|
Pablo
Rieznik
|
Como
el
reclamo
de
una
reformulación
del
gobierno
de
la
Universidad
y
de
su
cuerpo
docente,
los
estudiantes
de
la
ciudad
de
Córdoba
dieron un
puntapié
inicial
de
un
vasto
movimiento
definitivamente
inscripto
en
la
historia,
no
sólo
de
nuestro
país
sino
de
América
Latina
toda.
Más
allá
de
sus
reivindicaciones
originales,
la
Reforma
se
fundó
en
el
ímpetu
y
el
vigor
de
una
movilización
de
características
revolucionarias.
Los
universitarios
cordobeses
comenzaron
el
año
decretando
la
huelga
general,
ganaron
la
calle
para
imponer
sus
reclamos,
apelaron
a
la
acción
directa
cuando
fue
necesario
impedir
por
la
fuerza
la
elección
de
autoridades
comprometidas
con
el
pasado
que
deseaban
enterrar,
llegaron
inclusive
a
ocupar
las
casa
de
estudio
y
nombraron
a
sus
propios
representantes
como
rectores
y
decanos
de
los
claustros. |
|
|
Soldados
se disponen a reprimir |
|
a
los universitarios |
Por
sus
objetivos
inmediatos
la
juventud
de
Córdoba
“se
levantó
contra
un
régimen
administrativo,
contra
un
método
docente,
contra
un
concepto
de
autoridad”
(“Manifiesto
Liminar
de
la
Reforma”,
21
de
junio
de
1918)
pero
dio
a
esta
lucha
un
alcance
mucho
más
amplio
identificando
su
cometido
con
la
“necesidad
de
romper
todos
los
vínculos
que
nos
ligan
a
la
tradición
colonial,
completando
la
obra
de
los
revolucionarios
de
Mayo”
(Orden
del
Día
del
acto
estudiantil
realizado
en
Buenos
Aires,
28
de
julio
de
1918).
La
nueva
generación
emergía
entonces
en
un
mundo
convulsionado
por
la
barbarie
de
la
I
Guerra
Mundial
y
trataba
de
comprender
las
señales
de
la
reciente
Revolución
Rusa;
se
sentía
además
protagonista
de
la
vida
política
a
la
cual
irrumpieron
las
clases
medias
bajo
el
ala
del
yrigoyenismo
y
de
la
implantación
del
sufragio
secreto.
Su
acción,
por
lo
tanto,
estaba
insuflada
por
el
carácter
épico
y
transformador
de
los
acontecimientos
de
la
hora.
Este
afirmaba
como
un
gran
sentimiento
más
que
como
un
programa
-que
nunca
precisó-:
“las
resonancias
del
corazón
nos
lo
advierten:
estamos
pisando
sobre
una
revolución,
estamos
viviendo
una
hora
americana,
si
en
nombre
del
orden
se
nos
quiere
seguir
burlando
y
embruteciendo,
proclamamos
bien
alto
el
sagrado
derecho
a
la
insurrección”
(“Manifiesto
Liminar”).
La
bandera
de
la
Reforma
Universitaria
fue
el
emblema
común
en
el
cual,
de
hecho,
se
fundó
todo
el
movimiento
estudiantil
latinoamericano;
desde
Chile,
Bolivia
y
Perú
en
el
extremo
sur
hasta
México
y
Cuba
en
la
otra
punta
del
continente.
Si
los
estudiantes
cordobeses
se
plantearon
genéricamente
encarnar
el
cumplimiento
de
la
inacabada
independencia
nacional
y
la
solidaridad
de
los
“hombres
libres
de
América”,
el
significado
y
la
perspectiva
de
la
lucha
emancipadora
-antiimperialista-
implícita
en
la
reforma
educativa,
fue
dominando
progresivamente
los
debates
y
la
delimitación
política
en
el
seno
del
movimiento
reformista.
De
sus
filas
surgirán
en
la
década
del
'20
el
planteamiento
de
un
movimiento
nacionalista
de
contenido
burgués
capaz
de
viabilizar
un
desarrollo
capitalista
moderno
en
nuestro
atrasado
continente.
Este
será
el
fundamento
del
APRA
peruano,
organizado
como
partido
cuando
se
frustró
la
intención
original
de
darle
un
carácter
de
movimiento
organizado
en
Latinoamérica
toda.
Con
el
cubano
Mella
el
reformismo
trascenderá
sus
propios
límites
para
proclamar
la
inviabilidad
de
sus
objetivos
fuera
del
cuadro
de
una
revolución
dirigida
por
el
movimiento
obrero.
En
los
años
'30,
sin
embargo,
bajo
la
bandera
de
la
Reforma
el
movimiento
estudiantil
será
arrastrado
por
el
stalinismo
y
los
democratizantes
a
un
frente
común
con
el
imperialismo.
La
lucha
contra
los
elementos
clericales
y
ultramontanos
del
nacionalismo
se
dará
desde
la
trinchera
antinacional
del
gorilismo
latinoamericano.
Las
reivindicaciones
democráticas
de
la
Reforma
no
han
tenido
nunca
vigencia?
Aún
hoy,
la
autonomía,
el
cogobierno,
la
docencia
libre,
definen
la
plataforma
de
acción
del
movimiento
estudiantil
universitario.
Su
contenido
y
su
significado
no
son
sólo
materia
histórica
sino
una
cuestión
política
relevante
y
de
actualidad.
Su
abordaje
en
el
presente
significa,
sin
embargo,
superar
los
propios
horizontes
trazados
por
la
Reforma,
su
vago
idealismo
democrático,
su
incapacidad
para
precisar
los
vínculos
entre
los
estudiantes,
la
educación
y
la
sociedad
clasista.
En
su
formulación
inicial
los
reclamos
reformistas
expresaban
la
aspiración
de
la
clase
media
ilustrada
por
quebrar
los
moldes
de
la
Universidad
colonial,
corporativa
y
oligárquica,
que
reinaba
incólume
en
las
primeras
décadas
del
siglo.
En
su
afán
indudablemente
progresista,
y
por
la
vía
de
su
propia
hegemonía,
el
estudiantado
alzado
postuló
no
sólo
la
factibilidad
de
una
educación
moderna
sino
hasta
la
elevación
de
la
misma
Universidad
a
la
condición
de
fuerza
dirigente
de
una
transformación
social,
inclusive,
revolucionaria.
La
condición
mesiánica
que
permea
los
pronunciamientos
y
la
conducta
de
los
principales
líderes
del
estallido
cordobés
revela,
en
la
ampulosidad
de
su
verbo,
las
limitaciones
de
clase
de
su
propio
movimiento.
La
intelligentsia
pequeñoburguesa
revela
históricamente
ese
gusto
particular
por
la
palabra
exaltada
y
el
recurso
al
incendio
discursivo
en
lo
cual
fue
pródigo
el
movimiento
de
la
Reforma.
Las
circunstancias
no
permitieron
superar
este
cuadro
que
algunos
consideran
como
virtud:
“La
Reforma
no
tiene
programa
oficial,
[...]
nadie
puede
invocar
el
título
de
vocero
exclusivo
de
sus
principios”
(A.
Ciria
y
H.
Sanguinetti,
La
Reforma
Universitaria).
Lo
cierto
es
que,
anunciando
una
revolución,
la
Reforma
no
pudo
encontrar
el
sujeto
colectivo
de
la
transformación
social.
Aquello
que
no
encontraba
en
la
materia
misma
de
la
sociedad
lo
buscó
en
la
inmaterialidad:
“las
almas
de
los
jóvenes
deben
ser
movidas
por
fuerzas
espirituales”,
reza
el
belicoso
y
ya
citado
“Manifiesto
Liminar”.
La
vaguedad
de
las
formulaciones
de
la
Reforma
de
1918
permitió
que
en
su
seno
proliferaran
las
más
diversas
tendencias
políticas.
En
todo
caso
hay
que
distinguir
el
fervor
revolucionario
de
sus
fundadores
y
hasta
los
límites
objetivos
de
su
época,
de
la
podredumbre
de
muchos
de
quienes
desde
entonces
se
declararon
sus
seguidores.
Hoy
los
agentes
del
FMI
y
la
entrega
se
dicen
herederos
de
la
Reforma
y
en
su
nombre
plantean
una
política
de
liquidación
de
la
escuela
pública,
de
desmantelamiento
de
la
enseñanza
superior
y
de
hambreamiento
de
la
docencia
nacional.
Lo
que
la
Reforma
dejó
pendiente
la
historia
lo
ha
zanjado
definitivamente.
En
una
época
dominada
por
la
superexplotación
de
los
trabajadores
y
la
exacerbación
de
la
opresión
nacional,
la
tendencia
dominante
es
a
la
descalificación
en
masa
de
la
mano
de
obra,
a
la
destrucción
y
despilfarro
de
los
recursos
educativos.
Universidad,
educación
y
capitalismo
son
incompatibles.
La
cuestión
educativa
no
puede
resolverse
al
margen
de
la
lucha
de
clases.
Sólo
la
clase
obrera,
como
artífice
de
su
propio
destino
puede
reconstruir
la
sociedad
sobre
una
nueva
base.
La
revolución
educativa
es
inseparable
de
la
revolución
social.
El
balance
de
la
Reforma
Universitaria
puede
y
debe
poner
de
relieve
esta
conclusión
fundamental
como
enseñanza
de
la
propia
experiencia
histórica.
La
Universidad
anterior
a
la
Reforma
Las
universidades
argentinas
-Buenos
Aires,
Córdoba
y
La
Plata-
se
regían
por
la
Ley
Avellaneda,
dictada
en
1885.
En
las
universidades
de
La
Plata
y
Buenos
Aires
se
habían
realizado
reformas
para
darle
una
cierta
participación
al
cuerpo
docente
compuesto
por
la
elite
liberal.
Los
cambios
en
la
educación
superior
fueron
reflejando
los
cambios
en
las
principales
ciudades
del
país,
principalmente
en
Buenos
Aires.
“Desde
1869
a
1914,
la
población
argentina
casi
se
había
quintuplicado.
Los
extranjeros,
que
en
1869
no
pasaban
de
210.292,
cuarenta
y
cinco
años
más
tarde
sumaban
2.357.292
o
sea
el
30%
de
la
población
total”
(A.
Ciria
y
H.
Sanguinetti,
La
Reforma
Universitaria).
Con
el
aumento
de
la
población
se
fue
gestando
una
clase
media
urbana
que
presionaba
por
una
democratización
del
acceso
y
de
la
organización
misma
de
la
universidad.
En
las
universidades,
que
hasta
el
momento
eran
un
coto
cerrado
de
las
clases
dominantes,
la
consecuencia
fue
que
la
matrícula
tendió
a
un
crecimiento
muy
significativo
por
la
incorporación
de
nuevos
sectores.
En
la
Universidad
de
Buenos
Aires,
por
ejemplo,
la
matrícula
pasó
de
4.000
estudiantes
en
1910
a
10.000
en
1918.
Para
contrarrestar
esta
tendencia
surgieron
los
proyectos
educativos
para
introducir
en
la
enseñanza
media
la
enseñanza
técnica
y
alivianar
la
presión
sobre
la
educación
superior.
En
forma
simultánea
aparecía
en
escena
una
nueva
clase
social,
el
proletariado,
que
ya
tenía
para
principios
de
siglo
una
fuerte
organización;
en
1896
se
había
fundado
el
Partido
Socialista,
primer
partido
obrero
del
pías.
En
la
Universidad
de
Buenos
Aires
ya
se
habían
manifestado
los
primeros
signos
de
malestar.
En
1871,
a
raíz
del
suicidio
de
un
estudiante
provinciano
aplazado,
en
la
facultad
de
Derecho,
los
estudiantes
realizaron
una
reunión
y
“osaron
votar
en
favor
de
ciertas
reformas
del
régimen
de
estudio”
(T
Halperpín
Donghi,
Historia
de
la
Universidad
de
Buenos
Aires).
La
protesta,
sin
embargo,
no
pasó
a
mayores.
Desde
1903
hasta
1906,
un
movimiento
huelguístico
paralizó
la
Universidad
de
Buenos
Aires
e
inspiró
la
fundación
de
los
centros
de
estudiantes
de
Medicina
e
Ingeniería,
en
1904,
de
Derecho
al
año
siguiente,
y
de
la
Federación
Universitaria
de
Buenos
Aires,
el
11
de
septiembre
de
1908.
Ante
estos
acontecimientos
el
diario
La
Nación
“recomendaba”
eliminar
a
los
“elementos
heterogéneos”
que
“invaden
la
Universidad”.
Continuación
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