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UNA
TRADICION ANTIBUROCRATICA Y COMBATIVA, UN PRESENTE DE LUCHA
I
No fue una casualidad que en 1985 surgiera la necesidad de darle
realidad a una vieja aspiración de los docentes universitarios
como era tener un gremio nacional. La aparición de CONADU
era el producto de una gran transformación cuantitativa y
cualitativa del lugar de los docentes universitarios en el nuevo
panorama laboral y político de los primeros años posdictadura.
Lo explicaba el crecimiento numérico de los cuadros docentes,
la creación de varias universidades y carreras y en el caso
de la UBA la presencia del CBC, todo esto en el marco del incipiente
plan Austral que comenzaba una agresión presupuestaria que
no se detuvo hasta hoy. Resultaba lógico entonces que los
docentes universitarios superaran los límites del profesionalismo
y del academicismo y se lanzaran a ratificar definitivamente su
carácter de trabajadores.
En un espacio de trabajo tan singular, en donde prevalecían
los prestigios académicos, las particularidades disciplinarias
y una estructura con muchos resabios feudales y corporativistas,
siempre había resultado muy
dificultoso instalar una organización que no hiciera distingos
entre docentes rentados y ad honorem, regulares e interinos, con
dedicación exclusiva o simple, investigadores o docentes.
Además del hecho concreto democratizador que supone reconocer
para cada docente el valor de un voto en las asambleas, muy diferente
de la votación calificada y desproporcional de los órganos
directivos universitarios.
Fueron esos primeros años que encontraron a los docentes
de la Naranja trabajando por la construcción gremial unitaria
en aquellos lugares en donde no existía organización
sindical y defendiendo siempre el antiburocratismo allí mismo
en donde ya se expresaban las tendencias burocráticas y propatronales
en los gremios con mayor antigüedad. Quedan como grandes recuerdos
de las luchas de los docentes universitarios de la UBA, las multitudinarias
asambleas del CBC del 85,86 y 87 que desembocaron en la Gremial
con más votación de la UBA, las grandes huelgas del
88 (que acompañó la de todo el sistema educativo),
los dos meses de huelga de comienzos del 89.
II
En lo que respecta a la UBA, para la Naranja resultó un desafío
hacerse cargo con otros compañeros por aquellos años
de las Comisiones gremiales de varias Facultades al mismo tiempo
que participaba de manera crítica en la CIDUBA (Coordinadora
Interfacultades Docente de la UBA), cuya dirección transitoria
fue el primer y lamentable intento de vincular estrechamente los
objetivos gremiales con los destinos de la hegemonía universitaria
o política (ayer como hoy , el radicalismo, por aquellos
tiempos también el llamado peronismo renovador). La Naranja
desde el constitutivo Frente Gremial Docente de CONADU denunciaba
esa tendencia burocrática y propatronal que luego se va a
profundizar notablemente en el colapso gremial de la futura Aduba.
La Lista Naranja reivindica sus postulados antiburocráticos
como una conducta gremial consecuente de todos estos años,
reconoce que otros agrupamientos sindicales acompañaron estas
ideas en algunas oportunidades con mayor o menor énfasis,
pero nunca se encontrará a la Lista Naranja participando
de algunos de los intentos de burocratización por acuerdos
políticos o regimentación estatutaria en los que cayeron
circunstancialmente otros sectores.
III
La Aduba original, en donde la lista Naranja actuó como minoría
de la Comisión Directiva a partir de una votación
masiva de los docentes, se fue desplazando rápidamente no
solo a prácticas burocráticas y propatronales sino
directamente a una política de vaciamiento gremial que le
hizo mucho daño a la movilización sindical de los
docentes universitarios de la UBA, precisamente en una universidad
clave para el combate contra los ajustes presupuestarios. Utilizando
el fondo sindical de los descuentos por planilla para desarrollar
esta política terminó siendo el brazo gremial del
shuberofismo para los trabajos sucios de confusionismo y macartismo
sindical en el seno de la UBA. Ni qué decir del destino oficialista
de algunos de sus principales dirigentes cuyo lugar natural hoy
no son las asambleas de docentes sino los pasillos y oficinas de
Rectorados y ministerios.
En su momento, la lista Naranja evaluó la posibilidad de
dar el combate desde adentro hasta que esto se volvió imposible
y convocó a integrantes de la Comisión Directiva que
hasta ese momento participaban del oficialismo gremial para conformar
una nueva opción gremial según los postulados de la
democracia sindical y de las asambleas docentes. Para entonces se
había producido la crisis del Frente Gremial Docente en la
CONADU contemporánea de su división a nivel nacional,
en este caso por el apoyo que diversos sectores del Frente Gremial
le dieron a las políticas conciliatorias de la CONADU oficialista.
Con solo buscar en los documentos de la lista Naranja y en las intervenciones
de sus integrantes se advertirán los preanuncios que al respecto
se hicieron en su momento para evitar esa crisis, especialmente
importante porque debilitó, en este caso, el reagrupamiento
genuino de la izquierda sindical en el seno de la CONADU.
IV
Después de combates jurídicos y laborales por recuperar
el gremio para los docentes universitarios y ante la complicidad
del Rectorado y Ministerio de Trabajo en la protección de
una cúpula sindical corrupta y nada representativa, activistas
docentes de la UBA decidieron poner en pie una nueva alternativa
gremial, la AGD (Asociación Gremial Docente de la UBA) y
la lista Naranja puso todas sus energías y militantes gremiales
para el crecimiento de esta opción que hoy es la única
organización verdaderamente gremial de los docentes de la
UBA. Para la Lista Naranja es un orgullo ser un protagonista principal
de este proceso que ha desembocado en el reconocimiento jurídico
de la organización, aunque lo que más interesa es
que sean los propios docentes universitarios de base los que la
reconocen como la defensora de sus derechos. Fue toda esta experiencia
de lucha antiburocrática la que preparó a la AGD y
a la Lista Naranja en particular para protagonizar en la medida
de su fuerzas los acontecimientos de diciembre de 2001 que dieron
por tierra con dúo el De La Rúa-Cavallo y lo que permite
actualmente articularse con las luchas populares de caceroleros,
piqueteros y asambleístas populares.
Para la Lista Naranja, que siempre defendió el carácter
activo de los paros docentes, el espacio de la asamblea como lugar
de resolución y el programa de reivindicaciones como la estrategia
de la lucha, la actualidad de una movilización social que
haga suyos estos planteos le aumenta el entusiasmo por consolidar
un gremio universitario de manera definitiva.
Por eso, las próximas elecciones de la AGD necesitan de una
masiva presencia de docentes bajo este programa de lucha que al
mismo tiempo haga crecer la participación en los distintos
niveles de la actividad gremial para llegar a aquellos compañeros
que todavía no se han acercado a la organización.
Como ocurre con toda elección, siempre se hace un balance
de lo realizado y en este caso la Lista Naranja puede mostrar con
tranquilidad la coherencia gremial de más de quince años.
V
Se podría afirmar que lo que necesita la Universidad de Buenos
Aires de cara a la renovación de autoridades es homólogo
con lo que necesita el país. En el caso de la UBA estamos
hablando de una conducción cuya hegemonía ya lleva
16 años y que ha sido virtuosa en componendas, clientelismos
y dependencia política de los ajustes llevados a cabo. La
sola mención de que no ha realizado en todo este tiempo ninguna
asamblea universitaria que no fuera para la elección de Rector
habla por sí solo de la inercia burocrática de sus
órganos de gestión. Es que la UBA, como el país,
necesita de una profunda reforma política, no precisamente
la que quiere realizar el duhalsdismo o la que quiso implementar
el shuberoffismo en su oportunidad, para achicar los márgenes
de la oposición política y articular la estrategia
universitaria con los objetivos del mercado respectivamente. Nuestra
reforma universitaria debe tener el carácter democrático
de las tradiciones antiburocráticas que defendemos y de lo
que los piquetes, cacerolazos y asambleas populares están
señalando. La UBA necesita su propia Asamblea Universitaria
Constituyente que discuta la democracia universitaria, el control
presupuestario, que le reconozca a todos sus claustros el derecho
a la deliberación y decisión en el marco de una proporcionalidad
de la representación de acuerdo con la incidencia de cada
uno. Debe terminar con la existencia de docentes de segunda clase,
no docentes sin voto y de alumnos con voto calificado.
Debemos poner a la UBA en pie para encabece, como la Universidad
más grande del país, la lucha por el aumento del presupuesto
educativo y universitario, para que no haya más ningún
docente ad honorem en la Universidad, para que la carrera docente
y los concursos sean transparentes, para que se cumpla la media
canasta familiar como salario testigo-histórica reivindicación
de la CONADU-. Pero también debemos poner en pie a la UBA
para que se articule con el movimiento social y popular, única
manera de derrotar al plan económico, social, político
y cultural hambreador encarnado en los políticos del sistema,
los empresarios del modelo y los burócratas de siempre.
mayo
de 2002
Notas
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