Después
de los 2.000 casos reconocidos de curas pedófilos en la
Iglesia norteamericana; después de escándalos similares
en Irlanda, Italia, Alemania, Francia y varios países africanos;
después del escándalo de "monseñor"
Storni en Santa Fe, el cura Grassi ha sido encarcelado por abusar
de menores sin provocar la menor reacción de la "santa
madre Iglesia". Mientras tanto, siguen añadiéndose
nuevos casos de abusos contra menores en el ámbito de las
escuelas católicas.
Grassi fue detenido por una causa judicial iniciada en el año
2000. El fiscal declaró que existe un "patrón
de conducta" que permitiría calificar a Grassi como
abusador, además de "pruebas materiales" que
corroboran las declaraciones de víctimas y testigos. Autoridades
de la Secretaría del Menor y la Familia reconocen ahora
que existen denuncias contra Grassi desde hace dos años,
que involucran el delito de abuso de menores, que jamás
fueron investigadas (Página/12, 26/10).
¿Por qué las denuncias en su contra no fueron investigadas
de manera diligente por la Justicia y los organismos del Estado?
Por la sencilla razón de que la Iglesia goza en Argentina
de una completa impunidad. Mucho más cuando se trata de
un cura como Grassi, que hizo "carrera" de la mano de
Cavallo, Menem, Duhalde y la gavilla encabezada por Born y Galimberti.
Gracias a ellos, Grassi recibió millonarios subsidios estatales,
los mismos que se les niegan a los comedores escolares y a la
educación pública "por falta de presupuesto".
No deja de ser una muestra de hipocresía, típicamente
clerical, que Grassi "progresara" cuidando de los "niños
pobres" que sus amigos crearon en cantidades industriales
cuando gobernaron la Argentina.
Pero Grassi se valió de los niños para levantar
un imperio económico que maneja un presupuesto de varios
millones de pesos. Grassi hizo de la caridad un negocio capitalista.
No sólo para la banda Born-Galimberti-Rodríguez-Giménez,
que gracias a la cara del cura esquilmó varios millones
de dólares a la población. Además de estos
fondos y de los subsidios estatales, la fundación de Grassi
se sostiene con aportes de empresas privadas, que les permiten
a éstas evadir impuestos por decenas de millones de dólares
al año, además de digitar ideológicamente
el destino de sus "aportes", algo que no podrían
hacer en el caso de la asistencia social estatal. Eso sin mencionar
que la "beneficiencia" es un método fantástico
para el lavado de dinero La caída de Grassi es un golpe
a la política de "privatización de la caridad"
que desde hace años viene promoviendo la burguesía.
Grassi estaba financiado por el Estado y los grandes capitalistas;
por eso gozaba de impunidad. Ahora que cayó, sus defensores
ponen por delante a los 6.300 chicos que comen, viven y se educan
en su fundación. Desde el momento en que - según
Duhalde y Solá - la continuidad de estos servicios no está
en juego (¡otra vez, el Estado pondría la plata!),
las súplicas "por los chicos" no son más
que una presión sobre la Justicia para que libere a Grassi
en nombre de la "solidaridad social".
Como en todos los casos que han saltado de abusos de menores,
también en el caso de Grassi hubo un conciente encubrimiento
de la jerarquía eclesiástica. Un vocero del Obispado
de Morón reconoció que venía recibiendo denuncias
de abuso sexual contra Grassi desde hacía varios meses
pero las ocultaron. "No pensábamos que podía
saltar por ese lado", confesó el vocero a Clarín
(25/10). Es decir, que pensaban que Grassi podía "saltar"
por los manejos económicos de la Fundación, por
sus negocios con Menem y Cavallo, por la evasión de impuestos
de las empresas "benefactoras", pero no por el hecho
- por ellos conocido - del abuso de menores. La confesión
es una autocondena.
Storni y Grassi son apenas la pequeña punta de un inmenso
iceberg. La mayoría de los curas y especialistas entrevistados
por la prensa en los últimos días se vieron obligados
a reconocer que el abuso de menores es "un problema real
y existente en la Iglesia". Pero la Iglesia no ha denunciado
públicamente a ninguno de los curas abusadores ni ha dado
un solo paso para sacárselos de encima; al contrario, los
apaña y los encubre. ¿Hasta cuándo deberemos
seguir soportando que esta secta de degenerados y encubridores
continúe atribuyéndose el derecho a dictar las normas
morales de la sociedad y el monopolio de la educación?
La inmediata separación de la Iglesia del Estado, el cese
de todo subsidio estatal a la Iglesia y el establecimiento de
una educación única, estatal, laica y gratuita,
son medidas elementales para la defensa de la salud física
y moral de nuestros pibes. Entonces sí, cuando la educación
se libere de la tutela oscurantista de la Iglesia, se crearán
las condiciones para que los chicos sean felices. Mientras se
mantenga esta tutela y la Iglesia goce de impunidad, los únicos
felices serán los abusadores de menores.
Jorge
Martin
31-10-02