos actuar de un modo correcto, sin exageraciones, sin adular el gusto público, sin perseguir efectos fáciles. Poníamos en escena obras ucranianas y rusas.
Los sábados, el teatro empezaba a animarse a partir de las dos de la tarde. Si había muchos personajes, Butsái, secundado por Piotr Ivánovich, comenzaba a maquillarles inmediatamente después del almuerzo. Desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche podían maquillar, por lo menos, a sesenta personas, después de lo cual comenzaban ya a maquillarse ellos mismos.
En cuanto a la presentación del espectáculo, los colonos no eran personas, sino fieras. Si en escena debía haber una lámpara con pantalla azul, rebuscaban, no sólo en las casas de los empleados, sino también en las de sus conocidos urbanos hasta que conseguían infaliblemente una lámina con la pantalla azul. Si en la escena había que comer, se comía de verdad, sin ningún engaño. Esto lo exigía no tanto el espíritu concienzudo del sexto "T" mixto como la tradición. Nuestros actores consideraban, que comer en escena manjares ficticios era algo indigno de la colonia. Por ello también nuestra cocina solía tener trabajo: había que preparar entremeses, asar carne, confeccionar empanadas o pasteles. En lugar de vino, se servía sidra.
En mi concha de apuntador yo temblaba siempre durante las comidas: los artistas, en tales momentos, se entusiasmaban demasiado con la ficción y no hacían caso del apuntador, prolongando la escena hasta que ya no quedaba nada sobre la mesa. Por lo general, yo tenía que acelerar el ritmo con observaciones de este género:
-Basta ya... ¿me oís? ¡Acabad de comer, que el diablo os lleve!
Los actores me miraban sorprendidos, señalando con los ojos el pato sin terminar de comer, y no concluían de engullir hasta que yo llegaba al rojo blanco y silbaba:
-¡Karabánov, fuera de la mesa! Semión, miserable di: "Me voy".
Karabánov, tragándose el pedazo de pato, a medio masticar, decía: "Me voy".
Y luego, en el descanso, me reprochaba entre bastidores:
-Antón Semiónovich, ¿cómo no le da vergüenza? Cualquiera sabe cuándo me tocará comer otro pato semejante y usted no me ha dejado terminarlo...
Pero habitualmente los artistas trataban de no permanecer mucho tiempo en el escenario, porque en él hacía tanto frío como en el exterior.
En la obra La rebelión de las máquinas, Karabánov tenía que permanecer desnudo en el escenario toda una hora con nada más que una estrecha tira de tela ciñéndole las caderas. El espectáculo se celebraba en febrero, pero, para nuestra desgracia, el frío llegaba a treinta grados. Ekaterina Grigórievna pidió la suspensión del espectáculo, asegurándonos que Semión se helaría sin falta. La cosa terminó bien: Semión no se heló más que los dedos de los pies, pero Ekaterina Grigórievna, después del acto, le dio unas friegas de alcohol.
Sin embargo, el frío entorpecía nuestro desarrollo artístico. Una vez representábamos una obra que se titulaba Camarada Semivzvódni. En la escena aparecía el jardín de una finca señorial y se precisaba para él una estatua. El sexto "T" no pudo encontrar una estatua en ninguna parte, aunque recorrió todos los cementerios de la ciudad. Decidimos prescindir de la estatua. Pero, cuando descorrimos la cortina, vi con sorpresa una estatua: blanqueado hasta más no poder, Shelaputin, subido a un taburete y envuelto en una sábana, me miraba maliciosamente. Mandé correr la cortina y expulsé a la estatua del escenario con gran disgusto del sexto "T".
Los muchachos del sexto "R" se distinguían particularmente por lo concienzudo de su trabajo y su inventiva. Una vez ensayábamos Azef. Sazónoy arroja una bomba contra Pleve. La bomba debía estallar. Osadchi, el jefe del sexto "R", decidió:
-Haremos una verdadera explosión.
Como yo era quien interpretaba a Pleve, esta cuestión tenía para, mí más interés que para nadie:
-¿Cómo verdadera?
-Pues que hasta el teatro puede volar.
-Eso ya es excesivo - observé prudentemente.
-No, nada -me tranquilizó, Osadchi- todo terminará bien.
Antes de la escena de la explosión, Osadchi me enseñó los preparativos: entre bastidores habían dispuesto varios toneles vacíos, junto a cada uno de los cuales aguardaba un colono con una escopeta de dos cañones cargada más o menos como para derribar un mamut. Al otro lado de la escena había en el suelo, trozos de cristal y sobre cada uno de ellos otro colono con un ladrillo en la mano. Al fondo del escenario, frente a las salidas de los actores; había media docena de colonos. Ante ellos ardían unas velas. Los muchachos tenían en las manos unas botellas de no sé qué liquido.
-¿Qué significa este entierro?
-Esto es lo principal: los chicos tienen kerosén Cuando sea preciso, se llenarán de kerosén la boca soplarán sobre las velas. Resulta muy bien.
-¡Idos al... También puede resultar un incendio!
-Usted no tenga miedo. Únicamente procure que el kerosén no le queme los ojos, que nosotros mismos apagaremos el incendio.
Y me indicó otra fila de colonos, a cuyos pies había cubos llenos de agua. Rodeado por tres sitios de semejantes preparativos, comencé a sentir, en efecto, la condenación del desgraciado ministro y, después de reflexionar con toda seriedad, llegue a la conclusión de que como yo, personalmente, no tenía que responder de todos los crímenes de Pleve, en aso extremo me quedaba el derecho de huir a través de la sala. De todas formas, intenté una vez más moderar el espíritu concienzudo de Osadchi:
-Pero ¿es que el kerosén puede apagarse con agua?
Sin embargo, Osadchi era invulnerable: conocía ese asunto con todos los indicios de una erudición superior:
-Cuando se sopla el kerosén sobre una vela, se transforma en gas y no es preciso apagarlo. Lo que sí tendremos que apagar tal vez son otros objetos...
-¿A mí, por ejemplo?
-A usted le apagaremos en primer lugar.
Acepté mi destino: si no ardía, en todo caso me regarían de agua fría, ¡y esto con veinte grados bajo cero! Ahora bien: ¿cómo manifestar pusilanimidad ante todo el "R" mixto, que había invertido tanta energía y tanta capacidad de inventiva en presentar la explosión? Cuando Sazónov arrojó la bomba, yo tuve otra vez la oportunidad de sentirme Pleve y no lo envidié: las escopetas dispararon dentro de los toneles, los toneles retumbaron destrozando sus arcos y mis tímpanos, los ladrillos cayeron sobre los cristales, cinco bocas soplaron el kerosén sobre las velas encendidas con toda la fuerza de los pulmones jóvenes, y el escenario íntegro se transformó instantáneamente en un torbellino de humo y de fuego. Perdí la ocasión de interpretar mal mi propia muerte y me desplomé casi sin sentido bajo el trueno ensordecedor de los aplausos y los gritos entusiasmados del sexto "R" mixto. Desde arriba llovió sobre mi la ceniza negra y grasienta del kerosén. Se corrió la cortina, y Osadchi, cogiéndome por las axilas, me levantó y se interesó solícitamente:
-¿No le arde a usted nada?
Me ardía solamente la cabeza, pero guardé silencio: ¡quién sabía a lo que tendría preparado el sexto "R" mixto para tal eventualidad!
Del mismo modo volamos en barco durante un viaje afortunado hacia las costas revolucionarias de la URSS. La técnica de este suceso fue todavía más complicada. Además de simular fuego en cada ventanilla del barco, era preciso demostrar que, efectivamente, el barco volaba por los aires. Para ello, varios colonos se dedicaron detrás del barco a lanzar al aire tablas, sillas, taburetes. De antemano se habían entrenado para proteger su cabeza contra todo esas cosas, pero el capitán Piotr Ivánovich Goróvich lo pasó bastante mal. Comenzó a arderle la pasamanería de papel que llevaba en la bocamanga y fue golpeado considerablemente por los muebles al caer. A pesar de ello, lejos de quejarse, incluso debimos esperar media hora a que dejase de reír para saber a ciencia cierta si estaban o no en orden todos sus órganos capitanescos.
Algunos papeles eran realmente difíciles de desempeñar. Los colonos, por ejemplo, no admitían ningún disparo entre bastidores. Si en una obra había que matar a alguien, la víctima debía prepararse a una dura prueba. Para matarla se cogía un revólver auténtico, se retiraban las balas y todo el espacio libre, era rellenado de estopa o de algodón. En e] momento preciso se abrasaba a la víctima con un montón de fuego y, como el que, disparaba sentía siempre el entusiasmo de su papel, era inevitable que apuntase obligatoriamente a los ojos. Si había que hacer varios disparos, de acuerdo, con esa diabólica receta se llenaba todo el cargador.
El público, a pesar de todo, lo pasaba mejor: permanecía en la sala envuelto en sus pellizas de abrigo, aunque aquí y allí ardían las estufas. Lo único que se prohibía a los espectadores era roer semillas de girasol. Además, no se dejaba entrar a nadie en estado de ebriedad. En tal caso, conforme a una vieja tradición, era considerado borracho cada ciudadano en quien se descubría, por medio de investigación minuciosa, el más leve olor a alcohol. Los colonos sabían adivinar en el acto entre cientos de espectadores a los que olían así o aproximadamente así y mejor aún sabían sacarles de la fila y ponerles vergonzosamente en la puerta, desatendiendo sin consideración afirmaciones muy parecidas a la verdad:
-Palabra de honor que sólo he bebido esta mañana una jarra de cerveza.
Sobre mí, como director de escena, recaían, además, sufrimientos suplementarios, tanto en el espectáculo como antes de él. Kudlati se hacía un lío con las frases, cambiaba las palabras. Y durante la representación de El revisor de Gógol, donde yo interpretaba el papel del alcalde Antónovich, todos los muchachos empezaron a llamarme por mi nombre propio Antón Semiónovich. Los colonos trabajaron bien, pero esta confusión de los nombres al final del espectáculo me convirtió en una furia, porque incluso mis nervios resistentes fueron incapaces de soportar impresiones tan fuertes...
Amós Fiódorovich. -¿Hay que dar crédito a los rumores, Antón Semiónovich? ¿Una extraordinaria felicidad ha venido a añadirse a su vida?
Artemio Filíppovich. -Tengo el honor de felicitar a Antón Semiónovich por su extraordinaria felicidad. Me he alegrado con toda el alma al enterarme. ¡Anna Andréievna, María Antónovna!
Rastakovski. -Felicito a Antón Semiónovich. Dios le dé una larga vida a usted y la nueva pareja y le ofrezca una numerosa descendencia de nietos y bisnietos. ¡Anna Andréievna, María Antónovna!
Korobkin. -Tengo el honor de felicitar a Anton Semiónovich.
Lo peor de todo es que yo, caracterizado de alcalde, no podía de ninguna manera dar su merecido en pleno escenario a todos esos monstruos. Sólo después de la escena muda con que acababa la obra estallé entre bastidores:
-¡Malditos del diablo! ¿Qué significa esto? ¿Estáis burlándoos de mí o qué?
Los muchachos, asombrados, clavaron sus miradas en mí, y Zadórov, que hacía de jefe de correos, me preguntó:
-¿De qué se trata? ¿Qué ha pasado? Todo ha salido bien.
Por qué habéis estado llamándome todos Antón Semiónovich?
-¿Y cómo si no?... ¡Ah, sí!... ¡Demonios!... Claro, el alcalde se llama Antón Antónovich.
-¡Si en los ensayos habéis estado llamándome como es debido!...
-El diablo lo sabe... Los ensayos son una cosa distinta. Y luego, aquí uno se emociona siempre...

5. EDUCACIÓN DE KULAKS

El 26 de marzo celebramos el cumpleaños de Máximo Gorki. Solíamos celebrar otras fiestas, que alguna vez describiré en detalle. Procurábamos que a nuestras fiestas acudiese mucha gente y que las mesas estuvieran repletas, y a los colonos, si hay que decir la verdad, les encantaba celebrar fiestas y, en particular, prepararse para ellas. Pero el día del cumpleaños de Gorki tenía para nosotros un encanto especial. Ese día celebrábamos la primavera. Esta circunstancia valía por sí sola. Los muchachos instalaban las mesas engalanadas obligatoriamente en el patio para que todos tuvieran sitio en el banquete, pero, a veces, un espíritu adverso comenzaba a soplar desde el Este: granitos agudos y malignos se precipitaban sobre nosotros, el patio llenábase de charcos e inmediatamente se humedecían los tambores preparados para rendir el saludo a nuestra bandera con motivo de la fiesta. Mas era igual: el colono miraba hacia el Este, entornando los ojos, y decía:
-¡Cómo se siente ya la primavera!
Había, además, en la fiesta del cumpleaños de Gorki otra circunstancia, que habíamos establecido nosotros mismos, estimábamos profundamente y que nos gustaba mucho. Hacía ya tiempo que los colonos habían decidido festejar ese día "a todo vapor", aunque sin invitar a nadie de fuera. Si a alguien se le ocurría venir, le acogíamos del modo más cordial, precisamente por haber venido, pero en general, se trataba de una fiesta familiar de la colonia, y los forasteros no tenían nada que hacer en ella. La fiesta resultaba efectivamente, sencilla e íntima, y los gorkianos se compenetraban todavía más, aunque la fiesta, por su forma, no tenía nada de doméstica. Empezábamos con un desfile, izábamos solemnemente la bandera, fluían los discursos, y desfilábamos con la misma solemnidad ante un retrato de Gorki. Después nos sentábamos a la mesa, y -no seamos modestos- ¡a la salud de Gorki!... No, no bebíamos nada, pero comíamos; ¡Algo terrible, de qué modo comíamos! Kalina Ivánovich, al levantarse de la mesa decía:
-Yo opino que no se debe condenar a los burgueses, ¡parásitos! Después de una comida como ésta, ¿comprendes?, no hay bestia que trabaje, sin hablar ya de la gente... Para comer había: borsch, pero no un borsch corriente sino especial, un borsch como el que un ama de casa hace solamente para el santo del marido; después empanadas de carne, de col, de arroz, de requesón, de patata, de alforfón y no había empanada que cupiese en los bolsillos de los colonos; a continuación de las empanadas, cerdo asado, no adquirido en el mercado, sino de nuestras propias porquerizas, criado ya desde el otoño por el décimo destacamento especialmente para este día. Los colonos sabían cuidar ganado porcino, pero, en cuanto había que degollar a algún cerdo, todos, incluso Stupitsin, el jefe del décimo, se negaban:
-No puedo degollarlos: me dan lástima. Cleopatra era una buena cerda.
Cleopatra había sido degollada, claro está, por Silanti Otchenash. El viejo motivaba así su conducta:
-Que nuestros enemigos, degüellen a los cerdos enclenques; nosotros degollaremos a los buenos. Fíjate que historia.
Después de Cleopatra, se podía, realmente, descansar, pero en la mesa aparecían escudillas y tazones de nata y a su lado, montañas de varénikis de requesón. Y ningún colono tenía prisa por descansar. Al contrario, todo se dedicaban con la atención más profunda a los varénikis y a la nata. Y luego de varénikis, el kisel y no como en las casas señoriales, es decir, en platitos, sino en platos soperos, y nunca observé que los colonos engulleran el kisel sin ayudarse con pan o con alguna empanada. Solamente después de eso se daba por concluido el banquete. Al levantarse de la mesa, cada uno recibía un cartucho lleno de caramelos y de rosquillas. Y con este motivo Kalina Ivánovich decía muy en razón:
-¡Ah! ¡Si esos Gorkis nacieran más a menudo, qué bien se viviría!
Después de comer, los colonos no fueron a descansar; distribuyéronse por los sextos mixtos a fin de preparar la representación de Bajos Fondos, postrer espectáculo de la temporada. Kalina Ivánovich se interesaba mucho por él.
-Veremos, veremos qué es eso. He oído hablar mucho de esos fondos, pero no los: he visto. Y nunca he tenido ocasión de leer la obra.
Es preciso confesar que, en tal caso, Kalina Ivánovich exageraba mucho su casual infortunio: apenas si podía orientarse en los misterios de la lectura. Pero Kalina Ivánovich estaba aquel día de buen humor y no había que tomarla con él. La fiesta gorkiana había sido celebrada este año de un modo especial: a propuesta del Komsomol, se instituyó el título de colono. Esta reforma fue discutida largo tiempo, tanto por los colonos como por los pedagogos, pero todos acabaron coincidiendo en reconocer acertada la idea. El título de colono fue conferido únicamente a los que, en efecto, querían a la colonia y luchaban por su prosperidad. Y los que iban a la zaga, gimiendo y quejándose o, a lo sumo, adaptándose, no eran más que educandos. En honor a la verdad, no había muchos de ésos: unos veinte nada más. También los viejos empleados obtuvieron el título de colono. Y, además, se decidió que, si, en el transcurso de un año de trabajo, el empleado no obtenía el título, tenía que abandonar la colonia.
Cada colono recibió una insignia de níquel, hecha por encargo especial en Járkov. La insignia representaba un salvavidas con las iniciales MG encima, y, sobre todo ello, una estrellita roja. Durante el desfile de ese día se concedió también la Insignia a Kalina Ivánovich. Estaba muy alegre por ello y no ocultaba su satisfacción.
-Hay que ver la de años que serví a ese Nicolás II para lograr todo lo más que me considerasen húsar y ahora los harapientos me han dado una orden, ¡parásitos! Y no hay nada que oponer. Hasta es agradable, ¿comprendes? Hay que ver lo que significa el hecho de que dispongan de una potencia estatal. Andan sin pantalones, ¡pero conceden órdenes!
Le alegría de Kalina Ivánovich se vio enturbiada por la súbita aparición de María Kondrátievna Bókova. Un mes antes había sido destinada al centro regional de educación socialista y, aunque no era nuestro jefe directo, en cierto grado dependíamos de ella.
Cuando descendió del coche de punto, se sorprendió mucho al ver nuestras mesas engalanadas, ante las que terminaban de comer, los colonos que habían servido el banquete. Kalina Ivánovich se apresuró a utilizar su asombro para ocultarse sin ser visto, dejándome a mí como purgador de sus crímenes.
-¿Qué fiesta es ésta? - preguntó María Kondrátievna.
-El cumpleaños de Gorki.
-¿Y por qué no se me ha invitado?
-Este día no invitamos a nadie de fuera. Es una costumbre nuestra.
-De todas maneras, dadme de comer.
-Le daremos de comer. ¿Dónde está Kalina Ivánovich?
-¡Ah, ese terrible abuelo! ¿El colmenero? ¿El que ha huido al verme? ¿Y también usted ha participado en la fechoría? Ahora no me dejan tranquila en la delegación del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública. Y el comandante dice que me descontarán del sueldo unos dos años. ¿Dónde está ese Kalina Ivánovich? Llámenle.
María Kondrátievna simulaba enfado, pero yo veía que Kalina Ivánovich no corría ningún peligro serio: María Kondrátievna estaba de buen humor. Envié a un colono en busca de Kalina Ivánovich. El anciano vino enseguida, y nos saludó desde lejos.
-¡No se acerque usted más! -se echó a reír María Kondrátievna-. ¿Cómo no le da vergüenza? ¡Qué, horror!,
Kalina Ivánovich tomó asiento en un banco.
-Ha sido una buena obra -dijo.
Yo había presenciado, una semana antes, el crimen de Kalina Ivánovich. Habíamos ido a la delegación y entramos en el despacho de María Kondrátievna para resolver un asunto de poca monta. María Kondrátievna tenía un despacho enorme, con numerosos muebles de una madera especial. En medio del despacho estaba su mesa. María Kondrátievna tenía una suerte particular: alrededor de su mesa había siempre una multitud de diferentes tipos de la delegación de Instrucción Pública; con uno hablaba, otro intervenía en la conversación, un tercero escuchaba, otro decía algo por teléfono, otro escribía en una esquina de la mesa, otro leía y las manos de alguien ponían a su firma diversos papeles, y, además de todo ese núcleo, había una masa de gente que no paraba de hablar. Bullicio, humo, suciedad.
Kalina Ivánovich y yo tomamos asiento en un divancito y estábamos hablando de algo relacionado con nuestra colonia cuando irrumpió en el despacho una mujer flaca, de aspecto terriblemente disgustado, y, dirigiéndose a nosotros, nos lanzó un discurso. Haciendo un esfuerzo, comprendimos que se trataba de una casa infantil, en la que había niños y un buen, método, pero ni un mueble. Estaba claro que no era la primera vez que la mujer acudía al despacho de María Kondrátievna, porque se expresaba con suma energía y sin el menor respeto hacia la institución:
-¡Que el diablo se los lleve! ¡Han abierto una ciudad entera de casas infantiles y no dan mobiliario para ellas! ¿Dónde van a sentarse los niños? Me dijeron que viniese hoy y me darían los muebles. He traído a los chicos desde tres leguas, he traído también carros, y ahora no hay nadie, y ni siquiera sé dónde reclamar. ¿Qué orden es éste? Llevo todo un mes detrás de esos muebles, y mire usted cuántos muebles tiene ella. ¿Para quién, pregunto yo?
A pesar de que la mujer hablaba en voz alta, nadie de los que circundaban la mesa de María Kondrátievna prestó atención. Quizá con el ruido general, no lo oían. Kalina Ivánovich miró en torno suyo, golpeó el divancito con la mano y preguntó:
-En lo que yo entiendo, camarada, ¿estos muebles le sirven?
¿Estos muebles? -resplandeció la mujer-. ¡Pero si son una preciosidad!….
¿A qué aguarda entonces? -siguió Kalina Ivánovich-. Si estos muebles le sirven y están aquí sin provecho, lléveselos para sus niños.
Los ojos de la agitada mujer, que hasta aquel momento habían seguido con atención la mímica de Kalina Ivánovich, giraron de pronto en sus órbitas y de nuevo quedaron fijos en el anciano:
-¿Cómo puedo hacerlo?
-Pues muy sencillo: sacándolos y cargándolos en los carros.
-Pero, Dios mío, ¿es posible así?
-Si es por los documentos, no se preocupe usted; siempre encontrará parásitos capaces de escribir tantos papeles, que no sabrá qué hacer con ellos. Lléveselos.
-Bueno, y, si me preguntan algo, ¿quién diré que me ha autorizado?
-Diga usted que he sido yo.
-Bien, ¿entonces usted me autoriza?
-Sí, yo mismo.
¡Dios mío! -clamó, radiante, la mujer y, con la ligereza de una polilla, voló de la habitación.
Un minuto más tarde entraba de nuevo, ya en compañía de dos decenas, de muchachos. Los muchachos se arrojaron alegremente sobre las sillas, silloncitos, sillones y divanes y comenzaron a sacarlos con algún trabajo por la puerta. El estrépito rodó por todo el despacho, y María Kondrátievna reparó en él.
-¿Qué hacéis? -preguntó, levantándose de la mesa.
-Pues ya lo ve usted: sacando los muebles -respondió un muchachillo moreno, que transportaba un sillón a medias con otro camarada.
-¿Y no podéis hacerlo con menos ruido? -volvió a preguntar María Kondrátievna y se sentó para proseguir su trabajo de instrucción pública.
Kalina Ivánovich me miró decepcionado:
-¿Te das cuenta? ¿Cómo puede ser así? Estos parásitos de chiquillos van a llevárselo todo.
Yo llevaba ya bastante tiempo contemplando entusiasmado el rapto del despacho de María Kondrátievna y no me sentía con fuerza para indignarme. Dos chiquillos tiraron de nuestro divancito y nosotros les ofrecimos plena posibilidad de llevárselo también. La mujer bulliciosa, después de dar unas cuantas vueltas alrededor de sus educandos, corrió a Kalina Ivánovich, le asió la mano y se la estrechó emocionada, deleitándose con el rostro turbado y sonriente de este magnánimo varón.
-¿Cómo se llama usted? Debo saberlo. ¡Nos ha salvado usted!
¿Para qué quiere conocer mi nombre? Ahora ya sabe que no hay costumbre de rezar por la salud de uno, y aún es temprano para rezar por mi alma...
-No, dígame, dígame..
-¿Sabe? No me gusta que me den las gracias...
-Esta buena persona se llama Kalina Ivánovich Serdiuk -dije yo con sentimiento.
-¡Gracias, camarada Serdiuk, gracias!
-No vale la pena. Sólo que llévense los muebles cuanto antes, que, si no, puede venir alguien y dar contraorden.
La mujer voló en alas del entusiasmo y de la gratitud. Kalina Ivánovich se ajustó el cinturón del impermeable, carraspeó y se puso a fumar su pipa.
-¿Por qué le has dicho mi nombre? Sin decirlo, también habría estado bien. No me gusta, ¿sabes?, que me agradezcan las cosas... Sin embargo, sería interesante saber si conseguirán llevarse los muebles hasta su destino.
Los que rodeaban a María Kondrátievna se dispersaron pronto por otros locales de la delegación y nosotros obtuvimos audiencia. María Kondrátievna terminó rápidamente con nosotros, miró desconcertada en torno suyo y se interesó:
-Me gustaría saber a dónde se han llevado los muebles. Me han dejado vacío el despacho.
-Se los han llevado a un jardín de la infancia -explicó en serio Kalina Ivánovich, recostándose en el respaldo del sillón.
Sólo dos días después se puso milagrosamente en claro que los muebles habían sido retirados con autorización de Kalina Ivánovich. Nos llamaron a la delegación del Comisariado, pero no acudimos.
-¡Como que voy a ir por culpa de unas sillas! -exclamó Kalina Ivánovich-. ¿Acaso tengo pocas cosas en qué pensar?
Por todos esos motivos, Kalina Ivánovich se sentía un poco turbado.
-Ha sido una buena obra. ¿Qué hay de particular en ello?
-¿Pero cómo no le da vergüenza? ¿Qué derecho tenía usted a darles permiso?
Kalina Ivánovich giró, amable, sobre el asiento:
-Yo tengo derecho a permitirlo todo, como cualquiera. Ahora, por ejemplo, le permito a usted que se compre una finca: se lo permito y nada más. Cómpresela. Y, si quiere, puede llevársela de balde; también se lo permito.
-En tal caso, también yo puedo permitir -María Kondrátievna miró en torno suyo- que se lleven, por ejemplo, estos taburetes y estas mesas.
-Puede.
-Bueno, ¿y qué? -insistió, confusa, María Kondrátievna.
-Nada.
-¿Cómo? ¿Pueden cogerlos y llevárselos?
-¿Quiénes?
-Alguien.
-¡Je, je, je! Que pruebe. Sería interesante ver cómo saldría él mismo de aquí.
-No saldría: lo sacarían -intervino, sonriendo, Zadórov, que llevaba ya algún tiempo detrás de la silla de María Kondrátievna.
-María Kondrátievna enrojeció, miró desde abajo a Zadórov y le preguntó turbada:
-¿Usted cree?
-Zadórov mostró todos los dientes:
-Sí, eso me parece.
-¡Qué filosofía de bandidos! -exclamó María Kondrátievna-. ¿Así es como educa usted a sus muchachos? -preguntó con severidad, dirigiéndose a mí.
-Aproximadamente así...
-Pero, ¿qué educación es ésta? Han saqueado un despacho, ¿qué quiere decir esto, eh? ¿A quién educa usted? Entonces, si las cosas están mal cuidadas, uno puede llevárselas, ¿no?
Nos escuchaba todo un grupo de colonos, y en sus rostros se leía el mayor interés por la conversación. María Kondrátievna se acaloraba. En su acento yo distinguía perfectamente notas hostiles, aunque bien reprimidas, y no quería que el debate prosiguiera en ese tono.
-Sobre esta cuestión -dije apaciblemente hablaremos alguna vez con más detenimiento. Hay que tener en cuenta que se trata de un asunto complicado...
Sin embargo, María Kondrátievna no cejaba:
-¿Por qué complicado? Es muy sencillo: usted da a los muchachos una educación de kulaks.
Kalina Ivánovich comprendió que estaba seriamente irritada y se acercó a ella:
-No se enfade usted conmigo, con un viejo, pero no diga que educamos a los muchachos como a kulaks. Nuestra educación es soviética. Yo, claro, gasté, una broma: aquí, me dije, está la dueña de los muebles, se reirá y tal vez se dé cuenta de que los niños no tienen sillas. Pero la dueña ha resultado mala; ante sus propias narices se le han llevado los muebles, y ahora se dedica a buscar a los culpables y a hablar de educación de kulaks...
-¿Eso quiere decir que sus educandos obrarían también así? -preguntó, defendiéndose ya débilmente, María Kondrátievna.
-Bueno, que obren.
-¿Para qué?
-¡Hombre! Para que, por lo menos, aprendan los malos administradores.
De entre el tropel de colonos se adelantó Karabánov y tendió a María Kondrátievna un palito, al que había atado un pañuelo de un blancor níveo, como los que hoy, con motivo de la fiesta, habían sido distribuidos entre los colonos.
-Venga, levante usted bandera blanca, María Kondrátievna, y ríndase lo antes posible.
María Kondrátievna rompió a reír, con los ojos brillantes:
-¡Me rindo, me rindo, no tenéis educación de kulaks; nadie me ha engañado, me rindo, las damas de la educación socialista se rinden!
Por la noche, cuando yo, con una pelliza prestada, salía de la concha del apuntador, vi sentada en la sala vacía a María Kondrátievna. Seguía atentamente los últimos movimientos de los colonos. Tras la escena, Toska Soloviov exigía con su voz aguda de discante:
-¡Semión, Semión! ¿Has devuelto el traje? Entrégalo y después te vas.
Le contestaba la voz de Karabánov.
-¡Tósenka, hermoso! ¿Dónde tienes los ojos? ¿No ves que he hecho el papel de Satin?
-¡Ah, Satin! Entonces quédate con él como recuerdo.
En un extremo del escenario, Vólojov grita a oscuras:
-¡Galatenko, eso no sirve, hay que apagar la estufa!
-Ella misma se apagará -contesta, soñoliento y ronco, Galatenko.
-Y yo te digo que la apagues. ¿Oíste la orden? No dejar encendidas las estufas.
-¡La orden, la orden! -masculla Galatenko-. ¡Ya la apagaré!...
En el escenario, un grupo de colonos desarma las tablas del albergue de noche y alguien canturrea El sol sale y se pone.
-Hay que llevar mañana estas tablas al taller de carpintería -recuerda Mitka Zheveli y, de pronto, vocifera-: ¡Antón! ¡Eh! ¡Antón!
Entre bastidores responde Brátchenko:
-¿Qué? ¿Por qué rebuznas como un asno?
-¿Nos darás mañana un carro?
Os lo daré.
-¿Y un caballo?
-¿Es que vosotros solos no podéis?
-No tenemos bastantes fuerzas.
-¿Acaso te dan poco pienso?
-Poco.
-Ven a verme, que yo te daré.
Yo me acerco a María Kondrátievna.
-¿Dónde va dormir usted?
-Estoy esperando a Lídochka. En cuanto se quite la pintura, me llevará a su cuarto... Dígame, Antón Semiónovich, sus colonos son muy simpáticos, pero ¡esta vida es tan áspera! Con lo tarde que es, todavía están trabajando, y me imagino que estarán cansadísimos. ¿No se les puede dar algo de comer? Aunque no sea más que a los que han trabajado.
-Han trabajado todos, y para todos no basta.
-Bueno, y usted mismo, sus pedagogos, que hoy han actuado y todo ha salido tan bien, ¿por qué no se reúnen para hablar un rato y... de paso tomar cualquier cosa? ¿Por qué?
-Hay que levantarse a las seis, María Kondrátievna.
-¿Sólo por eso?
-¿Sabe usted una cosa? -pregunté yo a esta mujer bondadosa y amable-. Nuestra vida es mucho más rigurosa de lo que parece. Muchísimo más rigurosa.
María Kondrátievna se quedó pensativa. Desde el escenario saltó Lídochka:
-El de hoy ha sido un buen espectáculo, ¿verdad?

6. LAS FLECHAS DE CUPIDO

Con la fiesta de Gorki llegó la primavera. Al cabo de algún tiempo, empezamos a sentir el despertar de la primavera en cierto terreno especial.
La actividad teatral hizo que los colonos se acercasen mucho a la juventud campesina, y en algunos puntos de contacto se manifestaron sentimientos y planes no previstos por la teoría de la educación socialista. En particular, padecieron los colonos colocados por la voluntad del Soviet de jefes en el lugar de más peligro: el sexto "P" mixto, en cuyo nombre la inicial "P" se refería elocuentemente al público.
Los colonos que trabajaban en la escena formando parte del sexto "A" mixto vivían plenamente absorbidos por la vorágine del veneno teatral. Experimentaban con frecuencia en el escenario impulsos románticos, experimentaban también el amor escénico; pero precisamente por ello se vieron libres durante algún tiempo de la angustia del llamado primer sentimiento. Lo mismo ocurría en otros destacamentos sextos mixtos. En el sexto "R" los muchachos manejaban a cada paso materias extraordinariamente explosivas, y el propio Taraniets se quitaba raras veces la venda de la cabeza, deteriorada durante sus numerosos ejercicios pirotécnicos. También en este destacamento mixto el amor tardaba en arraigar: las ensordecedoras explosiones de barcos, bastiones y coches de ministros invadían por completo el alma de los colonos y no dejaban espacio para que en ella se encendiera el "fuego opaco y sombrío del deseo". Era también dudoso que semejante "fuego" pudiera prender entre los muchachos encargados de trasladar los muebles y las decoraciones porque, en este caso, la sublimación, dicho sea en lenguaje pedagógico, se efectuaba con demasiada intensidad. Incluso los muchachos de los destacamentos encargados de la calefacción, que desenvolvían su actividad entre el mismo público, estaban preservados contra las flechas de Cupido, ya que al más frívolo de los amorcillos no se le hubiera ocurrido jamás apuntar a las figuras ahumadas y grasientas de los colonos tiznados de carbón.
El colono del sexto "P" mixto estaba condenado irremediablemente. Aparecía en la sala luciendo el mejor traje de la colonia, y yo le amonestaba por el menor descuido en su atavío. Del bolsillo delantero asomaba coquetonamente la punta de un pulcro pañuelo, su peinado era siempre un modelo de elegancia, y él mismo tenía la obligación de ser cortés como un diplomático y atento como un mecánico dentista. Y, armado de tales dones, caía irremisiblemente bajo el influjo de determinados hechizos, que en Gonchárovka, en Pirogovka y en los caseríos de Volovi eran preparados más o menos según las mismas recetas que en los salones de París.
El primer encuentro a la puerta de nuestro teatro durante la comprobación de los billetes y la búsqueda de los sitios libres parecía exento de todo riesgo: para las muchachas, la silueta del dueño y organizador de estos magníficos espectáculos con tantas palabras emocionantes y tantas maravillas de la técnica aparecía orlada de un encanto supremo, casi inaccesible para el amor, hasta el punto de que los propios galanes campesinos, aun compartiendo la misma admiración, no se sentían atormentados por los celos. Pero al segundo, al tercero, al cuarto, al quinto espectáculo se repetía la historia, vieja como el mundo. Paraska, de Pirogovka, o Marusia, del caserío de Volovi, recordaban que las mejillas sonrosadas, las cejas negras, y, dicho sea de paso, no sólo las negras, los ojos luminosos, el traje de percal flamante y de hechura moderna, que cubría miradas de los valores más inapreciables, la música de la "I" italo-ucraniana, que únicamente las muchachas saben pronunciar como es debido, todo eso era, sumado, una fuerza que dejaba muy atrás no sólo las argucias escénicas de los gorkianos, sino también la técnica de toda clase, incluso la técnica norteamericana. Y, cuando todas esas fuerzas se ponían en acción, de la importancia inaccesible de los colonos no quedaba nada. Llegaba el momento en que el colono, después del espectáculo, se acercaba a mí y mentía desvergonzadamente.
-Antón Semiónovich, permítame acompañar a unas muchachas de Pirogovka; tienen miedo a volver solas.
En esta frase se encerraba una rara concentración de mentira, porque tanto para el suplicante como para mí estaba perfectamente claro que nadie temía a nadie, y que nadie necesitaba compañía, y que el plural de "muchachas" era una hipérbole, y que tampoco hacía falta permiso alguno; en caso necesario, la escolta de la asustadiza espectadora se organizaría sin permiso.
Y por eso yo concedía el permiso, superando en lo hondo de mi alma pedagógica la sensación evidente de la falta de concordancia. La pedagogía, como es sabido, niega en redondo el amor, considerando que este "dominante" debe aparecer sólo cuando el fracaso de la influencia educativa sea ya evidente en absoluto. En todos los tiempos y en todos los pueblos, los pedagogos han odiado el amor. Y también yo sentía una desagradable comezón de celos cuando uno u otro colono comenzaba a faltar a alguna reunión del Komsomol o a una asamblea general, abandonaba con aire desdeñoso los libros, renunciaba a todos las cualidades de un miembro activo y consciente de la colectividad y empezaba a reconocer con terquedad tan sólo la opinión de Marusia o de Natasha, seres incomparablemente inferiores a mí en el terreno pedagógico, político y moral. Pero yo he sido siempre un hombre inclinado a meditar y no me apresuraba a conceder ningún derecho a mis celos. Mis camaradas de la colonia y, en particular, las personalidades de la delegación de Instrucción Pública eran más decididos que yo y se sentían muy nerviosos al observar la imprevista y no planificada ingerencia de Cupido.
-Contra esto hay que luchar enérgicamente.
Esas discusiones eran siempre útiles, porque aclaraban hasta el fin la situación: había que confiar en el propio sentido común y en el sentido común de la vida. Entonces teníamos todavía poca experiencia; nuestra vida era pobre aún. Yo soñaba: si fuéramos ricos, casaría a los colonos, poblaría nuestros alrededores de komsomoles casados. ¿Acaso eso no estaría bien? Pero para ello faltaba todavía mucho. No importaba. También la vida pobre discurriría algo. No me dediqué a perseguir a los enamorados con intervenciones pedagógicas, sobre todo porque no rebasaban el marco de la decencia. En un momento de expansión, Oprishko me enseñó una fotografía de Marusia, manifestación evidente de que la vida seguía haciendo de las suyas mientras nosotros meditábamos. Por sí solo, el retrato decía muy poco. Me miraba un rostro ancho y respingón, que no añadía nada al tipo medio de las Marusias. Pero al dorso había sido escrito con una expresiva letra escolar:
"A Dmitro, de Marusia Lukashenko. Quiéreme y no me olvides".
Dmitro Oprishko, sentado en la silla, demostraba abiertamente a todo el mundo que era hombre acabado. De su airosa figura no quedaban más que restos lastimosos, y hasta el gallardo y rizado mechón había desaparecido: ahora estaba sometido a un peinado ordenado y pacífico. Sus ojos castaños, antes tan fácilmente excitables al calor de una palabra ingeniosa y del deseo de reír y de saltar, expresaban tan sólo preocupación doméstica y sometimiento al dulce sino.
-¿Qué piensas hacer?
Oprishko sonrió.
-Sin su ayuda, me será difícil. No le hemos dicho nada todavía al padre; Marusia tiene miedo. Pero, en general, el padre me trata bien.
-Bueno, esperaremos.
Oprishko se fue contento de mi despacho, guardando cuidadosamente en su pecho la fotografía de la amada.
Los amores de Chóbot marchaban mucho peor. Chóbot era un muchacho sombrío y apasionado: otras cualidades no tenía. Sus primeros pasos en la colonia se habían distinguido por un conflicto serio debido al empleo de la navaja, pero a partir de entonces se sometió enteramente a la disciplina, aunque siempre se mantuvo al margen de nuestros bulliciosos centros. Tenía un rostro inexpresivo e incoloro, que hasta en los momentos de ira parecía un poco obtuso. Asistía a la escuela por necesidad y a duras penas pudo aprender a leer. A mí me gustaba su manera de expresarse; en sus palabras escuetas se sentía siempre una grande y sencilla veracidad. Fue uno de los primeros muchachos admitidos en el Komsomol. Kóval tenía acerca de él una opinión determinada:
-No hará un informe, como agitador no sirve, pero, si se le confía una ametralladora, morirá sin abandonarla.
Toda la colonia sabía que Chóbot estaba apasionadamente enamorado de Natasha Petrenko. Natasha vivía en la casa de Musi Kárpovich, y aunque se la consideraba sobrina suya, era, en realidad, una simple jornalera. Musi Kárpovich la dejaba ir al teatro, pero ella vestía muy pobremente: una falda desgarbada, gastada ya hacía mucho por otra persona, unos zapatos torcidos, que le venían grandes, y una blusa oscura pasada de moda, con pliegues. Nunca la vimos vestida de otra manera. Aquella indumentaria hacía de Natasha un espantapájaros lastimoso, pero resultaba por ello más atrayente su rostro. En la aureola rojiza de un pañuelo de mujer, todo roto y manchado, se veía un rostro que incluso no parecía humano: tal era la expresión de pureza, de inocencia, de sonriente confianza infantil que había en él. Natasha nunca hacia visajes, nunca expresaba ira, indignación, desconfianza, sufrimiento. Lo único que sabía hacer era o escuchar seriamente, y entonces se estremecían un tanto sus espesas y negras pestañas, o sonreír de un modo franco y atento, mostrando sus dientes menudos y bonitos, uno de los cuales, en el centro, era un poco torcido.
Natasha llegaba siempre a la colonia en medio de un enjambre de muchachas, y sobre ese fondo afectadamente bullicioso resaltaba con fuerza por su carácter reservado e infantil y su buen humor.
Chóbot la recibía invariablemente y se sentaba, sombrío, junto a ella en algún banco, sin turbarla en absoluto con su hosquedad y sin cambiar nada en su mundo interior. Yo ponía en duda que esa niña pudiera amar a Chóbot, pero los muchachos me objetaban a coro:
-¿Quién, Natasha? Pero si está dispuesta a seguir a Chóbot a través del agua y del fuego y sin pensarlo siquiera.
Entonces, hablando en propiedad, no teníamos tiempo para dedicarnos a los amores. Habían llegado los días en que el sol emprendía su habitual asalto, trabajando dieciocho horas seguidas. Imitándole, también Shere acumulaba sobre nosotros tanto trabajo, que nos limitábamos a resoplar en silencio, recordando no sin amargura que todavía en otoño habíamos aprobado con gran entusiasmo en asamblea general su plan de siembra. Oficialmente, Shere tenía una rotación de seis hojas, pero, en realidad, salía algo mucho más complicado. Shere no sembraba casi cereales. En barbecho negro tenía unas siete hectáreas de trigo de otoño; a un lado se habían escondido unos pequeños campos de avena y de cebada, y a título de experimento había sembrado en un terreno no muy grande un centeno nunca visto, prediciendo que ningún campesino podría adivinar jamás de qué centeno se trataba y que no había más que "mugir".
Pero, de momento, los que "mugíamos" éramos nosotros. La patata, la remolacha, los sembrados de sandías, las coles, una plantación entera de guisantes, y todo eso de distintas clases, en las que era difícil orientarse. Con este motivo, los muchachos decían que Shere había desplegado en los campos una auténtica contrarrevolución:
-En un lugar tiene un rey, en otro un zar y, además, reinas...
Efectivamente, Shere, después de deslindar cada parcela con mojones y vallas de rectitud ideal, había colocado en todas partes unos postes con placas de madera, donde escribía lo que se había sembrado y cuánto. Los colonos -probablemente los encargados de cuidar los cultivos contra los cuervos- pusieron una mañana sus propias inscripciones en esos carteles, hiriendo profundamente a Shere con su proceder. Shere exigió con carácter de urgencia una convocatoria del Soviet de jefes y de un modo inusitado para nosotros gritó:
-¿Qué burlas, qué tonterías son éstas? Yo doy a esas especies el nombre que tienen en todas partes. Si es aceptado generalmente que esta especie se llame "rey de Andalucía", porque así se llama en todo el mundo, ¿cómo voy a darle yo otro nombre? ¡Lo que habéis hecho es una bribonada! ¿Para qué habéis puesto "general Remolacha", "coronel Guisante"? ¿Y qué significa eso de "capitanes Sandías" y "alféreces Tomates"?
Los jefes sonreían sin saber qué hacer con toda esa camarilla y preguntaban concretamente:
-¿Quién es el autor de esta cochinada? Hace poco eran reyes y ahora son simples capitanes, el diablo sabe qué...
Los muchachos no podían reprimir una sonrisa, aunque tenían un poco de miedo a Shere.
Silanti comprendió la intensidad del conflicto y trató de moderarlo:
-Fíjate qué historia: un rey que puede ser comido por las vacas, no es peligroso. Puede seguir siendo rey.
También Kalina Ivánovich estaba de parte de Shere:
-¿Por qué razón os habéis alborotado? ¿Queréis mostrar lo revolucionarios que sois y que estáis dispuestos a luchar contra los reyes, a cortarles la cabeza a los parásitos? ¿Por qué os inquietáis? Os daremos cuchillos y vais a cortar hasta que sudéis a cántaros.
Los colonos sabían qué significaba "cortar" y acogieron las palabras de Kalina Ivánovich con profunda satisfacción. Así terminó el asunto de la contrarrevolución en nuestros campos; y cuando Shere plantó frente a nuestra casa doscientos arbustos de rosas criadas en el invernadero y puso un cartelito: "Reina de las nieves", no hubo un solo colono que protestase. Únicamente Karabánov dijo:
-Que sea reina y el diablo se la lleve, con tal de que huela bien.
Lo que más nos atormentaba era la remolacha. Hablando honradamente, la remolacha es un cultivo detestable: tan sólo es fácil de sembrar, pero después comienza una verdadera histeria. Apenas asoma sobre la tierra -y asoma lenta y pausada-, ya hay que escardarla. La primera escarda es todo un drama. La joven remolacha, para el novato, no se distingue en absoluto de las malas hierbas, y por ello Shere reclamaba para este trabajo a los colonos mayores.
-Pero, ¿cómo? -decían los colonos mayores-. ¡Escardar la remolacha! ¡Como si no hubiéramos ya escardado bastante!
Ha concluido la primera escarda, la segunda, y cuando todos sueñan con ir a las coles, a los guisantes y huele ya a la siega del heno, de pronto leemos en la petición dominical de Shere esta modesta demanda: "¡Cuarenta personas para aporcar la remolacha!"
Vérshnev, el secretario del Soviet, lee irritado la insolente línea y aporrea la mesa con el puño:
-Pero, ¿qué es eso? ¿Otra vez la remolacha? ¡Cuándo terminará la maldita!... ¿A lo mejor nos ha dado usted por error una petición vieja?
-Es una petición nueva -responde tranquilamente Shere-. Cuarenta personas y de las mayores, por favor.
María Kondrátievna, que vive en una jata, cerca de nosotros, asiste a la reunión del Soviet. Los hoyuelos de sus mejillas contemplan coquetones a los indignados colonos..
-¡Qué chiquillos tan vagos sois! Y en el borsch os gusta la remolacha, ¿verdad?
Semión inclina la cabeza y declama expresivamente:
-En primer lugar, la remolacha es forrajera, ¡así se hunda! En segundo lugar, venga usted con nosotros a aporcar. Si nos hace usted este favor y trabaja con nosotros aunque no sea más que un día, entonces, yo, para que vea, formo un destacamento mixto y trabajo en la remolacha hasta que enterremos a la maldita.
En busca de ayuda, María Kondrátievna me sonríe y señala a los colonos:
-¡Cómo son! ¡Cómo son!...
María Kondrátievna está de vacaciones. Por eso se la puede ver también de día en la colonia. Pero durante el día la colonia está aburrida; los muchachos vienen sólo a la hora de comer, negros, polvorientos, tostados. Después de arrojar los azadones en el rincón de Kudlati, vuelan a galope como la caballería de Budionny por la abrupta pendiente, desabrochándose de paso las cintas de los calzones, y a los pocos segundos el Kolomak hierve en la ardiente ebullición de sus cuerpos, gritos, juegos y fantasías de toda clase. Las muchachas pían desde los arbustos de la orilla:
-¡Bueno, basta ya, marchaos! ¡Chicos, vamos, chicos! Ahora nos toca a nosotras.
El de guardia, con el rostro preocupado, pasa a la orilla, y los muchachos enfundan sus cuerpos húmedos en los calzones todavía calientes. Luego, con los hombros constelados de gotas brillantes de agua, se reúnen ante las mesas instaladas alrededor de la fuente, en el viejo jardín. Aquí hace tiempo que les espera María Kondrátievna, el único ser de la colonia que conserva una piel blanca humana y unos cabellos no quemados. Por eso, entre nosotros parece especialmente delicada, y hasta Kalina Ivánovich no puede dejar de observar esa circunstancia:
-Es una mujer muy guapa, ¿sabes? y aquí se pierde sin provecho. Tú, Antón Semiónovich, no la mires teóricamente. Ella te mira como a una persona, y tú, lo mismo que un mujik, no le haces caso.
-¡Cómo no te da vergüenza! -reproché a Kalina Ivánovich-. No faltaba más que eso: que también yo me dedicase a las aventuras amorosas en la colonia.
-¡Eh, tú! -carraspeó senilmente Kalina Ivánovich, encendiendo su pipa-. Siempre serás un tonto en la vida, ya lo verás...
Yo no tenía tiempo de efectuar un análisis teórico y práctico de las cualidades de María Kondrátievna, tal vez por eso ella no hacía más que invitarme a tomar el té y se ofendía mucho conmigo cuando yo le aseguraba cortésmente:
-Palabra de honor, no me gusta el té.
Un día, después de la comida, una vez que los colonos se dispersaron por sus lugares de trabajo, María Kondrátievna y yo seguimos un rato junto a las mesas, y ella me dijo con afectuosa sencillez:
-¡Óigame, Diógenes Semiónovich! Si esta noche no viene usted a verme, le consideraré simplemente como un mal educado.
-¿Y qué tiene usted? ¿Té? -pregunté yo.
-Tengo helado, ¿comprende?, no té, sino helado... Lo haré especialmente para usted.
-Bueno -accedí yo, haciendo un esfuerzo-, ¿a qué hora debo ir a tomar el helado?
-A las ocho.
-No puedo: a las ocho y media tengo los partes de los jefes.
-¡Vaya una víctima de la pedagogía!... Bueno, venga a las nueve.
Pero a las nueve, inmediatamente después de escuchar los partes, cuando estaba en el despacho y me abrumaba la idea de tener que ir al helado y de no haber encontrado tiempo para afeitarme, llegó corriendo Mitka Zheveli y me gritó:
-Antón Semiónovich, venga usted, venga...
-¿Qué ocurre?
Los muchachos han traído a Chóbot y a Natasha. Ese abuelo, ¿cómo se llama?... ¡ah!, Musi Kárpovich...
-¿Dónde están?
-Allí, en el jardín...
Corrí al jardín. En la avenida de las lilas estaba Natasha en un banco, toda asustada. La rodeaba una multitud de muchachos y de mujeres de la colonia. Los muchachos, en grupos a lo largo de toda la avenida, hablaban de algo. Karabánov peroraba:
-¡Bien hecho! Lástima que no haya matado a ese bicho...
Zadórov tranquilizaba al trémulo y lloroso Chóbot:
-No ha pasado nada terrible. Ya verás, ahora vendrá Antón y él lo arreglará.
Interrumpiéndose el uno al otro, los muchachos me contaron lo siguiente:
Natasha no había puesto a secar unas piezas de tela -sin duda, se le había olvidado-, Musi Kárpovich decidió castigarla y ya la había golpeado dos veces con unas riendas, cuando entró Chóbot en la jata. Era difícil precisar qué había hecho -Chóbot callaba-, pero a los gritos desesperados de Musi Kárpovich se congregaron los vecinos del caserío y una parte de los colonos y encontraron medio muerto al dueño, ensangrentado y escondido en un rincón. En la misma triste situación se hallaba uno de los hijos de Musi Kárpovich. El propio Chóbot, en el centro de la jata, "rugía como un perro", según la expresión de Karabánov, Natasha apareció más tarde en casa de unos vecinos.
Con motivo de todos esos sucesos hubo negociaciones entre los colonos y los vecinos del caserío. Ciertos indicios daban a entender que durante las negociaciones habían sido empleados los puños y otros medios de defensa, pero los muchachos, sin decir nada acerca de ello, relataban de un modo épico y emocionante:
-Nosotros, ¿sabe? no hicimos nada de particular... practicamos la cura de urgencia como es debido en casos de accidente, y Karabánov dijo a Natasha: "Vamos, Natasha a la colonia: tú no tengas miedo a nada, encontraremos buena gente, en la colonia arreglaremos este asunto".
Yo invité a los participantes a entrar en mi despacho.
Natasha contemplaba seriamente con los ojos muy abiertos el ambiente nuevo para ella, y sólo en los imperceptibles movimientos de su boca y en la lágrima solitaria que enfríabase en su mejilla se podía discernir en ella huellas de susto.
-¿Qué hacer? -dijo apasionadamente Karabánov- Hay que terminar este asunto.
-Vamos a terminarlo -asentí.
-Casarlos -sugirió Burún.
Yo repuse:
-Para casarlos siempre hay tiempo; esto no es cosa de hoy. Tenemos derecho a admitir a Natasha en la colonia. ¿No se opone nadie?... ¡Más bajo! ¿Por qué chilláis? Tenemos sitio para la muchacha. Kolka, da mañana una orden incluyéndola en el quinto destacamento.
-¡A la orden! -vociferó Kolka.
Natasha arrojó de repente su terrible toquilla, y sus ojos refulgieron como una hoguera al viento. Se acercó corriendo a mí y rompió a reír con alegría, como no ríen más que los niños.
-¿Es posible? ¿En la colonia? ¡Oh, gracias, muchísimas gracias!
Los muchachos ocultaron entre risas su profunda emoción. Karabánov golpeó el piso con el pie:
-Muy sencillo. Tan sencillo que... ¡maldito sea!... Naturalmente, en la colonia. ¡Que se atrevan a tocar a un colono!
Las muchachas se llevaron alegremente a Natasha a su dormitorio. Los muchachos estuvieron bullendo todavía mucho tiempo. Chóbot, sentado frente a mí, me agradeció:
-Jamás se me habría ocurrido tal solución... Gracias por haber defendido a una persona tan insignificante... Y en cuanto a casarnos, eso es secundario... Hasta muy entrada la noche estuvimos discutiendo lo sucedido. Los muchachos relataron algunos casos semejantes. Silanti expuso su opinión, las muchachas trajeron a Natasha vestida de educanda para que yo la viese y resultó que Natasha no tenía nada de novia: era una niña pequeña y delicada. Después llegó Kalina Ivánovich y dijo, resumiendo la jornada:
-Basta ya de atizar el fuego. Si a una persona no le quitan la cabeza, quiere decir que sigue viviendo y, por lo tanto, todo irá bien. Vamos a dar una vuelta por el prado... Verás cómo esos parásitos han puesto las parvas, que ojalá los pongan así a ellos en el ataúd cuando se mueran.
Era más de media noche cuando Kalina Ivánovich y yo nos dirigimos al prado. La noche, tibia y silenciosa, escuchaba atentamente lo que Kalina Ivánovich me refería por el camino. Los álamos, aristocráticamente educados, esbeltos, conservando su eterno amor a las filas rectas, montaban la guardia de nuestra colonia y también pensaban en algo. Tal vez se sentían asombrados de que todo en torno suyo hubiese cambiado tanto: se habían alineado para guardar la finca de los Trepke y ahora tenían que guardar la colonia Gorki.
En medio de un grupo aislado de álamos estaba la jata de María Kondrátievna. Nos miraba directamente con sus negras ventanas. De pronto, una de las ventanas se abrió sin ruido y de ella saltó un hombre. Venía ya hacia nosotros cuando, después de detenerse un instante, echó a correr hacia el bosque. Kalina Ivánovich interrumpió su relato acerca de la evacuación de Mírgorod en 1918 y me dijo tranquilamente:
-Es ese parásito de Karabánov. ¿Ves?, él no mira las cosas teórica, sino prácticamente. Y tú has quedado en ridículo, aunque eres un hombre instruido...

7. REFUERZOS

Musi Kárpovich vino a la colonia. Pensábamos que iría a comenzar un litigio acerca de las libertades excesivas que el irritado Chóbot se había permitido con su cabeza. Y, en realidad, Musi Kárpovich llevaba la cabeza demostrativamente vendada y hablaba con una voz, que no parecía que fuera Musi Kárpovich, sino un cisne agonizante. Pero sobre el tema que nos tenía preocupados se expresó pacíficamente y con cristiana sumisión:
-No he venido por lo de la chiquilla. Es por otro asunto. No vengo a reñir con vosotros. ¡Dios me libre! Que así sea... Quiero tratar con vosotros acerca del molino. Vengo de parte del Soviet rural a proponeros un buen asunto.
Kóval miró, cejijunto, a Musi Kárpovich:
-¿Acerca del molino?
-Claro. Vosotros estáis gestionando el arriendo del molino, ¿no? Y también el Soviet rural ha presentado una solicitud en el mismo sentido. Entonces, nosotros pensamos así: como vosotros sois el Poder soviético, y el Soviet rural también es el Poder soviético, no puede ocurrir que vosotros vayáis por un lado y nosotros por otro...
-¡Ah! -dijo Kóval con un matiz de ironía..
Así comenzó en la colonia un breve período diplomático. Yo persuadí a Kóval, y a los muchachos de que se pusieran los fracs diplomáticos y las corbatas blancas, y Luká Semiónovich y Musi Kárpovich pudieron presentarse durante algún tiempo en el territorio de la colonia sin peligro para su vida.
En aquel periodo, la colonia estaba muy preocupada por la compra de caballos. Nuestros famosos trotadores envejecían a ojos vistas. Incluso al Pelirrojo había comenzado a salirle una barba senil, y en cuanto al Malish, el Soviet de jefes lo había transferido ya a la situación de inválido con pensión y todo: el Malish obtuvo a perpetuidad un lugar fijo en la cochera y una ración de avena y se le podía enganchar solamente con mi autorización. Shere había desdeñado siempre a la Banditka, a la Mary y al Korshun y decía:
-Una hacienda buena es la que tiene buenos caballos, pero si los caballos son una porquería, la hacienda también lo es.
Antón Brátchenko, que se había enamorado sucesivamente de todos nuestros caballos, aunque siempre había preferido al Pelirrojo, ahora, bajo la influencia de Shere comenzó a soñar con cierto caballo futuro, que esperaba ver aparecer de un momento a otro en su reino. Kalina Ivánovich, Shere, Brátchenko y yo no dejábamos pasar ninguna feria, vimos millares de caballos, pero no logramos comprar ninguno. Unas veces los caballos eran malos, iguales a los que teníamos; otras veces nos pedían mucho; otras veces era Shere quien descubría en el caballo alguna enfermedad oculta o un defecto. A decir verdad, en las ferias no había buenos caballos. La guerra y la Revolución, habían acabado con las familias equinas de raza y aún no habían aparecido los caballos de la nueva remonta. Antón volvía de las ferias casi ofendido:
-¿Cómo es posible? No hay caballos. Y si necesitamos un buen caballo, un verdadero caballo, ¿qué vamos a hacer? ¿Pedírselo a los burgueses o qué?
Kalina Ivánovich recordaba sus viejos tiempos de húsar y gustaba de inmiscuirse en la cuestión caballuna, y hasta Shere confiaba en sus conocimientos, traicionando en este caso sus eternos celos. Un día, Kalina Ivánovich se expresó así en un círculo de gente entendida:
-Dicen los parásitos, Luká y el Musi ese, que los campesinos de los caseríos tienen buenos caballos, pero que no quieren llevarlos a las ferias. Les da miedo.
-No es verdad -objetó Shere-, no tienen buenos caballos. Tienen caballos como los que hemos visto. Dentro de poco conseguiremos buenos caballos de los centros de remonta, pero ahora es pronto aún.
-Pues yo le digo que hay -seguía afirmando Kalina Ivánovich-. Luká lo sabe; ese hijo de perra conoce todos los alrededores. Y, además, ¿dónde va a haber un buen animal más que en las casas ricas? Y, en los caseríos, los campesinos son ricos. Ese parásito está ahí agazapado, cría un potrito y el muy canalla lo guarda en secreto. Es decir, tiene miedo a que se lo quiten. Pero, si vamos, podemos comprarlo...
Yo también decidí la cuestión sin el menor indicio de ideología.
-El próximo domingo iremos a ver. Tal vez podamos comprar algo.
Shere asintió:
-¿Y por qué no ir? Por supuesto, no compraremos ningún caballo, pero podemos darnos un paseo. Veré qué trigo tienen esos "amos ricos".
El domingo enganchamos el faetón y nos balanceamos por los suaves caminos vecinales. Dejamos atrás Gonchárovka, cruzamos la carretera de Járkov, nos arrastramos por un pinar lleno de arena y llegamos, en fin, a cierto reino, donde no habíamos estado jamás.
Desde una meseta suave y ondulada se ofreció a nuestra vista un paisaje bastante agradable. De horizonte a horizonte extendíase una llanura como nivelada. No asombraba por su variedad; tal vez en esta misma sencillez había también algo bello. El llano estaba sembrado espesamente de trigo; olas doradas, de un dorado verdoso o amarillento, se agitaban, amplias, en derredor, subrayadas a veces por las manchas intensamente verdes del mijo o por algún campo abigarrado de alfordón. Y sobre ese fondo de oro habían sido dispuestos con inverosímil uniformidad grupos de jatas blancas como la nieve, rodeadas de bajos jardincillos disformes. Junto a cada grupo de jatas, uno o dos árboles: sauces, pobos, muy raras veces álamos, y sandiares con su choza de un marrón sucio. Todo eso se atenía a un estilo riguroso; el artista más exigente no hubiera podido descubrir aquí ni una sola pincelada falsa.
También a Kalina Ivánovich le gustó el cuadro.
-¿Ven cómo viven los amos ricos? Aquí vive gente ordenada.
-Sí -accedió Shere de mala gana
-Venga, vamos a entrar aquí -propuso Kalina Ivánovich.
Antón torció por un sendero cubierto de hierba hacia una puerta primitiva hecha de tres finos troncos de sauce, atados con ligaduras de corteza. Un can gris, todo despellejado, se deslizó de debajo de un carro y ladró con una voz ronca, venciendo difícilmente su pereza. De la jata salió el dueño y, sacudiéndose algo de su barba despeinada, fijó su vista con asombro y un poco de miedo en mi indumentaria semimilitar.
-¡Buenos días, patrón! -saludó alegremente Kalina Ivánovich-. ¿De vuelta de la iglesia, eh?
-Voy poco a la iglesia -respondió el dueño con la misma voz ronca y perezosa que el guardián de sus bienes-. La mujer alguna que otra vez... ¿De dónde son ustedes?
Venimos a tratar un buen negocio: la gente dice que en su casa se puede comprar un buen caballo, ¿eh?
El campesino trasladó su mirada a nuestro faetón. La pareja poco armónica del Pelirrojo y de la negra Mary le tranquilizó, por lo visto.
-¡Qué decirles! ¡De caballos buenos, ni hablar! Pero tengo un caballejo de tres años. Tal vez les sirva.
Se fue a la cochera y sacó del rincón más profundo una yegua de tres años, alegre y cebada.
-¿No la ha enganchado usted? -preguntó Shere.
-Enganchar para ir a algún sitio, no la he enganchado; pero he montado en ella. Sirve. Corre bien. Otra cosa no puedo decir.
-No -dijo Shere-, es joven para nosotros. La necesitamos para trabajar.
-Joven, joven -asintió el dueño-. Pero con buenos amos puede crecer. Así es. Yo la he cuidado tres años. La he cuidado bien, como pueden ver ustedes.
La yegua estaba, efectivamente, bien cuidada: brillante, la piel limpia, las crines peinadas. En todos los terrenos era más pulcra que su educador y dueño.
-Y, por ejemplo, ¿cuánto vale esta yegua, eh? -preguntó Kalina Ivánovich.
-Según veo, quieren comprarla buenos amos. En este caso, si pagan un buen convite, serán seiscientos.
Antón se quedó mirando a lo alto de un sauce y, por fin, al darse cuenta del precio, exclamó:
-¿Cuánto? ¿Seiscientos rublos?
-Seiscientos -repitió modestamente el campesino.
-¿Seiscientos rublos por esta m...? -gritó Antón, incapaz de contener la ira.
-¡La m... serás tú, mocoso! Primero cría un caballo y después habla.
Kalina Ivánovich intervino conciliador:
-No se puede decir que sea una m... La yegua es buena, sólo que no nos sirve.
Shere sonrió en silencio. Montamos en el faetón y proseguimos nuestro viaje. El can gris nos despidió con los mismos ladridos, y el dueño, al cerrar la puerta, ni siquiera nos acompañó con la mirada.
Visitamos una decena de caseríos. En casi todos ellos había caballos, pero no compramos nada.
Volvimos ya al anochecer. Shere había dejado ya de contemplar los campos y meditaba, reconcentrado, en algo. Antón reñía al Pelirrojo, hostigándole continuamente con el látigo y diciéndole:
-¿Estás tonto o qué? ¿Nunca has visto matorrales?...
Kalina Ivánovich contemplaba con rabia las matas de ajenjo que bordeaban el camino y no hacia más que gruñir:
-Fíjate si son malos esos parásitos. Va gente a verles, no importa que compren o no, pero hay que ser humanos, hay que ser hospitalarios, ¡miserables! Bien puede ver el parásito que la gente está de viaje desde por la mañana, y hay que darle de comer, lo que se tenga, borsch, aunque sea patatas... Tú fíjate: ni siquiera se peina la barba, pero por un jamelgo sarnoso quiere seiscientos rublos. "Lo he criado". Y seguramente no lo ha criado él... ¿Has visto cuántos braceros hay por allí?
Yo había visto a esos seres harapientos y silenciosos que se mantenían inmovilizados por el susto junto a cobertizos y cocheras y observaban ávidamente el insólito acontecimiento: la llegada de gente de la ciudad. Estaban estupefactos por la rara concentración de tantas personas distinguidas en un solo patio. A veces, esos mudos personajes sacaban de la cochera a los caballos y tendían tímidamente las riendas al amo; a veces, incluso daban palmadas en las ancas del caballo, expresando así quizá su amor al ser vivo a que estaban acostumbrados.
Por fin. Kalina Ivánovich calló y se puso a fumar con irritación su pipa. Sólo a la misma entrada de la colonia dijo alegremente:
-¡Nos han matado de hambre los parásitos del diablo!...
En la colonia encontramos a Luká Semiónovich y a Musi Kárpovich. Luká se asombró mucho al conocer el fracaso de nuestra expedición y protestó:
-¡Es imposible que haya ocurrido eso! Ya que yo se lo he dicho a Antón Semiónovich y a Kalina Ivánovich, así será. Usted, Kalina Ivánovich, no se disguste, porque no hay nada peor que cuando un hombre tiene mal los nervios. La semana que viene iremos juntos. Sólo que vale más que no venga Antón Semiónovich, porque tiene un aspecto... ¡je, je, je!... tan bolchevique, que la gente se asusta.
El domingo siguiente, Kalina Ivánovich se fue a los caseríos con Luká Semiónovich, que había traído su caballo. Brátchenko se mostraba frío y pesimista y bromeó pérfidamente al despedirles:
-Llévense aunque no sea más que pan para el camino; si no, van a morirse de hambre.
Luká Semiónovich se atusó la bellísima barba pelirroja sobre la camisa bordada de los días de fiesta y sonrió golosamente con sus labios sonrosados:
-¿Cómo es posible, camarada Brátchenko? Vamos a ver gente. ¿Cómo podemos llevar pan? Hoy comeremos verdadero borsch y cordero, y tal vez alguien nos invite a empanadas.
Guiñó un ojo a Kalina Ivánovich, que le escuchaba sumamente interesado, y tiró de las riendas pintadas de color rojo oscuro. El caballo, ancho y cebado, arrancó en seguida bajo el arco muy abierto, arrastrando el coche, bien hecho, profusamente guarnecido de hierro.
Al anochecer, todos los colonos, como a una señal de alarma, se congregaron para ver un fenómeno inesperado: Kalina Ivánovich regresaba triunfador. Seguía al coche el caballo de Luká Semiónovich y venía enganchada una hermosa y grande yegua tordilla. Tanto en Kalina Ivánovich como en Luká Semiónovich se advertían las huellas de la buena acogida que les habían dispensado los dueños de los caballos; Kalina Ivánovich salió difícilmente del coche, procurando por todos los medios que los colonos no observaran esas huellas. Karabánov ayudó a Kalina Ivánovich:
-Entonces, ¿ha habido convite?
-¡Y cómo no! ¿No ves qué animal?...
Kalina Ivánovich daba palmadas en la grupa enorme de la yegua. El animal era, efectivamente, magnífico: piernas peludas y potentes, buena talla, pecho gigantesco, una figura airosa y gallarda. Incluso Shere no pudo descubrir en la yegua ningún defecto, aunque invirtió mucho tiempo en reconocer su vientre y a cada instante le pedía con una voz alegre y tierna:
-La patita, dame la patita...
Los muchachos aprobaron la compra. Burún, entornando seriamente los ojos, examinó la yegua por todos lados y opinó:
-Por fin tenemos en la colonia un caballo como es debido.
También a Karabánov le gustó la yegua:
-Sí, es un animal bien cuidado. Vale quinientos rublos. Si tuviéramos una docena de caballos semejantes, podríamos comer empanadas.
Brátchenko recibió a la yegua con cariñosa atención, andaba alrededor de ella y chascaba la lengua de gusto, asombrándose con alegre animación de su fuerza enorme y tranquila, de su carácter confiado y pacífico. Ante el muchacho se abrían perspectivas, y empezó a exigir tenazmente de Shere:
-Necesitamos un buen macho. Tendremos remonta propia, ¿comprende usted?
Shere comprendía; miraba con aire serio y aprobatorio a Zorka (así se había bautizado a la yegua) y decía entre dientes:
-Buscaré un potro. Tengo pensado un sitio. En cuanto recojamos el trigo, iré.
En aquel tiempo, el trabajo transcurría en la colonia desde por la mañana hasta la puesta del sol, siguiendo rítmicamente los raíles lisos y exactos trazados por Shere. Los destacamentos mixtos de los colonos, bien grandes, bien pequeños, bien integrados por los muchachos mayores, bien deliberadamente por los pequeños, armados bien con azadones, bien con guadañas o rastrillos, bien con sus propias manos, iban al campo y regresaban con la precisión del horario de un tren rápido, brillando de risas y de bromas, de ánimo y de seguridad en sí mismos, sabiendo hasta el fin qué había que hacer, dónde y cómo. A veces, Olia Vóronova, nuestra ayudante de agrónomo, llegaba del campo y, entre trago y trago de agua, decía en el despacho al jefe de guardia:
-Hay que mandar ayuda al quinto mixto.
-¿Qué pasa?
-Andan retrasados con las gavillas... hace calor.
-¿Cuántos hacen falta?
-Unos cinco. ¿Hay niñas?
-Queda una.
Olía se seca los labios con la manga y se va. El jefe de guardia se dirige con un block de notas en la mano al estado mayor del destacamento mixto de reserva, instalado desde por la mañana a la sombra de un peral. En pos del jefe de guardia corre, dando unos pequeños y cómicos pasitos, el corneta de guardia. Un minuto más tarde bajo el peral resuena el corto staccato de asamblea del destacamento de reserva. De entre los arbustos, del río, de los dormitorios, salen corriendo los muchachos; junto al peral se reúne un círculo, y un minuto más tarde cinco colonos dirígense rápidamente al campo de trigo.
Hablamos admitido ya a un refuerzo de cuarenta muchachos. Los colonos les dedicaron un domingo íntegro: los lavaron, los vistieron, los distribuyeron en destacamentos. No aumentamos el número de destacamentos. Simplemente trasladamos nuestros once destacamentos a la casa roja, dejando en cada uno de ellos un número determinado de puestos. Por eso, los novatos, bajo la influencia de los viejos colonos, se sienten orgullosamente "gorkianos", pero aún no saben andar, "trepan", como dice Karabánov.
Los novatos son todos jóvenes, de trece a catorce años, y hay algunos morritos muy agradables, singularmente simpáticos cuando el chico acaba de salir del baño con el rostro todo colorado y luciendo los nuevos calzones de satín; y si los pequeños no tienen muy bien cortado el pelo, Belujin explica:
-Hoy se lo han cortado ellos mismos; así que, como usted comprenderá, no está muy bien... Esta tarde vendrá el peluquero y lo arreglaremos...
El refuerzo anda unos dos días por la colonia con las pupilas dilatadas, absorbiendo todas las nuevas impresiones. Entran en la porqueriza y miran sorprendidos al severo Stupitsin. Antón no habla con los nuevos. Para él es una cuestión de principio.
-¿A qué venís? -les pregunta-. Vuestro puesto, por ahora, está en el comedor.
-¿Y por qué en el comedor?
-¿Y qué es lo que sabes hacer? Tú no sabes más que comer pan.
-No, yo trabajaré.
-Ya sabemos cómo trabajáis; hay que poner dos vigilantes detrás de ti. ¿Verdad?
-Pues el jefe dice que pasado mañana iré a trabajar; ya verás entonces.
-¡Pues sí que hay que ver! ¿No os he visto ya? ¡Ay, qué calor! ¡Ay, quiero beber! ¡Ay, papá:
-¡ay, mamá!...
Los novatos sonríen confusos:
-¡Qué mamá!... ¡Nada de eso!
Pero ya al anochecer del primer día Antón empieza a sentir simpatía por algunos. Por no se sabe qué procedimiento elige a los aficionados a los caballos. De pronto, vemos que por un camino corre ya hacia el campo el barril del agua. En lo alto del barril va sentado Petka Zadorozhni, un nuevo gorkiano, conduciendo al Korshun, mientras desde la puerta de la cochera le llueven recomendaciones:
-No arrees al caballo, no le arrees. No vas a apagar ningún fuego.
A los dos días, los novatos forman en los destacamentos mixtos, tropiezan y gimen en aquel trabajo inusitado para ellos, pero la fila de colonos pasa sin detenerse por el patatar, casi sin alterar la línea, y al novato le parece que también él va a la altura de los demás. Sólo una hora después advierte que para cada dos nuevos se ha asignado un surco de patatas, mientras que los viejos colonos tienen cada uno un surco. Todo bañado en sudor, pregunta en voz baja al vecino:
-¿Terminaremos pronto?
Hemos recogido el trigo. En la era ha comenzado el ajetreo alrededor de la trilladora. Shere, sucio y sudoroso como todos, comprueba los engranajes y examina la parva preparada para la trilla.
-Pasado mañana comenzaremos a trillar y mañana iremos por el caballo.
-Iré yo -dice con precaución Karabánov, mirando a Antón Brátchenko.
-Ve tú, si quieres -accede Antón-. ¿Y el potro es bueno?
-No está mal -responde Shere.
-¡Lo ha comprado usted en el sovjós?
-En el sovjós.
-¿Cuánto?
-Trescientos.
-Barato.
-¡Ya lo creo!
-Entonces, ¿es Soviético? -pregunta Kalina Ivánovich, mirando la trilladora-. ¿Y por qué está ese elevador tan alto?
-Es soviético -contesta Shere-. No está alto; la paja es ligera.
El domingo se descansó, los muchachos se bañaron, pasearon en lancha, se dedicaron a los novatos, y, al anochecer, toda la aristocracia, como siempre, se congregó en el umbral de la casa blanca, aspirando el aroma de las "reinas de las nieves" y asombrando a los novatos, agazapados en un lado, con el relato de diversas historias.
De pronto, tras una esquina del molino, levantando polvo y girando bruscamente ante una vieja caldera abandonada, un jinete apareció a galope. Semión, a lomos de un caballo dorado, volaba derecho hacia nosotros, y todos nos callamos súbitamente y contuvimos el aliento: cosas así habíamos visto tan sólo en los cuadros, en las ilustraciones de los cuentos y de La terrible venganza. El caballo llevaba ahora a Semión a un trote libre y ligero, aunque, al mismo tiempo, impetuoso, agitando una cola amplia y rica y sacudiendo al viento sus crines esponjosas, bañadas en una luz áurea. Estupefactos, apenas pudimos advertir en su movimiento nuevos e impresionantes detalles: un cuello potente arqueado en una línea altiva y graciosamente caprichosa, y unas patas finas, que movía con gallardía al andar.
Semión detuvo al caballo ante nosotros y atrajo hacia el pecho su cabeza pequeña y hermosa. Los ojos del caballo, negros, ardientes, inyectados en sangre por los extremos, se clavaron de improviso en lo más hondo del corazón del turbado Antón Brátchenko. Antón se llevó las manos a las orejas, prorrumpió en una exclamación y preguntó, estremeciéndose:
-¿Es nuestro? ¿Qué? ¿Este potro es nuestro?
-Nuestro -contestó orgullosamente Karabánov.
-¡Baja de él ahora mismo! -vociferó dé pronto Antón-. ¿Qué haces ahí sentado? ¿Te ha parecido poco? ¡Mira cómo lo has dejado de jadeante! ¡No es un jamelgo de aldea!
Y, apoderándose de las riendas, Antón remitió la orden con los ojos brillantes de cólera.
Semión se apeó.
-Comprendo, hermano, comprendo. Quizá únicamente Napoleón ha tenido alguna vez un caballo parecido.
Antón, como impulsado por el viento, se subió al caballo y le dio unas palmadas cariñosas en el cuello. Después se volvió confuso y se secó los ojos con la manga. Los muchachos se echaron a reír discretamente. Kalina Ivánovich sonrió, carraspeó y sonrió otra vez.
-No se puede oponer nada. Es un caballo que... Incluso diré más: es demasiado para nosotros. Sí... nos lo echarán a perder.
-¿Quién nos lo echará a perder? -Antón se inclinó ferozmente hacia Kalina Ivánovich y rugió mirando a los colonos-: ¡Lo mataré! ¡Al que lo toque, lo mato! ¡Con un palo, con una barra de hierro en la cabeza!
Hizo girar en redondo al caballo, y el animal le llevó dócilmente a la cuadra con un galope corto y coqueto, como alegrándose de que, por fin, se hubiera sentado en la silla el verdadero amo.
El potro fue llamado Molodiets.

8. LOS DESTACAMENTOS NOVENO Y DÉCIMO

A principios de julio, obtuvimos en arriendo el molino. Nos lo dieron por tres años -tres mil rublos cada año-, completamente a nuestra disposición, es decir, sin compañías de ninguna índole.
Las relaciones diplomáticas con el Soviet rural se interrumpieron de nuevo, pero, además, los días del propio Soviet rural estaban ya contados. La conquista del molino fue un triunfo de nuestro Komsomol en el segundo sector del frente de combate.
De un modo inesperado para nosotros, la colonia comenzó a enriquecerse visiblemente y a cobrar el aspecto, de una hacienda sólida, culta y ordenada.
Si todavía poco antes, comprar un par de caballos nos suponía cierto esfuerzo, en cambio, ahora, a mediados del verano, pudimos ya asignar sin dificultad sumas bastante crecidas para la adquisición de buenas vacas, un rebaño de ovejas, nuevo mobiliario.
Entre una faena y otra, casi sin afectar nuestro presupuesto, Shere emprendió la construcción de un nuevo establo, y no habíamos tenido tiempo de recobrarnos cuando en un extremo del patio apareció un nuevo edificio, agradable y sólido, ante el que Shere plantó un parterre, haciendo añicos el viejo prejuicio de que el establo es un lugar de suciedad y de hedor. En el nuevo establo había cinco nuevas vacas de raza Simmenthal, y de nuestros terneros creció y se desarrolló extraordinariamente, sorprendiendo incluso a Shere con sus inauditas propiedades, un toro llamado César.
A Shere le costó trabajo obtener cédula para César, pero sus propiedades de raza eran tan sorprendentes, que a pesar de todo, nos dieron la cédula. También tenía cédula el Molodiets; con cédula vivía igualmente Vasili Ivánovich, un cerdo de dieciséis puds, que yo había sacado hacía mucho de una estación experimental, un inglés puro, llamado Vasili Ivánovich en honor del viejo Trepke.
Con estos distinguidos extranjeros -un alemán, un belga, un inglés- era más fácil organizar una verdadera granja de cría de animales de raza.
El reino del décimo destacamento de Stupitsin -la porqueriza- era desde hacía ya tiempo una institución seria, que, por su potencia y la pureza racial del ganado, tenía fama en nuestro distrito de ser la primera después de la estación experimental.
El décimo destacamento -catorce colonos- trabajó siempre de un modo ejemplar. La porqueriza era un sitio del que jamás dudaba nadie en la colonia. La porqueriza, magnífico local de hormigón de la época de los Trepke, se hallaba en medio de nuestro patio. Era nuestro centro geométrico, y estaba tan pulida y nos imponía tanto respeto que a nadie se le ocurría pensar que alteraba el armónico conjunto de la colonia Gorki.
Era raro el colono a quien se dejaba entrar en la porqueriza. Muchos novatos visitaban la porqueriza sólo formando parte de alguna excursión especial con fines instructivos; en general, para entrar en la porqueriza se exigía un salvoconducto, firmado por Shere o por mí. Esta era la razón de que, a los ojos de los colonos y de los campesinos, el trabajo del décimo destacamento estuviera rodeado de muchos misterios, penetrar en los cuales se consideraba un honor especial.
Era relativamente fácil el acceso -con permiso de Stupitsin, el jefe del décimo destacamento- a la llamada sala. En este local vivían los lechones destinados a la venta y se procedía a la remonta de las cerdas aldeanas.
Los clientes pagaban aquí tres rublos por visita; el ayudante de Stupitsin y el tesorero, Ovcharenko, extendían los recibos. También en esta sala se vendían lechones por kilos a precios del Estado, aunque los campesinos trataban de demostrar que era ridículo vender los lechones al peso. Eso, decían, no se había visto nunca.
Cuando paría alguna cerda, se congregaba siempre mucha gente. Shere dejaba de cada vez sólo siete cerditos, los más grandes, los primeros, y regalaba todos los demás a quien los quisiera. Allí mismo Stupitsin instruía a los compradores acerca de cómo había que cuidar a un lechón quitado de la madre, cómo había que alimentarlo por medio de biberones, qué composición se debía dar a la leche, cómo bañarle, cuándo se podía pasar a otra comida. Los lechones eran distribuidos solamente entre quienes presentaban un certificado del Comité de campesinos pobres, y como Shere sabía de antemano el día en que las cerdas debían parir, de la puerta de la porqueriza pendía siempre un gráfico, en el que constaba cuándo debía venir por el lechón uno u otro ciudadano.
La distribución de los lechones nos dio fama por todo el distrito y nos proporcionó muchos buenos amigos entre el campesinado. En todas las aldeas vecinas aparecieron buenos cerdos ingleses, que tal vez no sirvieran para procrear, pero que eran excelentes para el engorde.
La sección siguiente de la porqueriza era el lugar de los lechones. Verdadero laboratorio, aquí se llevaban a cabo tenaces investigaciones de cada individuo antes de determinar su camino vital. Shere llegaba a reunir varios centenares de lechones, sobre todo en primavera. Los colonos conocían de vista a muchos "pequeños" de talento y seguían celosamente su desarrollo. Kalina Ivánovich, el Soviet de jefes, muchos colonos y yo conocíamos también a las personalidades más relevantes. Por ejemplo, a partir del mismo día de su nacimiento gozó de nuestra atención general el vástago de Vasili Ivánovich y de Matilde. Nació hecho un titán, y desde el principio reveló todas las cualidades precisas y se le destinó a heredero de su padre. No defraudó nuestras esperanzas y pronto fue instalado en un local aparte junto a su padre, y llamado Piotr Vasílievich en honor del joven Trepke.
Más lejos aún estaba el cebadero. Este era el reino de las recetas, de los datos de la balanza, de la quietud y de la felicidad, pequeño-burguesa elevada a la perfección. Si, al principio del cebo, algunos individuos aún daban señales de filosofía e incluso exponían de una manera bastante ruidosa ciertas fórmulas de concepción y percepción del mundo, un mes después permanecían tumbados silenciosamente en su jergoncillo dedicados a la dócil digestión de sus raciones. Sus biografías finalizaban con la nutrición obligatoria hasta que llegaba, por fin, el momento en que el individuo pasaba al negociado de Kalina Ivánovich, y en una pequeña colina arenosa, junto al viejo parque, Silanti transformaba las individualidades en productos alimenticios, sin sentir la menor convulsión filosófica, mientras Alioshka Vólkov preparaba en la puerta de la despensa los toneles para la grasa.
La última sección estaba destinada a las cerdas de cría, pero aquí podían entrar únicamente los sumos sacerdotes. Yo mismo ignoraba todos los misterios de ese santuario.
La porqueriza nos proporcionaba grandes ingresos; el hecho de que pudiéramos llegar tan rápidamente a constituir una hacienda rentable era algo que ni siquiera nos había pasado por la cabeza. Nuestra agricultura, definitivamente ordenada bajo la dirección de Shere, nos daba enormes reservas de forraje: remolacha, calabaza, maíz, patata. En otoño conseguíamos a duras penas almacenarlo todo.
La obtención del molino abría ante nosotros amplias perspectivas. Además del pago de la molienda -cuatro libras por pud de grano-, el molino nos daba salvado, el alimento más valioso para nuestros animales.
El molino tenía también importancia en otro sentido: nos ponía en nuevas relaciones con todos los campesinos de los alrededores, y gracias a ellas podíamos desarrollar una política de gran responsabilidad. El molino era el Comisariado del Pueblo de Negocios Extranjeros de la colonia. Aquí no se podía dar un paso sin caer en las complicadísimas redes de las coyunturas campesinas de aquel tiempo. En cada aldea había comités de campesinos pobres, en su mayor parte activos y disciplinados; había campesinos medios, redondos y firmes como el guisante, y, como el guisante, dispersos en fuerzas aisladas que se repelían mutuamente; había "amos acomodados", los kulaks, sombríamente amurallados en sus caseríos-reductos y vueltos al estado salvaje por la ira reconcentrada y los recuerdos ingratos.
Después de obtener el molino a nuestra disposición, declaramos inmediatamente que deseábamos tratar, ante todo, con colectividades y que a ellas les concederíamos preferencia. Pedimos que las colectividades se inscribieran de antemano. Los campesinos pobres constituían fácilmente esas colectividades, llegaban a su tiempo, obedecían inflexiblemente a sus apoderados, liquidaban las cuentas con facilidad y rapidez, y el trabajo en el molino se deslizaba como sobre ruedas. Los "amos" formaban colectividades pequeñas, pero firmemente unidas por simpatías mutuas y vínculos de parentesco. Maniobraban con silencioso aplomo, y había veces en que costaba trabajo discernir quién de ellos era el responsable.
En cambio, cuando llegaba al molino un grupo de campesinos medios, el trabajo de los colonos se transformaba en un trabajo de forzados. Jamás llegaban juntos, sino que iban presentándose todos a lo largo del día. Tenían también su apoderado, pero él, claro está, daba a moler su trigo antes que nadie y se iba inmediatamente a su casa, dejando inquieta a la muchedumbre con sospechas y recelos de toda índole. Después del desayuno, regado con samogón por el aquél del viaje, nuestros clientes adquirían una profunda inclinación a resolver inmediatamente muchos conflictos domésticos y, al cabo de debates verbales y no verbales -había momentos en que se llegaba a las manos-, nuestros clientes se transformaban hacia la hora del almuerzo en pacientes del botiquín de Ekaterina Grigórievna, enfureciendo a los colonos. Osadchi, el jefe del noveno destacamento que trabajaba en el molino, iba expresamente al botiquín para reprender a Ekaterina Grigórievna.
-¿Por qué le venda usted? ¿Es que se les puede curar? Son unos mujiks; usted no les conoce. Si ven que usted les cura, se degollarán todos entre sí. Dénoslos a nosotros; en el acto les curaremos. ¡Valdría más que fuera usted, a ver lo que está pasando en el molino!
Tanto Denís Kudlati, el encargado del molino, como el noveno destacamento -es preciso decir la verdad- sabían curar a los alborotadores y hacerles entrar en razón. Con el transcurso del tiempo los muchachos adquirieron gran reputación en este terreno y una autoridad Infalible.
Hasta la hora de comer, los muchachos todavía permanecen tranquilos en sus puestos entre el mar revuelto de epigramas ofensivos para toda la familia, de emanaciones de samogón, de brazos en alto, de sacos arrancados y de infinitos conflictos con motivo del turno en la cola, a los que se añaden cuentas y conflictos viejos. Por fin, los muchachos no pueden resistir ya más. Osadchi cierra el molino y pasa a la represión. Los miembros, del noveno destacamento, después de sujetar unos instantes a los tres o cuatro más borrachos y más turbulentos, les cogen del brazo y les llevan a la orilla del Kolomak. Con el aspecto más serio, hablándoles amable-mente y tratando de convencerles, les obligan a sentarse en la orilla y, poseídos de escrupulosidad ejemplar, vierten sobre ellos una docena de cubos de agua. Al principio, la víctima de la ejecución no comprende lo que ocurre y vuelve obstinadamente a los temas tratados en el molino. Osadchi, abriendo las piernas tostadas por el sol y hundiendo las manos en los bolsillos de los calzones, escucha atento el balbuceo del paciente y sigue con sus ojos grises y fríos cada uno de sus movimientos.
-Éste ha mentado tres veces más a la madre. Dale otros tres cubos.
Lápot trae diligente desde abajo, es decir, desde la orilla, la cantidad indicada de cubos, y después examina con fingida seriedad, lo mismo que un médico, la fisonomía del paciente.
El paciente empieza, por fin, a comprender algo, se frota los ojos, sacude la cabeza y hasta protesta:
-¿Qué derecho tenéis a hacer esto? Sois unos...
Osadchi ordena tranquilamente:
-Una ración más.
-¡A la orden, una ración más! -replica Lápot con voz cariñosa y amable y, como si fuera la última dosis de una preciosa medicina, vierte solícita y delicadamente sobre la cabeza del campesino otro cubo de agua. Después, inclinándose sobre el pecho mojado de la sufrida víctima, exige igual de cariñoso e insistente:
-No respire... Respire fuerte... más... No respire.
En medio del entusiasmo general, el paciente, aturdido por completo, ejecuta dócilmente las exigencias de Lápot; bien permanece inmóvil del todo, bien infla el vientre y respira con fuerza.
Lápot se incorpora con el rostro resplandeciente:
-Estado satisfactorio: pulso, 370: temperatura, 15.
Lápot sabe no sonreír en estos casos, y todo el tratamiento se mantiene en un tono rigurosamente científico. Sólo los muchachos que están junto al río con los cubos vacíos en las manos se ríen a carcajadas, y desde la colina un grupo numeroso de campesinos sonríe con aprobadora simpatía. Lápot se acerca a los campesinos y les pregunta serio y cortés:
-¿Quién es el siguiente? ¿A quién le toca el turno para pasar al gabinete hidroterápico?
Los campesinos acogen boquiabiertos cada palabra de Lápot, como si fuera néctar, y comienzan, a reírse medio minuto antes de que la pronuncie.
-Camarada profesor -dice Lápot a Osadchi-, no hay más enfermos.
-Secad a los convalecientes -dispone Osadchi.
El noveno destacamento se pone celosamente a tender en la hierba a los pacientes y a volverles de un costado a otro bajo el sol. En efecto, los pacientes comienzan a recobrarse. Uno de ellos, ya con la voz normal, pide, sonriente:
-No es necesario... Yo solo... Ya estoy bien.
Únicamente ahora Lápot se ríe franco y bonachón e informa:
-Éste ya está curado: puede dársele de alta.
Otros se resisten todavía y hasta pretenden emplear las viejas fórmulas: "Iros a...", pero basta que Osadchi mencione el cubo para que vuelvan plenamente al estado normal y empiecen a suplicar:
-No es necesario, palabra de honor. Se me ha escapado. Es la costumbre, ¿sabe?...
Lápot examina a ésos con mucho detalle -son los más graves-, y, en tales casos, la risa de los colonos y de los campesinos llega al máximo grado, interrumpida tan sólo para no perder las nuevas perlas del diálogo:
-¿Dice que la costumbre? ¿Y hace tiempo, que le ocurre a usted eso?
-¡Qué dice, alabado sea Dios! -se sonroja azorado el paciente, pero tiene miedo a protestar más enérgicamente, porque en el río sigue aún el noveno destacamento con los cubos.
-¿Entonces es reciente? ¿Y sus padres blasfemaban también?
-Claro -sonríe, turbado, el paciente
-¿Y el abuelo?
-También...
-¿Y el tío?
-Pues...
-¿Y la abuela?
-Ella, claro... Pero, ¿qué dice? ¡Dios sea con usted! La abuela, seguramente, no...
Lo mismo que todos, Lápot se alegra de que la abuela estuviera completamente sana y abraza al enfermo mojado:
-Curará, le digo a usted que curará. Venga a vernos más a menudo. No cobramos nada por el tratamiento.
Tanto el enfermo como sus amigos y enemigos se desternillan de risa. Lápot prosigue con toda seriedad, yendo ya hacia el molino, donde Osadchi abre el cerrojo:
-Y, si lo desea, podemos visitarle en su casa. También gratuitamente. Sólo que debe solicitarlo con dos semanas de anticipación y enviar un caballo en busca del profesor. Además, los cubos y el agua debe ponerlos usted. Si quiere, podemos curar también a su padre. Y a la madre.
-Pero si su madre no padece de tal enfermedad -dice alguien entre carcajadas.
-Permítame, cuando yo le pregunté por sus padres, usted me contestó: "claro".
-¡No me diga! -se asombra el convaleciente.
Los campesinos llegan a la cumbre del entusiasmo:
-¡Ja, ja, ja!... ¡Vaya con él!... ¡Lo que ha dicho de su propia madre!...
-¿Quién?
Ese... Yavtuj... el enfermo, el enfermo... ¡Huy, no puedo más, no puedo, qué demonio! ¡Vaya muchacho! ¡Y no ha sonreído ni siquiera una vez! ¡Es un buen doctor!
Lápot es llevado casi triunfalmente al molino, y en la sección de máquinas se da la orden de proseguir. Ahora el tono del trabajo es diametralmente opuesto: los clientes cumplen incluso con excesivo celo todas las disposiciones de Kudlati, se someten incondicionalmente al turno establecido y escuchan con avidez cada palabra de Lápot, que es, en efecto, inagotable en palabras y en mímica. Al caer la tarde, termina la molienda; y los campesinos estrechan afectuosamente la mano de los colonos y, mientras se instalan en los carros, recuerdan con animación:
-Hasta la abuela... ¡Qué, chico! Si en las aldeas hubiera, por lo menos, uno así nadie iría a la iglesia.
-¡Eh, Karpó! ¿Te has secado ya? ¿Eh? ¿Y la cabeza qué tal? ¿Todo va bien? ¿Y la abuela? ¡Ja, ja, ja, ja!...
Karpó sonríe, confuso, para su barba, arreglando los sacos en el carro, y mueve la cabeza:
-Sin pensarlo, he ido a parar al hospital...
-¡A ver, blasfema otra vez!
-¡Qué va! Ahora, si acaso después de pasar Storozhevoie, es posible que insulte al caballo...
-Ja, ja, ja!
La fama del balneario del noveno destacamento se extendió pronto por los alrededores. Los que acudían al molino no hacían más que recordar esa magnífica Institución y querían conocer de cerca a Lápot. Y Lápot, serio y cordial, les estrechaba la mano:
-Yo no soy más que el primer asistente. El profesor principal es éste: el camarada Osadchi.
Osadchi miraba fríamente a los campesinos. Los aldeanos palmoteaban con precaución la espalda desnuda de Lápot.
-¿Asistente? Ahora, en la aldea, si uno cae enfermo, en seguida decimos: ¿no quieres que te traigamos de la colonia al curandero del agua? Porque dice que puede visitar a domicilio...
Pronto conseguimos instaurar, en el molino el mismo ambiente que en la colonia. Había animación, alegría, la disciplina andaba con pisadas suaves y severas, agarraba cuidadosamente, delicadamente, a los Infractores casuales y los colocaba en su sitio.
En julio procedimos a la reelección del Soviet rural. Luká Semiónovich y sus amigos entregaron las posiciones sin combate. Pável Pávlovich Nikoláienko fue elegido presidente, y de los colonos pasó al Soviet rural Denís Kudlati.

Más ›