"Esta
es una noche de confiscaciones". En una de sus intervenciones,
Altamira caracterizó de este modo a la larga sesión
que aprobó el presupuesto de la Ciudad para el año
2003. El presupuesto establece un aumento de gastos y recursos
del 18%, pero con una inflación del 45% en el 2002 y una
previsión del 25% para el 2003, lo que conduce a una reducción
que, en términos reales, es de casi un 50%. Las primeras
víctimas de esta confiscación son los trabajadores
de la Ciudad, cuyos salarios quedan congelados durante el 2003.
A renglón siguiente, se reducirán los recursos para
Educación y Salud, que caerán un 17% en términos
reales. El panorama se agrava en materia de Vivienda y "Desarrollo
Social": para los casos de "emergencia habitacional"
contempla recursos como para asistir a 400 familias, cuando existen
más de 5.000 inscriptos que hoy viven en hoteles o casas
ocupadas y, de un modo general, un déficit de 150.000 viviendas.
En materia de ayuda alimentaria, el presupuesto prevé 70
centavos diarios por familia para los desempleados de la ciudad.
Para los sin techo, ni siquiera alcanzan los recursos para sostener
a los "actuales" desalojados en los hoteles que paga
el gobierno. Se han dejado de lado todos los reclamos de efectivización
de médicos o enfermeros; la penuria de medicamentos e insumos
hospitalarios será más grave que nunca.
El presupuesto sólo tuvo "generosidad" para el
rubro de Obras Públicas, que tendrá un incremento
real del 40%, pero sólo para asegurar la continuidad de
los contratos ya existentes, para pagar las indexaciones por mayores
costos que Ibarra le viene reconociendo a Techint, Macri, Roggio
y compañía. También consiguieron jugosas
indexaciones los concesionarios privados de la basura.
El FMI y los banqueros
Aunque la Legislatura fue formalmente convocada a "discutir
la ley de presupuesto", sólo comenzó con este
debate luego de que se sancionaran previamente dos normas que
condicionan por completo a los presupuestos porteños de
la próxima década. En primer lugar, se aprobó
un acuerdo de "financiamiento ordenado" entre la Ciudad
y el Estado Nacional, que le reconoce a la Ciudad el 1,4 por ciento
de los impuestos coparticipables y eleva las transferencias nacionales
a la Capital de unos 160 a 230 millones de pesos. Pero, simultáneamente,
la Ciudad se compromete a cancelar con este dinero deudas por
"anticipos" recibidos en el 2002. Además, el
"acuerdo" le impide a la Ciudad contraer préstamos
mientras dure su vigencia. Se trata, en definitiva, de un "plan
de ajuste", en el marco de los acuerdos de Duhalde y los
gobernadores para firmar un acuerdo con el FMI. Altamira denunció
este pacto como "un proceso confiscatorio y de una extraordinaria
centralización; un proceso de unitarismo fiscal y financiero
como nunca se ha visto y, precisamente, bajo la égida de
un gobierno peronista que se inscribe en la trayectoria histórica
del federalismo".
A renglón siguiente, se sometió a votación
la "reprogramación" de la deuda externa de la
Ciudad, un operativo que genera un negocio de comisiones por más
de 11 millones de dólares, y donde el Estado porteño
terminó reconociendo el 100% del capital de esa deuda,
con tasas de interés de entre el 6 y 7 por ciento, que
triplican las referencias internacionales en la materia. Adicionalmente,
la Ciudad le reconoce a los acreedores de la deuda en pesos -encabezados
por las principales Afjp del mercado argentino- una indexación
según la recaudación impositiva. Para este negociado
-y naturalmente también para el acuerdo Nación-provincias-
Ibarra contó con los votos de la mayoría de los
diputados del PJ, y en especial, de los más directamente
ligados a Kirchner. Ambito (17/12) lo definía como un "acuerdo
Ibarra-Duhalde". No en vano los duhaldistas acaban de colocar
a un ex empleado de J.P. Morgan -uno de los principales negociadores
de estas "reprogramaciones"- al frente del Banco Central.
Impuestazo
La refinanciación de la deuda externa que votó la
Legislatura establece una hipoteca insoportable para el futuro
más o menos cercano: en el 2006 y 2007, el 12% del presupuesto
porteño debe destinarse a cumplir con esa deuda usuraria.
El presupuesto constituye una confiscación inflacionaria
del pueblo de la ciudad, pues el incremento previsto en los ingresos
tributarios -un 23%- coincide exactamente con la "hipótesis
de inflación" prevista. Teniendo en cuenta que casi
la totalidad de la recaudación de la Ciudad reposa sobre
impuestos que se trasladan al consumidor, el fisco aumentará
sus ingresos a costa de los mayores precios que pagará
la población trabajadora por los productos y servicios
que consume. Además, se ha gravado a las mercaderías
producidas fuera de la ciudad -que son la gran mayoría
de los bienes consumidos en ella- con un aumento del 1,5% al 3%
en el impuesto a los ingresos brutos. Pero dentro de esta confiscación
general, redujeron la tasa que, por ese impuesto, pagaban los
grandes hipermercados, beneficiando a éstos en su competencia
respecto del pequeño comercio. Las "revaluaciones"
sobre propiedades y vehículos -también basadas en
la inflación- servirán también para el pago
de la deuda ususaria.
El "ajuste" pretende disimular que los grandes monopolios
exportadores y, en general, todos los grupos beneficiados por
la devaluación y la pesificación de sus deudas,
tienen sus sedes en la ciudad. Altamira denunció que sólo
130 grandes contribuyentes -entre ellos, las Afjp, los pulpos
petroleros, siderúrgicos y bancarios, y las privatizadas-
concentran el 50% de la recaudación de ingresos brutos.
El presupuesto de Ibarra no contempla siquiera medidas impositivas
de emergencia que apunten a capturar los sobre-beneficios obtenidos
por estos pulpos a partir de las medidas de Duhalde/Lavagna.
Atenazado por la deuda externa, por el acuerdo fondomonetarista
con la Nación; por los compromisos con los contratistas,
el presupuesto 2003 es la declaración de quiebra de un
gobierno también fundido. También hay vaciamiento,
porque el Estado de la Ciudad ha facultado a su sociedad autónoma
Ausa (Autopistas Urbanas) a retener sus ingresos por peajes para
subcontratar obras públicas, tomar préstamos y otras
operaciones que, naturalmente, podrán realizarse sin someterlas
a la auditoría del Estado. Es decir que mientras el "presupuesto
oficial" irá a parar a los usureros, la clique "progresista"
ha montado un presupuesto paralelo.
Pasada la noche de confiscaciones, los legisladores se retiraron
satisfechos, en medio de la indiferencia popular. Horas más
tarde, los municipales porteños iniciaban una huelga contra
el congelamiento salarial dispuesto por la administración
"progresista". La respuesta del pueblo de la ciudad
a la declaración de guerra votada por los partidos del
régimen apenas ha comenzado.
Marcelo
Ramal
De Prensa Obrera Nº 787, 09-01-03