-
- por
Gabriel
Solano
(Publicado
en "En Defensa del Marxismo" N° 25 – Noviembre de
1999)
Desde
hace algunos años, se viene desarrollando en forma creciente en
varios países del mundo la denominada "educación a
distancia". Como indica su nombre, la novedad consiste en
que los alumnos que estudian bajo esta modalidad pueden cursar
sus carreras desde su casa, a partir del uso de computadoras,
sin necesidad de concurrir a las aulas de las facultades.
Aunque,
en apariencia, parezca un proyecto para el futuro, la
"educación a distancia" tiene ya en el presente un
desarrollo muy importante. En Turquía, hay 580 mil estudiantes
a ‘distancia’, 350 mil en Indonesia, 242 mil en la India,
217 mil en Tailandia, 211 mil en Corea, 530 mil en China (1).
También en nuestro país hay ejemplos que muestran este
desarrollo. En la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA hay
10.000 estudiantes a ‘distancia’ y, recientemente, la
Universidad de Quilmes ha dispuesto que dos carreras se cursen
exclusivamente bajo esta modalidad (2).
Sus
defensores han equiparado el surgimiento de la "educación
a distancia" con una verdadera revolución en materia
educativa, que viene a remover siglos y milenios de
estancamiento. Uno de ellos afirma que "ya pasaron 2.500 años
desde la época de Sócrates, Platón y Aristóteles. Desde
entonces, creamos naves espaciales, biotecnología, ingeniería
genética, rayos láser, radioastronomía, matemáticas
no-lineales, teoría del caos, satélites, supercomputadoras, TV
interactiva e inteligencia artificial. Denominamos a esto
progreso. ¿Pero qué sucede con la educación? Dos milenios y
medio después, todavía ponemos alumnos en las aulas con una
autoridad que les enseña por períodos determinados de tiempo.
Avanzamos muy poco desde el paradigma educacional de Sócrates y
sus discípulos" (3).
Esta
pomposa definición viene a ocultar la verdadera finalidad de la
"educación a distancia". En realidad, ésta se ha
convertido en un instrumento de primer orden para desarrollar la
privatización de la educación estatal, abriendo la posibilidad
de que los grandes capitalistas se apropien del presupuesto
destinado a la educación, que sólo en los países
pertenecientes a la Ocde se calcula en más de un billón de dóIares
anuales. Este mercado, que es codiciado activamente por los
capitalistas, abarca en la UE a cuatro millones de docentes, 80
millones de alumnos y estudiantes, 320 mil establecimientos
escolares. Pero, como reconoce un importante órgano del
imperialismo francés, será necesario, para desarrollar este
objetivo, producir el "desmantelamiento de lo principal del
servicio público de la enseñanza" (4).
Educación y empresa
En
junio de 1989, una mesa redonda de empresarios europeos publicó
un informe denominado "Educación y competencia en
Europa", en el que se señala que la "educación y la
formación están consideradas como investiduras estratégicas
vitales para el éxito futuro de la empresa", pero que,
lamentablemente, "la educación y la formación son
consideradas siempre por los gobiernos como un asunto
interno", desvinculado de la industria. Para superar esta
dicotomía, proponía que establecimientos de educación y
empresa trabajen juntos en el desarrollo de programas de enseñanza,
sobre todo gracias al "aprendizaje a distancia" y la
puesta a punto de los "didacticiels" (logiciels de
aprendizaje en computadora).
En
1991, la Comisión Europea señaló que una "Universidad
abierta es una empresa industrial y la educación superior a
distancia es una industria nueva. Esta empresa debe vender sus
productos en el mercado de la enseñanza, regido por las leyes
de la oferta y la demanda". Califica a los estudiantes como
"clientes" y a los cursos como "productos"
susceptibles de ser realizados en el mercado de la educación.
Para ser categóricos, en 1994, durante una reunión del G7
dedicada a la "sociedad de la información", se planteó
que "la responsabilidad de la formación debe estar, en
definitiva, asumida por la industria... La educación debe ser
considerada como un servicio devuelto al mundo económico".
Los
industriales que han fogoneado estas resoluciones de la Comisión
representan a las grandes empresas informáticas europeas
(Olivetti, Philips, Siemens, British Telecom, Telefónica). Este
sector del gran capital espera beneficiarse con la generalización
de la educación a ‘distancia’, que producirá el
crecimiento de la venta de materiales y del volumen de las
comunicaciones telefónicas y, lo que no es menos importante,
las ganancias provenientes de la venta de los derechos de autor
y derechos vecinos sobre la comercialización y explotación de
los "didacticiels" (5). El conjunto de la estrategia
debe desembocar en una "mejor adecuación de la enseñanza
a las exigencias de la industria, una reducción de los costos
de formación de la empresa y una atomización de los
estudiantes y docentes, cuyas turbulencias son siempre
temidas".
Las
empresas también han visto los beneficios de que sus empleados
se formen a ‘distancia’. Por ejemplo, Bosch estimó que los
costos de formación de su personal eran elevados y resolvió
que el personal se forme a domicilio a través del uso de
computadoras personales. Desde 1996, el 20% del personal se
forma en su casa durante sus horas de "ocio". Bosch se
ahorra así los gastos de formación en la empresa, que ahora
corren por cuenta de sus empleados y, además, se aprovecha de
toda la jornada laboral.
Privatización
y copamiento imperialista
Una
de las características fundamentales de la educación a
‘distancia’ es que el sostenimiento de la educación ya no
estará a cargo del Estado sino de los propios estudiantes y de
sus familias. La Ocde publica un informe, en 1996, donde se señala
que "el compromiso más importante del lado de los
estudiantes es el financiamiento de una gran parte de los costos
de su educación". En otro documento, señala algo similar:
"los estudiantes se transforman en clientes y los
establecimientos competidores luchan para obtener una parte del
mercado... Los estudiantes deben pagar total o parcialmente sus
cursos" (6).
Con
la educación a ‘distancia’ se invierten los términos del
planteamiento que Marx había hecho sobre la educación, al
criticar el Programa de Gotha del Partido Socialista Alemán.
Según Marx, mientras la clase obrera debía luchar para que el
Estado sostenga a la educación, a la vez, tenía que rechazar
que el control ideológico de la enseñanza quedara en manos de
éste, ya que, como representante de la clase capitalista, iba a
condicionar su sostenimiento al del régimen social burgués.
Como puede verse, con la educación a ‘distancia’ los
capitalistas refuerzan como nunca su control sobre el proceso de
aprendizaje y sobre los contenidos que se dictan, pero el
sostenimiento de la educación no corre por cuenta del Estado
sino que pasa a manos directas de los trabajadores, es decir,
que aumenta la confiscación del salario.
Para
los sectores de la población que no puedan pagar sus estudios,
los funcionarios de la ‘enseñanza’ les tienen reservada una
educación ‘básica’, completamente descalificada. "Se
distinguen claramente los fines de los industriales: crear al
margen de las redes de enseñanza pública, reducidas a otorgar
una educación básica, un vasto sistema privado y comercial de
teleenseñanza" (7). Para los capitalistas, el rol del
Estado no es desconocido; su papel "se limita a asegurar el
acceso al aprendizaje de los que no constituyen un mercado
rentable y de los que su exclusión en la sociedad se acentuará
a medida que otros van a continuar progresando". Acá la
Ocde expresa claramente lo que no se atrevió a decir la Comisión,
"los docentes que sobrevivan se ocuparán de la población
no rentable". De esta manera, la educación, lejos del sueño
pequeñoburgués que le atribuye la función de niveladora
social, se convierte en un instrumento de profundización de las
diferencias clasistas de la sociedad.
La
posibilidad de estudiar a ‘distancia’ crea también la
oportunidad del copamiento de los sistemas educativos de las
semicolonias por parte de las grandes potencias imperialistas.
Un estudiante de nuestro país, por ejemplo, puede elegir entre
estudiar, a través de su computadora, en la Universidad de
Quilmes o del Comahue, o hacerlo en Harvard o la Sorbona. Así
lo reconocen los ‘papers’ de la Comisión: "la
posibilidad nueva de proponer programas de enseñanza en otros
países, sin que los estudiantes o docentes salgan de sus casas,
podría tener gran repercusión sobre la estructura del sistema
de enseñanza y formación a escala mundial".
Las
transformaciones a las cuales se hace referencia serían el
copamiento del mercado educativo por parte del gran capital y
tendría, como una de sus consecuencias, la destrucción y el
cierre de las universidades y facultades de las semicolonias. El
ministro de Educación francés señaló, en 1996, que estaban
listos para lanzarse al copamiento del mercado mundial.
"Nosotros vamos a vender nuestra habilidad en el extranjero
y nos hemos fijado como objetivo la cifra de 2 mil millones de
francos en el negocio durante 3 años. Estoy convencido de que
se trata del gran mercado del siglo XXI. Un solo ejemplo: un país
como Australia gana 7 mil millones de francos gracias a la
exportación de sus formaciones" (8).
En
el mercado educativo se puede ver el mismo mecanismo que rige la
competencia capitalista. El gran capital desplaza al más pequeño,
que va a la quiebra mientras el primero se concentra. Por lo
tanto, ya no estamos sólo ante una política de privatización,
es decir, ante un acuerdo o ante la adquisición por parte del
capital privado de una universidad o un centro educativo estatal
sino ante la eventualidad de la destrucción del sistema
educativo nacional, que desaparecerá, y en su lugar se deberá
estudiar a ‘distancia’ los cursos dictados en los países
imperialistas. Como el capital busca, para que sea lucrativa su
inversión, mercados de escala, se están realizando nuevos
estudios para aplicar la "educación a distancia" a la
enseñanza primaria y secundaria, "los principales mercados
en términos de economías de escala".
Si
se desarrolla el "gran negocio del siglo XXI",
estaremos ante un retroceso nacional de características históricas,
ya que la burguesía nativa perdería el control no sólo del
proceso de formación de sus jóvenes sino de todo proceso de
investigación científica y de desarrollo tecnológico que
permite a un país adquirir un desenvolvimiento autónomo en el
mercado mundial. Se agudizaría aún más la división del
planeta entre países explotadores, por un lado, que concentrarían
la riqueza, la investigación y hasta el monopolio de la cultura
y, del otro, los países explotados o semicoloniales, que verían
acentuadas la transferencia de riqueza a las metrópolis (para
pagar, por ejemplo, un curso a ‘distancia’ a EE.UU. o
Francia) y su dependencia tecnológica y productiva.
Estudiantes
sin títulos...
Los
mentores de la "educación a distancia" no han podido
obviar que para poder copar el mercado educativo mundial es
necesario terminar con el monopolio por parte de los estados
nacionales del otorgamiento y reconocimiento de los títulos
habilitantes. Para sortear este obstáculo, no han elegido el
camino de promover un cambio en la legislación de cada país
porque esto llevaría años o décadas. Los miembros de la
Comisión han optado por la creación de una "tarjeta de
acreditación de competencias" que reemplazaría a los
actuales títulos emitidos por las Universidades.
Como
explica Le Monde Diplomatique, la idea es simple,
"imaginemos que un joven accede a numerosos proveedores
comerciales de enseñanza por Internet y obtiene así, pagándolos,
competencia en técnica, en gestión, en lenguas. A medida que
avanza su autoaprendizaje, los proveedores de enseñanza le van
a acreditar los conocimientos adquiridos. Esta acreditación será
contabilizada sobre un disquete ("la tarjeta")
introducida en su PC, que estará conectado con los proveedores.
Cuando ese estudiante busque un empleo, introducirá el disquete
en la máquina y se conectará a un ‘site’ de ofertas de
empleo administrado por una asociación patronal. Su perfil será
analizado y si sus competencias corresponden a las buscadas será
contratado".
Como
puede verse, la forma que han encontrado para sortear el
reconocimiento de los diplomas es eliminándolos. Los grandes
capitalistas administrarán su propio sistema sin preocuparse
del control del Estado Nacional ni de las propias Universidades.
De esta forma, el desarrollo de la cultura y la investigación
quedarán directamente en manos de la clase capitalista (no así
el sostenimiento, que estará a cargo del estudiante), en
momentos en que su declinación histórica, ha demostrado ya su
incapacidad para ser un factor de desarrollo de las fuerzas
productivas de la humanidad.
...
y sin docentes
Desde
el mismo momento en que los estudiantes pueden realizar sus
estudios en su domicilio, a través de su computadora personal o
Internet, los docentes han dejado de existir. Como reconoce un
documento de la Ocde del ‘96: "el aprendizaje no debería
fundarse sobre la presencia puramente de los docentes sino que
debería estar asegurada por prestadores de servicios
educativos" (9). Y, como señalamos más arriba, los
docentes que ‘sobrevivan’ serán sólo para la población no
rentable que no puede acceder a los "prestadores de
servicios educativos".
Pero
una educación sin docentes, donde el estudiante está aislado
de sus pares, es en realidad una no-educación, que se limita a
la repetición de los cursos recibidos a distancia, sin
posibilidad de una formación crítica ni de confrontar
posiciones divergentes. Así lo admite, con sus propias
palabras, la Comisión al decir "la educación apunta a
aprender, no a recibir una enseñanza... no tenemos tiempo que
perder". La educación del hombre pierde, de esta manera,
su carácter social, entendiendo como social la cooperación de
diversos individuos para un fin determinado. Conclusión: los
que prometieron una revolución pedagógica y educativa, que iba
a superar la ‘magra herencia’ de los griegos, finalizan
realizando un retroceso cultural fenomenal, reforzando las
tendencias más reaccionarias de la educación actual como su
carácter memorístico y autoritario.
Este
profundo retroceso no puede ser encubierto con el llamado de la
Comisión a los gobiernos nacionales para que entiendan a la
educación como un proceso que debe extenderse desde "la
cuna a la tumba", debido a que la velocidad de los cambios
que introducen las nuevas tecnologías harían necesario un
proceso de adaptación permanente. En realidad, estamos en
presencia de una descalificación permanente, que limita el
aprendizaje a las necesidades básicas para poder manejar una máquina
o una nueva computadora. La "educación a distancia",
entonces, implica llevar al plano educacional la desvalorización
de la mano de obra que ya se opera en la propia realidad económica
capitalista.
Este
proceso tiene como base la tendencia contradictoria del
desarrollo tecnológico en la producción y en la industria a
que se hace referencia. "El desarrollo de las nuevas
tecnologías hace que, en todos los ámbitos, las tareas que
realizan los trabajadores sean más sencillas que hace pocas décadas.
El crecimiento en complejidad de las máquinas y los sistemas
administrativos va en paralelo a la simplificación de los
conocimientos necesarios para los operarios. Lo que la clase
patronal pretende es reducir la instrucción impartida por el
sistema educacional a los conocimientos específicos o
parcializados, considerando superfluo todo lo que contribuya a
dar al niño y al joven una comprensión de conjunto del mundo
que lo rodea, lo cual quedaría reservado para una elite de la
clase dominante" (10) En definitiva, la "educación a
distancia" viene a corroborar el gran acierto de Marx,
quien en el Manifiesto Comunista denunció que, bajo el
capitalismo, "la educación es para la inmensa mayoría de
los hombres sólo un adiestramiento que los convierte en máquinas".
Ingreso
y movimiento estudiantil
Para
el capital, la "educación a distancia" representa,
antes que nada, la posibilidad de encontrar una salida a la
crisis del sistema universitario, crisis que hasta ahora no ha
podido resolver. Para el régimen social capitalista, la causa
de la crisis actual se debe a la masificación de la educación
superior, que se demuestra en el gigantesco crecimiento de la
matrícula. Este crecimiento, que data de los años posteriores
a la Segunda Guerra Mundial, se puede verificar en los
siguientes datos: en América Latina, en 1950, había 75
universidades con 270 mil alumnos y 25 mil profesores. En 1988,
las universidades eran ya 450, más 2.000 institutos de enseñanza
superior, siendo la cantidad de alumnos superior a los 6
millones, sólo en la universidad. En la denominada ‘década
perdida’ de 1980-1990, las universidades crecieron un 5%
anual, a pesar del retroceso económico (11). Este proceso tiene
características mundiales: en Francia, por ejemplo, la cantidad
de estudiantes universitarios creció de 150 mil en 1956 a 605
mil en 1967.
La
masividad de la educación superior ha sido una conquista de los
explotados, que lograron que muchos sectores antiguamente
marginados de la universidad, puedan ingresar a ella. La burguesía
debió tolerar, al principio, este proceso como una forma de
evitar un desenvolvimiento revolucionario de la juventud en la
posguerra. La universidad se convirtió, entonces, en una playa
de estacionamiento para las nuevas generaciones que, mientras
permanecían en el sistema educativo, aliviaban la presión
sobre el mercado de trabajo, en el cual no podían tener cabida.
La
crisis capitalista, sin embargo, ha llevado a la burguesía, una
y otra vez, a querer quebrar el ingreso masivo a la Universidad.
Los exámenes de ingreso que la dictadura de Videla hizo célebres,
el CBC de Alfonsín en la UBA o, más recientemente, el CPI de
Ferreira en Medicina de la misma universidad, son distintas
formas para llegar al mismo objetivo. Pero es necesario
reconocer que todos estos intentos han fracasado, como se
demuestra en el crecimiento imparable de la matrícula
estudiantil. No es casualidad, entonces, que en la Facultad de
Ciencias Económicas de la UBA, donde el aumento de la matrícula
supera a cualquier otra facultad de América, sea la primera en
el país en aplicar la "educación a distancia". En
poco tiempo, ya hay más de 10.000 estudiantes a ‘distancia’
que deben pagar un arancel, pero que reciben una educación
completamente devaluada, Aunque todavía no hay estadísticas
oficiales, el porcentaje de ‘bochazos’ entre los estudiantes
a distancia alcanza en algunas cátedras el 90%, una cifra muy
superior comparada con los estudiantes presenciales.
Por
un lado, la necesidad de los gobiernos de reducir los
presupuestos educativos como una forma de disminuir los gastos
del Estado y, por otro lado, la incapacidad del ‘mercado’
para emplear mano de obra calificada, han transformado la cuestión
del ingreso en un problema de características estratégicas.
Pero está claro que, para poder llevar a cabo esta política,
primero se deberá derrotar al movimiento estudiantil, que ha
resistido durante estos años la política limitacionista de los
regímenes dictatoriales y democráticos.
La
"educación a distancia" busca precisamente
desmantelar al movimiento estudiantil, destruyendo su unidad en
los edificios y aulas, que es lo que le da el carácter de un
movimiento masivo. La "atomización de los estudiantes y
docentes, cuyas turbulencias son siempre temidas"
representa, entonces, un objetivo fundamental de la educación a
distancia. No es casualidad que sea en China, donde el
movimiento estudiantil ha sido protagonista de las principales
acciones históricas, desde la revolución de 1911 contra la
monarquía hasta la Plaza de Tienanmen en 1989, donde la educación
a distancia alcanzó su máximo desarrollo.
Descomposición
capitalista, educación y universidad
La
razón del proceso que ha dado nacimiento a la "educación
a distancia" no ha sido, como señalan sus apologistas, la
necesidad de producir un ‘revolución educativa’ ni un
profundo cambio pedagógico. Por el contrario, si se quiere
transitar por un camino cierto, deben buscarse sus causas en la
descomposición capitalista, que tiene como característica
inmanente la tendencia a la destrucción de capital productivo
de la sociedad, que abarca también a las propias universidades,
y la necesidad de incorporar al terreno directo de la explotación
capitalista todos los campos de la vida social, inclusive la
educación.
Es
la crisis y la descomposición del capital la causa de que la
masividad que han alcanzado las universidades en las últimas décadas
sea sinónimo de su retroceso y estancamiento, y no de su
desarrollo y esplendor. La crisis, que se produce por la
incapacidad del capital de valorizarse a una tasa
‘apropiada’, se ha convertido en un freno al avance de la
ciencia y de la investigación. De esta forma, la formación de
mano de obra calificada aparece como una tarea desactualizada e
innecesaria. Por esto surgen comentarios del tipo, "sobran
médicos, ingenieros o historiadores", como si
‘sobrara’ que el ser humano se forme en la ciencia y en los
conocimientos modernos.
La
"educación a distancia" es, en definitiva, un
producto del propio capital, que expresa, en la forma más
parasitaria, su tendencia a la crisis y a su propia disolución.
Al movimiento estudiantil se le presenta el desafío de rechazar
esta política, como un paso más en la lucha por la defensa de
la cultura y la educación que, para darse en forma consecuente,
debe enfrentar al propio responsable de su destrucción, es
decir al capitalismo.
- Notas
- 1. Osvaldo Coggiola, Revista ADUSP Nº 15.
- 2. Clarín.
- 3. Osvaldo Coggiola, Op.Cit.
- 4. Le Monde Diplomatique, junio de 1998.
- 5. En la Universidad Ableta de Cataluña, los requisitos para poder
estudiar a distancia son los siguientes: disponer de una
computadora personal, impresora, modem, CD-ROM, televisor,
casete, video. Ver Temas y Propuestas Nº 15, revista
pedagógica de la Facultad de Ciencias Económicas.
- 6. En la universidad a distancia Open University cada curso oscila entre
los 400 y 3.000 pesos.
- 7. Le Monde Diplomatique, junio de 1998.
- 8. Idem.
- 9. Le Monde Diplomatique, junio de 1998.
- 10. Ver Análisis y crítica de los proyectos para implementar la Ley
Federal de Educación, editado por Tribuna Docente,
1994.
- 11. Osvaldo Coggiola, Op.Cit.
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