La
salvaje represión desatada contra los docentes el pasado
jueves 27 de febrero en La Plata, expresa el carácter abiertamente
antiobrero delduhaldismo. La policía actúo con saña
contra los manifestantes, lo que arrojó 23 compañeros
heridos con balas de gomas y centenares de compañeros con
contusiones de diversa magnitud.
La salvaje represión no estaba en los cálculos de
la dirección de Suteba, que se empeñó hasta
último momento en llegar a un acuerdo con el gobierno provincial.
Luego lanzó una medida aislada, un paro de 24 horas para
el primer día de clases, que no se compadece con la magnitud
del ataque en curso. La represión del 27 pone de relieve
-si todavía faltaban evidencias al respecto- el abismo
insuperable que existe entre las aspiraciones mínimas de
los trabajadores y la política gubernamental.
La ley votada por la Legislatura bonaerense representa un ataque
gigantesco contra los trabajadores de la educación y pone
en marcha el objetivo largamente acariciado de liquidar el Estatuto
del Docente.
Sobrepasada por los acontecimientos y en medio de la indignación
generalizada provocada por los hechos, la dirección Celeste
se vio forzada a extender la huelga prácticamente a toda
la semana, decretando un paro de 96 horas que culminará
con un marcha el próximo 7 de marzo a Plaza de Mayo.
Existe una gran deliberación dentro de la docencia sobre
los pasos a seguir. Hay instalada una gran desconfianza con la
burocracia de Yasky, luego de que él levantó el
paro por tiempo indeterminado y aceptó la rebaja salarial
y el pago en bonos. Escuelas que estuvieron a la cabeza de la
huelga el año pasado, esta vez optaron por darle la espalda
al sindicato, no asistieron a las asambleas y, en algunos casos,
hasta se opusieron a una medida de fuerza. En esta confusión
cabalgó la burocracia para hacer pasar sus propuestas de
compromiso con Solá que se revelaron, al poco de andar,
como inviables. Esta confusión fue alimentada también
por sectores de la izquierda, quienes inclusive se pusieron a
la derecha de la Celeste, al plantear que no había condiciones
para ninguna medida de fuerza.
Esta contradicción entre la necesidad de una lucha a fondo
y la desconfianza absolutamente fundada que provoca la burocracia,
debe ser superada en el curso de la propia lucha. En este marco,
tiene extremada importancia el pronunciamiento adoptado por la
asamblea de Marcos Paz, por una huelga por tiempo indeterminado
y la convocatoria a una asamblea general provincial, e incluso
convocarla desde las seccionales si la conducción provincial
no lo hiciese. Han aparecido otros planteos que apuntan a la huelga
general, como el de La Matanza, a favor de paros progresivos,
o el de Escobar, que votó un mandato por la huelga indefinida.
El planteo votado en Marcos Paz constituye un programa para el
conjunto de la docencia bonaerense. El paro de 96 horas, por otra
parte, instala por sí solo la cuestión de la huelga
general. ¿Qué otra cosa queda luego de ese paso?
Por ese motivo, pasa a ser clave el éxito del paro de 96
horas. El activismo debe tomar en sus manos la organización
del paro y asegurar su cumplimiento masivo con piquetes en las
puertas de las escuelas, asambleas permanentes y la coordinación
entre las escuelas. En este marco, impulsar los mandatos y pronunciamientos
a favor de huelga indefinida y la asamblea provincial.
Es la oportunidad para que la lucha docente empalme con el movimiento
popular de lucha expresados en los piquetazos y cacerolazos, aprovechando
los estrechos vasos comunicantes que unen a los docentes y escuelas
con la población, en las diferentes barriadas.
La lucha docente ocupa un lugar estratégico en el actual
escenario político. El desarrollo de la huelga en el magisterio
sería un disparador para la entrada en acción de
otros sectores del movimiento obrero, en especial la clase obrera
industrial, tendencia que ya está asomando.
¡Viva la huelga docente!
Pablo Heller
07-03-02